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lunes, 20 de julio de 2026

Dietario (10)


11 mayo

Si alguien me vuelve a decir lo buen guionista que es David Koepp, sacaré mi pistola, le apuntaré a la cabeza y, antes de disparar, le leeré esto:

«”In writing Jurassic Park, I threw out a lot of detail about the characters," says Koepp, "because whenever they started talking about their personal lives, you couldn't care less. You wanted them to shut up and go stand on a hill where you can see the dinosaurs. When we announced the sequel, I got this packet of letters from an elementary-school class somewhere outside San Francisco, and one of the kids wrote that we should add a stegosaurus and this and that, but 'whatever you do, please don't have a long, boring part at the beginning that has nothing to do with the island.' In other words, the premise of these movies is so exciting the usual cat-and- mouse game just doesn't work. The kid is only eight, but he's right, and I kept his letter on my desk. On my tombstone it'll say my name, the years I lived, and then, IT TOOK TOO LONG TO GET TO THE ISLAND».

12 mayo

En un excelente making-of sobre Bowling for Columbine (2002), Michael Moore explica cómo su película triplicó la recaudación más alta que hubiera alcanzado documental alguno en su país, y que ello le llevó a pensar que tendría efectos, quizá en el uso de las armas, quizá en la propia identidad norteamericana de la que trata, más bien, su película. Pero obviamente, constata que no fue así. Jean Renoir decía que la prueba de que el cine no podía cambiar la realidad era que la II Guerra Mundial llegó pese al éxito de La gran ilusión, pero yo diría que Michael Moore puede afirmar lo mismo con más base.

Pienso en todo esto al leer las siguientes palabras de Frederick Wiseman:

“Film ideologues are not interested in the discovery and surprise aspect of documentary filmmaking, or in trusting their own or anyone else’s independent judgment, but want documentary filmmakers to confirm their own ideological, abstract views which have little or no connection with experience. Some documentary filmmakers urged on in their self-generated political fantasies by academics and other ideologues, by film barons and bureaucrats, and by all those who form the parasitic platoons fluttering around film-makers, believe documentaries must educate, expose, inform, reform and effect change in a resistant and otherwise unenlightened world. Documentaries are thought to have the same relation to social change as penicillin to syphilis. The importance of documentaries as political instruments for change is stubbornly clung to, despite the total absence of any supporting evidence.”

Escritas en 1994, las primeras frases anticipan la dictadura del guion que absurdamente se ha enseñoreado del universo documental, por no hablar de la exigencia de discursos e intenciones a priori. Y cuánto más admirar la inspirada mención de los “parasitic platoons fluttering around film-makers”.

Son estas ideas las que me parece enriquecen y dotan de su potencia a las frases finales, cargadas de una voluntad de descubrimiento, de conocimiento, de riqueza y complejidad, que no suele encontrarse en quienes hacen idénticas afirmaciones.

En todo caso, no estará mal evocar al respecto un artículo de John Gianvito que, entre otras cosas, niega la mayor: “Con respecto al objetivo de que hacer una película, escribir una novela, producir cualquier obra de arte, pueda de alguna manera cambiar realmente el mundo, admito sin reparos que tales ambiciones deben abordarse con considerable escepticismo y la mayor humildad. Además, en la mayoría de los casos, poder medir y cuantificar verdaderamente el impacto material de una película es prácticamente imposible. En la mayoría de los casos, pero no en todos”. Y así, entre otros, Gianvito nos recuerda que Cathy Come Home (1966) de Ken Loach “condujo directamente a la formación de CRISIS, una organización benéfica nacional, que ofrece servicios anuales de educación, empleo, vivienda y salud, además de presionar al gobierno para que se produzcan cambios políticos que prevengan y mitiguen la falta de vivienda”; que La sangre del cóndor (1969) de Jorge Sanjinés provocó la expulsión de Bolivia de los Cuerpos de Paz de los Estados Unidos, cuya esterilización forzada de mujeres indígenas había denunciado; que The Thin Blue Line (1988) de Errol Morris, aportando pruebas de su inocencia, llevó a la anulación de la condena a cadena perpetua de un hombre condenado por asesinato; o, caso más famoso, que el desaparecido Ku Klux Klan volvió a la vida gracias a El nacimiento de una nación (D. W. Griffith, 1914), el ejemplo más irrebatible e imperecedero de la potencia política del arte; ¿o valdría más decir “de cierto arte” y “de cierta línea política”?

13 mayo

Imposible no pensar que Black Legion (Archie L. Mayo, 1937) sirvió de modelo para el Killers of the Flower Moon (2023) de Martin Scorsese, sobre todo cuando un momento importante de la narración pasa a ser representado en un estudio de radio; aquí, también se siente que la película debiera terminar en la grabación, y aunque la escena siguiente merece la pena por la sola visión de un hundido Humphrey Bogart, en efecto el resto es en cierta medida sobrante por lo obvio de un recorrido destinado a culminar en el discurso inevitable del juez. Pero lo que convierte en interesante esta sección final es el retorno de la esposa, una fantástica, y por lo que veo no muy valorada, Erin O'Brien-Moore. Si la película ha sido sobresaliente, el pequeño bache del cierre queda lacrado en oro por el intercambio de miradas en movimiento entre ella y Bogart. Mayo aprovecha a fondo la salida del juzgado, que impide dedicar el plano de cierre al actor por su salida de campo, y se queda con Moore, cuya mirada, durante el plano-contraplano en que los dos se siguen mientras caminan hasta perderse para siempre, trasciende el dolor, el sufrimiento y cualquier emoción nombrable. No sé qué carajo hace en ese momento, podría ser la mirada de un alucinado, pero tampoco ese adjetivo sirve. Solo sé que Mayo, perdido Bogart, avanza hacia un primer plano de ella, y lo sostiene como nunca he visto a actriz o actor sostener uno. Supongo que, simplemente, ha perdido al ser que ama en el exacto mismo movimiento con que lo ha recuperado. Nunca he visto un momento así tan bien sintetizado, y tan radicalmente transfigurado, en toda la historia del cine.

Sobre el subrayado: poder del cine para obtener transfiguraciones, movimientos por lo que algo conocido, sin dejar de serlo, se traslada, se reconfigura, muta, insisto, sin dejar de ser lo que es, en algo que es otra cosa, que salta a otra dimensión o se deja traspasar o iluminar por algo de otro orden. En los planos finales de Black legion, todos podemos nombrar el contenido de la emoción a transmitir, pero ninguno de los dos intérpretes parece dispuesto a dejar que su emoción se deje acotar en sus límites, y en consecuencia algo de otro orden, algo indefinible se dibuja con los ropajes de esa definición. La emoción se ha transfigurado y los rostros hacen algo más que comunicar, abierto quizá en su interior el silencio de lo perdido.

14 mayo

Nadie lee a los poetas, pero, ¿quién escribe pensando que será leído? ¿No sabe todo artista que no hay ya posteridad posible? ¿Que si no mañana, algún día, la humanidad se extinguirá irremisiblemente, o mutará en algo a lo que nada importarán nuestras creaciones, que no sabrá si descifrarlas siquiera como tales? ¿Qué tiempo futuro leerá las obras de los grandes creadores de hoy, verá las grandes películas? El mismo que a los mediocres: ninguno. El futuro no nos espera y en todo caso no sabrá reconocernos. La gloria ha regresado al presente del que en el fondo nunca salió y creo firmemente, aunque digan lo contrario, que nadie se engaña al respecto. Máxime cuando todos sabemos que no fue el tiempo el que salvó la grandeza de Sófocles sino el éxito ante sus contemporáneos, los premios ganados en los festivales. ¿No nos dice esto que quizá sea Pérez Reverte el único escritor que sobreviva de nuestra época? Cuantos más ejemplares impresos, más posibilidades de salvación. El papel tarda más en arder que el celuloide o los soportes digitales, más aún si hay muchos juntos (Libro = Papeles Unidos Jamás Serán Vencidos), y en todo caso ningún extraterrestre sabrá qué es un cd, pero sí podrá ver que hay imágenes en una tira de 35mm o signos en un papel.

El artista de éxito sabe, si no es inocente, que su fama solo le asegura el dominio sobre el ahora. Al manifestar sin ambages que después de su muerte nadie le recordará, Pérez Reverte no revela modestia sino, muy al contrario, la vanidad del triunfo sobre la única posteridad ya admitida, la posteridad presente: la victoria sobre tus contemporáneos, el éxito económico y el reconocimiento público, que además conllevan también el crítico. Pérez Reverte y Spielberg, los únicos supervivientes.

Pero no se amargue el artista riguroso, el futuro ausente es para todos. Hablamos en el vacío del tiempo, nada de lo que digamos importará, nuestro arte nunca tendrá consecuencias. Esos ojos radicalmente ajenos que contemplen nuestra obra desde otro tiempo, sabemos que no llegarán. El privilegio de saber que serás leído a dos mil años vista, el privilegio de soñar con la eternidad, es ya eso, el privilegio de soñar. Otros prefieren follar. ¿Quién podría cuestionárselo?

Artista, tu amor nunca será correspondido. Haces bien, pues, en no amar.

17 mayo

Mis redes deben compartir mi sentido del humor basado en tocarle los cojones al prójimo, porque constantemente me envían citas, links, reels y lo que haiga falta de luminarias diversas denunciando cómo puede ser que la izquierda no se de cuenta de que la pelea por el lenguaje es importante, y que la derecha lo sabe perfectamente y de ahí su éxito. Desde los 60, en gran parte del mundo la izquierda ganó la pelea comunicativa, la pelea por el tan mentado sentido común, y su lenguaje se enseñoreó de la práctica totalidad de los medios, exactamente al tiempo que los partidos de ese espectro comenzaban a conspirar contra todos los movimientos sociales que les impidieran llevar a práctica la nueva gobernanza que con el tiempo llamaríamos neoliberal. Resultado: percepción general de que la globalidad es de izquierdas y que, en consecuencia, la hipocresía domina, pues es igualmente evidente que todo ese lenguaje no se corresponde con la realidad de nadie. La derecha no solo gana apariencia disruptiva, sino un discurso que al tiempo que embustero, posee más verdad que el de sus supuestos oponentes.

Burbuja de la vivienda, burbuja digital, burbuja de la IA... Pinchemos de una maldita vez la burbuja comunicativa. ¿No es de verdad evidente que la izquierda lleva décadas peleando solo por el lenguaje, cayendo en una trampa tendida por ella misma pero apoyada con pleno entusiasmo, tan pronto se apercibieron de ella, por la derecha, donde nunca se olvidó que la pelea política está ante todo (¡sorpresa!) en la política?

18 mayo

El cine: el viento en los árboles.

La ficción: una chica y una pistola.



21 mayo

Vendería media alma por haber asistido a aquella sesión en que Stan Brakhage mostró varias de sus películas a Andrei Tarkovski. El año era 1983; el lugar, el Tenth Telluride Film Festival. El primero admiraba inmensamente al segundo, pero el segundo aborreció cada obra del primero. Tenemos la descripción precisa de la discusión por el norteamericano, que se dedicaba a defender una tras otra sus obras ante el artista admirado, proponiendo a raíz de ello una película más que, estaba seguro, esta sí le interesaría, solo para encontrarse con un odio aún mayor. Brakhage recuerda que tras más de veinte años teniendo que defender sus películas todos los argumentos lanzados en su contra le eran conocidos, hasta que escuchó algo “que quizás solo podía llegar de Rusia”: una diatriba contra la innovación misma, “insensata y destructiva” al decir de Tarkovski.

Obviamente estoy del lado de Brakhage en tanto la más débil e ínfima de sus obras barre el suelo con la fatuidad del metafísico de cuarta que era Tarkovski, pero no por ello la invectiva carece de interés. La innovación de la época de Brakhage directa o indirectamente se relaciona con la creencia firme de mucha gente en el inevitable cambio (a mejor) de su mundo (creencia acompañada de un actuar en consecuencia). Que otro mundo es posible no era un lema para sentirse bien sino una posibilidad real, y palpable en los numerosísimos movimientos sociales que en el mundo se propagaban a gran velocidad, agravados por un salto generacional que ocasionó una gran falta de reconocimiento entre los jóvenes, sus padres, y el mundo de sus padres. La posibilidad palpable, e incluso la certeza, de la revolución, y cuando menos el cambio social, político, económico, no puede no ir de la mano de un arte revolucionario, la multiplicación de pruebas de que otros modos de concebir las cosas son posibles. Brakhage no era un revolucionario social, pero participa de ese sustrato que va con el siglo.

