martes, 12 de marzo de 2019

Defensa de un holocausto friki

    Un texto célebre de Slavoj Zizek comenzaba afirmando que el autor había visto Matrix en una sala de cine al lado de su espectador ideal: un imbécil. Recordé mucho esta frase cuando vi Capitana Marvel la semana pasada. El hecho concreto que me llevó a ello fue este: en la habitual secuencia posterior a los genéricos finales, que consiste en exactamente lo que todos sabíamos que iba a consistir, el público exhaló al unísono una notoria exclamación de sorpresa.
    Ese grito me desconcertó. Capitana Marvel viene tras Avengers: Infinity War (para ser precisos, en medio está Ant-man and the Wasp, pero ambas concluyen con el mismo acontecimiento central), que terminaba con Nick Fury llamando a Marvel justo antes de convertirse en cenizas. Si Avengers: Endgame se estrena el mes que viene y en medio tenemos Capitana Marvel, que como todos sabemos transcurre décadas antes de los acontecimientos de AIW, ¿qué coño espera todo el mundo que va a pasar en la escena post-genéricos del final? Pues exactamente lo mismo que en Capitán América, la otra de entre todas las películas Marvel que tiene exactamente el mismo planteamiento y función. Y si yo, que soy un tipo al que el universo Marvel se la trae al pairo, sé esto, ¿cómo no van a saberlo sus fanáticos, esos que aplauden cuando en los genéricos iniciales ven aparecer a Stan Lee como única figura del logo Marvel?
    Ese grito de sorpresa no puede venir de la sorpresa. A no ser que ese público sea efectivamente imbécil. No sé en qué consiste la imbecilidad del compañero de butaca de Zizek, porque nunca leí su artículo, la verdad. Imagino que tenga que ver con esa manera de alucinar con todo lo que veían, que uno podía observar en mucha gente (jamás olvidaré escuchar a un tipo detrás de mí, en una proyección de Star wars, decirle a un amigo, a una o dos semanas de la salida en vídeo de Matrix, que la había visto 3 veces y por fin la había entendido: pocas cosas me han puesto tan ante el abismo del otro como aquella frase…), pero no lo sé. Da igual, de todos modos, porque aquí estamos hablando de mi libro.
    Me pregunto por ese grito de sorpresa ante algo que de ninguna manera era una sorpresa. Y no me creo que los que gritaran no supieran que era eso lo que iba a pasar. Por supuesto, no sabíamos el cómo, pero tampoco es que los de Marvel hayan encontrado un modo particularmente sorprendente de resolver el retorno de Carol Danvers, precisamente. Un giro de cámara, y allí está. Sí, muy rápido, ¡pero no da para tanto, acabamos de verla no hace ni 5 minutos! (y creo que en esa sala yo era el único al que la secuencia de créditos le parecía larga).
    No. El grito de sorpresa era genuino, pero no había sorpresa. ¿Generaba sorpresa que no hubiera sorpresa? A mi un poco, lo confieso, pero no me pareció merecedor de un grito, que en mi caso hubiera sido de hartazgo. La sorpresa de la audiencia que me acompañaba (o a la que acompañaba yo, por ser más precisos) era feliz, el grito era de regocijo, de júbilo.
    Voy al grano: aventuro que lo que causaba la felicidad del público no fue la sorpresa porque, nos pongamos como nos pongamos, nadie podía sorprenderse ahí. No: el júbilo lo causaba la ausencia de sorpresa. Lo que hacía feliz al público era que nadie se inventase nada que no cumpliera con lo esperado, que la película no ofreciera algo distinto a lo previsto. El público da su respingo feliz ante el acontecimiento que espera, juega a sorprenderse sin sorpresa, experimenta una sorpresa falsa pero no fingida, verdadera en su impostura pues recubre una emoción real: todo lo que esperaba ha sido satisfecho.
    Esta lectura manifiestamente abusiva que efectúo a partir de una reacción de seres humanos distintos a mi se fundamenta en una serie de siniestros hechos observados durante los últimos años, protagonizados por una inquietante tribu urbana autodenominada “frikis” de cuyo nacimiento fui aterrado espectador (y participante: siempre me incluyeron entre ellos) allá por los 90 y en adelante. No me molestaré en definirla porque, para empezar, su ambición es grande y poco a poco abarcan más y más espacio, así que prácticamente hablo de todo el universo fan que habita en este mundo, y segundo porque este no es un texto analítico o con pretensiones de objetividad sino una invectiva gratuita pero creo que con base verdadera, contra un tipo de fan al que desprecio absolutamente y la necesidad de cuyo exterminio considero necesaria para la supervivencia de la especie humana, o al menos de sus manifestaciones culturales y artísticas más válidas.
     Hace un par de años, en la séptima temporada de The walking dead, irregular como todas pero bastante interesante, menos rutinaria y mejor llevada que otras, tuvo lugar uno de los pocos acontecimientos realmente impactantes en mucho tiempo: Carl, el hijo del protagonista, es mordido por un zombi, lo que significa indudablemente su muerte (esto tenía lugar en el capítulo octavo, es decir el último de la primera entrega, y por tanto funcionaba como cliffhanger, pero era bastante evidente que en efecto Carl iba a morir, y así fue).
