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martes, 6 de agosto de 2013

“The purge”, o la catástrofe como tradición

Viendo The purge, lo que más me llamó la atención fue la conclusión: llegada la mañana y el final de la “purga” (para quien no conozca la película, ésta transcurre en los USA en el año 2022, donde el partido NFA, New Founders of America, ha llevado a un supuesto “renacimiento” de la nación, eliminado el paro y la violencia, en parte gracias a la “purga”, una noche en la que todos los crímenes están permitidos y la policía, ejército y ambulancias no actúan), lo que queda de la familia protagonista se detiene en el porche de su casa y escucha el progresivo aumento del sonido de todas las sirenas y helicópteros que en la noche estuvieron apagadas. El último plano de la película les toma desde atrás, recortándoles sobre el fondo del mundo que despierta después de su catarsis anual, con un movimiento de retroceso por el que la cámara acaba dentro de la casa, dejando a sus habitantes fuera. Es curioso esto, en tanto lo sucedido en la película no lleva a sus protagonistas a una auto-reclusión más firme; muy al contrario, la decisión de la mujer de no matar a nadie de los que hasta el último segundo intentan matarla a ella y su familia, supone un acto que por primera vez proyecta una decisión propia al exterior (un acto que por ello en cierta medida se podría denominar político), y arroja fuera de la reclusión a los que se escondían y otorgaban, negándose incluso a reflexionar sobre lo que fuera ocurría. El despertar de las sirenas y helicópteros, los sonidos del estado que se “ausentó” durante la noche de la purga, se escuchan ahora como el despertar de un mundo que muestra su verdadero rostro a quienes creían que la purga era un mero paréntesis en su universo, necesario para su supervivencia, y no su verdad. Y es por eso que es tan interesante lo que sigue: poco antes del fundido a negro y el paso a los créditos, y manteniéndose durante la mitad de estos, entran en la banda de sonido los comentarios de los medios de comunicación. Es en este momento que The purge alcanza verdadera altura como retrato de una determinada psicología actual, que me llamó más la atención si cabe por mi perpleja atención a la cobertura del reciente accidente ferroviario en Galicia. Y es que este final muestra que la purga tiene dos partes: la noche en que se mata, y el resto del año en que se habla de ella. Y que los que no matan al menos tendrán lo segundo: el relato de la catástrofe y la narración de las mil y una historias de la purga, contadas por innumerables voces de todo el estado, y analizadas y comentadas por intelectuales, políticos, periodistas…
    Hace casi diez años, J. G. Ballard ponía el ejemplo del atentado contra las Torres Gemelas como modelo del terrorismo del futuro, autor de acciones inexplicables y por ello imposibles de asimilar por una sociedad desconcertada. Como muestran sus novelas Running wild (publicada en España bajo el telecinquero título de Furia feroz) y Millenium people (aquí Milenio Negro), ambas protagonizadas por psicólogos, a Ballard el fenómeno del terrorismo no se le daba muy bien. El atentado del 11S en USA ni fue inexplicable ni, mucho menos, inasimilable. Por supuesto, la reacción inmediata fue de desconcierto, pero imagino que éste también aparecerá en los atentados “razonables” como reacción a la experiencia de la violencia. La muestra de que de verdad el acontecimiento es asimilado sería el inmenso auge de patriotismo (¡incluso Woody Allen apareció en la gala de los Oscars!) y la consecuente carta blanca para la política imperial que acarrearon los atentados. Y es que estos tienen un poderoso alcance libidinal a nivel comunitario. Un atentado, como ya intuyó Buñuel en los años 70, es un espectáculo, el más grande de todos: interrumpe nuestro mundo y afecta nuestro cuerpo más que cualquier otra cosa, y a la vez nos deja a salvo, porque ya decía Hitchcock que hay que sacudirnos fuera de nuestras cómodas poltronas, pero que al final el espectador debe volver a su mundo sano y salvo. El atentado nos sacude como nada (sabemos que las Torres Gemelas de verdad cayeron y que de verdad toda aquella gente murió) pero nos deja a salvo: es un espectáculo de base real. Las 3D, así, empalidecen frente a él, y frente a las imágenes pobres y poco detalladas gracias a las cuales la televisión se vuelve auténtico directo, como Ballard supo ver respecto al asesinato de Kennedy, del que dijo que supuso el golpe de estado final por el que la televisión pasó a ser en directo y lo que la permitió colonizar la realidad.
