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miércoles, 15 de septiembre de 2010

1. Montaje

(Como las actualizaciones, recomendaciones aparte, se hacen esperar- si es que hay en verdad alguien esperando allá fuera-, creo que estará bien colgar aquí el primer capítulo del trabajo que acabo de entregar, penúltimo capítulo de mis obligaciones académicas hasta el momento. He procurado reducir las notas a pie de página- obligadas en este tipo de trabajos- al mínimo y, cuando era posible, insertarlas en el texto, que por lo demás no he cambiado en apenas nada)

Arrebato se inicia mostrando el acto de montaje. De hecho, no solo el montaje ocupa su imagen inicial- que muestra, en plano detalle, una empalmadora de Super 8-, sino que los dos protagonistas de la película, Pedro P. y José Sirgado, son presentados mientras montan, uno el rollo de Super 8 donde recopila el más reciente devenir de su, digámoslo así, “proyecto” cinematográfico, otro la última escena de una película profesional, en 35 mm, de vampiros para más señas. Este no deja de ser un hecho curioso porque, siendo Arrebato una película que cuenta al cine entre sus temas principales, la forma en que lo toma es siempre no la del montaje sino la de la filmación. En Arrebato, la reflexión sobre el cine, la pregunta por el cine, equivale a una sobre lo que significa o implica filmar (y ser filmado) con una cámara, sobre el misterioso hecho de la impresión de la imagen en el material cinematográfico, de la luz en el celuloide, la transformación de una realidad en otra que transcurre en dos dimensiones y ve cada uno de sus segundos divididos en 24 fotogramas, que filma (registra) y se proyecta a un ritmo preciso, que produce algo visible pero se halla sin embargo lleno de pausas, negros, puntos de fuga. Por ello, y porque Arrebato termina con un hombre (un movimiento) que vive en un solo fotograma y una cámara que filma sola, hay que preguntarse sobre por qué, al mismo tiempo, comienza con el montaje.

Para empezar, tenemos dos personajes y dos prácticas bien diferenciadas: Arrebato cuenta la historia de dos cineastas, uno amateur, el otro profesional, uno montando en casa, en Super-8, en una modesta empalmadora, y el otro en 35, en un estudio; así les conocemos. Al mismo tiempo, a lo largo del desarrollo de la película, uno trabaja siempre, filma constantemente; al otro, siempre le conocemos preparando un rodaje, solo al comienzo montando lo rodado, y nunca con una cámara en la mano. “Uno filma, el otro no”, podría ser un adecuado título paralelo de la película, y una de las razones de por qué Sirgado no puede acabar sino siguiendo el particular camino de baldosas amarillas de Pedro: sigue a aquel con quien siente que realmente está el cine, que de verdad vive en su compañía, que cultiva a diario sus atenciones. Aventuro que Sirgado, profesional paternalista al comienzo de su relación con Pedro, enternecido por la impericia técnica de aquel, maestro iniciador en cierto modo en las artes de la manipulación mecánica del tiempo, se advierte finalmente superado por Pedro, por ese enamorado del cine que no deja de trabajar, que no cobra por ello pero que está siempre en contacto con su materia amada, que en su trabajo logra avances y, finalmente, un amor espectacularmente correspondido. Si en ocasiones se ha hablado de Arrebato, y con justicia, como del resultado de una insatisfacción respecto a la práctica experimental-amateur de Zulueta, esto, que es ciertamente apoyado por las propias declaraciones del autor, en la propia película es un poco más complicado, porque el desencantado, en ella, no es el superochoísta amateur, que además acaba triunfando en todo lo que se propuso, sino el narrador profesional. Las palabras iniciales de Sirgado “no es a mí a quien le gusta el cine, sino al cine a quien le gusto yo” expresan un sueño, una ilusión más que una realidad, porque en ese momento el cine, a quien ha escogido como destinatario de sus atenciones más imprevisibles, no es a este director de películas de género que mira melancólico los carteles cinematográficos de la Gran Vía, sino al amateur desconocido y entregado, que filma por el simple placer de hacerlo, que ama al cine y vive por ello en contacto constante con él, sin perder tiempo en buscar actores, escribir guiones, preparar planes de rodaje, etc. El camino de Sirgado, manifiestamente el que quería tomar Zulueta, sería sin embargo en Arrebato el camino equivocado, el que aleja del cine- o, por ir hablando ya con más precisión, del arrebato.

El amateur monta solo, el profesional tiene ayudante. El amateur está a solas con el cine. Sabemos por fugaces referencias de los problemas de Sirgado: productores, cambios de título, paso de rodar en escenarios naturales a hacerlo todo en estudio, doblaje de actores para evitar sus voces naturales (algo muy habitual en aquella época)… “Si no hago esta, no arranco nunca”, le dice Sirgado a Ana. Problemas clásicos y comunes en el cine industrialmente determinado. Pero Pedro, “cineasta independiente” como se decía antaño, filma desde siempre, no logra lo que quiere pero filma y filma sin parar aunque no consiga resolver su problema con la “pausa”. Siempre trabaja. Para él el contacto con el cine, vivir el cine, es filmar, “filmador” antes que “cineasta”, por tomar la distinción que Jonas Mekas hacía en uno de sus diarios filmados, pero con la necesidad de ir un poco más lejos: identidad entre vivir y filmar, filmar mientras se vive, filmar lo que se vive, filmar el mundo, registrarlo, grabarlo, imprimirlo, meterlo dentro de la cámara para sacarlo después distinto, el mismo pero otro, las mismas formas pero en otra materia, en otra dimensión, mundo convertido en “plano”, en efecto, una realidad traspuesta a otro “plano” de realidad. El cine (de)muestra que hay otros mundos.

Godard decía no entender cómo un cineasta podía estar en paro, pero ni de lejos podría pensar en alguien tan extremo como Pedro; Arrebato podría mostrar el malestar inherente a una práctica que, iniciada por amor al cine, ve que, para ejercitar ese amor, hay que pasar casi toda la vida alejado del objeto amado; es tal vez el problema de Sirgado. Pedro dice haber advertido en él que estaba predestinado a odiar el cine intensamente. Este podría ser un odio resentido, el que se puede llegar a sentir por una novia con la que se tienen encantadoras conversaciones telefónicas a diario, pero apenas una cita por año. El cartel de La maldición del hombre lobo, la ópera prima de José Sirgado, realizado por el propio Zulueta, está dibujado en un estilo infantil más bien alejado del habitual en los carteles de su autor y que, personalmente, me hace pensar en los dibujos que, de niño, Jacinto Molina hiciera de luchas entre hombres lobo y vampiros tras su seminal experiencia viendo La zíngara y los monstruos. Hay un aire infantil en ese cartel, poco elaborado, pobremente dibujado, que dice algo acerca de la ilusión de Sirgado por esa película, como si fuese un sueño de niño el que se vio realizado al hacerla, o fuera de hecho un niño su autor (alguien, de hecho, capaz de llorar viendo un cromo de Las minas del rey Salomón)[1]. Tras la segunda, sin embargo- que además ha sido realizada en un brevísimo espacio de tiempo: adviértase que entre la última visita de Sirgado a Pedro y la llegada del paquete pasa más o menos, según este mismo, un año, y que en ese espacio de tiempo Sirgado realiza La maldición del hombre lobo y la película de vampiros que monta al inicio del film-, el espíritu es otro: el director está cansado, harto, desencantado… mayor.