    La reacción del fandom fue terrible. La serie sufrió un ataque salvaje por parte de una piara numerosa y ruidosa de fans que se sintieron ultrajados por la muerte del personaje. La serie, hasta entonces un must para muchos, sufrió por primera vez insultos masivos y la red se llenó de diversas noticias que se dedicaron a criticarla, hacerla de menos y aventurar su inmediata desaparición, debida por lo visto a sus caprichosas decisiones de guión (mi favorita era la acusación de gratuidad; se ve que hasta entonces el rigor y necesidad narrativos habían sido norma). A día de hoy TWD continúa, pero el showrunner del momento tuvo que esfumarse y en este momento, tras un giro necesario para resolver la marcha de sus dos actores principales, la serie parece pretender minimizar tal cambio siguiendo punto por punto el cómic de la manera más mecánica vista hasta el momento.
    Quien conozca la serie puede extrañarse de por qué la muerte de Carl causó tal oleada de protestas mientras que no lo hizo la de Glenn, otro personaje veterano. La razón es obvia: aquella ya tenía lugar en el cómic, y de igual manera. No suponía, por tanto, una sorpresa, así que nada podía salir mal: si se decidía no matar a Glenn todo estaría bien porque se mantendría activo a un personaje querido, pero si se le eliminaba todo seguía igual de bien porque el shock de su asesinato ya había sido afrontado por el siempre mucho más entero cómic de Kirkman. Si algunos artículos refirieron protestas por muertes anteriores como la de Andrea en la tercera temporada, lo cierto es que no fueron como estas. La razón a mi juicio estriba en que TWD aún estaba formándose, no llevaba 8 años en marcha, y por lo tanto el show y sus personajes no estaban tan asentados. En su desarrollo, la posibilidad de que personajes realmente capitales murieran se volvió más y más remota, y solo la más que inesperada muerte de Carl cambió esto. Un momento de valor de los que TWD hacía años que no tenía. La respuesta de los frikis fue el odio, el desprecio, el insulto, la exigencia de despido del responsable. Y ganaron.
    Ese mismo año se estrenó The last jedi, la octava entrega de Star Wars, segunda de la nueva trilogía. La anterior, A new beginning, dirigida por J. J. Abrams, fue adorada por todos los frikis, encantados de ver una película que repetía punto por punto el desarrollo de la película original de Lucas y, de remate, el de El retorno del jedi, en suma: la oportunidad de ver lo mismo por tercera vez. Una película que se encuentra entre los peores blockbusters de la historia del cine y un auténtico insulto para cualquier espectador con un mínimo de dignidad. The great blockbuster swindle. Los frikis por supuesto no cabían en sí de gozo. Primero, por quien la hacía: los frikis padecen autoritis, adoran todo aquello que hagan aquellos a quienes aman... siempre y cuando no se atrevan a ser distintos en algún momento. Segundo, porque era lo mismo de siempre. De hecho, hasta donde sé lo más criticado fue que los protagonistas fueran un negro y una chica. Se ve que lo consideraban una concesión.
    Rian Johnson se atreve en The last jedi a hacer la entrega más original de la saga desde El Imperio contraataca. No es una gran película, posiblemente ni sea buena, pero asume ciertos riesgos, evita en la medida de lo posible el mimetismo, trata a sus personajes como seres enteros, se los cree, busca modos de desarrollarlos que son a la vez inesperados pero coherentes, y de paso estructura la narración de una manera inédita en la saga.
    El odio del fandom fue algo nunca visto, tanto que imagino que cualquiera que lea esto sabrá de él, porque lo inundó todo. Se llegó a pedir que la película se enterrara y se hiciera de nuevo. La gente se sintió violada, insultada, ultrajada… lo mismo que con TWD, pero más, a lo bestia porque, ya sabéis, cuando te tocan Star Wars es como si te mentan a la madre: matas. Fue algo histórico.
       Vayamos a un ejemplo más “prestigioso”: lo sucedido con la segunda temporada de True detective. Tras una mediocre primera temporada, llena de los clásicos diálogos rimbombantes y pretenciosos propios de las series de televisión con ínfulas (para colmo, añadamos el siniestrismo de qualité y la vulgar trivialización de mi adorado Ligotti, aunque sea a través de citas de su obra en efecto más trivial), sigue una segunda temporada distinta a la primera: urbana, con una trama mucho más elaborada y compleja, más rápida y de una combatividad política infinitamente superior a la “espiritual” primera temporada. Estos cambios, que tampoco es que fueran precisamente radicales, tuvieron como resultado que TD2 fuera insultada desde su primer capítulo e incluso antes (creo recordar que ya generó vituperios en su avance a la crítica). La cosa fue tan extrema que ni hubo alabanzas al magnífico trabajo de Vince Vaughn (la sorpresa) y Rachel MacAdams (una de las mejores actrices en activo actualmente, que tocó el cielo en la serie). Poco a poco la cosa se va calmando, pero los comeseries tiene claro que esa temporada fue un fracaso, como evidencian las referencias que se hacen a ella en las múltiples alabanzas que ha recibido la tercera temporada, en todos sus aspectos un movimiento de retirada, una renuncia al riesgo, una apuesta por el mimetismo absoluto respecto de la primera temporada, por mucho que sea superior a aquella en todos los sentidos (estar por debajo es ciertamente difícil). 
