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miércoles, 22 de abril de 2026

Informe semanal (8)


Pride and prejudice (Joe Wright, 2005)

The bride (Maggie Gyllenhaal, 2026)

Veneno para las hadas (Carlos Enrique Taboada, 1986)

Essene (Frederick Wiseman, 1972)

Meat (Frederick Wiseman, 1976)

Fahrenheit 11/9 (Michael Moore, 2018)


1. Soy el tipo de persona que, por mucho que le disguste, siempre termina una película, pero confieso que últimamente vengo incumpliendo esta norma más de lo que me gustaría. Las razones son más personales que otra cosa (“no eres tú, soy yo”), pero ello no quita para que me parezca bastante justificado haberme quedado a la mitad de The bride y no haber podido pasar de la primera secuencia de Orgullo y prejuicio. Recientemente he leído por primera vez a Jane Austen, con el agrado que ya me suponía, pero también la sorpresa de descubrir no solo lo poco románticas que son estas novelas, sino lo difíciles de adaptar. ¿Cómo filmar novelas donde no existen ni el paisaje ni el espacio, pues signos todos ellos de relaciones sociales? Pienso en Ozu, Rohmer o incluso John Ford como cineastas cualificados para un reto así, explorar las emociones subyacentes a sociedades rígidamente organizadas, crear (y ahí Rohmer sería perfecto) narraciones finamente vinculadas a desarrollos intelectuales encarnados en seres inteligentes y sensibles. Francamente, nada más alejado de la joven que lee caminando y no usa el marcapáginas para marcar el cierre del libro, o el plano que recorre toda la casa en sintonía con el barullo de las chicas imbéciles con las que Austen se niega, precisamente, toda sintonía. Hasta ahí llegué. 

El caso de The bride es distinto. Película diría que con no malos materiales, se ven desperdiciados por una cineasta que no está a la altura del nivel de delirio propuesto. The bride se niega a toda verosimilitud haciendo más que suyo el descoyuntado cuerpo y persona de una disparadísima, espectacular en el mejor sentido, Jessie Buckley. En ese cuerpo, en esa actriz, todo funciona, pero fuera de él me temo que Maggie Gyllenhaal carece de los recursos para solucionar los problemas en que se mete, y que diría ha resuelto al modo de filmar como sea y que el montador lo arregle como pueda. El método que en cierto modo encierra la actuación de Buckley está ausente en el de la construcción fílmica de la cineasta. Una pena. Pero conste en acta esta afirmación, que hago muy en serio: el maquillaje de the bride, toda ella, me parece el mejor maquillaje y caracterización que haya visto en mi vida. Logré aguantar media película por el goce inmenso de verlo, tan bien encarnado además, y sé que la terminaré por lo mismo. Algún día.

La que sí terminé fue Veneno para las hadas, simpática película que como Mr. Blandings builds his dream house, de la que hablé en el anterior informe, conocí por mis alumnos de taller de tesis, pero se trata de otra obra que se queda a medias, sobre todo por la falta de imaginación del director, y un guion que siento hubiera necesitado una mayor riqueza, aunque no me cabe duda que con alguien más inspirado a los mandos el que aquí tenemos hubiera podido alcanzar un alto nivel de sugestión. Tristemente, la saturación de grandes angulares o el buen criterio para elegir los rostros adultos no bastan. 

 

2. Prosigo con mi ciclo Wiseman. Essene es buena muestra no solo de la estructura organizada en torno a un aspecto de la “institución” elegido como protagónico sino, sobre todo, la voluntad del cineasta de no escoger el obvio. En esta comunidad religiosa, lo primero domina sobre lo segundo: los problemas de convivencia, las necesidades y disensos, amistades y riñas, ocupan mucho más que las conversaciones sobre religión, que además suelen aparecer vinculadas al tema comunitario de nuevo, puesto que es la común entrega a Dios la que les vincula. 

Essene es también una película particularmente hermética, en concordancia con su sujeto (si bien el contexto se cuela de modo ejemplar –y bien izquierdista– en los rezos de los monjes). No hay explicaciones sobre el tipo de comunidad en la que estamos, sus relaciones con la ciudad o pueblo donde sea que estén más allá de una salida a comprar un pelador de patatas (acaso la mejor escena de la película, y desde luego la más divertida), quedan sin explicaciones algunos peculiares planos exteriores como el hombre segando en bañador, y se trata de una obra con pocas escenas, casi todas muy extensas. E intensas. Obra menor, pero atractiva, que probablemente vuelva a revisar.

La elección del “protagonista” es clave en Meat, una de mis candidatas a mejor película de su director. La carne es protagonista solo como sujeto a seguir: de los bisontes pastando libres a la carne envasada saliendo en camiones (vehículo que puntúa toda la obra hasta el magnífico plano final, que preludia el aún superior de Sinai Field Mission) a su reparto. Pero, pese al título, el protagonismo reside en el trabajo o, mejor dicho, su organización. Wiseman no está ni ahí con la poesía de la muerte, de la carne, el despiece o lo que sea, y por supuesto de Baudelaire ni hablamos (la poesía no obstante llega sola, y a raudales; diría incluso que la música, y hasta la danza); lo que aquí importa es la organización racional de una industria dedicada a criar y matar animales para vender su carne. El minucioso seguimiento del proceso no tiene parangón en nada que haya visto antes, tal vez solo con algunas películas de Farocki, cineasta que más de una vez acude a la mente, en su producción más objetivista, viendo las películas de Wiseman. Los pasajes del procesamiento de los animales son un prodigio de descripción altamente didáctica (contra lo que es habitual en su cine) de un trabajo en cadena, donde la cámara tiene la capacidad de mostrar lo que pasa con la carne de las vacas así como las de los hombres, ambos unidos en esa optimización de posiciones, acciones, movimientos que los emparejan a esas máquinas, rieles, ganchos, plataformas y cadenas de “desmontaje” que reglan el ritmo de producción. No por otra razón Wiseman presenta esas ínfimas “escapadas” de segundos apenas en la que un trabajador lee fugazmente un periódico antes de retomar los cuchillos y otro lanza miradas al partido de fútbol de un televisor próximo entre víscera y víscera. Y no por otra sobre todo coloca al final una negociación sindical donde se pelea la exigencia de la empresa de duplicar las labores de un trabajador, modo de reducir la gran cantidad de trabajadores que hemos observado, con la inevitable reducción de ganancias que eso supone (tema tratado con anterioridad) y la necesidad consecuente de reducir plantilla y acelerar los tiempos. Si alguien quiere entender qué es el capitalismo, el fordismo, el porqué de las máquinas, las bases del desarrollo industrial de las últimas décadas, y cómo es que los empresarios no crean trabajo sino, precisamente, lo eliminan, bástele ver Meat. Pero, le interese o no esto, estamos ante un documental mayor, una gran obra maestra. 

 

3. A Wiseman no le gustaba el cine de Michael Moore. Recuerdo, in ille tempore, escuchar a José Luis Guerín criticándolo. Y muchos otros. A Thom Andersen le gusta, dice que el cineasta es mucho mejor que el personaje, declarando injusta su confusión. No estoy muy de acuerdo con ninguno, aunque creo que Andersen tiene razón a veces (en Bowling for Columbine hay momentos en que Moore-persona queda mal, pero Moore-cineasta bien). Moore hace documentales expositivos y activistas tratando de explicar situaciones y plantear posibles soluciones, todo ello con cierto gracejo amable: equivalentes audiovisuales del artículo de divulgación en medios escritos independientes. No tengo problema con Michael Moore, entre otras cosas porque no tengo ningún problema con este formato, y porque en ocasiones concuerdo con lo que dice. 

