Escuchado esta tarde, durante los créditos finales de La odisea (Christopher Nolan, 2026):
“Ah, mira, pero si es un libro”.
24 julio
Cualquier película donde se maten niños tiene mi bendición, salvo si la dirige Norman McLaren, es decir: si me quieren decir algo con ello. Cosificación de la resistencia a la cosificación, como diría Adorno, Neighbors (1952) es cine “de mensaje” puro, es decir, cine “de evasión” puro: “Cuando se representa a la sociedad endurecida en sus leyes anónimas como si en ella bastase la buena voluntad como remedio, se la está defendiendo aun de ataques justificados. De ese modo se crea la ilusión de una especie de frente popular de todos los que piensan de forma recta y justa. El espíritu práctico del message, la sólida demostración de cómo se deben hacer las cosas, pacta con el sistema en la ficción de que un sujeto social total, que en modo alguno existe en el presente, puede ponerlo todo en orden si cada cual se adhiere en él y se hace una idea clara sobre las raíces del mal. Uno se siente bien donde puede mostrarse como alguien excelente”. Obviamente, a la inversa presenta Adorno al cine de evasión como propiamente de mensaje, lo que creo es evidente en las reflexiones del Hitchcock de las conversaciones con Truffaut, el Jerry Lewis de The total film-maker o esa Matinée que tan bien demuestra las bondades e inmensos límites de Joe Dante. Pero esto muestra que la “evasión” siempre fue consciente de su papel social (si acaso, juzgándolo equivocadamente), mientras que el “mensaje” es particularmente ciego a su carácter disipador.
El cine de mensaje como “barco de colegas”, que dirían Gigatrón, donde una comunidad se autoreconoce (y podría decirse celebra) en su excelencia moral. Cine de masaje ideológico, con un capacidad de autoengaño impresionante, en tanto puede incluir el malestar como condición de su satisfacción psicológica.
27 julio
Existen cineastas cuyos planos, en su sucesión, se mantienen tan libres como había sido el primero. Jean-Luc Godard es un buen ejemplo, Raúl Ruiz acostumbra a serlo... así como cierto Ignacio Agüero. Cineastas de verso libre, no se rigen por una métrica y, sobre todo, ante todo, no riman. En el cine, curiosamente, la rima es más propia de los cineastas prosistas, del cine de guion principalmente.
La rima es secundaria ante el eco, la resonancia: son cineastas combinatorios, más bien. La función combinatoria del plano es la privilegiada, pues todos los elementos de sus planos (y, obviamente, de sus conexiones) son susceptibles de combinarse con otros. Desde El otro día (2013), los planos de Ignacio Agüero multiplican sus posibilidades de combinación, y en Como me da la gana II (2016) y, sobre todo, Nunca subí el Provincia (2019), la combinatoria se convierte en la clave estructural, el método de composición.
En Cartas a mis padres muertos (2025) la función combinatoria funciona a pleno rendimiento y, sin embargo, la película es mucho más centrífuga que las dos antecesoras. De ellas es la más discursiva, y sobre todo la que tiene una presencia mayor de la voz, una renqueante y dubitativa pero que expresa ideas, que piensa, reflexiona, vincula. Y sin embargo, pese a eso, la libertad de la obra es inacabable, tanto que esa reflexión parece improvisarse ante nosotros, ante el micrófono. La sorpresa es constante ante planos que se siguen los unos a los otros, pero que ante todo irrumpen, se hacen presentes en un grado inmenso, no reductible a sus lazos con el anterior y el posterior. Dan ganas de proponerle al cineasta un juego: lanzarle un plano cualquiera y que consiga ubicarlo en el total. No tengo duda que lo lograría: basta (¿basta?) localizar el rasgo, el elemento, que pueda vincularse, hacer eco, con otro, otro que esté lo más lejos y sea lo más diferente posible, para que las ondas trazadas entre ellos recorran la mayor cantidad de espacio posible, imantando de sentido todo su recorrido.
¿El resultado? Impresión de un cine infinito, en realidad. El cineasta dice lo que tiene que decir, pero en un marco que lo excede. La mayor imagen del infinito que puede producir una obra cinematográfica y, por ende, necesariamente finita.
28 julio
Es difícil saber. Saber qué enfermedades curar. Saber cuáles desarrollar, para perderse en ellas.
29 julio
Más Adorno, ahora sobre internet: “La humanidad era la conciencia de la presencia de lo no presente, y ello se volatiliza en un estado que presta a todo lo no presente sólida apariencia de presencia e inmediatez, y que por eso se burla de lo que no se contenta con tal apariencia.”
