viernes, 9 de marzo de 2012

Papá Hollywood (III): Clint Eastwood

    Clint Eastwood ocupa un lugar extraño en la historia del cine americano: su carrera como cineasta comienza al tiempo que la de muchos de los directores del llamado New Hollywood, pero nunca fue incluida en el grupo, supongo que en parte por la ausencia de unos resultados importantes en taquilla así como por la modestia de sus propuestas, pero también por el hecho de que Eastwood principalmente era actor, y además uno bien famoso y vinculado a ese Hollywood de otra época representado por veteranos como Don Siegel. Si bien en esto ciertamente no se aleja de Bogdanovich, nunca debe olvidarse además a Harry el sucio, el personaje que ha marcado para siempre su carrera con esa aura fascistoide que tanto le ha costado quitarse de encima, y del que supuestamente el New Hollywood carecía. La ambigüedad de este personaje, este mito que le acompaña, se suma a la de una obra que puede decirse moderna pero que claramente se radica con profundidad en los cimientos del Hollywood clásico y sus mitos más poderosos; pocas veces una dedicatoria ha sido más elocuente que la que finalizaba Sin perdón: Leone y Siegel eran dos renovadores y a la par continuadores de los géneros que cultivaban, dos autores en verdad más cercanos que lejanos a las ideologías a que el western o el thriller se adscribían usualmente. El avance- y en esto están por supuesto bien cercanos a Peckinpah- se da siempre sobre la base de un irrenunciable conservadurismo como mínimo iconográfico: la necesaria formación de figuras que destaquen frente a sus horizontes, la insoslayable creación de excepcionalidad. Añádanle cinismo, ironía, realismo, crudeza, inverosimilitud… cualquiera de esos elementos que sin duda crearon un nuevo aire, pero el género siempre pervive, continúa, en su hambre de generar nuevos mitos, nuevas fábulas sobre la creación de una civilización, la lucha del hombre contra el medio, para la construcción- casual o no- de algo de lo que en ocasiones habrán de quedar excluidos. De hecho, ese hombre entre la civilización y la barbarie que aparecía en varios westerns y al que Ford acabó dando una de sus primeras grandes personificaciones en la figura del tortuoso Ethan Edwards de The searchers, no solo pervive en estos cineastas, cuya principal variación es sugerir- casi afirmar en ciertas ocasiones- que no hay tal distinción entre ambos órdenes y que, en consecuencia, no hay un estar dentro o fuera sino que ese dentro, esa placidez del hogar o en realidad no la vive nadie o quien lo hace lo logra solo a costa de tener a los asesinos fuera, protegiéndole, sino que, como sugiere todo lo que acabo de decir, ahondan aún más en él, lo profundizan, le dan carta de naturaleza y, finalmente, le hacen imprescindible. Harry el sucio no es una película fascista, sino la mejor radiografía del pensamiento que allanó el camino al triunfo conservador de los futuros años, una inmejorable puesta en escena del modo en que América (concedámosles por un momento el injusto uso del nombre con que se sueñan) comenzó a ver sus ciudades justo como los viejos pioneros miraban los vastos terrenos habitados por tribus “bárbaras”, lo que derivó en el empleo de las mismas soluciones que entonces. Si el western acabó desapareciendo en favor del thriller fue porque toda la mitología de aquel pasó a este, modernizando sus términos; la ideología del western no tenía nada que ver con los indios, meros comparsas (incluso en esto hechos a un lado) de la idea central: hay una distinción entre civilización y barbarie, y la primera solo puede imponerse eliminando a la segunda, si bien para ello debe hacerse bárbara en cierto grado ella misma. En suma, la defensa del uso de la violencia en orden a la formación de una comunidad. El thriller traslada esa misma estructura a la ciudad, a las calles que habitamos, enseña a verlas como un nuevo afuera amenazante, distrito apache necesitado de nuevas figuras pacificadoras, civilizatorias, si bien existe un problema que no es pequeño: el western podía imaginar un futuro mejor (nuestro presente), mientras que el thriller no puede imaginar otro futuro que el mismo presente con la falta de dos o tres criminales. Nunca tanto como en esta era del thriller la familia o la pareja han sido símbolos absolutos de la comunidad, y ello se debe a que ya no hay pueblo, barrio, colectividad: están solo la casa y su afuera, y en las casas hay familias o parejas. El nuevo padre, consecuentemente, la nueva figura límite, suele vivir solo, y si está acompañado este interior que habita será enormemente convulso: no puede ser menos, pues la barbarie le habita en no poca medida. Los nuevos directores pues, al llevar a cabo su crítica a la civilización en base a la barbarie que le es inherente, no hicieron lo propio con uno de los presupuestos fundamentales de su género y, si me apuran, de su cultura: la necesidad de la excepción, de la figura, del individuo que se destaca frente a su entorno, con lo cual, en tal contexto, no pudo por menos que surgir el triunfo definitivo de ese nuevo padre brutal, asesino pero justificado, tal vez culpable e incluso odiado por su comunidad, tal vez despreciable pero en el fondo, al final es obvio, responsable de la supervivencia de su mundo. Como ya hemos visto, el padre no es necesariamente aquel que acompaña los movimientos de sus hijos, puede mover en tanto modelo; aquí se da una variación, ya no es exactamente un modelo directo, pero sí es el que está dispuesto a salirse de una comunidad para asegurar su supervivencia, el que es capaz de sacrificar su vida para defender a los suyos. Es el protector, el vigilante, el soldado, el policía, el asesino, el justiciero… Los caminos de la justicia se vuelven inescrutables, ahora que el afuera de la violencia solo puede defenderse mediante la violencia. El padre lleva a los hijos en coche y puede que atropelle o tirotee a 30 por el camino, pero al final, gracias a ello, logrará dejar a sus hijos en el colegio.
    La obra de Eastwood no tiene la ambición de la de muchos directores del New Hollywood, aunque su alcance va creciendo progresivamente y a partir de los 90 y su consagración con Sin perdón aparece puntualmente con algunas de las películas realmente más ambiciosas del último Hollywood. Siempre interesado por la paternidad como todo director estadounidense mínimamente ambicioso (al igual que en Europa el equivalente ha de tratar siempre, en realidad, de su propia civilización y tradición como mínimo cultural), el tema se vuelve central en su obra a partir justamente de su consagración y escenifica en su trato una suerte de crisis del orden paterno. En cierto modo, poniendo en escena esta, Eastwood hace lo propio con su alejamiento del mito de Harry el sucio, como si quisiese romper definitivamente con la década de los Rambos y Norris (como numerosos chistes evidencian hoy día, este es un personaje de pleno derecho), extraños padres de una década agresiva de la cual solo Eastwood y Spielberg consiguieron salir indemnes, restablecidos como paladines de una nueva restauración que exigía comenzar por el rechazo de la violencia, de la era del thriller. Al contrario que en Spielberg, con Eastwood esto no resultó inmediatamente en el intento de buscar una nueva figura paterna, un nuevo ideal, sino en emprender un peculiar viaje por la crisis de ese orden. Se inaugura en Eastwood plenamente una cierta poética de la ruina paterna, y sin dejar de tener en cuenta lo que ha sido el padre en el cine estadounidense, esto es, sin olvidar las consecuencias comunitarias de esta crisis.
    En Sin perdón viajamos al pasado, al género muerto, y nos encontramos a dos bandidos reformados: uno es ahora un padre de familia viudo, el otro sheriff de un pequeño pueblo que maneja con mano de hierro. A nivel “mitológico”, el referente fundamental cuando se piensa en el bandido reformado en sheriff es Wyatt Earp, pero hay que advertir que uno de los escasos datos que se nos proporcionan de este sheriff es que es un mal constructor: construye su propia casa él solo pero es mal carpintero, hay paredes torcidas, goteras. Y no soporta que se lo digan. La película acabará con el padre de familia reasumiendo por última vez su rol de asesino despiadado, para matar a este sheriff… poco después de haber reconocido que en el mundo no hay nada más terrible que matar a un hombre. Es curioso que en el momento del estreno de esta película lo que más se subrayase fuese esta frase de Eastwood y sus lágrimas en la misma escena; para todos era como si estuviese purgando los crímenes cometidos bajo la leyenda de Harry el sucio, lo cual fue aplaudido en aquellos tiempos protagonizados por la primera Guerra del Golfo. Pero a mi juicio la cosa es más retorcida: todos entendíamos que en la escena final Eastwood hacía justicia aun bajo la forma de venganza- hacía un servicio a una comunidad al librarla de ese padre terrible, ese pésimo constructor, cruel y mal gobernante-, y que lo hacía en contra de sus sentimientos y convicciones, es decir, bajo el precio de un íntimo dolor, de una acaso insuperable culpa. De este modo, después de la emoción al ver a Eastwood lloroso ante sus crímenes, asistíamos felices a la catarsis violenta de siempre. Pero no lo hacíamos, nosotros mismos, como siempre: nos sentíamos autorizados a justificar esta explosión de violencia, porque el héroe ya no se sentía satisfecho por ella. He ahí la vía por la que Hollywood admitió finalmente la densidad psicológica en sus nuevos héroes: el truco para matar y no sentirnos mal por ello, o no sentir que nos encontrábamos ante un espectáculo bajo y denigrante, era hacer que los asesinos se sintiesen mal por matar. Salvar al soldado Ryan sería la continuación, prueba de algodón y triunfo definitivo de la estrategia, porque ya ni siquiera está presente el nihilismo- ni la excelencia- del film de Eastwood: gracias a la conciencia, a la culpa, podemos ahora ver brutalidades a un nivel mayor, inusitado; las lágrimas de sus protagonistas redimen ahora las salvajadas.