O acaso, en esto, no baste decir “industria” y haya que precisar, contextualizar algo más: no “ser un cineasta profesional” a secas, sino serlo en España, en el contexto industrial de la segunda mitad de los años 70, en la época de las películas de terror baratas de Molina, de Ossorio, Aured, Klimovski… Cine industrialmente determinado, sí, pero de una manera muy peculiar, porque la famosa máquina de sueños hollywoodiense deviene aquí más bien carraca maltrecha. Los sueños de la cinefilia a la que sin duda Sirgado pertenece- y que trataré más adelante- son los sueños de Hollywood, de la Metro, de la Fox, de la Warner, la Universal, no los de los arribistas y semi-delincuentes productores españoles, que equivalen, para los “soñadores” cinéfilos hispanos metidos a cineastas, un doloroso encuentro con la más inhóspita y triste de las realidades. Pero nunca ha de olvidarse entonces que Zulueta, lo que quería precisamente, era ingresar en la industria, y haciendo además cine de género[2]. Por ello, tal vez debiéramos ver el planteamiento dual del trabajo cinematográfico de otro modo, y acaso leer Arrebato como un film sobre los peligros del cine, y hecho además al modo de aquellos relatos de terror decimonónicos que mostraban los terribles riesgos de adentrarse en lo desconocido, pero que estaban escritos por autores que no dejaban de hacerlo, ya en solitario y por vías bien personales, bien inscritos en misteriosas sociedades secretas. A Zulueta no le hubiera disgustado que le encargasen dirigir La maldición del hombre lobo, pero conoce bien el cine industrial y sabe cuáles son sus riesgos. A la vez, toda la década de los 70 la ha pasado haciendo films más o menos experimentales en Super-8, amén de algunos pocos en 35 y 16mm, trayectoria de la que por supuesto nunca abjuró pero de la que en repetidas ocasiones ha expresado las limitaciones[3]. El cine está en ambas vías: en ellas se filma, se monta, se proyecta. Sobre todo, se filma: experimentalista aplicado, Zulueta siempre se mantuvo sin embargo firme en el principio de que en el cine se filma algo (Este principio no es válido para el cine pintado sobre el propio celuloide, rayado, etc., pero esta es una práctica que, hasta donde llegan mis conocimientos, Zulueta nunca realizó). La importancia de la cámara, por tanto, es fundamental, y escribe de ella- no en primera persona, matizo- que “es la primera máquina al servicio de lo esotérico”[4], tal vez porque arrebata las formas propias de la vida y las transforma en otras, de las que bien pudiera decirse viven en otra vida- otro “plano de realidad”, como decía anteriormente-, pero a la vez porque el celuloide está múltiplemente dividido, de modo que “su fraccionamiento permite un amplio abanico de posibles puntos de fuga[5]. Arrebato está más bien dedicada a esa relación con lo esotérico[6], a cómo existe un amor al cine que prende por ella, cuyo cultivo puede acabar en el desencanto, el desastre, o en ese tipo de triunfo de cualidad imposible de averiguar para los que quedamos en el otro lado (de la pantalla). La visión que de cada vía de práctica cinematográfica se da en el film está determinada por esa consideración de la cámara como máquina al servicio de lo esotérico, y es en este sentido que el cine profesional aleja al que quiso ser iniciado de esa dimensión mientras que el amateur, sin embargo, se acerca más, y finalmente lo logra. Y de ahí los peligros específicos de cada vía: la profesional puede conducir al desencanto, y al consiguiente odio a aquello que ya no nos produce lo que antes, que ya no repite en cada encuentro el arrebato sufrido en el inicial descubrimiento[7]. La amateur, vía usualmente solitaria, puede acarrear un solipsismo que acabe en un encierro más allá del mundo[8], llevar a una inmersión tal en la materia amada que el mundo entero estalle a su alrededor[9]. Y basta ver en la obra completa de Zulueta, en su trabajo no solo cinematográfico sino fotográfico o plástico en general, que esto no es algo a desear, si bien es sin duda una pulsión presente. La obra de Zulueta de los 70, y muy en particular el cortometraje A mal gam a (1976), acostumbra a representar un encierro, mostrando el enorme mundo que puede descubrirse en una simple habitación- sobre todo si es la de un individuo tan creativo y barroco como Zulueta- pero haciendo a la vez lo propio con los problemas de este encierro, la insatisfacción que produce, con un mundo que sigue ahí fuera, igual de maravilloso y fascinante, además de muchísimo más amplio. Zulueta muestra bien, por tanto, el contento del tipo creativo encerrado en casa, pero también mira con ojos críticos, o cuando menos escépticos, esa lejanía del mundo, que acaba en una suerte de auto-devoración que el personaje de Pedro P., que se va gestando en varios cortometrajes durante toda esta década, terminará representando de forma acabada y nítida.

Volvamos, pues, a la pregunta planteada al inicio: ¿por qué empezar con el montaje? Pedro filma siempre, no monta nunca: lo que muestra a Sirgado en sus dos encuentros no está montado, consiste en rollos de tres minutos tal cual salen de la cámara al revelado. El montaje solo aparece al principio de la película, esto es, casi al final de la historia, cuando prácticamente todo ya ha tenido lugar y solo queda el desenlace, y lo hace por la razón de que Pedro tiene que contar su historia a Sirgado. Así pues, cuando, por primera vez, Pedro quiere contar una historia, su historia, a alguien, a Pedro, corta los fotogramas necesarios, monta un rollo con ellos y graba una cinta, una voz en off, que dirija la narración. Por el montaje, Pedro se convierte en narrador, en contador de historias, lo que no fue en toda su trayectoria, y exactamente lo que era ya Sirgado. Intenta mimetizarse a aquel a quien, lo digo ya, pretende capturar.

Arrebato, como tantos relatos de terror, es una historia en cuyo interior se cuenta otra historia. Comenzamos en un lugar, con unos personajes determinados y, en cierto momento, otro personaje o acontecimiento irrumpe- el hallazgo de un libro, por ejemplo, como en El retrato oval, o diversos encuentros con distintas personas, como en Los tres impostores de Arthur Machen- y se nos cuenta una historia, que acostumbra a repercutir sobre aquella en la que estábamos inicialmente instalados. Podría decirse que Arrebato, como tantas historias constituidas en su mayor parte por flashbacks, tiene dos posibles comienzos y, en consecuencia, dos posibles formas de contar la historia: en uno, José Sirgado está terminando de montar su nueva película, pero se encuentra mal por algo que tal vez ni él sabe lo que es; entonces, llega una historia del pasado que trastoca su presente dirigiéndolo hacia un inesperado futuro. Es el modo en que Zulueta comenzaba la primera sinopsis que realizó del film. En otro, comenzamos con Sirgado dirigiéndose a una finca con la intención de hacer localizaciones para su primer largometraje; en ella, conoce a un misterioso personaje que le divierte e intriga; después se enamora de una actriz que protagonizará su película y la introduce en el consumo de la heroína- en principio solo esnifada- a la que ella pronto se hará adicta; por razones de producción, le cambian el título de la película, el rodaje en escenarios naturales pasa a decorados, se decide doblar a la actriz (es de suponer que por su acento argentino); los dos vuelven a la finca y pasan una extraña tarde con el misterioso muchacho, Pedro, al que Sirgado ha ayudado con sus películas, y que se va de la finca al día siguiente; la película se hace, la relación se acaba más bien mal, Sirgado hace una película de vampiros con la que no acaba de sentirse satisfecho y, entonces, una noche después de una mala sesión de montaje y al tiempo que reaparece inesperadamente su antigua amante, recibe un paquete con una extraña historia de parte de aquel personaje que ya apenas recordaba. La historia, en suma, puede comenzar por el encanto del hombre que por fin va a hacer una película, inicio cronológico, o el desencanto de quien no se siente feliz a pesar de estar haciendo cine, tal vez incluso porque lo está haciendo, o no lo hace como querría, el estado que habrá de ser afectado por el acontecimiento fundamental de la película: la llegada del paquete, la narración de Pedro. Se elija el comienzo que se elija, ambos evidencian que lo fundamental es el encuentro con esa narración. Es importante el primer encuentro entre los dos personajes, es importante el descubrimiento del temporizador, y por supuesto es fundamental el momento en que la cámara toma protagonismo e indica a Pedro que no se suicide y se eche a dormir dejándose filmar. Todos estos son acontecimientos fundamentales de la película, pero a su vez todos ellos los conocemos a través de la voz de uno de los personajes, forman parte de un relato interno al propio film, y por tanto son subsidiarios de la presencia del propio relato, que cumple una función determinada en el relato global, final: hacer que Sirgado vaya a la casa de Pedro, y viva lo mismo. El acontecimiento fundamental de la película es así la historia de Pedro, su recepción por parte de Sirgado. Es, por tanto, la formación del paquete, la construcción de los últimos retoques de un relato y la preparación de su envío, lo que constituye el inicio del film: se finaliza el montaje, se termina la voz en off, se guardan rollo, cinta y llave, se envuelven y sellan: se pone punto y final a una puesta en escena que pretende tener efectos materiales sobre alguien concreto.

Más tarde sabremos que la llave es del apartamento del propio Pedro, que bien imagina que nunca volverá a tener que cerrar la puerta por fuera. El comienzo es efectivamente una llave para el final, en forma de relato. Sirgado, destinatario de este, acierta poniendo primero la cinta. El relato comienza con una voz, que se presenta, que apela al recuerdo del destinatario. Y al comienzo está hecho de recuerdos, recuerdos comunes a los dos protagonistas, por lo que tiene la voz, la narración, de un personaje, y las imágenes mezcladas de los dos, pero principalmente del otro. Pedro quiere que Sirgado recuerde, pero también ponerle en antecedentes para que reciba mejor lo que va a venir y, por qué no, seducirle: porque no sería lo mismo si la historia comenzase sin principio, directamente desde su acto final. No basta el envío, los datos: es precisa una puesta en escena. La historia de Pedro, al contrario de la de Sirgado, solo puede contarse desde un punto y hacia delante, porque es la historia de un triunfo: unos inicios mediocres, un encuentro afortunado (el del temporizador), una carrera de éxito pero que ignora aún el futuro fulgurante que aguarda, un período de decadencia y confusión, un descubrimiento excepcional, y la plenitud, el triunfo, el logro de todas las ambiciones.

