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lunes, 20 de julio de 2026

Dietario (10)


11 mayo

Si alguien me vuelve a decir lo buen guionista que es David Koepp, sacaré mi pistola, le apuntaré a la cabeza y, antes de disparar, le leeré esto:

«”In writing Jurassic Park, I threw out a lot of detail about the characters," says Koepp, "because whenever they started talking about their personal lives, you couldn't care less. You wanted them to shut up and go stand on a hill where you can see the dinosaurs. When we announced the sequel, I got this packet of letters from an elementary-school class somewhere outside San Francisco, and one of the kids wrote that we should add a stegosaurus and this and that, but 'whatever you do, please don't have a long, boring part at the beginning that has nothing to do with the island.' In other words, the premise of these movies is so exciting the usual cat-and- mouse game just doesn't work. The kid is only eight, but he's right, and I kept his letter on my desk. On my tombstone it'll say my name, the years I lived, and then, IT TOOK TOO LONG TO GET TO THE ISLAND».

12 mayo

En un excelente making-of sobre Bowling for Columbine (2002), Michael Moore explica cómo su película triplicó la recaudación más alta que hubiera alcanzado documental alguno en su país, y que ello le llevó a pensar que tendría efectos, quizá en el uso de las armas, quizá en la propia identidad norteamericana de la que trata, más bien, su película. Pero obviamente, constata que no fue así. Jean Renoir decía que la prueba de que el cine no podía cambiar la realidad era que la II Guerra Mundial llegó pese al éxito de La gran ilusión, pero yo diría que Michael Moore puede afirmar lo mismo con más base.

Pienso en todo esto al leer las siguientes palabras de Frederick Wiseman:

“Film ideologues are not interested in the discovery and surprise aspect of documentary filmmaking, or in trusting their own or anyone else’s independent judgment, but want documentary filmmakers to confirm their own ideological, abstract views which have little or no connection with experience. Some documentary filmmakers urged on in their self-generated political fantasies by academics and other ideologues, by film barons and bureaucrats, and by all those who form the parasitic platoons fluttering around film-makers, believe documentaries must educate, expose, inform, reform and effect change in a resistant and otherwise unenlightened world. Documentaries are thought to have the same relation to social change as penicillin to syphilis. The importance of documentaries as political instruments for change is stubbornly clung to, despite the total absence of any supporting evidence.”

Escritas en 1994, las primeras frases anticipan la dictadura del guion que absurdamente se ha enseñoreado del universo documental, por no hablar de la exigencia de discursos e intenciones a priori. Y cuánto más admirar la inspirada mención de los “parasitic platoons fluttering around film-makers”.

Son estas ideas las que me parece enriquecen y dotan de su potencia a las frases finales, cargadas de una voluntad de descubrimiento, de conocimiento, de riqueza y complejidad, que no suele encontrarse en quienes hacen idénticas afirmaciones.

En todo caso, no estará mal evocar al respecto un artículo de John Gianvito que, entre otras cosas, niega la mayor: “Con respecto al objetivo de que hacer una película, escribir una novela, producir cualquier obra de arte, pueda de alguna manera cambiar realmente el mundo, admito sin reparos que tales ambiciones deben abordarse con considerable escepticismo y la mayor humildad. Además, en la mayoría de los casos, poder medir y cuantificar verdaderamente el impacto material de una película es prácticamente imposible. En la mayoría de los casos, pero no en todos”. Y así, entre otros, Gianvito nos recuerda que Cathy Come Home (1966) de Ken Loach “condujo directamente a la formación de CRISIS, una organización benéfica nacional, que ofrece servicios anuales de educación, empleo, vivienda y salud, además de presionar al gobierno para que se produzcan cambios políticos que prevengan y mitiguen la falta de vivienda”; que La sangre del cóndor (1969) de Jorge Sanjinés provocó la expulsión de Bolivia de los Cuerpos de Paz de los Estados Unidos, cuya esterilización forzada de mujeres indígenas había denunciado; que The Thin Blue Line (1988) de Errol Morris, aportando pruebas de su inocencia, llevó a la anulación de la condena a cadena perpetua de un hombre condenado por asesinato; o, caso más famoso, que el desaparecido Ku Klux Klan volvió a la vida gracias a El nacimiento de una nación (D. W. Griffith, 1914), el ejemplo más irrebatible e imperecedero de la potencia política del arte; ¿o valdría más decir “de cierto arte” y “de cierta línea política”?