    Lo que define a los westerns crepusculares, sean los de Eastwood, Siegel o King, no es la vejez de los protagonistas, sino un diagnóstico pesimista acerca de la dificultad o imposibilidad de salir de un círculo de violencia que, una vez inaugurado, nos encierra a todos. Pero en King o Siegel este círculo encierra solo al protagonista, la comunidad es ajena a él y esto porque ha conseguido librarse de aquel orden en el que aquellos eran reyes. En el Siegel urbano, el de Harry el sucio o Madigan, ya no es así, por eso su obra es tan preclara sobre el relevo entre el western y el thriller. En Sin perdón esa civilización pacífica es un off final, un viaje a no se sabe dónde de William Munny y sus hijos, en suma: una imaginación, un sueño, una esperanza. Como si Eastwood, con ese final/epílogo, escenificase no otra cosa que la imposibilidad de representar- y acaso de existir- de esa comunidad ajena al círculo de sangre, pero también el deseo de que sea posible: se debe notar que, frente a los otros westerns crepusculares, en Sin perdón el protagonista no muere.
    En realidad, siendo bien amigo de los sueños, el cine estadounidense nunca se ha hecho muchas ilusiones respecto a la violencia. La imposibilidad de liberarse de ella de otro modo que no sea mediante finales claramente inverosímiles y estereotipados (es decir, mediante la mera ilusión, soñando y no realizando o resolviendo) es evidente a cualquiera, de modo que tal imposibilidad acaso pudiera tipificarse como esencial a este cine. La violencia vehicula Mystic River, una de las pocas películas de las últimas décadas que en vez de hacer el viaje comunidad-individuo realiza el inverso, y donde el asesinato injustificado- y en el contexto de la película esto quiere decir equivocado- de Tim Robbins equivale al retorno de Sean Penn a la criminalidad y, con ello, su conversión en un posible padre de su comunidad, casi al modo de El Padrino, como explicitan las palabras que le dirige su mujer cuando intenta sacarle de la crisis que le supone el descubrir que ha matado injustamente a su amigo. Curiosa ecuación aquí, interesante de comparar con la de Sin perdón: la culpa ante el crimen desata el dolor del asesino y este es reconvertido efectivamente en una atención al cuidado de la comunidad; pero este cuidado se da en tanto el asesino asuma su carácter de tal y se convierta en un criminal organizado, capaz de dar el cuidado debido a su comunidad. El nihilismo aún ambiguo de Sin perdón aquí se desata. Podríamos ver al sheriff de Sin perdón de forma similar al Henry Fonda de Fort Apache: un mal constructor, un mal padre. El sheriff, incapaz de construir un hogar y garante de la paz de su comunidad solo a condición de instaurar el miedo hacia su persona, el otro un egoísta que llega a poner en riesgo la existencia de su propia comunidad llevándola absurdamente a la guerra, y que de hecho llevará a la muerte a casi todo su regimiento. Hace dos capítulos, señalé que el padre fordiano funciona como el dios aristotélico: mueve por amor, el amor a la perfección con que encarna los ideales de su comunidad. El Fonda de Fort Apache y el Hackman de Sin perdón no mueven sino por miedo, en cierto modo lo suyo se asemeja a un régimen fascista; en EE.UU. hay una enorme querencia por el individuo, pero este, si quiere ser modelo, si quiere ser padre, ha de encarnar los ideales de su comunidad. Recordemos el gran momento del Nixon de Oliver Stone: Nixon mira el retrato de Kennedy y dice “te miran y ven cómo quieren ser; me miran, y ven lo que son”. Pocas veces el cine estadounidense fue tan lúcido respecto a su civilización. Mystic river es coherente con este dictum: el crimen crea comunidad. No es ya que haga falta un justiciero, un fuera de la ley para garantizar esta, es que puede ser que haga falta directamente un criminal. El cine estadounidense aquí tal vez empieza a dejar de mirarse en los espejos de siempre y comienza a admitir a Maquiavelo o Spinoza, pero lo cierto es que Mystic River es una rara avis, admitiendo la posible crueldad de la figura paterna, revelando esa criminalidad fundante de comunidad, esa barbarie en el origen de la civilización.
    Pero Mystic river culmina un proceso del cine de Eastwood, que empezando por Sin perdón no consigue ver de una forma positiva la lógica paterna que siempre mantuvo el cine de su mundo. Esta visión tiene su punto culminante en Un mundo perfecto, la película de Eastwood sobre la década de los 60, y que al igual que Atrápame si puedes trata un problema  de filiación, si bien en plural. En Un mundo perfecto hay una sobredosis de padres: los malos padres del niño, los malos padres del criminal, el sheriff que encierra al joven para alejarle del entorno familiar criminal pero con ello solo consigue hacerle caer del todo en la criminalidad, el mal padre del chico negro al final de la película y, en medio de todo, Kennedy, a nivel mitológico un ejemplo de buen padre- y a cuyo fracasado guardaespaldas Eastwood había interpretado tan solo un año antes-, cuyo asesinato está a punto de tener lugar durante el transcurso de la película. Al igual que en el western previo, Eastwood se concede a sí mismo la frase clave de la película: “Yo ya no sé nada”. Porque antes sí creía saberlo; en los 50, sabía. Metió a Kevin Costner en la cárcel por alejarlo de sus malos padres y una atmósfera que le llevaba claramente a la criminalidad, pero no funcionó como esperaba y Costner acabó igualmente criminal. Pero la película muestra a este como el único buen padre que aparece en todo su metraje, condenado a la muerte por una retorcida concatenación de acontecimientos que solo evidencian una enferma red de paternidades siniestras, abusivas, irresponsables, que en cierto modo se manifiestan también en la tendencia de Costner a la violencia. Y Kennedy (“lo que quieren ver”), a punto de morir, ya efectivamente muerto para nosotros. Y el viejo héroe no entiende, no sabe ya qué pensar o qué hacer, se ve casi abandonado a la contemplación pasiva de un desastre que le sobrepasa. No hay exactamente una crítica a la figura paterna, pero desde luego sí una problematización fuerte, una puesta en cuestión, como si no hubiera modo de ser un buen padre, como si la lógica paterna sumiese siempre a los hijos en la confusión, porque es una lógica rectora que no puede prever los destinos de aquellos, y como si la mudez pareciera ser a veces la única salida del cine hollywoodiense a esto.
    Los siguientes años del cine de Eastwood, tal vez los peores de su carrera, presentan una abundancia de padres fallidos, presidente de los EE.UU. incluido, pero ninguno llega al nivel del de Million dollar baby, esa historia que cuenta un viejo boxeador para restablecer a un padre rechazado ante los ojos de su ausente hija, y en la que el padre atormentado, abandonado a todas luces con razón, recupera algo parecido a una paternidad en la relación con una joven y entregada boxeadora (y, ¿recuerdan aquello de que los padres luchan por lo que representan las madres?: a la chica, como descubrimos en un momento clave, él la llama “mi sangre, mi tierra”), pero por esos azares de la vida no consigue restablecerse como un auténtico buen padre sino en el momento en el que accede a la petición más dolorosa de su nueva hija: darla muerte. Million dollar baby culmina esa poética del padre dolorido, confuso, perdido, en el cine de Eastwood, que en su aspecto político había alcanzado su momento más alto en la inmediatamente previa Mystic river.
    Sin embargo esto quedó atrás, y hoy Eastwood recorre paisajes bien distintos. Se ha subrayado mucho el cuestionamiento del viejo estereotipo de Harry el sucio en la aplaudida Gran Torino (y vale respecto al estereotipo, pero creo que no estaría mal decir que el Harry Callahan de por lo menos Harry el sucio e Impacto súbito era un personaje bastante más complejo que el de esta película) pero ¿no es más importante, más central en el film, la recuperación, sin cuestionamiento alguno, de la figura paterna, que al igual que el Hanks de Salvar al soldado Ryan, es un padre ejemplar que se sacrifica para que el hijo pueda vivir su vida? Aquí ciertamente el protagonista no solo condena la violencia sino que busca el modo de resolver la situación sin recurrir a ella, aunque esto implique su inmolación, y supongo que eso se entiende como la definitiva superación de Harry el sucio. Pero no se contempla, al contrario que en Un mundo perfecto, que no se sale de la violencia como solución, la debilidad del plan de Eastwood, de su sacrificio del cual el hijo ha de ser digno y, desde luego, su poca visión de futuro. Yo incluso siempre pienso que la solución de Eastwood es la más traumática posible, aunque acaso el coche, el Gran Torino, sea su peculiar medio para decirnos que de trauma nada, porque con ese cochazo es imposible. Hasta la violencia, de la que, nuevamente, no se puede salir es redimida sin embargo a través del sacrificio, pues no se mata, pero se es matado. La lógica del padre, tal como se da en este marco, no deja de ser siempre en suma la necesidad de un líder, una figura que encuentre la solución adecuada a un problema y la ejecute por sí mismo, que permita salvar los muebles aunque la casa esté ya en llamas. Tal vez por ello la siguiente película presenta a un padre que nos devuelve a los tiempos de Lincoln: en Invictus, Mandela se niega a la violencia, y toda la película se convierte en la descripción de cómo construir una comunidad sin el recurso a ésta. Mandela no quiere verse obligado a una guerra para salvar la “unión”, y es así que Aristóteles regresa, aunque esta vez el de la Poética, ese libro en el que tan bien prefiguró la función actual de los deportes. Me atrevo a sugerir que el slogan de Invictus debiera ser el que utilizó Godard en su última película: “Las ideas nos separan. Los sueños nos unen”. Como siempre, la apuesta no es por una imaginación que busque nuevas formas para una liberación común, sino por una ensoñación que contemple el futuro únicamente bajo la ciega y paralizadora forma de la esperanza. Y que sea a su vez puesto en escena por un padre benévolo, ideal, que genere en nosotros el amor suficiente como para seguirle al fin del mundo. Sin tener en cuenta, claro está, que el mundo nunca acaba y las historias se repiten, ya sea en una versión peor, ya como parodia.  Por si no lo notaron, uno de los momentos más significativos que Zack Snider decidió dejar fuera de su versión de Watchmen es la despedida del dr. Manhattan, en la que le dice al satisfecho Ozymandias: “Nada acaba, Adrian. Nada acaba nunca”. 

