lunes, 20 de julio de 2026

Dietario (10)


11 mayo

Si alguien me vuelve a decir lo buen guionista que es David Koepp, sacaré mi pistola, le apuntaré a la cabeza y, antes de disparar, le leeré esto:

«”In writing Jurassic Park, I threw out a lot of detail about the characters," says Koepp, "because whenever they started talking about their personal lives, you couldn't care less. You wanted them to shut up and go stand on a hill where you can see the dinosaurs. When we announced the sequel, I got this packet of letters from an elementary-school class somewhere outside San Francisco, and one of the kids wrote that we should add a stegosaurus and this and that, but 'whatever you do, please don't have a long, boring part at the beginning that has nothing to do with the island.' In other words, the premise of these movies is so exciting the usual cat-and- mouse game just doesn't work. The kid is only eight, but he's right, and I kept his letter on my desk. On my tombstone it'll say my name, the years I lived, and then, IT TOOK TOO LONG TO GET TO THE ISLAND».

12 mayo

En un excelente making-of sobre Bowling for Columbine (2002), Michael Moore explica cómo su película triplicó la recaudación más alta que hubiera alcanzado documental alguno en su país, y que ello le llevó a pensar que tendría efectos, quizá en el uso de las armas, quizá en la propia identidad norteamericana de la que trata, más bien, su película. Pero obviamente, constata que no fue así. Jean Renoir decía que la prueba de que el cine no podía cambiar la realidad era que la II Guerra Mundial llegó pese al éxito de La gran ilusión, pero yo diría que Michael Moore puede afirmar lo mismo con más base.

Pienso en todo esto al leer las siguientes palabras de Frederick Wiseman:

“Film ideologues are not interested in the discovery and surprise aspect of documentary filmmaking, or in trusting their own or anyone else’s independent judgment, but want documentary filmmakers to confirm their own ideological, abstract views which have little or no connection with experience. Some documentary filmmakers urged on in their self-generated political fantasies by academics and other ideologues, by film barons and bureaucrats, and by all those who form the parasitic platoons fluttering around film-makers, believe documentaries must educate, expose, inform, reform and effect change in a resistant and otherwise unenlightened world. Documentaries are thought to have the same relation to social change as penicillin to syphilis. The importance of documentaries as political instruments for change is stubbornly clung to, despite the total absence of any supporting evidence.”

Escritas en 1994, las primeras frases anticipan la dictadura del guion que absurdamente se ha enseñoreado del universo documental, por no hablar de la exigencia de discursos e intenciones a priori. Y cuánto más admirar la inspirada mención de los “parasitic platoons fluttering around film-makers”.

Son estas ideas las que me parece enriquecen y dotan de su potencia a las frases finales, cargadas de una voluntad de descubrimiento, de conocimiento, de riqueza y complejidad, que no suele encontrarse en quienes hacen idénticas afirmaciones.

En todo caso, no estará mal evocar al respecto un artículo de John Gianvito que, entre otras cosas, niega la mayor: “Con respecto al objetivo de que hacer una película, escribir una novela, producir cualquier obra de arte, pueda de alguna manera cambiar realmente el mundo, admito sin reparos que tales ambiciones deben abordarse con considerable escepticismo y la mayor humildad. Además, en la mayoría de los casos, poder medir y cuantificar verdaderamente el impacto material de una película es prácticamente imposible. En la mayoría de los casos, pero no en todos”. Y así, entre otros, Gianvito nos recuerda que Cathy Come Home (1966) de Ken Loach “condujo directamente a la formación de CRISIS, una organización benéfica nacional, que ofrece servicios anuales de educación, empleo, vivienda y salud, además de presionar al gobierno para que se produzcan cambios políticos que prevengan y mitiguen la falta de vivienda”; que La sangre del cóndor (1969) de Jorge Sanjinés provocó la expulsión de Bolivia de los Cuerpos de Paz de los Estados Unidos, cuya esterilización forzada de mujeres indígenas había denunciado; que The Thin Blue Line (1988) de Errol Morris, aportando pruebas de su inocencia, llevó a la anulación de la condena a cadena perpetua de un hombre condenado por asesinato; o, caso más famoso, que el desaparecido Ku Klux Klan volvió a la vida gracias a El nacimiento de una nación (D. W. Griffith, 1914), el ejemplo más irrebatible e imperecedero de la potencia política del arte; ¿o valdría más decir “de cierto arte” y “de cierta línea política”?

13 mayo

Imposible no pensar que Black Legion (Archie L. Mayo, 1937) sirvió de modelo para el Killers of the Flower Moon (2023) de Martin Scorsese, sobre todo cuando un momento importante de la narración pasa a ser representado en un estudio de radio; aquí, también se siente que la película debiera terminar en la grabación, y aunque la escena siguiente merece la pena por la sola visión de un hundido Humphrey Bogart, en efecto el resto es en cierta medida sobrante por lo obvio de un recorrido destinado a culminar en el discurso inevitable del juez. Pero lo que convierte en interesante esta sección final es el retorno de la esposa, una fantástica, y por lo que veo no muy valorada, Erin O'Brien-Moore. Si la película ha sido sobresaliente, el pequeño bache del cierre queda lacrado en oro por el intercambio de miradas en movimiento entre ella y Bogart. Mayo aprovecha a fondo la salida del juzgado, que impide dedicar el plano de cierre al actor por su salida de campo, y se queda con Moore, cuya mirada, durante el plano-contraplano en que los dos se siguen mientras caminan hasta perderse para siempre, trasciende el dolor, el sufrimiento y cualquier emoción nombrable. No sé qué carajo hace en ese momento, podría ser la mirada de un alucinado, pero tampoco ese adjetivo sirve. Solo sé que Mayo, perdido Bogart, avanza hacia un primer plano de ella, y lo sostiene como nunca he visto a actriz o actor sostener uno. Supongo que, simplemente, ha perdido al ser que ama en el exacto mismo movimiento con que lo ha recuperado. Nunca he visto un momento así tan bien sintetizado, y tan radicalmente transfigurado, en toda la historia del cine.

Sobre el subrayado: poder del cine para obtener transfiguraciones, movimientos por lo que algo conocido, sin dejar de serlo, se traslada, se reconfigura, muta, insisto, sin dejar de ser lo que es, en algo que es otra cosa, que salta a otra dimensión o se deja traspasar o iluminar por algo de otro orden. En los planos finales de Black legion, todos podemos nombrar el contenido de la emoción a transmitir, pero ninguno de los dos intérpretes parece dispuesto a dejar que su emoción se deje acotar en sus límites, y en consecuencia algo de otro orden, algo indefinible se dibuja con los ropajes de esa definición. La emoción se ha transfigurado y los rostros hacen algo más que comunicar, abierto quizá en su interior el silencio de lo perdido.

14 mayo

Nadie lee a los poetas, pero, ¿quién escribe pensando que será leído? ¿No sabe todo artista que no hay ya posteridad posible? ¿Que si no mañana, algún día, la humanidad se extinguirá irremisiblemente, o mutará en algo a lo que nada importarán nuestras creaciones, que no sabrá si descifrarlas siquiera como tales? ¿Qué tiempo futuro leerá las obras de los grandes creadores de hoy, verá las grandes películas? El mismo que a los mediocres: ninguno. El futuro no nos espera y en todo caso no sabrá reconocernos. La gloria ha regresado al presente del que en el fondo nunca salió y creo firmemente, aunque digan lo contrario, que nadie se engaña al respecto. Máxime cuando todos sabemos que no fue el tiempo el que salvó la grandeza de Sófocles sino el éxito ante sus contemporáneos, los premios ganados en los festivales. ¿No nos dice esto que quizá sea Pérez Reverte el único escritor que sobreviva de nuestra época? Cuantos más ejemplares impresos, más posibilidades de salvación. El papel tarda más en arder que el celuloide o los soportes digitales, más aún si hay muchos juntos (Libro = Papeles Unidos Jamás Serán Vencidos), y en todo caso ningún extraterrestre sabrá qué es un cd, pero sí podrá ver que hay imágenes en una tira de 35mm o signos en un papel.

El artista de éxito sabe, si no es inocente, que su fama solo le asegura el dominio sobre el ahora. Al manifestar sin ambages que después de su muerte nadie le recordará, Pérez Reverte no revela modestia sino, muy al contrario, la vanidad del triunfo sobre la única posteridad ya admitida, la posteridad presente: la victoria sobre tus contemporáneos, el éxito económico y el reconocimiento público, que además conllevan también el crítico. Pérez Reverte y Spielberg, los únicos supervivientes.

Pero no se amargue el artista riguroso, el futuro ausente es para todos. Hablamos en el vacío del tiempo, nada de lo que digamos importará, nuestro arte nunca tendrá consecuencias. Esos ojos radicalmente ajenos que contemplen nuestra obra desde otro tiempo, sabemos que no llegarán. El privilegio de saber que serás leído a dos mil años vista, el privilegio de soñar con la eternidad, es ya eso, el privilegio de soñar. Otros prefieren follar. ¿Quién podría cuestionárselo?

Artista, tu amor nunca será correspondido. Haces bien, pues, en no amar.

17 mayo

Mis redes deben compartir mi sentido del humor basado en tocarle los cojones al prójimo, porque constantemente me envían citas, links, reels y lo que haiga falta de luminarias diversas denunciando cómo puede ser que la izquierda no se de cuenta de que la pelea por el lenguaje es importante, y que la derecha lo sabe perfectamente y de ahí su éxito. Desde los 60, en gran parte del mundo la izquierda ganó la pelea comunicativa, la pelea por el tan mentado sentido común, y su lenguaje se enseñoreó de la práctica totalidad de los medios, exactamente al tiempo que los partidos de ese espectro comenzaban a conspirar contra todos los movimientos sociales que les impidieran llevar a práctica la nueva gobernanza que con el tiempo llamaríamos neoliberal. Resultado: percepción general de que la globalidad es de izquierdas y que, en consecuencia, la hipocresía domina, pues es igualmente evidente que todo ese lenguaje no se corresponde con la realidad de nadie. La derecha no solo gana apariencia disruptiva, sino un discurso que al tiempo que embustero, posee más verdad que el de sus supuestos oponentes.

Burbuja de la vivienda, burbuja digital, burbuja de la IA... Pinchemos de una maldita vez la burbuja comunicativa. ¿No es de verdad evidente que la izquierda lleva décadas peleando solo por el lenguaje, cayendo en una trampa tendida por ella misma pero apoyada con pleno entusiasmo, tan pronto se apercibieron de ella, por la derecha, donde nunca se olvidó que la pelea política está ante todo (¡sorpresa!) en la política?

18 mayo

El cine: el viento en los árboles.

La ficción: una chica y una pistola.



21 mayo

Vendería media alma por haber asistido a aquella sesión en que Stan Brakhage mostró varias de sus películas a Andrei Tarkovski. El año era 1983; el lugar, el Tenth Telluride Film Festival. El primero admiraba inmensamente al segundo, pero el segundo aborreció cada obra del primero. Tenemos la descripción precisa de la discusión por el norteamericano, que se dedicaba a defender una tras otra sus obras ante el artista admirado, proponiendo a raíz de ello una película más que, estaba seguro, esta sí le interesaría, solo para encontrarse con un odio aún mayor. Brakhage recuerda que tras más de veinte años teniendo que defender sus películas todos los argumentos lanzados en su contra le eran conocidos, hasta que escuchó algo “que quizás solo podía llegar de Rusia”: una diatriba contra la innovación misma, “insensata y destructiva” al decir de Tarkovski.

