11 mayo
Si alguien me vuelve a decir lo buen guionista que es David Koepp, sacaré mi pistola, le apuntaré a la cabeza y, antes de disparar, le leeré esto:
«”In writing Jurassic Park, I threw out a lot of detail about the characters," says Koepp, "because whenever they started talking about their personal lives, you couldn't care less. You wanted them to shut up and go stand on a hill where you can see the dinosaurs. When we announced the sequel, I got this packet of letters from an elementary-school class somewhere outside San Francisco, and one of the kids wrote that we should add a stegosaurus and this and that, but 'whatever you do, please don't have a long, boring part at the beginning that has nothing to do with the island.' In other words, the premise of these movies is so exciting the usual cat-and- mouse game just doesn't work. The kid is only eight, but he's right, and I kept his letter on my desk. On my tombstone it'll say my name, the years I lived, and then, IT TOOK TOO LONG TO GET TO THE ISLAND».
12 mayo
En un excelente making-of sobre Bowling for Columbine (2002), Michael Moore explica cómo su película triplicó la recaudación más alta que hubiera alcanzado documental alguno en su país, y que ello le llevó a pensar que tendría efectos, quizá en el uso de las armas, quizá en la propia identidad norteamericana de la que trata, más bien, su película. Pero obviamente, constata que no fue así. Jean Renoir decía que la prueba de que el cine no podía cambiar la realidad era que la II Guerra Mundial llegó pese al éxito de La gran ilusión, pero yo diría que Michael Moore puede afirmar lo mismo con más base.
Pienso en todo esto al leer las siguientes palabras de Frederick Wiseman:
“Film ideologues are not interested in the discovery and surprise aspect of documentary filmmaking, or in trusting their own or anyone else’s independent judgment, but want documentary filmmakers to confirm their own ideological, abstract views which have little or no connection with experience. Some documentary filmmakers urged on in their self-generated political fantasies by academics and other ideologues, by film barons and bureaucrats, and by all those who form the parasitic platoons fluttering around film-makers, believe documentaries must educate, expose, inform, reform and effect change in a resistant and otherwise unenlightened world. Documentaries are thought to have the same relation to social change as penicillin to syphilis. The importance of documentaries as political instruments for change is stubbornly clung to, despite the total absence of any supporting evidence.”
Escritas en 1994, las primeras frases anticipan la dictadura del guion que absurdamente se ha enseñoreado del universo documental, por no hablar de la exigencia de discursos e intenciones a priori. Y cuánto más admirar la inspirada mención de los “parasitic platoons fluttering around film-makers”.
Son estas ideas las que me parece enriquecen y dotan de su potencia a las frases finales, cargadas de una voluntad de descubrimiento, de conocimiento, de riqueza y complejidad, que no suele encontrarse en quienes hacen idénticas afirmaciones.
En todo caso, no estará mal evocar al respecto un artículo de John Gianvito que, entre otras cosas, niega la mayor: “Con respecto al objetivo de que hacer una película, escribir una novela, producir cualquier obra de arte, pueda de alguna manera cambiar realmente el mundo, admito sin reparos que tales ambiciones deben abordarse con considerable escepticismo y la mayor humildad. Además, en la mayoría de los casos, poder medir y cuantificar verdaderamente el impacto material de una película es prácticamente imposible. En la mayoría de los casos, pero no en todos”. Y así, entre otros, Gianvito nos recuerda que Cathy Come Home (1966) de Ken Loach “condujo directamente a la formación de CRISIS, una organización benéfica nacional, que ofrece servicios anuales de educación, empleo, vivienda y salud, además de presionar al gobierno para que se produzcan cambios políticos que prevengan y mitiguen la falta de vivienda”; que La sangre del cóndor (1969) de Jorge Sanjinés provocó la expulsión de Bolivia de los Cuerpos de Paz de los Estados Unidos, cuya esterilización forzada de mujeres indígenas había denunciado; que The Thin Blue Line (1988) de Errol Morris, aportando pruebas de su inocencia, llevó a la anulación de la condena a cadena perpetua de un hombre condenado por asesinato; o, caso más famoso, que el desaparecido Ku Klux Klan volvió a la vida gracias a El nacimiento de una nación (D. W. Griffith, 1914), el ejemplo más irrebatible e imperecedero de la potencia política del arte; ¿o valdría más decir “de cierto arte” y “de cierta línea política”?
13 mayo
Imposible no pensar que Black Legion (Archie L. Mayo, 1937) sirvió de modelo para el Killers of the Flower Moon (2023) de Martin Scorsese, sobre todo cuando un momento importante de la narración pasa a ser representado en un estudio de radio; aquí, también se siente que la película debiera terminar en la grabación, y aunque la escena siguiente merece la pena por la sola visión de un hundido Humphrey Bogart, en efecto el resto es en cierta medida sobrante por lo obvio de un recorrido destinado a culminar en el discurso inevitable del juez. Pero lo que convierte en interesante esta sección final es el retorno de la esposa, una fantástica, y por lo que veo no muy valorada, Erin O'Brien-Moore. Si la película ha sido sobresaliente, el pequeño bache del cierre queda lacrado en oro por el intercambio de miradas en movimiento entre ella y Bogart. Mayo aprovecha a fondo la salida del juzgado, que impide dedicar el plano de cierre al actor por su salida de campo, y se queda con Moore, cuya mirada, durante el plano-contraplano en que los dos se siguen mientras caminan hasta perderse para siempre, trasciende el dolor, el sufrimiento y cualquier emoción nombrable. No sé qué carajo hace en ese momento, podría ser la mirada de un alucinado, pero tampoco ese adjetivo sirve. Solo sé que Mayo, perdido Bogart, avanza hacia un primer plano de ella, y lo sostiene como nunca he visto a actriz o actor sostener uno. Supongo que, simplemente, ha perdido al ser que ama en el exacto mismo movimiento con que lo ha recuperado. Nunca he visto un momento así tan bien sintetizado, y tan radicalmente transfigurado, en toda la historia del cine.
Sobre el subrayado: poder del cine para obtener transfiguraciones, movimientos por lo que algo conocido, sin dejar de serlo, se traslada, se reconfigura, muta, insisto, sin dejar de ser lo que es, en algo que es otra cosa, que salta a otra dimensión o se deja traspasar o iluminar por algo de otro orden. En los planos finales de Black legion, todos podemos nombrar el contenido de la emoción a transmitir, pero ninguno de los dos intérpretes parece dispuesto a dejar que su emoción se deje acotar en sus límites, y en consecuencia algo de otro orden, algo indefinible se dibuja con los ropajes de esa definición. La emoción se ha transfigurado y los rostros hacen algo más que comunicar, abierto quizá en su interior el silencio de lo perdido.