13 mayo

Imposible no pensar que Black Legion (Archie L. Mayo, 1937) sirvió de modelo para el Killers of the Flower Moon (2023) de Martin Scorsese, sobre todo cuando un momento importante de la narración pasa a ser representado en un estudio de radio; aquí, también se siente que la película debiera terminar en la grabación, y aunque la escena siguiente merece la pena por la sola visión de un hundido Humphrey Bogart, en efecto el resto es en cierta medida sobrante por lo obvio de un recorrido destinado a culminar en el discurso inevitable del juez. Pero lo que convierte en interesante esta sección final es el retorno de la esposa, una fantástica, y por lo que veo no muy valorada, Erin O'Brien-Moore. Si la película ha sido sobresaliente, el pequeño bache del cierre queda lacrado en oro por el intercambio de miradas en movimiento entre ella y Bogart. Mayo aprovecha a fondo la salida del juzgado, que impide dedicar el plano de cierre al actor por su salida de campo, y se queda con Moore, cuya mirada, durante el plano-contraplano en que los dos se siguen mientras caminan hasta perderse para siempre, trasciende el dolor, el sufrimiento y cualquier emoción nombrable. No sé qué carajo hace en ese momento, podría ser la mirada de un alucinado, pero tampoco ese adjetivo sirve. Solo sé que Mayo, perdido Bogart, avanza hacia un primer plano de ella, y lo sostiene como nunca he visto a actriz o actor sostener uno. Supongo que, simplemente, ha perdido al ser que ama en el exacto mismo movimiento con que lo ha recuperado. Nunca he visto un momento así tan bien sintetizado, y tan radicalmente transfigurado, en toda la historia del cine.

Sobre el subrayado: poder del cine para obtener transfiguraciones, movimientos por lo que algo conocido, sin dejar de serlo, se traslada, se reconfigura, muta, insisto, sin dejar de ser lo que es, en algo que es otra cosa, que salta a otra dimensión o se deja traspasar o iluminar por algo de otro orden. En los planos finales de Black legion, todos podemos nombrar el contenido de la emoción a transmitir, pero ninguno de los dos intérpretes parece dispuesto a dejar que su emoción se deje acotar en sus límites, y en consecuencia algo de otro orden, algo indefinible se dibuja con los ropajes de esa definición. La emoción se ha transfigurado y los rostros hacen algo más que comunicar, abierto quizá en su interior el silencio de lo perdido.

14 mayo

Nadie lee a los poetas, pero, ¿quién escribe pensando que será leído? ¿No sabe todo artista que no hay ya posteridad posible? ¿Que si no mañana, algún día, la humanidad se extinguirá irremisiblemente, o mutará en algo a lo que nada importarán nuestras creaciones, que no sabrá si descifrarlas siquiera como tales? ¿Qué tiempo futuro leerá las obras de los grandes creadores de hoy, verá las grandes películas? El mismo que a los mediocres: ninguno. El futuro no nos espera y en todo caso no sabrá reconocernos. La gloria ha regresado al presente del que en el fondo nunca salió y creo firmemente, aunque digan lo contrario, que nadie se engaña al respecto. Máxime cuando todos sabemos que no fue el tiempo el que salvó la grandeza de Sófocles sino el éxito ante sus contemporáneos, los premios ganados en los festivales. ¿No nos dice esto que quizá sea Pérez Reverte el único escritor que sobreviva de nuestra época? Cuantos más ejemplares impresos, más posibilidades de salvación. El papel tarda más en arder que el celuloide o los soportes digitales, más aún si hay muchos juntos (Libro = Papeles Unidos Jamás Serán Vencidos), y en todo caso ningún extraterrestre sabrá qué es un cd, pero sí podrá ver que hay imágenes en una tira de 35mm o signos en un papel.

El artista de éxito sabe, si no es inocente, que su fama solo le asegura el dominio sobre el ahora. Al manifestar sin ambages que después de su muerte nadie le recordará, Pérez Reverte no revela modestia sino, muy al contrario, la vanidad del triunfo sobre la única posteridad ya admitida, la posteridad presente: la victoria sobre tus contemporáneos, el éxito económico y el reconocimiento público, que además conllevan también el crítico. Pérez Reverte y Spielberg, los únicos supervivientes.

Pero no se amargue el artista riguroso, el futuro ausente es para todos. Hablamos en el vacío del tiempo, nada de lo que digamos importará, nuestro arte nunca tendrá consecuencias. Esos ojos radicalmente ajenos que contemplen nuestra obra desde otro tiempo, sabemos que no llegarán. El privilegio de saber que serás leído a dos mil años vista, el privilegio de soñar con la eternidad, es ya eso, el privilegio de soñar. Otros prefieren follar. ¿Quién podría cuestionárselo?

Artista, tu amor nunca será correspondido. Haces bien, pues, en no amar.

17 mayo

Mis redes deben compartir mi sentido del humor basado en tocarle los cojones al prójimo, porque constantemente me envían citas, links, reels y lo que haiga falta de luminarias diversas denunciando cómo puede ser que la izquierda no se de cuenta de que la pelea por el lenguaje es importante, y que la derecha lo sabe perfectamente y de ahí su éxito. Desde los 60, en gran parte del mundo la izquierda ganó la pelea comunicativa, la pelea por el tan mentado sentido común, y su lenguaje se enseñoreó de la práctica totalidad de los medios, exactamente al tiempo que los partidos de ese espectro comenzaban a conspirar contra todos los movimientos sociales que les impidieran llevar a práctica la nueva gobernanza que con el tiempo llamaríamos neoliberal. Resultado: percepción general de que la globalidad es de izquierdas y que, en consecuencia, la hipocresía domina, pues es igualmente evidente que todo ese lenguaje no se corresponde con la realidad de nadie. La derecha no solo gana apariencia disruptiva, sino un discurso que al tiempo que embustero, posee más verdad que el de sus supuestos oponentes.