Obviamente estoy del lado de Brakhage en tanto la más débil e ínfima de sus obras barre el suelo con la fatuidad del metafísico de cuarta que era Tarkovski, pero no por ello la invectiva carece de interés. La innovación de la época de Brakhage directa o indirectamente se relaciona con la creencia firme de mucha gente en el inevitable cambio (a mejor) de su mundo (creencia acompañada de un actuar en consecuencia). Que otro mundo es posible no era un lema para sentirse bien sino una posibilidad real, y palpable en los numerosísimos movimientos sociales que en el mundo se propagaban a gran velocidad, agravados por un salto generacional que ocasionó una gran falta de reconocimiento entre los jóvenes, sus padres, y el mundo de sus padres. La posibilidad palpable, e incluso la certeza, de la revolución, y cuando menos el cambio social, político, económico, no puede no ir de la mano de un arte revolucionario, la multiplicación de pruebas de que otros modos de concebir las cosas son posibles. Brakhage no era un revolucionario social, pero participa de ese sustrato que va con el siglo.

Por ello, la afirmación de Tarkovski es chocante en todo, pues la negación de la importancia de la innovación estética no puede además no verse como socialmente regresiva. Pero lo cierto es que: ¿por qué la novedad tiene que ser un valor? Cuando Roland Barthes afirma que lo que le exige a toda obra es que sea nueva, no puedo no ver en ello una exigencia adecuada a la evolución del capitalismo que al mismo tiempo está teniendo lugar: la que al hacer de la producción y reproducción su centro convierte al producto sólido y duradero en enemigo en favor de la reproducción constante de novedades, la producción y producto que ya son uno con su publicidad, una que debe afrontar la multiplicación de objetos con la continua invención y propagación de nuevas cualidades y deseos para promocionarlos. Nada más patético que el artista que trata de defender su obra por sus elementos de novedad, pero ninguna evidencia más clara de que el procedimiento equivale al de la reivindicación de un nicho específico para un producto único... nicho de los “productos únicos”, idénticos en virtud de su novedad, paradoja que solo el capitalismo ha conseguido hacer real y aun cotidiana. La novedad como valor lleva a su casi imposibilidad, como la revolución soviética conllevaba la imposibilidad fáctica de revolución al verse su retórica y función usurpadas. La exigencia de novedad traslada al arte y al espíritu humanos la misma extenuación que la producción en masa al trabajador y a los recursos naturales, pero al fingirse exigencia propia supone una auto-explotación que, al contrario que la de la vida académica actual, se ve ideológicamente justificada por la identificación que la autenticidad y la novedad han adquirido como sentido último del arte. El artista autoexplotado por su búsqueda de mismidad y originalidad cree ejercer la norma del arte, pero se hunde en la inautenticidad pues, ante la extrema dificultad de lograrlo (ya que en el arte no existe la búsqueda sino el encuentro, es decir el trabajo), de forma inconsciente en el mejor de los casos acudirá a las retóricas de novedad en que la educación artística le ha entrenado y las distintas instituciones del mercado le permiten perfeccionarse. El artista, finalmente convertido él mismo en producto, conseguirá ser tan nuevo como todos, ocupando su lugar propio en los estantes del supermercado del arte.

22 mayo

Leído en pared: “Lo mismo es distinto mañana”.

27 mayo

David Bordwell habla de dos segundos que cambiaron el cine: el grito de la mujer que da inicio a la secuencia de las escalinatas de Odessa. Solo que, de esos dos segundos, uno está ocupado por un letrero: “y de repente”. Los cuatro planos utilizados por Eisenstein (de 7, 5, 8 y 10 fotogramas respectivamente, según Bordwell) solo duran un segundo. Lo que le hace ganar por uno al You suffer de Napalm Death, que dura dos (en los cds pone cuatro, pero por el silencio antes del siguiente tema). Bordwell hace notar que “no suele reconocerse cuántas veces los cambios en el arte cinematográfico suceden para mostrar violencia” (“it’s not usually recognized how often changes in film art are driven by showing violence”). Graciosamente, la afirmación no va mal para el tema más salvaje de la banda más punk del mundo, que por supuesto no deja de tener letra:

Sufres
pero ¿por qué?

28 mayo

Variación de Adorno: al correr hacia la micro, corres exactamente hacia aquello de lo que huyes. 


29 mayo

Cuando el protagonista lanza la cabeza de la estatua etrusca al mar, se evidencia que su agenda era otra que la búsqueda de tumbas, el gusto por la arqueología o incluso el vacío vital. Que Alice Rohrwacher muestre, junto a la perplejidad y ofensa de sus compañeros, la sonrisa satisfecha de la traficante de arte es el gran giro no obstante, pues toda dimensión ética o social de su labor (el aspecto más interesante y ocurrente de la primera parte) queda de golpe abolida y regresamos al punto de partida. El camino siempre fue solitario, más incluso de lo que pensábamos.

Pero, aparte de la vulgar animalización en la pelea del barco, el trato de la banda amateur como miserables al cabo sin escrúpulos, provoca que, mientras la gran y profesional traficante sí se ve beneficiada por el gesto (el amor a la muerte, a quién favorece sino a los poderosos), el perjuicio a los otros resulta eliminado. Podemos molestarnos porque la beneficie a ella, pero no nos resentiremos por la injusticia que les hace a ellos. Rohrwacher ha dejado muy claro que la ruptura definitiva no es solo por este daño, sino por la miseria de ellos, bestias ávidas de dinero, muy por “debajo” del metafísico buscador de tumbas.

Lo que me lleva a preguntarme por qué el protagonista es inglés. La extranjería me puede parecer pertinente, pero ¿por qué no ser de otra región de Italia que también genere la no pertenencia? Y si no es suficiente (el problema del idioma nunca es menor), ¿por qué no lituano, kazajo, ruso, senegalés, mongol, turco, chilote, griego, coreano, islandés, murciano? La pregunta no es menor, baste imaginar las mismas acciones a cargo de alguna de estas nacionalidades.

La chimera acaba escupiendo sobre el discurso de la noble (por pobre) búsqueda de tumbas y elevando a un ser condenado a la soledad y la miseria moral, sí, pero superior a los envenenados por eso que ya se niega como hermoso modo de sobrevivir a la pobreza y afirma en cambio como criminal codicia, pero además por inglés guapo, amable y elegante hasta en la desidia. Rohrwacher se niega toda la tensión que hubiera surgido si los ladrones amateurs hubieran sido gente noble; el lanzamiento de la cabeza hubiera sido más injusto pero con ello más justo, pues hubiera dado al gesto toda su gravedad solipsista precisamente por mostrar sus efectos exteriores en toda su dimensión. Es grave pero comprensible que el inglés ya no vea a su alrededor; es grave a secas que tampoco lo haga Rohrwacher.

30 mayo

Imbecilidad internetera del día: "No puedo concebir tener a mi lado una pareja que consuma pornografía".

31 mayo

Adorno otra vez, hablando ahora del abyecto cierre de Caché (Haneke):

“A la postre el alma es el anhelo de salvación de lo carente de alma”.

Y otra más, anticipando al Ballard que tildaba de sueño casto al cine pornográfico:

“Cuando la organización de la vida ya no deja tiempo para el placer consciente de sí mismo y lo sustituye por las ocupaciones fisiológicas, el sexo mismo desinhibido se desexualiza. Propiamente los sujetos ya no desean la embriaguez, sino tan sólo la compensación que pueda traer una ocupación que preferirían ahorrarse por superflua”. 

1 junio

Eraserhead (David Lynch, 1977) pertenece a ese selecto grupo de películas magníficas con un mal cierre. Es evidente que termina con el cerebro del protagonista convertido en polvo de goma de borrar flotando en el espacio, y que lo que sigue (consuelo, medicina, religión) sobra. Tendencia general de Lynch a cerrar la idea fuera de sí misma. Tendencia, también, a la inanidad del arte como cura. Pero el arte no redime: o mata, o muere.

8 junio

Qué gloriosas fueron (o son, en la memoria) las temporadas 4 y 5 de Perdidos. ¿Por qué? Por ser las que al fin asumían que el centro de la serie no era ninguno de sus insoportables personajes con sus insoportablemente tópicas y plañideras historias, sino la isla. Convertida esta en el centro absoluto de la función, la fiesta fue completa, un dispendio de imaginación y el mejor ejemplo de vidas sometidas a un sistema imposible de entender. Llegada la sexta y última temporada, dos eran las posibilidades: ¿resolverán el sistema, o salvarán todos los problemas acudiendo a lo fácil, es decir: resolviendo a los personajes? Obviamente, fue lo segundo. Inútiles como los implicados daban para poco más, pero sería injusto no señalar que la solución es común. No hay raymonroussels en el cine, y por supuesto mucho menos en el comercial.

Uno se cría en la certeza de que el psicologismo es el enemigo, y crece en la evidencia de que nada puede contra él. Backrooms (tristemente, nada que ver con el universo gay), es la última decepción en la materia: un universo fascinante, hermoso, y unos actores perfectos para desarrollar seres vivos sin malgastar una sola palabra, desperdiciados en un desarrollo del psicologismo ramplón que domina nuestros días, todos los días. Un mundo nuevo, inmenso, lleno de posibilidades, ante el que nuevamente sus creadores fingen que todo se juega en la psique de dos gilipollas traumados. Como si hubiéramos ido al cine por ellos.

11 junio

Joaquín Edwards Bello viaja en tren, de Santiago a Valparaíso, para despedir a la Sombrerería Presciutti. Ya no se llevan los sombreros, tan ideales para saludar a las damas. Se cierran las viejas tiendas, pero el tren sigue el mismo recorrido que setenta años atrás. Señor Edwards, no se preocupe, hoy el problema está resuelto: ese tren ya no existe.

“Hace algún tiempo tuve un sueño impresionante”, nos dice el cronista. “Soñé que iba en un asiento aislado del tren a Valparaíso. De pronto el tren se detuvo con un fuerte golpe de ferralla, de palancas, de frenos y de rieles. Se escucharon gritos agudos de pánico. Aparecieron por la puerta del fondo unos individuos con las caras tiznadas y con pistolas apuntadas a nuestras cabezas. No hice caso de su grito de arriba las manos. Todos hicieron caso, menos yo. ¡Ya verán quién soy yo! Saqué mi revolver Smith y Wesson, herencia de mi padre, que ahora mismo veo. N° 222746. Pat. enero 24-66, reissue 82.”

La impresión que me causa leer esto no es pequeña. Con ese mismo revólver Edwards Bello se volaría la tapa de los sesos pocos años después. En Valparaíso y otros lugares, editado por Ediciones Universitarias de Valparaíso en 1974, no se indica la fecha de publicación de la crónica, pero en el anterior Memorias de Valparaíso, que también la incluye, sí: noviembre de 1961. El suicidio tendría lugar el 19 de febrero de 1968, casi siete años después, pero tras varios reducido físicamente e incapacitado para la escritura. Un día tomó ese arma que tenía tan a la vista, y se mató. Meses después, el 10 de septiembre, le seguiría el gran Pablo de Rokha, sumido en la ausencia de su esposa y de su hijo muertos. También de un disparo, también con un Smith & Wesson.

«Sigo con el sueño. En vez de levantar los brazos apunté a uno de los bandidos. Lo maté. El otro me hirió de un balazo en el pecho, pero seguí disparando y lo derribé. Entonces caí muerto como he deseado de pie y en pocos segundos, no en cama, entre chatas, potingues y frascos. Todos celebraban mi actitud y exageraban bastante. Así nacen los mitos. Este sueño es seguramente un producto de frustración. He soñado con gloria desde pequeño. El destino me ha negado ese minuto de gloria, pero no pierdo las esperanzas. Viajo siempre con mi revólver, sin perder de vista la puerta de mi vagón. A cada instante creo que van a aparecer los bandidos de mi sueño. Se abre la puerta y me digo: “Ahí vienen”. Pero no son los bandidos. Es el vendedor de pastelitos con manjar blanco. Es el de los boletos. Es la señorita que va al lavatorio. Ya no hay bandidos. Ya no hay héroes». Sí los hay. Disparan el arma contra sí mismos, muriendo en sus propios términos. Siempre desde adolescente pensé el suicidio en los términos de los quince minutos de fama de Warhol. Lo pensaba en relación al método del corte de venas, durante el que el autor de su muerte puede verla llegar, al ritmo de la sangre que le abandona, pero la gloria puede ser un segundo, es igual, el gesto radical y seguro del autoborrado, que en sí mismo empieza y acaba, y supone en consecuencia la forma de autoafirmación máxima. Impresionado por la inesperada (aunque había leído la crónica en Memorias, ¿por qué entonces me impresiona tanto ahora, hoy, esta noche?) aparición del revólver del que su propietario ama el origen e ignora el futuro, me impresiona la mención de la gloria y la obvia suma de factores que lleva a la unidad de héroe y bandido en un solo golpe, al resultado del suicido como triunfo definitivo de una vida con fama, pero sin gloria. Un segundo de gloria. Una fracción de segundo. Nada menos. Mi enhorabuena, señor Edwards.