Minima Moralia se lee con gran impresión, por lo adecuado de gran cantidad de sus páginas (escritas entre 1944 y 1947) a la actualidad. No por lo profético, sino por cómo lo dicho de su presente se aplica al nuestro. No se nota apenas que Adorno no conociera ni la televisión ni las redes sociales interneteras, por lo que es evidente que supo sacar las conclusiones adecuadas de la radio, la prensa, el cine, etc. Pero que a veces se pone profético, se pone. Véase, por ejemplo, este pasaje, donde señala cómo, puesto que “lo que los nazis hicieron a los judíos era indecible”, hubo que encontrar una palabra, que fue genocidio. A Adorno no le parece mal, pero como este hombre es la alegría de toda fiesta, añade lo que sigue:
Pero la codificación impuesta en la Declaración Internacional de los Derechos Humanos, ha hecho a la vez, en interés de la protesta, lo indecible conmensurable. Al ser elevada a concepto, la posibilidad queda en cierto modo reconocida: una institución que prohíbe, rechaza, discute. Un día podrán tener lugar ante el foro de las United Nations sesiones en las que se debata sobre si cualquier otra nueva atrocidad cae bajo la definición de genocide, sobre si las naciones tienen el derecho, del que de todos modos no querrán hacer uso, a intervenir, y sobre si, a la vista de dificultades imprevistas en su aplicación a la praxis, el término genocide no ha de ser excluido de los estatutos.
No sé si les suena.
Adorno también es bueno para los que a veces enrojecemos ante la molesta tendencia de tantos comentaristas políticos (algunos muy brillantes en todo caso) empeñados en ver cosas nuevas por todos lados, como si la posverdad y las fake news no se llamaran mentiras y noticias falsas desde hace ya un tiempecito. Y a este respecto creo particularmente llamativo el cuarto parágrafo del apéndice, que arranca tal que así:
Los hombres han manipulado de tal forma el concepto de libertad, que acaba en el derecho del más fuerte y más rico a quitarle al más débil y más pobre lo poco que aún tiene. El intento de cambiar algo de esto se considera una intromisión intolerable en ese dominio de la individualidad que, a consecuencia de aquella libertad, se ha deshecho en una nada administrada.
30 julio
Una lamentable experiencia reciente me recuerda cuántas veces mi siempre temido cine-foro acostumbra a ser sacrificio ritual de la obra cinematográfica a manos de la insaciable necesidad de matar a todo otro posible que no sea bien el propio reflejo, bien alguna educada forma de reconocimiento. Bien observable, también, en la reducción de la obra a la biografía del autor (leída en términos judiciales), el análisis como ejercicio de un narcisismo disfrazado de rigor político (o, ya que nos ponemos a faltar, de un ejercicio ideológico camuflado de activismo político)
31 julio
“La necesidad de más representaciones polimórficas ha quedado demostrada por la televisión y los medios de comunicación de masas. El contacto sexual ya no puede ser considerado una actividad personal y aislada, sino un vector de un complejo de fenómenos públicos que comprenden el diseño de automóviles, la política y la comunicación de masas”. Seguidamente, Ballard afirma (la cita es, obviamente, de La exhibición de atrocidades): “La guerra de Vietnam se ha convertido en foco de una amplia gama de impulsos sexuales polimórficos, y a la vez una vía por la cual los Estados Unidos restablecieron una relación psico-sexual positiva con el mundo exterior”. El diagnóstico es impecable, pero la proyección a futuro excesiva: los Estados Unidos sí necesitaron terminar con Vietnam para ese restablecimiento “positivo” que en efecto acabó teniendo lugar, y rige plenamente en nuestros días. Vietnam debía terminar, a condición eso sí de que el imperio ofreciera algo a cambio.
Por ejemplo. El golpe de estado en Chile y el “no” de Michael a Kay Corleone al final de El padrino permiten explotar la dignidad nacional-masculina evitando la humillación posible por la finalización del conflicto asiático y la apertura de China, reafirmada enseguida la primera por la explotación espectacular-narcisista de Apocalypse Now y El cazador que permite al fin hermanar a las generaciones separadas en los 60 (si bien el agente central al respecto sería Tiburón y, posiblemente, Indiana Jones). A su vez, el punk da carta de nacimiento a la libido y el tipo de vida urbana necesarias para el primer neoliberalismo (“No hay sociedad” y “No hay futuro” casan como casan, y Margaret Thatcher no fue solo neoliberal sino punk o post-punk, ustedes deciden; acoto, para los despistados, que el punk nació en New York) y El exorcista logra que, por fin, la técnica se sincronice con los sueños después de haberle sido negada su relación con la realidad, afirme superarlos y los re-anude con la tradición.
Star Wars y Madonna se encargaron del resto.
1 agosto
Me resulta gracioso cómo El piano (Jane Campion, 1993) al final trata de tres personas que, en el último momento, deciden ser razonables. Baines acaba renunciando a Ada porque “estoy haciendo de mi un miserable y de ti una puta”; Alisdair Stewart, tras sus terribles acciones, encañona a Baines pero le entrega a Ada, a no dudarlo la primera acción de su vida que implica una deliberada pérdida económica, aceptando que ella nunca le querrá y que el proceso en que está metido se ha convertido en una pesadilla que solo desea olvidar; y, finalmente, Ada, ya camino del fondo del mar, decide que no quiere morir con su piano y merece la pena seguir adelante. Ninguna mecánica narrativa, es decir ninguna línea causal, decide estos cambios; simplemente, de pronto los tres se lo piensan mejor. Está muy lejos de ser una gran película, pero mentiría si dijese que El piano no me agrada un poco más por esto.