Fahrenheit 11/9 nos recuerda que Moore fue uno de los primeros que, desde la izquierda, avisó que Trump iba a ganar, y uno de los primeros momentos cómicos de la película es aquel en que se descubre citado por ello nada menos que en la Fox. Dedicada no tanto a Donald Trump como a explicar las causas que le permitieron ser presidente, la película es un recorrido impecable sobre la razón última de este triunfo: la sistemática traición del Partido Demócrata a su pueblo, que le ha dejado definitivamente indefenso ante las élites. En este ámbito, Moore logra uno de los mejores “análisis de caso” de su carrera con, una vez más, su ciudad natal, Flint, que comienza como muestra de las estrategias más corruptas y destructivas de la derecha y termina como sangrante ejemplo del colaboracionismo del Partido Demócrata, o como podríamos decir en este caso, “la traición de Obama”, con quien el realizador es inclemente. Resulta en este sentido esclarecedor, si pensamos en el título del filme, que el engaño electoral de Fahrenheit 9/11 era el de Bush mientras que, en Fahrenheit 11/9, es el de las élites del PD que convirtieron a Hillary Clinton en candidata presidencial cuando el ganador rotundo de las primarias había sido Bernie Sanders. Por ello, aunque Moore no incida demasiado en ello, se hace evidente el placer de ver a Trump saltarse todas las reglas de las grandes figuras y los grandes medios que hasta el momento habían sido agentes y encubridores de todas las infamias. Y en consecuencia, allá donde el Moore de Capitalismo: una historia de amor (2009) colocaba a Obama como solución, este atiende al ciclo de movilizaciones que ocupó los primeros años de la presidencia de Trump, insistiendo en la necesidad de acción popular y rebeldía contra los aparatos oficiales (los sindicatos y el Partido Demócrata) con el objeto de obligarles a que cumplan sus funciones. 

    Fahrenheit 9/11 estaba dirigida a evitar la reelección de Bush, mientras Fahrenheit 11/9 tiene en mente las elecciones del midterm de 2018. Pensando en las esperanzas que todos ponen en las midterms de este año, y todo lo sucedido desde los históricos resultados de aquellas, diría que Fahrenheit 11/9 es más pertinente quizá ahora que entonces.



martes, 14 de abril de 2026

Informe semanal (7)

Species (Roger Donaldson, 1995)

Project Hail Mary (Phil Lord, Christopher Miller, 2026)

Mr. Blandings builds his dream house (H. C. Potter, 1948)

The Store (Frederick Wiseman, 1983)

National Gallery (Frederick Wiseman, 2014)

City Hall (Frederick Wiseman, 2020)


No veía Species desde su estreno en cines, compruebo que con buen criterio. Como tantas películas realizadas en Hollywood de mediados de los 70 en adelante, y quizás más aún debido a sus elementos sexuales (aunque cierto es que se realiza en la década de Instinto básico), Species es una película de serie B inflada a base de dólares que permiten variedad de escenarios, ambientaciones más realistas y, presuntamente, mejores efectos especiales, pero también reprimen excentricidad, libertad, virulencia y aristas incómodas. Hay excepciones por supuesto, como Gremlins 2 o Indiana Jones y el Templo Maldito (no en vano criticada por su director), pero Species es buen ejemplo de la tendencia, dados los citados elementos sexuales, tan determinantes como apla(ta)nados. SIL, que no puede estar más buena, parece tener problemas para encontrar un hombre en Los Angeles, y cuando se transforma en una versión femenina del alien de H. R. Giger diseñada por Giger himself, puede estrangularte con tentáculos salidos de sus pezones si le da por ahí, y si eres capaz de verlo, puesto que Roger Donaldson, junto a su montador y su DP (siglas también aplicables a “doble penetración”), a los que prefiero no mentar, pierden todo entre luces y cortes histéricos donde poco hay para ver. Pero el criterio no es malo, pues estamos en los 90, década de los peores efectos especiales de la historia del cine, de lo que esta película es excelente muestra. Basta ver el rostro de una jovencísima Michelle Williams atravesado por tentáculos para volver a preguntarse, como debiéramos hacer todos, por qué lo llaman “efectos especiales” cuando quieren decir “dibujos animados”. Ridley Scott ocultaba su bichejo con criterios de atmósfera, de tensión, de sugerencia, incrementando la potencia sugestiva e incluso semántica si me perdonan lo estupendo, pero Donaldson tiene en el fondo las mismas motivaciones de cualquier serie B por mucho que los efectos se lleven la mayor parte del presupuesto: está todo tan mal hecho que mejor que no se vea. Ahora bien, todos estos problemas serían menores si se hubiera dedicado un poco de trabajo al “factor humano”. Con un extraño casting fruto de la reducción presupuestaria pero colmado de intérpretes capaces (e incluyo a Natasha Henstridge, a la que su cariño guardo por su participación en Adrenalin de Albert Pyun y Fantasmas de Marte de Carpenter), es evidente que Donaldson no le dedica ni un segundo a desarrollar matices o enriquecer mínimamente a sus personajes (el de Ben Kingsley, sobremanera, es un enigma, y no en el buen sentido). Una pena.

 No tan desastre es Project Hail Mary, pero tampoco da para ponerse estupendos. Viniendo de los guionistas de cierta horrenda peli animada de Spiderman, era lógico esperar algo malo, y pocas sorpresas nos va a dar el Hollywood del siglo XXI. Con una de las más espantosas y hasta sonrojantes bandas sonoras que servidor ha escuchado en mucho tiempo, Project Hail Mary hace buena a Species por dos razones: está hecha para niños, lo que en el siglo presente quiere decir para imbéciles, y, como suele ser común últimamente, le sobra una hora, aunque veo poca mejora en quitar el material sobrante, o incluso determinar cuál sería. Mediocridad sin solución, se deja ver por la profusión de colorines, Ryan Gosling y la gracia de toparse a Sandra Hüller (lo mejor de la función) metida en semejante embrollo.

Si pocas sorpresas nos da el Hollywood del siglo XXI, el de la primera mitad del pasado no escasea en ellas. Si se aburren ustedes y quieren ver algo “que no haga pensar”, ¿por qué acudir a un blockbuster actual en vez de regalarse una peli cualquiera hecha en Hollywood antes de 1960? Difícilmente dejará de cumplir la función buscada, y el espectador no saldrá más tonto de como entró. Aun tratándose de una película mediana, con un guion que no rebosa de imaginación, y hasta con alguna línea narrativa muy malamente desarrollada (esos celos que hubieran necesitado de más madera y efectos más precisos y prolijos, habida cuenta que la relación de confianza entre Mirna Loy y Melvyn Douglas llama la atención ya desde la planificación de su primer encuentro, y para más inri habrá otros personajes que se harán la misma idea que el marido), Mr. Blandings builds his dream house es una delicia de ejecución, gracias a unos intérpretes superlativos (destacando a un Cary Grant en estado de gracia) y un director que va más allá de la competencia profesional, del que solo cabe quejarse no se mantenga a la altura de sus impresionantes secuencias iniciales. La de apertura, con el despertar de la familia Blandings, partiendo de un encantador gag con despertador y un inteligente uso de las camas separadas preceptivas según el código Hays para los matrimonios (¿Y para los no-matrimonios? Para esos no hay cama), pero siguiendo a Grant por la casa de tal modo que acabemos dando un giro de 180° hasta verle volver esquivando hijas por el mismo pasillo al dormitorio, es un prodigio de gracia y sencillez que le debe mucho al arte del actor, pero sobre todo al de H. C. Potter para describir el espacio y las acciones al tiempo y ritmo precisos. La secuencia siguiente, dedicada al desayuno, no muestra una gracia menor, destacando dos fantásticas niñas una de las cuales recita un anuncio de venta de una casa como si fuera el más triste de los poemas sobre la decadencia de occidente, y enuncia brutales críticas contra los publicistas, oficio que, por supuesto, es el de su padre. Muy recomendada, quizás hasta en doble sesión con la también memorable The money pit (Esta casa es una ruina, en España), remake de esta o nueva adaptación del libro, como prefieran, con incremento de salvajismo por supuesto, y mejor desarrollo tanto del personaje femenino como del tema de la infidelidad. 