-->     Ya está. No tengo más que decir. Los frikis destruirán el mundo. Hay una caterva de individuos, una masa de imbéciles que no quieren ser sorprendidos, quieren que aquello que les gusta continúe y nunca se detenga y nunca, nunca cambie. No quieren que nadie haga algo distinto y se arriesgue a algo diferente. No creen en la novedad, porque les basta fingir que la repetición de lo mismo ya lo es. Quieren seguir siempre en el mismo sitio. Entren en sus foros, lean sus webs y descubrirán que es un nido de reaccionarismo, por supuesto. ¿Cómo va a interesarles cualquier atisbo de complejidad, de intento de comprensión y análisis que no se reduzca al establecimiento de tipologías, normas y categorizaciones convertidas automáticamente en necesarias para cualquier tipo de goce y estabilidad? Que las nuevas modas duren tanto no es casualidad. El triunfo en las taquillas de los peplums, los superwesterns, el cine de catástrofes, la ficción espacial, no duró tanto como sus equivalentes actuales, super-héroes a la cabeza. La obsesión por las series y la emulación de las mismas por el mundo del blockbuster no se debe a cualquier cosa. Hay un nuevo espectador que busca permanecer siempre en el mismo mundo y que eso siga y siga y no termine nunca. Que le ofrezcan la variedad y cambio justos para mantenerle entretenido, entretenidamente dormido, entretenidamente muerto. 
    ¡Matémosle nosotros antes de que él destruya todo lo que existe! ¡Quememos vivos a los frikis y a toda su descendencia, y borremos todo rastro de su paso por la tierra! ¡Hagámoslo, antes de que ellos lo hagan con nosotros! ¡Que el recuerdo de sus gritos de dolor adorne, embelleciéndolos, nuestros sueños! ¡Necesitamos un holocausto friki, antes de que ellos generen el apocalipsis que buscan, del que será difícil, muy difícil resurgir! ¡Empecemos a construir hoy mismo los hornos, o pronto será tarde! Avisados estáis.

lunes, 4 de febrero de 2019

Santander, años 90 (en homenaje a Enrique Bolado)


    En el año 2013 proyecté Valparaíso, 2011. Observaciones de un turista en la Filmoteca de Cantabria, esto es: el cine Bonifaz de Santander, a instancias de José Luis Torrelavega y el Cine Club Lumière, que en los últimos años se venía llevando a cabo allí todos los sábados a primera sesión, y al que yo asistía siempre que pasaba por la ciudad. No era la primera vez que algo mío se proyectaba en la sala: a finales de 2011 se programó junto con varios cortos el capítulo tercero de mis Crónicas chilenas, si mal no recuerdo a instancias de Fernando Ganzo. Sin embargo, por un lado yo no estaba muy satisfecho del proyecto de las crónicas, y por otro en este caso podía estar presente en la proyección, presentar y debatir sobre la película. Y esto tenía cierta importancia para mi: fui asistente a la filmoteca santanderina desde aproximadamente 1994, cuando sus proyecciones tenían lugar en el Palacio de Festivales, y por supuesto lo fui cuando pasó a tener sede material en el cine Bonifaz. Esta segunda etapa arrancó el año 2001, un año antes de que me mudara a Madrid, pero aún así tuve tiempo para descubrir en la nueva sala el cine de Robert Bresson (en compañía generalmente de mi amigo Sergio Calderón, con el que planificábamos las fechas de rodaje de mi primer corto cotejándolas con los horarios de las proyecciones para no perdernos nada– era aún más importante formarse que crear, ver que hacer) y enamorarme del de Eric Rohmer, aparte de profundizar adecuadamente en el de Almodóvar. Posteriormente nunca falté en mis numerosos retornos (recuerdo un estupendo verano al calor del cine de Raoul Walsh) y me hice visitante asiduo del citado cine club. Dicho de otro modo, para mi no era poca cosa presentar mi película en esa sala. Por eso, preparé una presentación especial: se trataba de un homenaje, el reconocimiento de mi deuda personal en tanto cinéfilo con Enrique Bolado.
    Bolado, sin embargo, no vino a la sesión, así que no leí lo que había escrito. Y ahora lo busco y no consigo encontrarlo, de modo que debo escribirlo de nuevo. Y digo “debo” porque, en caso de que alguien no lo sepa, Bolado fue apartado hace dos semanas de la dirección de la Filmoteca, lo que supone todo un fin de época, o cuando menos la culminación de uno que llevaba durando bastante tiempo y que, fiel a las leyes de la narración clásica, tuvo su cúspide en los momentos finales, antes de la inevitable muerte, que simbólicamente tuvo lugar en la última sesión, n° 282, del Cine Club del pasado sábado 2 de febrero, con la proyección de Cuentos de la luna pálida de agosto, de Kenji Mizoguchi.
    Me gustaría poder hacer una semblanza de la labor de Bolado anterior a mi entrada en contacto con ella, pero tristemente mi conocimiento del cineclubismo santanderino se reduce a la década de los 60, y me encuentro además lejos de casi todos mis archivos. Lo mínimo que puede decirse es que las dos personas más importantes para la formación de la cinefilia santanderina han sido José Ramón Saiz Viadero y Enrique Bolado, el primero activo principalmente en los años 60 y el segundo desde los 70 hasta hoy (lo que ya de por sí da medida de su importancia). Como buenos cineclubistas, lo suyo tenía algo de apostolado; en Viadero esto se acentúa por las dificultades propias del momento y por su militancia política, pero está presente en Bolado y yo pude observarlo en su capacidad para introducirse en prácticamente todas las pantallas cinematográficas que Santander poseía en la década de los 90, una década maravillosa para formarse como cinéfilo en la ciudad, como puedo asegurar dado que fue la de mi adolescencia. A esa época se remonta mi deuda.
    Comienzo a asistir a la Filmoteca de Cantabria (aunque no haya ni Filmoteca ni director… pero ya llegaremos a esto) en el año 1994, cuando sus sesiones tenían lugar en el Palacio de Festivales, ya en la enorme sala Argenta, ya en la más recogida pero igualmente estupenda sala Pereda. Bolado la dirige, si no me equivoco, desde su nacimiento en 1991. Pero el cine en el Santander de los 90, o dicho de otro modo la labor de Bolado, no se reducía a esas dos pantallas.