martes, 28 de febrero de 2012

5 años...





























       Hoy, este blog cumple 5 años. Podría decir aquello de que da vértigo mirar atrás, pero sería mentira: parece que fue ayer y, además, da más vértigo el mañana. Yo estudiaba filosofía entonces, y hoy trabajo (en fin…) en la tesis, aunque no esté todavía muy claro cuál. Sigo en Madrid, trastornado perdido. Y sigo, hoy como entonces, contemplando con perplejidad fotografías de Verónica Zemanova (y tantas otras, pero hoy me ha dado por esta). Escribí un texto para celebrar el aniversario, porque adoro los cumpleaños, pero me ha gustado tan poco que a punto he estado de montar un simple post con mis fotos preferidas de la checa por antonomasia. Por eso de variar contenidos. Como una de las normas de este blog es que aquí no se borra nada, he temido avergonzarme mañana de la idea que hoy parecía ocurrente y he preferido ser discreto. Pero créanme que salen perdiendo.
    Me he dado, por eso del aniversario, el gusto de consultar las estadísticas, pero la verdad es que poco interés tienen. El texto sobre Garganta profunda es el más visitado, no es ninguna sorpresa. Que el segundo sea el de Georges Méliès sí es más inesperado, pero ¿a quién le importa? Marginalia se actualiza de pascuas a ramos, no mantiene contactos fuertes con la “blogosfera”, apenas está enlazado por otros blogs y no se presta mucho a que los hipotéticos lectores lo lean a escondidas al llegar por la mañana a sus trabajos de oficina, en suma: no lo lee nadie. Las estadísticas, cierto es, marcan 15389 lectores, al menos desde marzo de 2009 que es cuando se creó esa opción en Blogger. Me parece bien (no me esperaba un número de más de 3 cifras), aunque cuento con que al menos la mitad de esas visitas han llegado por error o no han acabado un solo texto: una protesta habitual es su longitud, pero poco puedo hacer al respecto, las cosas salen como salen, duran lo que duran. Es lo que hay. Comencé este blog por mí, por hacer mano, mantenerme escribiendo, evitar la tensión de los artículos formales. Lo comencé pensando en cómo sería leerlo cuando tenga 80 años: la palabra “diarios” no está en el título por nada, Marginalia es un blog personal, aunque yo no sea el tema de los posts. Por lo demás, no lo empecé para hablar de cine, pero de momento es lo único que sale, no me siento aún cómodo con la filosofía, el cómic o la política (con la música me atreví en otro blog compartido, pero duró poco). A lo más que me atreví es a hacer recomendaciones, que disfruto repasando por eso del gusto de ver a Guerín al lado de Lloyd Kaufman. En realidad, este blog es como un álbum de fotos.
    Supongo que debería hablar algo en extenso del blog, lo que he hecho, cómo lo veo, etc. Pensaba que sería una buena ocasión para reflexionar sobre lo realizado, pero la verdad es que nada puede motivarme menos en este momento. Habrá que conformarse con esto, hasta dentro de otros 5 años.
    Por cierto: en unos días, casualmente, se cumplirán diez años de mi primer corto, el invisible (¿alguien tiene modo de digitalizar Hi-8, por dios?) Espacio I. Infancia, realizado en marzo del 2002, meses antes de exiliarme a Madrid- y días antes de hacer el segundo, filmando mi polla durante más de 20 minutos-, huyendo de demasiadas cosas como para recordarlas aquí. Háganme caso, jóvenes: huir es imposible. No hay escapatoria. Solo hay rendición, o lucha. No es mal momento para recordarlo, ¿no?