Por ello, la afirmación de Tarkovski es chocante en todo, pues la negación de la importancia de la innovación estética no puede además no verse como socialmente regresiva. Pero lo cierto es que: ¿por qué la novedad tiene que ser un valor? Cuando Roland Barthes afirma que lo que le exige a toda obra es que sea nueva, no puedo no ver en ello una exigencia adecuada a la evolución del capitalismo que al mismo tiempo está teniendo lugar: la que al hacer de la producción y reproducción su centro convierte al producto sólido y duradero en enemigo en favor de la reproducción constante de novedades, la producción y producto que ya son uno con su publicidad, una que debe afrontar la multiplicación de objetos con la continua invención y propagación de nuevas cualidades y deseos para promocionarlos. Nada más patético que el artista que trata de defender su obra por sus elementos de novedad, pero ninguna evidencia más clara de que el procedimiento equivale al de la reivindicación de un nicho específico para un producto único... nicho de los “productos únicos”, idénticos en virtud de su novedad, paradoja que solo el capitalismo ha conseguido hacer real y aun cotidiana. La novedad como valor lleva a su casi imposibilidad, como la revolución soviética conllevaba la imposibilidad fáctica de revolución al verse su retórica y función usurpadas. La exigencia de novedad traslada al arte y al espíritu humanos la misma extenuación que la producción en masa al trabajador y a los recursos naturales, pero al fingirse exigencia propia supone una auto-explotación que, al contrario que la de la vida académica actual, se ve ideológicamente justificada por la identificación que la autenticidad y la novedad han adquirido como sentido último del arte. El artista autoexplotado por su búsqueda de mismidad y originalidad cree ejercer la norma del arte, pero se hunde en la inautenticidad pues, ante la extrema dificultad de lograrlo (ya que en el arte no existe la búsqueda sino el encuentro, es decir el trabajo), de forma inconsciente en el mejor de los casos acudirá a las retóricas de novedad en que la educación artística le ha entrenado y las distintas instituciones del mercado le permiten perfeccionarse. El artista, finalmente convertido él mismo en producto, conseguirá ser tan nuevo como todos, ocupando su lugar propio en los estantes del supermercado del arte.

22 mayo

Leído en pared: “Lo mismo es distinto mañana”.

27 mayo

David Bordwell habla de dos segundos que cambiaron el cine: el grito de la mujer que da inicio a la secuencia de las escalinatas de Odessa. Solo que, de esos dos segundos, uno está ocupado por un letrero: “y de repente”. Los cuatro planos utilizados por Eisenstein (de 7, 5, 8 y 10 fotogramas respectivamente, según Bordwell) solo duran un segundo. Lo que le hace ganar por uno al You suffer de Napalm Death, que dura dos (en los cds pone cuatro, pero por el silencio antes del siguiente tema). Bordwell hace notar que “no suele reconocerse cuántas veces los cambios en el arte cinematográfico suceden para mostrar violencia” (“it’s not usually recognized how often changes in film art are driven by showing violence”). Graciosamente, la afirmación no va mal para el tema más salvaje de la banda más punk del mundo, que por supuesto no deja de tener letra:

Sufres
pero ¿por qué?

28 mayo

Variación de Adorno: al correr hacia la micro, corres exactamente hacia aquello de lo que huyes. 


29 mayo

Cuando el protagonista lanza la cabeza de la estatua etrusca al mar, se evidencia que su agenda era otra que la búsqueda de tumbas, el gusto por la arqueología o incluso el vacío vital. Que Alice Rohrwacher muestre, junto a la perplejidad y ofensa de sus compañeros, la sonrisa satisfecha de la traficante de arte es el gran giro no obstante, pues toda dimensión ética o social de su labor (el aspecto más interesante y ocurrente de la primera parte) queda de golpe abolida y regresamos al punto de partida. El camino siempre fue solitario, más incluso de lo que pensábamos.

Pero, aparte de la vulgar animalización en la pelea del barco, el trato de la banda amateur como miserables al cabo sin escrúpulos, provoca que, mientras la gran y profesional traficante sí se ve beneficiada por el gesto (el amor a la muerte, a quién favorece sino a los poderosos), el perjuicio a los otros resulta eliminado. Podemos molestarnos porque la beneficie a ella, pero no nos resentiremos por la injusticia que les hace a ellos. Rohrwacher ha dejado muy claro que la ruptura definitiva no es solo por este daño, sino por la miseria de ellos, bestias ávidas de dinero, muy por “debajo” del metafísico buscador de tumbas.

Lo que me lleva a preguntarme por qué el protagonista es inglés. La extranjería me puede parecer pertinente, pero ¿por qué no ser de otra región de Italia que también genere la no pertenencia? Y si no es suficiente (el problema del idioma nunca es menor), ¿por qué no lituano, kazajo, ruso, senegalés, mongol, turco, chilote, griego, coreano, islandés, murciano? La pregunta no es menor, baste imaginar las mismas acciones a cargo de alguna de estas nacionalidades.

La chimera acaba escupiendo sobre el discurso de la noble (por pobre) búsqueda de tumbas y elevando a un ser condenado a la soledad y la miseria moral, sí, pero superior a los envenenados por eso que ya se niega como hermoso modo de sobrevivir a la pobreza y afirma en cambio como criminal codicia, pero además por inglés guapo, amable y elegante hasta en la desidia. Rohrwacher se niega toda la tensión que hubiera surgido si los ladrones amateurs hubieran sido gente noble; el lanzamiento de la cabeza hubiera sido más injusto pero con ello más justo, pues hubiera dado al gesto toda su gravedad solipsista precisamente por mostrar sus efectos exteriores en toda su dimensión. Es grave pero comprensible que el inglés ya no vea a su alrededor; es grave a secas que tampoco lo haga Rohrwacher.

30 mayo

Imbecilidad internetera del día: "No puedo concebir tener a mi lado una pareja que consuma pornografía".

31 mayo

Adorno otra vez, hablando ahora del abyecto cierre de Caché (Haneke):

“A la postre el alma es el anhelo de salvación de lo carente de alma”.

Y otra más, anticipando al Ballard que tildaba de sueño casto al cine pornográfico:

“Cuando la organización de la vida ya no deja tiempo para el placer consciente de sí mismo y lo sustituye por las ocupaciones fisiológicas, el sexo mismo desinhibido se desexualiza. Propiamente los sujetos ya no desean la embriaguez, sino tan sólo la compensación que pueda traer una ocupación que preferirían ahorrarse por superflua”. 

1 junio

Eraserhead (David Lynch, 1977) pertenece a ese selecto grupo de películas magníficas con un mal cierre. Es evidente que termina con el cerebro del protagonista convertido en polvo de goma de borrar flotando en el espacio, y que lo que sigue (consuelo, medicina, religión) sobra. Tendencia general de Lynch a cerrar la idea fuera de sí misma. Tendencia, también, a la inanidad del arte como cura. Pero el arte no redime: o mata, o muere.

8 junio

Qué gloriosas fueron (o son, en la memoria) las temporadas 4 y 5 de Perdidos. ¿Por qué? Por ser las que al fin asumían que el centro de la serie no era ninguno de sus insoportables personajes con sus insoportablemente tópicas y plañideras historias, sino la isla. Convertida esta en el centro absoluto de la función, la fiesta fue completa, un dispendio de imaginación y el mejor ejemplo de vidas sometidas a un sistema imposible de entender. Llegada la sexta y última temporada, dos eran las posibilidades: ¿resolverán el sistema, o salvarán todos los problemas acudiendo a lo fácil, es decir: resolviendo a los personajes? Obviamente, fue lo segundo. Inútiles como los implicados daban para poco más, pero sería injusto no señalar que la solución es común. No hay raymonroussels en el cine, y por supuesto mucho menos en el comercial.

Uno se cría en la certeza de que el psicologismo es el enemigo, y crece en la evidencia de que nada puede contra él. Backrooms (tristemente, nada que ver con el universo gay), es la última decepción en la materia: un universo fascinante, hermoso, y unos actores perfectos para desarrollar seres vivos sin malgastar una sola palabra, desperdiciados en un desarrollo del psicologismo ramplón que domina nuestros días, todos los días. Un mundo nuevo, inmenso, lleno de posibilidades, ante el que nuevamente sus creadores fingen que todo se juega en la psique de dos gilipollas traumados. Como si hubiéramos ido al cine por ellos.

11 junio

Joaquín Edwards Bello viaja en tren, de Santiago a Valparaíso, para despedir a la Sombrerería Presciutti. Ya no se llevan los sombreros, tan ideales para saludar a las damas. Se cierran las viejas tiendas, pero el tren sigue el mismo recorrido que setenta años atrás. Señor Edwards, no se preocupe, hoy el problema está resuelto: ese tren ya no existe.

“Hace algún tiempo tuve un sueño impresionante”, nos dice el cronista. “Soñé que iba en un asiento aislado del tren a Valparaíso. De pronto el tren se detuvo con un fuerte golpe de ferralla, de palancas, de frenos y de rieles. Se escucharon gritos agudos de pánico. Aparecieron por la puerta del fondo unos individuos con las caras tiznadas y con pistolas apuntadas a nuestras cabezas. No hice caso de su grito de arriba las manos. Todos hicieron caso, menos yo. ¡Ya verán quién soy yo! Saqué mi revolver Smith y Wesson, herencia de mi padre, que ahora mismo veo. N° 222746. Pat. enero 24-66, reissue 82.”

Esta última frase me causa una profunda, honda impresión. Con ese mismo revólver Edwards Bello se volaría la tapa de los sesos pocos años después. En Valparaíso y otros lugares, editado por Ediciones Universitarias de Valparaíso en 1974, no se indica la fecha de publicación de la crónica, pero en el anterior Memorias de Valparaíso, que también la incluye, sí: noviembre de 1961. El suicidio tendría lugar el 19 de febrero de 1968, casi siete años después, pero tras varios reducido físicamente e incapacitado para la escritura. Un día tomó ese arma que tenía tan a la vista, y se mató. Meses después, el 10 de septiembre, le seguiría el gran Pablo de Rokha, sumido en la ausencia de su esposa y de su hijo muertos. También de un disparo, también con un Smith & Wesson.

«Sigo con el sueño. En vez de levantar los brazos apunté a uno de los bandidos. Lo maté. El otro me hirió de un balazo en el pecho, pero seguí disparando y lo derribé. Entonces caí muerto como he deseado de pie y en pocos segundos, no en cama, entre chatas, potingues y frascos. Todos celebraban mi actitud y exageraban bastante. Así nacen los mitos. Este sueño es seguramente un producto de frustración. He soñado con gloria desde pequeño. El destino me ha negado ese minuto de gloria, pero no pierdo las esperanzas. Viajo siempre con mi revólver, sin perder de vista la puerta de mi vagón. A cada instante creo que van a aparecer los bandidos de mi sueño. Se abre la puerta y me digo: “Ahí vienen”. Pero no son los bandidos. Es el vendedor de pastelitos con manjar blanco. Es el de los boletos. Es la señorita que va al lavatorio. Ya no hay bandidos. Ya no hay héroes». Sí los hay. Disparan el arma contra sí mismos, muriendo en sus propios términos. Siempre desde adolescente pensé el suicidio en los términos de los quince minutos de fama de Warhol. Lo pensaba en relación al método del corte de venas, durante el que el autor de su muerte puede verla llegar, al ritmo de la sangre que le abandona, pero la gloria puede ser un segundo, es igual, el gesto radical y seguro del autoborrado, que en sí mismo empieza y acaba, y supone en consecuencia la forma de autoafirmación máxima. Impresionado por la inesperada (aunque había leído la crónica en Memorias, ¿por qué entonces me impresiona tanto ahora, hoy, esta noche?) aparición del revólver del que su propietario ama el origen e ignora el futuro, me impresiona la mención de la gloria y la obvia suma de factores que lleva a la unidad de héroe y bandido en un solo golpe, al resultado del suicido como triunfo definitivo de una vida con fama, pero sin gloria. Un segundo de gloria. Una fracción de segundo. Nada menos. Mi enhorabuena, señor Edwards.

15 junio

¿Cuántos besos puede contemplar un ojo sin agostar al resto del cuerpo? La humedad necesaria para mantener el brillo de la mirada, ¿no secará los labios hasta pudrirlos?

Pintor, el homicidio solo reina en tus fantasías: es la vida de tu piel la que te mira desde el óvalo inmóvil, es con tu carne que se hizo la tira de 16mm con que filmarás ese mar del que ojalá nunca hubieras salido.

16 junio

El libro Valparaíso y otros lugares, que nombré recientemente, es una de las muchas recopilaciones de crónicas que de Joaquín Edwards Bello aparecieron a partir del Crónicas que a propuesta de Alfonso Calderón se editara en 1966, aún en vida del autor. Hasta donde sé, debe ser la primera a cargo de las Ediciones Universitarias de Valparaíso (supongo que la segunda será la dedicada a las pésimas crónicas dedicadas a la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial), y una de las pocas no antologadas por Calderón (autor eso sí del prólogo).

Este libro, bellamente diseñado por el mítico Allan Browne, Alejandro Rodríguez y Marisol Ramírez, presenta un criterio de selección mucho más claro que las antologías de Calderón, pero tiene el problema de no indicar la fecha de publicación de ninguna crónica. Ni una. Con Calderón conste que también podía pasar: hay fechas en algunos libros pero no en otros, y cuando las hay no necesariamente es en todos los textos.