Burbuja de la vivienda, burbuja digital, burbuja de la IA... Pinchemos de una maldita vez la burbuja comunicativa. ¿No es de verdad evidente que la izquierda lleva décadas peleando solo por el lenguaje, cayendo en una trampa tendida por ella misma pero apoyada con pleno entusiasmo, tan pronto se apercibieron de ella, por la derecha, donde nunca se olvidó que la pelea política está ante todo (¡sorpresa!) en la política?

18 mayo

El cine: el viento en los árboles.

La ficción: una chica y una pistola.



21 mayo

Vendería media alma por haber asistido a aquella sesión en que Stan Brakhage mostró varias de sus películas a Andrei Tarkovski. El año era 1983; el lugar, el Tenth Telluride Film Festival. El primero admiraba inmensamente al segundo, pero el segundo aborreció cada obra del primero. Tenemos la descripción precisa de la discusión por el norteamericano, que se dedicaba a defender una tras otra sus obras ante el artista admirado, proponiendo a raíz de ello una película más que, estaba seguro, esta sí le interesaría, solo para encontrarse con un odio aún mayor. Brakhage recuerda que tras más de veinte años teniendo que defender sus películas todos los argumentos lanzados en su contra le eran conocidos, hasta que escuchó algo “que quizás solo podía llegar de Rusia”: una diatriba contra la innovación misma, “insensata y destructiva” al decir de Tarkovski.

Obviamente estoy del lado de Brakhage en tanto la más débil e ínfima de sus obras barre el suelo con la fatuidad del metafísico de cuarta que era Tarkovski, pero no por ello la invectiva carece de interés. La innovación de la época de Brakhage directa o indirectamente se relaciona con la creencia firme de mucha gente en el inevitable cambio (a mejor) de su mundo (creencia acompañada de un actuar en consecuencia). Que otro mundo es posible no era un lema para sentirse bien sino una posibilidad real, y palpable en los numerosísimos movimientos sociales que en el mundo se propagaban a gran velocidad, agravados por un salto generacional que ocasionó una gran falta de reconocimiento entre los jóvenes, sus padres, y el mundo de sus padres. La posibilidad palpable, e incluso la certeza, de la revolución, y cuando menos el cambio social, político, económico, no puede no ir de la mano de un arte revolucionario, la multiplicación de pruebas de que otros modos de concebir las cosas son posibles. Brakhage no era un revolucionario social, pero participa de ese sustrato que va con el siglo.

Por ello, la afirmación de Tarkovski es chocante en todo, pues la negación de la importancia de la innovación estética no puede además no verse como socialmente regresiva. Pero lo cierto es que: ¿por qué la novedad tiene que ser un valor? Cuando Roland Barthes afirma que lo que le exige a toda obra es que sea nueva, no puedo no ver en ello una exigencia adecuada a la evolución del capitalismo que al mismo tiempo está teniendo lugar: la que al hacer de la producción y reproducción su centro convierte al producto sólido y duradero en enemigo en favor de la reproducción constante de novedades, la producción y producto que ya son uno con su publicidad, una que debe afrontar la multiplicación de objetos con la continua invención y propagación de nuevas cualidades y deseos para promocionarlos. Nada más patético que el artista que trata de defender su obra por sus elementos de novedad, pero ninguna evidencia más clara de que el procedimiento equivale al de la reivindicación de un nicho específico para un producto único... nicho de los “productos únicos”, idénticos en virtud de su novedad, paradoja que solo el capitalismo ha conseguido hacer real y aun cotidiana. La novedad como valor lleva a su casi imposibilidad, como la revolución soviética conllevaba la imposibilidad fáctica de revolución al verse su retórica y función usurpadas. La exigencia de novedad traslada al arte y al espíritu humanos la misma extenuación que la producción en masa al trabajador y a los recursos naturales, pero al fingirse exigencia propia supone una auto-explotación que, al contrario que la de la vida académica actual, se ve ideológicamente justificada por la identificación que la autenticidad y la novedad han adquirido como sentido último del arte. El artista autoexplotado por su búsqueda de mismidad y originalidad cree ejercer la norma del arte, pero se hunde en la inautenticidad pues, ante la extrema dificultad de lograrlo (ya que en el arte no existe la búsqueda sino el encuentro, es decir el trabajo), de forma inconsciente en el mejor de los casos acudirá a las retóricas de novedad en que la educación artística le ha entrenado y las distintas instituciones del mercado le permiten perfeccionarse. El artista, finalmente convertido él mismo en producto, conseguirá ser tan nuevo como todos, ocupando su lugar propio en los estantes del supermercado del arte.

22 mayo

Leído en pared: “Lo mismo es distinto mañana”.

27 mayo

David Bordwell habla de dos segundos que cambiaron el cine: el grito de la mujer que da inicio a la secuencia de las escalinatas de Odessa. Solo que, de esos dos segundos, uno está ocupado por un letrero: “y de repente”. Los cuatro planos utilizados por Eisenstein (de 7, 5, 8 y 10 fotogramas respectivamente, según Bordwell) solo duran un segundo. Lo que le hace ganar por uno al You suffer de Napalm Death, que dura dos (en los cds pone cuatro, pero por el silencio antes del siguiente tema). Bordwell hace notar que “no suele reconocerse cuántas veces los cambios en el arte cinematográfico suceden para mostrar violencia” (“it’s not usually recognized how often changes in film art are driven by showing violence”). Graciosamente, la afirmación no va mal para el tema más salvaje de la banda más punk del mundo, que por supuesto no deja de tener letra:

Sufres
pero ¿por qué?