Nadie lee a los poetas, pero, ¿quién escribe pensando que será leído? ¿No sabe todo artista que no hay ya posteridad posible? ¿Que si no mañana, algún día, la humanidad se extinguirá irremisiblemente, o mutará en algo a lo que nada importarán nuestras creaciones, que no sabrá si descifrarlas siquiera como tales? ¿Qué tiempo futuro leerá las obras de los grandes creadores de hoy, verá las grandes películas? El mismo que a los mediocres: ninguno. El futuro no nos espera y en todo caso no sabrá reconocernos. La gloria ha regresado al presente del que en el fondo nunca salió y creo firmemente, aunque digan lo contrario, que nadie se engaña al respecto. Máxime cuando todos sabemos que no fue el tiempo el que salvó la grandeza de Sófocles sino el éxito ante sus contemporáneos, los premios ganados en los festivales. ¿No nos dice esto que quizá sea Pérez Reverte el único escritor que sobreviva de nuestra época? Cuantos más ejemplares impresos, más posibilidades de salvación. El papel tarda más en arder que el celuloide o los soportes digitales, más aún si hay muchos juntos (Libro = Papeles Unidos Jamás Serán Vencidos), y en todo caso ningún extraterrestre sabrá qué es un cd, pero sí podrá ver que hay imágenes en una tira de 35mm o signos en un papel.
El artista de éxito sabe, si no es inocente, que su fama solo le asegura el dominio sobre el ahora. Al manifestar sin ambages que después de su muerte nadie le recordará, Pérez Reverte no revela modestia sino, muy al contrario, la vanidad del triunfo sobre la única posteridad ya admitida, la posteridad presente: la victoria sobre tus contemporáneos, el éxito económico y el reconocimiento público, que además conllevan también el crítico. Pérez Reverte y Spielberg, los únicos supervivientes.
Pero no se amargue el artista riguroso, el futuro ausente es para todos. Hablamos en el vacío del tiempo, nada de lo que digamos importará, nuestro arte nunca tendrá consecuencias. Esos ojos radicalmente ajenos que contemplen nuestra obra desde otro tiempo, sabemos que no llegarán. El privilegio de saber que serás leído a dos mil años vista, el privilegio de soñar con la eternidad, es ya eso, el privilegio de soñar. Otros prefieren follar. ¿Quién podría cuestionárselo?
Artista, tu amor nunca será correspondido. Haces bien, pues, en no amar.
17 mayo
Mis redes deben compartir mi sentido del humor basado en tocarle los cojones al prójimo, porque constantemente me envían citas, links, reels y lo que haiga falta de luminarias diversas denunciando cómo puede ser que la izquierda no se de cuenta de que la pelea por el lenguaje es importante, y que la derecha lo sabe perfectamente y de ahí su éxito. Desde los 60, en gran parte del mundo la izquierda ganó la pelea comunicativa, la pelea por el tan mentado sentido común, y su lenguaje se enseñoreó de la práctica totalidad de los medios, exactamente al tiempo que los partidos de ese espectro comenzaban a conspirar contra todos los movimientos sociales que les impidieran llevar a práctica la nueva gobernanza que con el tiempo llamaríamos neoliberal. Resultado: percepción general de que la globalidad es de izquierdas y que, en consecuencia, la hipocresía domina, pues es igualmente evidente que todo ese lenguaje no se corresponde con la realidad de nadie. La derecha no solo gana apariencia disruptiva, sino un discurso que al tiempo que embustero, posee más verdad que el de sus supuestos oponentes.
Burbuja de la vivienda, burbuja digital, burbuja de la IA... Pinchemos de una maldita vez la burbuja comunicativa. ¿No es de verdad evidente que la izquierda lleva décadas peleando solo por el lenguaje, cayendo en una trampa tendida por ella misma pero apoyada con pleno entusiasmo, tan pronto se apercibieron de ella, por la derecha, donde nunca se olvidó que la pelea política está ante todo (¡sorpresa!) en la política?
18 mayo
El cine: el viento en los árboles.
La ficción: una chica y una pistola.
21 mayo
Vendería media alma por haber asistido a aquella sesión en que Stan Brakhage mostró varias de sus películas a Andrei Tarkovski. El año era 1983; el lugar, el Tenth Telluride Film Festival. El primero admiraba inmensamente al segundo, pero el segundo aborreció cada obra del primero. Tenemos la descripción precisa de la discusión por el norteamericano, que se dedicaba a defender una tras otra sus obras ante el artista admirado, proponiendo a raíz de ello una película más que, estaba seguro, esta sí le interesaría, solo para encontrarse con un odio aún mayor. Brakhage recuerda que tras más de veinte años teniendo que defender sus películas todos los argumentos lanzados en su contra le eran conocidos, hasta que escuchó algo “que quizás solo podía llegar de Rusia”: una diatriba contra la innovación misma, “insensata y destructiva” al decir de Tarkovski.
Obviamente estoy del lado de Brakhage en tanto la más débil e ínfima de sus obras barre el suelo con la fatuidad del metafísico de cuarta que era Tarkovski, pero no por ello la invectiva carece de interés. La innovación de la época de Brakhage directa o indirectamente se relaciona con la creencia firme de mucha gente en el inevitable cambio (a mejor) de su mundo (creencia acompañada de un actuar en consecuencia). Que otro mundo es posible no era un lema para sentirse bien sino una posibilidad real, y palpable en los numerosísimos movimientos sociales que en el mundo se propagaban a gran velocidad, agravados por un salto generacional que ocasionó una gran falta de reconocimiento entre los jóvenes, sus padres, y el mundo de sus padres. La posibilidad palpable, e incluso la certeza, de la revolución, y cuando menos el cambio social, político, económico, no puede no ir de la mano de un arte revolucionario, la multiplicación de pruebas de que otros modos de concebir las cosas son posibles. Brakhage no era un revolucionario social, pero participa de ese sustrato que va con el siglo.