15 junio

¿Cuántos besos puede contemplar un ojo sin agostar al resto del cuerpo? La humedad necesaria para mantener el brillo de la mirada, ¿no secará los labios hasta pudrirlos?

Pintor, el homicidio solo reina en tus fantasías: es la vida de tu piel la que te mira desde el óvalo inmóvil, es con tu carne que se hizo la tira de 16mm con que filmarás ese mar del que ojalá nunca hubieras salido.

16 junio

El libro Valparaíso y otros lugares, que nombré recientemente, es una de las muchas recopilaciones de crónicas que de Joaquín Edwards Bello aparecieron a partir del Crónicas que a propuesta de Alfonso Calderón se editara en 1966, aún en vida del autor. Hasta donde sé, debe ser la primera a cargo de las Ediciones Universitarias de Valparaíso (supongo que la segunda será la dedicada a las pésimas crónicas dedicadas a la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial), y una de las pocas no antologadas por Calderón (autor eso sí del prólogo).

Este libro, bellamente diseñado por el mítico Allan Browne, Alejandro Rodríguez y Marisol Ramírez, presenta un criterio de selección mucho más claro que las antologías de Calderón, pero tiene el problema de no indicar la fecha de publicación de ninguna crónica. Ni una. Con Calderón conste que también podía pasar: hay fechas en algunos libros pero no en otros, y cuando las hay no necesariamente es en todos los textos.

Pero leyendo Valparaíso y otros lugares me es imposible no sentir, por primer vez, que no hacen falta fechas. Hay algo de abrumadoramente atemporal en este libro, que lo convierte en la mejor antología de su autor. Y es, obviamente, no solo por lo rigurosamente pegado al tema de la selección de Luis Alberto Lagos, sino por el tema mismo. La atemporalidad del propio Valparaíso. Y una muy particular, pues está hecha de la evidencia abrumadora de su temporalidad. El Valparaíso de Joaquín Edwards Bello es el Valparaíso de la infancia que ya no existe y el de la edad madura que no solo no logra anular al del pasado sino que, en su constantemente reafirmada catástrofe, parece mantenerlo eternamente vivo, capital eterna del Planeta Melancolía. El Valparaíso de Edwards Bello, el Valparaíso eterno, apenas tenía poco más de un siglo cuando él empieza a dedicarle sus crónicas. En realidad, y digo no solo un lugar común, sino uno cierto, Valparaíso nace con la independencia, y muere con el Canal de Panamá. Nace con la libertad de comercio, al fin posible con la liberación del yugo español, pero muere con el comercio a su vez liberado del yugo geográfico. El capitalismo pare a Valparaíso, solo él capaz de convertir al puerto mugriento y escarpado en ciudad esplendorosa, el capitalismo lo destruye (mantenerlo en la condición de espectro ya es cosa de Chile a solas). Ni cien años. Valparaíso siempre está en el pasado, como la juventud y el amor; Valparaíso siempre está temblando y ardiendo, su esplendor no deja de pasar. Edwards Bello recuerda la gloria antigua como los bohemios de los sesenta recordarían la de sus años mozos, y los de fin de siglo recordarán a la vieja bohemia pre-dictadura, y los de este siglo a los 90 y hasta yo me he visto evocando la esplendorosa fiesta del Valparaíso que descubrí a mis 32 años, un ya lejano 2011.

Lo parece, pero no es ley de vida. Es la ley de Valparaíso: su incendio es perenne y eterno, porque siempre arde en el pasado.

17 junio

Escribo hoy para que conste en acta que en Chile todos dan por hecho que está al caer un gran terremoto. Se sabe que en 1973 todos sabían que habría un golpe, pero eso no es una gran adivinanza, y además hay que contar con el factor deseo inconsciente; pero esto es otra cosa. Ningún temblor me ha dado miedo, pero esta seguridad en la sacudida inminente sí confieso que me resulta un tanto aterradora. Hace poco fue en un cumpleaños, de generalizada seguridad en el hecho, y ayer una muy joven alumna, aseverando lo mismo, aportó datos de un geólogo amigo suyo: tensiones acumuladas en el norte y no sé qué más, de significación apoyada en los antecedentes de otras catástrofes, como el terremoto de 1985.

Hoy, siguiendo con Edwards Bello, doy justo en crónicas dedicadas a terremotos, el de 1906 destacadamente, que al parecer habría sido predicho con gran precisión por un tal capitán Middleton, del Observatorio Académico Naval: «Se cuenta que el almirante Silva Palma, en el comedor de su casa, reloj en mano, peroraba contra el joven marino “atolondrado”, que alarmaba a la población con absurdos pronósticos. “Ya ven ustedes como no pasa nada”, decía, cuando de pronto se escuchó el estruendo espantoso, y el incrédulo almirante rodó al suelo».

Buscando por ahí, encuentro que el adivinador existió. Se trataba de Arturo Middleton, Capitán de Corbeta y Jefe de la Oficina de Meteorología de la Armada de Chile, quien el 6 de agosto de 1906 entregó una carta escrita por él a puño y letra a El Mercurio de Valparaíso (si salió publicada ese día no termina de quedarme claro, pero si no fue ese asumo que sería al siguiente):

“REPUBLICA DE CHILE. ARMADA NACIONAL. Pronósticos sobre Fenómenos Atmosféricos. La Sección de Meteorología de la Dirección del Territorio Marítimo ha pronosticado fenómenos atmosféricos y sísmicos para el día 16 del presente mes, basada en las siguientes observaciones: El día fijado habrá conjunción de Neptuno con la Luna y máxima de declinación norte de ésta. A causa de estas situaciones de los astros, la circunferencia del círculo peligroso pasa por Valparaíso y el punto crítico formado con la del Sol cae sobre las inmediaciones del puerto. Valparaíso Agosto 6 / 1906 A. Middleton C.”.

Rodolfo Follegati, en Valparaíso, entre la Utopía y la Realidad, explica que "las predicciones de Arturo Middleton se basaban en una personal teoría del marino inglés, piloto de la Pacific Steam Navegation Company, Alfred Cooper, la cual se fundamentaba en la conjunción de los planetas, la luna y el sol y la influencia que ejercen sobre los fenómenos atmosféricos y sísmicos." Por mi parte, encuentro la predicción hermosa; no me creo nada de los astros, pero escuchar me embelesa. “La circunferencia del círculo peligroso”, “conjunción de Neptuno con la Luna y máxima de declinación norte de ésta”... ¡Qué belleza!

Los chilenos siempre me preguntan por mi reacción a los terremotos. En todos los países se buscan las muestras de debilidad del extranjero ante las peculiaridades locales; las reacciones negativas a los licores nativos son muy comunes (en España, la República Checa y Chile es creencia común que los extranjeros no saben beber), pero en Chile son los terremotos los que sobre todo generan un orgullo mal disimulado. Recuerdo al respecto un gran momento, vivido en un cine durante la proyección de Evil Dead Rise (que por cierto Lee Cronin recién superó con su hilarante Momia). Hacia el comienzo hay un terremoto que hace sacudirse todo el edificio, tiemblan las paredes, y en el suelo se abren grietas y agujeros por los que reafloran males antiguos que dejan la de dios. Minutos después, la televisión informa que el terremoto fue de 5 ́5. La sala entera se parte al unísono de risa, las carcajadas suenan por todos lados. En ese momento inolvidable, me sentí feliz de vivir en Chile.

El 22 de mayo de 1960 tuvo lugar en Valdivia el terremoto más grande registrado. 9,5 en la escala de Richter. Tuvo efectos en todo el planeta, y en Chile particularmente desató una serie de maremotos y catástrofes diversas que fueron detenidas (voy a imprimir la leyenda, amigos) el día 5 de junio. ¿Cómo? Mediante el sacrificio de José Luis Painecur Painecur, de 6 años, a manos de su abuelo y la machi Juana Namuncura Añén, quienes al parecer lo arrojaron al mar, no tengo claro si vivo o muerto, si entero o en pedazos. ¿Quieren más? El sacrificio no fue secreto, llegó a ser juzgado, y la machi fue declarada exenta de responsabilidad criminal. Jorge Teillier dedicaría ese mismo año un hermosísimo poema al asunto: “Muerte y resurrección”. Vaya la primera estrofa:

Antes que de nuevo floreciera 

la sangre en la piedra de sacrificio 

había un puerto de días tranquilos 

como ruidos de remos en el agua. 

Allí había tiempo de sobra 

para escuchar horas y horas el griterío de las gaviotas, 

o buscar una vertiente para beber tras las cacerías de otoño, 

o dormir largas tardes escuchando entre sueños 

a los pinos de cara arrugada 

que enseñaban a hablar a los primeros brotes de la primavera. 

Hasta que de pronto todo volvió a ser como en el principio: 

sólo el frío y el chillido de un pájaro, 

sólo el ruido de las olas 

rompiendo un esqueleto lanzado al roquerío.

No puedo no mencionar un gag excelente de la película De la noche a la mañana (Manuel Ferrari, 2020), obra injustamente ignorada entre las filmadas en esta ciudad. En los minutos finales hay un temblor, y el protagonista, un argentino descabellado, sale gritando. “¡Terremoto! ¡Terremoto!”. Nadie aparece; la tranquilidad del campo es total. Al poco, llega un perro. Tardé un par de segundos en darme cuenta del chiste. El perro ya había sido presentado. Su nombre: Terremoto.

18 junio

Hay muchos Valparaísos, pero todos están en este.

21 junio

Tanto pasado para tan poco futuro...

26 junio

“La técnica es otro nombre para el estilo fracasado”. Confluencia entre John Waters y Raúl Ruiz a manos de Cecil B. Demente.

1 julio

“Bailar mal es lo único que nos queda” (leído en Instagram, oigan).

2 julio

“La explotabilidad – el a priori de la producción consecuentemente ajustada al mercado- no permite que en absoluto aparezca la necesidad espontánea de aquélla, de la cosa misma. Hasta los productos de la cultura exhibidos y repartidos por el mundo con la mayor ostentación repiten, aunque sea por obra de una maquinaria impenetrable, los gestos del músico de restaurante, que mira de soslayo al platillo sobre el piano mientras ejecuta las melodías favoritas de sus favorecedores. Los presupuestos de la industria cultural se cuentan en miles de millones, pero la ley formal de sus producciones es la propina” (Adorno).

4 julio

En algún lugar existe el verano. Bastarían las dos horas al aeropuerto, las tres de espera y policía, las algo más de 13 horas de vuelo, y el verano volvería a existir. Por un instante. Pues el invierno siempre es invierno, y el otoño, como decía Carlos León, practica todos los días, al atardecer; pero el verano... ¿dónde está el verano?

6 julio

Su autora podrá ser la censura, pero no por eso dejaré de considerar que la antaño célebre elipsis de Frankenstein (James Whale, 1931) es una de las más inspiradas en su género. Y no puede no entristecerme que varias generaciones ya de cinéfilos se la hayan perdido por la recuperación del plano extraído: el “monstruo” lanzando a la niña al agua. Plano de una brutalidad inusitada para su época, y supongo que por ello prohibido, su falta dejó empero sitio a algo mucho más interesante y hermoso: no la sugerencia, esa entelequia tan ensalzada por las almas mediocres (rara vez se piensa el sugerencia de qué, de modo que su defensa acaba siendo tan fetichista como la de su contrario), sino la poesía, la asociación niña-flor, que por la falta del acto violento queda suspendida hasta despertar en la conmovedora imagen del padre con su hija muerta en los brazos, húmeda aún por las aguas del río. El crimen, desprendido de su realización material, queda desnudo en su motivación inocente, ideal, y por ello permite tanto profundizar la simpatía hacia el monstruo como hundirse en la triste realidad del crimen tan bellamente motivado.