Obviamente, la vi en medio de un pequeño ciclo en homenaje al recientemente desaparecido Sam Neill, y no es mala elección pues su personaje es el más interesante, y Neill, actor con gran capacidad para hacerlo todo sencillo y que sus personajes parezcan en consecuencia más comunes de lo que son, explota en el suyo una zozobra y un peligro, una imprevisibilidad, que convierten en fantástico a un personaje que no deja de ser un arribista mediocre y ruin. Por ello, su giro es el más inesperado, pero Neill lo hace natural.
La mejor escena de la película la comparten el actor y la directora: aquella en que Neill observa el encuentro sexual entre Harvey Keitel y Holly Hunter. La caída del botón sobre el marido, que descubrimos ha pasado de las rendijas de la pared a las del suelo, es el mejor momento de Campion en toda su no muy inspirada película.
2 agosto
“La democracia no es decir lo que te parezca: de hecho lo chocarrero y chulesco es típico de las culturas dictatoriales. La democracia exige callar hasta asumir la responsabilidad de formarte una opinión solvente dentro de una realidad que admite más de una interpretación” (José Luis Moreno Pestaña). Propongo extender la fórmula a las relaciones sentimentales.
5 agosto
Decir “te quiero” es decir mucho.
Decir “te quiero mucho” es decir menos que mucho, con grandes posibilidades de nada.
El mejor modo de mentir sobre el amor, o restarle intensidad, es añadirle cantidad.
6 agosto
Pese a que el remake de Philip Kaufman no llega a la altura del original de Don Siegel (ya que estamos, tampoco al posterior de Abel Ferrara), encuentro muy recomendable el artículo “La invasión de los ultracuerpos” de Ignacio Echevarría, donde retrata con justa fidelidad la alucinante conversión a la fachosfera de la generación de nuestros padres. Echevarría parte de un artículo inglés, pero enseguida llega a España, donde las estadísticas del CSIC, el INE y el V Barómetro del Consumidor Sénior confirman que nuestros mayores se pasan una cantidad de tiempo alucinante delante del ordenador metidos en redes sociales, a lo que añade que «si hay que dar crédito a las que ofrece el Laboratorio Periodístico de la Fundación Luca de Tena, los mayores de 65 años, en España, dedican más de cinco horas y media al día a ver televisión, y el 87% lo hacen en la televisión tradicional. Si pensamos que una buena parte de esas horas las emplean en ver programas como los de Ana Rosa Quintana, Susana Griso y Pablo Motos, es fácil entender que el impacto del uso de las redes sociales sobre esas mismas personas viene a ser como llover sobre mojado, y que a lo que estamos asistiendo –como se desprendía de un artículo publicado en esta misma revista acerca de cómo “las redes sociales y la IA han normalizado el consumo de desinformación tras la pandemia”– es a un casi sistemático emborronamiento y a una intencionada distorsión de la percepción que tiene una importante mayoría de la población mayor de 65 acerca de los grandes problemas que les afectan».
Encuentro muy aprovechables los datos y las reflexiones del autor en tanto me tienden a generar desconfianza las visiones apocalípticas de la supuesta derechización de la juventud cuando son nuestros mayores los que siempre encuentro más volcados hacia la intransigente fascistización. Pero no me parece tan sorprendente. Echevarría habla de cómo esta gente vivió la Transición y votó hasta tres veces a Felipe González, pero lo cierto es que la conversión a la derecha es una costumbre que viene siendo dominante entre gentes nacidas en los 40 y 50 (que son a los que más he tratado) desde los 90 cuando menos, y yo diría que bastante disparada desde el gobierno de Zapatero (donde Jiménez Losantos, antiguo militante de la izquierda radical, dará el pistoletazo de salida a las lecturas conspiranoicas y proto-golpistas, con el apoyo de contertulios como Gabriel Albiac, discípulo de Althusser que hacia 2009, me consta, todavía seguía pasando por supercomunista en países como Francia e Italia ante intelectuales como Balibar). Mi explicación principal a esto es que, llegadas las necesarias componendas vitales de los 40 (y ahora hablo de la edad) nuestros mayores más politizados se dieron cuenta de que no habían sido comunistas sino solo antifranquistas, y no tanto antifranquistas como jóvenes peleados con sus padres, como debe de ser. Estas personas hacen entonces las paces con el pasado, pero no con el suyo sino con el de todo el país, no solo los padres sino su ideología. En varios casos, dependientes posiblemente del celo puesto en las luchas pasadas, el cambio se hará con más o menos rencor, más o menos virulencia.
Seguidamente está la masa que, menos o nada politizada, activa progresivamente, sin darse apenas cuenta, los viejos valores. Creo que aquí son dos las fases: primero, la agresividad que desde el año 2011 las nuevas generaciones se dedicaron a verter con chulesca superioridad sobre sus mayores, basada en renovaciones de las costumbres merecedoras de mejores formas, no ayudó precisamente a generar buen rollo, sirviendo antes bien para reavivar el recuerdo de las viejas lecciones del colegio franquista sobre las maldades estalinistas (tan falsas como tristemente ciertas). En suma, la labor principal del izquierdismo de los últimos, digamos, quince años, ha sido multiplicar enemigos.