28 mayo

Variación de Adorno: al correr hacia la micro, corres exactamente hacia aquello de lo que huyes. 


29 mayo

Cuando el protagonista lanza la cabeza de la estatua etrusca al mar, se evidencia que su agenda era otra que la búsqueda de tumbas, el gusto por la arqueología o incluso el vacío vital. Que Alice Rohrwacher muestre, junto a la perplejidad y ofensa de sus compañeros, la sonrisa satisfecha de la traficante de arte es el gran giro no obstante, pues toda dimensión ética o social de su labor (el aspecto más interesante y ocurrente de la primera parte) queda de golpe abolida y regresamos al punto de partida. El camino siempre fue solitario, más incluso de lo que pensábamos.

Pero, aparte de la vulgar animalización en la pelea del barco, el trato de la banda amateur como miserables al cabo sin escrúpulos, provoca que, mientras la gran y profesional traficante sí se ve beneficiada por el gesto (el amor a la muerte, a quién favorece sino a los poderosos), el perjuicio a los otros resulta eliminado. Podemos molestarnos porque la beneficie a ella, pero no nos resentiremos por la injusticia que les hace a ellos. Rohrwacher ha dejado muy claro que la ruptura definitiva no es solo por este daño, sino por la miseria de ellos, bestias ávidas de dinero, muy por “debajo” del metafísico buscador de tumbas.

Lo que me lleva a preguntarme por qué el protagonista es inglés. La extranjería me puede parecer pertinente, pero ¿por qué no ser de otra región de Italia que también genere la no pertenencia? Y si no es suficiente (el problema del idioma nunca es menor), ¿por qué no lituano, kazajo, ruso, senegalés, mongol, turco, chilote, griego, coreano, islandés, murciano? La pregunta no es menor, baste imaginar las mismas acciones a cargo de alguna de estas nacionalidades.

La chimera acaba escupiendo sobre el discurso de la noble (por pobre) búsqueda de tumbas y elevando a un ser condenado a la soledad y la miseria moral, sí, pero superior a los envenenados por eso que ya se niega como hermoso modo de sobrevivir a la pobreza y afirma en cambio como criminal codicia, pero además por inglés guapo, amable y elegante hasta en la desidia. Rohrwacher se niega toda la tensión que hubiera surgido si los ladrones amateurs hubieran sido gente noble; el lanzamiento de la cabeza hubiera sido más injusto pero con ello más justo, pues hubiera dado al gesto toda su gravedad solipsista precisamente por mostrar sus efectos exteriores en toda su dimensión. Es grave pero comprensible que el inglés ya no vea a su alrededor; es grave a secas que tampoco lo haga Rohrwacher.

30 mayo

Imbecilidad internetera del día: "No puedo concebir tener a mi lado una pareja que consuma pornografía".

31 mayo

Adorno otra vez, hablando ahora del abyecto cierre de Caché (Haneke):

“A la postre el alma es el anhelo de salvación de lo carente de alma”.

Y otra más, anticipando al Ballard que tildaba de sueño casto al cine pornográfico:

“Cuando la organización de la vida ya no deja tiempo para el placer consciente de sí mismo y lo sustituye por las ocupaciones fisiológicas, el sexo mismo desinhibido se desexualiza. Propiamente los sujetos ya no desean la embriaguez, sino tan sólo la compensación que pueda traer una ocupación que preferirían ahorrarse por superflua”. 

1 junio

Eraserhead (David Lynch, 1977) pertenece a ese selecto grupo de películas magníficas con un mal cierre. Es evidente que termina con el cerebro del protagonista convertido en polvo de goma de borrar flotando en el espacio, y que lo que sigue (consuelo, medicina, religión) sobra. Tendencia general de Lynch a cerrar la idea fuera de sí misma. Tendencia, también, a la inanidad del arte como cura. Pero el arte no redime: o mata, o muere.

8 junio

Qué gloriosas fueron (o son, en la memoria) las temporadas 4 y 5 de Perdidos. ¿Por qué? Por ser las que al fin asumían que el centro de la serie no era ninguno de sus insoportables personajes con sus insoportablemente tópicas y plañideras historias, sino la isla. Convertida esta en el centro absoluto de la función, la fiesta fue completa, un dispendio de imaginación y el mejor ejemplo de vidas sometidas a un sistema imposible de entender. Llegada la sexta y última temporada, dos eran las posibilidades: ¿resolverán el sistema, o salvarán todos los problemas acudiendo a lo fácil, es decir: resolviendo a los personajes? Obviamente, fue lo segundo. Inútiles como los implicados daban para poco más, pero sería injusto no señalar que la solución es común. No hay raymonroussels en el cine, y por supuesto mucho menos en el comercial.