Pero leyendo Valparaíso y otros lugares me es imposible no sentir, por primera vez, que no hacen falta fechas. Hay algo de abrumadoramente atemporal en este libro, que lo convierte en la mejor antología de su autor. Y no solo por lo rigurosamente pegado al tema de la selección de Luis Alberto Lagos, sino por el tema mismo. La atemporalidad del propio Valparaíso. Y una muy particular, pues está hecha de la evidencia abrumadora de su temporalidad. El Valparaíso de Joaquín Edwards Bello es el Valparaíso de la infancia que ya no existe y el de la edad madura que no solo no logra anular al del pasado sino que, en su constantemente reafirmada catástrofe, parece mantenerlo eternamente vivo, capital eterna del Planeta Melancolía. El Valparaíso de Edwards Bello, el Valparaíso eterno, apenas tenía poco más de un siglo cuando él empieza a dedicarle sus crónicas. En realidad, y digo cosa conocida, Valparaíso nace con la independencia, y muere con el Canal de Panamá. Nace con la libertad de comercio, al fin posible con la liberación del yugo español, pero muere con el comercio a su vez liberado del yugo geográfico. El capitalismo pare a Valparaíso, solo él capaz de convertir al puerto mugriento y escarpado en ciudad esplendorosa, el capitalismo lo destruye (mantenerlo en la condición de espectro ya es cosa de Chile a solas). Ni cien años. Valparaíso siempre está en el pasado, como la juventud y el amor; Valparaíso siempre está temblando y ardiendo, su esplendor no deja de pasar. Edwards Bello recuerda la gloria antigua como los bohemios de los sesenta recordarían la de sus años mozos, y los de fin de siglo recordarán a la vieja bohemia pre-dictadura, y los de este siglo a los 90 y hasta yo me he visto evocando la esplendorosa fiesta del Valparaíso que descubrí a mis 32 años, un ya lejano 2011.

Lo parece, pero no es ley de vida. Es la ley de Valparaíso: su incendio es perenne y eterno, porque siempre arde en el pasado.

17 junio

Escribo hoy para que conste en acta que en Chile todos dan por hecho que está al caer un gran terremoto. Se sabe que en 1973 todos sabían que habría un golpe, pero eso no es una gran adivinanza, y además hay que contar con el factor deseo inconsciente; pero esto es otra cosa. Ningún temblor me ha dado miedo, pero esta seguridad en la sacudida inminente sí confieso que me resulta un tanto aterradora. Hace poco fue en un cumpleaños, de generalizada seguridad en el hecho, y ayer una muy joven alumna, aseverando lo mismo, aportó datos de un geólogo amigo suyo: tensiones acumuladas en el norte y no sé qué más, de significación apoyada en los antecedentes de otras catástrofes, como el terremoto de 1985.

Hoy, siguiendo con Edwards Bello, doy justo en crónicas dedicadas a terremotos, el de 1906 destacadamente, que al parecer habría sido predicho con gran precisión por un tal capitán Middleton, del Observatorio Académico Naval: «Se cuenta que el almirante Silva Palma, en el comedor de su casa, reloj en mano, peroraba contra el joven marino “atolondrado”, que alarmaba a la población con absurdos pronósticos. “Ya ven ustedes como no pasa nada”, decía, cuando de pronto se escuchó el estruendo espantoso, y el incrédulo almirante rodó al suelo».

Buscando por ahí, encuentro que el adivinador existió. Se trataba de Arturo Middleton, Capitán de Corbeta y Jefe de la Oficina de Meteorología de la Armada de Chile, quien el 6 de agosto de 1906 entregó una carta escrita por él a puño y letra a El Mercurio de Valparaíso (si salió publicada ese día no termina de quedarme claro, pero si no fue ese asumo que sería al siguiente):

“REPUBLICA DE CHILE. ARMADA NACIONAL. Pronósticos sobre Fenómenos Atmosféricos. La Sección de Meteorología de la Dirección del Territorio Marítimo ha pronosticado fenómenos atmosféricos y sísmicos para el día 16 del presente mes, basada en las siguientes observaciones: El día fijado habrá conjunción de Neptuno con la Luna y máxima de declinación norte de ésta. A causa de estas situaciones de los astros, la circunferencia del círculo peligroso pasa por Valparaíso y el punto crítico formado con la del Sol cae sobre las inmediaciones del puerto. Valparaíso Agosto 6 / 1906 A. Middleton C.”.

Rodolfo Follegati, en Valparaíso, entre la Utopía y la Realidad, explica que "las predicciones de Arturo Middleton se basaban en una personal teoría del marino inglés, piloto de la Pacific Steam Navegation Company, Alfred Cooper, la cual se fundamentaba en la conjunción de los planetas, la luna y el sol y la influencia que ejercen sobre los fenómenos atmosféricos y sísmicos." Por mi parte, encuentro la predicción hermosa; no me creo nada de los astros, pero escuchar me embelesa. “La circunferencia del círculo peligroso”, “conjunción de Neptuno con la Luna y máxima de declinación norte”... ¡Qué belleza!

Los chilenos siempre me preguntan por mi reacción a los terremotos. En todos los países se buscan las muestras de debilidad del extranjero ante las peculiaridades locales; las reacciones negativas a los licores nativos son muy comunes (en España, la República Checa y Chile es creencia común que los extranjeros no saben beber), pero en Chile son los terremotos los que sobre todo generan un orgullo mal disimulado. Recuerdo al respecto un gran momento, vivido en un cine durante la proyección de Evil Dead Rise (que por cierto Lee Cronin recién superó con su hilarante Momia). Hacia el comienzo hay un terremoto que hace sacudirse todo el edificio, tiemblan las paredes, y en el suelo se abren grietas y agujeros por los que reafloran males antiguos que dejan la de dios. Minutos después, la televisión informa que el terremoto fue de 5 ́5. La sala entera se parte al unísono de risa, las carcajadas suenan por todos lados. En ese momento inolvidable, me sentí feliz de vivir en Chile.

El 22 de mayo de 1960 tuvo lugar en Valdivia el terremoto más grande registrado. 9,5 en la escala de Richter. Tuvo efectos en todo el planeta, y en Chile particularmente desató una serie de maremotos y catástrofes diversas que fueron detenidas (voy a imprimir la leyenda, amigos) el día 5 de junio. ¿Cómo? Mediante el sacrificio de José Luis Painecur Painecur, de 6 años, a manos de su abuelo y la machi Juana Namuncura Añén, quienes al parecer lo arrojaron al mar, no tengo claro si vivo o muerto, si entero o en pedazos. ¿Quieren más? El sacrificio no fue secreto, llegó a ser juzgado, y la machi fue declarada exenta de responsabilidad criminal. Jorge Teillier dedicaría ese mismo año un hermosísimo poema al asunto: “Muerte y resurrección”. Vaya la primera estrofa:

Antes que de nuevo floreciera 

la sangre en la piedra de sacrificio 

había un puerto de días tranquilos 

como ruidos de remos en el agua. 

Allí había tiempo de sobra 

para escuchar horas y horas el griterío de las gaviotas, 

o buscar una vertiente para beber tras las cacerías de otoño, 

o dormir largas tardes escuchando entre sueños 

a los pinos de cara arrugada 

que enseñaban a hablar a los primeros brotes de la primavera. 

Hasta que de pronto todo volvió a ser como en el principio: 

sólo el frío y el chillido de un pájaro, 

sólo el ruido de las olas 

rompiendo un esqueleto lanzado al roquerío.

No puedo no mencionar un gag excelente de la película De la noche a la mañana (Manuel Ferrari, 2020), obra injustamente ignorada entre las filmadas en esta ciudad. En los minutos finales hay un temblor, y el protagonista, un argentino descabellado, sale gritando. “¡Terremoto! ¡Terremoto!”. Nadie aparece; la tranquilidad del campo es total. Al poco, llega un perro. Tardé un par de segundos en darme cuenta del chiste. El nombre del perro era Terremoto.

18 junio

Hay muchos Valparaísos, pero todos están en este.

21 junio

Tanto pasado para tan poco futuro...

26 junio

“La técnica es otro nombre para el estilo fracasado”. Confluencia entre John Waters y Raúl Ruiz a manos de Cecil B. Demente.

1 julio

“Bailar mal es lo único que nos queda” (leído en Instagram, oigan).

4 julio

En algún lugar existe el verano. Bastarían las dos horas al aeropuerto, las tres de espera y policía, las algo más de 13 horas de vuelo, y el verano volvería a existir. Por un instante. Pues el invierno siempre es invierno, y el otoño, como decía Carlos León, practica todos los días, al atardecer; pero el verano... ¿dónde está el verano?

6 julio

Su autora podrá ser la censura, pero no por eso dejaré de considerar que la antaño célebre elipsis de Frankenstein (James Whale, 1931) es una de las más inspiradas en su género. Y no puede no entristecerme que varias generaciones ya de cinéfilos se la hayan perdido por la recuperación del plano extraído: el “monstruo” lanzando a la niña al agua. Plano de una brutalidad inusitada para su época, y supongo que por ello prohibido, su falta dejó empero sitio a algo mucho más interesante y hermoso: no la sugerencia, esa entelequia tan ensalzada por las almas mediocres (rara vez se piensa el sugerencia de qué, de modo que su defensa acaba siendo tan fetichista como la de su contrario), sino la poesía, la asociación niña-flor, que por la falta del acto violento queda suspendida hasta despertar en la conmovedora imagen del padre con su hija muerta en los brazos, húmeda aún por las aguas del río. El crimen, desprendido de su realización material, queda desnudo en su motivación inocente, ideal, y por ello permite tanto profundizar la simpatía hacia el monstruo como hundirse en la triste realidad del crimen tan bellamente motivado.

Soy amante de la violencia cinematográfica, pero el monstruo lanzando a la niña al río culmina de forma equivocada una escena hermosa que no merece acabar con esa imagen grotesca. La acción inconclusa del plano en que Karloff representa la reflexión del monstruo, su contrariedad por quedarse sin flores, la asociación por la que la niña es entendida como flor, la inocencia de ignorar en el fondo todo sobre la muerte, el gesto final de alargar las manos al fuera de campo... eso, eso merece quedar suspendido en el proceso mental, asociativo, y culminarse del mismo modo, minutos después, con la violencia en un aparte terrible, inimaginable. Pues al fin y al cabo qué puede ofrecer ese plano infamemente recuperado, y del que ya no hay modo de librarse, más que la enésima mentira, una y otra vez repetida: que algo así puede ser imaginado.

7 julio

“Pues les diría que, desde mi punto de vista, que un idiota que no es de aquí se ponga a decir chorradas para quedar muy bien y diga ‘viva esto y viva lo otro’ y luego me marcho a mi pueblo, me parece que es necio por mi parte, me sentiría estúpido haciéndolo, eso es lo que digo. Luego yo me largo y se queda todo el mundo dándose las palizas aquí, me parece tonto, por eso no lo hago, nada más, si a eso le llaman como que no apoyo, pues allá cada uno con sus cosas. No puedo hacer otra, es que no me parece real, estaría haciendo el huevo, lo que he criticado tantas veces de otra gente.” Me siguen pareciendo acertadas, modélicas y casi sabias estas palabras de Evaristo sobre su falta de referencias al estallido chileno de 2019, que le acabaron valiendo las acusaciones de “amarillo”, la funa y finalmente el boicot al ya legendario concierto de La Polla Records del 16 de febrero de 2020 en Santiago, en el que no terminaron ni el cuarto tema. Y no es que Evaristo no apoyara; el 14 de aquel mismo febrero, por ejemplo, afirmaba: “No conozco Chile lo suficiente para opinar con sabiduría del tema, sería necio hacerlo, pero yo desde luego que no lo vi venir. Aunque como individuo planetario, me parece cojonudo que la gente se defienda y luche por tener el mando y el poder de sus vidas; donde yo vivo sólo luchamos por el mando de la tele”.

Evaristo, en suma, no quería ser Roger Waters, y se lo hicieron pagar. Vaya desde aquí mi admiración hacia su actitud ejemplar, un día después de enterarme de las alabanzas de Patti Smith a... ¡Pedro Sánchez!

9 julio

Leo a Alberto Mayol sobre la encuesta de LCN relativa a los cien primeros días de gobierno de Kast: “El concepto de gobierno de emergencia aparece debilitado: un 53% considera que no representa la situación de Chile y que se usa para responsabilizar a gobiernos anteriores. El punto es decisivo porque Kast no llegó simplemente ofreciendo un gobierno de derecha. Llegó diciendo que Chile vivía una emergencia y que, por tanto, requería una conducción excepcional. La encuesta sugiere que esa idea ya no produce consenso mayoritario. Funcionó como táctica electoral; permitió ordenar malestar, miedo, cansancio y expectativa de autoridad. Pero como modelo de gobierno aparece hoy mucho menos sólido. La emergencia ya no opera como evidencia común, sino como una interpretación discutida. Allí está el problema mayor. Si el gobierno se funda en la emergencia, pero la mayoría no reconoce esa emergencia en los términos del gobierno, se debilita la autorización simbólica de todo el proyecto.” El problema es si la autorización simbólica es necesaria para sostener un gobierno. Mayor desautorización que la recibida por Piñera en el Estallido es difícil de pensar, y pese a ello terminó tranquilamente su gobierno y de aquello no queda hoy ni la nueva constitución que la oficialidad tuvo la brillante idea de ofrecer como zanahoria al movimiento. Ni eso. ¿Quién necesita autoridad simbólica? Cabe pensar que algo así solo hace falta para llegar al gobierno, no para ejercerlo.