Segundo, el remate del procés catalán, que en apenas dos meses se bastó para hacer fascista a media España. Quien guardaba las formas, quien se mantenía en cierto equilibrio, condescendiente o no, decidió aquí su lugar en el campo: el de lo que le enseñaron en el colegio, la continuidad con la España que les dio de mamar, la teta de Franco.
¿Es extraño? La infancia regresa en tiempos de zozobra. La ley que nos vio nacer, la de la España atenazada y perseguida por los enemigos (interiores y exteriores pero, sobre todo, interiores).
Y así, la generación de nuestros padres, que se crio con Franco, nos dejará, como principal herencia, su retorno.
7 agosto
Del “conócete a ti mismo” al “ámate a ti mismo” media una distancia terrorífica. ¿Hay algo menos recomendable que amarse a uno mismo? El amor implica una apertura extrema hacia el exterior, que dirigir hacia uno mismo solo puede convertir en el más desagradable narcisismo. Conocerse a uno mismo, por si acaso, tampoco me parece lo más recomendable, aunque depende de los casos, pero ese conocimiento será inevitablemente falso si no es precedido por el de los seres, objetos, hechos con los que interactuamos, pues solo tal saber permite precisar las características precisas de sus efectos en nosotros y con ello el conocimiento de lo que somos, nuestro funcionamiento, nuestra constitución.
Si conocerse a sí mismo, por lo tanto, no es recomendable sin conocer antes el exterior (y no es que no sea recomendable, es que no es posible), ¡cuánto más con el amor! Pero si es recomendable autoconocerse en algún grado, autoamarse no puede no ser la peor idea posible, pues el exterior será inevitablemente reducido a objeto medible por la autovaloración personal, y el mundo entendido bajo una ideología securitaria. El amor a uno mismo equivale a la creación de anticuerpos de la exterioridad, un ICE del alma destinado a expurgar de la misma todo lo que no equivalga a la autolectura glorificadora, lo que no aplauda a ese superhéroe de su propia autobiografía en que nos constituimos.
10 agosto
“7,4 en Colombia”, me dice ella. «Estábamos en casa pensando que mínimo ese edificio donde vivo debería soportar un 9.0. Mínimo. O sea, en menos de cien años ha habido cinco terremotos superiores a 9.0 y al menos dos son en América y uno en Chile. Para vivir en Chile solo hay que entregarse a esa posibilidad. Porque es 100 % seguro que te toca uno. Yo solo quiero que pase el terremoto y listo. Si te pilla en casa o en la U, tú no te mueres. Yo, está en duda, habrá que comprobarlo en el momento. Yo estoy harta ya de que dicen “se viene el terremoto en Valpo, se viene el terremoto en Chile, ya va a llegar, ya llegamos, llegamos...” ¡Qué paja! Lo único que quiero es que ya pase de una vez. Porque claro, el terremoto es una cosa, y el miedo y la destrucción y quién se murió y blablablá, después el maremoto, si es que, es otra cosa; pero el tema para mí, lo más latero es que te quedai no sé cuántos días sin luz, no sé cuántos días sin agua, la conectividad... eso es la lata. Como que ya que pase rápido, porque no hay agua, no te puedes lavar las manos, no te puedes duchar, no hay luz, no podí guardar comida en el refrigerador, todo el mundo se lleva las cosas del supermercado, es como... es catastrófica la situación post, además de las muertes y todo, pero post el terremoto es una lata. O sea, yo estoy esperando que pase rápido el terremoto y tener que pasar esa tanda de días posterior al terremoto rápido. ¡Por favor, que pase pronto! Y que llevamos ya tantos años “que ya va a venir, que ya a venir”... ¡¡Aah!!»
11 agosto
El corazón respira a través de la herida abierta. Muere asfixiado por las cicatrices.
15 agosto
A la mañana siguiente de ver Tokyo no onna (Yasujiro Ozu, 1933), sigo impresionado por el rostro de Yoshiko Okada en su escena final. Kinuyo Tanaka como Harue, la novia del estudiante suicidado, llora, se derrumba, pero la hermana, Chikako, presenta de pronto un rostro duro, inclemente, inesperado, que se mantiene tras la marcha de los periodistas infames (y a quienes pertenece la última escena, a la que Pablo García Canga, en su libro, saca excelente partido). El hermano, tras abofetearla, se ha negado a comprender, y esa estupidez le ha matado. Se ha matado por una tontería. La mujer está destrozada, pero también endurecida, y Okada da la impresión de que ese endurecimiento es nuevo; el que no produjo la prostitución, lo ha traído el suicidio de su hermano por no saber admitirla. En el fondo, es como si ese suicidio fuera el que, ahora sí, la convierte en puta en el peor de los sentidos, el que la arrastra por un fango del que ella se mantenía aparte. La autoaniquilación del ser querido por no aceptar el sacrificio de la hermana... e incluso hay que pensar que no fuera tanto sacrificio: Ozu no mantiene en el rumor, en las palabras, su doble vida, sino que la muestra, y lo que vemos no son las escenas esperables de una mujer sacrificada. Si la prostitución conlleva un sufrimiento interior, Ozu y Okada deciden no mostrarlo; solo vemos a una mujer que lleva a cabo su trabajo sin mayor problema, trabajo que, en su ejecución, muestra más dignidad que el de los periodistas que cierran la película.