Por ello, la afirmación de Tarkovski es chocante en todo, pues la negación de la importancia de la innovación estética no puede además no verse como socialmente regresiva. Pero lo cierto es que: ¿por qué la novedad tiene que ser un valor? Cuando Roland Barthes afirma que lo que le exige a toda obra es que sea nueva, no puedo no ver en ello una exigencia adecuada a la evolución del capitalismo que al mismo tiempo está teniendo lugar: la que al hacer de la producción y reproducción su centro convierte al producto sólido y duradero en enemigo en favor de la reproducción constante de novedades, la producción y producto que ya son uno con su publicidad, una que debe afrontar la multiplicación de objetos con la continua invención y propagación de nuevas cualidades y deseos para promocionarlos. Nada más patético que el artista que trata de defender su obra por sus elementos de novedad, pero ninguna evidencia más clara de que el procedimiento equivale al de la reivindicación de un nicho específico para un producto único... nicho de los “productos únicos”, idénticos en virtud de su novedad, paradoja que solo el capitalismo ha conseguido hacer real y aun cotidiana. La novedad como valor lleva a su casi imposibilidad, como la revolución soviética conllevaba la imposibilidad fáctica de revolución al verse su retórica y función usurpadas. La exigencia de novedad traslada al arte y al espíritu humanos la misma extenuación que la producción en masa al trabajador y a los recursos naturales, pero al fingirse exigencia propia supone una auto-explotación que, al contrario que la de la vida académica actual, se ve ideológicamente justificada por la identificación que la autenticidad y la novedad han adquirido como sentido último del arte. El artista autoexplotado por su búsqueda de mismidad y originalidad cree ejercer la norma del arte, pero se hunde en la inautenticidad pues, ante la extrema dificultad de lograrlo (ya que en el arte no existe la búsqueda sino el encuentro, es decir el trabajo), de forma inconsciente en el mejor de los casos acudirá a las retóricas de novedad en que la educación artística le ha entrenado y las distintas instituciones del mercado le permiten perfeccionarse. El artista, finalmente convertido él mismo en producto, conseguirá ser tan nuevo como todos, ocupando su lugar propio en los estantes del supermercado del arte.
22 mayo
Leído en pared: “Lo mismo es distinto mañana”.
27 mayo
David Bordwell habla de dos segundos que cambiaron el cine: el grito de la mujer que da inicio a la secuencia de las escalinatas de Odessa. Solo que, de esos dos segundos, uno está ocupado por un letrero: “y de repente”. Los cuatro planos utilizados por Eisenstein (de 7, 5, 8 y 10 fotogramas respectivamente, según Bordwell) solo duran un segundo. Lo que le hace ganar por uno al You suffer de Napalm Death, que dura dos (en los cds pone cuatro, pero por el silencio antes del siguiente tema). Bordwell hace notar que “no suele reconocerse cuántas veces los cambios en el arte cinematográfico suceden para mostrar violencia” (“it’s not usually recognized how often changes in film art are driven by showing violence”). Graciosamente, la afirmación no va mal para el tema más salvaje de la banda más punk del mundo, que por supuesto no deja de tener letra:
28 mayo
Variación de Adorno: al correr hacia la micro, corres exactamente hacia aquello de lo que huyes.
29 mayo
Cuando el protagonista lanza la cabeza de la estatua etrusca al mar, se evidencia que su agenda era otra que la búsqueda de tumbas, el gusto por la arqueología o incluso el vacío vital. Que Alice Rohrwacher muestre, junto a la perplejidad y ofensa de sus compañeros, la sonrisa satisfecha de la traficante de arte es el gran giro no obstante, pues toda dimensión ética o social de su labor (el aspecto más interesante y ocurrente de la primera parte) queda de golpe abolida y regresamos al punto de partida. El camino siempre fue solitario, más incluso de lo que pensábamos.
Pero, aparte de la vulgar animalización en la pelea del barco, el trato de la banda amateur como miserables al cabo sin escrúpulos, provoca que, mientras la gran y profesional traficante sí se ve beneficiada por el gesto (el amor a la muerte, a quién favorece sino a los poderosos), el perjuicio a los otros resulta eliminado. Podemos molestarnos porque la beneficie a ella, pero no nos resentiremos por la injusticia que les hace a ellos. Rohrwacher ha dejado muy claro que la ruptura definitiva no es solo por este daño, sino por la miseria de ellos, bestias ávidas de dinero, muy por “debajo” del metafísico buscador de tumbas.
Lo que me lleva a preguntarme por qué el protagonista es inglés. La extranjería me puede parecer pertinente, pero ¿por qué no ser de otra región de Italia que también genere la no pertenencia? Y si no es suficiente (el problema del idioma nunca es menor), ¿por qué no lituano, kazajo, ruso, senegalés, mongol, turco, chilote, griego, coreano, islandés, murciano? La pregunta no es menor, baste imaginar las mismas acciones a cargo de alguna de estas nacionalidades.
La chimera acaba escupiendo sobre el discurso de la noble (por pobre) búsqueda de tumbas y elevando a un ser condenado a la soledad y la miseria moral, sí, pero superior a los envenenados por eso que ya se niega como hermoso modo de sobrevivir a la pobreza y afirma en cambio como criminal codicia, pero además por inglés guapo, amable y elegante hasta en la desidia. Rohrwacher se niega toda la tensión que hubiera surgido si los ladrones amateurs hubieran sido gente noble; el lanzamiento de la cabeza hubiera sido más injusto pero con ello más justo, pues hubiera dado al gesto toda su gravedad solipsista precisamente por mostrar sus efectos exteriores en toda su dimensión. Es grave pero comprensible que el inglés ya no vea a su alrededor; es grave a secas que tampoco lo haga Rohrwacher.
30 mayo
Imbecilidad internetera del día: "No puedo concebir tener a mi lado una pareja que consuma pornografía".
31 mayo
Adorno otra vez, hablando ahora del abyecto cierre de Caché (Haneke):
“A la postre el alma es el anhelo de salvación de lo carente de alma”.
Y otra más, anticipando al Ballard que tildaba de sueño casto al cine pornográfico:
“Cuando la organización de la vida ya no deja tiempo para el placer consciente de sí mismo y lo sustituye por las ocupaciones fisiológicas, el sexo mismo desinhibido se desexualiza. Propiamente los sujetos ya no desean la embriaguez, sino tan sólo la compensación que pueda traer una ocupación que preferirían ahorrarse por superflua”.