    En los años 90 ya no hay cineclubismo, o al menos este ya no tiene nada que ver con el del periodo franquista. Lo que yo conocí era distinto: la vida cinematográfica “paralela” de Santander giraba en torno a una serie de ciclos que podían tener lugar en casi cualquier cine de Santander, un periodo realmente febril donde casi cada trimestre se aparecía la posibilidad de ver películas extraordinarias en salas como la del cine Los Angeles, mi favorita. En los 90, entre la Filmoteca y estos ciclos, el joven cinéfilo que yo era pudo ver en excelentes proyecciones en 35mm películas como Vertigo (varias veces), La octava mujer de Barba Azul, Persona, La noche del cazador (el escalofrío que sentí cuando, en medio de un travelling hacia su espalda, la joven Ruby se gira exclamando a Lillian Gish su amor por el asesino mientras el hipócrita pueblo le busca para su linchamiento, está en mi para siempre unido a las amplias butacas rojas y dimensiones concretas del Los Ángeles), La novia de Frankenstein, El hombre elefanteLa dama de ShanghaiYo contraté un asesino a sueldo, Atraco perfecto, Paris nous appartient, Obsesión, ForajidosEl espejo y mil más.
    Concretando: en los 90, teníamos los ciclos recurrentes que bajo el título Clásicos recuperados se llevaban a cabo generalmente en Los Angeles y que, si la memoria no me falla, solían durar 5 días, a razón creo que de película diaria. Estos ciclos se realizaron a lo largo de varios años y también tuvieron lugar, en alguna ocasión, en la sala 5 (la grande) de los cines Bahía, y no sé si algún otro lugar, diría que no. Recuerdo también un ciclo veraniego dedicado a no sé qué en la sala Argenta pero donde vi la recién estrenada Clerks, ciclo con el que inicié mi asistencia a la Filmoteca, aunque recuerdo haber visto allí tiempo atrás la segunda versión de Blade Runner, así como La madre muerta, con presencia de Bajo Ulloa y Elejalde (sé, aunque no estuve, que antes de todo esto habían venido López y Erice a presentar El sol del membrillo). Igualmente recuerdo otro dedicado a François Truffaut en la misma sala (me iba de vacaciones esa semana, así que solo pude ver Los 400 golpes y Jules y Jim, ahí es nada), otro al cine francés en los minicines del Coliseum (reincidí con Los 400 golpes pero también recuerdo rarezas como El dossier 51 de Deville), otro de cine fantástico en Tantín donde Bolado, cosa rara, participó en un debate con el público y aseveró que iba a proyectar en la Filmoteca La mirada de Ulises y Underground (no estrenadas en las salas comerciales de la ciudad) y que iban a ser un éxito (lo fueron), otro dedicado a la nouvelle vague en la Fundación Botín donde vi mi primer Franju (Thérèse Desqueyroux) y mi primer Godard en pantalla grande (Vivir su vida) con conferencias de Jean Douchet o Víctor Erice, y sobre todo dos ciclos monográficos de 5 días de duración dedicados, en mayo de un año a Tod Browning y en mayo del siguiente a Carl Th. Dreyer, y que en ambos casos por poco no me hicieron suspender algún que otro examen (además de adquirir el gusto de ver el cine mudo sin sonido alguno, el modo adecuado a mi juicio salvo que se posea la música original, y por supuesto ver por primera vez en pantalla grande El trío fantástico, mi adorada Dracula, La pasión de Juana de Arco o Gertrud), y last but not least, los maratones que de vez en cuando caían por navidad, los primeros en la sala grande del Coliseum (mi cine favorito del mundo mundial, cuya desaparición aún me duele tanto), más tarde en la del Bahía aunque también recuerdo uno en Tantín (aún no me he recuperado del shock que fue Traje de etiqueta, y supongo que Eva Aguado, que estaba conmigo, tampoco). El primero fue para no creérselo y ninguno de los siguientes lo igualó. Por orden de aparición: El increíble hombre menguante, El sabor de la muerte (remake de Schroeder que, oigan, no está nada mal), Solo ellas (aprovechada por mi amigo David Pellón y yo para ir a cenar y tomar fuerzas para lo que seguía), Ed Wood, Clerks, The honeymoon killers y Megavixens (puede ser que confunda el orden de los títulos centrales). Todo en 35mm (tiempos mejores) y versión original con subtítulos en español. Para morirse.
    Todo esto, lo hizo Bolado.