La doble sesión que jamás recomendaría es una de Frederick Wiseman, al que últimamente visito con asiduidad, a ritmo de dos o tres veces por semana, lo que puede resultar agotador aun viendo las películas en días separados, como es mi caso. The Store cayó después de Mr. Blandings, y no es mala dupla; primero, por lo diferentes que son; segundo, por la importancia del marketing en el documental, dedicado a la temporada navideña en los grandes almacenes Neiman-Marcus en su sede de Dallas (Wiseman tiene la puñetera manía de nunca precisar las fechas de rodaje, así que mi impresión es que se trata de las semanas previas a la Navidad). Primera película en color del realizador, y segunda si no me equivoco con el fantástico John Davey a la cámara, que ya no lo abandonará hasta el final, The Store mantiene la atención a la alta sociedad de la estupenda Model (1981), al punto que hay más pases de modelos aquí que en aquella, a los que hay que sumar escenas de venta de visones de decenas de miles de dólares y joyas de miles de diamantes. No parece que los almacenes sean exclusivos de la alta sociedad, pero sí queda claro tanto que ese carácter elitista es definitorio de la empresa, como que ese es el foco de la atención de Wiseman. No obstante, el vínculo con Model puede llevarse más lejos, por la importancia concedida a un mundo cuyo sentido es la venta y, más aún, el venderse. El discurso inicial, que parece escrito para el cineasta, por el cual se habla de Neiman-Marcus como de una institución dedicada a la venta, y que para funcionar todos deben vivir y hasta dormir pensando en ser mejores en lo suyo, así como la divertida escena siguiente, donde un grupo de trabajadoras hacen ejercicios de calentamiento de dedos (para resistir el uso constante de la caja registradora) y de sonrisas, son preclaros al respecto. Model era una película muy centrada en la puesta en escena, el trabajo de directores, cámaras, maquilladores, al punto de cobrar una potente dimensión autorreflexiva, pero The Store hace lo propio en el plano de la atención al modo en que hablan y actúan los vendedores, a las reuniones sobre la construcción y personalidad del espacio, cómo deben ser las comidas del restaurante, los productos a la venta en la sección de repostería, las técnicas de venta, etc. Quizás, en ese sentido, ninguna escena resulta más impresionante que la de la entrevista de trabajo, donde una joven negra, y bellísima, se explaya respecto a su experiencia laboral, su gusto por el trabajo y su deseo de trabajar en la tienda. Después de todo lo visto (estamos ya en el último tercio), es impresionante entender, solo viendo y escuchando, la perfecta puesta en escena de la joven: su impecable dicción, la seguridad en su actitud y sus frases precisas y certeras, la medida actitud dignamente zalamera perfectamente equilibrada con la alta autovaloración de las capacidades propias, la impecable presentación personal en maquillaje y ropa, postura, etc., con incluso un notable plano de perfil diría motivado por la perfecta curvatura de sus pestañas. Eso sí, me llamó la atención cómo, pese a las extensas escenas dando cuenta de la riqueza de tejidos, diseños, colores, brillos, texturas, etc., la fotografía es ajena a todo ello. No hay preciosismo alguno que nos permita valorar aquello que valoran los sujetos filmados, más allá de cómo le pueda sentar a alguien algo. Cabe considerar que ello se deba a la copia digital, pero por si acaso lo constato.

Mi mayor problema con Wiseman se encuentra en su modo de planificar las películas por escenas, unidas por diversos planos misceláneos que siempre son dos cosas: excelentes, y brevísimos. Es habitual que sean exteriores, pero en instituciones como las de The store o National Gallery (filmada en la Galería Nacional de Londres) son rigurosamente interiores. Ahora bien, Wiseman siempre tiene ejes de interés a la hora de relacionarse con sus espacios, aspectos principales y secundarios a la hora de estructurar su recorrido. En The store vemos a las personas que trabajan empaquetando las compras, o a los agentes de seguridad, por ejemplo, pero solo en una escena para cada actividad, y claramente secundaria respecto al núcleo, que se encuentra en los puntos ya citados. En National gallery, como en casi todas las películas de Wiseman, vemos a los limpiadores y muchas cosas más, además de asistir a reuniones sobre presupuesto o relaciones públicas, pero el núcleo se encuentra en el arte. Esto puede parecer obvio, pero no lo es: en Ex Libris (2017), sobre la Biblioteca Pública de Nueva York, los libros son un elemento secundario frente a las funciones sociales de la institución; National gallery, por el contrario, está llena de todo tipo de discursos, presentaciones, clases, conferencias y debates sobre arte y todo lo a él vinculado, desde la historia a la restauración, a la que se dedican largos y apasionantes pasajes. Pero, además, la pintura es muchísimo más atendida que la escultura, y no puedo evitar pensar que por su carácter bidimensional, también propio del cine y que permite una interesante interactuación con otro eje de la película: los observadores. En National gallery hay mucha gente hablando, pero más aún mirando, y ello cobra doble interés en tanto, a la hora de filmar las pinturas, Wiseman privilegia los retratos, donde los personajes también miran, y sus ojos son centrales. Aquí, la velocidad de los planos cobra más interés que en otras obras, pues aquellos, pese a su brevedad, poseen una intensidad enorme que los hace muy visibles, obligando a una mayor intensidad en nuestra atención a las filmaciones de los visitantes. National gallery incluye extraordinarios pasajes construidos mediante alternancia de estos y las pinturas, todos ellos observadores en gran medida, que se encuentran entre lo más refinado de la obra de Wiseman, y pueden considerarse una de las mejores muestras de su extraordinario arte como montador (me permito añadir la gran Boxing gym).   

Por su título, uno esperaría que City Hall también fuera una película de interiores, pero el eje de Wiseman aquí no sigue el criterio ni de las dos películas nombradas ni de State legislature (2006), por poner otro ejemplo de película “política”, pareciéndose más al de Ex Libris, donde se entiende la institución no solo en lo atingente a su espacio sino a sus ramificaciones, a su acción. En ese sentido, la más evidente demostración del aprecio de Wiseman por la labor del demócrata Marty Walsh al frente de la alcaldía de Boston (la película se rueda durante otoño de 2018 e invierno de 2019 durante su segunda legislatura, coincidente por cierto con la primera de Donald Trump, fueracampo omnipresente durante todo el metraje), como ya lo había sido de la Biblioteca Pública de Nueva York, es que esta institución no está mostrada como una donde la gente acude (véase Welfare) sino una que acude a la gente. En su extenso metraje (con 4 horas 32, creo que es la segunda más larga de su filmografía, después de Near death), la película atiende a las diversas actividades realizadas en el interior del ayuntamiento de Boston, pero enseguida se hace evidente que la ambición es en este caso hacer una película sobre la ciudad, tomando las distintas labores, funciones y políticas del ayuntamiento como guía. 