Soy amante de la violencia cinematográfica, pero el monstruo lanzando a la niña al río culmina de forma equivocada una escena hermosa que no merece acabar con esa imagen grotesca. La acción inconclusa del plano en que Karloff representa la reflexión del monstruo, su contrariedad por quedarse sin flores, la asociación por la que la niña es entendida como flor, la inocencia de ignorar en el fondo todo sobre la muerte, el gesto final de alargar las manos al fuera de campo... eso, eso merece quedar suspendido en el proceso mental, asociativo, y culminarse del mismo modo, minutos después, con la violencia en un aparte terrible, inimaginable. Pues al fin y al cabo qué puede ofrecer ese plano infamemente recuperado, y del que ya no hay modo de librarse, más que la enésima mentira, una y otra vez repetida: que algo así puede ser imaginado.

7 julio

“Pues les diría que, desde mi punto de vista, que un idiota que no es de aquí se ponga a decir chorradas para quedar muy bien y diga ‘viva esto y viva lo otro’ y luego me marcho a mi pueblo, me parece que es necio por mi parte, me sentiría estúpido haciéndolo, eso es lo que digo. Luego yo me largo y se queda todo el mundo dándose las palizas aquí, me parece tonto, por eso no lo hago, nada más, si a eso le llaman como que no apoyo, pues allá cada uno con sus cosas. No puedo hacer otra, es que no me parece real, estaría haciendo el huevo, lo que he criticado tantas veces de otra gente.” Me siguen pareciendo acertadas, modélicas y casi sabias estas palabras de Evaristo sobre su falta de referencias al estallido chileno de 2019, que le acabaron valiendo las acusaciones de “amarillo”, la funa y finalmente el boicot al concierto de La Polla Records en el ya legendario concierto del 16 de febrero de 2020 en Santiago en el que no terminaron ni el cuarto tema. Y no es que Evaristo no apoyara; el 14 de aquel mismo febrero, por ejemplo, afirmaba: “No conozco Chile lo suficiente para opinar con sabiduría del tema, sería necio hacerlo, pero yo desde luego que no lo vi venir. Aunque como individuo planetario, me parece cojonudo que la gente se defienda y luche por tener el mando y el poder de sus vidas; donde yo vivo sólo luchamos por el mando de la tele”.

Evaristo, en suma, no quería ser Roger Waters, y se lo hicieron pagar. Vaya desde aquí mi admiración hacia su actitud ejemplar, un día después de enterarme de las alabanzas de Patti Smith a... ¡Pedro Sánchez!

9 julio

Leo a Alberto Mayol sobre la encuesta de LCN relativa a los cien primeros días de gobierno de Kast: “El concepto de gobierno de emergencia aparece debilitado: un 53% considera que no representa la situación de Chile y que se usa para responsabilizar a gobiernos anteriores. El punto es decisivo porque Kast no llegó simplemente ofreciendo un gobierno de derecha. Llegó diciendo que Chile vivía una emergencia y que, por tanto, requería una conducción excepcional. La encuesta sugiere que esa idea ya no produce consenso mayoritario. Funcionó como táctica electoral; permitió ordenar malestar, miedo, cansancio y expectativa de autoridad. Pero como modelo de gobierno aparece hoy mucho menos sólido. La emergencia ya no opera como evidencia común, sino como una interpretación discutida. Allí está el problema mayor. Si el gobierno se funda en la emergencia, pero la mayoría no reconoce esa emergencia en los términos del gobierno, se debilita la autorización simbólica de todo el proyecto.” El problema es si la autorización simbólica es necesaria para sostener un gobierno. Mayor desautorización que la recibida por Piñera en el estallido de 2019-2020 es difícil de pensar, y pese a ello terminó tranquilamente su gobierno y de aquello no queda hoy ni la nueva constitución que la oficialidad tuvo la brillante idea de ofrecer como zanahoria al movimiento. Ni eso. ¿Quién necesita autoridad simbólica? Cabe pensar que algo así solo hace falta para llegar al gobierno, no para ejercerlo.

12 julio

Creo que no está de más dejar constancia aquí del tweet que Miguel Ángel Rodríguez publicó el pasado 2 de julio, y sobre el que debí escribir a un amigo para comprobar si era verdadero o falso, suponiendo obviamente la respuesta. Va por ustedes:

“Ley de Ayuso del concebido no nacido. Esto significa que, según termina de fecundar, antes de ducharse, lo que tiene la mujer en su vientre es una persona con derechos. Derechos también para su familia. Esto es la revolución frente a la cultura woke e izquierdista”.


13 julio

“Tu destrucción fue mi Beatriz”.

14 julio

Escucho a Bolaño cuestionar a alguien que le niega ser escritor chileno. ¿Qué otra cosa iba a ser?, dice. ¿Escritor mexicano, boliviano? En todo caso, destaca, es escritor en lengua castellana, y afirma absurdo distinguir nacionalidades entre literaturas escritas en la misma lengua.

¿Podría decirse lo mismo en el caso del cine? El idioma no sirve, pues el cine no se “escribe” sino en imágenes y sonidos, entre los cuales el lenguaje, que no es elemento esencial. La discusión sobre las nacionalidades de ciertos autores suele fijarse en rasgos identitarios, o al tiempo vivido en unos países u otros, pero en el caso del cine tiendo a considerar determinante principal a la industria con la que hayas tenido que lidiar. Así, no es que me niegue a considerar a Buñuel cineasta español, pues en España nació y no se le nota poco, pero siento que se comete una gran injusticia cuando se le considera “el mejor cineasta español”, por la gran desigualdad de condiciones experimentadas: Buñuel no tuvo que bregar con la infame industria y condiciones políticas con las que se las tuvieron que ver Luis García Berlanga, Francisco Regueiro o Víctor Erice (mis tres candidatos a la categoría, aunque me tienta cambiar a Erice por Neville). Francia le dio a Buñuel todo lo que quiso, algo que en España solo logró con Viridiana (y ya sabemos cómo acabó la aventura), mientras que México, con todas sus exigencias y limitaciones, le permitió una capacidad de maniobra que en España no hubiera podido ni soñar.

Pero reconozco que la cuestión tiene poco vuelo, pues mi única queja se da en el marco de este tipo de competiciones, de listas. ¿Hubiera Buñuel sido superior a Berlanga de haber desarrollado toda su carrera en España? Nunca lo sabremos y ni falta que hace, pero basta considerarlo para darse cuenta de lo injusto que es valorar al aragonés en el mismo grupo que los cineastas que sí desarrollaron su carrera en el país. Si se quiere medir, lo adecuado es colocar a Buñuel entre los cineastas mexicanos y/o franceses. Si no se trata de listas ni carreras de caballos, Buñuel es, obviamente, un cineasta español: nacido, criado, y en contacto constante.

No sé lo suficiente del aspecto material de la vida literaria, pero a Bolaño le preguntaría por la misma cuestión: ¿de qué manera determina la industria editorial del país su trabajo? Asumo que es un factor aunque, allá donde el cine precisa un cierto aparato industrial y legal para realizarse, Juan Marsé, para que Si te dicen que caí viera la luz, se bastó con publicarla en México. No le hizo falta mudarse, siquiera trasladarse un par de meses. Ahora bien, si viviendo en Barcelona hubiera publicado toda su obra en México, ¿no podría considerársele un escritor mexicano? Y Wang Bin, que vive en China, y del que toda la obra está dedicada a China pero se encuentra prohibida allí, ¿es un cineasta chino? Y ya que estamos, una confesión: mi película Noviembre ha sido concebida, grabada y editada en Chile, además de “financiada” con dinero chileno, por lo que es una película 100% chilena. Mi primer largometraje chileno, de hecho, cosa que me agrada sinceramente. Sin embargo, ¿por qué me siento un poco embustero, y hasta indigno de la calificación?

15 julio

Por primera vez he leído una colección completa de artículos de Slavoj Žižek (En el claroscuro aparecen los monstruos, editado por LOM el año pasado) y me ha divertido mucho observar que no es tan distinto escribiendo a hablando. Su capacidad para dar saltos de unos temas a otros es encomiable y hace su lectura muy entretenida, entre otras cosas porque, al menos esa ha sido mi impresión, no siempre consigue hacer bien el nudo final. Pero algunos giros son muy inspirados. Mi ejemplo favorito se encuentra en medio de un artículo sobre decrecimiento en el que acaba hablando de sexo:

«Nos convertimos en humanos precisamente en el momento en que el sexo deja atrás su objetivo “natural” de procreación y se convierte en un fin en sí mismo. Y es completamente erróneo caracterizar este giro como un dejarse llevar por deseos sensuales ilimitados: el sexo intenso como un fin en sí mismo, separado de su objetivo natural, es presumiblemente, nuestra experiencia meta-física más elemental: nuestro placer sensual se “transubstancia” en una experiencia de otra dimensión, una dimensión más allá de la realidad física directa».

En la página siguiente, en todo caso, después de una inspirada crítica a la espiritualidad, plantea cómo, “a diferencia de los órdenes sociales premodernos que ofuscaban la paradoja del deseo humano y presuponían que este se estructura de manera teleológica (los humanos aspiramos a algún objetivo último, ya sea la felicidad u otra forma de realización material o espiritual, buscando encontrar paz y satisfacción en su consecución), el capitalismo es el primer y único orden social que incorpora en su funcionamiento la paradoja fundamental del deseo humano”.

El capitalismo y la “naturaleza humana” encajan, según el siempre lacaniano Žižek. Pero cabe pensar si ese encaje no se debe al psicoanálisis mismo, base de unos mass media centrales para la manufacturación de la psique que el sistema de producción capitalista necesitaba. En unas divertidas declaraciones, Vladimir Nabokov se cagaba en Freud diciendo que qué demonios iba a saber un señor austriaco de su psique (“yo nunca he soñado con paraguas”). El psicoanálisis y el chamanismo coincidirían en producir las curaciones acordes a sus sistemas socioeconómicos, por la vía de adaptar a estos las psiques de sus habitantes. Žižek recuerda el verso de Wagner, “la herida solo puede ser sanada por la lanza que la infligió”, pero tiendo a pensar que el psicoanálisis sería el tipo de lanza que solo te ofrece tiritas para el desastre causado.

Bienvenidas en todo caso, oigan.

16 julio

Al mundo de lo íntimo se le llama intimidad.

Pero al de lo público no se le llama publicidad. 

¿No? 

17 julio

“Perdona virgencita por esto / pero me tiene chato tanto perdón”. Aleluya al poema de Erick Pohlhammer dedicado a la “Virgen de Llolleo”. “El gasfíter rompió la cañería del baño / Pidió perdón y jamás la arregló”. Arréglala, cabrón, de qué nos sirve el perdón. “No tiene perdón el abuso fraudulento del perdón, es muy fácil / andar acelerado desconectado de la armonía cósmica del Tao / pisoteando flores bonitas de jardines ajenos / entero enajenao pidiendo perdón”. Amén. Vaya sobre todo en recuerdo de esos millones de enamoradas y enamorados que han tenido que comerse a parejas desbocadas soltando espumarajos injustos por la boca porque, oigan, es importante expresar tus sentimientos y no quedarse uno con esas cosas dentro así que tírale toda la mierda al que más te quiera y luego ya si eso, cuando te sientas liberado y relajada y tu cáncer crezca satisfecho pero en el cuerpo de enfrente, ya entonces si eso le pides perdón.

Bocazas del mundo: aprended a cultivar vuestros propios tumores y no los propaguéis por el mundo. El express yourself quedáoslo, eso, en yourself.