12 julio

Creo que no está de más dejar constancia aquí del tweet que Miguel Ángel Rodríguez publicó el pasado 2 de julio, y sobre el que debí escribir a un amigo para comprobar si era verdadero o falso, suponiendo obviamente la respuesta. Va por ustedes:

“Ley de Ayuso del concebido no nacido. Esto significa que, según termina de fecundar, antes de ducharse, lo que tiene la mujer en su vientre es una persona con derechos. Derechos también para su familia. Esto es la revolución frente a la cultura woke e izquierdista”.


13 julio

“Tu destrucción fue mi Beatriz”.

14 julio

Escucho a Bolaño cuestionar a alguien que le niega ser escritor chileno. ¿Qué otra cosa iba a ser?, dice. ¿Escritor mexicano, boliviano? En todo caso, destaca, es escritor en lengua castellana, y afirma absurdo distinguir nacionalidades entre literaturas escritas en la misma lengua.

¿Podría decirse lo mismo en el caso del cine? El idioma no sirve, pues el cine no se “escribe” sino en imágenes y sonidos, entre los cuales el lenguaje, que no es elemento esencial. La discusión sobre las nacionalidades de ciertos autores suele fijarse en rasgos identitarios, o al tiempo vivido en unos países u otros, pero en el caso del cine tiendo a considerar determinante principal a la industria con la que hayas tenido que lidiar. Así, no es que me niegue a considerar a Buñuel cineasta español, pues en España nació y no se le nota poco, pero siento que se comete una gran injusticia cuando se le considera “el mejor cineasta español”, por la gran desigualdad de condiciones experimentadas: Buñuel no tuvo que bregar con la infame industria y condiciones políticas con las que se las tuvieron que ver Luis García Berlanga, Francisco Regueiro o Víctor Erice (mis tres candidatos a la categoría, aunque me tienta cambiar a Erice por Neville). Francia le dio a Buñuel todo lo que quiso, algo que en España solo logró con Viridiana (y ya sabemos cómo acabó la aventura), mientras que México, con todas sus exigencias y limitaciones, le permitió una capacidad de maniobra que en España no hubiera podido ni soñar.

Pero reconozco que la cuestión tiene poco vuelo, pues mi única queja se da en el marco de este tipo de competiciones, de listas. ¿Hubiera Buñuel sido superior a Berlanga de haber desarrollado toda su carrera en España? Nunca lo sabremos y ni falta que hace, pero basta considerarlo para darse cuenta de lo injusto que es valorar al aragonés en el mismo grupo que los cineastas que sí desarrollaron su carrera en el país. Si se quiere medir, lo adecuado es colocar a Buñuel entre los cineastas mexicanos y/o franceses. Si no se trata de listas ni carreras de caballos, Buñuel es, obviamente, un cineasta español: nacido, criado, y en contacto constante.

No sé lo suficiente del aspecto material de la vida literaria, pero a Bolaño le preguntaría por la misma cuestión: ¿de qué manera determina la industria editorial del país su trabajo? Asumo que es un factor aunque, allá donde el cine precisa un cierto aparato industrial y legal para realizarse, Juan Marsé, para que Si te dicen que caí viera la luz, se bastó con publicarla en México. No le hizo falta mudarse, siquiera trasladarse un par de meses. Ahora bien, si viviendo en Barcelona hubiera publicado toda su obra en México, ¿no podría considerársele un escritor mexicano? Y Wang Bin, que vive en China, y del que toda la obra está dedicada a China pero se encuentra prohibida allí, ¿es un cineasta chino? Y ya que estamos, una confesión: mi película Noviembre ha sido concebida, grabada y editada en Chile, además de “financiada” con dinero chileno, por lo que es una película 100% chilena. Mi primer largometraje chileno, de hecho, cosa que me agrada sinceramente. Sin embargo, ¿por qué me siento un poco embustero, y hasta indigno de la calificación?

15 julio

Por primera vez he leído una colección completa de artículos de Slavoj Žižek (En el claroscuro aparecen los monstruos, editado por LOM el año pasado) y me ha divertido mucho observar que no es tan distinto escribiendo a hablando. Su capacidad para dar saltos de unos temas a otros es encomiable y hace su lectura muy entretenida, entre otras cosas porque, al menos esa ha sido mi impresión, no siempre consigue hacer bien el nudo final. Pero algunos giros son muy inspirados. Mi ejemplo favorito se encuentra en medio de un artículo sobre decrecimiento en el que acaba hablando de sexo:

«Nos convertimos en humanos precisamente en el momento en que el sexo deja atrás su objetivo “natural” de procreación y se convierte en un fin en sí mismo. Y es completamente erróneo caracterizar este giro como un dejarse llevar por deseos sensuales ilimitados: el sexo intenso como un fin en sí mismo, separado de su objetivo natural, es presumiblemente, nuestra experiencia meta-física más elemental: nuestro placer sensual se “transubstancia” en una experiencia de otra dimensión, una dimensión más allá de la realidad física directa».

En la página siguiente, en todo caso, después de una inspirada crítica a la espiritualidad, plantea cómo, “a diferencia de los órdenes sociales premodernos que ofuscaban la paradoja del deseo humano y presuponían que este se estructura de manera teleológica (los humanos aspiramos a algún objetivo último, ya sea la felicidad u otra forma de realización material o espiritual, buscando encontrar paz y satisfacción en su consecución), el capitalismo es el primer y único orden social que incorpora en su funcionamiento la paradoja fundamental del deseo humano”.

El capitalismo y la “naturaleza humana” encajan, según el siempre lacaniano Žižek. Pero cabe pensar si ese encaje no se debe al psicoanálisis mismo, base de unos mass media centrales para la manufacturación de la psique que el sistema de producción capitalista necesitaba. En unas divertidas declaraciones, Vladimir Nabokov se cagaba en Freud diciendo que qué demonios iba a saber un señor austriaco de su psique (“yo nunca he soñado con paraguas”). El psicoanálisis y el chamanismo coincidirían en producir las curaciones acordes a sus sistemas socioeconómicos, por la vía de adaptar a estos las psiques de sus habitantes. Žižek recuerda el verso de Wagner, “la herida solo puede ser sanada por la lanza que la infligió”, pero tiendo a pensar que el psicoanálisis sería el tipo de lanza que solo te ofrece tiritas para el desastre causado.

Bienvenidas en todo caso, oigan.

16 julio

Al mundo de lo íntimo se le llama intimidad.

Pero al de lo público no se le llama publicidad. 

¿No? 

17 julio

“Perdona virgencita por esto / pero me tiene chato tanto perdón”. Aleluya al poema de Erick Pohlhammer dedicado a la “Virgen de Llolleo”. “El gasfíter rompió la cañería del baño / Pidió perdón y jamás la arregló”. Arréglala, cabrón, de qué nos sirve el perdón. “No tiene perdón el abuso fraudulento del perdón, es muy fácil / andar acelerado desconectado de la armonía cósmica del Tao / pisoteando flores bonitas de jardines ajenos / entero enajenao pidiendo perdón”. Amén. Vaya sobre todo en recuerdo de esos millones de enamoradas y enamorados que han tenido que comerse a parejas desbocadas soltando espumarajos injustos por la boca porque, oigan, es importante expresar tus sentimientos y no quedarse uno con esas cosas dentro así que tírale toda la mierda al que más te quiera y luego ya si eso, cuando te sientas liberado y relajada y tu cáncer crezca satisfecho pero en el cuerpo de enfrente, ya entonces si eso le pides perdón.

Bocazas del mundo: aprended a cultivar vuestros propios tumores y no los propaguéis por el universo. El express yourself quedáoslo, eso, en yourself.

18 julio

“Una manera de detectar las malas novelas históricas es que sus personajes saben que están viviendo un momento histórico. Todos cumplen su estereotipo como si fuera una asignatura en la que pretendan sacar una buena nota”. Totalmente de acuerdo con estas palabras de Gonzalo Torné, pero, al mismo tiempo, creo que del 68 en adelante cualquier novela histórica debería tener en cuenta precisamente eso: la autoconciencia histórica de los protagonistas de los acontecimientos históricos, hasta tal punto que hoy en día cualquier cosa ínfima es susceptible de ser considerada como tal. ¿Cómo contar la historia del 15M, de Podemos, del estallido, sin mostrar la autoproyección histórica, ideal, de sus agentes? ¿que esos acontecimientos eran ya en sí mismos representaciones aun en sus dimensiones más íntimas, y que sus protagonistas se medían con la historia (incluso futura) más que con el presente?

19 julio

«Los representantes de Más Madrid, Movimiento Sumar, los ‘Comuns’ e Izquierda Unida van conversando de manera fluida e incrementando la confianza. Incluso se permiten reírse de sí mismos: en la búsquedas de marcas, algunos se autodenominan los ‘UPA dance’, por el grupo musical surgido del programa de TV llamado ‘Un paso adelante’». La anécdota, reflejando el humor propio de la dimensión intrahistórica, no puede reflejar mejor en lo que ha quedado la histórica. Sobre todo por nuestro lado. Según Daniel Galvalizi, "ya está en marcha el análisis de diferentes marcas electorales para el Sumar 2.0 que se presentará en las próximas elecciones generales. También se ha encargado hacer testeos a especialistas de comunicación política y analistas de encuestas cuál de esas nuevas marcas puede funcionar mejor." Mal haríamos limitando a Sumar la tendencia. Si, en efecto, Internet se ha robado toda humanidad, entre nuestros deberes políticos está el de recuperarla de su secuestro, lo cual solo puede hacerse buscándola en su exterior, es decir: donde siempre estuvo. No otra cosa hizo el primer Podemos, el único que puede declararse exitoso en algún grado. 

Es momento de asumir que hemos sido derrotados (aunque mal hago incluyéndome) y que en consecuencia nuestro trabajo es de resistencia. No debió haberlo sido en los 80, pero Internet es un fin de partida real, definitivo, que obliga a afrontar una lucha en las catacumbas que forzosamente habrá de ser lenta y aparentemente imposible (como tantas veces acostumbra a parecer la resistencia). Esas catacumbas están formadas por esas calles y esos cuerpos de los que todo el mundo habla en Internet. No tienen la vistosa pinta de las películas de Hollywood que ante sus carteles emulan los jóvenes en las plazas. Porque "la revolución no será televisada" no es una afirmación, no dice lo que es: es un lema, es un dictum, es un deber. Porque ninguna cámara puede, ni sobre todo debe, registrar cómo cambia el mundo.

miércoles, 18 de marzo de 2026

Dietario (8)


2 febrero

Hace muchos, muchos, pero que muchísimos años, a un muy querido amigo le dejó la novia. Él estaba muy enamorado y sufrió hondamente, hundiéndose en los abismos abisales del abismo más abismado de lo abismal. 

Yo, al saber la noticia, le envié estas dos palabras: 


Sophie Dee


Porque, en su inconsolable padecimiento, mi amigo no se había enterado de la recientísima aparición de aquella diosa en el cielo del porno anglosajón. Pero yo estaba seguro de que sus ojos, su culo y su cerdería le harían mucho bien. Y en efecto, poco después recibí el “gracias” creo que más sentido que me hayan dirigido nunca.

¿Por qué cuento esto? Porque ayer, en el reciente documental de Judd Apatow sobre Mel Brooks, una mujer empleada en el musical The producers contaba que su marido, que también trabajaba en este, había muerto de forma inesperada, hundiéndose ella en el dolor presumible. 

Pero un día llegó Mel Brooks y le dijo que tenía que volver al trabajo con ellos. Y apoyó la propuesta con estas sabias palabras: 


Llorarás por la mañana, y llorarás por la noche. Pero en medio, reirás.


La mujer siguió el consejo y, según ella, eso fue exactamente lo que pasó. Así que hoy me siento bien sabiendo que en el mundo aún quedan seres humanos tan buenas personas y tan buenos psicólogos como Mel Brooks y como yo.   

 

4 febrero

Me consterna leer en Contexto una imbécil nota de Vijay Prashad manifestando su consternación sobre los contactos entre Noam Chomsky y Jeffrey Epstein. La nota, básicamente, viene a manifestar la inmensa altura moral del autor de la nota, debida a su cualidad de víctima de abusos sexuales que es que no puede ni verlos, y, seguidamente, informar sobre aquellos contactos, sin entrar en detalle alguno sobre su naturaleza, lo cual se entiende como en el fondo irrelevante para el autor, pues basta para la condena cualquier tipo de relación con criminales como Epstein o Ehud Barak, con quien también por cierto se habría encontrado Chomsky.

Por un lado, remito al lector al artículo de Greg Grandin, publicado igualmente en CTXT, “Lo que nos revelan los correos electrónicos entre Noam Chomsky y Jeffrey Epstein”, este sí ejemplo de texto informado y, mejor aún, motivado por una real voluntad de conocimiento, en el que en consecuencia el lector podrá aprender algo más allá de la intachable rectitud moral de su autor (de manera reveladora, Grandin está más preocupado por reivindicar la de Chomsky que la suya, que no considera tema).