Más adelante, y al revés que como lo presentaba cierta célebre escena de Sauve qui peut (la vie), una vez puesto el sonido, falta la imagen. Esta voz, en cierto momento, pedirá que a ella se le sumen las imágenes que el propio narrador filmó, cuando las de la primera mitad de la película pertenecían sobre todo al recuerdo de Sirgado. Pedro comienza a presentar las evidencias de su historia. El fotograma rojo- sin olvidar el modo en que la voz grabada de Pedro interpela directamente a Sirgado como si estuviese en la misma habitación, viendo pasar ese fotograma: “La relación entre el texto en “off” y la imagen que teóricamente lo ilustra es ilusoria; a lo largo de todo el film, hay un proceso de interactividad entre ambas: hay dos relatos simultáneos. Es aquí donde la cima de esa interrelación se manifiesta, porque la voz de Pedro a través de la cinta magnetofónica interpela directamente al acto que está llevando a cabo José Sirgado, como si en verdad estuviera allí presente, viendo lo que acontece”, en Gómez Tarín, Fco. José, “Guía para ver y analizar Arrebato”, Nau Llibres/Ediciones Octaedro, Valencia/Barcelona, 2001, pag. 52- no solo comienza la vampirización de Pedro, sino el segundo paso de la del propio Sirgado, pues es la que definitivamente une su relato interno al de Pedro, sincroniza las dos miradas, las dos experiencias, en una, les reúne en la misma línea, el mismo camino que ya solo puede ir hacia delante. En resumidas cuentas, en Arrebato el primer vampiro que aparece, y el principal a efectos narrativos, es Pedro, Pedro y su relato.

La posesión vampírica acostumbra a comportar tres pasos, al menos así lo hace en Drácula (1897), la obra de Bram Stoker que da carta de nacimiento al mito del vampiro en la cultura popular occidental, amén de una obra muy admirada por Zulueta. Tres contactos entre el vampiro y su víctima: aquí, el encuentro con el relato, después las imágenes y la sincronización a través del fotograma rojo, finalmente el fin del relato y la conversión de la propia víctima en criatura del otro mundo. Todo encaja con el clásico proceso de vampirización, distinto de la muerte por falta de sangre, consistente en hacer de la víctima otro vampiro, de modo que Pedro, vampirizado inicialmente- con su conocimiento y beneplácito-, pasa a ser vampiro después. En tres pasos el cuerpo del individuo vivo pasa a un estado distinto, que habrá de ser el propio del vampiro, esto es, materia y sombra, carne y abismo, todo en uno. La luz y su ausencia, en un solo ser. El viviente se acerca cada vez más a los muertos, más a cada nueva mordedura, cada vez más débil, más pálido, obligado a estar recostado, descansando, en la horizontal propia de los muertos. El vampiro necesita carne para aproximarse a los vivos, para ganárselos. Ser por ello fronterizo, necesita asimismo un punto por el que herir a sus víctimas, acceder a esa carne pura y contaminarla: necesita unos colmillos para contaminar esa sangre fundamental para la vida, herir a esa carne con su abismo. El cuerpo del vivo entonces se marchita, hasta que la sombra se hace señora de él, tras la muerte de la carne. La vampirización de Sirgado presenta con esto la diferencia de ser una mediada: es el cine el vampiro, el ser extraño fronterizo, mitad luz mitad sombra, pero el vampirizador, en los dos primeros pasos- y presente asimismo en el final- es Pedro. Sirgado es inicialmente “mordido” por el relato de aquel y poseído finalmente por el cine, devorado, arrebatado a la vida a que pertenecía. Pero es de retener este aspecto: para morder a Sirgado, el cine necesitó un relato. Hubo que hacer montaje. Porque, sin montaje, no hay historia. Y, a los que están mayores, no se les “muerde”, no se les “engancha”, sin una historia[10]. Cuando Pedro quiere presentar sus “películas” a Sirgado, le hace una suerte de presentación, una iniciación a lo que pretende enseñarle, engarza, por así decir, una forma del presente a una escena de su pasado, hace montaje. No basta un cromo, un dibujo, una fotografía: para que alguien entienda, alguna puesta en escena es necesaria, porque una explicación no es narración en menor grado que una historia.

Al mismo tiempo, en su narración Pedro da orden a materiales diversos, los reúne en una línea que ilustra lo que quiere contar, y que a la vez explica lo que sucede en ellas. Previamente a estas, están las imágenes de los flashbacks, y en todo el conjunto, sucede lo mismo: Zulueta hace en cierto modo lo mismo que Pedro, reunir imágenes de varios de sus cortos, o si no, recurrir a procedimientos utilizados en ellos. Tenemos el primer plano de la jeringuilla y el pico de Complementos (1976), las películas condensadas en tres minutos como Kinkong (1971) o Frank Stein (1972), las nubes aceleradas de Aquarium (1975) o en suma, el uso del temporizador… Con el montaje, no solo Pedro se hace narrador y puede convertir su experiencia en una historia (vampirizadora) para alguien, sino que Zulueta se hace intérprete de su propia obra, no solo reutiliza recursos sino que los inserta en una narración que le permite reflexionar sobre su trabajo experimental.

A mi modo de ver, el cine experimental[11] rara vez es teórico, o acostumbra a serlo en la medida en que es argumental. El cine experimental puede hacerse a partir de ciertas reflexiones o procedimientos, y en ocasiones incluso a partir de nada en absoluto. Pero rara vez habla de, dice, cuenta. Sus realizaciones suelen motivar importantes reflexiones sobre la naturaleza del cine o determinados apartados a él pertenecientes, pero estas se hacen a partir de él, no observando las que en él se hacen, y esto debido a que él- los films de Kubelka, Snow, Warhol, etc.- no consiste en films que reflexionan, sino en experiencias generadas a partir de determinadas reflexiones, que no es lo mismo. Es el cine narrativo, o mejor dicho, argumental, el que puede hacer la teoría de sus procedimientos. Con el personaje de Pedro, Zulueta puede contarnos su insatisfacción con su trabajo, a pesar de que éste no careciese de logros cinematográficos. Puede hacer que la aceleración de imágenes tenga un sentido preciso: la metamorfosis de la realidad para ser convertida en otra que solo el cine puede producir, lo cual es a su vez situado en un marco psicológico, la ambición de salir del mundo, lo cual a su vez se explica como amor a una experiencia, el arrebato, por la cual el tiempo se detiene y uno vive en un instante, en el que una película entera de Jean Harlow pasa en un suspiro, como absorbida por un vértigo fascinador que la resume en una luz, en un brillo medio, aquel por el que, tal vez, se la recuerda más que nada como fascinante o glamourosa. Y aún esto puede extenderse a la visión de una infancia mal resuelta- y en efecto Zulueta explicaría en un texto posterior al film que Pedro había tenido una infancia muy unida al cine y a su padre, y que luego toda su familia había muerto en un accidente de aviación en un viaje a Tanganika-, un síndrome de Peter Pan- de dónde, si no, el nombre “Pedro P” -, una carencia paterna, una incapacidad de madurar, de enfrentar la vida, o incluso los propios sueños. Y, en suma, ¿cómo decir esto sin personajes y sin una relación entre ellos que constituya eso que llamamos “historia”, articulada mediante una “narración” y una “puesta en escena”? No solo a Pedro le hace falta el montaje para contar su historia a Sirgado, es que Zulueta lo necesita para contar una historia que le permita explicar, o explicarse a sí mismo, sus últimos 8 años de cine y de vida. Como si solo a través de la narración el cine pudiese hacer su propia teoría.

Al fin y al cabo, otra cosa hay en el primer plano de Arrebato: no solo la empalmadora, sino la mano que la maneja. Enseguida se verá lo significativo e importante que es esto: que se monta con las manos. Pues después de un proceso en el que Pedro ha eliminado a estas y a su misma persona de la realización del cine, debe volver a emplearlas, una última vez, para comunicarse con alguien (y vampirizarlo). Pedro sale de su encierro para enviar su historia a Sirgado, para reconstruir el recorrido de sus últimos años, sus descubrimientos. Para reconstruir, en suma, su trabajo, pensar sobre él. Y para eso, necesita las manos.


[1] - Otro detalle a observar en la forma del cartel es su composición: el hombre lobo por un lado, Ana por otro, y el título- que más tarde sabremos fue impuesto por la productora- en medio. El mundo de los hombres lobo (lo fantástico, lo extraordinario, lo imposible… lo otro) y el de Ana se encuentran en dimensiones contrarias, separadas.

[2] - “Aunque creía que era difícil, pero yo hubiese querido seguir haciendo películas. Y además, tonto de mí, de género. O sea, yo pensaba que alguien se fijaría en que… que… detrás de aquello había un señor que podía hacer género. Figúrate. Nada. Ahora ya han pasado 25 años, y ahora estaría dispuesto a hacer películas de autor”. Declaraciones de Iván Zulueta en los extras del DVD de Arrebato editado por El País.