1 junio
Eraserhead (David Lynch, 1977) pertenece a ese selecto grupo de películas magníficas con un mal cierre. Es evidente que termina con el cerebro del protagonista convertido en polvo de goma de borrar flotando en el espacio, y que lo que sigue (consuelo, medicina, religión) sobra. Tendencia general de Lynch a cerrar la idea fuera de sí misma. Tendencia, también, a la inanidad del arte como cura. Pero el arte no redime: o mata, o muere.
8 junio
Qué gloriosas fueron (o son, en la memoria) las temporadas 4 y 5 de Perdidos. ¿Por qué? Por ser las que al fin asumían que el centro de la serie no era ninguno de sus insoportables personajes con sus insoportablemente tópicas y plañideras historias, sino la isla. Convertida esta en el centro absoluto de la función, la fiesta fue completa, un dispendio de imaginación y el mejor ejemplo de vidas sometidas a un sistema imposible de entender. Llegada la sexta y última temporada, dos eran las posibilidades: ¿resolverán el sistema, o salvarán todos los problemas acudiendo a lo fácil, es decir: resolviendo a los personajes? Obviamente, fue lo segundo. Inútiles como los implicados daban para poco más, pero sería injusto no señalar que la solución es común. No hay raymonroussels en el cine, y por supuesto mucho menos en el comercial.
Uno se cría en la certeza de que el psicologismo es el enemigo, y crece en la evidencia de que nada puede contra él. Backrooms (tristemente, nada que ver con el universo gay), es la última decepción en la materia: un universo fascinante, hermoso, y unos actores perfectos para desarrollar seres vivos sin malgastar una sola palabra, desperdiciados en un desarrollo del psicologismo ramplón que domina nuestros días, todos los días. Un mundo nuevo, inmenso, lleno de posibilidades, ante el que nuevamente sus creadores fingen que todo se juega en la psique de dos gilipollas traumados. Como si hubiéramos ido al cine por ellos.
11 junio
Joaquín Edwards Bello viaja en tren, de Santiago a Valparaíso, para despedir a la Sombrerería Presciutti. Ya no se llevan los sombreros, tan ideales para saludar a las damas. Se cierran las viejas tiendas, pero el tren sigue el mismo recorrido que setenta años atrás. Señor Edwards, no se preocupe, hoy el problema está resuelto: ese tren ya no existe.
“Hace algún tiempo tuve un sueño impresionante”, nos dice el cronista. “Soñé que iba en un asiento aislado del tren a Valparaíso. De pronto el tren se detuvo con un fuerte golpe de ferralla, de palancas, de frenos y de rieles. Se escucharon gritos agudos de pánico. Aparecieron por la puerta del fondo unos individuos con las caras tiznadas y con pistolas apuntadas a nuestras cabezas. No hice caso de su grito de arriba las manos. Todos hicieron caso, menos yo. ¡Ya verán quién soy yo! Saqué mi revolver Smith y Wesson, herencia de mi padre, que ahora mismo veo. N° 222746. Pat. enero 24-66, reissue 82.”
La impresión que me causa leer esto no es pequeña. Con ese mismo revólver Edwards Bello se volaría la tapa de los sesos pocos años después. En Valparaíso y otros lugares, editado por Ediciones Universitarias de Valparaíso en 1974, no se indica la fecha de publicación de la crónica, pero en el anterior Memorias de Valparaíso, que también la incluye, sí: noviembre de 1961. El suicidio tendría lugar el 19 de febrero de 1968, casi siete años después, pero tras varios reducido físicamente e incapacitado para la escritura. Un día tomó ese arma que tenía tan a la vista, y se mató. Meses después, el 10 de septiembre, le seguiría el gran Pablo de Rokha, sumido en la ausencia de su esposa y de su hijo muertos. También de un disparo, también con un Smith & Wesson.
«Sigo con el sueño. En vez de levantar los brazos apunté a uno de los bandidos. Lo maté. El otro me hirió de un balazo en el pecho, pero seguí disparando y lo derribé. Entonces caí muerto como he deseado de pie y en pocos segundos, no en cama, entre chatas, potingues y frascos. Todos celebraban mi actitud y exageraban bastante. Así nacen los mitos. Este sueño es seguramente un producto de frustración. He soñado con gloria desde pequeño. El destino me ha negado ese minuto de gloria, pero no pierdo las esperanzas. Viajo siempre con mi revólver, sin perder de vista la puerta de mi vagón. A cada instante creo que van a aparecer los bandidos de mi sueño. Se abre la puerta y me digo: “Ahí vienen”. Pero no son los bandidos. Es el vendedor de pastelitos con manjar blanco. Es el de los boletos. Es la señorita que va al lavatorio. Ya no hay bandidos. Ya no hay héroes». Sí los hay. Disparan el arma contra sí mismos, muriendo en sus propios términos. Siempre desde adolescente pensé el suicidio en los términos de los quince minutos de fama de Warhol. Lo pensaba en relación al método del corte de venas, durante el que el autor de su muerte puede verla llegar, al ritmo de la sangre que le abandona, pero la gloria puede ser un segundo, es igual, el gesto radical y seguro del autoborrado, que en sí mismo empieza y acaba, y supone en consecuencia la forma de autoafirmación máxima. Impresionado por la inesperada (aunque había leído la crónica en Memorias, ¿por qué entonces me impresiona tanto ahora, hoy, esta noche?) aparición del revólver del que su propietario ama el origen e ignora el futuro, me impresiona la mención de la gloria y la obvia suma de factores que lleva a la unidad de héroe y bandido en un solo golpe, al resultado del suicido como triunfo definitivo de una vida con fama, pero sin gloria. Un segundo de gloria. Una fracción de segundo. Nada menos. Mi enhorabuena, señor Edwards.
15 junio
¿Cuántos besos puede contemplar un ojo sin agostar al resto del cuerpo? La humedad necesaria para mantener el brillo de la mirada, ¿no secará los labios hasta pudrirlos?
Pintor, el homicidio solo reina en tus fantasías: es la vida de tu piel la que te mira desde el óvalo inmóvil, es con tu carne que se hizo la tira de 16mm con que filmarás ese mar del que ojalá nunca hubieras salido.
16 junio
El libro Valparaíso y otros lugares, que nombré recientemente, es una de las muchas recopilaciones de crónicas que de Joaquín Edwards Bello aparecieron a partir del Crónicas que a propuesta de Alfonso Calderón se editara en 1966, aún en vida del autor. Hasta donde sé, debe ser la primera a cargo de las Ediciones Universitarias de Valparaíso (supongo que la segunda será la dedicada a las pésimas crónicas dedicadas a la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial), y una de las pocas no antologadas por Calderón (autor eso sí del prólogo).