Por otro, encuentro repugnante este tipo de notas que 1/ en el fondo se escriben para lavarse a uno mismo de toda posible mancha (por algo el escrito parte con tono auto-hagiográfico) y 2/ insisten en la condena moral no precisamente por actuación, sino por contagio. Pues lo que está claro es que Chomsky no ha estado precisamente participando de orgías ni violando niñas con Epstein, como a Prashad parece no importarle aclarar. Chomsky ha tenido contacto con él, lo ha conocido, lo ha tratado, y ese contacto lo ha manchado. Enésima estremecedora prueba de un momento en que la posición política se semeja cada vez más a un estado de salud, de limpieza de una sangre libre de virus, esos que al parecer activa tu contacto con toda esa gente tan mala que hay en el mundo.   

¿En qué era miserable nos encontramos en que un autor y activista intachable se ve cuestionado, y condenado, por su simple contacto con un miserable? La doble posición del mismo adjetivo ya responde: en la era de los miserables. La Era Epstein, mira tú por dónde. La Era de los Verdugos.

 

6 febrero

Hay canciones que no pueden versionarse. Son demasiado inseparables de su producción. Por ejemplo, es imposible hacer una versión a la altura de "Porque te vas", pues la canción es buena, pero la clave de su grandeza se encuentra en el contacto entre la melancólica y débil voz de Jeannette con los increíbles arreglos de Waldo de los Ríos, el pilar fundamental para esa impresión de persona que llora mientras baila una canción alegre. La singularidad que hace la grandeza de esa canción no se haya en la composición, sino en ese conjunto de factores.

Otro ejemplo es "Heroes", que ni el propio Bowie era capaz de igualar en directo. Pues aquí es menor la canción, es menor incluso lo que Fripp y Eno hacen con las guitarras, frente al trabajo de Tom Wilson haciendo sonar la voz de Bowie en medio de toda esa maravilla. Tengo entendido que le iba alejando el micro según cantaba, lo que le obligaba a ir intensificando la voz según avanzaba el tema, pero, sea como sea, la intensidad está vinculada al sonido. En directo, "Heroes" es una canción estupenda, pero carece de la épica y la intensidad de la versión en estudio, que hacen su grandeza.

Es triste, pero esas canciones solo viven en esos minutos. Para hacerlas vivir de nuevo, hay que volver a ellos. A ellos o, por supuesto, al espacio que habitan en nuestras memorias.

 

8 febrero

Ignoro qué pensaba Antonioni de Buñuel, pero el arranque de Cela s'appelle l'aurore (1955) parece anticipar el de La noche (1961), o incluso El eclipse (1962) entero. Pero Buñuel, por supuesto, es un salvaje. Y, por cierto, un rojo. La mujer-vidente que se ve asaltada, perturbada, modificada por todo lo que ve en su paseo solitario por la isla (bueno, vale, Rossellini había llegado antes), resulta ser una burguesa horrorizada por la pobreza que le rodea y por el tiempo que su marido médico dedica a esas gentes bajas, una mujer que añora las mansiones de la alta sociedad de Niza y diríase que no sabe relacionarse con nadie que no encaje con esos esquemas. Si Buñuel no hace sangre con ella, no se la ahorra a la generación de los padres: el gran propietario de la isla es un miserable sin paliativos, y el padre de la esposa, carente de los rasgos paródicos de aquel, es un cerdo despótico que, por supuesto, lo primero que hace cuando ve que le han cambiado de habitación es mirar qué hay en la que antes tenía, gesto que desatará la catástrofe. Buñuel es tan fino (o tan basto) que no hace falta decirnos que por supuesto es el suegro quien delata la ubicación del “asesino”.

El médico no pierde ni un segundo en ser infiel a su esposa con Lucía Bosé, y en este punto Buñuel es puro cineasta francés: no ve ningún problema en ello. Gran país. Su apuesta a fondo perdido por el amor se observa en el desprecio que generan las miradas cómplices del odioso comisario, quien por cierto tiene en su comisaría el Cristo de Dalí (pulla que de tan basta es casi fina) y a quien el médico se niega a dar la mano al final, quién sabe si impugnando el cierre de Casablanca. Qué gran personaje, y qué inmenso Julien Bertheau por cierto en su arte de escanciar la bajeza de este individuo, uno de los más despreciables que haya creado Buñuel. 

Graciosamente, cuando tememos que la pareja dizque ilícita no prospere, el conflicto social (llamémoslo así) ayudará al doctor a romper con la esposa con la que no se atrevía a hacerlo (y qué justo que la ruptura con ella no sea directa, sino implicada por la ruptura con su familia), y Buñuel obtiene uno de sus momentos más conmovedores cuando muestra cómo, a lo lejos, el médico toma por los hombros tanto a su amada como al hombre cuya amistad compartía con quien tan injustamente acaba de quitarse la vida. Un poco antes, nos ha mostrado su negativa a darle una de esas manos al policía. Buñuel no da puntada sin hilo, aunque sí resulta raro que no le saque más punta al hecho de que los futuros enamorados se conocen a los pies del lecho de una niña violada.

 

9 febrero

Murder by Death (Robert Moore, 1976). Los mejores detectives encerrados en una mansión. Los mejores actores encerrados en un guion patético. Juzgue cada cuál qué sería metáfora de qué.

Hecho casi sobrenatural: el inmenso arte de Maggie Smith para sacar partido a un personaje inexistente. 

 

10 febrero

“Hasta el árbol que florece miente en el instante en que se percibe su florecer sin la sombra del espanto” (Adorno).

 

11 febrero

«Frente al existencialismo un poco plañidero de los momentos del “presente”, las secuencias que captan a la joven pareja en contacto con la naturaleza y en la vivencia de su amor tienen una dimensión efusiva y panteísta en la que las rocas y el agua significan tanto como los seres humanos. En estos momentos los elementos de la imagen se integran en una unidad indisoluble cuya función poética no puede ser soslayada». Y sin embargo, ¿no son las imágenes de ese “presente” de Juegos de verano (Ingmar Bergman, 1951), tan panteístas como las del pasado? Muy posiblemente, estas palabras de Isaac León Frías y Desiderio Blanco, nada desacertadas por otro lado, proceden de la plenitud del metraje dedicado a la evocación de aquel amor, pasajes que se encuentran entre lo mejor de su autor por cierto, pero la desolación del presente, ¿no posee también una “unidad indisoluble”, una plenitud de sentido y significación que radicaría en la voluntad de afirmar una global pérdida, precisamente, de todo ello? ¿No hay en ellos una brutal concordancia en mostrar no ya la plenitud del mundo sino la falta de toda plenitud, el triunfo del fracaso, la desolación, espacio panteísta no porque Dios habite en todo sino al revés, porque todo es manifestación del mismo dios muerto, la felicidad del amor y juventud perdidos?  

 

12 febrero

Resulta gracioso que, con lo que gusta largar sin filtro a este hombre, la caja de los truenos contra Tarantino se haya desatado a raíz de sus declaraciones de fines del año pasado contra Paul Dano, que han barrido en difusión y respuesta incluso a las hechas en defensa del sionismo. 

Personalmente, lo que me más me interesó fue su idea de que There Will be blood (Paul Thomas Anderson, 2007) es un duelo actoral, y lo más revelador que su ejemplo de actor a colocar en oposición a Daniel Day-Lewis fuese Austin Butler. There will be blood no es un duelo actoral, consideración que más bien revela al cineasta que la hace, cuya obra entera se plantea como duelos, choques, enfrentamientos entre seres fuertes. 

Tarantino observa, acertadamente, que la película de Anderson presenta dos polos encarnados en esos dos personajes, lo cual para él solo puede traducirse en duelo entre personajes y, por extensión, entre actores fuertes y capaces. Pero esa suerte de condensación haría perder no poca complejidad a la película de Anderson. Pese a la fuerza del de Day-Lewis, los personajes son secundarios a las fuerzas históricas que encarnan, y en consecuencia son ellos quienes se adecúan a sus características, los que se conforman en correspondencia con ellas. En consecuencia, el protagonista es un salvaje tan amoral y desatado como la industria petrolera y la voluntad monopolista a la que pone cuerpo, y el religioso un flojo carente de virilidad, fuerza física y hasta carácter, debilidades que encubren la misma voluntad de dominio, en este caso el propio de la religión, el puritanismo y, en fin, el monoteísmo, esa otra forma de monopolismo. Estas cualidades, que no acompañan a su voluntad de poder con la “sincera” agresividad del petrolero, ofenden a este, forzado a someterse a las exigencias de tamaño petimetre de tal modo que, cuando por fin logra ganarle la batalla definitiva, de tanta rabia se libera que acaba matándole (explicitando, de paso, cuál es la auténtica religión triunfante). Una de las cosas admirables del film de Anderson es la pureza del personaje del petrolero, tan absolutamente entregado a su voluntad de explotar y dominar con el solo poder de sus propias capacidades, tan puramente self-made man, que no está dispuesto a aceptar el apoyo falsario de la religión, al contrario de lo que por supuesto hizo el hipócrita capitalismo, bendecido por el dios blanco allá donde fuera. Este punto en el que Anderson se separa de la realidad histórica es el que precisamente le permite afinar su descripción y su análisis (ignoro si es así en la novela de Sinclair, que no he leído por ser este el único autor de la historia al que he casi “cancelado”, por la canallada que le hizo a Eisenstein y, con él, a la historia del cine).

Un actor a lo Austin Butler carecería de la apariencia inofensiva de Dano, y sus imposiciones a Day-Lewis no serían tan humillantes para este, pues físicamente se encontrarían a la par. La hipocresía del religioso sería más evidente, y por ello también más explicitable, si el actor fuese bello y viril; un débil perfecto por contra, como es Dano (el mejor actor débil de la SAG), permite encarnar de forma inmejorable la hipocresía de la falsa virtud y la falsa modestia, y sobre todo que el ocultamiento del estratega hipócrito sediento de poder resulte infinitamente ofensivo, hiriente, para el que nada de eso oculta, para el capitalista que hace de sus ansias devoradoras motivo de orgullo. Que el actor sea Dano y no otro es clave en la riqueza de la película, central para lograr que el conflicto no sea entre actores, y apenas entre personajes, relegado este, crecientemente, al existente entre fuerzas históricas.

Me resulta interesante la crítica de Tarantino, y su propuesta. Como puede verse no concuerdo, pero es persona que explica su punto de vista, y propone soluciones. La de que There will be blood mejoraría con un Austin Butler me parece la más reveladora de cómo el gran talento del cineasta para el casting se fue pervirtiendo crecientemente al paso de los años. El Michael Keaton de Jackie Brown ya fue mala señal (y por cierto, he ahí un actor débil, cuya elección impide que ni por un segundo consideremos amenaza alguna a su personaje), pero los Jamie Foxx y Leonardo DiCaprio de Django unchained, o la Margot Robbie (y Leonardo DiCaprio) de Once upon a time in Hollywood son no errores, sino horrores clamorosos. Matthew Lillard, también atacado por Tarantino, comentó que este no hablaría así de Tom Cruise por ejemplo, y tiene toda la razón. Si el cineasta de 1995 supo llamar a un Samuel L. Jackson, el de 2012 ya no sabe ver más allá de las estrellas top del momento (la primera opción para su Django fue Will Smith) y, consecuentemente, para su Sharon Tate no tuvo otra idea que llamar a la rubia del día.

Es mala cosa vivir en las estrellas. Hitchcock lo hizo, pero entre las estrellas de hoy me temo que hay muchas muertas.  

 

13 febrero

En un pasaje del libro-conversación de José de la Colina y Tomás Pérez Turrent con Luis Buñuel, este cuenta lo que un psicoanalista escribió a otro tras ver Un perro andaluz: “We have been scared to death viendo la película de Buñuel. Es abominable: en vez de eliminar complejos, los crea”. En esta época de películas medicinales, no estarían de más algunas que siguieran este sano criterio.

En la misma página, el zaragozano recuerda su encuentro en New York con Leonora Carrington. «Me miraba con afecto y me decía: “¡Cómo se parece usted al loquero que tuve en Santander!». Se refiere al doctor Morales, en cuyo sanatorio estuvo encerrada en 1940, experiencia narrada con estremecedor detalle en Memorias de abajo. Del sanatorio no queda nada y en su lugar se encuentra el Parque Doctor Morales, que todos en la ciudad conocemos como Parque de la Vaca, pero a veces el cineasta Julius Richard celebra encuentros con alumnos de secundaria en el lugar, y leen cosas en su honor (el de Leonora, no Morales). Supe del libro y del paso de Carrington por Santander, como otros, gracias a él.

 

14 febrero

La izquierda pelea en las redes con los robots de la derecha.

Sola en la calle, la derecha se divierte.

 

15 febrero

Todas sus voces llegan del pasado. Pero el relámpago aún vive en mis ojos, cuando los cierro.