Pero la singularidad de esta obra creo se sitúa más bien en el protagonismo de Walsh, mayor todavía que el de Deborah Meier en la extraordinaria High School II. Wiseman no deja de ser estratega en esto: Walsh es protagonista rotundo durante casi medio metraje, para desaparecer después y reaparecer en el último tercio. Cuando se encuentra presente, no por ello anula la atención a cada lugar y actividad (entre mis preferidas, la extensa secuencia de los veteranos de guerra, representaciones pictóricas de la historia de Boston incluidas), pero su protagonismo es evidente. Aunque un poco latero contando su vida a veces, el tipo habla muy bien y sus ideas son estupendas, pero es aquí donde encuentro alguno de mis otros problemas con Wiseman, la inevitable superficialidad que en ocasiones como esta pueden aquejar sus retratos. Pues al cabo, ¿qué nos permite saber City Hall de la política de Walsh, salvo lo que dice hacer? Quizás, esta película de principios (en cierto modo no deja de mostrar lo mínimo que un ayuntamiento debiera hacer en relación a sus ciudadanos) sea el mejor ejemplo de la política de mínimos del Partido Demócrata donde, por lo que se puede entender entre las líneas de algunas aisladas escenas, nada en los términos de la propiedad privada o protagonismo de las grandes empresas (las grandes constructoras por ejemplo) parece estar siendo cambiado. Puede que sea así o no; la película no permite decirlo y eso no constituye fracaso pues no lo intenta porque no es así como funciona Wiseman, y hay que aceptarlo pero no por ello deja de resultarme un problema en un caso como este, de tono claramente hagiográfico sin que en el fondo se hayan dado razones que no sean estrictamente superficiales e inconcluyentes. Al mismo tiempo, lo bueno es que Wiseman es ante todo un observador paciente, y que incluso en este caso muestra tantas cosas, con tanta atención y cuidado, con tanto gusto por el hablar de cada persona, tan poco interés por los planos cerrados (el 16:9 del digital casa a las mil maravillas con los modos de Wiseman y Davey, les permite tan bien el incluir más personas, más espacio en sus planos, parecer más neutros todavía), que aún en su película de discurso más definido, el gozo y curiosidad ante un mundo permanecen vivos escena a escena. Si los estupendos planos de las calles duraran un poco más, por mi parte no diría ni pío.


miércoles, 31 de diciembre de 2025

Informe semanal (6)

Balearic (Ion de Sosa, 2025)

Flores para Antonio (Elena Molina, Isaki Lacuesta, 2025)

Juror #2 (Clint Eastwood, 2024)

Skinamarink (Kyle Edward Ball, 2022)

Noche transfigurada (Julius Richard, 2025)

Perpendicular (J. Richard, 2025)

Sinister (Scott Derrickson, 2012)

Sinister 2 (Ciaran Foy, 2015)

Misery (Rob Reiner, 1990)

Anaconda (Luis Llosa, 1997)

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La primera parte de mis vacaciones de verano consiste no solo en cambiar de país, ciudad y estación (heme aquí, en mi segundo invierno del año), volver a ver a familia y amigos, atiborrarme de rabas, chocolate con churros, cecina, caracoles y otras delicias culinarias, sino también de, como buen cinéfilo, aprovechar la posibilidad de acceder a una cartelera diferente. Y es que Santander sigue teniendo una vida cinematográfica interesante. Si en Valparaíso solo tengo a mano el Insomnia y los Cineplanet (es decir, el Insomnia), más el Cine-Arte y los Cinemark de Viña, en Santander tengo las tres cadenas de multisalas de las afueras más, en el interior: Los Angeles, Bonifaz (aka Filmoteca) y las tres salas de Embajadores, otrora Groucho, a las que hay que añadir la programación de Cineinfinito en la pequeña sala de Madrazo, donde en la semana de mi llegada se proyectaron dos pelis de Michael Snow (Wavelength y La région centrale) y otras dos de Paul Sharits (Ray gun virus y la extraordinaria 3d degree, lo más obra maestra que he visto en los últimos meses, y quizás en todo el año). En lo que respecta a la semana siguiente, objeto de este informe, han caído dos en Embajadores, dos en Bonifaz, y lo que he podido en casa. Los entusiasmos, empero, han sido pocos.

Cayeron, en los nuevos Embajadores, ahora tres salas en vez de dos después de que el cenizo propietario de los Groucho decidiera quitarse felizmente de en medio, dos recientísimos títulos españoles: Balearic y Flores para Antonio. Tenía mucha curiosidad por la de Ion de Sosa, y mereció la pena, aunque no sea para tirar cohetes. En cierto modo, ni sé ante qué estamos. Yo diría que ante una película del Carlos Saura de finales de los 60/inicios de los 70 trasladada a la actualidad. Supongo que muchos citarán a Buñuel viendo Balearic, pero sería un error: si lo ven, es porque aquel Saura quería ser Buñuel, del mismo modo que aquí de Sosa quiere ser Saura; es, pues, un Buñuel filtrado, trasplantado en segundo grado, por el trasplante, en primero, de Saura. Y a los hechos me remito: discurso antiburgués más moral que otra cosa, con mucha metáfora obvia y tono entre naturalista e irreal reforzando el tono de parábola, película a interpretar donde sin embargo todo el discurso es evidente, la crítica transparente, e incluso vulgar.

Balearic resulta así una película cuyo demodismo (creo que me inventado el palabro, pero a saber) reforzaría la parábola, pues la situación social que plasma no ha cambiado un ápice y hasta las referencias apocalípticas y genéricas del Saura de antaño (la ciencia-ficción en La caza, por ejemplo) están más al día hoy que entonces, lo que no quita que todo esto haga de la película algo realmente pobre. Sin embargo, hay una dimensión lúdica en esta narrativa deslavazada, llena de ocurrencias, observaciones, notas y gags a cargo de un plantel de intérpretes magnífico de verdad, que la película mantiene un tono tenso, intrigante y cómico a la vez al que viene a sumarse la espléndida fotografía en 16mm, cuyo empleo tantos hoy acusan de fetichista pero cuyos resultados evidencian que la clave de la fealdad de gran parte del cine actual está en sus herramientas.  

Este cronista, no obstante, debe poner en primer plano del goce que le ofreció Balearic en los intérpretes. Ion de Sosa ya había mostrado buena mano para el uso de actores no profesionales en Sueñan los androides (2014), pero esta película juega en otra liga, dando espacio a todo: mucha extrañeza por supuesto (extrañamiento sería quizás mejor palabra), cinismo, ternura, frescura, envaramiento, naturalismo, parodia, todo tiene cabida aquí. Balearic da envidia por el gusto de disfrutar de buenas actuaciones en una película española, país cuya cinematografía padece el lastre inexplicable de los peores actores del planeta. ¿Dónde ver unos adolescentes como los de Balearic? (a la que no perdono no dedicarles más tiempo, cuando no la película entera). Y la clave no son ellos, pues es fácil imaginarlos odiosos en una serie española de sobremesa. La verdad es que no sé cuál es la clave, diría que el gusto de de Sosa por una forma de hablar y moverse, de ser, a la que se ha encontrado una forma de expresión adecuada. Como si el envaramiento actoral hispano procediera ante todo, o también, de un envaramiento narrativo y de puesta en escena. Pero no puedo ser tajante. No puedo explicarlo, pero entre la luz y los intérpretes, Balearic se redime parcialmente de, y hasta se las arregla para integrar, la pobreza de su fondo, su mediocre forma global.