Como García Canga, yo también pensé que el problema es que no son cineastas. Aunque, en puridad, un buen periodista debiera poder contar esa historia, saber cómo hacerlo, y aunque, para qué mentirse, también hay una gran mayoría de cineastas que tampoco la contarían, o no sabrían cómo. Porque no abundan los cineastas como Ozu, como Naruse, Shimizu, Mizoguchi. Cineastas que cuenten la historia de la mujer que se prostituye para que su hermano pueda ir a la universidad, de la nuera que es mejor hija que los hijos naturales, de los señores que hablan de la guerra en el bar, de los caprichos que el sueldo te permite o no y de cómo negociarlos con la pareja, de cómo se lleva una tienda, del trato con los vecinos, del dinero que cuesta hacerse viejo, o del panadero y sus amigos de los que habla Pablo, a su modo, en Las tierras del cielo.
“Los 70 nos esperan”, escuché una vez decir, con toda la razón, a Álvaro Arroba. Japón también. El de Arigatô-san (Hiroshi Shimizu, 1936), el de Elegía de Naniwa (Kenji Mizoguchi, 1936), el de Hideko, cobradora de autobús (Naruse, 1941), el de Historia de un vecindario (Ozu, 1947), Madre (Naruse, 1952), El callejón de los topos (Shimizu, 1953). Los japoneses fueron neorrealistas mucho antes y mucho mejor que el neorrealismo porque solo ellos encontraron el ángulo perfectamente horizontal desde el que filmar a su público. Nos espera, todavía, esa posibilidad.
19 agosto
Me deja perplejo leer que una medianía como It follows pueda ser “la mejor película de terror de los últimos veinte años”, pero sí concuerdo con Elisa McCausland y Diego Salgado cuando afirman que El final de Oak Street es “una película mucho mejor realizada que los dos grandes éxitos de taquilla de esta temporada, La Odisea y Spider-Man: Brand New Day.” Dejando aparte la desopilante polaroid de Ewan McGregor con los dinosaurios follando al fondo (fantástica ocurrencia), lo mejor del filme de Mitchell está en esos travellings de seguimiento en cuyos fondos aparecen unas espinas dorsales gigantescas sobre un tejado, una cola enorme doblando una esquina, etc. Esa mezcla de universos resulta muy vistosa gracias a un cineasta que ha pensado cómo hacerla visualmente interesante y divertida. La mediocre Anne Hathaway está mejor que de costumbre, y absolutamente fantástica, de hecho, en la inesperada muerte de su marido. Pero aunque los críticos de El Salto lo minimicen, esta es ante todo una peli del temible J. J. Abrams, y así el matrimonio vive el obligatorio conflicto a resolver de forma tan sumaria como su presentación, y para colmo la escritora prometedora no escribirá finalmente sobre eso sino acerca de su experiencia con los dinosaurios y las agujeros de gusano, que da mucho más dinero. El visionado pues, sí, será gratificante, pero es su miseria humana la que una vez más no nos libramos de ver como protagonista.
21 agosto
Me emociona la dedicatoria a Warren Oates en el último plano de Iguana (Monte Hellman, 1988), película que por fin conseguí ver hace un par de semanas y que coincido con Miguel Marías en considerar una de las mejores de su director. La dedicatoria culmina el desolador cierre de la obra, y obvia el apellido del actor, lo cual no solo expresa confianza, aprecio y cariño, sino que no deja de generar una continuidad con el íntimo final, con su desoladora emoción, y quizá expresar una ignota relación entre los dos seres que concluyen aquí su vida. Algo de la emoción de la obra, la que algunos pocos espectadores habremos sentido ante ella, se dirige entonces a Warren, uno de los grandes o, mejor, uno de los únicos, así a secas, y que realizó para Hellman tres de sus mejores trabajos.
Dedicatoria de cierre, me hizo también recordar no tanto una película como una crítica leída hace décadas sobre una película que aún no había visto, y de la que se me quedó grabado el comentario de una dedicatoria: la que François Truffaut imprime en los créditos de apertura de Los 400 golpes. El texto lo escribió G. Caín en 1959 y yo lo leí en el por entonces recién reeditado Un oficio del siglo XX:
La cinta comienza con una dedicatoria que es conmovedora: Ce film est dedié a la mémoire d’André Bazin. Bazin era el hombre que había conocido al joven Truffaut casi analfabeto, venido de la guerra de Indochina hace poco y salido no hacía mucho tiempo de un reformatorio para menores: Bazin era el hombre que había introducido a Truffaut en el cine. Era la primera vez que una película se dedicaba como se dedica un libro o un poema: se quería indicar que era una obra de autor, un film del que François Truffaut se consideraba dueño absoluto de sus errores y de sus aciertos: un film de autor: la primera película totalmente autobiográfica. Luego sigue una vista de París en que sólo se ven la punta de los techos, los aleros de las viejas casas, las altas ventanas de los edificios, la aguja final de la torre Eiffel, la copa de los árboles de Champs-Elysées. Pocas veces una película ha comenzado de forma tan poética, tan sugerente y tan cinemática.