 

16 febrero

Me mantengo firme en mi intención de nunca convertir a este dietario en tema del dietario. Pero quiero dejar constancia de que ya no recuerdo nada de lo que he escrito en él. Me preguntaba cuándo llegaría ese momento, pues me sorprendía, mes a mes, tener memoria precisa de cada entrada. Pues bien, ha llevado algo más de un año olvidarme de todo. Empecé a darme cuenta de ello hacia noviembre o diciembre. Dejo a neurólogos y psicólogos la explicación de este infausto e irrelevante suceso.

 

17 febrero

Usé reloj durante casi media vida. Lo he recordado últimamente, viendo en Chile muchos relojes en muñecas conocidas. He visto, de hecho, relojes que le vi a mi abuelo, o que mi abuelo me compró, cuando era niño.

Un día, supongo que en torno a los 20 años, dejé de usar reloj. Y descubrí que no me hacía falta: calculaba perfectamente los tiempos sin su ayuda. ¿Qué hora crees que es, Rubén? “Las seis y cuarto, calculo”. Y acertaba. Me sentí feliz, autosatisfecho, liberado.

Mi duda de hoy: ¿es mejor tener reloj y que ese aparato externo te diga la hora, o convertirte tú en un reloj humano? Pues, en el fondo, de lo que nunca te liberas es de la hora. O te la da la máquina, o la máquina eres tú.

 

18 febrero

Pues no, el cine no es político. El cine es ideológico. Un aparato ideológico, concretamente, ideal para reproducir (por lo mismo, también perturbar) todo ese conjunto más o menos organizado, más o menos confuso, de ideas y creencias que gobiernan nuestra relación imaginaria con el sistema de producción en que nos hallamos inmersos (por si acaso, no identifico “imaginario” con “falso”). Casos como el de Ingeborg Holm, que en 1914 conllevó reformas legislativas en su país, no cambian esto, al contrario, remarcan que para que una película devenga política solo existe la vía de que las instancias políticas decidan, consideren o incluso crean ser interpeladas. El cine es político cuando la política decide que así sea, tal como es ella la que decide que una práctica privada (desde las creencias religiosas a los comportamientos sexuales) sea o no asunto político, mediante las leyes, ese producto clave del arte político. 

Dada la consideración generalmente peyorativa que ostenta el concepto de ideología, el conservador tildará de ideológica a toda película que suponga una ruptura más o menos abierta con su mundo, ese mundo que no se percibe como ideológico sino natural, cualquier desviación del orden cultural/natural dado, error o falsedad en el que sin embargo estará obrando con más precisión que el crítico progresista que se anime a tildarla de política. Para este, ideología será el edificio conceptual (y no solo, en fin) que sostiene el orden hegemónico, por lo que tenderá a extender el calificativo “político”, originalmente destinado a obras que tratan cuestiones relativas a los poderes estatales, derechos sociales, etc., a cualquier obra que ejerza la referida desviación o cuestionamiento. Esto quiere decir que el progresista toma por política cualquier desviación ideal, imaginaria, de la norma mientras el conservador minusvalora como ideológica toda operación similar. El conservador es el que tiene razón, pero por supuesto, a condición del error de considerarse a sí mismo no ideológico; solo ve la paja en el ojo ajeno, como decía aquel. Igualmente, tampoco se considerará político, y tendrá razón, pero a causa de su hipocresía, y en todo caso no tendrá razón del todo pues es más susceptible de ser calificado como político el cine hegemónico que su oponente, en virtud de las determinaciones que sobre él ejercen, en ocasiones de forma muy directa, instancias políticas (véase, por ejemplo, las exigencias del ejército de los EEUU a cambio del uso de sus armas, instalaciones, etc.) así como por su refuerzo (ideológico) de lo ya establecido.

La consideración de que todo cine es político participa de la misma confusión entre política e ideología que anima la proposición de que lo personal es político. Lo personal, como el cine, está determinado por lo político (único arte cuya materia es susceptible de abarcar la casi totalidad de lo existente), pero ello no autoriza la identificación de ambas instancias pues lo personal no determina lo político salvo en la medida en que lo político decida que lo personal le importa, tal como dije sobre el cine, y podría decirse de toda forma artística. La identificación de todo arte como político solo puede derivar en una lucha política imaginaria, alucinógena, el establecimiento de códigos ideales que identifiquen significantes determinados con significados políticos, del mismo modo que un peinado o pieza de ropa podría determinar la pertenencia a cierta tribu urbana o ideología específica. 

Esta negligente conversión de todo en político convierte a todos en jueves y verdugos (los jurados ya no existen, pues nadie que no adhiera a la condena establecida será considerado como tal), y a la vida en un constante ejercicio de comisariado político no muy alejado de la ideología del vigilantismo yanqui (el puritanismo anglosajón no deja de ser la ideología ganadora de los tiempos presentes, dominante de izquierda a derecha), a la vida, pues, en un constante estado de guerra.

 

20 febrero

Lo que más extraño me resulta de las recientes declaraciones de Emilio Delgado en cierto encuentro que todo el mundo habrá olvidado en un par de semanas, y según las cuales hay barrios donde los niños no se atreven a bajar a jugar a las plazas, no es la compra del marco securitario de la derecha (eso no debiera extrañar a nadie que haya nacido siquiera ayer) sino la idea de que haya algún sitio donde eso no sea así. ¿Se le ha escapado que hace décadas que los niños ya no juegan en la calle? ¿Que no les es posible hacerlo ya, como no sea “acompañados de mayores”, es decir en libertad vigilada (y pegándose de paso, lógicamente, todas las patologías de los imbéciles de los padres que decidieron malparirlos)? Mi generación es literalmente la última que jugaba en plazas, aceras, calzadas, solares, aparcamientos y cualquier rincón callejero ajeno a ojos adultos y al que bastaba estar a la distancia del grito materno. 

Añado el dato, a mi juicio clave, de que, de hecho, las pocas calles y plazas donde todavía me ha sido posible ver a algún que otro crío jugando a su aire, están siempre en esos barrios que Emilio Delgado tiene en mente. Mira tú por dónde.

 

21 febrero

“Si cuando tomo alcohol me llaman alcohólico, cuando tomo Fanta ¿por qué no me llaman fantástico?” (leído por ahí).

 

22 febrero

La mujer cree, o quiere creer, que el niño es reencarnación de su amado, del mismo modo que nosotros creemos, o queremos creer, que lo es. Ciertas torpezas, como que a nadie se le ocurra hacerle preguntas de física al supuesto físico, sugieren que todos los demás también creen, o quieren creer. 

Como sucede en Vertigo, al desvelarse el engaño nace el otro inesperado, en este caso el niño, aquel en cuya existencia ninguno habíamos creído (o querido creer). Pero también nace el muerto, con su engaño mayor. El nacimiento del niño es nacimiento, también, de su futuro. El del muerto, condena del de ella, ajena a todo. Quien no nace nunca, es ella. Se queda en ese secreto del que no sabe nada, donde no sabe que habita. En la verdad de su amor suicida, que siempre creerá correspondido. El amor sin otro, que no nacerá nunca. (Birth, Jonathan Glazer, 2004)

 

23 febrero

Inquietante tendencia de la ficción actual, la empatía hacia los seres artificiales. En la en todos sentidos catastrófica Alien Romulus se trata de uno contrahecho y defectuoso que, pese a su reprogramación en medio de la película, es contemplado casi en tanto minoría oprimida, cuando no es sino un ser artificial cuya interioridad equivale a una mera programación que obliga y dicta todos y cada uno de sus pensamientos y emociones, todas y cada una de sus acciones. El uso de robots, androides y todo tipo de simulaciones de humanidad como metáforas de minorías oprimidas resulta cuando menos inquietante en un tiempo donde Internet está plagado de declaraciones sobre lo asquerosa que es la humanidad y lo maravillosos que son los perros y los gatos (convenientemente limados de su cualidad depredadora, que contra toda evidencia pasa a ser predicado exclusivo de la humanidad). La chica de Alien Romulus acepta como humana la simulación de humanidad, y la trata como humana pese a las evidencias de lo contrario; más aún, este contrario, esta artificialidad, es entendida como una vulnerabilidad que tanto más debiera mover a la compasión, y hasta al auto-sacrificio si es preciso, como te sacrificarías por otro ser vivo o humano. 

La protagonista contempla satisfecha su propia humanidad auto-demostrada: soy humana porque me comporto como tal con esta criatura que no lo es aunque lo parezca, pese a que no lo sea aunque lo parezca; me hace humana mi comportamiento libre, compasivo y empático hacia el no igual, el otro, el diferente. Narcisismo pues: ese otro está programado en tu favor, como el perro que te ama, y en ese amor, conditio en el fondo sine qua nom para obtener tu aprecio, solo existe un humano que se admira a sí mismo resguardado en la oquedad de un espejo pensado para embellecerle.      

Por otro lado, ¿hasta qué punto se ha identificado el humano con la máquina, para confundir de tal modo la conciencia con su apariencia? ¿Hasta qué punto se ha internalizado el mundo como represión y tortura, como falta íntima de individualidad, la intimidad como fingimiento, la representación como nuestra constitución más íntima, que el hecho de la programación no se considere no ya ajeno a lo humano, sino cualidad que casi incrementaría la cantidad de humanidad? 

 

24 febrero

Resulta complejo despedir a Gregorio Morán, a quien leí con fruición y admiración durante algunos años, pero cuyo El cura y los mandarines (2014) es ejemplo impresionante de lo que no se debe hacer, ni escribiendo, ni investigando. Sigo admirando sus tres primeros libros, sobre todo el primero, Adolfo Suárez: historia de una ambición (1979), que estropeó en su reedición ampliada (Adolfo Suárez: ambición y destino, 2009), donde creo que puede verse bien que su trabajo como columnista le echó a perder como investigador y, peor aún, como escritor. Pese a lo que se diga la brevedad no es buena y la bilis y la inmediatez se pusieron en primer plano convirtiendo a Morán en un tipo cuya voluntad de condenar se imponía sobre cualquier otra consideración, al punto que el ánimo justiciero derivó, como suele suceder, en gusto por insultar, algo a lo que se entrega con una gratuidad alucinante en El cura y los mandarines, las más de las veces sin preocuparse por justificar (pienso en los insultos a Ripalda, por ejemplo). No dejaba títere con cabeza, pero curiosamente la suya no solo quedaba siempre indemne, sino siquiera mentada, cosa curiosa pues no es que hubiera sido un militante sin responsabilidades precisamente. Es complejo despedirle, entonces, porque no hemos perdido mucho; el estupendo autor que un día fue desapareció hace décadas. Creo que, más interesante que releer El cura y los mandarines (obra divertida en todo caso), sería escribir un libro sobre ese libro: su producción tal vez pero, sobre todo, su recepción. Y es que la década de los 10 fue no menos moranesca que la de sus 70.

 

25 febrero

“La vida es infinitamente más extraña que cualquier cosa que pueda inventar la mente humana. No nos atreveríamos a imaginar ciertas cosas que en realidad son de lo más corriente. Si pudiéramos salir volando por esa ventana, cogidos de la mano, sobrevolar esta gran ciudad, levantar con cuidado los tejados y espiar todas las cosas raras que pasan, las extrañas coincidencias, las intrigas, los engaños, los prodigiosos encadenamientos de circunstancias que se extienden de generación en generación y acaban conduciendo a los resultados más extravagantes, nos parecería que las historias de ficción, con sus convencionalismos y sus conclusiones sabidas de antemano, son algo trasnochado e insípido”. Palabras de Sherlock Holmes que me hacen evocar mi pasaje favorito de la historia de la filosofía: la deslumbrante proposición XXVIII del libro I de la Ética de Spinoza: 


“Ninguna cosa singular, o sea, ninguna cosa que es finita y tiene una existencia determinada, puede existir, ni ser determinada a obrar, si no es determinada a existir y obrar por otra causa, que es también finita y tiene una existencia determinada; y, a su vez, dicha causa no puede tampoco existir, ni ser determinada a obrar, si no es determinada a existir y obrar por otra, que también es finita y tiene una existencia determinada, y así hasta el infinito”.


Todo ese primer libro es un gran edificio levantado en honor de la infinita red causal que el mundo es, y en la superficie de cuya enrevesada maraña se dedica Holmes a husmear como única vía posible de desvelar toda verdad. Verdad, es decir, ese entrelazamiento virtualmente infinito de redes causales, que solo aparenta finitud en virtud de la utilidad buscada por el investigador en su indagación, única capacitada para dotar de cabeza al acéfalo entramado. 

Lo digo de otro modo: ni Lovecraft, ni Ligotti, ni Carroll ni la madre que los parió han escrito algo tan raro como la concatenación de causas determinantes de que yo viva en Valparaíso. Y en una calle llamada Porvenir. ¡Sherlock!

 

27 febrero

El cine de autoayuda solo muy parcialmente se emparenta con el político, con el cine “de mensaje”, y sí lo hace de forma dominante con el cine de animación y la “moral” siempre exigida a sus narraciones, esa moral amable siempre acompañada de una sonriente palmadita en la espalda, ese agradable “todo irá bien” que antagoniza con cualquier tipo de gravedad y minimiza toda profundización, toda complejidad, todo conocimiento real. El cine de autoayuda es el cine de mensaje adaptado a una era de infantilización intensiva de la población.