[3] - “En realidad era eso, era una necesidad mía de plantearme toda la riqueza de lo que es la narrativa y las posibilidades que te puede dar un cine planificado, bien estructurado, con un guión bien construido y todo eso, cosa que yo venía no despreciando, porque me parece que eso llega mucho más lejos que cualquier cine digamos experimental, pero que digamos no está al alcance de los Super-8 normalmente, en fin, de esa manera de funcionar en la que tienes que estar a salto de mata, ¿no? Entonces, yo tenía verdaderas ganas de enfrentarme al desafío de, oye, plano-contraplano y todo lo demás, ¿no?”, ibídem.

[4] - Hoja de sala del cine Alphaville para el reestreno de Arrebato, que tuvo lugar el 22 de julio del año 1981. Recogido de Cueto, Roberto (ed.), Arrebato … 25 años después, Ediciones de la Filmoteca, Valencia, 2005, pag. 80.

[5] - ibídem. El subrayado, en el texto original, es un entrecomillado.

[6] - Un término como “esotérico” sin duda le pone a uno en el difícil problema de su definición, pero creo que en este caso conviene tomar como referente al propio Pedro: lo “esotérico” es lo que refiere al más allá, a los otros mundos. Las fugas que presenta el cine, entonces, son fugas a otro mundo, el símbolo perfecto de ese sentimiento de magia que la infancia en ocasiones encuentra en el cine, el de verse transportado a lugares extraños, lejanos, exóticos, imposibles, en suma: arrebatadores. El cine prende en algunas mentes como pasión en tanto produce en estas la sensación de verse arrebatadas de su mundo hacia otro, transportadas a dimensiones imposibles.

[7] - Al mismo tiempo, y aquí podríamos ver una de las vías de defensa del cine profesional por parte de Zulueta, ese alejamiento de la dimensión esotérica que comporta este cine, implicaría la posibilidad de no dejarse someter por ese más allá que no deja de ser el más acá de nuestros fantasmas infantiles, o no dejarse, al menos, arrebatar por ello. El horrible encuentro con la desagradable realidad industrial sería, en este sentido, algo positivo para aquel que no logra abandonar a sus fantasmas (porque, y discúlpenme por decirlo tan rápidamente, no son los fantasmas quienes nos persiguen a nosotros, sino nosotros quienes no les dejamos descansar). Por tanto, lo que habría que hacer es crecer… sin que ello acarree el desencanto.

[8] - La acusación de solipsista al cine experimental/de vanguardia/underground o como se le quiera llamar es una de las más habituales y fáciles de encontrar, sobre todo en España. Ya sea por la vía política o la mitológico-cinéfila, se entiende que el cine ha de llegar a las masas, debe ser comprensible por ellas, ya sea para transformarlas ya para darlas lo que ellas (se entiende que) quieren, que la vanguardia busca un aislamiento cobarde, elitista, voluntariamente hermético, etc. Zulueta es, durante toda su carrera, un consumado experimentador, pero sin duda no es ajeno a la idea de que el cine de verdad es el narrativo que se puede estrenar en una sala y ser comprendido por todo el mundo. “Pretendo hacer cine para conectar con el público o, al menos, con un público determinado. Antes probablemente no lo tuviera tan claro, pero ahora ya no albergo dudas al respecto. Yo quiero que las cosas se entiendan y que incluso las fugas y los procesos físicos de mis cortometrajes más alocados resulten comprensibles. A través del cine aspiro a comunicarme con la gente, porque de otra manera lo hago fatal…, lo que pasa es que, a la hora de la verdad, también así resulta difícil” (Zulueta en Heredero, Carlos F., op. cit., pág. 25). Adviértase en estas palabras que Zulueta no quiere renunciar al carácter arriesgado de su trabajo, sino hacer que éste sea comprensible, que un experimento con el tiempo en una obra sea comprensible para el espectador. A mi juicio, la narración argumental es la vía por la que Zulueta busca lograr esto.

[9] - Augusto M. Torres gusta de decir que Arrebato es un apología del suicidio (M. Torres, Augusto, “Mi personal arrebato”, en Zulueta, Iván, Arrebato. Guión cinematográfico, Ocho y Medio, Madrid, 2002, pág. 7: “siempre he creído que Arrebato es una apología del suicidio. Así se lo dije a Iván, que en un principio no estuvo de acuerdo conmigo, y lo he escrito las veces que he tenido que hacerlo sobre la película. Quizá yo siempre he exagerado y, más que la apología del suicidio, sea una apología de la autodestrucción, que no es lo mismo, pero se parece bastante”). La palabra “apología” es dudosa, pero sí es posible considerar que el suicidio se encuentra entre sus temas, debido a la trayectoria del personaje de José Sirgado, y en su declinación me permito percibir esto: la consideración del suicidio como homicidio, no de uno mismo sino del resto del mundo. El suicidio- por lo menos, el presente en Arrebato: uno que comporta la negación del mundo, su desprecio, la abjuración total respecto a todo lo que nos ofrece- es una manera menos complicada pero enormemente efectiva a nivel subjetivo de desatar el apocalipsis. Con su final, Sirgado no culmina un trabajo, una búsqueda, casi valdría decir una investigación, como hace Pedro, sino que encuentra una vía para salir de algo que ya a duras penas soporta (y recordemos que está a punto de suicidarse con unas pastillas al poco de volver a su casa).

[10] - No puedo evitar el recordar aquí una de las “condiciones para crear un buen manga erótico”, que daba el autor de mangas Maruo Suehiro en su historia breve “DDT para una guerra podrida”: “Como hay lectores imbéciles que no están contentos si no hay historia, incluye la trama más estúpida que tengas en mente”, en Suehiro, Maruo, DDT, Otakuland Distribuciones, Madrid, 2004, pág. 76.

[11] - La cuestión de los nombres siempre es un problema: “underground”, “de vanguardia”, “experimental”, “independiente”… Opto por “experimental” porque “de vanguardia” me suena demasiado “oficial”, “underground” demasiado americano y coynutural e “independiente” demasiado ensuciado por los años.

lunes, 4 de enero de 2010

Apuntes con motivo de un ciclo de Jonas Mekas


(a finales de mayo del año pasado tuvo lugar en La Casa Encendida, en Madrid, un pequeño ciclo dedicado a Jonas Mekas. Comencé un pequeño texto sobre una escena de Lost, lost, lost, pero se me fue complicando y resultó lo que aquí sigue: varias notas tomadas en los meses posteriores al ciclo, en el poco tiempo de que he podido disponer, y con largas interrupciones en la escritura, por no hablar de las inacabables correcciones. Harto ya, las publico en este blog, a pesar de la certeza de que puede decirse mucho más y mucho mejor, y de que quedan algunas notas sin desarrollar, que van derechas a la papelera. Quede como constancia de mis pensamientos en torno a Mekas en este preciso momento, que es en definitiva el objetivo primero de este blog de ambición vitalicia. El 11 de enero debo dar una conferencia sobre él, y será ahí donde trataré de organizar y completar los diversos pensamientos en busca de un discurso más unificado y completo, con la intención de tal vez escribir un artículo de forma convencional al respecto, que pueda ser publicado en algún sitio distinto a este que nadie conoce)

(las notas 4, 5 y 7 presentan parciales reescrituras del texto sobre Mekas publicado hace unos años en este mismo blog)


1. Lost, lost, lost

Jonas Mekas, Ken y Barbara Jacobs y otras personas cuyos nombres no recuerdo, se dirigen a un festival o convención que ostenta el nombre de Flaherty, con las películas Flaming creatures y Blonde cobra. Por alguna razón que Mekas no cuenta, no son admitidos y tienen que dormir a la intemperie.

Amanece en medio de un hermoso campo neblinoso filmado en blanco y negro. Una casa amplia de persianas y ventanas cerradas y, al pie, una furgoneta, en cuya parte trasera se encuentra Mekas tapado con una manta. Los documentalistas y cineastas, nos cuenta, dormían, mientras afuera ellos se despertaban en la mañana fría y contemplaban los árboles, la hierba y las flores, la niebla. “Monjes de la orden del cine”, dice: ataviado con una túnica, extrae de ella su cámara, manejándola como si de un artilugio religioso se tratase, ejecutando una burlona coreografía filmando las flores del prado. Los documentalistas y cineastas se encuentran en el interior de la casa, durmiendo tras sus persianas cerradas, mientras Mekas y sus amigos celebran la mañana que se habrían perdido de ser admitidos por aquellos. Juegan (el fingido despertar de Mekas que repite varias veces con ademanes de buen histrión levantándose con las manos alzadas saludando al mundo que amanece, la imitación sacerdotal, la “danza del cameraman”, como la llamaría yo…), filman, observan el hermoso paisaje que los rodea, los árboles medio hundidos en la niebla, las variadas gradaciones de gris, las flores como puntuales destellos negros entre las hierbas. Los documentalistas y cineastas se pierden todo eso mientras duermen, Mekas no: he ahí la esencia del cine-diario, de este al menos. Mekas no se lo pierde porque no deja de rodar un solo segundo. Los documentalistas filman ocasionalmente, en función de algún proyecto, idea, intención. Ídem respecto a los cineastas, entre los que aquellos se cuentan, por supuesto. Duermen, y solo ocasionalmente se despiertan para filmar. Mekas en cambio lleva su cámara a todas partes, vive con el cine si bien no a través de él (su interés frente a los mitólogos, que colonizan la vida no digo ya por el cine, sino por determinadas mitologías que con éste o a su través se han establecido), filma de todo en todas partes, nunca descansa porque nunca deja de vivir (la ventaja del cine diario frente al diario escrito es que no hace falta pararse para contar lo que le ha sucedido a uno, sino que en el mismo movimiento de la vida ésta puede contarse, puede filmarse algo mientras está sucediendo, y no hace falta esperar a que pase, a que acabe, para reconstruirlo en unas palabras).