18 julio

“Una manera de detectar las malas novelas históricas es que sus personajes saben que están viviendo un momento histórico. Todos cumplen su estereotipo como si fuera una asignatura en la que pretendan sacar una buena nota”. Totalmente de acuerdo con estas palabras de Gonzalo Torné, pero, al mismo tiempo, creo que del 68 en adelante cualquier novela histórica debería tener en cuenta precisamente eso: la autoconciencia histórica de los protagonistas de los acontecimientos históricos, hasta tal punto que hoy en día cualquier cosa ínfima es susceptible de ser considerada como tal. ¿Cómo contar la historia del 15M, de Podemos, del estallido, sin mostrar la autoproyección histórica, ideal, de sus agentes? ¿que esos acontecimientos eran ya en sí mismos representaciones aun en sus dimensiones más íntimas, y que sus protagonistas se medían con la historia (incluso futura) más que con el presente?

19 julio

«Los representantes de Más Madrid, Movimiento Sumar, los ‘Comuns’ e Izquierda Unida van conversando de manera fluida e incrementando la confianza. Incluso se permiten reírse de sí mismos: en la búsquedas de marcas, algunos se autodenominan los ‘UPA dance’, por el grupo musical surgido del programa de TV llamado ‘Un paso adelante’». La anécdota, reflejando el humor propio de la dimensión intrahistórica, no puede reflejar mejor en lo que ha quedado la histórica. Sobre todo por nuestro lado. Según Daniel Galvalizi, "ya está en marcha el análisis de diferentes marcas electorales para el Sumar 2.0 que se presentará en las próximas elecciones generales. También se ha encargado hacer testeos a especialistas de comunicación política y analistas de encuestas cuál de esas nuevas marcas puede funcionar mejor." Mal haríamos limitando a Sumar la tendencia. Si, en efecto, Internet se ha robado toda humanidad, entre nuestros deberes políticos está el de recuperarla de su secuestro, lo cual solo puede hacerse buscándola en su exterior, es decir: donde siempre estuvo. No otra cosa hizo el primer Podemos, el único que puede declararse exitoso en algún grado. 

Es momento de asumir que hemos sido derrotados (aunque mal hago incluyéndome) y que en consecuencia nuestro trabajo es de resistencia. No debió haberlo sido en los 80, pero Internet es un fin de partida real, definitivo, que obliga a afrontar una lucha en las catacumbas que forzosamente habrá de ser lenta y aparentemente imposible (como tantas veces acostumbra a parecer la resistencia). Esas catacumbas están formadas por esas calles y esos cuerpos de los que todo el mundo habla en Internet. No tienen la vistosa pinta de las películas de Hollywood que ante sus carteles emulan los jóvenes en las plazas. Porque "la revolución no será televisada" no es una afirmación, no dice lo que es: es un lema, es un dictum, es un deber. Porque ninguna cámara puede, ni sobre todo debe, registrar cómo cambia el mundo.



domingo, 10 de mayo de 2026

Dietario (9)


21 marzo

Cuando el director/cámara interrumpe por enésima vez a un músico que quiere practicar una canción antes de un concierto, solo para preguntarle si Robert Fripp es para ellos una figura paterna, se termina de evidenciar que el gran problema de esta película es que está a cargo de un imbécil. In the Court of the Crimson King: King Crimson at 50 (Toby Amies, 2022) es un documental mediocre realizado por un individuo mediocre que pese a aportar un disfrutable vistazo a la vida de King Crimson en directo y alguna que otra entrevista gozosa para el interesado, solo sirve para sugerir las excelentes películas que se podrían haber realizado de haber pensado Fripp con un mínimo de seriedad a quién hacer el encargo.

 

23 marzo

“La materia ni se crea ni se destruye, solo se adultera” (Ramón en Hermano Lobo, 1973).

 

26 marzo

“Los cubanos siempre hemos sido invisibles ante el mundo porque nos reducen a un enfrentamiento de los Gobiernos de Cuba y de los Estados Unidos cuando el pueblo cubano somos víctimas de los dos” (Alina López)

 

27 marzo

Lo más interesante de la afirmación ruiciana (ya citada el 29-VIII-25) de que “la poesía es una enfermedad endémica del cine” se encuentra en el sustantivo “enfermedad”. ¿Por qué no tendencia, dimensión, aspecto? La enfermedad, con sus connotaciones destructivas, nos dice que esa poesía que en el cine solo puede darse por los entrelazamientos casuales, inesperados, involuntarios entre los diversos tipos de significantes, funciona como un trabajo activo contra la elaboración de significados y, sobre todo, discursos. La forma cinematográfica es proliferante y, por ello, diseminadora. El cine sería en este sentido el arte más decididamente antiautoral, y Ruiz una suerte de John Cage al modo como lo veía Derek Bailey: autor que se quiere absoluto, preparando pianos para reterritoriarizarlos por completo, domeñando la totalidad de su rango. Consciente de la importancia de los armónicos fílmicos, Ruiz multiplica su rango de acción para incluirlos en ella. Si todo se juega en lo invisible, hay que intentar extender, a ese dominio, el nuestro.

Ciertas reacciones propias a mi definitiva conclusión del montaje de Noviembre, que me retrotraen a otras ante “te fuiste, dejándome sin mí” (2012), me anima a proponer una prueba del éxito o, poniéndonos menos (o más) estupendos, del trabajo bien realizado: sería el hallazgo en tu propia obra de relaciones, hilos invisibles, que no habías previsto, pero que se deben por completo al modo en que dispusiste tus elementos y relaciones (el hallazgo, por tanto, no surgiría del encuentro entre tu obra y un contexto inesperado, como por ejemplo otro espectador con otros intereses, sino de la disposición de tus formas de tal modo que, por sí solas, permitan la germinación de otras). 

Al respecto, un punto importante en que disiento de Paulino Viota es su afirmación de que todos los hallazgos de sus análisis responden a acciones conscientes del realizador: lo que él encuentra en Fort Apache, Ford ya lo sabría. A mi juicio, las relaciones internas proliferan cuando la posición de todos los elementos en un todo ha sido rigurosamente meditada, así como la configuración precisa del propio todo (y Contactos, por cierto, es un maravilloso ejemplo de ello). Si la disposición es correcta, creo imposible que las relaciones construidas no proliferen en otras resultantes. 

 

28 marzo

“Vuelvo a sentir a Europa como el mundo en que la vida del espíritu es posible, en que la revolución del espíritu es posible, gracias a esa comunión de los hombres que es la historia, la historia de las formas espirituales del hombre. No hay caos ni decadencia completa, mientras una forma dada en el pasado se mantenga de algún modo presente. El haberse aproximado alguna vez a lo luminoso imprime carácter para siempre. Mientras el europeo tenga viva ante sus ojos la materialidad de la historia, será criatura de orden, tierra abonada para el brote del espíritu”.

Prosigo mi lectura del extraordinario Diario íntimo de Luis Oyarzún, publicado por la editorial de la UV en 2017 y, por cierto, diseñado y diagramado por mi querido amigo Gonzalo Catalán (solo el presumir de amigos es presumir digno). Al llegar a este llamativo párrafo, escrito en Santiago de Chile el 15 de febrero de 1951, confirmo el emputecimiento del escritor en el retorno a su país natal, al que dos meses atrás había dado la bienvenida con este prodigio:

“Hortensias que se acercan al rosa de su madurez, pálidas en la puerta de sus varillas, en medio de las oscuras hojas carnosas. Sentado bajo un abeto, reconozco la melodía de esta agua que se despeña desde la cordillera y supo [sic] la mirada de los negros y pequeños ojos ribeteados de una línea amarilla en lo alto del cuerpecillo de barro de un sapo animado por las fluctuaciones de su húmedo corazón. Reconozco este viento refrescante que atraviesa los follajes más ligeramente que en otras partes del mundo. ¡Ah, el sol sobre los geranios rojos, la leña desparramada en el suelo y las dadivosas hojas de los plátanos orientales! Montañas a través de los árboles, hervidero de un sol templado sobre los negros terrones del suelo abierto para sembrar, luz consumada en su más perfecta posición de equilibrio. Termina la primavera. Las amapolas están crecidas y un escalofrío de verdor matinal sacude las altas malezas entre los perales y duraznos cuyas frutas maduran. Tencas, tordos y zorzales, queltehues que conocen y reciben los regalos de la humedad, buitres aéreos que definen la claridad del cielo, todos vosotros habláis entre vosotros y ahora os puedo escuchar. Esta es mi tierra”.

¿Qué queda en el primero de estos dos párrafos del Oyarzún tan consciente en su estancia europea de la proximidad de la Segunda Guerra Mundial desatada en y por esa Europa a la que tan encendidamente canta aquí? Le basta pisar de nuevo Chile, y sobre todo Santiago, para que el viejo continente vuelva a refulgir como faro de ese mismo espíritu que acaba de aplastar como nunca antes en la historia entera de la humanidad. 

Siempre me ha resultado llamativa la afirmación de que América (da igual en esto si del norte o sur) carece de historia. Por un lado, están los quinientos años de colonización, que algo de historia son, e historia por cierto de destrucción, entre otras cosas, a manos de Europa; pero, sobre todo, está la historia previa, la de los pueblos y tribus que existían y que no dejaron escritura pero sí otros rastros, otras huellas, otros ecos. Quien afirma lo que Oyarzún entiende que no hay historia ni “espíritu” otros que los europeos, y en consecuencia no es que carezca exactamente de pasado sino que, pues desde 1492 hacia atrás esa historia sigue en otra tierra, lejana y ajena, su pasado deja propiamente de ser suyo; la colonización establece con su llegada un pasado “nuevo” que se niega en su imposición misma. No entiende en el fondo que esa historia es también suya, que la democracia griega y el feudalismo francés y la Iglesia Romana son historia tan suya como mía, español más cercano geográficamente a esos lugares pero tan lejano históricamente y tan influido por ellos, si bien de otra manera, como él. 

Pero sobre todo, no entiende que ese espíritu ansiado también vino de otra tierra, otra historia que se le impuso como el asfalto y los rascacielos a la naturaleza en ese Nueva York que tanto horroriza a Oyarzún. Para este, a su continente no le falta otra cosa que la larga relación de Europa con el dios cristiano. Pero ¿y las cosmogonías y los dioses vinculados a esa naturaleza a la que el poeta canta y describe y ama como nadie, esos dioses más capaces de establecer una relación estable, no destructiva, con ella? “Pobres de aquellos entre nosotros que han sido educados para una vida refinada y dulce. Están aquí al desnudo las monstruosidades de la vida elemental, los animales que se comen unos a otros, las plantas carnívoras, los terremotos, la volcánica respiración de la tierra, la muerte de un mundo sin religión. Faltan las grandes intuiciones espirituales y las instituciones o convenciones que extraen de aquellas su dignidad. El hombre está solo frente a la naturaleza, frente a una naturaleza no domeñada por la agricultura ni humanizada por la poesía. La sociedad es aquí también naturaleza, apenas apresada por instituciones endebles”. Releyendo estas líneas me reafirmo en un Oyarzún emputecido por el reencuentro con Chile, pues esta visión de la naturaleza como casi enemiga no es coherente con las espléndidas páginas precedentes (aunque conste que este es mi primer encuentro no solo con este diario sino con su autor, del que todo ignoro). Mi hipótesis es la de un escritor encerrado: puede ver con distancia, juicio, mesura, prudencia y razón civilizaciones que no son la suya, pero una vez en esta toda distancia se vuelve imposible y el daño ya no es algo al final de una reflexión rigurosa sino final y principio de una experiencia sin salida, irredimible. Ergo, Luis Oyarzún se emputece (adoro este verbo tan chileno) y añora el espíritu europeo, que no es otro, de pronto, que la represión de las fuerzas de la naturaleza por el orden de la civilización del espíritu. Pero solo es visible aquí más bien la colonización del espíritu de las religiones precolombinas, “paganas”. La imposición, fruto de cinco siglos de, en efecto, historia, del monoteísmo cristiano europeo sobre las diversas religiones, supongo que predominantemente politeístas, de todo el continente, y bajo el cual los nuevos esclavos aprenderán que la única relación posible con la naturaleza es la de explotación. 