Pero entre el cine de animación y el blockbuster de autoayuda actual (pienso en esa Thunderbolts cuyo tercer acto no deja de ser una charla de bar sobre la necesidad de afrontar la depresión y que no te preocupes tío, que aquí estamos los compas para apañar), se encuentra el cine “independiente” norteamericano, los Box of moonlight, los Little Miss Sunshine, los Where'd you go, Bernadette. La épica USA no ha permitido otro contenido social que el duelo, el grupo de apoyo, la familia, el amor a los animales y, por cierto, los robots, esa minoría oprimida (insisto). Ninguna otra lucha que por la felicidad y la identidad, lucha que solo el cine à la Hollywood podrá resolver pues solo en él cada aspecto de nuestra vida tiene sentido, solo en él caemos de pie y se asegura que, al final, todo nuestro dolor y fracasos habrán tenido efectos positivos (ver al William Donloe de la última Mission Impossible darle las gracias a Ethan Hunt por lo de la primera parte es uno de los pasajes más siniestros del cine de estos últimos tiempos). Solo en él la fe, la esperanza, se verán confirmados. Solo en él Dios, es decir yo en tanto dios, existo.

 

1 marzo

Cuando se hablaba de Gran Hermano como de un “experimento sociológico”, quizás no se estaba mintiendo. El programa no consistía en reunir a un grupo de gente en una casa durante x tiempo, sino en hacerlo con una serie de reglas que fomentaran la competición y la rivalidad entre ellos. No es que convivieran, es que en esa convivencia se les iría eliminando hasta que solo uno resultara ganador. Además, dicha convivencia estaba determinada por un programa semanal (los jueves, si mal no recuerdo, en España) y varias competiciones menores entre ellos. 

Un estado de competencia permanente resulta identificado con la vida privada, la vida misma. Todo acto personal, voluntario o involuntario, trabaja para un espectador-juez. La amistad, el deseo o incluso el amor, independientemente de su sinceridad, equivalen a alianzas en la lucha por la supervivencia.

Twitter no estaba tan lejos.

 

2 marzo

Como ante mi nota del 4 de febrero varios pueden decirse “este no ha leído aún el mail de Chomsky a Epstein”, digo que es cierto (lo leí al día siguiente) pero que poco me importó. Al respecto, vaya esta cita de un memorable artículo de Mark Fisher:


“La cuarta ley del castillo del vampiro es: esencializa. Mientras la fluidez de la identidad, la pluralidad y la multiplicidad siempre se menciona a favor de los miembros del castillo del vampiro, (…) el enemigo ha de ser siempre esencializado. Como los deseos que animan el castillo del vampiro son en buena medida los deseos del sacerdote de excomunicar y condenar, ha de haber una clara distinción entre el Bien y el Mal, con este último esencializado. Observad la táctica. X ha hecho un comentario o se ha comportado de una manera particular. Estos comentarios o este comportamiento tienen que ser interpretados como tránsfobos, sexistas, etcétera. Hasta aquí bien. Pero prestad atención al siguiente movimiento. X pasa entonces a ser definido como tránsfobo, sexista, etc. Toda su identidad pasa a ser definida por un comentario desafortunado o un patinazo en su comportamiento.”


Uno más entre los muchos componentes de un conjunto es convertido en identificador del mismo por un observador interesado. Ignoro si esta falacia tiene nombre, pero diría que actualmente es más común todavía que la del hombre de paja o incluso la ad hominem. ¿Falacia “sinecdótica”, tal vez? (aunque la RAE dice que no existe ese adjetivo). La descalificación por el trato con Epstein podría llamarse falacia por contagio, aunque esto del contagio muestra aspectos más interesantes (y siniestros) cuando llegan los intérpretes, como esos que ya se están dedicando a “revelar” el machismo inherente a la teoría lingüística de Chomsky. Esta falacia se definiría así: si un conjunto A y un conjunto B comparten un elemento x, A y B pasan a considerarse conjuntos idénticos.

Nuria Alabao y Emmanuel Rodríguez, en el artículo por el que llegué al de Fisher, hablaban de “policía semiótica”, que tampoco me parece mal término, aunque esta tarde me hace más gracia “policía connotativa”. El mundo está lleno de cazadores de connotaciones, que es lo que, por ejemplo, no dejan de ser todos los comentaristas anti-chistes que en el mundo son, toda esa brain police que vigila expresiones, palabras, formas de habla. Dejando aparte la falta de educación que supone afear a otros el modo de hablar, desde luego tampoco es buen modo de hacer amigos. Al respecto: 

“La izquierda burguesa-identitaria conoce cómo propagar la culpa y lleva a cabo una cacería de brujas, pero no sabe cómo hacer conversos. Pero ése, a pesar de todo, no es el objetivo. El objetivo no es popularizar una posición de izquierdas, o ganar a la gente y sumarla a un proyecto, sino permanecer en una posición de superioridad elitista, pero ahora a la superioridad de clase se añade, también, la superioridad moral”. 

En consecuencia, “¿por qué tendría que preocuparle al capital una izquierda que reemplaza la política de clase con el moralismo individualista y que, lejos de construir solidaridad, difunde miedo e inseguridad?”. Pienso que no solo no debería preocuparle, sino que debería darle las gracias por existir.

 

4 marzo

Sobre L´Histoire du soldat de Stravinsky, dice Adorno que “el supuesto de la pieza era la penuria: ella desmontaba de una forma tan drástica la cultura oficial porque junto con los medios materiales le estaba también vedada su ostentación anticultural”. Y un poco después:

“Progreso y barbarie están hoy tan enmarañados en la cultura de masas, que únicamente un bárbaro ascetismo opuesto a ésta y al progreso de los medios puede restablecer la ausencia de barbarie. Ninguna obra de arte, ningún pensamiento tiene posibilidad de sobrevivir que no conlleve la renuncia a la falsa riqueza y a la producción de primera calidad, al cine en color y a la televisión, a las revistas millonarias y a Toscanini”. 

“Bárbaro ascetismo” me parece expresión ideal para referirse a Contactos (Paulino Viota, 1970), cuya “penuria” es clave de su operación, así como, creo, de cierta vergüenza que la película generaba hace tiempo a su autor. Película propia de ese tipo de valentía que quizás solo se tenga a los 22 años, la de hacer cine contra todo y, antes que todo, contra la técnica. Viota lamentaría no haber tenido travellings, pero qué sería de lo contrario esa película, compuesta para travellings ausentes como quien escribe una pieza para saxo barítono teniendo solo un flautín para interpretarla. 

Antes de condenar a los paladines de lo que en España se llama, tan reveladoramente, “buena factura”, mejor atender las auto-trampas. Como el “bárbaro ascetismo” de No quarto da Vanda (2000) convertido en el refinamiento técnica y visiblemente exquisito de Cavalo Dinheiro (2014) y Vitalina Varela (2019). La “mala factura” era exculpada antaño, aun paternalistamente, al cineasta amateur y más aún al marginal, pero la actual dictadura digital expulsa la penuria aun del más independiente de los festivales. En la actualidad, el más pobre de los cineastas debe fingirse rico.


6 marzo

Resulta importante subrayar, como hace Stephen Mamber, que en el momento en que el doctor Taylor apoya su mano sobre la de la señora Sperazza y el momento queda recogido en primer plano, si el momento es tan emocionante es “because it´s so earned”. Wiseman o, en fin, la película, se lo ha ganado mediante el tiempo dedicado a la larguísima conversación con la mujer cuyo esposo está jugándose la vida en Cuidados Intensivos. Lo más emocionante para mí de Near Death (Frederick Wiseman, 1989) ha sido precisamente el tiempo dedicado a estas larguísimas, intensas, agotadoras en ocasiones hasta lo extenuante, dolorosas conversaciones en que el doctor expone la situación del paciente a este o un familiar, y con el máximo cuidado se plantea el camino a tomar. El caso de la señora Sperazza es el más representativo, creo, no solo por ocupar mayor tiempo sino por no cortar pese a las numerosas repeticiones. La conmovedora mujer hace varias veces las mismas preguntas, repite comentarios y expresiones, obtiene respuestas parecidas, y Wiseman no aprovecha para eliminar esos pasajes a los que sería fácil acusar de redundantes. En esos momentos donde el doctor Taylor está visiblemente volcado hacia la mujer, Wiseman sigue a ambos en cada minuto de esos vitales encuentros. Las manos unidas no aparecen pues como “drama barato”, lo que hubiera sucedido muy presumiblemente en una versión resumida del proceso. El tiempo, o más valdría decir la duración, como tantas veces sucede, es clave para neutralizar el cliché, esa emoción tantas veces obtenida por su sustracción del proceso que la origina, esa intensidad "no merecida" por quien la presenta.

Sumaría en todo caso que John Davey, el operador, no muestra esas manos gracias a un zoom, por ejemplo, y apenas necesita corregir su encuadre para recogerlas. Es su posición la que le ha colocado exactamente en el punto donde el gesto tiene lugar, lo que permite con toda naturalidad tomar un primer plano de las mismas. Un momento mucho más arriesgado tiene lugar minutos antes, cuando la señora rompe a llorar y la enfermera, en cuclillas ante ella, acaricia sus rodillas. A no ser que se me haya pasado, es el primer momento en que un miembro del personal médico toca a alguien que no lo sea (el que ya he comentado sería el segundo), y mi inmediato temor fue que Davey hiciera zoom hacia esas manos. Todo lo contrario: se queda en un hermoso plano general que recoge a las tres mujeres, enfermera y hermana unidas por sus manos a la otra. 

Y hablando de. En su texto sobre High School (1968), Mamber señala con justicia la suerte de que la profesora que lee la carta enviada desde Vietnam del exalumno voluntario militar termine con la frase “Cuando recibes una carta como esta, significa que estamos haciendo un muy buen trabajo en Northeast High”. Como bien dice aquel, una frase así es film-maker’s gold, oro puro para el cineasta, pues es la que ata toda la película y permite que la lectura pueda funcionar como su cierre. Pero lo que me vino a la cabeza al leer este comentario fue un momento inolvidable de Hospital (1970) en el que un plano general nos muestra una escena donde una mujer sostiene su mano sobre la de su pareja, herida por arma blanca y tendida en una camilla. Aquí, la cámara sí hace zoom a la mano, pero en el contexto de gran dureza, también visual, que posee la obra, creo que es un gesto interesante por permitir aislar ese contacto que puede pasar desapercibido. Un zoom en Near death subrayaría lo que todo espectador ve, mientras que el de Hospital hace visible lo que es fácil no solo no ver sino, sobre todo, no valorar.

Pero lo glorioso, de la vida y del cine, es que justo cuando el zoom se detiene sobre la mano (inmóvil, por cierto), la del hombre comienza a moverse y se estrecha con la de la mujer. Subrayo que este gesto no es el que ha motivado el zoom, sino que tiene lugar después. Cualquiera que haya estado en un hospital tomando la mano de un ser querido mientras el médico les explica cosas, se estremecerá de reconocimiento al ver el momento, pero quien haya tenido la suerte de no haber pasado por eso podrá ver, como pocas veces en la historia del cine, la grandeza de dos manos juntas. Que la imagen se haya producido por azar, por la feliz conjunción de dos gestos que no contaban con la existencia del otro, es lo que hace al instante imperecedero, extraordinario. Y si a eso no es a lo que propiamente se puede llamar “magia del cine”, la magia del encuentro, entonces ninguna otra cosa lo merece.  

 

8 marzo

No puedo estar de acuerdo con Nigel Kneale cuando echa pestes de la actuación de Brian Donlevy en los dos primeros largometrajes de Quatermass. Se entiende su contrariedad, sin duda, habida cuenta de la inmensa diferencia entre el Quatermass del primer serial y el de la primera adaptación al cine. Brian Donlevy no solo es parco, sino seco y cortante hasta lo abominable, mientras que Reginald Tate es un puro científico sci-fi pero, sobre todo, un hombre emocional. En el segundo capítulo (último, tristemente, de los conservados), el mejor plano es el que muestra su reacción al escuchar que los trajes espaciales, pese a estar vacíos, se encuentran completamente ajustados, como si nadie se los hubiera quitado. Tate no solo muestra perplejidad sino, sobre todo, el horror inmenso, la sacudida emocional de la noticia, siendo la intensidad del rostro la que nos permite leer que acaba de adivinar lo sucedido: los astronautas, que por añadidura son sus amigos, hecho siempre presente en la actuación de Tate, se han evaporado, han desaparecido, están, en suma, muertos, en virtud de un proceso, para más inri, totalmente misterioso. 

Solo la perplejidad científica encontramos en el implacable Quatermass de Donlevy, al que es fácil llegar a calificar de miserable. Me tienta pensar que Val Guest carece del interés por la ciencia de Kneale y, más aún, de su simpatía hacia sus practicantes. Su Quatermass no posee más personalidad que la que le otorga la resolución de los problemas científicos con los que se topa. La brutal antipatía del actor representa a la perfección un tipo humano al que poca humanidad le queda, un tipo científico para el que la sociedad no es objetivo tanto como estorbo. 