Asumo que Caín ignoraba que Bazin murió el primer día de rodaje de la película de su discípulo, porque hubiera sido la puntilla. Por su parte, Warren Oates había muerto seis años antes de la realización de Iguana, pero Hellman no había vuelto a hacer ninguna película desde 1978, el año de otra de sus cumbres, China 9, Liberty 37, con un inolvidable papel para Oates.
27 agosto
¿En qué momento habrá empezado a hablarse de “franquicias” en el campo cinematográfico? Cuando era joven, las de Viernes 13 o Star Wars eran “sagas”, o simplemente “secuelas”, pero parece que el creciente paso de las majors a divisiones sumidas en conglomerados multinacionales más amplios ha unificado definitivamente la terminología por el lado económico. Igualmente, me ha sorprendido encontrarme a alumnos hablando no de “ver” sino de “consumir” cine, y sin que el verbo acote este en campo alguno (pelis de superhéroes, blockbusters en general, etc.); al contrario, lo advertí en la pregunta “¿consumes cine LGTB?” y a partir de ese momento me di cuenta de su uso generalizado, que hasta entonces me había pasado inadvertido.
Cosas.
28 agosto
“El Holocausto ha sido olvidado” (G. Martínez). Vemos hoy, lo vemos este año, lo vemos desde hace no tan poco, que la memoria no sirve. O sirvió, sí, sirvió para algo, mientras seguían vivas las luchas contra aquello que había que recordar. Lo que indica que lo que importa no es la memoria, sino la lucha. Y que cuando solo nos quede la segunda será el signo de que, una vez más, nos ha llegado la hora. “Hemos accedido a la expansión de la puerilidad del mal, con una intensidad que, por fuerza, debe ser superior y más profunda que en los años 30 y 40, pues en los años 30 y 40 no había nada que olvidar aún.” Pero siempre hubo cosas que no olvidar, siempre hubo matanzas salvajes, intolerables, “ejemplares”. Acaso parte del problema sea que esta vez se creyó que la memoria era más importante que nunca. Que la cantidad y el método de la barbarie nos engañaron, o inauguraron la obsesión por la memoria como un tipo nuevo de enfermedad política originado no en la barbarie misma sino en los medios de comunicación de masas.
29 agosto
Hasta que el pogromo se hizo costumbre.
30 agosto
Cuando estudiamos el discurso de una película, no estudiamos “lo que la película dice”, sino que averiguamos el modo en que podemos conseguir (obligarla, incluso, a) que diga algo. Traducir a palabras, signos plenos, formas audiovisuales donde la relación entre significante y significado no está acabada, falla que podríamos aventurar como esencial a la forma artística, en cuyo reino la relación que constituye al signo es magnética, una zona imantada donde términos distintos se atraen y repelen, niegan o identifican, pero siempre a una distancia, un espacio que no está vacío sino lleno de corrientes invisibles. Si esto es inherente a la poesía, cuánto no al cine, hecho con las formas del mundo, es decir, ese espacio donde el signo es exclusivamente relativo a lo humano y, en consecuencia, un elemento más entre muchos. El cine puede convertir en signo a lo que no lo es (este árbol) pero siempre a la luz de su incapacidad de serlo: “Signos magníficos bañados en la luz de su ausencia de significación”.
Es en este sentido que podríamos pensar que el cine es el arte más arte de todas las artes.
31 agosto
“Olía tanto a domingo que casi daba náuseas” (Georges Simenon, Mi amigo Maigret).
3 septiembre
Asumo que GM son las iniciales de Gabriela Mistral y que a ella se dedican por tanto estos versos (extrañamente pues, estando en medio de los Cien sonetos de amor, ni se dedican a Matilde Urrutia ni son de amor):
Acecharon su muerte y entonces la ofendieron:
sólo porque su boca está cerrada
y ya no puede contestar su canto.
Recuerdo a mi abuela diciendo “gané” un día que murió no recuerdo quién. Nuestras vidas todas terminan, visto así, con un fracaso. ¿Ante la vida? No (o bueno, un poco sí): ante la voz de los otros. Mistral ha muerto, y su muerte es el triunfo de todas las voces a las que ella ya no podrá oponer la suya:
Pobres poetas a quienes la vida y la muerte
persiguieron con la misma tenacidad sombría
y luego son cubiertos por impasible pompa
entregados al rito y al diente funerario.
Ellos –oscuros como piedrecitas– ahora
detrás de los caballos arrogantes, tendidos
van, gobernados al fin por los intrusos,
entre los edecanes, a dormir sin silencio.