    Y el caso es que no estaba solo. No puedo asegurarlo, claro está, pero creo que el apostolado de Bolado, su trabajo constante de programación de ciclos diversos, variados, regulares, en diversas sedes, apoyado por la periodicidad semanal de la Filmoteca, animó a que otros se animaran también a programar. Recuerdo por ejemplo un creo que breve cineclub en la legendaria sala de Caminos (de legendaria experiencia, como más tarde descubrí, en ellos) donde junto a Sergio vimos alucinados, en 16mm, El proceso de Welles. También, los ciclos dedicados a los géneros cinematográficos (acompañaba a un curso donde tuvo lugar mi primer encuentro con el Scarface de Hawks) o a Akira Kurosawa con motivo de su 88 cumpleaños (con magníficas e instructivas presentaciones de un para mi entonces desconocido Antonio Santos) en Tantín, o la presentación de Tren de sombras en Los Ángeles con asistencia del autor. En Tantín había cursos, por cierto, aunque aquí intuyo que la constancia de Paulino Viota, desde su retorno a Santander en 1989 debió ser lo más influyente. Nunca pude ir a los cursos de Viota, siempre me coincidían con clases, pero sí la presentación de uno sobre cine soviético a cargo de Guerín (escuché allí por primera vez el nombre de Dziga Vertov). Hubo otro curso en la Biblioteca Madrazo dedicado al cine mudo donde Bolado dio una excelente conferencia (usando, por cierto, mi reloj para controlar la duración; reconozco con cierta vergüenza que a mi yo adolescente le hizo cierta ilusión) y reincidió en la insistencia de todos los ponentes en mostrar, para mi embeleso, el famoso travelling de Amanecer, de Murnau (que por cierto no conseguiría ver hasta su proyección en el primer año del Bonifaz, alucinando en colores de nuevo junto a Sergio Calderón). También impartieron lecciones Saiz Viadero, Viota y Félix Bolado, y se proyectó en 16mm El gabinete del doctor Caligari (yo no pude ir porque se representaba La evitable ascensión de Arturo Ui en la Pereda; como ven, a veces en Santander había para elegir).
    Aparte de estos ciclos que, por sí solos, aseguraban que un cinéfilo iba a tener no pocos momentos de felicidad a lo largo del año y que, a mi juicio, espolearon las ganas de hacer otros por parte de otras personas, hay que constatar la existencia de un suelo básico, fundamental, una suerte de ritmo constante que aseguraba una dosis semanal distinta a la de las salas comerciales de la ciudad, y además (hay que insistir mucho en esto) en versión original: la Filmoteca de Cantabria, cuyas sesiones tenían lugar todos los jueves en doble sesión, de tarde y noche.
    La que yo conocí, como dije, había iniciado sus proyecciones en el Palacio de Festivales allá por 1991, supongo que poco antes de que yo asistiera con mi despistado amigo Antonio Flores (así se llamaba, sí) a un festival de cine que se organizó en el lugar, creo que también con Bolado como director, y donde vi, recuerdo, La linterna roja, El liquidador y Riff Raff. Y, por supuesto, estaba claro que no era una Filmoteca. Nunca ha habido Filmoteca en Cantabria, solo algo así llamado. La historia de por qué no la hay es larga y la conozco solo en parte por declaraciones individuales obtenidas por otras cuestiones y que por tanto nunca contrasté ni investigué. El hecho es que, a día de hoy, no hay Filmoteca, solo un edificio así llamado. Pero se llame como se llame, sea lo que sea, la Filmoteca fue nuestra salvación en los 90: proyectaba todos los estrenos que queríamos ver y que ninguna sala de la ciudad nos ofrecería, y por supuesto en VOSE. No me gusta cansar dando nombres, así que me limitaré a decir que todos los estrenos importantes de la década pasaron por allí, tanto los típicos indies de entonces (Soderbergh, Dicillo, Hartley, Smith…) como los europeos (Angelopoulos, Rohmer, Haneke, Rivette… aún recuerdo la emoción que me produjo saber que por fin iba a ver un Rivette, hasta lo anoté en mi diario: “hoy voy a ver mi primer Rivette”) o de otros lares (allí cayó mi primer Kiarostami, El sabor de las cerezas, así como los primeros largometrajes de Panahi). En la Filmoteca descubrí a dos cineastas de los que nunca había oído hablar y que me han acompañado hasta hoy: Kaurismäki y Ruiz. Cada jueves, conociera o no película o cineasta, allí estaba, fiel a la cita, donde a veces comparecían también clásicos, ya contemporáneos (recuerdo Cabeza borradora, que sufrió protestas del público, como me dijo la encantadora taquillera cuando fui a por la entrada para repetir en la segunda sesión, tras haber asistido a la primera) o antiguos (recuerdo en este momento Ordet o algunos Lubitsch como Angel, mi favorito). Pero centralmente la Filmoteca se dedicaba a los estrenos. Había aún bastantes salas en la ciudad y se estrenaban algunas curiosidades de vez en cuando, pero rara vez las fundamentales (nadie iba a estrenar Tres vidas y una sola muerte o Alto, bajo, frágil). Además, todo era doblado. Temprano en los 90 habían desaparecido el inolvidable Roxy y el Santander, pero casi coincidiendo con mi marcha de la ciudad cayeron como dinosaurios los Coliseum, Capitol, Bahía y Los Ángeles (luego retornaría), reduciéndose todo a las multisalas de las afueras, de las que incluso llegarían a desaparecer las de Valle Real. Desde ese momento, es decir, en todo lo que llevamos de siglo XXI, la Filmoteca del cine Bonifaz se convierte en el único modo de ver cierto cine en Santander.
    Fue, en suma, una maravilla de década para ser un amante del cine en Santander. Y Bolado era el principal nombre propio entre los responsables de esto, no es posible negarlo. Su celo y constancia prendieron algo en la ciudad, que cristalizó en una década gloriosa. Hoy todos podemos formarnos descargándonos lo que nos dé la gana en internet, pero en aquel entonces dependíamos de la limitada oferta del vídeo, la televisión y las pantallas cinematográficas, y tener todas esas proyecciones, poder ver películas fundamentales en pantalla grande y versión original, fue una bendición. Y encima, no solo hablamos de clásicos, sino también de estrenos.
    Esta es mi deuda con Enrique Bolado, lo que quiero agradecerle, porque veo claro que, si fue un paraíso ser cinéfilo en el Santander de los 90, fue gracias a él.