Hay que añadir que además el trabajo de Donlevy encaja a la perfección con la adaptación de los seriales a la pantalla. El cómico costumbrismo queda reducido casi a la nada junto con la parafernalia sci-fi, reducida a un tamaño manejable, como muestra la eliminación del primer capítulo del primer serial y el último del segundo. La sequedad y dureza de Donlevy armonizan con el crudo blanco y negro, los inhóspitos exteriores, la escalofriante música del gran James Bernard. Imposible notar el alcoholismo del actor en su actuación: véanlo caminar, decidido, recto y rígido como una escultura móvil de inclemencia y grisura incrementadas por su perenne abrigo. 

Viva Nigel Kneale, oigan. Pero para mí no hay más Quatermass que el de Guest y Donlevy en las que, si no son las mejores películas del género en su década, muy cerca quedan. Y así, para que conste en acta, solo admitiría por encima a Robot Monster (Phil Tucker, 1953), Invasion of the body snatchers (Don Siegel, 1956) y The incredible shrinking man (Jack Arnold, 1957), y en igualdad con The thing from another world (Christian Nyby, Howard Hawks, 1951).


9 marzo

Tarkovsky siempre me ha resultado un cineasta fallido, pero no explicaré por qué, pues lo que de pronto evoco en este momento es ese lento apagamiento de la materia que filmó como nunca en Sacrificio. Nunca he visto un fin del mundo como ese, donde pareciera que es la luz misma la que muere (no, Bela Tarr no lo consiguió en El caballo de Turín, porque se dio la facilidad del blanco y negro) o, mejor dicho, la luz al interior de las cosas, donde se viera que las cosas están hechas de luz y materia y la materia y la luz se mueren juntas, se apagan al mismo tiempo. Y en medio de todo eso, de repente, la porcelana del aguamanil antiguo de la “bruja” irrumpiendo como un milagro mayor que el levitar de la pareja, milagro de luz que trae el de la materia, del agua, del renacer de la vida. Tarkovsky siempre me ha resultado un cineasta fallido, pero hizo algunas cosas, pocas, pero algunas, que me acompañarán toda mi vida.

 

10 marzo

No puedo creerme que, en la nota del 6 de febrero, no cayera en nombrar la primera vez en que advertí el fenómeno que señalo: la escucha de “White light/White heat” del disco homónimo de The Velvet Underground en la espantosa versión que su compositor, Lou Reed, realiza en el célebre Rock 'n' Roll Animal, disco que desde aquella remotísima fecha adolescente nunca he tenido coraje de escuchar de nuevo (creo que llegó el momento). Los propios miembros de la Velvet hablaban mal de su segundo disco debido a su sonido, de forma no distinta a como haría Paulino Viota de Contactos, por cierto. ¡Qué bárbaro ascetismo el de White light/White heat, en efecto! El tema homónimo, o “I heard her call my name”, magníficos ambos, son inseparables de su brutal sonido. Quién se atrevería a versionar “Sister Ray” sin esa masa sonora aberrante que hace de su riff el más infernal que jamás haya alcanzado oído alguno. El “White light/White heat” de Lou Reed es, sin embargo, un encantador rock´n´roll. Punto. Y “Sister Ray” habría sido un estupendo tema garajero. Pero no es eso. No es eso. No es aceptable escuchar esos temas sin espanto, sin que el baile sea un ejercicio del dolor.

 

11 marzo

Sobre lo de Chomsky, una cosa más: ¿de verdad puede juzgarse a alguien por palabras vertidas en una comunicación privada?: 

«Ninguna de las “revelaciones” de los papeles de Epstein tiene dimensión ni alcances públicos. Nada en su relación con Epstein desacredita ni socava lo que Chomsky ha hecho. Y lo que ha hecho es denunciar tenazmente, con rigor y severidad, los desmanes, las contradicciones y las mentiras del orden imperante. Sus lazos con Epstein no sólo no cuestionan los argumentos de Chomsky: tampoco cuestionan sus motivaciones. Los codiciosos cálculos de un anciano deseoso de asegurar sus rentas, la vanidad de sentirse halagado y agasajado, ni siquiera un torcido e interesado sentido de la amistad y de la lealtad consiguen cuestionar, a mis ojos, ni una sola de las actitudes públicas de Chomsky, aun si también él fuera uno de esos pequeños burgueses arribistas que al amparo de las cuatro paredes de su casa se permite infringir la moral que de puertas afuera suscribe». Encuentro modélica la nota de Ignacio Echevarría sobre el asunto Chomsky-Epstein, partiendo de la famosa defensa benjaminiana de vivir en una casa de cristal (que a mí también me dejó perplejo cuando la leí). Creo que las coordenadas que establece Echevarría en su nota muestran bien ciertas conexiones entre la hipócrita moral burguesa (“doble” me parece demasiado elogioso) y cierta “moral revolucionaria” que, a mi modo de ver, tienen en común la moral, en fin, de los “sepulcros blanqueados” condenados por cierto tipo. “Exhibicionismo moral” tan viejo y tan actual por el que el mundo se llena de Grandes Hermanos deseosos de evaluar nuestras intimidades, seguros siempre de encontrar material para la condena. 

 

13 marzo

«En una consideración histórica, la política es siempre maquiaveliana, tiene poco que ver con los valores o con la “cultura”. La política es un conflicto entre poderes sociales, que pueden (y deben también) negociar. Por eso el reto de aquellos que están abajo ha sido siempre el de construir un poder propio, una organización, que obviamente está atada a una forma de vida y a unos valores. Sin embargo, los sin-poder solo pasaban a existir cuando tenían la capacidad (el poder) para hacerse presentes, para rebelarse. Hoy como ayer, el problema es, por eso, construir estas formas de poder de los que no tienen poder. 

(…) Quizás lo primero es dejar de pensar en términos de comunicación y de indignación moral, que son los propios de lo que se nos propone hoy como política, en las redes sociales y en los medios de comunicación, y que además nos conducen a un radical aislamiento dentro de las burbujas culturales en las que buscamos nuestra continua validación. Se trata de dejar de darnos gustito insultando al televisor (o en las redes sociales), contra los fachas (o los progres) de turno. La exhibición de uno mismo o la confirmación de uno mismo, del tipo que sea y en la forma que sea (mis emociones, mis ideas, mi inteligencia), es políticamente inútil. 

Lo que resulta esencial es hablar con otros, pensar y organizarse con ellos. A partir de ahí surgirán las iniciativas que pueden ser de distinto tipo: sindicales, sociales (como determinadas asociaciones, centros sociales, ateneos), económicas (como cooperativas), culturales etc. Podría decir como en el siglo XIX: “Ateneo, sindicato, cooperativa”. No es una gran receta, pero es ciertamente la base de cualquier política posible.

(…) Lo más luminoso que se puede decir es que estamos en un tiempo de cambios radicales y profundos y, por lo tanto, también de oportunidades. En este sentido, podríamos decir que todo depende de lo que seamos capaces de poner en el mundo en las próximas décadas. El futuro está hoy claramente abierto, quizás demasiado. Pero políticamente tenemos que reconocer, como los revolucionarios campesinos chinos, mucho antes que Mao, que “todo es caos bajo las estrellas, la situación es excelente”.» (Emmanuel Rodríguez)

 

14 marzo

“Si toda psicología desde la de Protágoras ha exaltado al hombre con la idea de que este es la medida de todas las cosas, con ello lo ha convertido también desde el principio en objeto, en materia de análisis, y una vez colocado al lado de las cosas, lo ha rendido a su nulidad”. No creo estar de acuerdo del todo con esta idea de Adorno, pero me resulta sugerente respecto al problema fundamental que siempre he considerado en la imagen cinematográfica (y antes, en la fotográfica). Godard encontraba la grandeza del cine en la capacidad de que por fin los hombres pudieran verse, y con ello estudiarse, conocerse a sí mismos. Pero la gran duda es si es bueno verse a sí mismo, si no es consustancial al poder de la imagen robar el de su referente, imponer a aquel su potencia, la potencia de lo inmaterial, como ya he dicho en otros momentos, que gracias a la imagen de registro puede revestirse de las cualidades de lo real y dotar en consecuencia a la ilusión con todas las evidencias de lo posible. 

La imagen del hombre no necesariamente permite el auto-conocimiento, y más se diría que empuja a la imitación: como lo imperfecto, decía Aristóteles, aspira a lo perfecto, tiende el ser material a la perfección de su imagen inmaterial. La imagen cinematográfica, en este sentido que trascendería, se sobrepondría a cualquiera de sus usos, implicaría antes que nada pues un auto-desconocimiento, una pérdida progresiva de autonomía. 

Puede plantearse la pregunta de si es lícito filmar a otros. Incluso si lo es filmarse a uno mismo. 

Cabe la posibilidad de que el cine sea lo peor que le haya pasado a la especie humana. Hasta internet, claro. 

 

15 marzo

En su crítica para Los Angeles Times, Robert Koehler señala que, en High school II (1994), “the school’s full name and neighborhood are never mentioned, and its academic program of doctoral-style papers in lieu of standard tests is never articulated. Wiseman’s adherence to a cinema verite that resists factoids doesn’t help him here.” Creo que el parlamento de Deborah Meier hacia el final de la película sí ayuda a dejar sentado el método, junto a sus fundamentos, pero sobre todo me parece más importante esta observación de Stephen Mamber: “I don’t think the importance of one-on-one guidance is ever explicitly stated anywhere in the 3 hours and 41 minutes, but the need for it becomes evident the more we see of it.” A cada película que veo, más siento la obra de Wiseman levantada contra el parlamento explicativo a cámara, y más volcado a un hacer demostrativo, que no solo muestra algo sino que demuestra su importancia, relevancia, consecuencias, al acompañarlo durante el tiempo que sea necesario. El arte de la evidencia como arte del tiempo. Como hacía con un quizá no tan distinto sujeto en Near death, aquí Wiseman acompaña el trabajo educativo: las explicaciones, debates, conversaciones, reuniones… y con ello, y con su constante repetición, con la inacabable insistencia, permite sentar tanto la importancia de ese trabajo como lo que implica en y exige de profesores y alumnos. “High School II is the greatest instructional film about instruction that I can think of.”, dice Leo Goldsmith, y le secundo al 100%.


16 marzo

Uno se pregunta, viendo la nueva Anaconda (2025), qué ha pasado para que la comedia norteamericana del siglo XXI sea la peor de toda su historia, y qué ha pasado a lo largo de estas últimas dos décadas y media para que el nivel actual sea tan bajo que las sobrevaloradas comedias de la factoría Apatow parezcan en comparación clásicos dignos de Cukor. Uno se pregunta qué ha pasado para que actores con gracia como Paul Rudd y Jack Black hayan devenido cosa tan insulsa, tan negada para el género al que algo de brillo aportaron, cada cual a su modo. Uno se pregunta qué pinta Thandiwe Newton en todo esto, actriz excelente pero tan fuera de lugar como ya lo estaba la bonita pero insulsa Karen Gillan de The bubble (Judd Apatow, 2022), y más aún diría, pues ni comedia se le pide a Newton, ni comedia ofrece; cómo es posible, pues, entregar un personaje importante de modo que quede perdido para la causa del humor. Qué ha pasado, en fin, para que no sean Selton Mello y Steve Zahn los protagonistas, siendo los únicos que aportan alguna idea, alguna frase, algún rasgo gestual, interpretativo, de carácter, genuinamente cómicos, qué ha pasado para que esta película, que se supone algo de parodia tiene sobre cómo se hacen ciertas películas, no sea sino un retrato genuino y nada irónico de cómo se hace una peli carente de imaginación, falta de comicidad y completamente henchida de convencionalismo.

Me tienta ver el paso de Zoolander (Ben Stiller, 2001) a Tropic Thunder (ídem, 2008) como un posible resumen: en la primera, todo conflicto y problema “de altura” queda subsumido bajo las características del protagonista, la dimensión cómica se sobrepone a todo, verosimilitud y humanidad de los personajes incluidas. En la segunda, los conflictos de los protagonistas pasan de rasgos determinantes de su comicidad a temas centrales que trascienden lo cómico relegándolo a ornamento.

Apatow ha señalado que los problemas actuales de la comedia se deben en parte a los problemas con el humor que han marcado como mínimo la última década de historia. Estoy seguro de que esa es parte de la razón, pero habría que decirle a Apatow que las películas de su “factoría” son buenas responsables de la entronización de una elevated comedy que, fundamentada en un psicologismo propio de (otra vez) la dichosa autoayuda y el universo de los coachs motivacionales y las TED Talks, básicamente nos decía que la comedia es eso que siempre debe ser superado. 

Soy algo injusto con esto, sí. Pero no tanto.


18 marzo

Un couteau dans le cœur (Yann González, 2018). Si haces una película ambientada en el mundo del porno gay ochentero y no se ve una simple polla, mal. Si haces un pastiche del giallo y la fotografía tiene tan poca imaginación como un film de Netflix, peor. Si de remate no te atreves ni a saltar la línea de lo fantástico, lo irreal, como tantas veces parece apuntarse, como sería en el fondo natural, lisa y llanamente tienes una película cobarde.