Qué terrible hallazgo el de Neruda, este “dormir sin silencio”. La muerte, triunfo del “festín miserable / con pavos, puercos y otros oradores” que le quita la razón al Pasolini que afirmará la necesidad de la muerte como cierre para la existencia definida (más cruelmente aún, incluso del momento de la muerte misma, como si nos jugásemos todo en ese último examen que a quién carajo debiera importar), para el significado, realmente, pues no otra cosa busca sino la significación de la obra, la significación del artista, que solo puede darse con la clausura última, la salida definitiva del tiempo (buen retrato, quizás, de lo opuesto que el significado es al vivir). La muerte es “la cajita”, como le decía Simone de Beauvoir al Sartre que nunca ya respondería, la cajita donde nos meten los demás para al fin caber en la palma de la mano, el retrato de la lápida que vivirá por nosotros la vida que, muerta con nosotros toda rebeldía, todos los demás quieran hacernos vivir.
8 septiembre
Mala cosa ser padre poco antes de los cuarenta, cuando la tentación de la derrota se engalana con los gritos de los niños.
He perdido a los mejores talentos de mi generación en salas de maternidad donde solo nacerán muertos. Todavía me saludan, me miran felices.
Lo son.
9 septiembre
Leo por ahí a Mariano Llinás diciendo que de prestar libros ni hablar, y me viene a la memoria la memorable sentencia que una librera porteña le soltó a mi amiga Marcela Venegas Santander:
“Ya sabe: Huevón el que lo presta, huevón el que lo devuelve”.
11 septiembre
Esta semana, la Sala Tercera del Tribunal Supremo ha excluido del derecho al voto (o sea: ha prohibido votar; de momento, pero prohibido) a un colectivo de ciudadanos españoles: los descendientes de exiliados del franquismo. En torno a medio millón de personas.
La razón, obviamente, todos la podemos deducir. Salvo que no necesitamos hacerlo. El propio tribunal te lo explica bien clarito: el voto de estas personas supone “un peligro fundado, real y serio para el resultado querido por los españoles para las elecciones”.
Cito a Miguel Pasquau: “¿Cómo evita [el Tribunal] ese riesgo? Creando otro riesgo al que significativamente da menos importancia: el riesgo de que un número indeterminado de personas (hasta 400.000) que quizás sí sean españoles, no puedan votar. Lo que, obviamente, también supondría una alteración del resultado electoral querido por los españoles.”
Pasquau apunta varias vulneraciones graves, de las que resumo dos: “Vulnera, por un lado, el artículo 68 de la Constitución, al desligar el censo de la nacionalidad” y “vulnera también el artículo 90 de la Ley de Registro Civil, pieza fundamental de un Estado de derecho: (...) mientras alguien esté inscrito en el Registro Civil, ha de ser considerado español a todos los efectos, incluido el de la inclusión en el censo.”
La segunda parte de la fascistización de 2017 ha llegado, y ya nos encontramos con la tranquila negación de nacionalidad y derecho a voto a españoles.
11 septiembre
Leo que el expresidente chileno Eduardo Frei Ruiz-Tagle insistió en que el llamado “estallido” de octubre de 2019 no fue un fenómeno espontáneo. Frei se hace eco por ejemplo de Iván Duque, que habría advertido anticipadamente a Piñera de lo que se venía, señalando explícitamente a Venezuela.
¿A alguien le importa esto? No soy gran creyente en la espontaneidad, o, mejor dicho, en la necesidad de los orígenes espontáneos. Creer que todo lo que sucedió el 18 de octubre y en adelante fue espontáneo me parece una necedad, pero no menos que creer que el estallido fue planificado tal y como aconteció. Y es que, ¿a quién le importan los orígenes? ¿No es este un falso problema? Si el estallido “prendió” con ayuda o no, no es determinante para la fuerza que acabó alcanzando el fuego, y por las mismas podemos preguntarnos por la falta de espontaneidad de la “solución” constituyente, de todas las elecciones, etc. Igualmente, ¿consta en la falta de espontaneidad la participación de grupos políticos y sociales conocidos? Obviamente, esos grupos diversos van a participar, van a tratar de profundizar el conflicto, y con todo derecho, y todo sentido, pues con toda razón.
Los conspiradores acusan de conspiración cuando sus conspiraciones propias no se bastaron. Y eso, pese a que el final sí que bastaron.
12 septiembre
No seré el primero en decirlo: hay algo de método paranoico-crítico en la práctica del análisis fílmico, que lee en las manchas de luz sobre la pantalla otra partitura lumínica superpuesta. Hay algo, también, más de paranoico que de crítico, pues esa partitura se considera más real que las manchas, y, por añadidura, de intención por lo general malévola. La noción de la male gaze, por ejemplo, no deja de ser una gran teoría conspiranoica en su voluntad de convertir la sospecha en herramienta clave para la comprensión del mundo. Presa de su manía persecutoria, el analista olvida analizar y prefiere leer las imágenes (que al no ser palabras no son legibles, luego deben ser convertidas en el tipo de imagen que sí lo es: símbolos, índices, metáforas, y sobre todo síntomas) para desvelar los significados que definan su salvación o condena (pues el analista no es analista sino intérprete, y es intérprete porque en verdad es juez); en los casos más relajados, para encontrar las imágenes/palabras más adecuadas a su voluntad de goce. El intérprete es otra forma de artista que transforma una película en otra, pero del método daliniano se le escapa la fundamental práctica consecuente, deliberada, del delirio, la conciencia del síntoma en y por parte del intérprete, ausente de este analista fílmico que considera que el enfermo siempre es el otro (el cineasta, el cine, la industria, la sociedad...). Pues el intérprete, como todo paranoico, tiene mucho de sádico.