    La catástrofe natural o accidental pertenece al mismo tipo, no en virtud de sus causas (que son, a este respecto, irrelevantes) sino de su tratamiento mediático y, por así decirlo, su producción libidinal. Y es que a mucha gente le ponen cachondo los accidentes. No al nivel de Crash: no al de vivirlos, padecerlos, sufrirlos (esto, en cierto modo, me parecería digno y hasta sano), sino al de contemplarlos (el descarrilamiento, a velocidad real o lenta, del tren en la curva, exhibido por todos los medios) y, sobre todo, asistir a la narración de las múltiples catástrofes individuales que implica. Mi mayor perplejidad del año ha sido ver por televisión lo cachondo que ponía a muchos el accidente de Galicia. Cómo narraban hasta el último detalle del acontecimiento, la posición de los vagones segundo a segundo del descarrilamiento, todas las historias implicadas en el accidente, de las víctimas, los que ayudaban, los que miraban, los que llegaron tarde y los que llegaron pronto, los que esperaban en la estación y los que no, los que se enteraron más pronto o más tarde, los que se libraron porque se libraron y los que no porque no, los que esperaban angustiados en el hospital (y, por supuesto, no olvidemos al personaje estrella: el conductor), cómo se intentaba saber todo lo que sentían, pensaban, cuánto les dolía esto o aquello… Opiniones de la policía, de los médicos, psicólogos… información sobre cómo supervivientes y familiares, y hasta los que ayudaron o fueron testigos, sufrirían graves secuelas psicológicas durante mucho tiempo… Información de absoluta irrelevancia, a no ser que lo pensemos desde una lógica espectacular, esto es, desde la necesidad de vivir y sentir una experiencia extrema pero lejos de su peligro, a través de su narración, descripción, retrato, etc. No otra palabra viene aquí a cuento sino la de “placer”: placer de asistir a auténticas historias reales de sufrimiento, verdaderas catástrofes personales y detalles truculentos. Y placer, por supuesto, de exhibir el sufrimiento propio ante el ajeno, la preocupación y desconsuelo propios por la tragedia. Como ya he comentado en este blog, Salvar el soldado Ryan enseñó al “gran público” que podía ver gente sufriendo con las tripas fuera sin sentirse sucia y morbosa, bajo la condición de que sintiese estar acompañando de algún modo el dolor de aquel hombre. El destripamiento se vuelve expresión de un dolor más hondo, y la visión de ello un acompañamiento de la víctima (complejísima figura cuya relevancia política desde los años 70 está aún por analizarse adecuadamente, y que funda la dimensión actual de otra categoría capital: el testimonio). El que mira el horror acompaña a la víctima con su piedad: el espectáculo deviene aquí caridad. Los televisores, radios y ordenadores se llenan de imágenes, sonidos y palabras que no aportan nada a nuestro conocimiento de la catástrofe, a nuestra comprensión de sus causas, imágenes, sonidos y palabras que tan solo aportan un goce al deseo de conocer dramas verdaderos y extremos, un sufrimiento que sea de verdad, de gente que podríamos conocer, que se parece a la que conocemos, que incluso podríamos ser nosotros. Placer de sufrir en nombre de aquel dolor. Dolor auténtico, historias auténticas. Sin culpa alguna pues se supone que necesitan ayuda, empatía, comprensión, atención, tras la catástrofe el resto de la humanidad acude gozosa para comerse el dolor de las víctimas.
    En The purge, los asesinados en la purga son considerados “sacrificados”, en cuyo nombre se entonan oraciones agradecidas. Ellos se han inmolado por el bien y la estabilidad de su sociedad, que gracias a las muertes es económicamente próspera y gracias a los asesinatos permanece casi libre de actos violentos el resto del año. Pero en su final también descubrimos que no se trata solo de la noche de los asesinatos, sino de que el resto del año la población devorará las historias producidas por esa noche única, pasará a alimentarse de los increíbles números de víctimas (se habla de calles de Los Ángeles llenas de cadáveres, y uno se acuerda de lo sublime kantiano), y de las historias singulares, pero también de los debates intelectuales sobre la necesidad o no de la purga (el debate deviene espectáculo cuando sus argumentaciones y conclusiones, caso de haberlas, carecen de consecuencias). El acontecimiento no es solo la liberación de frustraciones, violencia, etc., sino la producción de un gran espectáculo 100% auténtico, para consumir libidinalmente durante todo el año (y calentar motores para el siguiente). Mucho se dice de la noción de acontecimiento, pero poco de su circulación social a posteriori: que el acontecimiento siempre se constituye en narración. The purge, en este final, sugiere que la catástrofe, accidental o deliberada, lejos de suponer un trauma comunitario (o, mejor aún, gracias a serlo), es una fuente de placer capaz de dotar a una comunidad incluso de pilares para sus estructuras. Una narración ideal para sostener una subjetividad comunitaria. Una tradición.