Si un impulso melancólico o nostálgico dirige esta acción, no es importante (no es justo reducir un movimiento a aquello que lo pone en marcha): lo ejemplifica el desarrollo de Lost, lost, lost, su avance desde el registro de ambición memorística por parte de un exiliado que no quiere perder su vida del modo como siente haber perdido su niñez, al cineasta que no quiere perder detalle de una vida que percibe al modo de una intensidad inextinguible, no menos bella en sus ocasos que en sus esplendores. Mekas inicia esta película filmando el presente de personas que viven aún en su pasado: la comunidad de exiliados lituanos en Nueva York. Esta presencia del exilio es constante en la película en tanto no es nunca negada, pero el desarrollo lleva al descubrimiento de una patria nueva, el cine, como si el exiliado asumiese una condición que le es bien propia, el movimiento, y cayese en la cuenta de que el cine le permitirá habitarlo (de manera que en Birth of a nation podemos pasar, en cuestión de fotogramas, de unos continentes, tiempos o ciudades a otros; la nación, dice Mekas, es la del cine independiente, con sus Jacobs, Smith, Brakhage, Kubelka…). Así como suele decirse que la patria de un escritor es su lengua, la del cineasta es el movimiento. Cine y vida son en al menos un sentido lo mismo, movimiento incesante, y Mekas, habitante de ambas tierras, su vida y el cine, una vez las dos están hechas de la misma materia, no puede cesar de hacer cine al contrario que esos otros cineastas y documentalistas que duermen, lejos del aire frío de la mañana, de su niebla y de sus árboles, de la simple presencia de una vida que excede ideas o narraciones, acaso incluso significados. Por ello, digo, esa evolución, del registro memorístico de las primeras bobinas a esa presencia del cine casi como celebración del presente (“I´m only celebrating what I see”, dice en Walden) que se da en las siguientes, con las filmaciones de poetas beat, de manifestaciones callejeras, de la Cooperativa de Cineastas.

El salto, eso sí, se da en el momento en que Mekas decide abandonar a sus compatriotas y mudarse a Manhattan. Es entonces que inicia- o culmina, no lo sé- el proceso de dejar de vivir en un país abandonado y lejano y afianzarse en una nueva tierra, esa que sentirá tan cercana a través de autores como Thoreau, Ginsberg o Brakhage, y a cuyo arte alaba como nadie en sus Diarios de cine. El nuevo arte americano. La herencia está ahí, y Mekas es un exiliado, pero en determinado momento se arranca de ello. Una cosa es tener una herencia, y otra muy distinta vivir solo en ella, ser solo ella. Hay que arrancarse al pasado.

¿En qué tiempo entramos, entonces, al liberarnos de la esclavitud a los orígenes? Hablaba antes de celebración del presente, pero decía Deleuze que el cine no está en presente, y acaso los últimos rollos de esta película le den la razón: en esa celebración, las imágenes tienen la presencia bastante constante- más desde luego que en la muy desnuda Walden- de la voz de Mekas, un Mekas que recuerda, que reflexiona, que poetiza, un Mekas que ve la filmación de un presente que tuvo lugar en un pasado, mientras prepara una obra para el futuro. Así es el cine y así es la vida: algo más que presente: movimiento.

2. Arrebato: la cinefilia

Vuelvo a Arrebato: qué quiere eliminar Pedro de su cine sino la vida, su propia vida, para que no quede otra más que la del cine. Hace unos meses leí a Jean Renoir decir: “las jóvenes actrices de cine rubias y perfumadas tienen muy poco que ver con las chicas de la calle. Para obedecer al cliché les colocan pelucas rubias y ensortijadas. Me gustaría creer que esta utilización del cliché no engaña a nadie. Pero no, alimentado de mentiras, el público tiene interés por sus hábitos y se complace en la falsedad de un mundo que le han fabricado”. El cine ha comportado en gran medida un movimiento de negación hacia la vida ordinaria, con la forma del colonialismo más furibundo- y esto va más lejos que señalar el papel colonizador del cine norteamericano, porque abarca a todas las cinematografías-, donde la vida es movida hacia su semejanza con el cine, merced a las nuevas mitologías (decía Raúl Ruiz: tras Marlon Brando, ¿quién imita a quién, Brando al americano medio o el americano medio a Brando?). La vieja cinefilia no canta sino eso: la superioridad del cine sobre la vida. Fuera llueve y hace frío, dentro hace sol, y si es de noche al menos la oscuridad está poblada de mujeres hermosas y hombres apuestos, no menos interesantes por más mortíferos. La del cine sería una suerte de mirada superior y displicente sobre el mundo, que no se enfanga en él más que imitando su forma, algo necesario para el movimiento de atracción (como bien saben los vampiros, que necesitan ser carne en cierta medida para poder tomar la sangre de la de los humanos), así la cámara de Pedro termina filmando por decisión propia y arrebatando la vida de este, hasta hacer que transcurra en un fotograma. Pero, claro está, solo uno. Ese tipo de triunfo del cine solo puede comportar la negación del movimiento, su congelación, su detención, como la idolatría por John Wayne o Marilyn Monroe suele serlo por cierta imagen de ellos, por una fotografía más que por otra cosa, tal y como supo ver Warhol, que no por ello dejó de ponerlo tal vez peor.

3. Walden (1)

Walden (Diaries, notes and sketches) es una experiencia límite, tal vez la película de entre las que yo conozco que más furibundamente se han lanzado al intento de hacer cine sin noción alguna de distancia. La distancia que se supone posibilita toda reflexión y toda mirada es negada por Mekas merced a su movimiento incesante y casi siempre violento, como si su cámara fuese zarandeada por el viento de los tiempos y materias varias que recorre. Las imágenes de Walden no reflexionan nunca sobre lo que ocurre, no reconstruyen nada de lo que filman para que nos hagamos una composición de lugar. Mekas monta directamente en cámara, tal y como le viene en el momento. Evidentemente, podemos decir que siempre hay distancia, aunque sea la de la cámara misma a lo filmado, pero pocas veces alguien la ha negado o hecho como que no existe o no importa con la pasión de Mekas en este film. La imagen llega al extremo de ser indescifrable en muchos momentos, debido a los zarandeos, los saltos de tiempo, los repetidos cortes… Walden es por ello una película con muy pocas ideas, pero con mucha experiencia. Las ideas de Mekas llevan a una película así, frenética, vital y confusa, donde solo la voz del propio autor aporta algo de pensamiento y, podríamos decir, de distancia. Podríamos decir “distancia” porque lo que afirma Mekas es la distancia no de la cámara o de la creación, sino la del espectador frente a la película, que recoge acontecimientos de los que nada sabe, nada se le dice. Walden ofrece una experiencia pura, por así decirlo, pura porque aquello de lo que es experiencia nosotros no lo experimentamos: no lo ubicamos, no lo reconstruimos, no lo conocemos, no sabemos nada de nada, solo tenemos el modo en que Mekas nos lo da, que es el modo en que lo experimentó con su cámara. Solo tenemos la experiencia del movimiento de su vida que nos da las imágenes y los sonidos que recoge para nosotros. Y esa experiencia es como estar envuelto con las cosas, estar rodando por una pendiente envuelto en las personas, las flores, los árboles, las bodas, los gatos, las músicas, etc., que Mekas recoge. Lo que uno diga sobre Walden será menos reconstruir lo que esta película piensa que intentar descubrir el pensamiento que motiva o implica su forma y la experiencia que ofrece. Dije más abajo, sobre Empire, la película de Warhol, que no es una reflexión sobre la alteración cinematográfica del tiempo, sino una experiencia de esta alteración. Algo parecido cabe decir de Walden.

4. Walden (2)

Walden incluye entre su metraje algunos cortometrajes ya exhibidos previamente, entre ellos uno llamado Cassis. En él, un día transcurre en unos pocos minutos de forma atropellada, mediante una filmación fotograma a fotograma muy distinta a las clásicas tomas de flores que crecen o nubes que pasan: frente a ese tipo de filmaciones, que suelen producir, como en Arrebato, una imagen inhumana, lejana al modo de visión humano, debido a la inmovilidad acompañada de un registro de intervalos constantes, aquí esa uniformidad rítmica no existe, al ser los intervalos entre fotograma y fotograma perceptiblemente desiguales, y al desplazarse la cámara de un lado a otro, haciéndose la mano presente en esos movimientos y temblores varios de la imagen.