Este libro, bellamente diseñado por el mítico Allan Browne, Alejandro Rodríguez y Marisol Ramírez, presenta un criterio de selección mucho más claro que las antologías de Calderón, pero tiene el problema de no indicar la fecha de publicación de ninguna crónica. Ni una. Con Calderón conste que también podía pasar: hay fechas en algunos libros pero no en otros, y cuando las hay no necesariamente es en todos los textos.
Pero leyendo Valparaíso y otros lugares me es imposible no sentir, por primer vez, que no hacen falta fechas. Hay algo de abrumadoramente atemporal en este libro, que lo convierte en la mejor antología de su autor. Y es, obviamente, no solo por lo rigurosamente pegado al tema de la selección de Luis Alberto Lagos, sino por el tema mismo. La atemporalidad del propio Valparaíso. Y una muy particular, pues está hecha de la evidencia abrumadora de su temporalidad. El Valparaíso de Joaquín Edwards Bello es el Valparaíso de la infancia que ya no existe y el de la edad madura que no solo no logra anular al del pasado sino que, en su constantemente reafirmada catástrofe, parece mantenerlo eternamente vivo, capital eterna del Planeta Melancolía. El Valparaíso de Edwards Bello, el Valparaíso eterno, apenas tenía poco más de un siglo cuando él empieza a dedicarle sus crónicas. En realidad, y digo no solo un lugar común, sino uno cierto, Valparaíso nace con la independencia, y muere con el Canal de Panamá. Nace con la libertad de comercio, al fin posible con la liberación del yugo español, pero muere con el comercio a su vez liberado del yugo geográfico. El capitalismo pare a Valparaíso, solo él capaz de convertir al puerto mugriento y escarpado en ciudad esplendorosa, el capitalismo lo destruye (mantenerlo en la condición de espectro ya es cosa de Chile a solas). Ni cien años. Valparaíso siempre está en el pasado, como la juventud y el amor; Valparaíso siempre está temblando y ardiendo, su esplendor no deja de pasar. Edwards Bello recuerda la gloria antigua como los bohemios de los sesenta recordarían la de sus años mozos, y los de fin de siglo recordarán a la vieja bohemia pre-dictadura, y los de este siglo a los 90 y hasta yo me he visto evocando la esplendorosa fiesta del Valparaíso que descubrí a mis 32 años, un ya lejano 2011.
Lo parece, pero no es ley de vida. Es la ley de Valparaíso: su incendio es perenne y eterno, porque siempre arde en el pasado.
17 junio
Escribo hoy para que conste en acta que en Chile todos dan por hecho que está al caer un gran terremoto. Se sabe que en 1973 todos sabían que habría un golpe, pero eso no es una gran adivinanza, y además hay que contar con el factor deseo inconsciente; pero esto es otra cosa. Ningún temblor me ha dado miedo, pero esta seguridad en la sacudida inminente sí confieso que me resulta un tanto aterradora. Hace poco fue en un cumpleaños, de generalizada seguridad en el hecho, y ayer una muy joven alumna, aseverando lo mismo, aportó datos de un geólogo amigo suyo: tensiones acumuladas en el norte y no sé qué más, de significación apoyada en los antecedentes de otras catástrofes, como el terremoto de 1985.
Hoy, siguiendo con Edwards Bello, doy justo en crónicas dedicadas a terremotos, el de 1906 destacadamente, que al parecer habría sido predicho con gran precisión por un tal capitán Middleton, del Observatorio Académico Naval: «Se cuenta que el almirante Silva Palma, en el comedor de su casa, reloj en mano, peroraba contra el joven marino “atolondrado”, que alarmaba a la población con absurdos pronósticos. “Ya ven ustedes como no pasa nada”, decía, cuando de pronto se escuchó el estruendo espantoso, y el incrédulo almirante rodó al suelo».
Buscando por ahí, encuentro que el adivinador existió. Se trataba de Arturo Middleton, Capitán de Corbeta y Jefe de la Oficina de Meteorología de la Armada de Chile, quien el 6 de agosto de 1906 entregó una carta escrita por él a puño y letra a El Mercurio de Valparaíso (si salió publicada ese día no termina de quedarme claro, pero si no fue ese asumo que sería al siguiente):
“REPUBLICA DE CHILE. ARMADA NACIONAL. Pronósticos sobre Fenómenos Atmosféricos. La Sección de Meteorología de la Dirección del Territorio Marítimo ha pronosticado fenómenos atmosféricos y sísmicos para el día 16 del presente mes, basada en las siguientes observaciones: El día fijado habrá conjunción de Neptuno con la Luna y máxima de declinación norte de ésta. A causa de estas situaciones de los astros, la circunferencia del círculo peligroso pasa por Valparaíso y el punto crítico formado con la del Sol cae sobre las inmediaciones del puerto. Valparaíso Agosto 6 / 1906 A. Middleton C.”.
Rodolfo Follegati, en Valparaíso, entre la Utopía y la Realidad, explica que "las predicciones de Arturo Middleton se basaban en una personal teoría del marino inglés, piloto de la Pacific Steam Navegation Company, Alfred Cooper, la cual se fundamentaba en la conjunción de los planetas, la luna y el sol y la influencia que ejercen sobre los fenómenos atmosféricos y sísmicos." Por mi parte, encuentro la predicción hermosa; no me creo nada de los astros, pero escuchar me embelesa. “La circunferencia del círculo peligroso”, “conjunción de Neptuno con la Luna y máxima de declinación norte de ésta”... ¡Qué belleza!
Los chilenos siempre me preguntan por mi reacción a los terremotos. En todos los países se buscan las muestras de debilidad del extranjero ante las peculiaridades locales; las reacciones negativas a los licores nativos son muy comunes (en España, la República Checa y Chile es creencia común que los extranjeros no saben beber), pero en Chile son los terremotos los que sobre todo generan un orgullo mal disimulado. Recuerdo al respecto un gran momento, vivido en un cine durante la proyección de Evil Dead Rise (que por cierto Lee Cronin recién superó con su hilarante Momia). Hacia el comienzo hay un terremoto que hace sacudirse todo el edificio, tiemblan las paredes, y en el suelo se abren grietas y agujeros por los que reafloran males antiguos que dejan la de dios. Minutos después, la televisión informa que el terremoto fue de 5 ́5. La sala entera se parte al unísono de risa, las carcajadas suenan por todos lados. En ese momento inolvidable, me sentí feliz de vivir en Chile.