lunes, 20 de febrero de 2012

Cronenberg me hizo pensar en Rossellini…


    Resulta curioso que en Un método peligroso, teniendo como personaje principal a Jung -son sus decisiones las que ponen en marcha los acontecimientos fundamentales de la película, es con su imagen (un plano, por cierto, que repite el último de Promesas del este) que ésta se cierra-, al final, y a pesar de las numerosas discusiones teóricas, poco sepamos de su pensamiento. Si la teoría de Freud se nos hace presente en varios puntos, no así la de Jung, que expone no tanto sus diferencias respecto a aquel como el punto de partida de estas, y debe decirse que tampoco con mucha elocuencia. Incluso Sabina Spielrein puede exponer en alguna ocasión determinadas ideas propias y hasta discutirlas con Freud. La posición de Jung se establece en oposición o adhesión a otras posiciones, que por su parte sí se muestran de forma afirmativa, por lo que proponen, no por lo que tienen en contra o simplemente en relación a alguien. Siendo el protagonista, en cierto modo Jung es mostrado como comparsa de otros seres mucho más afirmados que él, incluso aunque sea médico de uno y consiga “curarlo”.
    He leído un texto de Serge Bozon sobre el film de Cronenberg con el que más o menos concuerdo bastante. Es como una reacción contra los que consideran a la película académica. Con muy buen criterio, Bozon señala la extremada sequedad del filme, que intuyo debe venir del guión y que Cronenberg no debe haber hecho mucho por disimular. No entiendo cómo se puede considerar académica a Un método peligroso: el academicismo nunca es tan sucinto, tan poco fluido, como dice Bozon, no va tan al grano, nunca es tan seco y escueto, hace elipsis tan bruscas, brutales incluso, siempre trata de suavizar los movimientos espacio-temporales, buscar caminos intermedios que Cronenberg evita sistemáticamente. La ropa, la ambientación y la música pueden confundir bastante, pero Bozon señala algo que a mi también me llamó la atención y que por lo demás es muy propio de Cronenberg: que los paisajes de los lugares apenas se ven, que la película carece de ánimo descriptivo y apenas presta atención a algo que no tenga directa relación con los acontecimientos narrados. Lo único a lo que yo le negaría sequedad, y que en parte muestra cómo Cronenberg ya no está tan en forma como antaño, es en el montaje: en escenas como las conversaciones primeras entre Jung y Spielrein, puede observarse cómo se resiste a que sus planos duren demasiado y fuerza, por ejemplo, primeros planos de Jung escuchando con cara atenta, que son totalmente innecesarios.
    Con Un método peligroso, Cronenberg en cierto modo vuelve a esa asepsia que siempre caracterizó su forma de mostrar y que había perdido en sus últimas películas. Fascinado por las mutaciones, transformaciones, torsiones y demás, de la carne, Cronenberg fue siempre empero un cineasta muy preocupado por la distancia que debía guardar respecto a lo que mostraba. En este sentido, no hay dos cineastas más alejados entre sí que Cronenberg y Lynch, pues Lynch está fascinado por la materia desde el ángulo de un permanente plano detalle o ampliación, lo que resulta en esa obsesión por las texturas y esas inmersiones en las materias presentes en su cine, tan propias de él. Creo puede advertirse que en Cronenberg la textura de la materia no es algo que suscite mucho interés. Su mirada, por así decir, es en plano general, esto es, no me refiero a que este tipo de plano predomine en su cine- aunque tengo la idea de que así es-, sino a que su mirada es la propia de este plano, una que atiende más a las relaciones entre los diversos objetos que a los detalles de uno solo. A ello no es ajena la frialdad habitual de su fotografía, que incluso en el preciosismo de M Butterfly se las arregla para que los exteriores parezcan interiores y todo aparezca, en fin, imbuido de una luz similar, que tiende a equiparar las distintas materias y objetos al nivel de una misma mirada expectante, de modo que la espectacularidad de determinada acción no está del todo alejada de la frialdad de la inexpresiva pared que sirve de fondo (esto sería llevado a su máxima expresión y tensión, por supuesto, en Crash). Aunque lo que suceda en el cine de Cronenberg sea muchas veces brutal, él mismo rara vez lo es. La actitud de James Woods mirando la abertura de su vientre en Videodrome bien pudiera ser la de Cronenberg ante lo que sucede en sus películas, aunque yo diría que en él ni siquiera hay perplejidad. Cuando afirma que en Shivers simplemente se limitó a contar la historia de un contagio desde el punto de vista de un virus, yo añadiría que esto es así si hablamos del planteamiento de la historia, pero no de su forma, más adecuada a un científico que contempla el desarrollo de un complejo experimento que a un virus o su víctima. Un método peligroso presenta una dramaturgia en todo adecuada a esta asepsia, con la que los flashbacks de Spider no se convenían muy bien del todo. No hay aquí acceso a la interioridad de los personajes, aunque parezca lo contrario debido a su imparable dialogar, pero es que aquí el habla es tan síntoma como las transformaciones de la carne de Videodrome o las silenciosas acciones de Crash, síntoma de un interior que acaso no exista en otra forma que como variable a ser transformada en contacto con las diversas incógnitas de la narración o los escenarios en que se encuentra,  escenarios físicos, pero también sociales: nunca debe perderse de vista que la exigencia ballardiana de fusión entre los paisajes interiores y exteriores es la primera norma a no olvidar cuando uno se enfrenta al cine de Cronenberg; hablamos pues de síntomas de un interior que es a su vez síntoma del exterior, y viceversa. Parece enrevesada, pero esta es la clave de la sequedad del cine de Cronenberg, que por esta unidad entiende que no precisa del envolvimiento espacial de los personajes tan habitual en tanto cine, y que gracias a su negativa a prescindir de todo aquello que no tenga una estricta función dramática consigue que el mundo que filma aparezca inextricablemente unido a sus personajes. Por lo demás, y muy coherentemente, cada secuencia es extremadamente concisa: el primer diálogo entre Jung y Spielrein se detiene en el punto en el que advertimos la importancia que para ella tienen el padre y la humillación; el segundo cuando descubrimos, o confirmamos, su masoquismo. Los encuentros entre Freud y Jung son igualmente escuetos, por no hablar de los posteriores encuentros sexuales con Spielrein: si el primero se centra en la pérdida de virginidad (primero un único plano con la entrada de él en la casa y los besos, segundo él encima de ella penetrándola, tercero el desplazamiento de la mancha de sangre a la cara de ella mirándola), los restantes, extremadamente breves, simplemente muestran actos de masoquismo. La presencia de Gross es representativa de la dramaturgia del film: su papel es una bisagra que permitirá a Jung atreverse a aceptar la proposición de Spielrein y en consecuencia los diálogos entre ellos no ocultan esa funcionalidad y se centran en el tema de la represión de la sexualidad y los impulsos. Ahora bien, y por ello la película no es mecánica, estos diálogos, por funcionales, no carecen de densidad teórica, pues todo problema personal es un problema teórico- y social- para los personajes, y viceversa (un ejemplo casi cómico se da en la elipsis que pasa del momento en que Jung y Spielrein hablan de las tesis de esta y concluyen que dan la contraria a las de Freud, al siguiente en el que comprobamos que vuelven a ser amantes al ver cómo él la azota). El resultado es que las escenas son funcionales y no esconden este aspecto, pero a la vez son discusiones serias entre personas con opiniones muy formadas sobre los temas que tratan, y esto sumado a la repercusión de las discusiones sobre sus vidas que los actores, todos excelentes, logran expresar, dota de realidad a sus diálogos. En este caso, creo que la exigencia de digresiones, de que se traten otros temas, etc., sería otra forma de exigencia de academicismo, ese academicismo a la contra que instaura la digresión, el tiempo muerto, la ruptura de la estricta funcionalidad dramática, la contemplación o, por qué no decirlo, la estulticia o autismo de los protagonistas, como condiciones para considerar a una película “verdadera”.