Mekas funciona por cortes, parpadeos. Hay tiempo, pero está hecho de momentos. Hay un rollo de película, un continuo, pero está hecho de fotogramas. Mekas se queda con el todo, pero sus partes son reconocidas- es decir, mostradas- como tales. En el cine es posible mostrar la parte, si se hace sensible la separación entre fotograma y fotograma. Dice Mekas: “el cine es fotogramas”. Pero seguidamente a esto, y siempre en Walden, afirma que el cine está “entre los fotogramas”. Ello se debe a la cercanía cine-vida a que antes aludía. Entre los fotogramas hay alguien, el hombre o mujer que rueda, filma, produce el paso de un instante, de un fotograma, a otro. El cine es fotogramas, un contenido, algo que se retrata, o mejor dicho, algo que se muestra, que se hace visible, pero es también lo que lleva a esa visibilidad, el movimiento de su producción, el individuo o individuos que filman, montan, producen. En el cine-diario, esto alcanza una presencia fundamental. Están las imágenes que produce un hombre con su cámara, pero también el movimiento de ese registro, del montaje, de la reflexión posterior, las palabras de ese Mekas que vuelve a ver esas imágenes de su pasado.

Pero entre los fotogramas siempre hay algo más que un hombre. Hay un hombre... y una máquina. Dos cuerpos colaboran en la producción de un film (a la gestión de esa colaboración la llamamos “técnica”). Esos cuerpos son el de la persona que filma y el de su cámara. Los dos cuerpos que el cine necesita mínimamente para tener lugar (se entiende, así, la radicalidad de lo que sucede en Arrebato: que el cine llegue a no necesitar el cuerpo humano para ponerse en marcha, que la culminación del trabajo del cineasta, del “hombre de cine”, no sea dominar la técnica cinematográfica para hacer grandes obras artísticas, sino ser absorbido materialmente por el cine, ser, él mismo, criatura cinematográfica y ya nunca más humana). Es desde aquí que debe pensarse el papel de la cámara en mano en los diarios filmados de Mekas. Si filmo con la cámara en mi mano mientras camino, el resultado no se parece en absoluto al modo en que ven mis ojos. Mi mirada carece de los saltos y brusquedades de la imagen de la cámara: en ella no se traslucen los pasos, la respiración; en la de la cámara, sí. La cámara ve con una mirada distinta a la de los ojos, no reproduce la mirada del que filma. Consiste, antes bien, en una suma: la de la mirada de la cámara y la mirada del cuerpo: el pulso. La mirada del hombre-Mekas está presente en su montaje, sus comentarios (hablados, sonoros, musicales...), pero la imagen de cada fotograma tiene como constitutiva esa mirada extraña hasta para el propio individuo que la produce (siempre en parte, claro está: Mekas sabe dónde apunta y además conoce bien su herramienta de trabajo).

Este profundo anclaje en la materialidad de los cuerpos, por la cual un diario filmado es sobre todo el diario de un cuerpo, conlleva un alto grado de opacidad comunicativa. La comunicación es siempre un proceso entre conciencias y miradas. Recordemos que en Eisenstein, por ejemplo, por el montaje “el espectador ve no sólo los elementos representativos de la obra ya terminada, sino que vive también el proceso dinámico de la aparición y composición de la imagen justamente como fue vivido por el autor” (El sentido del cine, pag. 32). El montaje de Mekas no está, claramente, orientado en ese sentido, y tampoco su filmación (de hecho, ambos actos coinciden, se hacen a la vez). Pero incluso en el plano de lo filmado, de lo que ocurre, de lo que vemos, se ejerce esta apuesta por lo incomunicable: en cierto momento Mekas dice algo así como que la película que vemos es para él mismo y unos pocos más (los que podrán poner lo que falta en esas imágenes, supongo, es decir, los que las vivieron), que nosotros solo podemos mirar (“Just watch this images”). Aisladas las imágenes de la vivencia, separadas del lugar y tiempo donde acontecieron, poco se puede decir sobre ellas, y aquella se torna imposible para la interpretación. Es como si Walden fuese un vaciado, donde de la vida solo se ha dejado las imágenes. Lost, lost, lost es otra cosa, pero aquí Mekas no cuenta nada sobre nada. Solo unas pocas reflexiones generales al final. Pero nada sobre la interioridad del que cuenta. Walden es película entregada a lo exterior.

5. Walden (3)

Mekas parece decir: me ves, pero no me vives, ves la vida del cine. “Diarios, notas y esbozos”: se sigue la vida diaria, pero no se la muestra entera. Se toman notas, es decir, partes, y con el montaje se crean los esbozos de una vida. “Sketches” vale tanto por “fragmentos”como por “esbozos”: las notas son comentarios, observaciones, intuiciones; el término “sketch” delata que todo es fragmento de algo. El resultado sí es una vida: Walden, momentos que duran más que otros, figuras, colores y formas que quedan en la retina más que otras y, hacia la última mitad, una creciente auto-conciencia: Mekas habla más, cuenta alguna historia, teoriza, da algunas claves (las que yo sigo aquí, por ejemplo). La vida también es eso, pensamiento. Pero es también que la vida transcurre en plano secuencia, y no así el cine: algo efectúa ese paso: pensar el cine, pensar la vida. Pensar las herramientas que se usa: 16mm, rollos (continuos) divididos en fotogramas, imágenes singulares que se suceden a una enorme velocidad. Mekas respeta esta profunda diferencia que se abre entre cine y vida. Más tarde, cuando use vídeo, medio consistente en una cinta continua sin división alguna, tomará planos de larga duración, y al tener las cámaras micrófono incorporado, usará sonido directo. Lo filmado cobrará un peso y una fluidez más parecida a la que experimentamos en nuestra vida cotidiana (por lo menos, a la que yo experimento).

Mekas está muy pegado a lo que el cine es, o mejor dicho, al modo en que funcionan las herramientas que utiliza. Esto le aleja de la dramaturgia. Los que dicen “esto no es cine”, lo que buscan en realidad es el drama; el cine, propiamente dicho, es otra cosa.

Suspense, drama, etc., suponen que se puede conocer la experiencia del otro. Pero en cine, para ello, hay un recorte- cuyas reglas en parte las da la dramaturgia- que tiene necesariamente que cercenar esa experiencia y dirigirla hacia determinados puntos por unos determinados caminos (lo que quiere decir que esa experiencia no se puede conocer sino de forma incompleta, imperfecta). Mekas, al montar, corta de un modo que solo atiende al momento- a su momento- y fiel siempre a la naturaleza de los dispositivos que maneja: el cine, 24 fotogramas por segundo, dicta velocidad, discontinuidad; el vídeo, cinta sin divisiones, continuidad y lentitud, calma. En el caso de Walden o Birth of a nation, por poner dos ejemplos, está siempre atento a la división en fotogramas en vez de al corte dramatúrgicamente necesario. Lo digo de otro modo: la fundamentación del corte no es de orden dramatúrgico. Mekas se constituye en crítico de la dramaturgia tal como se presenta en el montaje, de la exposición “ordenada” de una vida, de una experiencia, es decir ordenada en atención a hacer comunicable al espectador la experiencia del autor, tal como expresaba Eisenstein. Se percibe esto perfectamente en Lost, lost, lost, donde todo el inicio constituye este tipo de exposición, para dejar progresivamente paso a la otra. El inicio constituye un extraordinario documental sobre la vida de los exiliados lituanos en EE.UU., contada y filmada por uno de ellos, para pasar después a la liberación de aquello (tal como he explicado más arriba). La liberación del pasado lo será también de esa exposición ordenada propia del documental organizado mediante reglas dramatúrgicas, y dará comienzo entonces a una forma más cercana a la presente en Walden.

6. Narración

Tal vez el retorno al hogar natal y la consiguiente realización de Reminiscences of a journey to Lithuania trae al cine de Mekas la narración. Narración de la propia vida, pero narración al fin y al cabo. En Walden hay bosques, flores, árboles; frente a esas formas sin historia, aquí Mekas nos muestra unos árboles mientras nos cuenta que él y su hermano los plantaron poco antes de tener que huir. Las formas tienen un pasado. Lost, lost, lost ya será por tanto una película con argumento, uno muy escueto, pero entendido al modo clásico, paso de una posición A a una B, ya descritos en mi nota 1: del documentalista exiliado absorbido por su pasado al cineasta que adopta una nueva patria, a la vez esos EE.UU. tan efervescentes y el cine como tierra del movimiento perpetuo y celebración de las formas vivas y móviles del mundo. El tipo de cambio mínimo exigido por la dramaturgia clásica. Sin embargo, no puede decirse, matizando lo dicho más arriba, que el montaje tenga aquí un fundamento dramatúrgico, pues éste es siempre realizado en el propio momento de la filmación, salvo eliminaciones posteriores. Mekas llega a la narración sin querer, gracias a la puesta en relación de dos tiempos, donde su voz une las imágenes dándolas un sentido como referencia a la experiencia de su vida. Diferencial entre dos tiempos en el marco de un espacio: una vida, una película; he ahí el comienzo de una narración. Lost, lost, lost presenta dos tiempos distintos de la vida del cineasta, desde otro posterior a ellos. La narración se hace evidente por no otra herramienta que la voz, que cuenta la historia y muestra ese interior que en Walden quedaba siempre más allá de las imágenes. La vida muestra aquí otra de sus dimensiones: el desarrollo.