El 22 de mayo de 1960 tuvo lugar en Valdivia el terremoto más grande registrado. 9,5 en la escala de Richter. Tuvo efectos en todo el planeta, y en Chile particularmente desató una serie de maremotos y catástrofes diversas que fueron detenidas (voy a imprimir la leyenda, amigos) el día 5 de junio. ¿Cómo? Mediante el sacrificio de José Luis Painecur Painecur, de 6 años, a manos de su abuelo y la machi Juana Namuncura Añén, quienes al parecer lo arrojaron al mar, no tengo claro si vivo o muerto, si entero o en pedazos. ¿Quieren más? El sacrificio no fue secreto, llegó a ser juzgado, y la machi fue declarada exenta de responsabilidad criminal. Jorge Teillier dedicaría ese mismo año un hermosísimo poema al asunto: “Muerte y resurrección”. Vaya la primera estrofa:
Antes que de nuevo floreciera
la sangre en la piedra de sacrificio
había un puerto de días tranquilos
como ruidos de remos en el agua.
Allí había tiempo de sobra
para escuchar horas y horas el griterío de las gaviotas,
o buscar una vertiente para beber tras las cacerías de otoño,
o dormir largas tardes escuchando entre sueños
a los pinos de cara arrugada
que enseñaban a hablar a los primeros brotes de la primavera.
Hasta que de pronto todo volvió a ser como en el principio:
sólo el frío y el chillido de un pájaro,
sólo el ruido de las olas
rompiendo un esqueleto lanzado al roquerío.
No puedo no mencionar un gag excelente de la película De la noche a la mañana (Manuel Ferrari, 2020), obra injustamente ignorada entre las filmadas en esta ciudad. En los minutos finales hay un temblor, y el protagonista, un argentino descabellado, sale gritando. “¡Terremoto! ¡Terremoto!”. Nadie aparece; la tranquilidad del campo es total. Al poco, llega un perro. Tardé un par de segundos en darme cuenta del chiste. El perro ya había sido presentado. Su nombre: Terremoto.
18 junio
Hay muchos Valparaísos, pero todos están en este.
21 junio
Tanto pasado para tan poco futuro...
26 junio
“La técnica es otro nombre para el estilo fracasado”. Confluencia entre John Waters y Raúl Ruiz a manos de Cecil B. Demente.
1 julio
“Bailar mal es lo único que nos queda” (leído en Instagram, oigan).
2 julio
“La explotabilidad – el a priori de la producción consecuentemente ajustada al mercado- no permite que en absoluto aparezca la necesidad espontánea de aquélla, de la cosa misma. Hasta los productos de la cultura exhibidos y repartidos por el mundo con la mayor ostentación repiten, aunque sea por obra de una maquinaria impenetrable, los gestos del músico de restaurante, que mira de soslayo al platillo sobre el piano mientras ejecuta las melodías favoritas de sus favorecedores. Los presupuestos de la industria cultural se cuentan en miles de millones, pero la ley formal de sus producciones es la propina” (Adorno).
4 julio
En algún lugar existe el verano. Bastarían las dos horas al aeropuerto, las tres de espera y policía, las algo más de 13 horas de vuelo, y el verano volvería a existir. Por un instante. Pues el invierno siempre es invierno, y el otoño, como decía Carlos León, practica todos los días, al atardecer; pero el verano... ¿dónde está el verano?
6 julio
Su autora podrá ser la censura, pero no por eso dejaré de considerar que la antaño célebre elipsis de Frankenstein (James Whale, 1931) es una de las más inspiradas en su género. Y no puede no entristecerme que varias generaciones ya de cinéfilos se la hayan perdido por la recuperación del plano extraído: el “monstruo” lanzando a la niña al agua. Plano de una brutalidad inusitada para su época, y supongo que por ello prohibido, su falta dejó empero sitio a algo mucho más interesante y hermoso: no la sugerencia, esa entelequia tan ensalzada por las almas mediocres (rara vez se piensa el sugerencia de qué, de modo que su defensa acaba siendo tan fetichista como la de su contrario), sino la poesía, la asociación niña-flor, que por la falta del acto violento queda suspendida hasta despertar en la conmovedora imagen del padre con su hija muerta en los brazos, húmeda aún por las aguas del río. El crimen, desprendido de su realización material, queda desnudo en su motivación inocente, ideal, y por ello permite tanto profundizar la simpatía hacia el monstruo como hundirse en la triste realidad del crimen tan bellamente motivado.
Soy amante de la violencia cinematográfica, pero el monstruo lanzando a la niña al río culmina de forma equivocada una escena hermosa que no merece acabar con esa imagen grotesca. La acción inconclusa del plano en que Karloff representa la reflexión del monstruo, su contrariedad por quedarse sin flores, la asociación por la que la niña es entendida como flor, la inocencia de ignorar en el fondo todo sobre la muerte, el gesto final de alargar las manos al fuera de campo... eso, eso merece quedar suspendido en el proceso mental, asociativo, y culminarse del mismo modo, minutos después, con la violencia en un aparte terrible, inimaginable. Pues al fin y al cabo qué puede ofrecer ese plano infamemente recuperado, y del que ya no hay modo de librarse, más que la enésima mentira, una y otra vez repetida: que algo así puede ser imaginado.
7 julio
“Pues les diría que, desde mi punto de vista, que un idiota que no es de aquí se ponga a decir chorradas para quedar muy bien y diga ‘viva esto y viva lo otro’ y luego me marcho a mi pueblo, me parece que es necio por mi parte, me sentiría estúpido haciéndolo, eso es lo que digo. Luego yo me largo y se queda todo el mundo dándose las palizas aquí, me parece tonto, por eso no lo hago, nada más, si a eso le llaman como que no apoyo, pues allá cada uno con sus cosas. No puedo hacer otra, es que no me parece real, estaría haciendo el huevo, lo que he criticado tantas veces de otra gente.” Me siguen pareciendo acertadas, modélicas y casi sabias estas palabras de Evaristo sobre su falta de referencias al estallido chileno de 2019, que le acabaron valiendo las acusaciones de “amarillo”, la funa y finalmente el boicot al concierto de La Polla Records en el ya legendario concierto del 16 de febrero de 2020 en Santiago en el que no terminaron ni el cuarto tema. Y no es que Evaristo no apoyara; el 14 de aquel mismo febrero, por ejemplo, afirmaba: “No conozco Chile lo suficiente para opinar con sabiduría del tema, sería necio hacerlo, pero yo desde luego que no lo vi venir. Aunque como individuo planetario, me parece cojonudo que la gente se defienda y luche por tener el mando y el poder de sus vidas; donde yo vivo sólo luchamos por el mando de la tele”.