Uno se cría en la certeza de que el psicologismo es el enemigo, y crece en la evidencia de que nada puede contra él. Backrooms (tristemente, nada que ver con el universo gay), es la última decepción en la materia: un universo fascinante, hermoso, y unos actores perfectos para desarrollar seres vivos sin malgastar una sola palabra, desperdiciados en un desarrollo del psicologismo ramplón que domina nuestros días, todos los días. Un mundo nuevo, inmenso, lleno de posibilidades, ante el que nuevamente sus creadores fingen que todo se juega en la psique de dos gilipollas traumados. Como si hubiéramos ido al cine por ellos.

11 junio

Joaquín Edwards Bello viaja en tren, de Santiago a Valparaíso, para despedir a la Sombrerería Presciutti. Ya no se llevan los sombreros, tan ideales para saludar a las damas. Se cierran las viejas tiendas, pero el tren sigue el mismo recorrido que setenta años atrás. Señor Edwards, no se preocupe, hoy el problema está resuelto: ese tren ya no existe.

“Hace algún tiempo tuve un sueño impresionante”, nos dice el cronista. “Soñé que iba en un asiento aislado del tren a Valparaíso. De pronto el tren se detuvo con un fuerte golpe de ferralla, de palancas, de frenos y de rieles. Se escucharon gritos agudos de pánico. Aparecieron por la puerta del fondo unos individuos con las caras tiznadas y con pistolas apuntadas a nuestras cabezas. No hice caso de su grito de arriba las manos. Todos hicieron caso, menos yo. ¡Ya verán quién soy yo! Saqué mi revolver Smith y Wesson, herencia de mi padre, que ahora mismo veo. N° 222746. Pat. enero 24-66, reissue 82.”

Esta última frase me causa una profunda, honda impresión. Con ese mismo revólver Edwards Bello se volaría la tapa de los sesos pocos años después. En Valparaíso y otros lugares, editado por Ediciones Universitarias de Valparaíso en 1974, no se indica la fecha de publicación de la crónica, pero en el anterior Memorias de Valparaíso, que también la incluye, sí: noviembre de 1961. El suicidio tendría lugar el 19 de febrero de 1968, casi siete años después, pero tras varios reducido físicamente e incapacitado para la escritura. Un día tomó ese arma que tenía tan a la vista, y se mató. Meses después, el 10 de septiembre, le seguiría el gran Pablo de Rokha, sumido en la ausencia de su esposa y de su hijo muertos. También de un disparo, también con un Smith & Wesson.

«Sigo con el sueño. En vez de levantar los brazos apunté a uno de los bandidos. Lo maté. El otro me hirió de un balazo en el pecho, pero seguí disparando y lo derribé. Entonces caí muerto como he deseado de pie y en pocos segundos, no en cama, entre chatas, potingues y frascos. Todos celebraban mi actitud y exageraban bastante. Así nacen los mitos. Este sueño es seguramente un producto de frustración. He soñado con gloria desde pequeño. El destino me ha negado ese minuto de gloria, pero no pierdo las esperanzas. Viajo siempre con mi revólver, sin perder de vista la puerta de mi vagón. A cada instante creo que van a aparecer los bandidos de mi sueño. Se abre la puerta y me digo: “Ahí vienen”. Pero no son los bandidos. Es el vendedor de pastelitos con manjar blanco. Es el de los boletos. Es la señorita que va al lavatorio. Ya no hay bandidos. Ya no hay héroes». Sí los hay. Disparan el arma contra sí mismos, muriendo en sus propios términos. Siempre desde adolescente pensé el suicidio en los términos de los quince minutos de fama de Warhol. Lo pensaba en relación al método del corte de venas, durante el que el autor de su muerte puede verla llegar, al ritmo de la sangre que le abandona, pero la gloria puede ser un segundo, es igual, el gesto radical y seguro del autoborrado, que en sí mismo empieza y acaba, y supone en consecuencia la forma de autoafirmación máxima. Impresionado por la inesperada (aunque había leído la crónica en Memorias, ¿por qué entonces me impresiona tanto ahora, hoy, esta noche?) aparición del revólver del que su propietario ama el origen e ignora el futuro, me impresiona la mención de la gloria y la obvia suma de factores que lleva a la unidad de héroe y bandido en un solo golpe, al resultado del suicido como triunfo definitivo de una vida con fama, pero sin gloria. Un segundo de gloria. Una fracción de segundo. Nada menos. Mi enhorabuena, señor Edwards.

15 junio

¿Cuántos besos puede contemplar un ojo sin agostar al resto del cuerpo? La humedad necesaria para mantener el brillo de la mirada, ¿no secará los labios hasta pudrirlos?

Pintor, el homicidio solo reina en tus fantasías: es la vida de tu piel la que te mira desde el óvalo inmóvil, es con tu carne que se hizo la tira de 16mm con que filmarás ese mar del que ojalá nunca hubieras salido.

16 junio

El libro Valparaíso y otros lugares, que nombré recientemente, es una de las muchas recopilaciones de crónicas que de Joaquín Edwards Bello aparecieron a partir del Crónicas que a propuesta de Alfonso Calderón se editara en 1966, aún en vida del autor. Hasta donde sé, debe ser la primera a cargo de las Ediciones Universitarias de Valparaíso (supongo que la segunda será la dedicada a las pésimas crónicas dedicadas a la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial), y una de las pocas no antologadas por Calderón (autor eso sí del prólogo).