    Nada como el psicoanálisis para mostrar la imbricación profunda entre vida y teoría, su común influencia y co-implicación. Tengo la impresión de que no abundan las películas dedicadas a teóricos, lo pienso y no doy con muchas. Recientemente, sin embargo, he visto tres, aunque del mismo director: Sócrates (1971), Blaise Pascal (1972) y Cartesius (1974), de Rossellini (tengo otra en el recuerdo: Palabra y utopía, de Manoel de Oliveira, pero la dejaré fuera porque no la tengo a mano y no me fío de mi memoria). Se suele decir que en Godard el cine piensa, pero lo que aquí me interesa no es eso, sino cómo muestra a las personas que piensan, cómo muestra su pensamiento a través de cómo ellas mismas lo exponen, tratándose además de un pensamiento teórico, es decir, un pensamiento dotado de rigor conceptual, de argumentaciones bien establecidas, personas, en suma, con un pensamiento sistemático, y que hacen de este su forma y medio de vida. Un equivalente pudiera ser Eva al desnudo, donde todos los personajes sin excepción pertenecen al medio teatral (solo uno parece ajeno y quiere entrar, pero no tardaremos en descubrir que estaba en él desde el principio, es decir, que el fingimiento era su norma), y hablan teatralmente, se mueven teatralmente, se viven a través del mundo del teatro, si bien esto no quiere decir- una de las grandezas de la película, sobre todo vista hoy en día- que se vivan a través de personajes teatrales, como seres poseídos por la ficción, sino que se advierte en su forma de hablar constante y brillante, su gestualidad, y su temor a y cultivo del fingimiento y la impostación, por no hablar de la sobreactuación. Los personajes de Un método peligroso no están lejos de los de Eva al desnudo, salvo en que su medio es distinto, es uno teórico y un tipo de teoría, además, en la que se imbrican lo emocional, lo social, político, lo que sucede dentro y fuera del cuerpo, en lo visible e invisible de una sociedad. La teoría no es mostrada como algo a lo que los cuerpos, los comportamientos o el mundo social sean ajenos. El ánimo sistematizador de lo teórico y su exposición verbal permite que los personajes se pongan en orden, pero no precisamente alejándose de lo que les sucede, sino antes bien ahondando en ello e incluso experimentando. Muy propiamente en el universo de Cronenberg, en el mundo hay dos cosas (esto, insisto, no implica que estén separadas): las que suceden fuera y las que suceden dentro del cuerpo, siendo que razón y sentimiento no tienen medio de ser distinguidas en este esquema. Solo las verbalizaciones, discursos, diálogos, hacen posible diferenciar al pensamiento de la emoción o el comportamiento, pero las búsquedas teóricas son también emocionales y personales. Así, las conversaciones con Gross permiten que la escena en que Jung acude a casa de Spielrein no solo se entienda como una escena sentimental, sino como una profundización o experimentación teórica por la que Jung considera si Freud y él mismo no estarán equivocados al pensar que la represión es necesaria. La segunda separación de Spielrein muestra cómo es la moral, la culpa y la cobardía las que impiden que la relación continúe y la represión triunfe de nuevo, y cómo en este caso la teoría no ha decidido una conclusión; Jung obra sabiéndose hipócrita: sus actos contradicen sus reflexiones tanto como sus sentimientos.
    Creo que, en esto, Cronenberg va algo más lejos que Rossellini en sus películas. Se debería dejar aparte Cartesius, que tiene una mirada algo crítica hacia su protagonista y lo muestra como un individuo que habla mucho del mundo pero hace todo lo posible por no mezclarse con él, y centrarse en Pascal y Sócrates, hacia los que sí muestra aprecio. En Blaise Pascal, ciertamente Rossellini acierta a mostrar un pensamiento fuertemente enraizado en el sentir, un pensamiento que nunca deja de ser a la vez sentimiento, si bien el truco para lograr este maridaje es que el sentimiento es, sobre todo, religioso. Pero considero más importante el que en Pascal el pensamiento teórico se exponga sobre todo de forma monológica. Existen, ciertamente, discusiones, pero se tratan, muy al modo filosófico, de monólogos que se responden. En otras escenas, el monólogo de Pascal ni siquiera responde a otro, sino a una simple pregunta mundana; así, en una mesa de apuestas, se aparta y explica su famosa idea de la conveniencia de la fe, según la cual creer en Dios es apuesta más favorable que no creer. Es como si Rossellini buscara torpemente relacionar el pensamiento con un correlato material, cotidiano, pero solo alcanzara a idear para ello una convivencia dramática en la escena (y en el plano; en otras ocasiones, la convivencia de realidades distintas en un mismo plano se convierte en lo más inspirado de estas películas). Alguien podría decir que hace más mundana, accesible, la filosofía, pero a mi modo de ver es justo lo contrario: Pascal se aparta para hablar y vuelve cuando acaba, en realidad él se aparta del mundo pensando, teorizando: en esta película, Rossellini mostraría el teórico como un trabajo de introspección, que precisa cierta distancia respecto de ese mundo en el que, de todos modos, no hay más remedio que vivir. Solo cuando sus pensamientos se encaminan a la ciencia retorna al mundo, en forma de objetos, experimentos, dibujos, y Rossellini, por cierto, alcanza sus mejores momentos (la tan notable escena de la escalera, por ejemplo), lo cual podría hacernos pensar si en sus películas sobre filósofos lo que en realidad hace es defender la superioridad de la ciencia por su fuerte, material, física, relación con el mundo.
    A Sócrates, por supuesto, uno entra esperando diálogos, pero al menos en la primera mitad de la película abundan poco: el protagonista es un señor claramente pagado de sí mismo, irónico, burlón, que se dedica a pontificar incansablemente acerca de todo. Aunque uno tenga la intuición de que esta imagen está más cerca de la realidad que la que ideó Platón, no deja de ser sorprendente, sobre todo porque es pronto en la película que Sócrates afirma que si es sabio, es porque es la única persona que sabe que no sabe nada. De todos modos, el diálogo va prevaleciendo según avanza la película, donde se llegan a presentar excelentes- y añadiría que bien cómicos- resúmenes de diálogos, como el brevísimo sobre la belleza que mantiene con Hipias mientras va de camino a ver la denuncia que han interpuesto contra él, y que acabará costándole la muerte. Aquí, dejada atrás esa misteriosa primera mitad, Rossellini muestra un pensamiento bien anclado en el mundo, pero en virtud de su permanente interrogación, que es mirada con temor por los representantes de la tradición ya que pone en duda todo saber heredado y, en tanto tal, no cuestionado. Es este un claro lazo común con Cartesius, donde también la teoría se ve defendida frente a la superstición (donde, por cierto, Rossellini incluye la medicina, al menos de la época) y el autoritarismo, pero si Descartes es visto como un individuo solitario y cotidianamente cruel Sócrates, pese a ser también fatal para su mujer, lo es en nombre de la búsqueda que le guía y el deber que siente o dice sentir hacia su mundo, algo que puede corroborarse en la película. La escena del juicio muestra hasta qué punto la teoría se mezcla con la justicia, la vida y la muerte, los asuntos abstractos y los materiales, los privados y los públicos. Pero si Pascal estaba mezclado con sus propios pensamientos, si los sufría y desarrollaba con el sudor de su frente, Sócrates no deja de encarnar en la película un ideal de reflexión libre, ajena a los condicionamientos de su tiempo. El problema sería que Sócrates quiere dialogar consigo mismo y sus conciudadanos tranquilamente, pero el mundo no deja de meterse en medio. ¿Cuál es el problema, esta interferencia o su modo de darse? Sócrates se encuentra con sus discípulos pero no deja para ello de precisar abandonar a su mujer y sus hijos, como si la cotidianeidad fuese ajena al pensamiento, al contrario que el ágora, que sí es un espacio, en principio, para él, aunque finalmente también se le niegue. Sea un defecto de sus películas o no, lo piense él o no (y tenga razón o no), Rossellini no deja de mostrar la teoría en sus películas como algo que para funcionar bien debe apartarse en algún grado del mundo: de la sociedad, de los otros, del hogar, de los propios sentimientos… Un método peligroso, sin embargo, muestra un pensamiento teórico que no solo no es ajeno a toda circunstancia vital, sino que precisa de esta para desarrollarse. ¿Se trataría en realidad de un rasgo de superioridad del psicoanálisis sobre la filosofía o, al menos, la metafísica? Como sea, consigue mostrar el modo en que el pensamiento de unas personas se forma junto con el desarrollo de sus vidas, sus encuentros, sus decisiones. Consigue que las teorías de unos individuos no sean una casilla aparte de sus vidas, y tampoco de los mundos en que viven: por ejemplo las ideas sobre la función social de su pensamiento, como hemos visto, determinan en buena medida la dirección de éste. Así, ¿no se explica mejor lo poco que sabemos del pensamiento de Jung? Un método peligroso es de esas raras películas donde los letreros finales que nos dicen el destino de sus protagonistas, son importantes: las noticias de Freud y, sobre todo, Spielrein, son dramáticas, pero de Jung, sin embargo, se nos dice que tras la guerra y una gran depresión se convirtió en el más grande psicólogo de su tiempo. Da igual si estamos de acuerdo o no, esto es una película ante todo. Lo que hemos visto es el movimiento de un hombre, hecho de vivencias y pensamientos, dudas, confrontaciones, valentías y cobardías flagrantes, todo ello el desarrollo de un hombre y un pensamiento. El letrero final nos dice que Jung saldrá del agujero y cumplirá en parte (en fin: burgués, rico, casado y con amante seguirá igual) su ideal de ser un hombre nuevo. Esa casilla vacía que ocupa el lugar donde deberían estar las teorías fuertes de Jung no nos dirige sino hacia el futuro; es el índice que nos dice que toda la vida que hemos visto es a su vez el origen de un pensamiento por venir. Que las ideas se hacen con vivencias y las vivencias con ideas. Y que dejar de follar con otras es una costumbre complicada de perder. Pero así es la vida…

miércoles, 8 de febrero de 2012

Leyendo sobre "El topo"