Evaristo, en suma, no quería ser Roger Waters, y se lo hicieron pagar. Vaya desde aquí mi admiración hacia su actitud ejemplar, un día después de enterarme de las alabanzas de Patti Smith a... ¡Pedro Sánchez!
9 julio
Leo a Alberto Mayol sobre la encuesta de LCN relativa a los cien primeros días de gobierno de Kast: “El concepto de gobierno de emergencia aparece debilitado: un 53% considera que no representa la situación de Chile y que se usa para responsabilizar a gobiernos anteriores. El punto es decisivo porque Kast no llegó simplemente ofreciendo un gobierno de derecha. Llegó diciendo que Chile vivía una emergencia y que, por tanto, requería una conducción excepcional. La encuesta sugiere que esa idea ya no produce consenso mayoritario. Funcionó como táctica electoral; permitió ordenar malestar, miedo, cansancio y expectativa de autoridad. Pero como modelo de gobierno aparece hoy mucho menos sólido. La emergencia ya no opera como evidencia común, sino como una interpretación discutida. Allí está el problema mayor. Si el gobierno se funda en la emergencia, pero la mayoría no reconoce esa emergencia en los términos del gobierno, se debilita la autorización simbólica de todo el proyecto.” El problema es si la autorización simbólica es necesaria para sostener un gobierno. Mayor desautorización que la recibida por Piñera en el estallido de 2019-2020 es difícil de pensar, y pese a ello terminó tranquilamente su gobierno y de aquello no queda hoy ni la nueva constitución que la oficialidad tuvo la brillante idea de ofrecer como zanahoria al movimiento. Ni eso. ¿Quién necesita autoridad simbólica? Cabe pensar que algo así solo hace falta para llegar al gobierno, no para ejercerlo.
12 julio
Creo que no está de más dejar constancia aquí del tweet que Miguel Ángel Rodríguez publicó el pasado 2 de julio, y sobre el que debí escribir a un amigo para comprobar si era verdadero o falso, suponiendo obviamente la respuesta. Va por ustedes:
“Ley de Ayuso del concebido no nacido. Esto significa que, según termina de fecundar, antes de ducharse, lo que tiene la mujer en su vientre es una persona con derechos. Derechos también para su familia. Esto es la revolución frente a la cultura woke e izquierdista”.
13 julio
“Tu destrucción fue mi Beatriz”.
14 julio
Escucho a Bolaño cuestionar a alguien que le niega ser escritor chileno. ¿Qué otra cosa iba a ser?, dice. ¿Escritor mexicano, boliviano? En todo caso, destaca, es escritor en lengua castellana, y afirma absurdo distinguir nacionalidades entre literaturas escritas en la misma lengua.
¿Podría decirse lo mismo en el caso del cine? El idioma no sirve, pues el cine no se “escribe” sino en imágenes y sonidos, entre los cuales el lenguaje, que no es elemento esencial. La discusión sobre las nacionalidades de ciertos autores suele fijarse en rasgos identitarios, o al tiempo vivido en unos países u otros, pero en el caso del cine tiendo a considerar determinante principal a la industria con la que hayas tenido que lidiar. Así, no es que me niegue a considerar a Buñuel cineasta español, pues en España nació y no se le nota poco, pero siento que se comete una gran injusticia cuando se le considera “el mejor cineasta español”, por la gran desigualdad de condiciones experimentadas: Buñuel no tuvo que bregar con la infame industria y condiciones políticas con las que se las tuvieron que ver Luis García Berlanga, Francisco Regueiro o Víctor Erice (mis tres candidatos a la categoría, aunque me tienta cambiar a Erice por Neville). Francia le dio a Buñuel todo lo que quiso, algo que en España solo logró con Viridiana (y ya sabemos cómo acabó la aventura), mientras que México, con todas sus exigencias y limitaciones, le permitió una capacidad de maniobra que en España no hubiera podido ni soñar.
Pero reconozco que la cuestión tiene poco vuelo, pues mi única queja se da en el marco de este tipo de competiciones, de listas. ¿Hubiera Buñuel sido superior a Berlanga de haber desarrollado toda su carrera en España? Nunca lo sabremos y ni falta que hace, pero basta considerarlo para darse cuenta de lo injusto que es valorar al aragonés en el mismo grupo que los cineastas que sí desarrollaron su carrera en el país. Si se quiere medir, lo adecuado es colocar a Buñuel entre los cineastas mexicanos y/o franceses. Si no se trata de listas ni carreras de caballos, Buñuel es, obviamente, un cineasta español: nacido, criado, y en contacto constante.
No sé lo suficiente del aspecto material de la vida literaria, pero a Bolaño le preguntaría por la misma cuestión: ¿de qué manera determina la industria editorial del país su trabajo? Asumo que es un factor aunque, allá donde el cine precisa un cierto aparato industrial y legal para realizarse, Juan Marsé, para que Si te dicen que caí viera la luz, se bastó con publicarla en México. No le hizo falta mudarse, siquiera trasladarse un par de meses. Ahora bien, si viviendo en Barcelona hubiera publicado toda su obra en México, ¿no podría considerársele un escritor mexicano? Y Wang Bin, que vive en China, y del que toda la obra está dedicada a China pero se encuentra prohibida allí, ¿es un cineasta chino? Y ya que estamos, una confesión: mi película Noviembre ha sido concebida, grabada y editada en Chile, además de “financiada” con dinero chileno, por lo que es una película 100% chilena. Mi primer largometraje chileno, de hecho, cosa que me agrada sinceramente. Sin embargo, ¿por qué me siento un poco embustero, y hasta indigno de la calificación?