Encerrado en el mundo que le es propio, aprisionado por una experiencia que es de horror en virtud del ansia de una vida espiritual postulada, proyectada y manufacturada en tierras lejanas, traída e impuesta por ellas, Luis Oyarzún mira con desesperación, en efecto, a esas lejanías que se le confunden con Dios. Me vienen como tantas veces al recuerdo los pasajes finales del capítulo cuarto de Cofralandes, opera magna de Raúl Ruiz: el aula, los alumnos con sus ojos cerrados (como los de la joven y futura y pasada mártir del Nuestra música de Godard) y las encendidas palabras del profesor (cubano, por cierto): “América es como la princesa del poema aquel que sueña con países lejanos, sin darse cuenta que lleva lejanías en el alma”. 

 

29 marzo

Perdido el objetivo de mostrar el funcionamiento de una institución y lo que en ella sucede, todas las escenas de Aspen (1991) cobran una gratuidad donde se percibe en su mayor pureza el simple gusto de Frederick Wiseman por ver a la gente hablar, conversar, debatir. El debate sobre el relato de Flaubert, o sobre el matrimonio, o la extranjería, son magníficos ejemplos. Las pistas de esquí, las manicuras, tiendas, etc., tienen que estar como representantes de las actividades y la clase económica que hacen famosa a la localidad, pero los debates son pasajes que están ahí como podrían estarlo otros. Y en ellos se encuentra la clave, a mi juicio: no sabemos nada de nadie. Solo sabemos lo que dicen ahí y en ese momento. El tipo que dice cosas un tanto raras sobre los extranjeros en USA descubrimos tiempo más tarde que es chileno, y automáticamente debemos replantearnos sus palabras, repensar, recomponer las posiciones que solo podemos establecer a través de lo poco que sabemos. Desprovistos de todo conocimiento de las personas ajenas a la inmediatez de su hacer y/o decir, las herramientas para el juicio se revelan mínimas. Solo sabes lo poco que sabes, que es efectivamente poco, y quedas desnudo ante algo que de pronto nace ante tus ojos, algo que de pronto descubres que nunca habías visto antes, o muy pocas veces: el puro gusto de la conversación, personas racionales conversando, esa cosa tan rara de ver en una película, sobre todo porque, como debe ser, lo conversado, el diálogo, el intercambio de ideas y pareceres, es prioritario frente a la identidad de los hablantes. Cuerpos y rostros piensan, bromean, reflexionan, se expresan, tienen unas voces, unos rasgos, unos gestos, unos modos de entablar contacto. De pronto, estoy loco por cada persona que aparece en ese debate sobre Flaubert, los invitados al 40 aniversario de boda, e incluso el grupo de meditación, al que me siento libre tanto de juzgar como de disfrutar y, de hecho, libre de hacer las dos cosas al mismo tiempo. 

Una de mis frases favoritas de entre todas las que he leído en mi vida la dijo Juan Hidalgo tras ver Objetivo 40° (1970), una de las mejores películas de Javier Aguirre. Hidalgo dijo: me gusta, porque me gusta la gente.

Dejo aparte el hecho de que hoy, y realmente desde hace mucho, demasiado tiempo, en que el odio a los poderosos se ha trasladado hacia la humanidad entera, la frase de Hidalgo es casi revolucionaria, y me concentro en el placer de Aspen, que de pronto logro explicarme al darme cuenta de que, incapaz de percibir ironía o crítica, pese a poder deducirla en la selección, lo que me resulta ante todo evidente es que me encuentro ante un cineasta al que, genuinamente, le gusta, le encanta la gente. 

 


30 marzo

Dramas modernos: tener un poster bueno de una película mala. Por ejemplo: Send help (Sam Raimi, 2026). 

 

 31 marzo

“Not objective but detached” (Frederick Wiseman).

 

3 abril

“Hojas crujían con la música / con que embistes acantilados”. Versos del Libro de las alucinaciones de José Hierro que me evocan los pasajes iniciales de Ortoño, primer capítulo del Tríptico del Amor Supremo de Julius Richard, que fue, por cierto, quien me regaló el libro. Visión de la hojarasca seca, inmóvil, y en su interior el crepitar monstruoso, abrumador del bosque entero, tras la cruel devastación del verano.

 

4 abril

“They do not say that they have loved 

for who can say 

we were killed yesterday”

(Einstürzende Neubauten, “Youme & Meyou”)

 

5 abril

Lo único bueno de ser poeta en tiempos actuales es la falta completa de responsabilidad: nadie va a leerte, nada vas a importar. Arte por el arte, pues con solo el arte te has quedado.

 

6 abril

“¿Que si nada me hace falta? ¡Por Dios, sí! Me faltan muchas cosas, pero me las arreglo sin ellas. Es la solución más simple que he descubierto”. El encantador Gustave Verniory (recién descubierto gracias a Ignacio Agüero), escribiendo a su madre desde Victoria, Chile, el 22 de mayo de 1889. 

 

7 abril

En mi sueño de esta noche, Laura Arroyo y Raúl Sánchez Cedillo son amantes, relación que es además pública y notoria. Sobre todo, notoria: la imagen indeleble del sueño es aquella en que un televisor reproduce unos instantes de El Tablero en que Cedillo camina hacia su asiento con sonrisa satisfecha y la ropa hecha trizas tras lo que a todas luces ha sido una inolvidable jornada de sexo, los pantalones medio arrancados con apenas una pernera colgando y la otra mutilada, la camisa arrancada casi por completo, colgando del brazo derecho. La imagen ejemplifica la manera frontal en que los dos amantes no solo no ocultan, sino lucen frontalmente, su apasionada relación. 

 

8 abril

Nada que decir. Podría hablar de lo que veo. Pero ¿cómo se llama lo que veo? ¿Cómo hablar del movimiento del mar, o de los árboles que tanto me gusta ver mecidos por el viento frente a mi ventana? ¿Cómo se llaman esos árboles? Ni idea. Nada que decir. No sé cómo se llama nada. Mi padre, cuyas memorias termino de editar estos días, tiene un vocabulario más amplio que yo, nombres de pájaros, de plantas, aperos de labranza, materiales de trabajo. La causa es obvia: son los nombres vivos de ese mundo con el que convivió. Criado en una era de pleno dominio de las imágenes, las palabras se me vuelven innecesarias para apresar las cosas, para quedármelas. Pero las imágenes no hacen tan buenos títulos de propiedad como las palabras (es fácil evocar al respecto Les carabiniers). Algo del chopo sí queda en la palabra, o no del chopo sino de la dimensión en que habita, en la sensorialidad de su sonido formado en la relación entre los movimientos de la lengua y los labios, la densidad de la saliva, la forma de nuestra garganta… El vínculo que mis ojos establecen con el mundo es por el contrario estrictamente de perplejidad. Si me considero un cinéfilo puro, quizá sea por esa capacidad (pues “impotencia” no es aquí la palabra) de, ante la cosa, mantenerme sin problema en la posición de no decir nada y, con ello, de no retener algo, lo que sea. Capacidad de ser incapaz de decir, suspendido en el silencio de la visión, la perplejidad de la presencia donde el milagro, en consecuencia, nunca será la palabra sino el tacto. Milagro de tocar lo que vive ante los ojos, de descubrir que lo que en mí es imagen (y quien dice imagen dice sueño, incluso fantasía) es, fuera de mí, materia, carne, y que (doble salto mortal) además es posible el contacto entre eso y yo. Imposible concebir acto más sobrenatural. 

Despreocupación por nombrar las cosas en un mundo donde las cosas nos tocan y nosotros resbalamos, con nuestros ojos, sobre ellas. Las imágenes recuerdan por nosotros. Equívoco proceso el de la impresión de la luz de la cosa sobre el soporte fotoquímico; nuevamente, este proceso es meramente objetivo: cosas que se tocan y se marcan entre ellas, coito objetual ajeno a todo sujeto, a todo ojo donde nada se imprimirá, donde nada quedará, en el que toda luz se bañará para volver a su casa como si nada hubiera pasado. La imagen es el resbalarnos de las cosas, el mundo que nos resbala.

Bien señalaba María Zambrano que la filosofía no nace de la perplejidad sino de la negativa a permanecer en ella, el movimiento activo de escapar de allí para ser capaz de decir. Pero todo nacido en la era de la imagen arriesga no advertir que las palabras de las que tan orgulloso se siente son ya solo imágenes, que ya nada dice el decir. 

 

12 abril

“I'm Spencer Tracy with some deference to the character. When a person says he's an actor—he's a personality. The whole idea is to show your personality. There are people who are much better technically, but who cares?”. Estas palabras de Spencer Tracy (procedentes al parecer del Los Angeles Times del 18 de noviembre de 1962), me resuenan con muchas cosas, pero la más inmediata es la visión, hace una semana, de la pésima F1 (Joseph Kosinski, 2025), donde de nuevo Brad Pitt hace gala de este arte que tan bien expresa, y ejemplifica, Tracy. Pitt es ya dueño de una persona que encuentro más visible y rica ahora que la edad comienza a entrar en escena, y no menos por el modo en que lo hace. Siempre relajado, satisfecho y dueño de sí mismo, la vejez le llega al actor como un nuevo elemento con el que sentirse a gusto, como quien se hace con un sillón más confortable, y que apenas genera modificaciones por fuera, pero sí por dentro. Ver conducir al Cliff Booth de Once Upon a Time in... Hollywood, verle posicionarse ante los jóvenes discípulos de Manson, era ver a un Pitt conocido y desconocido a la vez, el mismo de siempre pero con una gravedad nueva, un cuerpo que había variado de peso sin aumentar por ello en masa. Lo mismo encontramos en F1, pese al carácter más errolflynesco del personaje, y gracias a ello la escena confesional llega sin forzamiento, con toda coherencia, poniendo en ejercicio un peso que no habíamos visto en las pesadillas tanto como, en el fondo, en su modo de caminar, replicar, mirar a su alrededor. 

 

15 abril

Raúl Ruiz, 18-XI-97: “No sé por dónde tomar la fascinación de los franceses por el cine americano. Simplemente frivolidad y avidez por el dinero, abyección de origen imperial”. No estoy habituado a oír refrendada mi impresión de que tal fascinación, que a mí también me ha resultado siempre curiosa (o quizá quiero decir “sospechosa”), tenga una raíz imperial. Aunque por su naturaleza destructiva y genocida es Alemania el “imperio” más parecido en Europa a los Estados Unidos, ningún país como Francia se ha mirado en su espejo, pues mientras la voluntad de dominio alemana se sostiene sobre sí misma, Francia y USA se sustentan en su voluntad de “unidad de destino en lo universal” y su autoconsideración de faros (políticos, ideológicos, espirituales y culturales) de Occidente, y más allá. En consecuencia, atentos siempre a su alrededor, solo en Hollywood sin embargo se dignan los futuros cineastas franceses de los años 50 a reconocer ese tipo de grandeza que ellos debían recuperar para alcanzar la propia, la debida en tanto franceses. Esta atención, este reconocimiento, que podía tener su razón de ser, deviene patológica cuando Hollywood es recuperado de los 80 en adelante (a finales de los 70 tenía sentido por la recomposición del oficio crítico tras la ordalía maoísta), y la crítica parece impedida para no encontrar grandes obras y cineastas en una cinematografía cada vez más escuálida.