Ni un solo elemento redentor encuentro en Flores para Antonio, película que me tienta calificar de odiosa. Realizada más a la gloria de la hija de Antonio Flores que del cantante, se trata aquí de la escenificación de un trauma, de un dolor, de secretos y cosas calladas y revelaciones que se escenifican sin llegar nunca a suceder (véase el vergonzoso encuadre de la hija de espaldas con sus dos tías flanqueándola), incluso de una superación (cantar) que cuando llega, lo hace del modo más rutinario e irrelevante posible. No faltan por demás las animaciones para distraer y entretener, los rostros graves incapaces de aportar gravedad a nada, y archivos que aportan lo mejor de la función (el padre y la niña cantando) pero son despiezados tan a fondo que no permiten ni conocer una experiencia, ni valorar las canciones, y ni expandir siquiera una emoción. Un trabajo pésimo, que si acaso sirve para evidenciar que quien necesita un documental riguroso, y a ser posible de archivos íntegros, es Lola Flores, quien aporta el mejor momento de toda la película: la intervención televisiva donde explica con la mayor normalidad que ha tirado de contactos para suavizar la mili de su hijo. Una gigante. Espero que sea otro equipo el que haga ese docu.


Por parte del Bonifaz, cayeron Juror #2 y Skinamarink. No había visto la de Eastwood, y como suele pasar no decepcionó, pero, como suele pasar, tampoco entusiasma. Hecha con el tono preciso, casi menor, de obras como Sully (2016), pero también la intensidad de Richard Jewell (2019), Juror #2 mantiene de forma implacable un pulso que es moral a la par que narrativo: parte del desarrollo depende de elementos ajenos al protagonista (las reglas del jurado, las posiciones de otros), pero la capital recae sobre su sentido ético y su respuesta al mismo (y la clave de la obra es que ambas cosas son diferentes). Que este desarrollo sea tan logrado depende del enigma que en último término supone el protagonista para el espectador, y de ahí que la jugada más arriesgada de la función sea la elipsis en que se decide el veredicto. Hemos seguido paso a paso el tortuoso camino del prota, pero lo único que nos es dado saber es su modo de intentar resolver el problema, residiendo buena parte de la intriga en averiguar hasta dónde estará dispuesto a llegar, además de si habrá alguna nueva revelación sobre el crimen que salve al individuo al que Eastwood se ha asegurado no le deseemos ningún mal. Que el momento en que este decide condenar al inocente, tras que dicha revelación nos lo verifique como tal, quede en elipsis, figura que hasta el momento no había jugado papel alguno en la narración, es por ello la jugada más radical de la película. Es en ese momento en que Eastwood nos resta la presencia misma del protagonista, que entendemos hasta qué punto no le conocíamos, y se desvela el carácter estratégico del monocorde rostro de Nicholas Hoult (en una excelente interpretación, muy fácil de infravalorar). 

Hay algo del Fritz Lang americano en este Juror #2, de Solo se vive una vez (1937), Deseos humanos (1954), Más allá de la duda (1956). Se ve en cómo ese último prurito de conciencia, que empuja al falsario a acudir al establecimiento de la pena del hombre al que él ha condenado, acaba condenándole. Y yo solo lamento que no haya más Lang, por ejemplo: imagínense lo genial que habría sido que el jurado confiese y acabe en la cárcel, el otro acabe en consecuencia libre, pero en el último momento una repentina revelación (un recuerdo por ejemplo, en dirección contraria al utilizado aquí) confirmara que Hoult es inocente. Ah, ¡qué genial hubiera sido!

Lamento esa falta de mordiente en Eastwood, aunque también entiendo que en cierto modo es la clave de esta etapa final de su ya larga obra. Pero en este caso creo que afecta al cierre, pues, volviendo a la elipsis, lo que patina en ella es la escasa definición del personaje de la esposa, que merecía un tratamiento más detenido, al modo del de la Bridget Fonda de Un plan sencillo (Sam Raimi, 1998), con el que guarda bastantes puntos en común, como su importancia para las decisiones del protagonista. 

Donde sí la encontramos es en ese estupendo remake de Doce hombres sin piedad en que de pronto se convierte la película, un remake muy superior por supuesto, lleno de retranca, ironía, humor y toda la precisión narrativa y moral del film en versión condensada, sin una pizca del psicologismo barato de aquella horrenda cosa de Sidney Lumet.

De Skinamarink sí que no puedo decir nada bueno. Sobre el papel, está hecha para mí: una película experimentosa de terror, con niños encerrados en una casa, planos generalmente inmóviles de pasillos oscuros apenas iluminados por luz de televisión, narración incomprensible, imagen en vídeo con un grano que es para llevárselo a casa. Todo esto, orquestado con un rigor inexistente, efectismos y trucos baratos carentes de imaginación. No merece la pena dedicarle un segundo más. Solo me sirvió para que me entraran ganas de revisar las películas del gran Jorge Núñez, como Night Terrors 1: Temple Of Doom (2019) o Marrón de momia (2012), que barren el suelo con esta.

Hablando de Núñez, dos cortometrajes recientísimos de su buen amigo Julius Richard cayeron, ambos excelentes y vinculados a la naturaleza viajera de este cineasta tan desconocido como fundamental. En Noche transfigurada se trata de la Astorga de los Panero, con citas explícitas de El desencanto y uno de los mejores trabajos de su autor con las superposiciones, aquí una enorme cantidad de capas, por añadidura inmóviles (si no recuerdo mal, solo hay un movimiento). Perpendicular, por su parte, parece tratarse de un festival de techno campestre, y aquí se trata del Richard más poético, más asociativo y también elemental, con quizá los mejores trabajos sobre elementos vegetales que haya realizado desde su lejano Tríptico del amor supremo (2013), combinando el uso de imágenes fuera de foco, superposiciones y movimientos de cámara. Dos preciosidades que recomiendo a todos, y pueden verse en el Vimeo del autor.


Ambas marcan el punto álgido de la semana, así que volvamos cuesta abajo, con dos películas que vi en homenaje a dos recién caídos. En Sinister se trata de James Ransone, que se suicidó hace poco, y al que recordaba como estupendo en esta simpática, pero en último término mediocrísima, película, cuyo éxito motivó una secuela donde Ransone regresaría muy merecidamente como protagonista. Revisando su filmografía, recuerdo por supuesto la segunda temporada de The wire, donde creía haberle visto por primera vez, pero resulta que sale en Ken Park, que vi en cine cuando su estreno (sé que me encantó, pero nunca la he vuelto a ver). Más me sorprende comprobar que aparece en la segunda parte de It, pero tampoco tanto, porque he olvidado casi todo de ese horrible engendro. Mala era In the valley of violence, de Ti West, pero me sonreí de inmediato al recordar su papel allí. Me sorprendió comprobar que salió en otras dos series de Simon, Generation Kill y Tremé, donde no guardo recuerdo alguno de su participación. Respecto a Black phone, sé que la he visto, pero la borré de mi memoria más que It incluso, y eso que sé que no me espantó.  

En fin. La cuestión es que no me extraña tenerle tan identificado con Sinister, pues sus escasas apariciones son lo mejor de la función, y un ejemplo sobre cómo integrar con gusto la tan molesta figura del secundario cómico. En la presente semana vi Sinister 2, también pobre (una pena su pésimo clímax y perezoso cierre), pero superior, entre otras razones por el protagonismo de Ransone y el desarrollo de su estupendo personaje. En la primera parte, el diálogo donde Ethan Hawke se sincera ante él, y en la segunda, la secuencia donde planta cara a la policía y, sobre todo, la manera en que se desinfla cuando se van, son una joya que muestran bien la excelencia del actor (y los guionistas, pues el personaje está muy bien escrito): comicidad basada en una cobardía nunca disimulada, dignidad por esta sinceridad además de la intuición (y a veces, evidencia) de unas capacidades superiores a lo aparente. Actores que saben ser vulnerables, cómicos y dignos a la vez, actores (y personajes) raros de ver.