15 julio
Por primera vez he leído una colección completa de artículos de Slavoj Žižek (En el claroscuro aparecen los monstruos, editado por LOM el año pasado) y me ha divertido mucho observar que no es tan distinto escribiendo a hablando. Su capacidad para dar saltos de unos temas a otros es encomiable y hace su lectura muy entretenida, entre otras cosas porque, al menos esa ha sido mi impresión, no siempre consigue hacer bien el nudo final. Pero algunos giros son muy inspirados. Mi ejemplo favorito se encuentra en medio de un artículo sobre decrecimiento en el que acaba hablando de sexo:
«Nos convertimos en humanos precisamente en el momento en que el sexo deja atrás su objetivo “natural” de procreación y se convierte en un fin en sí mismo. Y es completamente erróneo caracterizar este giro como un dejarse llevar por deseos sensuales ilimitados: el sexo intenso como un fin en sí mismo, separado de su objetivo natural, es presumiblemente, nuestra experiencia meta-física más elemental: nuestro placer sensual se “transubstancia” en una experiencia de otra dimensión, una dimensión más allá de la realidad física directa».
En la página siguiente, en todo caso, después de una inspirada crítica a la espiritualidad, plantea cómo, “a diferencia de los órdenes sociales premodernos que ofuscaban la paradoja del deseo humano y presuponían que este se estructura de manera teleológica (los humanos aspiramos a algún objetivo último, ya sea la felicidad u otra forma de realización material o espiritual, buscando encontrar paz y satisfacción en su consecución), el capitalismo es el primer y único orden social que incorpora en su funcionamiento la paradoja fundamental del deseo humano”.
El capitalismo y la “naturaleza humana” encajan, según el siempre lacaniano Žižek. Pero cabe pensar si ese encaje no se debe al psicoanálisis mismo, base de unos mass media centrales para la manufacturación de la psique que el sistema de producción capitalista necesitaba. En unas divertidas declaraciones, Vladimir Nabokov se cagaba en Freud diciendo que qué demonios iba a saber un señor austriaco de su psique (“yo nunca he soñado con paraguas”). El psicoanálisis y el chamanismo coincidirían en producir las curaciones acordes a sus sistemas socioeconómicos, por la vía de adaptar a estos las psiques de sus habitantes. Žižek recuerda el verso de Wagner, “la herida solo puede ser sanada por la lanza que la infligió”, pero tiendo a pensar que el psicoanálisis sería el tipo de lanza que solo te ofrece tiritas para el desastre causado.
Bienvenidas en todo caso, oigan.
16 julio
Al mundo de lo íntimo se le llama intimidad.
Pero al de lo público no se le llama publicidad.
¿No?
17 julio
“Perdona virgencita por esto / pero me tiene chato tanto perdón”. Aleluya al poema de Erick Pohlhammer dedicado a la “Virgen de Llolleo”. “El gasfíter rompió la cañería del baño / Pidió perdón y jamás la arregló”. Arréglala, cabrón, de qué nos sirve el perdón. “No tiene perdón el abuso fraudulento del perdón, es muy fácil / andar acelerado desconectado de la armonía cósmica del Tao / pisoteando flores bonitas de jardines ajenos / entero enajenao pidiendo perdón”. Amén. Vaya sobre todo en recuerdo de esos millones de enamoradas y enamorados que han tenido que comerse a parejas desbocadas soltando espumarajos injustos por la boca porque, oigan, es importante expresar tus sentimientos y no quedarse uno con esas cosas dentro así que tírale toda la mierda al que más te quiera y luego ya si eso, cuando te sientas liberado y relajada y tu cáncer crezca satisfecho pero en el cuerpo de enfrente, ya entonces si eso le pides perdón.
Bocazas del mundo: aprended a cultivar vuestros propios tumores y no los propaguéis por el mundo. El express yourself quedáoslo, eso, en yourself.
18 julio
“Una manera de detectar las malas novelas históricas es que sus personajes saben que están viviendo un momento histórico. Todos cumplen su estereotipo como si fuera una asignatura en la que pretendan sacar una buena nota”. Totalmente de acuerdo con estas palabras de Gonzalo Torné, pero, al mismo tiempo, creo que del 68 en adelante cualquier novela histórica debería tener en cuenta precisamente eso: la autoconciencia histórica de los protagonistas de los acontecimientos históricos, hasta tal punto que hoy en día cualquier cosa ínfima es susceptible de ser considerada como tal. ¿Cómo contar la historia del 15M, de Podemos, del estallido, sin mostrar la autoproyección histórica, ideal, de sus agentes? ¿que esos acontecimientos eran ya en sí mismos representaciones aun en sus dimensiones más íntimas, y que sus protagonistas se medían con la historia (incluso futura) más que con el presente?
19 julio
«Los representantes de Más Madrid, Movimiento Sumar, los ‘Comuns’ e Izquierda Unida van conversando de manera fluida e incrementando la confianza. Incluso se permiten reírse de sí mismos: en la búsquedas de marcas, algunos se autodenominan los ‘UPA dance’, por el grupo musical surgido del programa de TV llamado ‘Un paso adelante’». La anécdota, reflejando el humor propio de la dimensión intrahistórica, no puede reflejar mejor en lo que ha quedado la histórica. Sobre todo por nuestro lado. Según Daniel Galvalizi, "ya está en marcha el análisis de diferentes marcas electorales para el Sumar 2.0 que se presentará en las próximas elecciones generales. También se ha encargado hacer testeos a especialistas de comunicación política y analistas de encuestas cuál de esas nuevas marcas puede funcionar mejor." Mal haríamos limitando a Sumar la tendencia. Si, en efecto, Internet se ha robado toda humanidad, entre nuestros deberes políticos está el de recuperarla de su secuestro, lo cual solo puede hacerse buscándola en su exterior, es decir: donde siempre estuvo. No otra cosa hizo el primer Podemos, el único que puede declararse exitoso en algún grado.
Es momento de asumir que hemos sido derrotados (aunque mal hago incluyéndome) y que en consecuencia nuestro trabajo es de resistencia. No debió haberlo sido en los 80, pero Internet es un fin de partida real, definitivo, que obliga a afrontar una lucha en las catacumbas que forzosamente habrá de ser lenta y aparentemente imposible (como tantas veces acostumbra a parecer la resistencia). Esas catacumbas están formadas por esas calles y esos cuerpos de los que todo el mundo habla en Internet. No tienen la vistosa pinta de las películas de Hollywood que ante sus carteles emulan los jóvenes en las plazas. Porque "la revolución no será televisada" no es una afirmación, no dice lo que es: es un lema, es un dictum, es un deber. Porque ninguna cámara puede, ni sobre todo debe, registrar cómo cambia el mundo.