7. Mientras

En As I was moving ahead I ocasionally saw brief glimpses of beauty, sin ser Walden, la narración desaparece de nuevo, aunque hay “truco”. Dividida en seis partes, Mekas habla como mínimo al comienzo de cada una. Entre lo primero que dice: asumiendo que hay imágenes que no sabe a qué tiempo pertenecen, ha preferido ir montándolas tal como las encuentra, saltando de unas épocas a otras sin ton ni son, y a veces hasta sin saberlo. Ahora, meses después, tengo dudas de esto: hace poco, durante la estancia de Mekas en Madrid, éste afirmó que sabía identificar perfectamente los momentos y circunstancias de cada una de sus imágenes; sea como sea, esto convertiría lo dicho en esta película en una impostura, casi una excusa argumental para lo que luego sucede, esto es, la coexistencia a-cronológica de tiempos diversos en la película, sin que estén ya sujetos a un desarrollo narrativo y unívoco, la mezcla de muchos tiempos en una suerte de película-espacio.

Mekas ve estas imágenes a la vez que nosotros y nos habla, reflexiona sobre lo que ve, recuerda escenas, rememora, y hasta nos da consejos para enfrentarnos a lo que vemos, que como reconoce en nada nos atañe. Pocas veces, por no decir ninguna, se podrá tener hasta tal punto la sensación de que la película se está haciendo delante nuestro, en directo, y que el director la ve con nosotros, descubriéndola al mismo tiempo si bien con más datos para reaccionar ante los distintos acontecimientos retratados.

Al igual que Mekas dice no ser un filmmaker, sino un filmer – no un cineasta, “hacedor de films”, sino un “filmador”- habría que decir que tampoco es un narrador o un documentalista, sino un “vividor”, si se me acepta este uso no muy julioiglesiano de la palabra. En esta obra, la película casi se diría equivale al espacio que ocupa una vida, si esta ocupase alguno. Y en este espacio, esta vida, se dan pensamiento, narración, divagación, canciones, poemas, movimientos y detenciones, calmas y frenesís, un sinfín de cosas. Mekas nos muestra sus imágenes como si él las viese con nosotros, para hacer más presente que nunca esa dimensión libre y divagatoria que para él tiene la vida- y, con ella, el cine.

Por lo demás, no debe minimizarse que pocos cineastas como este han hablado tanto en 2ª persona. Mekas habla muy frecuentemente al público, sabiendo de su presencia frente a la pantalla, reconociendo su posición en la obra, casi solidarizándose con ella y su dificultad. En el espacio entre los fotogramas está la cámara, está el que filma, y también está el público. Si éste no sabe lo que hay entre los fotogramas de Walden, pondrá algo de su parte, como lo que pongo yo, por ejemplo, y que vosotros ya habréis leído. Se trata de esto y no de ser misterioso, y creo que por esto Mekas no acostumbra a ser mudo en sus películas, que en conjunto presentan una cierta pedagogía de su propia visión (nuclearmente recogida en el último rollo de Walden, pero muy presente también en esta otra obra). El pensamiento de Mekas es aquí uno que nos habla, dirigiéndose a nosotros directamente, de su vida, del cine, de la propia película que vemos, mientras esta pasa. Pensamiento posterior a la filmación, que sin embargo se presenta como un pensamiento-mientras.

martes, 14 de agosto de 2007

Más acerca del pulso y la cámara en mano

Como desde la publicación de la anterior entrada he recibido cientos de cartas, mails y llamadas telefónicas a las cuatro de la madrugada instándome a escribir algo más sobre aquel tema, quisiera proseguir algunas de las cosas dichas más abajo acerca de la cámara en mano y el pulso, hablando de su presencia en la película Arrebato y en cierto cine pornográfico (particularmente, el gonzo).

Fue pretendiendo escribir un texto sobre la película de Zulueta, intentando poner en orden impresiones, sentimientos y reflexiones, que me encontré con el pulso. Pedro P. hace significativa referencia a él tras el regalo de José Sirgado (“ya no tenía que confiar en mi pulso”), y se opone a la pausa, “el talón de Aquiles, el punto de fuga, nuestra única oportunidad”. Hace muchos años, cuando descubrí esta película, tengo que reconocer que la adoraba a pesar de no entender gran cosa en ella. Años más tarde, empecé a abrirme camino en sus problemas. Por ejemplo, yo no entendía qué provocaba los espasmos de Pedro P. al ver sus filmaciones en Super-8, y ahora lo veo tan claro... Basta observar el contraste con las imágenes que obtiene tras el regalo del personaje de Eusebio Poncela, Sirgado. El problema es el pulso, precisamente. Las imágenes que filma Pedro P. no le devuelven otra cosa que su propio cuerpo, precisamente lo que él quiere olvidar, perder (introduzcan aquí, si lo desean, el tema de la fantasía y el complejo de Peter Pan): árboles y cielos que se mueven, temblor, un continuo latir del cuerpo que hace imposible mirar fijamente algo, que imposibilita la contemplación (imágenes muy similares a las de los films de J. Mekas, donde los ojos apenas pueden detenerse en nada). El trabajo como cineasta de Pedro P. consiste precisamente en querer hacer, realmente, cine, esto es, cine y nada más, la máquina y nada más que la máquina, su mirada y ninguna más. Pero he aquí que filma y solo se ve a sí mismo, el imperfecto movimiento de su cuerpo. Para lograr sus objetivos, debe librarse del pulso, para quedar al fin “colgado en la pausa... arrebatado”.

El regalo de Sirgado le posibilita dar el paso necesario hacia la separación entre la cámara y su cuerpo, y relegar el papel del director a la del seleccionador de objetos a filmar, Renfield del cinematógrafo. La liberación del pulso es absoluta: parte lo hace el trípode, evidentemente, pero el nuevo aparato permite que la cámara cree su propia temporalidad y produzca las imágenes que solo ella puede producir. Solo el cine, esto es fundamental. Pedro P. es un auténtico amante del cine: quiere el mundo que solo él puede mostrar. El nuevo aparato permite un ritmo constante, uniforme, de filmación, que no depende del dedo del cámara (hay que recordar que el único fallo que Pedro P. reconoce en su “obra maestra” es un plano en el que la cámara trastabilla y produce una imagen zarandeada). La cámara, sola, filma a ese ritmo, y el resultado es una naturaleza que fluye a un ritmo imposible de captar a un ojo humano (en el sentido de que nuestros ojos no ven de esa manera). El resultado es un nuevo mundo, nuevos ritmos, una manifestación de lo otro. Así, Pedro P. sale por fin de su casa y viaja en busca de nuevos objetos que sean tocados y transformados por ese instrumento mágico. El cine por fin le ofrece la pretensión largamente ansiada de poder ver el mundo por segunda vez, a través de otros ojos.

Resulta curioso, a este respecto, que sea al recibir el regalo que vemos imágenes filmadas con trípode. El regalo, sin embargo, no es el trípode: es como si Pedro P. lo hubiese descubierto o le hubiese servido solo en el momento en que el problema se resuelve del todo, es decir, que el movimiento de la cámara en sus manos era solo un síntoma del problema, y no el problema mismo. El problema no es la cámara en mano, sino propiamente el pulso, que puede estar presente aun filmando con una cámara fija. La cámara montada en el trípode solamente registraría una parcela del mundo tal como tiene lugar ante ella, seguiría siendo un mero apéndice de la realidad, cuando se trata en cambio de la realidad que la cámara puede crear, producir. Cierto tipo de cineasta espiritual, como Tarkovski, procura generalmente huir del pulso: piensen en sus travellings ceremoniosos, que buscan más bien sumarse a la tierra, el agua, el cielo, el fuego, más que imponerles su mirada, adaptarse a su ritmo en vez de añadirles otro. Pienso también en los cineastas mayores del fantástico, Fisher, Browning, Mario Bava. Con frecuencia, en ellos el travelling tiene una suerte de autonomía que hace sensible lo invisible, y lo logra porque procede abstrayendo la imagen de su origen humano, de la mano, del cuerpo del hombre que filma (podríamos decir: hacen sensible lo invisible porque producen un invisible: el hombre invisible). Cuando la cámara comienza a moverse, no se sabe qué se mueve, se mueve algo, pero no alguien.