    Ahora, matices. ¿El “único modo de ver cierto cine en Santander”? Algunos lectores pensarán en los cines Groucho (dos salas). Y mi respuesta es tajante: sí, el único. Primero, porque si antes, con tantos cines, no se estrenaba el 99% del cine interesante, es fácil imaginar con solo uno. Groucho no puede dar abasto con todo. Segundo, porque, de hecho, su programación no destaca por su brillantez, riesgo ni selección de lo más interesante de la cartelera patria, por mucho que, evidentemente, se hayan podido ver allí películas buenas y hay que alegrarse de que exista. Groucho juega sobre seguro, lo cual, dado el riesgo, me parece perfectamente comprensible, pero ello implica que, de nuevo, el espectador santanderino se pierde las más de las veces lo mejor de lo disponible. Y tercero, porque Groucho proyecta cine doblado, limitando la VOSE a una sesión diaria acorralada al final de la noche. La Filmoteca es la única sala santanderina que ofrece versión original con subtítulos. Esa es su función social, cultural, ciudadana, una función que el Groucho, por mucho que diga su responsable, de ningún modo cumple.
    Por esta razón, chocan y ofenden las múltiples y miserables cartas que su responsable envió reiteradamente durante años a los periódicos de la ciudad atacando a la Filmoteca (la constancia es a no dudarlo la única virtud de este individuo). Según él, la Filmoteca suponía la financiación pública de una programación que competía deslealmente contra la iniciativa privada (la suya sola, por supuesto, aunque en su infamia trató de implicar también en su cruzada a las grandes cadenas de las afueras, dedicadas por supuesto exclusivamente a los blockbusters). No puedo llamar a este individuo lo que quisiera, porque no me cabe duda de que alguien tan carente de norma moral trataría de hacérmelo pagar de alguna manera, pero su acoso y derribo fue siempre mucho más allá de la normalidad malaje de una comunidad ya de por sí tan malencarada como la santanderina, y no me cabe la más mínima duda de que su influencia ha tenido en los acontecimientos recientes. No puede decirse hasta qué punto resulta trágico el hecho de que solo haya dos salas en una ciudad, y se odien a muerte. En el fondo, además hay tres, puesto que Los Ángeles también programa cine, nuevamente doblado, por lo que es este quien podría suponer cierta competencia a Groucho, dado que los espectadores de VO rara vez van a aventurarse a ver cine doblado, experiencia que enseguida se vuelve insoportable al poco de acostumbrarse a escuchar el sonido real de las películas. No, el acoso del responsable del Groucho fue siempre más allá del cumplimiento del deber, no quería a nadie más en la ciudad que él y sus ataques a Bolado fueron siempre absurdos, lo que anima a aventurar cuitas personales y salud mental (falta de ella, claro está).
    No obstante, sí señalaba algo cierto: las filmotecas no programan cine de estreno. Y el cine de estreno en versión original siempre fue la norma de la Filmoteca, era a lo que prioritariamente se dedicaba. El paso al Bonifaz cambió esto, los ciclos de clásicos y demás se integraron en la nueva sala, pero los estrenos siempre siguieron ahí. Durante un breve tiempo, hay que insistir en ello, solo el Bonifaz estrenaba cine en Santander. Creo que quizás en algún momento el peso de los estrenos ha sido demasiado, pero también supongo que (y no lo sé de seguro, pero estoy convencido de que es así) Bolado debía dar cuenta de la taquilla del Bonifaz, o ayudaría a sostener una institución que no computaba mucho en los intereses de los sucesivos gobiernos de la región, y que proyectar un Stallone era así necesario para programar después a Jerry Lewis (un autor más arriesgado económicamente que Mizoguchi, por si no lo sabían). No me parece difícil de entender, y si Bolado estaba equivocado al menos sirvió para ver en VO muy buenos estrenos. 
    Pero sí, la Filmoteca no era realmente una filmoteca, solo tenía el nombre, menudo pecado. El proyecto que culminó en el cine Bonifaz, que dejó descontentos a todos, Bolado incluido, no cumplió con nada de lo pretendido (sala de conservación, de conferencias, biblioteca, videoteca…), y desde luego no se creó ninguna filmoteca oficial en Cantabria. Bolado la dirigía pero no era director, no tenía ese cargo. Hay una filmoteca que no es filmoteca, y tiene un director que no es director. Sí, todo era, es, raro en la Filmoteca. Gracias a esa irregularidad, en Santander se pudieron ver los mejores estrenos de la cartelera nacional y magníficos clásicos, así que personalmente me alegro de ese problema, de mi falsa filmoteca. El movimiento actual de clausurarla de golpe, sin aviso alguno, interrumpiendo cursos y programación, retirando a Bolado del modo más irrespetuoso, no es menos raro, y huele a pura intriga palaciega, a largos rencores por fin satisfechos, a atávicas vendettas que nos cuestan el final del que, para más inri, ha sido a no dudarlo el mejor periodo de la institución.