    Parece ser que a Carlos Losilla no le gusta Drive. Toca, pues, alabarle el gusto. Drive, y sobre todo su éxito, da buena muestra de que vivimos tiempos retóricos: en una película, importa más que ésta diga que hace algo que el que de verdad lo haga. O, dicho en palabras de Losilla, que esté “más pendiente de su propia representación en la pantalla que del pensamiento que se pueda desprender de ella” (Cahiers du cinéma España, nº 51, pag. 35). Drive es una película dedicada a publicitar su propia excepcionalidad respecto a las formas habituales del thriller ante las cuales busca distinguirse; para ello, sus vías son dos, ambas igualmente soeces pero distintas: la primera y más vulgar, el sempiterno recurso a la sensibilidad callada de un personaje adusto, la sensibilidad interior de una fachada pétrea, es decir, el recurso a la excepcionalidad psicológica, que redime al personaje de la violencia y, por extensión, se intenta que a la película misma; la segunda vía, sinvergüenza pero atractiva por ello mismo, es la de hacer lo mismo que el cine espectáculo, pero a la inversa: allí donde aquel pone violines ésta los quita, pero no se dedica a construir entonces su mundo y sensaciones con los sonidos ambiente, sino que silencia también estos, en lo que supone un idéntico subrayado por medios diferentes. Una de las lecciones de Drive es que el espectáculo no solo se hace con cañonazos o violines, que hay una (¿naciente?) retórica del no-espectáculo por la que el espectador puede sentir que se encuentra ante otra cosa, hecha con los materiales de aquella pero opuesta. Drive se preocupa por aparentar esta oposición, pero no constituye ninguna: su simpleza y facilidad emocional es la misma que en cualquier otro thriller, y sus manipulaciones sentimentales y subrayados mediante el manejo de la banda sonora están exactamente igual que en cualquier film espectáculo, solo que aquí el subrayado se hace sustituyendo los sonidos ambientes por una atmósfera que simula silencio y que podría entenderse como un equivalente melodramático de los susurros y bajos saturados de tantas películas de terror.
    He leído la displicencia de Losilla hacia Drive, quizá equivocadamente, en su reseña de El topo, de Tomas Alfredson, director de aquella película que recuerdo muy deudora de Shyamalan, Déjame entrar (me remito por ejemplo a la escena final de la piscina: si eso no es de un fan de Shyamalan…). La encuentro sin duda muy superior a Drive (ningún momento de aquella tiene cosas tan sencillas pero elocuentes como el amplio encuadre de la habitación de Smiley viendo la tele y su lento movimiento de cabeza a la derecha tras que suene una llamada en su puerta, y por supuesto tanto el personaje como la interpretación de Gary Oldman superan con mucho en detalle y complejidad lo de Ryan Gosling, actor por lo demás estimable), pero no tengo intención de ponerlas a la par, además tiendo a olvidar lo que me desagrada y en consecuencia Drive apenas se sostiene con alguna concreción en mi memoria. Pero no negaría que Losilla acierta al ver, al diagnosticar, un regreso a formas, estilos y argumentos del pasado, y sobre todo afirmando al respecto lo siguiente: que “la materia de la que estaba hecho aquel cine está regresando a modo de retales, como si se tratara de fogonazos de la memoria que se hacen presentes, embellecidos por su propio aislamiento, por su fragmentación”. Encuentro esta una bonita idea: el revival como sueño del pasado. Raúl Ruiz adaptaba novelas soñándolas después de leerlas, o recordándolas y soñándolas a la vez, como sucede con la obra de Federico Gana en la sublime Días de campo. Aquí se trata de un cine que parece que soñase otro del pasado, y tal vez todo revival es así- de hecho, me viene ahora Point blank, de Boorman, a la cabeza-, tal vez el revival se da cuando una época comienza a soñarse otra, asunto enrevesado porque a su vez toda época se sueña a sí misma y por eso el padre de todos los revivals y el más tendente a parir monstruos es el de los 50, o tal vez ese aspecto sueño del revival se debe a la inevitable distancia respecto a lo que se quiere repetir, al hecho de que siempre se recuerda mal y en consecuencia se reconstruye peor, que si cada época siempre tiende a imprimir únicamente su leyenda, el revival solo está dispuesto a reimprimir esta, pero lógicamente lo hará mal porque la reimpresión parte del recuerdo, que es siempre equivocado, aunque esto no quita que sus equivocaciones respecto a la leyenda a veces puedan ponerle más cerca de la verdad.
    Pero hay que entender que Losilla pretendería que esta época presenta una forma de revival consciente de esto, que resulta algo como un ejercicio de reminiscencias, de trozos de un pasado, unas vivencias, unas imágenes o rasgos de imágenes, singularidades que emergen encarnándose en nuevos continuos hechos a su vez de viejas historias, de viajes que también nos suenan a todos. En fin, Drive o El topo como sueños que traen en pedazos, en retales, instantes de un pasado del cine, de unos géneros determinados, de tal modo que semejan sueños de aquellos, “fogonazos de memoria”. No me suena del todo para Drive, de la que acaso aceptaría decir aquello de que a veces la historia se repite en forma de parodia, pero sí para El topo, que si motiva esa reflexión por parte de Losilla puede ser por esa construcción que hace que la película parezca tan vivida como recordada por sus personajes (algo que me parece también intentan Eastwood y su guionista con J. Edgar, muy cercana en su estructuración a Bird) y, en consecuencia, tan soñada. El topo encara su enrevesado argumento asumiendo los enigmas y recurriendo a la fragmentación, al troceado de escenas escuetas pero muy definidas en busca de una elocuencia que sea traducible en términos de información narrativa o psicológica concreta, y que no siempre están igualmente logradas. La película no tiene miedo de dejar cosas en el aire, pero porque tiene muy claro cuáles son los datos imprescindibles para no perder nunca el hilo del desarrollo, de modo que es posible seguir el recorrido de lo fundamental de la investigación si se mantiene uno atento, y por supuesto de la evolución de su personaje protagonista. Sin que el aspecto emocional de la investigación ocupe el primer plano en la película (y sea además expuesto sin los silenciosos cañonazos de Drive), este es sin duda lo trazado con mayor detalle escena a escena, de modo que la investigación que sí está en primer plano acaba resultando una suerte de avatar o vehículo de un movimiento emocional (y profesional), de un saldo de cuentas, y por ello lo personal y público, el recuerdo y el presente, se unen indeleblemente en una pesquisa que es interior y exterior a la vez, y por ello puede llegar a dar un aire de ensueño, o incluso de pesadilla de la hora del té.
    Pero lo que me llevó a pensar también El topo es en una diferencia suya respecto a lo último de David Fincher. Por lo que recuerdo, aunque su visión me queda algo lejana, Zodiac era una película también sobria, en ocasiones algo retórica como Drive (el aumento del volumen de la música en el primer asesinato), y que exponía con detalle una investigación, no precisamente al modo austero y telegráfico de El topo, pero en la que se podía seguir el progreso mental de los investigadores, la búsqueda, pesquisas, inferencias mentales, argumentaciones, etc. Sin embargo, lo que me llama la atención de Los hombres que no amaban a las mujeres es la ausencia de investigación, paradójica en principio en una película dedicada a glosar una. Si Lisbeth Salander es una gran investigadora lo sabemos por los resultados, pero si Sherlock Holmes, Hercules Poirot o, por qué no, Jessica Fletcher lo son, lo sabemos por los resultados y por la observación de su trabajo. En el film de Fincher, el trabajo existe, pero lo que se ve afirmado es nuestra incapacidad para comprenderlo. Mikael Blomkvist le encarga a Salander una investigación, esta acepta, comienza a teclear en un ordenador, hace unos viajes y vuelve poco después con el descubrimiento claro de un psicópata asesino de mujeres. En medio, planos veloces, flashes, retazos mínimos de una investigación. El proceso mental de la protagonista se nos ve hurtado a favor de un breve videoclip que busca la admiración ante los soberbios poderes de un ser casi sobrenatural. La admiración por el investigador ya no está mediada o motivada por el conocimiento, sino por lo lejos que estamos de comprender lo que hace. Salander es tratada en cierto sentido como un superhéroe, alguien que admiramos porque posee unos poderes que no están a nuestro alcance, y yo no descartaría el papel real del éxito del cine de superhéroes en esto: ellos son un modelo no solo por su cultivo del bien, sino por su clara superioridad inalcanzable. Las dotes deductivas de Sherlock Holmes nos podrían parecer imposibles, pero estaban dotadas de un inequívoco aire familiar pues no estaban fundamentadas sino en el uso brillantísimo de una facultad que todos poseemos: la razón. Tampoco es que me haya hinchado a leer críticas de la película, pero sí me ha sorprendido no leer referencias a que en Los hombres que no amaban a las mujeres no se consigue saber cómo los investigadores llegan a sus conclusiones, y que por lo tanto nos pasamos buena parte de la película ajenos a la investigación que constituye su centro argumental. Si siguiésemos hablando de sueños, podríamos decir tal vez que las resoluciones de esta película son sueños de la tecnología, que Salander es un chamán que entra en comunión con lo electrónico y navega cual héroe gibsoniano por el ciberespacio hallando en él el árbol de la sabiduría y probando su fruto… o mejor, dejémoslo. Pero la fascinación ante Salander, esa perplejidad o admiración que sustituyen al conocimiento, están hechos también de su dominio tecnológico: Salander es un superhéroe porque domina los ordenadores, lo puede todo con ellos. Aún está por ponderar el poder de los informáticos en este mundo y su creciente aura de sacerdotes de un culto extendido por todo el planeta pero cuyos dogmas, técnicas de oración y cosmogonía se hayan aún escondidos para todos, algo así como una religión que cultiva todo el planeta pero de la que nadie sabe nada de sus divinidades, reglas y formas de culto, normas de salvación. Salander es la sacerdotisa que lee los signos misteriosos ante nuestros ojos maravillados. Aún quedan gordos violadores que no se han enterado, pero ella se encarga.
    Por lo demás, aquí existe el peligro de que, nuevamente, la sobriedad de un personaje se tome como la de una película: cuando Salander compra un abrigo a Blomkvist y luego lo tira al verle con su amante, ella no se crispa, no grita, no habla, no dice nada, pero para que entendamos lo que significa esto para ella- porque ya sabéis que somos todos tontos y no nos enteramos de nada- Fincher y su guionista la hacen explicar alto y claro a su ex-tutor que “por fin ha encontrado un amigo” y, con mayor desvergüenza aún, hacen que el dependiente que entrega el abrigo señale lo caro que es este, si se lo compra a su novio y, ante la afirmación de que es para un amigo, que exclame que debe ser uno “muy especial”, o “muy grande”, o afirmación similar. Por así decirlo, y por seguir bromeando con los admiradores de Tarkovski, al igual que le sucede a este en Sacrificio, Fincher no consigue estar a la altura de su protagonista. Si mirásemos a Alfredson y El topo, yo diría que el primero sí está a la altura de Smiley, aunque no siempre, en lo que respecta a su sobriedad, pero sin duda no en su inteligencia: Smiley es mucho mejor en su trabajo que Alfredson en el suyo. Tal vez la película fuese mejor si se hubiese dado cuenta de esto. O qué se yo.