Este libro, bellamente diseñado por el mítico Allan Browne, Alejandro Rodríguez y Marisol Ramírez, presenta un criterio de selección mucho más claro que las antologías de Calderón, pero tiene el problema de no indicar la fecha de publicación de ninguna crónica. Ni una. Con Calderón conste que también podía pasar: hay fechas en algunos libros pero no en otros, y cuando las hay no necesariamente es en todos los textos.

Pero leyendo Valparaíso y otros lugares me es imposible no sentir, por primera vez, que no hacen falta fechas. Hay algo de abrumadoramente atemporal en este libro, que lo convierte en la mejor antología de su autor. Y no solo por lo rigurosamente pegado al tema de la selección de Luis Alberto Lagos, sino por el tema mismo. La atemporalidad del propio Valparaíso. Y una muy particular, pues está hecha de la evidencia abrumadora de su temporalidad. El Valparaíso de Joaquín Edwards Bello es el Valparaíso de la infancia que ya no existe y el de la edad madura que no solo no logra anular al del pasado sino que, en su constantemente reafirmada catástrofe, parece mantenerlo eternamente vivo, capital eterna del Planeta Melancolía. El Valparaíso de Edwards Bello, el Valparaíso eterno, apenas tenía poco más de un siglo cuando él empieza a dedicarle sus crónicas. En realidad, y digo cosa conocida, Valparaíso nace con la independencia, y muere con el Canal de Panamá. Nace con la libertad de comercio, al fin posible con la liberación del yugo español, pero muere con el comercio a su vez liberado del yugo geográfico. El capitalismo pare a Valparaíso, solo él capaz de convertir al puerto mugriento y escarpado en ciudad esplendorosa, el capitalismo lo destruye (mantenerlo en la condición de espectro ya es cosa de Chile a solas). Ni cien años. Valparaíso siempre está en el pasado, como la juventud y el amor; Valparaíso siempre está temblando y ardiendo, su esplendor no deja de pasar. Edwards Bello recuerda la gloria antigua como los bohemios de los sesenta recordarían la de sus años mozos, y los de fin de siglo recordarán a la vieja bohemia pre-dictadura, y los de este siglo a los 90 y hasta yo me he visto evocando la esplendorosa fiesta del Valparaíso que descubrí a mis 32 años, un ya lejano 2011.

Lo parece, pero no es ley de vida. Es la ley de Valparaíso: su incendio es perenne y eterno, porque siempre arde en el pasado.

17 junio

Escribo hoy para que conste en acta que en Chile todos dan por hecho que está al caer un gran terremoto. Se sabe que en 1973 todos sabían que habría un golpe, pero eso no es una gran adivinanza, y además hay que contar con el factor deseo inconsciente; pero esto es otra cosa. Ningún temblor me ha dado miedo, pero esta seguridad en la sacudida inminente sí confieso que me resulta un tanto aterradora. Hace poco fue en un cumpleaños, de generalizada seguridad en el hecho, y ayer una muy joven alumna, aseverando lo mismo, aportó datos de un geólogo amigo suyo: tensiones acumuladas en el norte y no sé qué más, de significación apoyada en los antecedentes de otras catástrofes, como el terremoto de 1985.

Hoy, siguiendo con Edwards Bello, doy justo en crónicas dedicadas a terremotos, el de 1906 destacadamente, que al parecer habría sido predicho con gran precisión por un tal capitán Middleton, del Observatorio Académico Naval: «Se cuenta que el almirante Silva Palma, en el comedor de su casa, reloj en mano, peroraba contra el joven marino “atolondrado”, que alarmaba a la población con absurdos pronósticos. “Ya ven ustedes como no pasa nada”, decía, cuando de pronto se escuchó el estruendo espantoso, y el incrédulo almirante rodó al suelo».

Buscando por ahí, encuentro que el adivinador existió. Se trataba de Arturo Middleton, Capitán de Corbeta y Jefe de la Oficina de Meteorología de la Armada de Chile, quien el 6 de agosto de 1906 entregó una carta escrita por él a puño y letra a El Mercurio de Valparaíso (si salió publicada ese día no termina de quedarme claro, pero si no fue ese asumo que sería al siguiente):

“REPUBLICA DE CHILE. ARMADA NACIONAL. Pronósticos sobre Fenómenos Atmosféricos. La Sección de Meteorología de la Dirección del Territorio Marítimo ha pronosticado fenómenos atmosféricos y sísmicos para el día 16 del presente mes, basada en las siguientes observaciones: El día fijado habrá conjunción de Neptuno con la Luna y máxima de declinación norte de ésta. A causa de estas situaciones de los astros, la circunferencia del círculo peligroso pasa por Valparaíso y el punto crítico formado con la del Sol cae sobre las inmediaciones del puerto. Valparaíso Agosto 6 / 1906 A. Middleton C.”.

Rodolfo Follegati, en Valparaíso, entre la Utopía y la Realidad, explica que "las predicciones de Arturo Middleton se basaban en una personal teoría del marino inglés, piloto de la Pacific Steam Navegation Company, Alfred Cooper, la cual se fundamentaba en la conjunción de los planetas, la luna y el sol y la influencia que ejercen sobre los fenómenos atmosféricos y sísmicos." Por mi parte, encuentro la predicción hermosa; no me creo nada de los astros, pero escuchar me embelesa. “La circunferencia del círculo peligroso”, “conjunción de Neptuno con la Luna y máxima de declinación norte”... ¡Qué belleza!