Curiosamente, los secundarios son lo mejor de la también pobretona y sobrevalorada Misery, del finado (literalmente) Rob Reiner, quien se dedica a desaprovechar sistemáticamente todas las posibilidades del guion (tengo muy lejana la lectura de la novela, así que de la adaptación solo recuerdo que era bastante fiel, y que aligeraba la violencia) mediante un nulo sentido del espacio (¿a qué carajo viene el plano de Annie viendo la tele en su cuarto?), y un pésimo sentido del gusto, con esos horribles travellings a primerísimo primer plano de Kathy Bates cada vez que se le va la olla. Una vergüenza. Un poco inspirado James Caan pone el colofón, pero en todo caso la peli se ve con agrado, la historia es buena, Bates está estupenda (Annie Wilkes se merecería una serie para ella sola, por cierto, sin crímenes, solo su vida cotidiana en el pueblo, podría incluso ser una sitcom) y sobre todo, sobre todo, la película tiene el gusto de aderezar el metraje con las magníficas apariciones de un Richard Farnsworth de antología, que no solo no tiene una frase mal puesta, sino que las suelta con una eficacia que tumba de espaldas. Añadamos a ello el personaje de su esposa, la también extraordinaria Frances Sternhagen, y literalmente tenemos que lo mejor de la película está en sus escenas juntos: chequeen el plano-secuencia fijo en la comisaría y lo verán. Sin embargo, en la del coche, Reiner tiene, nuevamente, el pésimo gusto de insertar un plano detalle de la mano de ella sobre la pierna de él, rompiendo el ritmo impecable de los dos actores, y perdiendo la comicidad que hubiera aportado el juego con el fuera de campo. Una pena. 

Rematemos con otro secundario de antología: ¿qué le pasó a Jon Voight en Anaconda? Alguna referencia tenía de su trabajo aquí, pero es que Voight pareciera estar ensayando para su papel en Zoolander, o un hipotético villano de una hipotética cuarta parte de The naked gun. He aquí una interpretación que se basta por sí sola para convertir al personaje en uno de los villanos más hilarantes de la historia del cine… y menos mal, porque Anaconda solo merece la pena por él, además de por los horribles efectos digitales, típicos de esa década espantosa cuya mayor aportación fue la de los peores efectos especiales nunca vistos en la historia del cine. 

Aunque, ya que estamos, hay otra cosa interesante en esta peli: advertir que no hay ni un solo plano del culo de Jennifer López. Anaconda tiene el interés propio de una evidencia arqueológica: la posibilidad de ver a la actriz un año antes de que su carrera musical inaugurara la era de los SuperCulos, en que hoy habitamos. 


jueves, 24 de abril de 2025

INFORME SEMANAL (5)

Border Incident (Anthony Mann, 1949)

David and Bathsheba (Henry King, 1951)

Memoria (Apichatpong Weerasethakul, 2021)

Nan va Koutcheh / El pan y la calle (Abbas Kiarostami, 1970)

Zang-e Tafrih / La hora del recreo (A. Kiarostami, 1972)

Tanoshiki Kana Jinsei (Mikio Naruse, 1944)

Cloud / Kuraudo (Kiyoshi Kurosawa, 2024)

The Monkey (Osgood Perkins, 2025)

In the Lost Lands (Paul W.S. Anderson, 2025)

Asu wa nipponbare / Mañana estará despejado (Hiroshi Shimizu, 1948)

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Mucho tardé, tras más de una década enamorado de sus westerns, en conocer el cine negro de Anthony Mann. Border Incident es una de sus últimas películas de suspense, thriller o como quieran llamarlo, y, como otras del estilo de su director, resulta todo un tratado de composición en profundidad con términos forzados hasta el extremo. Pareciera que Mann y su director de fotografía, el gran John Alton, se hayan divertido de lo lindo buscando modos de tensar las relaciones de figuras en cada plano, pero creo que prefiero las escenas más aireadas, como la “visita” de Ricardo Montalbán al secuestrado George Murphy vigilado por Arthur Hunicutt, en la que Alton, estrella absoluta de la función, se luce que da gusto. Por lo demás, la película tiene la dureza propia de Mann, aunque con una violencia más explícita yo diría que nunca, como ejemplifica la brutal muerte de Murphy (un pelín absurda, todo hay que decirlo). En mi recuerdo, el mejor Mann negro sigue siendo Side Street (con accésit a Raw deal), realizada inmediatamente después que esta, pero no estoy para mojarme: por lo que sea estas películas se me han quedado poco, mucho menos que los westerns, que en todo caso hace mucho que no vuelvo a ver, después de haberlos frecuentado más que asiduamente durante muchos años. Habrá que enmendar el pecado pronto.

Me propuse ver una película religiosa y la elegida fue la para mí desconocida David y Betsabé, realizada dos años después que la de Mann por el siempre recomendable Henry King. Pablo García Canga me la señaló, y debo darle las gracias porque ha sido la sorpresa de la semana. Con un espléndido guion de Philip Dunne, lo que tenemos aquí es una película sin batallas ni grandes escenas de masas (hay que mencionar que una sangrienta pelea es evocada en un larguísimo plano nocturno con un solo actor y sonido off, y que la lucha contra Goliat posee un aura onírica fruto de las condiciones de su evocación), llena al contrario de largos e intensos diálogos desarrollados con el rigor de la mejor reflexión aplicada a cuestiones éticas, teológicas (lo que en este caso, de remate, implica decir también: legislativas) e incluso sentimentales. 

Cabe cuestionar si el personaje de Betsabé está poco desarrollado, pero que su diálogo sea menos extenso puede engañar: el que tiene es de gran contundencia, y la interpretación de Susan Hayward abandona pronto la dimensión erótica en favor de la expresión de un amor sensual pero maduro, una apuesta importante de Dunne, tanto más cuanto en el asesinato de Uriah, su marido, David no solo ofende a Dios (visto con no muy halagadores ojos, pues la película mira al Antiguo Testamento pero con los ojos del Nuevo) sino a su amada, pues aquí el amor, si bien surge de la atracción sexual, pronto se manifiesta como una comprensión profunda, el tipo de mutuo arropamiento que solo es posible cuando dos personas son capaces de mirarse plenamente a los ojos. Y es ahí, de esta historia mutua, del hallazgo de una verdadera compañera, de donde propiamente surge todo el pasado de David. Una de las virtudes del trabajo de Dunne y King es la importancia de la evocación, la evidencia del invisible peso que David acarrea sobre sus espaldas, buena parte fruto de su sentido del deber, pero otra muy importante siendo la de un pasado teñido de pérdidas (nombro solo un hallazgo: la muerte de Goliat concluida con la mirada de David a su mano ensangrentada, de la que de pronto entendemos que podemos dar fecha: él le había dicho a su amada que mató a su primer hombre a los 13 años). A través de este amor, el peso de su historia sobre las espaldas del rey atormentado deviene también el de una religiosidad pervertida por el alejamiento del campo y la religiosidad natural (la evidencia de Dios, dada por la naturaleza en vez de por nombres o leyes) en favor de la institucional representada por el siniestro Nathan y caracterizada por el dominio de la Ley sobre la Justicia. 