    En la última década Bolado sumó a la programación habitual un cine-club y cursos, de los cuales el más famoso es el anual que realiza Paulino Viota (con asistencia algunos días de hasta más de 50 personas, que no es poco; también hace uno más breve en verano, yo asistí a dos de ellos, inolvidables, sobre la teoría de Eisenstein y Rio Grande respectivamente) pero también hubo otros, por ejemplo de Antonio Santos, uno de esos valores seguros que ofrece la ciudad y a los que Bolado decidió ofrecer sitio (Tantín /Casyc dejó de hacerlo hace tiempo). Hay un momento en que la Filmoteca se abre a incluir a nuevos colaboradores, savia nueva, nuevas actividades. Sin presupuesto para mucho, la Filmoteca crece a través de la reflexión sobre las películas más que de la programación, aunque por supuesto esta sea la base y también se innove en ella, trayendo por ejemplo ese cine español que el Groucho no proyectaría ni jarto de opio. Cineastas ya seniors como Guerín, Arrietta, García Pelayo o Llorca gustaban no solo de presentar sus películas en Bonifaz sino de los debates posteriores, y otros cineastas jóvenes e independientes (Luis López Carrasco, Ramón Lluis Bande, Manuel Asín, Julius Richard) pudieron también mostrar sus películas en una buena pantalla en una ciudad donde no había otra para ellos (y algunos eran, éramos, cántabros, considerando tanto Bolado como Torrelavega que era deber de la Filmoteca dar cobijo a los cineastas de la región, incluyendo por supuesto entre estos a los que no les gustaban: eso es sentido del deber y sentido institucional). De remate, en los últimos dos años apareció lo que nadie podía imaginarse: ¡cine experimental! Aunque considere que CineInfinito, como se llama este programa, debía haber obtenido un poco más de apoyo, su existencia es algo que nadie podía haber previsto en la región, y fue Bolado, un cinéfilo de estirpe filmidealista que no hubiera desentonado en los debates noventeros de Garci, un enamorado ferviente del Hollywood clásico, y no ningún museo o centro cultural, el que dio visto bueno, el que acogió este cine en una sala. Ver películas de Robert Beavers, Martha Davis, Joseph Bernard, Ron Rice y tantos más en el Bonifaz era más de lo que uno podía imaginar. Proyecciones en digital, sí, pero me consta que porque no había dinero para más y porque el encargado de hacer los trámites era una catástrofe viviente, y en todo caso siempre muy cuidadas, habladas y planificadas con los autores, localizados con ese talento de explorador de lo ignoto que caracteriza a su responsable, Félix García de Villegas. No sé qué pensará el responsable de Groucho, igual le apetece alojarlo él ahora.
    La situación irregular de la Filmoteca fue una bendición, gracias a Enrique Bolado; una situación regularizada pero con el típico gestor al uso no hubiera tenido ni de lejos el mismo interés. Y el mejor ejemplo de esto, junto a los cursos, es el Cine Club Lumière, de importancia central: introducía la reflexión sobre las películas programadas, centralizaba de algún modo las actividades ya que su responsable, José Luis Torrelavega (con Fernando Ganzo en los primeros tiempos) hacía anuncios, comentaba ciclos, explicaba problemas y hasta se disculpaba por ellos si tocaba (y sin por supuesto ser él responsable), e incluso su Facebook era mejor para seguir las actividades del lugar que el de la propia Filmoteca. Y, de remate, hacía unos programas estupendos que creo debería recopilar y poner en acceso libre, porque mucho me temo que, pase ahora lo que pase, nadie va a proponerle continuar con ello.
    Y estas “irregularidades” de la Filmoteca y la labor de Bolado aún van más lejos: todos estos colaboradores salen de la propia Filmoteca. Es decir: son su público. Fernando, José Luis y Félix, más otros colaboradores cercanos que me consta añadieron su granito de arena, como Oscar Oliva, Hugo Obregón o Julius Richard (o yo mismo) eran asistentes reiterados a sus sesiones. Lo mismo puede decirse de Antonio Santos y, aunque menos, de Viota. Con ellos, Bolado abrió la Filmoteca a la participación activa de su público. Ellos, y otros, podían haber planteado cursos, o algún tipo de programa cuya posibilidad se hubiera estudiado. No creo que esto sea muy habitual. Y desde luego creo que es bueno, aunque no faltará quien hable de amiguismos. Fueron los aficionados que estaban allí los que no pocas veces, y por amor al arte, hicieron al lugar funcionar, le dieron vida y calor. Todos sabían de la mala situación de la Filmoteca, el poco dinero, las malas condiciones, y pusieron todo de su parte para apoyarla. Bendita irregularidad. Permítanme decirlo a lo cursi: esta Filmoteca no conserva, no restaura, sí, pero piensa, habla, interpela. A veces es cierto que se podría pensar o hablar mejor, pero nadie es perfecto, y desde luego yo doy fe de cuántas veces el diálogo ha sido en efecto posible, interpelar a una institución, dialogar con su responsable, poder proponerle de tú a tú cosas, actividades, problemas, proyectos… y ser escuchado con atención y respeto. Es el tipo de irregularidad que me gustaría ver más a menudo.