lunes, 23 de enero de 2012

Papá Hollywood (II): Steven Spielberg



“Porque, por más que Lucas y Spielberg quisieran dar rienda suelta a sus complejos de Peter Pan y hacer que los hijos del boom de la natalidad regresaran a los juegos del parque, por más que respaldaran a los niños frente a los adultos, sus películas, y las de Spielberg en particular, están teñidas por el deseo de un padre ausente, por una nostalgia de la autoridad. En las familias de sus películas suele faltar el padre; los argumentos se ponen en marcha por el vacío moral y emocional que reina en el centro del hogar, un conflicto que resolverán unos sucedáneos de la figura paterna. Tanto la trilogía de La guerra de las galaxias como la de Indiana Jones terminan con un toque de armonía generacional, con la revelación de que el arrepentido Darth Vader es el padre de Luke y la reconciliación de Indy con su padre en Indiana Jones y la última cruzada. Las últimas palabras de Indy son: “¡Sí, señor!”. (…) Los mayores de treinta, los malos de la era Nixon, se convertirían en los adultos paternalistas de la era Reagan- y Reagan mismo en particular-. Lucas y Spielberg consiguieron finalmente poner patas arriba la contracultura”  
                         Peter Biskind, Moteros, tranquilos, toros salvajes. La generación que cambió Hollywood.

       Hablando de la importancia de la figura paterna en la constitución de los EE.UU., vimos en el capítulo anterior cierta mitología de los orígenes en la obra de un gran director, John Ford. El padre es una figura modélica que forja las subjetividades de sus hijos instaurando un relato en el que aquellos y su comunidad habrán de leerse. Un padre de rasgos ligeramente divinizados: su perfección, fruto de la encarnación de los ideales de su comunidad (que acostumbran a ser aquellos que salvaguardan su supervivencia y extensión por el mundo, es decir, su superioridad sobre otras comunidades), es la que mueve a sus imperfectos vástagos a seguir su ejemplo, y además en su orden todos actúan en relación a éste más que en relación a los otros individuos. En lo que sigue, trataré otro caso de cineasta con ciertas pretensiones de historiador- e ideólogo- del cine de Hollywood, pero que como veremos acostumbra precisamente a partir de la nostalgia por la presencia de este padre: Steven Spielberg. Su carrera comienza casi al tiempo que termina la de Ford (Seven women en 1966 y Amblin´ en 1968). Es otra época y la figura paterna, como trataré de mostrar en el capítulo siguiente, está sufriendo importantes mutaciones. Si Spielberg, en la época, no puede evitar reflejar esto- si bien muy sesgadamente-, con el tiempo expondrá elocuentemente su posición al respecto en varios títulos de los que aquí destacaré dos, que reflexionan sobre la crisis paterna y al tiempo, como corresponde, sobre la historia de su país: hablo de Salvar al soldado Ryan y Atrápame si puedes (parece ser que en breve habrá que añadir Lincoln, pero es de prever que no aporte nada nuevo a estas).
    Salvar al soldado Ryan es un film bélico que sigue los movimientos de un comando de infantería (no soy muy ducho en cuestiones militares, así que pido perdón si me he confundido), es decir, que se desarrolla en un contexto completamente ajeno a la vida familiar. Sin embargo, en él la presencia e importancia de la familia es enorme: la historia, como todos recordarán, parte de una crisis familiar, resultante de la muerte de los 3 hijos de una misma madre en la 2ª Guerra Mundial, y el intento de salvar al único hermano vivo de la familia, que se encuentra perdido en algún sitio de la misma guerra. Este soldado, el soldado Ryan, es huérfano de padre, y tras la muerte de sus hermanos su familia se reduce a él y su madre. Hay varias historias de madres en la película, y todas son algo traumáticas, signo de que- continuando lo dicho sobre las madres en el capítulo anterior- el mundo del que los soldados provienen se tambalea. Las madres, en el cine de Hollywood, son aquello por lo que luchamos, el hogar que queremos defender y el mundo que simbolizan, pero que perdemos mientras lo hacemos, como bien ejemplifica un soliloquio de Tom Hanks: a cada persona que mato me encuentro más lejos de mi hogar; si salvo a Ryan, tal vez me acerque algo. Es Hanks el que dirige este viaje: el mundo de las madres se tambalea, hace falta un padre para emprender la lucha que lo reconquiste para nosotros, que nos haga no olvidar que se trata de eso. Esto no es evidente hasta el tercio final de la película y en este sentido su dramaturgia es impecable: es la naturaleza de la misión la que convierte a Hanks en un padre, por eso no puede ser hasta ese final que Salvar al soldado Ryan se descubra como la historia de una filiación, de un soldado huérfano que recupera un padre, el cual, mientras muere, y muere por haberse quedado con él, le lanza una orden- una orden, eso sí, moral: “gánatelo”. Toda una herencia. Y si Spielberg es un historiador importante, es porque nos dice que esta orden es la que la propia 2ª Guerra Mundial, significada como la lucha contra el fascismo, la guerra justa, cruel pero justa, lanza a los norteamericanos, para devolver el color a esa bandera que en los años 90 se sacude descolorida en manos de un viento frío. “Gánatelo” es la norma moral que una lucha devenida legendaria lanza a todo un pueblo. Ganarse el sacrificio, el dolor, la sangre vertida por millares de personas en nombre de unos ideales. Por ello no vale el dictum fulleriano según el cual una película que muestra a un soldado reventado por una bomba no puede ser pro-bélica: puede que no ayude a que un indeciso se aliste, lo cual no es poco, pero los cuerpos reventados solo dicen la brutalidad de la guerra, no su injusticia. Spielberg muestra una guerra cruel (que es incluso más que decir brutal, adviértase que Fuller nunca se atrevió que yo recuerde a mostrar a soldados matando a sangre fría con la naturalidad que lo muestra Spielberg, y sin embargo éste, pese a sí hacerlo, sigue defendiendo la necesidad de la guerra que muestra, y se entiende que pueda hacerlo, en tanto tales imágenes solo muestran la injusticia de esas acciones, no la de las causas que han llevado a su posibilidad), pero la entiende justa: la crueldad solo habrá de redimirse con el cultivo de los ideales por cuya defensa se luchó. Recordemos que no es Ryan solo el que visita la tumba del hombre que lo salvó, sino toda su familia, la que tuvo gracias al sacrificio de Hanks, y es a ésta (en fin, no a esta, pero sí a su mujer, en representación: nunca deja de sorprender la creciente imposibilidad norteamericana para hacer hablar a una colectividad, por reducida que sea) a quien pregunta si al final fue digno, si se lo ganó. Es coherente con una orden paterna de esta escala: no es un individuo el que ha de responder, sino toda una comunidad. Impecablemente lo ejemplifican el comienzo y final de la película: comienza con la bandera, después el hombre y su familia, las tumbas, de ahí a la guerra y la historia del vínculo filial, de la herencia/deuda, que una vez establecida permite en el final volver al hijo, la familia y, pasando por la tumba, volver a la bandera. El principio es una pregunta hecha a la película; el final otra, ahora al público. El padre es entonces el que se mantiene entero en tiempos duros, mantiene encendida la llama del hogar cuando es imposible estar más lejos de él, quien nunca olvida por qué luchamos, aunque se encuentre lejos de ello o su camino le ponga incluso en contra, es el que nunca olvida lo que está en el comienzo y debe estar en el final, el que llegado el momento se sacrifica por ello y nos dice que seamos dignos de ese sacrificio por el cual, en cierto sentido, nos da la vida por segunda vez.
    Atrápame si puedes, la película dedicada a los años 60, década fundamental en la mitología estadounidense, década de rebeldía, revueltas y revoluciones, toma como eje desde el principio nuevamente un problema de filiación, una crisis del orden paterno, una muestra de que EE.UU. no se lo está “ganando”. Como siempre, el modo de la derecha norteamericana bienpensante de decir que se está faltando a los valores, es mostrar que se está primando la norma del beneficio económico en detrimento de aquellos. Aquí, ésta produce un padre que instaura en el hijo la norma del engaño, la de hacer lo que sea preciso para conseguir el éxito, el logro de lo que te propones (el principal ejemplo del arrojo del padre es, precisamente, la conquista de la madre, narrada por aquel como quien cuenta una batalla, y no es mala idea pues el encuentro con la mujer tuvo lugar en un permiso durante la guerra). El encarnado por Christopher Walken es por tanto un padre en absoluto modélico, un mal padre, pues no encarna los ideales adecuados: no es en el beneficio económico o la satisfacción de los deseos inmediatos que una familia debe sustentarse, pues es un suelo poco firme, como ejemplifica el fracaso del padre, con el cual la familia se desestabiliza (ejemplo de hasta qué punto el suelo era poco firme es que la madre se aleja del padre en cuanto este comienza a perder dinero), se acaba rompiendo, y el hijo huye. Entre las múltiples salidas, criminales o no, por las que hubiera podido optar este, se elige la del fingimiento, la que incide en el falseamiento de la identidad, que habrá de devenir pérdida: el joven se convierte en un feliz fingidor, disfrutando de un continuo baile de máscaras, sin identidad fija, sin responsabilidad alguna hacia la comunidad que le dio la vida, estafador, preocupado solo por la satisfacción inmediata. La ligereza de la película, la diversión ante las estafas del protagonista, de sus ingeniosos engaños, su talento para la burla, es el medio por el que Spielberg retrata la alegría y encanto que comúnmente se identifican con esa década, pero enseguida nos mostrará que el baile de máscaras es pérdida de identidad, la diversión irresponsabilidad, y que por extensión la gran fiesta de los 60 se edificaba sobre una profunda crisis de identidad nacional-familiar. Una crisis de creencias y valores, como suele decirse, y que la película afirma insostenible: progresivamente, el hijo pierde cada vez más el sentido de la realidad y comienza a creerse sus propias mentiras, hasta el punto de llegar incluso a intentar crear su propia familia, máximo sacrilegio que supone pretender que lo falso se reproduzca, instituir un falso principio, edificar una identidad desde su falta… el máximo pecado en el universo de Spielberg (y de los EE.UU. y del psicoanálisis, si me apuran). Cada vez más lejos de ese hogar que en el fondo no deja de buscar (cfr. la insistencia en ayudar a su padre a que reconquiste a su madre), el momento cumbre de la decadencia del protagonista tendrá lugar, sintomáticamente, fuera de su país, completamente desenraizado: en Europa, concretamente en ese doble de los EE.UU. al otro lado del Atlántico que no deja de ser Francia. El camino lleva directamente a la autodestrucción, el fin del sueño, y la muerte del padre biológico- que no supo ser un adecuado padre simbólico- llega con la captura y el fin de la década, 1969.
    El diagnóstico es claro: a los 60 no se les niega la alegría, la jovialidad, no en vano Atrápame si puedes es una de las obras más vitales e ingeniosas de Spielberg. Sin embargo, esta alegría, este juego irresponsable, ha de parar, pues nace de una comunidad perdida, en decadencia, y amenaza con perpetuarla, crear nuevas comunidades que profundicen en la falsedad, la ausencia de principios e identidad: sin padres, sin madres, sin hijos.
    Spielberg, un hombre constructivo que plantea problemas pero nunca deja de dar soluciones, introduce entonces al buen padre, encarnado de nuevo por Tom Hanks, el agente del FBI que persigue y captura a diCaprio. Hanks es mostrado a lo largo de la película como un individuo estricto hasta pasarse, un excelente profesional de moral intachable. Su larga, incansable persecución le lleva a ser el único que finalmente puede entender al hombre que busca, hasta que finalmente, en un magnífico giro final, devenga responsable de convertirle a su vez en agente del FBI, en base a las mismas dotes que le llevaron antes al delito. El criminal aprovecha sus capacidades para capturar a otros criminales, y en vez de huir del estado, trabaja para él. Así, logra insertarse en un nuevo orden paterno (siempre literal, Spielberg hace que Hanks se convierta en el tutor legal de diCaprio, porque el juez permite su salida de la cárcel solo con la condición de que Hanks lo tome bajo su custodia: la nueva filiación no solo se sanciona simbólica, sino legalmente); este le permite así lograr una identidad nueva, más firme, con la cual a su vez se insertará satisfactoriamente en su comunidad de modo que, en vez de transgredirla, se convertirá en su protector. Ahora bien, si ustedes me preguntan por qué digo que esta identidad es más firme, solo podré responder: porque no es perseguida. De perseguido pasa a perseguidor, y al ayudar a una comunidad a capturar a los que la burlan se ve apoyado por ella. Las madres de Ford y Spielberg arropan a sus hijos, los apoyan, los protegen; los padres son los que, aun amándolos, les exigen una retribución: de la comunidad que les protege, ellos han de ser protectores; e incluso aunque ésta no les proteja, funcione mal, inadecuadamente: es el individuo el que ha de dar cuentas ante la institución, nunca al revés.
    En suma, la década de la crisis política, representativa, moral, ideológica, de todo un sistema, es convertida en una crisis familiar. No es precisamente algo que haya inventado Spielberg: es la gran mistificación inaugurada por el psicoanálisis, y que Deleuze y Guattari denunciaban en El Anti-Edipo: la conversión de toda rebelión, revolución, crisis o crítica, en un problema familiar. Si el orden ya no se funda en Dios sino en el padre, toda lucha social será lucha contra el orden familiar instituido, esto es, un problema personal, como mucho de malos padres o, más habitualmente, de malos hijos. Ahora bien, esto no deja de ser inherente al cine estadounidense, al que le cuesta sobremanera imaginar una forma de rebelión que no sea paterno-filial o de jóvenes contra viejos. Rebelde sin causa lo ejemplifica bien al situar en el centro de la rebeldía de sus tres protagonistas un problema con los padres, y todo el New Hollywood tendía a presentar una lucha entre el orden de los jóvenes y el de los mayores, lo que es nuevo y lo que es viejo. Cómo no, Paul Verhoeven, en la inagotable Starship troopers, mostró de qué estaba empedrado este camino: rebelándose contra el autoritarismo de sus padres, el protagonista se alista en el ejército de un estado totalitario. Pocas veces una película retrató tan bien el callejón sin salida que es la ideología del cine hollywoodiense.