Los chilenos siempre me preguntan por mi reacción a los terremotos. En todos los países se buscan las muestras de debilidad del extranjero ante las peculiaridades locales; las reacciones negativas a los licores nativos son muy comunes (en España, la República Checa y Chile es creencia común que los extranjeros no saben beber), pero en Chile son los terremotos los que sobre todo generan un orgullo mal disimulado. Recuerdo al respecto un gran momento, vivido en un cine durante la proyección de Evil Dead Rise (que por cierto Lee Cronin recién superó con su hilarante Momia). Hacia el comienzo hay un terremoto que hace sacudirse todo el edificio, tiemblan las paredes, y en el suelo se abren grietas y agujeros por los que reafloran males antiguos que dejan la de dios. Minutos después, la televisión informa que el terremoto fue de 5 ́5. La sala entera se parte al unísono de risa, las carcajadas suenan por todos lados. En ese momento inolvidable, me sentí feliz de vivir en Chile.

El 22 de mayo de 1960 tuvo lugar en Valdivia el terremoto más grande registrado. 9,5 en la escala de Richter. Tuvo efectos en todo el planeta, y en Chile particularmente desató una serie de maremotos y catástrofes diversas que fueron detenidas (voy a imprimir la leyenda, amigos) el día 5 de junio. ¿Cómo? Mediante el sacrificio de José Luis Painecur Painecur, de 6 años, a manos de su abuelo y la machi Juana Namuncura Añén, quienes al parecer lo arrojaron al mar, no tengo claro si vivo o muerto, si entero o en pedazos. ¿Quieren más? El sacrificio no fue secreto, llegó a ser juzgado, y la machi fue declarada exenta de responsabilidad criminal. Jorge Teillier dedicaría ese mismo año un hermosísimo poema al asunto: “Muerte y resurrección”. Vaya la primera estrofa:

Antes que de nuevo floreciera 

la sangre en la piedra de sacrificio 

había un puerto de días tranquilos 

como ruidos de remos en el agua. 

Allí había tiempo de sobra 

para escuchar horas y horas el griterío de las gaviotas, 

o buscar una vertiente para beber tras las cacerías de otoño, 

o dormir largas tardes escuchando entre sueños 

a los pinos de cara arrugada 

que enseñaban a hablar a los primeros brotes de la primavera. 

Hasta que de pronto todo volvió a ser como en el principio: 

sólo el frío y el chillido de un pájaro, 

sólo el ruido de las olas 

rompiendo un esqueleto lanzado al roquerío.

No puedo no mencionar un gag excelente de la película De la noche a la mañana (Manuel Ferrari, 2020), obra injustamente ignorada entre las filmadas en esta ciudad. En los minutos finales hay un temblor, y el protagonista, un argentino descabellado, sale gritando. “¡Terremoto! ¡Terremoto!”. Nadie aparece; la tranquilidad del campo es total. Al poco, llega un perro. Tardé un par de segundos en darme cuenta del chiste. El nombre del perro era Terremoto.

18 junio

Hay muchos Valparaísos, pero todos están en este.

21 junio

Tanto pasado para tan poco futuro...

26 junio

“La técnica es otro nombre para el estilo fracasado”. Confluencia entre John Waters y Raúl Ruiz a manos de Cecil B. Demente.

1 julio

“Bailar mal es lo único que nos queda” (leído en Instagram, oigan).

4 julio

En algún lugar existe el verano. Bastarían las dos horas al aeropuerto, las tres de espera y policía, las algo más de 13 horas de vuelo, y el verano volvería a existir. Por un instante. Pues el invierno siempre es invierno, y el otoño, como decía Carlos León, practica todos los días, al atardecer; pero el verano... ¿dónde está el verano?

6 julio

Su autora podrá ser la censura, pero no por eso dejaré de considerar que la antaño célebre elipsis de Frankenstein (James Whale, 1931) es una de las más inspiradas en su género. Y no puede no entristecerme que varias generaciones ya de cinéfilos se la hayan perdido por la recuperación del plano extraído: el “monstruo” lanzando a la niña al agua. Plano de una brutalidad inusitada para su época, y supongo que por ello prohibido, su falta dejó empero sitio a algo mucho más interesante y hermoso: no la sugerencia, esa entelequia tan ensalzada por las almas mediocres (rara vez se piensa el sugerencia de qué, de modo que su defensa acaba siendo tan fetichista como la de su contrario), sino la poesía, la asociación niña-flor, que por la falta del acto violento queda suspendida hasta despertar en la conmovedora imagen del padre con su hija muerta en los brazos, húmeda aún por las aguas del río. El crimen, desprendido de su realización material, queda desnudo en su motivación inocente, ideal, y por ello permite tanto profundizar la simpatía hacia el monstruo como hundirse en la triste realidad del crimen tan bellamente motivado.