Me llama la atención de todos modos que la observación de Ruiz responda a la alabanza cahierista de Cara a cara, film hollywoodiense del hongkonés John Woo. La influencia de Hong Kong debe ser la más grande que una cinematografía extranjera ha tenido en Hollywood desde el expresionismo alemán en los 20; sus efectos, por el contrario, fueron nefastos. La larga y digna tradición del cine de acción norteamericano se destruye por la inflación de efectos e inverosimilitudes que, lejos de la riqueza estética y el virtuosismo formal del cine de acción hongkonés o japonés, funciona como un nuevo tipo de combustible fósil con el que incrementar la fuerza tecnológica y el despliegue y ganancia económica de las producciones. Los nuevos cineastas de acción, como los Wachowsky, Bay o cualquiera de los mercenarios del MCU, se convierten en aplicados capataces de fábrica y, retrospectivamente, incluso los Invasion U.S.A. (Joseph Zito, 1985), Comando (Mark L. Lester, 1985), Above the law (Andrew Davis, 1988) y tantos otros, devienen ejemplos de sobriedad y hasta dignidad estética, con su delirio, su gratuidad e incluso su estupidez, pero anudadas a un respetuoso sentido de la gravedad (la ley, digo), la solidez de los cuerpos y las materias, el equilibrio entre la danza y el medio. 

 

16 abril

Raúl Ruiz evoca los libros “que leí y releí en los trenes nocturnos del sur de Chile en los años 60”. Lo triste no es solo la destrucción del sistema ferroviario chileno a manos de la dictadura, sino que en los autobuses actuales la lectura está prohibida, puesto que al llegar las noches las luces del interior se apagan por completo, y las luces individuales, por supuesto, no funcionan. Ausente el paisaje, la visión interior y exterior, mis hipótesis para esta ofensa son dos: 1/ las compañías de transporte quieren fomentar la meditación trascendental y otras prácticas de introspección en beneficio del bienestar emocional y espiritual de sus pasajeros, 2/ las compañías de telefonía móvil pagan a las de transporte para que, impidiendo toda lectura en papel, se fomente el uso del móvil, ese objeto tan injustamente infrautilizado.

 

19 abril

Me encantan las bibliotecas, las amo. Sería un sueño trabajar en una, qué digo trabajar: vivir en una (al crecer, te das cuenta que hacerlo en una pastelería no es tan práctico). Tuve una profesora que poseía junto a su marido dos pisos, uno encima del otro, unidos creo por una escalera interior; el de abajo era su casa, el de arriba una biblioteca, todo él, enterito. El aula completa la observaba, al enterarse, como quien ve a alguien que ha realizado el más alto sueño. 

Solo veo un problema: si vives en una biblioteca, ya no tienes que ir a la biblioteca. El sueño adquiere así rasgos indeseables; aunque, bien mirado, ¿es posible vivir, y no tener que ir, a la biblioteca?

 

20 abril

Cuando llega la enfermedad, doble deseo. Que no culmine, que nos permita seguir trabajando, vivir con nuestras plenas fuerzas. Pero el problema es que esas plenas fuerzas son las que nos permiten, precisamente, seguir trabajando. Deseo, pues, de enfermar y no trabajar, restarse al infeliz teatro de cada día, aquello de lo que solo la convalecencia puede restarnos. ¿Cómo no iba la enfermedad a convertirse en la última esperanza, la última promesa verosímil del bienestar soñado?  

 

23 abril

Dana Andrews hace suya la casa de Gene Tierney, y se enamora de ella a través de su retrato. Gene Tierney se enamora antes de la casa de Rex Harrison que de él. Ella se hace carne ante Dana Andrews para que su fantasma desaparezca, o para dejar de ser el fantasma de otros, y Rex Harrison decide dejar de ser fantasma para convertirse en sueño, apenas recuerdo, y que la mujer pueda vivir sin que el amor de otro mundo le imponga su autoridad. Ese otro mundo sabrá esperarla. 

João Bénard da Costa da su justa importancia a la viudez de Gene Tierney. También Conchita Montés escapa de su ciudad de provincias, su marido muerto, sus cuñadas y el reloj feo. Y se topa con otro fantasma, la noticia de un amor en un mundo paralelo. Finalmente, los dos mundos confluyen, y la felicidad es de pronto posible. 

¿Pero es posible la felicidad sin que los fantasmas sigan siendo fantasmas, los muertos muertos y los vivos muertos de vacaciones? Rafael Durán ya no podrá tomar del brazo a ninguna Conchita muerta, los dos ya nunca podrán mirarse y por fin reconocerse en la tierra de los sueños recobrados.

“No hay film más triste. No hay film más bello. Déjame estar junto a la mujer que nació demasiado tarde para cruzar los siete mares y ver el sol de medianoche. Déjame estar al lado del capitán que murió demasiado pronto para poder besarla o dormir con ella. O déjenme creer que no hay temprano ni tarde y que el único amor que existe —porque es el único en el que creemos— es el amor surrealista, el que Rex Harrison y Gene Tierney encuentran al final, cuando desaparecen en la niebla, atravesando la última puerta.”

24 abril

Películas de terror del mundo: hay que darles vacaciones a las luces parpadeantes.

 

25 abril

“La originalidad del trumpismo español es que ya estaba ahí” (Guillem Martínez).

 

26 abril

Ignacio Agüero enmarca Notas para una película (2022) con la mirada de Gustave Verniory a la selva araucana. Es imposible no advertir cómo ambas reacciones hacen lo mismo en el propio libro de Verniory, aunque la maravillada descripción de 1889 aparezca en la página 113 y la triste despedida (en tantos sentidos) a ocho del final (en la pésima segunda edición de Pehuén), con todavía una excursión a la cordillera en medio. Una es la mirada del amor deslumbrado, la otra la del amor melancólico, nostálgico, pero la clave es que la segunda es también la del que ha sido en parte responsable de la pérdida que ante él se muestra.

Jorge Teillier habla con aprecio del ingeniero belga: «Estudia el lugar donde llega, aprende el idioma, e incluso se preocupa de aprender mapuche contratando un profesor, investiga sobre la fauna y la flora autóctona. Durante su viaje ya en Lisboa ha hecho alianza con una rosa que es un contraste con los países nórdicos; en Bahia piensa que de buena gana dejaría el barco para quedarse en una ciudad tan maravillosa. (…). Le gustaría saber el nombre de todos los árboles desconocidos, prueba con gusto todas las comidas ajenas a su paladar europeo, dice que “la chirimoya es la fruta más deliciosa que yo haya probado jamás” y más tarde, ya instalado en la Frontera, asegura que las comidas de doña Peta, su buena cocinera de Lautaro, son incomparables, a partir de la cazuela.» [No me cabe duda que el nombre es Petra, por cierto]

Escribe el viajero, en 1889:

“Es la primera vez que yo penetro en una selva enteramente virgen. iQué esplendor! Mas inteligentes que los árboles de nuestro país, éstos tienen la buena costumbre de conservar sus hojas en el invierno. Pero lo que debe ser una selva virgen en verano me cuesta todavía imaginarlo. De lejos parece una masa compacta de un verde oscuro; no hay la menor transición entre la pampa y la selva; uno se choca literalmente contra este bloque de verdura. La entrada del sendero, abierto hace quince días solamente, parece como un hoyo negro sobre el fondo verde. Apenas penetramos nos encontramos en una oscuridad a la cual no nos acostumbramos sino al cabo de algunos minutos. Como nosotros somos los primeros que entramos a caballo, los mozos van adelante, quitando a machetazos los obstáculos que molestarían demasiado nuestra marcha. Avanzamos lentamente, pues los caballos se atascan con los bambúes y las lianas que recubren el sendero.

Me pregunto si estoy soñando, si soy verdaderamente yo mismo quien se encuentra ante esta fabulosa vegetación. Jamás me imaginé estos árboles desconocidos, estas plantas trepadoras originarias del país cubiertas de flores deslumbrantes de color rojo, llamadas “copihues” y que solo florecen en invierno; estos troncos muertos, mantenidos en pie por un entrelazamiento de lianas, que los amarran a los otros árboles. Estas masas compactas de “quilas”, especie de bambúes muy altos, que se enredan unas con otras.

Resulta un espectáculo verdaderamente feérico. Toda esta verdura forma arcadas sobre nuestras cabezas. Nuestras voces resuenan allí como bajo una bóveda. Nos ponemos a cantar; las voces cobran una sonoridad asombrosa. Para demostrarnos que no somos los únicos desafinados, millares de loros nos responden con una algarabía ensordecedora. Es lástima que falten los monos.”

Pero el mismo hombre enamorado de la selva deviene al cabo pionero en su destrucción, pese a no simpatizar exactamente con lo que a partir de su labor se desarrolla. Simplemente, como el Joseph Cotten de The magnificent Ambersons, no puede evitar amar algo cuya función, inicialmente positiva, no puede no ser, en último término, destructora. Y así, el 13 de noviembre de 1898:

“iQué cambio ha habido en diez años entre Temuco y Victoria! Lloro interiormente al atravesar a sesenta kilómetros por hora la ex selva virgen del Saco donde sufrí tanto pero cuyo esplendor pasado me maravilla todavía. Hoy día, ¡qué triste banalidad!, se ha procedido al roce en todas partes. El roce consiste en cortar el boscaje inferior y entresacar los árboles durante el invierno. Cuando el sol del verano ha secado todo, se quema la selva para enseguida cultivar el suelo. El humo natural centenario y las cenizas forman un terreno excelente para producir trigo durante varios años sin otro trabajo que la siembra. Los grandes árboles que han resistido el incendio estén muertos y semicalcinados, pero permanecen de pie. No se echa abajo a estos gigantescos esqueletos que no obstruyen el aire ni el sol. Es una devastación funesta que hará pronto que la Araucanía, antes tan exuberante, tome el aspecto desnudo y desolado de Chile Central”. 

Siempre esos centros criminales, esas tierras que se quieren símbolo de todas, como esa Castilla que siglo tras siglo insiste en moldear toda España a su desalmada imagen y semejanza. 

Verniory aporta un importante grano de arena en una humanización del paisaje y la tierra que la haga más amable al uso humano; otros humanos se encargarán de masticarlo adecuadamente para su deglución industrial, arrancándole incluso la vieja humanidad, mediante la eliminación del tráfico ferroviario. 

Al final de El viento se levanta (Hayao Miyazaki, 2013), el admirado Caproni alaba los bellos, gráciles, extraordinarios y admirables zeros de Jiro Horikoshi, su obra maestra, culminación de la gran pasión de su vida. 

Horikoshi, en una de las réplicas más estremecedoras de la historia del cine, dice: “No regresó ni uno”.

¿Es posible que surja algo de nuestras manos, y nuestros corazones, que no devenga al cabo en crimen?

 

27 abril

Leyendo el último artículo de la siempre impecable Nuria Alabao, encuentro algo que persiste en resultarme extraño: la idea del amor romántico como fuente de abusos. Cuenta la autora que abunda entre los jóvenes (sobre todo varones) la lógica del seguimiento de la pareja: vigilancia de los móviles, exigencia de responder inmediatamente los mensajes, de saber dónde está el otro, etc. Pero me resulta muy raro que plantee que “algunas de estas actitudes podrían relacionarse con las concepciones del amor romántico que todavía inundan los productos culturales –en la música, en el cine y las series– y los entornos de estos jóvenes.”

El amor como “entrega absoluta” goza de mala fama desde hace tiempo en ámbitos de lo que podría llamarse “izquierda afectiva”. Francamente, no lo entiendo. Por la simple razón de que no veo por qué la “entrega absoluta”, la pareja como “proyecto para toda la vida” tenga que implicar la posesión absolutista, dictatorial, esclavizadora del otro, en vez del respeto más absoluto concebible. Si el amor es una (repitamos) “entrega absoluta”, no veo cómo esto puede leerse de otro modo que como una entrega absoluta a la radical diferencia del ser amado, lo cual implica negarse a la posesión de aquel (en favor si acaso del ser poseído) y ser feliz al saber por ejemplo que tu amada, a la que quieres pese a ser hincha del Real Madrid, se ha follado a la mitad del equipo, pues eso la hace muy feliz. 

Otro argumento es que no veo por qué la poligamia, las relaciones abiertas, el poliamor, etc., iban a ser menos susceptibles al abuso que la monogamia más tradicional del mundo. El establecimiento de unos tipos de relación como válidos o inválidos per se debiera ser inaceptable para cualquier ética y política afectiva. El poliamoroso puede vigilar los móviles no de una sino de cinco parejas a la vez o puede hacerlas sufrir de maneras igualmente insidiosas, pues ese es uno de los grandes poderes del ser humano: saber encontrar el modo de joder cómo, a quien y donde sea. 