Pero creo que lo que más me ha impactado es el ritmo, la música de la historia. King extrema la duración de sus planos sin ánimo de lucir virtuosismo alguno sino de dotar de espesura a los pensamientos y afectos de sus personajes, especialmente el David encarnado con hondura por un Gregory Peck al que creo que pocas veces habré visto mejor. El guion es espléndido, pero King da a sentimientos e ideas el tiempo para expresarse, la duración de su escanciamiento. La citada escena en que David evoca la muerte de Jonathan, un extensísimo plano-secuencia en el lugar donde antes se nos ha descrito con todo detalle la matanza, es un buen ejemplo, pero mi preferido quizás sea la escena del arpa, extensa, lenta hasta la exasperación, pero donde se asiste al milagro de una resurrección en toda regla. La muerte ya inminente, inevitable, la mujer que le ama le pide que toque para ella, pues nunca ha asistido al afamado talento de su amado para la música. Y el retorno de ese acto (el único pasado que logra de hecho retornar, revivir materialmente) provoca el del joven pastor, de la infantil naturaleza y la religiosidad olvidada. Un prodigioso momento de cine, y una gran película. 

Tal vez suene raro, pero este ritmo, este sentido del despliegue de la vida en el tiempo, me aproxima David y Betsabé a Memoria, último largometraje hasta el momento de Apichatpong Weerasethakul, que he visto por segunda vez, después de una primera, en tiempos de su estreno, que me dejó bastante insatisfecho. 

No ha sido así en esta ocasión. En efecto, creo que la linealidad que aporta el enigma del origen del sonido que escucha la protagonista limita las posibilidades de Weerasethakul, mucho más rico cuando puede ir en cualquier dirección, y aquí todas las fugas son eso, fugas del hilo central, misterios contingentes, hilos sin solución pero menos relevantes por ese que lleva del primer sonido al OVNI final, solución enigmática pero solución al fin y al cabo (conflicto central, podría decir Ruiz). 

Pero insisto: qué música. Ningún otro cine suena como el de Weerasethakul, quizás el cineasta que con más justicia podría editar la banda de sonido de sus filmes en CD. El cuidado en los volúmenes y las texturas, la fluidez con que las atmósferas (los paisajes) sonoras se suceden incluso cuando se quiebran (la entrada repentina de la lluvia no sacude sino que viene a sumar un elemento más a la paleta de posibilidades sonoras de este mundo por conocer), o cuando se convierten en música propiamente dicha, como ese jazz que entra poco o poco hasta ocupar toda nuestra atención acústica y visual, cerrando la primera mitad para lanzarnos a esa segunda dominada por el sonido del agua de ese río ante el que se producirá el encuentro clave de la obra. 

Pero la música es también la de los encuadres y los espacios. Espacios nuevos en el cineasta, urbanos como no se habían visto hasta ahora en él, pero también raramente amplios, y siempre acogedores incluso en los casos más asépticos. Tilda Swinton existe más por su voz y su figura (su movimiento, como en el plano del perro, el ejemplo quizá más obvio) que por su rostro, que solo en los momentos finales cobrará importancia, antes de su desaparición (hay que recordar que, tras descubrir el origen del sonido, ella ya no reaparece), aunque evidentemente no deja de tener su importancia antes, sobre todo en la escena del estudio de sonido, un modelo de planificación con sus tres sencillísimos, pero pensadísimos, planos, y la gestualidad, mínima pero elocuente, de Swinton. 

Memoria confirma el arte de su autor como quizás ninguna película previa, precisamente porque, optando por un enigma-hilo, el misterio de la película no se apoya en su construcción sino en la propia puesta en escena: la presencia visual y sonora de actores y espacios, la temporalidad de las acciones, es con ellas y no con el enigma central con lo que se relacionan de verdad los hombres invisibles, las alarmas de los coches (que recuerdan por cierto al mejor momento de La niebla de Carpenter, que era, por supuesto, sus créditos), las neveras para orquideas, etc. Memoria, en fin, quizá sea la película que mejor demuestra que Weerasethakul puede hacer lo que le dé la gana.  

Hay por cierto un momento musical espléndido en El pan y la calle, el primer cortometraje de Abbas Kiarostami. El niño, asustado por un perro violento, no se atreve a atravesar la calle que lleva a su casa, así que se detiene y espera. Kiarostami se entretiene con varios primeros planos del crío, que parecen tomados sin noticia de este (me lo hacen sospechar sus bostezos). En cierto momento, una música de jazz irrumpe con la aparición, por la calle de la izquierda, de una figura lejana. No resulta claro, al inicio, el por qué de la música, pero su extemporánea irrupción es todo un acontecimiento que desliza el tono a lo cómico: acompaña todo el lento caminar del que termina siendo un hombre mayor con audífono (aparato que retornará en la obra del iraní), al que el niño se suma para ver si así le protege del perro. La elección de la música es sorprendente, pero da buena fe de la sana imaginación que Kiarostami poseyó desde el día uno de su carrera. Su gusto por el jugueteo se ve pronto, cuando el viejo gira por una calle intermedia y deja al niño indefenso de nuevo ante el animal. Lo que sigue no se lo digo.

El pan y la calle es una hermosa, sencilla y breve historia, y solo añado su llamativo título, es decir su negativa a llamarse “el niño y el perro”. Pero claro, es que en el pan está la clave de la historia, y en la calle la importancia del espacio que tanto caracterizará a su director.

Así y todo, la primera obra maestra de Kiarostami no es este sino su segundo, siguiente cortometraje, La hora del recreo. ¿Qué de qué va? Francamente, no lo sé. Un niño rompe un cristal del colegio con su balón y es castigado duramente. Un plano inolvidable enfoca su cara pero de pronto, cuando este comienza a ser castigado mediante golpes de varilla en su mano, el foco cambia drásticamente hasta mostrarnos el agujero hecho en el cristal por el balón, a través del cual veíamos al niño inadvertidamente. El caso es que luego termina la jornada, los niños salen, forman en el patio, se marchan, el protagonista con su inseparable balón intenta sumarse a otros que juegan fútbol en la calle, no le dejan y uno le persigue para pegarle, se esconde, se ve obligado a cambiar su ruta de vuelta a casa (o eso supongo yo), de pronto está saltando por peñascos, atravesando un río, unas vallas, camina al lado de una gran carretera que se diría a las afueras, llena de coches… y ya. El niño se ve obligado a cambiar su ruta, pero Kiarostami lleva esto a un nivel de abstracción, y de gravedad tal, que semeja el inicio de una epopeya vital que ya no tendrá fin (y que anticipa el tono, dureza y atrevimiento formal de su siguiente película, el mediometraje Experiencia). En esto, también nos permite ver algo especialmente pregnante de ambas obras, y que creo fácil pasar por alto en la primera: la relevancia del presente de cada instante. Las imágenes del rostro del niño detenido en El pan y la calle se relacionan con su situación pero también, en sus bostezos y otros gestos, amén del tiempo a ellas dedicado, no dejan de ser simples planos de un niño, la atención a un rostro infantil, contemplado de tal forma que anima a sospechar que las tomas han sido robadas durante lo que aquel creería pausas del rodaje. 

En La hora del recreo esto resulta mucho más extremo. La escena del castigo carece de relación con lo que sigue; la salida de los niños está filmada, pese al uso de una grúa, con plena voluntad documental. Lo que sigue, como se ha dicho, establece un centro narrativo durante unos momentos (la pasión por el fútbol, las ganas de sumarse al juego, la persecución, etc.), pero en su último tercio los escenarios se vuelven tan ajenos a los previos que es como si reivindicaran su importancia externa al niño o su historia. En suma, Kiarostami hace algo muy difícil: cuenta algo, pero cada parte de ese algo tiene su existencia propia, reclama su autonomía particular frente a su contingente uso. Weerasethakul no está tan lejos: en su cine cada escena existe independientemente, puedes pensar su relación con el resto, aventurarla con más o menos posibilidades de éxito, pero aún en los casos más evidentes todo vive en un presente pleno, irreductible, todo puede ser un aparte del mundo, como ese rinconcito de la selva donde tiene lugar el encuentro más importante de una vida.