Las imágenes de las primeras “películas” de Pedro P. son, sin embargo, iguales a él, que filma. No es solo que sean imágenes de su vida, lo cual no tiene apenas importancia, sino que esas imágenes huelen, saben a él, solo le denotan a él. Podemos sumarle la alteración química inevitable en el proceso de registro, pero no es algo que le baste. Por ello, entenderá que su investigación ha triunfado en el momento en que es la cámara misma la que decide el inicio de la filmación, el ángulo y duración de la toma, y que la imagen comienza a absorber su propio cuerpo. Para Pedro P., el auténtico cineasta habrá triunfado en el momento en que él sea obra del cine, y no el cine obra de él. Es un amante del cine desaforado: no quiere hacerse grande gracias al cine, sino colaborar en lo posible a que el cine sea algo más grande. Y esto, sin duda, lo logra. Aunque haya que entregar el cuerpo para ello; el cuerpo, no la vida: vivirá la vida del cine mismo, dentro de él, parte de él (si el final de Arrebato es en cierto modo trágico, es porque esa vida cinematográfica final se da en un solo fotograma; uno solo, inmóviles en lo móvil; vivos en un fotograma, pero no en el cine, que para existir precisa, como mínimo, de dos).

El porno, obviamente, es otra historia. Además, quiero aquí referirme al porno “sin historia”, sin ficción dramática, esto es, al gonzo. Al porno dedicado a la simple filmación del sexo (¿quieren una justificación de la enorme dignidad del porno? Radica en que se enfrenta a un único objeto, de filmación más que complicada. Un único objeto, y difícil hasta la extenuación. No es extraño que las películas pornográficas sean usualmente malas: la extrema dificultad de su proyecto, máxime si encima carece de elementos dramáticos, como en el caso del gonzo, precisaría de un gran talento, un gran cerebro cinematográfico para conseguir el éxito). Mi problema es que no he visto demasiado aún, así que seré más bien general, y os remitiré, por ejemplo, a los vídeos de Asstrafic, Give me pink, etc. Simplemente vídeos de actrices, solas o acompañadas (de mayores). En estos vídeos el movimiento de cámara es continuo, y frecuentemente brusco. Ignoro si el director es el operador, pero es muy posible que sí. En cualquier caso, el protagonismo de la cámara es absoluto. Uno piensa en la calma y la atención con la que Gerard Damiano filmaba a Georgina Spelvin en su iniciación sexual en El diablo en la señorita Jones, o la primera felación de Linda Lovelace a Harry Reems en Garganta profunda (para mí, uno de los planos más importantes de la historia del cine, un día os cuento por qué), y se da cuenta de la distancia a este otro cine en el que no hay nada que contar de esa persona, solo que mirar, y en el que casi toda toma, todo ángulo, dura bastante poco, y la inmovilidad es para la mirada una ambición siempre irrealizada. También piensa en las filmaciones de un director que arranca, para mí, de la deriva final de la señorita Jones, Gregory Dark, cuyo modo de filmar se aproxima más a este cine, muy nervioso, ya bastante alejado de intereses narrativos, pero con unas mujeres voraces, ansiosas, exigentes, que hacen justo el nervio, la tensión, el movimiento de la filmación, y se da cuenta de que aquí, en el gonzo, el movimiento no viene del cuerpo filmado, sino impuesto por otro lugar.

En este punto se hacen obligatorias unas breves consideraciones sobre el gonzo, que precisen un poco algo de lo dicho antes. ¿Cuál es la novedad, y la ambición, del gonzo, lo que hace de su proyecto uno de los más difíciles, y casi irrealizables, de la historia del cine? Pues esto: podríamos decir que el gonzo nace de un cuestionamiento de lo que venía siendo la historia del porno, sobre todo el norteamericano, en los años 80: sexo con esqueletos de historias, que ni contaba historias ni mostraba bien el sexo. Cine entregado, en realidad, a las performances de sus protagonistas: la calidad de una película porno era directamente proporcional a la de sus actrices. Si Ginger Lynn o Traci Lords son las actrices, la peli es buena, porque ellas lo son. Pues bien, ¿por qué no hacer esto de verdad, sin coartadas? Al porno se viene a ver sexo. ¿Para qué queremos estas historias, que por lo general ni son historias ni son nada? Si la novedad y lo específico del porno es ofrecer sexo explícito, ofrezcamos solo sexo explícito, y por fin sin coartadas, sin excusas: ofrezcamos sexo por el simple hecho de que queremos ver sexo, porque eso es lo que nos gusta, lo único que buscamos aquí. El gonzo es fruto de una industria y unos profesionales que se replantean su función y su historia, y deciden reescribirlo todo. Y, puede verse bien, y además ya lo he dicho antes, un proyecto extremadamente complicado: filmar sexo, y solo sexo. Otro día hablaré más del gonzo, del por qué de este giro y de sus consecuencias, pero aquí se trataba del pulso y la cámara en mano. Una vez eliminada la narración, el director quiere ver y solo ver, y el actor/actriz follar, y solo follar (y con frecuencia uno y otro son el mismo). Por tanto, se trata de ver follar. El problema: el interés es por el sexo, y no por el cine, lo que implica que el gusto por el sexo elimina las consideraciones cinematográficas, y el trabajo de articulación cinematográfica (que, habida cuenta la dificultad del material, debiera ser enormemente exhaustivo) es malo o inexistente. Como lo que me gusta no es el cine, es decir, la articulación cinematográfica de x elementos (el doble sentido ha sido involuntario, lo juro), sino el cuerpo de esta mujer, y por tanto lo que quiero es mirarlo, desde todos los ángulos y en todas las posturas, lo que haré será moverme alrededor de ella, filmarla desde todas partes, de lejos, de cerca, arriba, abajo, etc. Y esto, sin atenerme a organización cinematográfica alguna, sin articulación cinematográfica del cuerpo. De verdad: mirar, y solo mirar.

Pero la falta de un tipo de articulación no es la de todo tipo de articulación. Lo que tenemos es la obvia presencia de un cámara que filma, y que en no pocas ocasiones ordena desde su posición, manda desnudarse, colocarse de x manera, o toca a las actrices, o incluso participa sexualmente en las escenas (lo que ha terminado derivando en los POV). El pulso no solo delata al cámara, sino que manifiesta un poder. En un gonzo como por ejemplo los que he citado (hay otros en los que no es así: en los que he podido ver de Stagliano, Leslie o Jordan no sucede, o, al menos, no tanto) la cámara se mueve incansable y se hace complicado detener demasiado los ojos en alguna interesante composición, porque los ángulos se suceden con gran velocidad. Pero no se suceden por corte en la mesa de montaje, sino por movimiento incesante del cámara. Si en determinado momento en la historia del género las actrices comienzan a mirar a cámara, aunque la película cuente una ficción, obteniendo una interesante ruptura de la distancia con el espectador (y digo “interesante” porque no es realmente una ruptura, sino algo bastante más complicado y retorcido), la cámara refunda la distancia, la separación, dice: tú no estás aquí con ella, estoy yo. No es que la mirada entre la mía y la actriz se delate, es que se manifiesta afirmándose, esto es, afirmando su poder, el de decidir qué ver, cómo ver, cuánto (esa violencia cinematográfica fundamental tan bien utilizada por Haneke enFunny games y Código desconocido, antes de traicionarlo todo en una basura como Caché). Lo brusco del movimiento afirma la presencia del cámara; lo arbitrario de ese mismo movimiento, su poder. La falta de articulación cinematográfica pone así al desnudo otro tipo de articulación: la masculina. O: cierta articulación masculina. Convierte los gonzos en documentales antropológicos sobre las prácticas sexuales en boga en determinada época dentro del grupo de los actores porno, cuando les ponen una cámara y les posibilitan unas ventas comerciales. Observad si no la uniformidad en las prácticas, y, sobre todo, en los tipos masculinos: el supuesto parecido físico entre las actrices porno es un mito de ignorantes, basta ver un solo porno gonzo para observar su falsedad; sin embargo, los actores se dirían clonados, moldeados por un mismo cirujano plástico, lo que muestra hasta qué punto el poder es masculino en este cine, por la imagen unívoca de poder que se quiere dar, y de constituir un único frente (no hay hombres, solo el hombre). En suma, el pulso, la cámara en mano, manifiesta deliberadamente en muchos gonzos el poder del cámara sobre la actriz y sobre el espectador. El poder sobre lo que se hace, y sobre cómo darlo a ver. Es una forma particular de firmar la obra, de pintarse dentro del cuadro, sin la necesidad de filmarse en un espejo: delatar tu presencia en cada milímetro del cuerpo de la actriz, trazando recorridos arbitrarios e inconexos a través de su cuerpo, regidos por la sola razón de tu deseo y tu autoridad. Cuerpos construidos por el poder mismo.