 

30 abril

Frase subnormal internetera del día: “Salir con hombres que no van a terapia me parece peligroso”.

 

3 mayo

“La relación pregunta-respuesta no es muy lejana de la relación entre un texto en una lengua y su traducción” (Ruiz). Ídem con el comentario cinematográfico, del tipo que sea (análisis, crítica, etc.). En el fondo, el problema último de todo análisis radica en la palabra que usar para dar cuenta de imágenes; cómo traducir en palabras un hecho estético mucho más abundante en significantes, tanto más inferior en significados. No hace falta ni hablar del amor, la justicia, la bondad o la naturaleza: ¿es adecuado escribir “lámpara roja” ante la lámpara roja que veo en una pantalla? 

Hay una gran diferencia entre el análisis escrito o hablado y el análisis tout court. Aumont y Marie, o Casetti y di Chio coinciden en señalar que no hay análisis sin objetivo, pero yo no he tenido otro en mis análisis que conocer (y disfrutar) a fondo una película (no es ese el tipo de objetivo del que hablan dichos autores). El error a mi juicio se encuentra en la distancia entre el análisis hecho para conocer y el análisis hecho para comunicar, el que se tiene que poner por escrito y en consecuencia es difícil no acotar en torno a algunas cuestiones clave (aunque sería lo deseable, creo yo). Difícil encontrar medio que te permita hablar por hablar de una película, es decir: ejercitar la erótica en vez de la hermenéutica, por reivindicar la feliz dicotomía de Susan Sontag. El reto debiera ser alcanzar el tipo de texto que, al hablar de una película, se acerque más al hecho de analizarla porque sí, analizarla para uno mismo, viajando por su interior, explorándola mediante el orden de la curiosidad, el interés, el descubrimiento e incluso el capricho, que al de explicarla a alguien. 

 

4 mayo

En El fuego secreto, Fernando Vallejo plantea esta idea brillante: Bach precisa un gran músico, pero el peor del mundo puede hacerte llorar con un bolero, pues Bach es intemporal pero el bolero, como nosotros, es “un alud de recuerdos”. La música de Dios debe ser tocada pues eso, como Dios, pero el bolero solo exige un ser humano; eso sí, real. La imperfección de un cantante puede acrecentar el dolor de la emoción que canta, su mediocridad incluso elevarla. Es porque la canción está hecha de un tiempo cargado de dolor, de emoción, de la carne, la sangre y el abismo de la vida humana, y quien quiere cantarla debe hacerles justicia. Existen los grandes cantantes de boleros como existen los de flamenco, pero existen los grandes cantantes desconocidos, los que aparecen un día en una esquina (recuerdo uno memorable en Siete jereles de García Pelayo), en un bar barato, en una fiesta declinante. Existen en las voces curtidas del gitano, el indio, el pobre, el cantante que malvive a base de monedas nocturnas. “Quien sabe leer, no sabe cantar flamenco”.

Esas voces van desapareciendo bajo el peso de una técnica vocal de nuevos ricos, estudiantes aplicados de la buena dicción, la columna de aire, el sonido nítido. Acaso Rosalía sea el mejor síntoma de una voz que a fuer de limpieza y depuración se adelgaza hasta la inexistencia, la piel digital hecha ya una con la carne, las vísceras y el aire, la emoción un rescoldo evocado por la vía de su absoluta extenuación, en la espera de ese momento en que solo la evidencia de la ausencia de emoción nos permita sentir alguna.   

 

5 mayo

Tiendo a considerar que el significado es el gran enemigo del análisis, y en suma del conocimiento, y es la función la que marca el norte correcto. El significado, utilizado al modo usual, equivale a un Wally que borra el conjunto, árboles tanto como bosque, por inconsideración del total de elementos y relaciones (al punto que pasan a denominarse como “Dónde está Wally”). El significado ejerce una discriminación injustificada al privilegiar los aspectos que permiten su generación, pese a un inmenso resto calificado como ornamental o, más educadamente, secundario. La función, en cambio, permite considerar cada elemento y todas las relaciones (funciones) que establece con los restantes y el conjunto. Son estas relaciones las que permiten a su vez establecer funciones adicionales a las que podemos llamar significados, metáforas, símbolos, connotaciones, resemantizaciones, etcétera. La pregunta por la función equivale a la de los efectos de cada operación implicada por la obra, y encontrar significados sin necesidad de buscarlos. 

La búsqueda del significado es la búsqueda de uno mismo, y en ello radica buena parte de su interés, pero la búsqueda de la función es la de lo exterior, un acto de amor a la justicia, la verdad y el conocimiento. Un análisis formal, funcional, trata al mundo con el respeto debido a la multiplicidad que lo forma. Un significado, por el contrario, nunca necesitará que el mundo exista.

 

6 mayo

Persistente extrañeza ante el fenómeno del gangbang. Me intriga qué puede interesar a un hombre heterosexual en ver a un número de maromos (es decir, pollas) inabarcable en torno a una sola fémina. La hipótesis es tan obvia como quizás demasiado fácil: en realidad, deseo de ver eso, hombres, pollas. El deseo del pornófilo hetero podría implicar no solo afirmar la propia masculinidad por la proliferación de feminidades fáciles y desinhibidas acordes a su deseo cuanto multiplicando asimismo la propia presencia: a más pollas en el plano más cantidad de hombría, más sangre dentro de la del espectador. 

Esto no eliminaría la posibilidad de una homosexualidad latente, pero esta sí me parece una opción facilona, con un plus paródico que la hace tan tentadora y simpática como falsa. Yo, que soy heterosexual porque el mundo me hizo así, no puedo ver una escena pornográfica a gusto si el sexo del hombre no me parece atractivo, pero no está de más considerar que, si el fenómeno de la identificación existe en el cine porno hetero, es razonable afirmar que su espectador tenderá a identificarse más con la mujer que con el hombre. Por mucho que los identificadores de una masculinidad hetero hipervitaminada se multipliquen, es evidente que el protagonismo es femenino, tanto más por cuanto el contraplano masculino se recibe fácilmente como la intrusión de un rival, el antagonista que impide el cumplimiento del deseo, que no es follarse a la chica cuanto ver cómo se la follan. Interrumpiendo nuestra percepción, el plano del actor pornográfico impide la identificación con él, y potenciando el anhelo de la mujer nos aproxima a ella en una dimensión más que carnal, obligándonos a reproducirla en nuestro interior (si de nuestro alma o nuestro sexo, poco importa en este contexto, y además les recuerdo que la sangre que colma el pene procede del corazón). 

En el caso del gangbang, es difícil no pensar también en un sentimiento “oceánico” sexual que hermana nuestro deseo al de ella, más que al de ellos. Pero lo que termina de convertir el fenómeno en extraño es el menor interés que a todas luces genera el gangbang inverso. ¿No debiera el pornófilo sentirse mucho más interesado en ver a un hombre rodeado de cinco o veinte mujeres en vez de una sola de ellas buceando en un mar de vergas? Es aquí donde me parece evidente que el espectador es dirigido a la figura, el ser único entre la masa de iguales y que, si la identificación con la figura-mujer en el gangbang satisface sus deseos “oceánicos”, en el inverso, obligado a identificarse con la figura-hombre, surge el problema de hacerse cargo de la “responsabilidad”, muy cercana a lo imposible, de dar cuenta de tanto poderoso monumento de devoradora sexualidad femenina. El sentimiento oceánico no se semeja aquí a la inmersión del cuerpo entero en las acogedoras aguas infinitas cuanto a la observación impotente de un firmamento inabarcable. El carácter ilusorio, fantástico, construido de la escena pornográfica se evidencia para el espectador masculino en el gangbang inverso como en ninguna otra convención pornográfica.  

 

7 mayo

Máxima de Vallejo y su fuego secreto para hoy: “Propongo dos postreras obras de caridad del cristiano: darle amor a quien lo pida y muerte a quien la quiera”. 

 

9 mayo

Ruiz, 9 de marzo de 2010: 

“¿En qué momento empezó a dominar la techné y pasó a segundo plano la manía, la inspiración? Y, sobre todo, ¿en qué momento la manía de tecnificar la inspiración empezó a dominar el proceso de crear?”. 

Notable y necesaria pregunta. Pensé en citarla sin más en la entrada de hoy. Pero también me gusta lo que viene inmediatamente después, tras un punto y seguido: 

«Las técnicas de meditación, las escuelas para enseñar a estar solo, lo que es el colmo. Y, a propósito, ¿hay una soledad o la soledad es gregaria? Que la soledad es gregaria es una idea que no tiene nada de extravagante. Se me ocurrió pensando en la curiosa afirmación de Wittgenstein de que el inconsciente no tiene “propiedad privada”. No es apropiable, es un fondo común». 

¿Qué relación guarda esto con lo anterior? Juraría que ninguna. ¿No corresponde entonces punto y aparte? He aquí el problema. Los diarios de Ruiz están llenos de las anotaciones más heterogéneas unidas en un mismo párrafo, pero es imposible saber si eso es cosa de él o no (o si lo es siempre) puesto que el editor de los diarios decidió, para reducir el número de páginas, la norma de unificar párrafos. Como a ello se suma la de no utilizar barras u otros métodos para indicar los puntos de unión, resulta que no sabemos cómo concibió Ruiz el uso de los párrafos en sus diarios, y en consecuencia el manejo de la acumulación de hechos diversos que constituye su norma evidente. Solo podemos pensar que la unificación es muy habitual, pues Bruno Cuneo, el editor, señala que Ruiz suele escribir en periodos cortos; vemos dos párrafos, pues, y hay alta posibilidad de que los haya, pero la certeza se nos niega.

Añadamos a esto un problema adicional de la antología de los diarios que fue publicada el año pasado: la entrada está incompleta. Antes de la primera pregunta, Ruiz escribe una simple acotación: “Día de sol. Apunta la primavera imprescindible”. 

¿Por qué cortar algo tan breve? Pero consideremos que, al párrafo que ahora ya he citado en su integridad (y que no sabemos si es uno que se divide en dos como dice Mao o uno que es trino como decreta la santísima iglesia católica), sigue otro, no recogido en la antología:

“Lisboa. Este cuaderno lo había olvidado a principios de junio de 2009 (el tiempo, en este caso, no ha pasado tan rápido). En dos días más entro al hospital para ser operado de un tumor al hígado. Va a ser algo así como un terremoto, como el terremoto de Chile [se refiere al que había tenido lugar el 27 de febrero, pocos días atrás]. Voy a retomar la historia de Pinocchio. ¿Cómo un árbol puede hablar? Emitir ruidos es seguro. El bosque políglota”.

Problema 1: ¿Uno, dos, tres párrafos? 

Problema 2: Las líneas no carecen de interés. Pero una antología tiene estas esclavitudes, y no cabe criticar tales cosas. 

Problema 3: Lo que sí cabe cuestionar es, tanto como la ausencia de barras, la de indicadores de pasajes retirados, y más aún que en el prólogo no se informe que la selección no es tanto de entradas de diario cuanto de pasajes, pues fácil es asumir que los días seleccionados lo han sido íntegramente. 

Es mi única crítica a una antología por demás gozosa de leer, y en ese sentido agradablemente infiel a lo que parece haber sido el planteamiento de su autor.

 

10 mayo

Hay mucho de lo que impresionarse en la apabullante Canal Zone (1977), una de las cumbres de Wiseman, pero confieso que nada lo ha hecho tanto como ese plano de apertura donde una atractiva casa elevada sobre una colina es cruzada por una bandada de gaviotas, todo ello acompañado por un rítmico sonido posiblemente electrónico que no solo es obvio no es exterior sino que, sobre todo, guarda gran parecido al graznido de las gaviotas (no iré tan lejos como para decir: las gaviotas de Los pájaros de Hitchcock). Es quizá la muestra más alta de la veta surrealista que muchos han observado en Wiseman.