lunes, 16 de enero de 2012

Papá Hollywood (I): John Ford

    En Young Mr. Lincoln se nos presenta el supuesto primer caso de Abraham Lincoln como abogado. Dos jóvenes hermanos son acusados del asesinato de un hombre, muerto de un disparo en una pelea con aquellos. Su madre ha sido testigo del hecho, pero se niega a decir quién de los dos fue el asesino, sin duda porque eso sería como entregar a la muerte a uno de sus hijos. En cierto momento de la película, en la noche entre la primera sesión del juicio y la segunda, el juez le propone a Lincoln, una vez delatado uno de los jóvenes por un testigo (que luego averiguaremos es falso), que declare culpable a aquel, prometiéndole que a cambio será indulgente con el otro. Por tanto, se le propone hacer una elección. Él elige no elegir, esto es: elige la familia.
    Obviamente, lo que Ford y su guionista tenían en mente no era otra cosa que la guerra de Secesión que tendría lugar años más tarde, en la década de los sesenta, bajo la presidencia de Lincoln. En el film que sobre el presidente más legendario de los EE.UU. realizara D. W. Griffith nueve años antes del de Ford, Lincoln, para justificar su marcha a la guerra, no dice otra cosa que “debemos salvar la Unión”. No da más explicaciones. En 1939 Ford, como siempre, siendo más silencioso será más elocuente, y la unión del estado se verá figurada como la de una familia, ese lugar donde no rige la pragmática de condenar a uno para salvar a otro porque se debe amor a ambos: una madre no puede decidir entre sus dos hijos. Para Lincoln, aún no siendo padre de ellos- pero sí sintiéndose muy cercano, como les explica en esa visita de donde saldrá con el almanaque que casualmente le permitirá resolver el caso-, sucede lo mismo, se niega a sacrificar a uno y apuesta empecinadamente por los dos, arriesgándose con ello a la catastrófica ejecución de ambos. Ford utiliza la familia como metáfora del estado, de la posterior negativa a una división que acarreaba el riesgo de una destrucción completa, como se puede ver en el film de Griffith: salvar la unión. No se podía sacrificar uno de los términos de la unión, el único modo en que podía admitirse la destrucción de esta, era peleando por ella: por la unión, no por los estados. La familia puede verse destruida, pero su unidad, el amor y protección mutua entre sus miembros, no habría sido traicionada. EE.UU., la familia, solo pueden seguir adelante con la cabeza alta, si no traicionan aquello que las constituye como tal, que no es sus miembros sino aquellos ideales que estructuran la relación entre ellos. 
    Como es sabido, si hablamos de Abraham Lincoln lo hacemos no exactamente de uno de los padres de la patria, de EE.UU., pero sí del primero que, al menos así reza la mitología (y no de otra cosa voy a hablar yo pues de padres trata el asunto, es decir, de esa figura providencial que el psicoanálisis encontró para que la burguesía occidental pudiese introyectar por una nueva vía en su nueva y flamante sociedad a ese dios que ya había muerto en la lucha contra las fundamentaciones que los anteriores regímenes económicos y sociales empleaban para su mantenimiento), impidió su desunión, su destrucción, en nombre de unos principios determinados, unos en los que supuestamente radicaba la esencia de la unión. Desde entonces, por ello y más aún por haber sido asesinado a raíz de ello, Lincoln es un auténtico padre simbólico del estado norteamericano, una encarnación de sus ideales, por así decirlo, y como tal se le suele invocar en el cine de Hollywood. El nombre de la ley misma, no tanto de su letra, y esto le interesaba mucho a Ford, como de su espíritu, su alma. El espíritu de la ley. No olvidemos que en la película Lincoln siempre acierta por casualidad, es de una torpeza casi absoluta pero esta siempre le lleva al lugar adecuado, como si la propia dramaturgia de la película fuese la que le premiara por la pureza de sus ideales, o su destino estuviese escrito en cada uno de sus actos. Para Ford estaba claro: se trataba de mostrar que incluso de joven, la grandeza de Lincoln ya debía estar presente de algún modo. Esta, Ford y su guionista no la sitúan en su inteligencia, su prudencia… en nada consciente; es más bien como un hálito que hace justas y adecuadas todas sus acciones, aunque la más total inconsciencia las vista.
    Tenga razón Luisa Muraro o no al pedir la reinstauración de un orden simbólico materno, o al pretender a este esencial a la existencia humana, es forzoso reconocer que culturalmente existe un orden simbólico del padre, y que el psicoanálisis y el cine han sido sus dos principales publicistas en un siglo, el pasado, que podemos decir ha sido el suyo, el siglo del padre. Yo quisiera hablar de esto, sin entrar en el psicoanálisis porque es un territorio que me queda grande, pero sí en cine porque, aunque sea más amplio todavía, es el mío. De momento lo haré en tres entregas, cada una sobre un director si no bueno, sí relevante, y que iré publicando aquí mismo en las siguientes semanas en la medida de lo posible.
    Cuando Ford aún mantenía parte del prestigio que poco a poco se le iba negando, realizó Río Grande, el tercero de sus filmes sobre la caballería de los EE.UU. en tiempos de la conquista del Oeste, pero igualmente una película sobre la familia. John Wayne es teniente del ejército, y su hijo, que ha suspendido en West Point, llega como recluta a sus órdenes. El trato entre los dos es estrictamente profesional y se evitan las muestras de familiaridad, pero a pesar de ello Wayne sigue con sigilo y secreto- esa palabra mágica del cine fordiano- la trayectoria del hijo, que es a su vez notablemente influido por el modelo que constituye el padre. Este es un gran teniente, un gran soldado, un gran servidor de su patria, y es no por tratar a su hijo con cariño sino por respetar la integridad de las normas que defiende, y que encarna, que se convierte en un gran padre, porque cuanto más firme a estas se mantiene, más sirve de modelo a su hijo, con más amor le mira este, con más entereza intenta llegar a su altura. No se trata, pues de cómo tratar a un hijo, de un “cómo ser un buen padre”. El amor y cuidado de la madre es necesario, pero con el padre se trata de otra cosa. Aquí tenemos una magnífica visión de lo que un padre es en el cine de Hollywood, por lo menos en el “clásico”: el demiurgo aristotélico. ¿Cómo mueve al mundo el dios de Aristóteles? Debido al amor que su perfección produce en lo imperfecto; su perfección inmóvil es amada por el mundo de lo mudable, y ese amor mueve hacia él. El mundo se mueve por amor a lo inmóvil. El padre ha de ser una figura inmóvil, firme en sus ideales, en sus principios, en su comportamiento; no un Yo, sino un Super-Yo, es decir, no un sujeto sino la norma que lo conforma; el padre ha de ser, ante todo, un ejemplo, un símbolo modelizante. Debe hacer lo que debe hacer en orden a instaurar una ley, un relato en el corazón de sus hijos que forje su subjetividad, los ejes de la dramaturgia con que estos habrán de leerse y actuar en el futuro.
    En el cine americano, esta labor se extiende a la formación de la comunidad misma, de la cual el héroe es padre por extensión: conquista las tierras salvajes y crea en estas una comunidad que se distingue de aquellas tribales propias del territorio. Es por ello que, al final de Fort Apache, el mezquino protagonista, responsable de comenzar una guerra y llevar negligentemente a sus hombres a la muerte, es convertido en una leyenda sostenida y publicitada por aquellos que sufrieron sus abusos y que, en cierto modo, le odiaron en vida. Lo apoyan porque esa leyenda se ha hecho constitutiva de comunidad. Preguntado al respecto por Peter Bogdanovich, Ford contestaba que, cuando la leyenda se convierte en realidad, hay que imprimirla porque es buena para el país. “Hemos tenido a mucha gente que se decía eran grandes héroes, y se sabe perfectamente que no lo fueron. Pero al país le conviene tener héroes que admirar”. Palabras bien reconocibles en el actual cine de superhéroes, por ejemplo. Solo la leyenda puede constituir una comunidad, y esa es la palabra del padre en el cine de Hollywood: la que instaura una leyenda, un relato en el cual todos nos leemos. Pues el padre, como la amada en el amor cortés, es un relato, casi podríamos decir: un lenguaje, por el que a partir de entonces hablamos y nos comunicamos. La diferencia es que el lenguaje de la amada en el amor cortés- que funda la que no en vano se conoce como “pareja infernal”- no funda comunidad, mientras que el del padre sí: esculpe subjetividades, narra los cuentos en que aquellas habrán de leerse. Pero al tiempo ha de notarse que este poder se debe a que el padre forma parte de una cadena que une su voz, su nombre, a una línea de filiación que permite que la leyenda radique en la realidad- por ejemplo, el exterminio de los nativos americanos a manos del mundo burgués que busca extenderse-, la sancione y perpetúe. Y por esto la importancia de las mujeres y muy particularmente las madres en el cine americano: son las valedoras de la filiación, de la continuidad de la especie, de la comunidad, de las tradiciones. Es una madre quien recibe a Ethan en The searchers, tras surgir del umbral de su hogar, y es la hija de esa mujer la que devuelve a otra familia y otro umbral (que no traspasa, pero hablaremos de ello en el tercer capítulo de esta serie). Ethan hace de eslabón que rehace una cadena quebrada, restaura una línea de filiación rota. En Río Grande, Wayne no solo recupera a su hijo sino también a su mujer (que se convierte definitivamente en madre al repetir en la escena final de la película la posición y gestos de las otras madres en la escena inicial de film), de modo que en el final de la película no solo tenemos una misión militar cumplida sino el logro de la reunificación de una familia. Y es una mujer, la primera a la que ama Lincoln, la que anima a este a emprender el camino de las leyes y quien en realidad decide el destino que éste habrá de seguir, como muestra la soberbia escena del palo al lado del río (“tal vez lo empujé un poco hacia tu lado”): es una mujer la que pone en marcha el movimiento de Lincoln hacia su destino legendario. La mujer, aunque sobre todo la madre, es el hogar (en el caso de Lincoln, más rico todavía, ese hogar son sus convicciones, que ella representaba y animaba) y el hogar es lo que buscamos. El padre fordiano se apoya en un firme suelo de convicciones, tradiciones y rituales. Si la leyenda que constituye el miserable Henry Fonda de Fort Apache merece ser mantenida es porque ha afianzado el papel del ejército en la lucha por la conquista y con ello la identidad de una comunidad en riesgo de sentirse superada por el más allá de sus fronteras.
    Pero, ¿qué otra cosa es una comunidad, o un sujeto, sino una narración, un relato sustentado por dos ejes, que Spinoza nombró en el siglo XVI: el miedo y la esperanza? La defensa de la ley del padre, de la necesidad de la determinación del padre simbólico, por parte del cine y del psicoanálisis, se apoya en el miedo a la pérdida de toda auto-identidad, y la esperanza de que esa ley nos unirá a un mundo que esta misma caracteriza como caótico y terrible- nos unirá a él, pues, como sus dueños. Sin embargo, el padre nos obliga a no hacer cuerpo con otros, sino a hacer comunidad, esto es, instaurar una serie de rituales que unan identidades y conviertan la ley en lo común y no lo común en ley. El orden simbólico paterno es un orden divino: cada uno, cada yo, se constituye en relación con dios, y así encuentra justa la organización que éste ha dispuesto para todos, y llega a creerse que es la constitución que él mismo quiere, pues la ley del padre rige la formación de su deseo y su relación con el goce.

    En el capítulo siguiente: Spielberg.

lunes, 9 de enero de 2012

2011: Balances (2)

    Bien, dejad que os explique: se acabó “Rubén dice”. A partir de ahora, cada año haré estos dos “balances”: el de fotos y el de cosas vistas/leídas/escuchadas a lo largo del año. Si bien no descarto reconsiderarlo y realizar ambos no al comienzo de enero sino con motivo de mi cumpleaños, que es cuando, a fin de cuentas, empiezan para mí los años (y para todos, me atrevo a decir: cumplo el 1 de septiembre). De momento, aclarar: no se trata, como se podrá advertir con facilidad, de decir lo mejor del año, sino solo recomendar algunas cosas de las muchas que disfruté mientras duró. No sé por qué incluyo estas y no otras, es puramente como me da en el momento: no están cosas admirables como el Brown album de Primus o El zapato chino de Cristián Sánchez, por poner dos ejemplos (¿dos más?: Heatseekers, de Henri Pachard, Synthesis de Reggie Workman Ensemble). Pero me alegro de que tampoco estén mediocridades como El árbol de la vida o Valor de ley, de modo que por supuesto afirmo que todas mis recomendaciones son buenas y que me hagáis caso. Así pues…

¡Ved!:

Cofralandes (Raúl Ruiz)
Todo lo demás (Woody Allen)
El enigma de otro mundo (Christian Nyby)
Contactos (Paulino Viota)
The only son (Yasujiro Ozu)
They live by night (Nicholas Ray)
La flor del mal (Claude Chabrol)
Scénario du film Passion (Jean-Luc Godard)
Elogio del amor (J.-L. Godard)
La princesa de las ostras (Ernst Lubitsch)
Los materiales (Los Hijos)
Seinfeld (Jerry Seinfeld/Larry David)
Padre nuestro (Francisco Regueiro)
Días de campo (Raúl Ruiz)
El abanico de Lady Windermere (E. Lubitsch)
La mujer pantera (Jacques Tourneur)
Stars in my crown (J. Tourneur)
Los paraguas de Cherburgo (Jacques Demy)
Piel de asno (J. Demy)
Plácido (Luis García Berlanga)
Body double n. 17 (Brice Dellsperger)
¿Qué hiciste en la guerra, papi? (Blake Edwards)
Restless (Gus Van Sant)
El orgullo del tercer mundo (Faemino y Cansado)
Le Havre (Aki Kaurismäki)

¡Escuchad!:

Koenji Hyakkei- Viva Koenji!
Pentagram- Under the spell of the pentagram
Master- Let´s start a war
Paul Williams- Phantom of paradise
Melvins- The maggot
Them Crooked Vultures
The Melvins- Gluey porch treatments
Mauricio Redolés- ¿Quién mató a Gaete?
Grinderman- 2
Gramophone Man- Stolen dreams
Primus- Tales from the punchbowl
Imperfectus Bultus- The repugnant album
Acid Mothers Temple & The Melting Paraiso U.F.O.- Glorify astrological martyrdom
Acid Mothers Temple & The Melting Paraiso U.F.O.- Have you seen the other side of the sky?
Acid Mothers Temple & The Cosmic Inferno- IAO chant from the cosmic inferno
Red Hot Chili Peppers- One hot minute
Red Hot Chili Peppers- Californication

¡Leed!:

Spinoza- Ética (Alianza)
Gilles Deleuze- La imagen-movimiento (Paidós)
Ozzy Osbourne- I am Ozzy (Global Rhythm)
Raúl Ruiz- Poética del cine (Editorial Sudamericana)
Alan Moore / Dave Gibbons- Watchmen (Norma)
G. Deleuze- La imagen-tiempo (Paidós)
Hugo Pratt- Corto Maltés en Siberia (Nueva Frontera)
Miguel Ángel Martín- Bitch (La Cúpula)
M. A. Martín- Surfing on the third wave (Rey Lear)
Jorge Oteiza- Quousque tandem…! (Pamiela)
VV.AA.- Raúl Ruiz (Filmoteca Española/Festival de Cine de Alcalá de Henares)