13 septiembre
Joya de cartel en Riley the cop (John Ford, 1928):
“You can tell a good cop by the arrests he doesn ́t make”.
14 septiembre
Leyendo el excelente capítulo sobre el cine mudo fordiano que Joseph McBride ha añadido a la reedición de su célebre estudio de 1974 sobre John Ford (co-escrito con el fallecido Michael Wilmington) resulta más extraña aún la afirmación de que la inusual sequedad de El hombre que mató a Liberty Valance se debe a la voluntad del director de dar al filme una estilización más propia del cine mudo. De que esa era la voluntad no dudo, pues así lo expresó el propio Ford en una carta citada por McBride, pero el recorrido que este mismo hace por las películas fordianas del periodo deja bastante claro que estas se encontraban muy alejadas de la parquedad, la dureza y grisura del film de 1962. El cine mudo de Ford no luce virtuosismo, pero desde Straight shooting (y McBride deja claro que ya desde The tornado, de 1916), fue evidente su talento para la composición, la luz, el paisaje y la acción. Liberty Valance se niega la brillante estilización de esas películas (presente en La diligencia, que sí me parece de un deliberado arcaísmo), y pienso que McBride acierta mucho más cuando vincula el filme a Dreyer por ser “una película de ideas y emociones”.
Esta fórmula me recuerda por cierto a Gonzalo García-Pelayo, quien durante la producción de Alegrías de Cádiz no dejaba de entonar el lema de que se trataba, en la película, de crear “ideas y sensaciones”, credo al parecer empleado ya desde Vivir en Sevilla (y obviamente hasta hoy). Pero quizás en la diferencia entre emociones y sensaciones se pueda ver la clave. La sensación es corporal, mientras que la emoción, sin ser ajena al cuerpo, tiene su origen en la mente. “Ideas y sensaciones” plantea una dialéctica entre mente y cuerpo inexistente en un “ideas y emociones” que implica más bien un movimiento de dentro a fuera, del pensamiento al afecto. Las películas de Ford son ricas en sensaciones vinculadas a su riqueza visual, su inventiva, su imaginación, mientras que Liberty Valance prefiere concentrarse en una emoción profundamente ligada a los conflictos interiores (ideologías incluidas) de los personajes. Por ello la abundancia de primeros planos, señalada también por McBride, y tan rara en el cineasta.
15 septiembre
“Tener sol y tiempo, un ideal de vida” (Luis Oyarzún).
Mi ideal es sol y calor constantes, todo el año, con una gran tormenta eléctrica y monumental lluvia cada dos semanas.
Tiempo, siempre hay. Pero el ideal implica, claro, que sea para uno mismo. Como tan bien describió Michael Ende en Momo (un referente que me extraña no encontrarme nunca), el tiempo es eso que sistemáticamente se nos roba, y hoy por hoy vivir es emplear el tiempo propio en beneficio de otros (que no son nuestros seres amados, por si acaso, sino, por ejemplo, Jeff Bezos). Y así, hasta que te mueres.
16 septiembre
Leo en el Instagram de Rosario Olivares un recuerdo de Patricio Guzmán que me resulta perfecto para compartir aquí, un día después de su muerte. Rosario cuenta que el 2005 ella “estudiaba filosofía, y él había estrenado su documental Salvador Allende, que habíamos visto en DVD en clases, porque salía nuestro querido profesor Sergio Vuskovic. El Tata nos dio el correo de don Patricio para pedirle autorización para mostrar el documental. Él, respondió muy amablemente, y envió estas palabras, que hoy más que nunca cobran sentido”:
Le mando cuatro líneas para introducir el filme:
“La primera película sobre la guerra civil española se llama Morir en Madrid y fue hecha en 1962, es decir 20 años después de haber terminado esa guerra. Sin embargo cuando voy a España a dar clases de cine documental ningún alumno la conoce. Nadie la ha visto. Ningún gobierno español hizo nada por la memoria histórica, ni Felipe González ni José María Aznar. En España no hay calles con el nombre de los defensores de la república ni tampoco con el nombre de los defensores de la república ni tampoco con el nombre de los brigadistas internacionales que lucharon por ella... Ojalá que a los chilenos no nos pase lo mismo que a los españoles... Un país sin memoria es un país incompleto. Espero que ustedes sigan profundizando este tema. A los gobiernos hay que empujarlos, hay que presionarlos para que no se duerman. Ustedes pueden hacer mucho más por la memoria si empujan al gobierno en esa dirección". Patricio Guzmán