    Enrique Bolado siempre fue una persona polémica, qué duda cabe. Desde los 90 he conocido a gente que lo detesta, pero generalmente nunca han sabido darme razones de su odio, algo muy revelador. Hay que decir que Bolado es un tipo con personalidad, vehemente en sus opiniones, a veces brusco, tajante y seguro de sí mismo, y que eso acostumbra a molestar, cosa extraña en un país (y una ciudad) al que le es consustancial la proliferación constante de bocazas y gente soberbia falta de educación. Yo, con Bolado, choco parcialmente en gustos, cosa aceptable y hasta deseable, y desde luego en ideología, pero siempre ha sido interesante debatir con él y escuchar sus planteamientos, procedentes de una concepción del cine que no comparto pero que comprendo y respeto enormemente. Sin duda, Bolado lleva mucho tiempo siendo una personalidad conocida en Cantabria (quien no le conoce por el cine, es fácil que lo haga por el fútbol), y el nombre central, como ya he dicho, de la exhibición cinematográfica digamos “culta” en la región, lo que ya de por sí imagino servirá para acumular rencores, envidias y demás, agravadas por su carácter y su significación política, supongo. Supongo. Qué sé yo. Solo sé que los acontecimientos recientes huelen pésimamente, que el trato destinado a una persona a la que el cine en Cantabria le debe todo, guste o no esta persona, a no ser que haya habido ilegalidades mediante debe ser mucho más respetuosa. Solo quiero manifestar mi respeto personal por este tipo al que debo una adolescencia cinéfila estupenda. Y rogar por que, después de echarle de una manera tan oscura y sucia, las cosas se hagan bien a partir de aquí. Me permito, para finalizar, algunas líneas a modo de ejemplo:
    Algunas irregularidades de la Filmoteca, las molestas, las he conocido de cerca y son fáciles de arreglar. Sobre todo, por parte de la administración, principal responsable de las mismas. Respecto a su estatuto, mi propuesta sería clara: seguir sin una filmoteca de verdad. El Bonifaz podría seguir llamándose “Filmoteca”, no veo por qué no, pero si quieren llamarle de otro modo, pues vale. Se le podría llamar “Cine-Club Lumière”, por ejemplo. O Bonifaz a secas, igual que existe Los Angeles. ¿Por qué? Para seguir cumpliendo con su función de programar el cine de estreno en VO que ni el Groucho ni Los Ángeles van a proyectar y que, a las pruebas me remito, tiene un público numeroso en Cantabria (hay que recordar que la labor de la Filmoteca se extiende a otros lugares de la región, así como que había gente que se desplazaba a Santander para ir al Bonifaz), y más numeroso sería si se lo promocionara un poco más. Un cine financiado públicamente que cumpla con el deber (sí, he dicho “deber”) de ofrecer a sus habitantes buen cine, actual y antiguo, en versión original. Pienso que, dado que solo habría 3 salas en la ciudad, podrían intentar planificarse los estrenos entre ellas para no pisarse títulos, aunque el Bonifaz proyecte exclusivamente en VOSE, y aunque esto precisaría cierta honestidad entre las partes, algo muy difícil cuando una de ellas es un ser habitado por el odio (reitero esto: si el Bonifaz deja de funcionar como hasta ahora, se acabaron los estrenos en VO en Santander, y sobre todo los mejores estrenos). Pienso que Bolado podría ser el programador, como mínimo porque históricamente se ha ganado el puesto, pero ya que estamos, si queremos abrir la puerta a que nuevos nombres entren en acción (aunque no veo por qué no podrían hacerlo en Botín o el Casyc, que no es que se estén luciendo mucho que digamos en materia cinematográfica) también se le podrían sumar algunos colaboradores (remunerados, por supuesto, que ya nos conocemos). Gente no falta: pienso en José Luis Torrelavega, sin duda el nombre fundamental de la Filmoteca desde su entrada en escena y un hombre capaz de gestionar el planeta Tierra entero si hace falta, pero también en Antonio Santos, Félix García de Villegas, Alberto Ruiz de Samaniego, Paulino Viota, Manuel Asín… personas que entre ellas abarquen gustos diversos y conozcan el arte de programar. También alguno de estos puede ser el programador y Bolado asesor, si tanta inquina le tienen. Como sea, gente no falta, tanto dentro como fuera. Pienso que, si se opta por un concurso público, lo cual no me parece mal, se deberían priorizar los conocimientos cinematográficos sobre la mediocridad gestora tan en boga hoy en día, aunque me juego el cuello a que la idea es exactamente la contraria (y conste que el responsable de las gestiones materiales del Bonifaz era un incapaz de tomo y lomo). Pienso que debiera haber al menos dos proyeccionistas (solo había uno que de verdad lo fuera), y que también deberían hacérseles pruebas a ellos, tanto del manejo de proyecciones en celuloide como de los diversos artilugios electrónicos para las proyecciones en DCP o BluRay. También pienso que, si en todo caso se decidiera crear una Filmoteca de verdad, con ese estatuto real, en el mismo debería estar escrito que no se juzgarán los ingresos de taquilla pues es normal que, a veces, en una sesión de Filmoteca solo haya 2 personas. Y mantener la partida presupuestaria adecuada para comprar dos proyectores de 16mm (asegurándose de que el proyeccionista sabe operarlos óptimamente), de 8mm y Super8 y otros formatos, vamos, procurarse el equipamiento debido, y continuar con las actividades del cine-club y los cursos, la reflexión sobre el cine que ha caracterizado a esta filmoteca y la ha hecho conocida fuera de la región (y aunque no lo fuera, lo que le ha convertido en una filmoteca distinta). Preocuparse por el cine, en suma. Porque en realidad, hasta el día de hoy, yo diría que el único que de verdad lo ha hecho, ha sido ese mismo al que acaban de echar. Desde aquí, a él, mi eterno agradecimiento.
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Cualquier corrección de mis recuerdos, imágenes de proyecciones o programas pasados, son bienvenidas. Aprovecho para agradecer a José Luis Torrelavega, Hugo Obregón y Angela Saiz Linares el contacto mantenido durante estos días, las fotos a recortes y las respuestas a algunas de mis consultas. Valparaíso, 2011. Observaciones de un turista puede verse en PLAT. El capítulo tercero de Crónicas chilenas, en mi canal de Vimeo. La programación de CineInfinito puede consultarse en su web. Sobre el Cine Club Lumière, recomiendo la lectura de una excelente entrevista a José Luis Torrelavega y Fernando Ganzo, en el blog Al norte del norte. Se realizó hace casi 7 años y nada cambió... salvo que ganaron los malos.