Aunque de paso, con todo esto, Kiarostami también hace existir a los niños como nunca lo han hecho en toda la historia del cine. 

Y hablando de niños. Bien sabido que el cine de Mikio Naruse, pese a sus formas cotidianas, más educadas que las de un Mizoguchi por ejemplo, puede ser sumamente duro y hasta turbio, pero nada me tenía preparado para una sorpresa como Tanoshiki Kana Jinsei (This happy life). Las primeras escenas nos introducen en una atmósfera cotidiana teñida de comicidad (ese relojero desastroso que sabe la hora solo porque un vecino cuyos pasos suenan como un tic-tac pasa por enfrente de su casa todos los días a las 10), pero tras la llegada de una misteriosa familia a la calle, todo empieza a teñirse de una atmósfera inquietante: el comportamiento del hombre de los mil oficios y sus dos cordiales hijas va lentamente modificando el comportamiento de los vecinos como si de una posesión diabólica se tratase, ante los ojos del aterrorizado relojero, a quien nadie cree sus acusaciones, tan indemostrables como rencorosas. 

Se trata, en efecto, de nada menos que un filme de terror realizado por nada menos que Mikio Naruse en nada menos que los años finales de la Segunda Guerra Mundial, y que, más aún, anticipa nada menos que la celebérrima Invasión de los ladrones de cuerpos de Don Siegel en su descripción de un sibilino proceso de transformación de unos individuos normales y corrientes en seres exteriormente idénticos, pero completos otros en su ser más propio. De remate (y ahí iba yo), con la hija menor de la familia visitante Naruse se anticipa a una corriente mucho más tardía, la del niño como figura terrorífica. Esta niña, me atrevo a decirlo, supone una de las figuras sin duda más aterradoras que se hayan creado en la primera mitad del siglo XX, y no digo más porque quiero dormir esta noche. En suma: inesperada, terrorífica, y espléndida película, el secreto mejor guardado del interesante cine japonés del periodo bélico.

No puedo decir lo mismo, me temo, del último largometraje de uno de los mejores cineastas nipones vivos: Cloud, del gran Kiyoshi Kurosawa. Con algo más de dos horas de metraje, la primera mitad es tan inquietante y divertida como es común en su director: esa rara precisión con que se gesta un misterio de naturaleza imprecisable: ¿de qué va esta película? ¿Dónde está el peligro? La segunda mitad explicita todo y, aunque la realización sigue siendo impecable, todo es tan prosaico como parece y, a mi juicio, el modo en que Kurosawa estira el chicle de su mensaje, llevando al delirio o irrealidad algunos de sus elementos, no es suficiente para evitar lo zafio de la propuesta, que podría haber funcionado mejor o forzando más el lado satírico, o el absurdo, o el oscuro. Me temo que no me convence el punto medio en que Kurosawa se ha situado. A falta de ver Le chemin du serpent, su mejor película del 2024 no es esta, pues, sino la espléndida Chime, esta sí maravilla sin paliativos acaso una de las obras mayores de su autor. 

Lo sorprendente, lo que de ningún modo podía yo esperarme, es que The monkey, lo último del realizador de la sobrevalorada Longlegs, me resultara más satisfactoria que una película del segundo gran Kurosawa. Vista en un momento de debilidad sin esperanza alguna (lo cual no niego quizás haya determinado en parte mi reacción), lo bueno de The monkey es que sus aspectos cómicos no se dirigen ni a esa especie de rebajado narrativo propio del cine superheroico (me refiero a esa manía de convertir a lo cómico en algo así como apartes o pausas de la narración), ni a convertir la película en un spoof a lo Scary movie, y ni siquiera en comedia abierta, teniendo sin embargo un poco de todo esto. Lo mejor, entonces, es que la comicidad va en la línea de una excentricidad que ayuda a llevar la película a los límites de lo verosímil y del mismo género de terror, dejándolo en una zona indefinida que tiene como ventaja el hecho de que cualquier cosa podría pasar. Así, el equipo de animadoras celebrando la enésima muerte en el pueblo, que podrían salir de un Scary movie cualquiera, son elemento propio de un mundo extraño que, a todas luces, no es el nuestro. Añadamos a todo esto la violencia exultante de las muertes y, en fin, creo que las cuentas son favorables, algo que no puede decirse de In the Lost Lands, enésima porquería de Paul W.S. Anderson, ese anti-Midas que convierte en mierda todo lo que toca. Y ni una palabra más.

Quien sí parece puro Midas es Hiroshi Shimizu. Si en la última entrega de estos guadianescos informes (qué quieren, hay que trabajar) hablé de Arigatô-san, Asu wa nipponbare supone su segundo film-bus. Si en aquella se trataba de una película en constante movimiento, estructurada en torno al paisaje recorrido, las entradas y salidas de personajes, los encuentros en el camino, es decir la forma propia de una ruta, el autobús de Asu wa nipponbare se estropea, quedando varado en el camino a la espera de ayuda u otros vehículos que puedan llevarse a los personajes.

Tengo que decir que esta no empieza tan bien como Arigatô-san. La película entera está pos-sincronizada sin mucha preocupación por la coordinación labial, y la primera secuencia posee la extrañeza del predominio de atestados planos generales donde resulta difícil saber quién habla, pero, sobre todo, porque en la banda de sonido solo se escuchan diálogos y no hay sonido del bus (es decir, peor que los doblajes que hacía Filmax de las pelis japonesas). 

Pero Shimizu todo lo puede, y servidor terminó la película de rodillas. Desde la presentación de un ciego que todo lo ve (gloriosamente emparejado en los pasajes finales con un sordomudo, y el plano en que finalmente logran entenderse sin intérpretes es algo para morirse de felicidad y admiración), a la escena en que todos (incluido un tipo sin pierna) empujan el bus solo para quedar varados una curva más arriba (y aquí Shimizu usa vistas que anticipan el plano final de Y la vida continúa de Kiarostami, solo que este ascenso no servirá de nada), hasta lo que en realidad no es sino una película de episodios donde diversas breves escenas se suceden sin más conexión que los efectos de la guerra como leit-motif. Estudiar la habilidad con que Shimizu (director y guionista) ordena estos distintos diálogos con las llegadas de vehículos y marcha, en estos o a pie, de los distintos pasajeros, además del uso de las espectaculares vistas desde el camino, los acentos de comicidad, drama o incluso uno muy específico de violencia, sería un estupendo tema al que dedicar un blog entero. Pero me temo que debo pagar el alquiler.  

Como en una película de terror, el número de personas detenidas se va reduciendo, todos van marchando uno a uno. El ciego que todo lo sabe comete al fin un error, una indiscreción involuntaria, pero incluso esto no deja de devenir un acierto, pues los afectados no podrán ya esconderse de sus sentimientos. Con una delicadeza bastante provocadora, este última resolución quedará entre las lagunas del film: los dos profesionales quedan solos con su vehículo esperando la noche, y nosotros nos marchamos en un nuevo autobús, reemprendiendo el camino con el ciego, el sordo, la estrella de cine y el niño reaparecido, que ahora sí pagará su viaje con el dinero que el conductor le dio tras haberse colado en el suyo. 

Para morirse de gusto, oigan.