Soy amante de la violencia cinematográfica, pero el monstruo lanzando a la niña al río culmina de forma equivocada una escena hermosa que no merece acabar con esa imagen grotesca. La acción inconclusa del plano en que Karloff representa la reflexión del monstruo, su contrariedad por quedarse sin flores, la asociación por la que la niña es entendida como flor, la inocencia de ignorar en el fondo todo sobre la muerte, el gesto final de alargar las manos al fuera de campo... eso, eso merece quedar suspendido en el proceso mental, asociativo, y culminarse del mismo modo, minutos después, con la violencia en un aparte terrible, inimaginable. Pues al fin y al cabo qué puede ofrecer ese plano infamemente recuperado, y del que ya no hay modo de librarse, más que la enésima mentira, una y otra vez repetida: que algo así puede ser imaginado.

7 julio

“Pues les diría que, desde mi punto de vista, que un idiota que no es de aquí se ponga a decir chorradas para quedar muy bien y diga ‘viva esto y viva lo otro’ y luego me marcho a mi pueblo, me parece que es necio por mi parte, me sentiría estúpido haciéndolo, eso es lo que digo. Luego yo me largo y se queda todo el mundo dándose las palizas aquí, me parece tonto, por eso no lo hago, nada más, si a eso le llaman como que no apoyo, pues allá cada uno con sus cosas. No puedo hacer otra, es que no me parece real, estaría haciendo el huevo, lo que he criticado tantas veces de otra gente.” Me siguen pareciendo acertadas, modélicas y casi sabias estas palabras de Evaristo sobre su falta de referencias al estallido chileno de 2019, que le acabaron valiendo las acusaciones de “amarillo”, la funa y finalmente el boicot al ya legendario concierto de La Polla Records del 16 de febrero de 2020 en Santiago, en el que no terminaron ni el cuarto tema. Y no es que Evaristo no apoyara; el 14 de aquel mismo febrero, por ejemplo, afirmaba: “No conozco Chile lo suficiente para opinar con sabiduría del tema, sería necio hacerlo, pero yo desde luego que no lo vi venir. Aunque como individuo planetario, me parece cojonudo que la gente se defienda y luche por tener el mando y el poder de sus vidas; donde yo vivo sólo luchamos por el mando de la tele”.

Evaristo, en suma, no quería ser Roger Waters, y se lo hicieron pagar. Vaya desde aquí mi admiración hacia su actitud ejemplar, un día después de enterarme de las alabanzas de Patti Smith a... ¡Pedro Sánchez!

9 julio

Leo a Alberto Mayol sobre la encuesta de LCN relativa a los cien primeros días de gobierno de Kast: “El concepto de gobierno de emergencia aparece debilitado: un 53% considera que no representa la situación de Chile y que se usa para responsabilizar a gobiernos anteriores. El punto es decisivo porque Kast no llegó simplemente ofreciendo un gobierno de derecha. Llegó diciendo que Chile vivía una emergencia y que, por tanto, requería una conducción excepcional. La encuesta sugiere que esa idea ya no produce consenso mayoritario. Funcionó como táctica electoral; permitió ordenar malestar, miedo, cansancio y expectativa de autoridad. Pero como modelo de gobierno aparece hoy mucho menos sólido. La emergencia ya no opera como evidencia común, sino como una interpretación discutida. Allí está el problema mayor. Si el gobierno se funda en la emergencia, pero la mayoría no reconoce esa emergencia en los términos del gobierno, se debilita la autorización simbólica de todo el proyecto.” El problema es si la autorización simbólica es necesaria para sostener un gobierno. Mayor desautorización que la recibida por Piñera en el Estallido es difícil de pensar, y pese a ello terminó tranquilamente su gobierno y de aquello no queda hoy ni la nueva constitución que la oficialidad tuvo la brillante idea de ofrecer como zanahoria al movimiento. Ni eso. ¿Quién necesita autoridad simbólica? Cabe pensar que algo así solo hace falta para llegar al gobierno, no para ejercerlo.

12 julio

Creo que no está de más dejar constancia aquí del tweet que Miguel Ángel Rodríguez publicó el pasado 2 de julio, y sobre el que debí escribir a un amigo para comprobar si era verdadero o falso, suponiendo obviamente la respuesta. Va por ustedes:

“Ley de Ayuso del concebido no nacido. Esto significa que, según termina de fecundar, antes de ducharse, lo que tiene la mujer en su vientre es una persona con derechos. Derechos también para su familia. Esto es la revolución frente a la cultura woke e izquierdista”.


13 julio

“Tu destrucción fue mi Beatriz”.

14 julio

Escucho a Bolaño cuestionar a alguien que le niega ser escritor chileno. ¿Qué otra cosa iba a ser?, dice. ¿Escritor mexicano, boliviano? En todo caso, destaca, es escritor en lengua castellana, y afirma absurdo distinguir nacionalidades entre literaturas escritas en la misma lengua.

¿Podría decirse lo mismo en el caso del cine? El idioma no sirve, pues el cine no se “escribe” sino en imágenes y sonidos, entre los cuales el lenguaje, que no es elemento esencial. La discusión sobre las nacionalidades de ciertos autores suele fijarse en rasgos identitarios, o al tiempo vivido en unos países u otros, pero en el caso del cine tiendo a considerar determinante principal a la industria con la que hayas tenido que lidiar. Así, no es que me niegue a considerar a Buñuel cineasta español, pues en España nació y no se le nota poco, pero siento que se comete una gran injusticia cuando se le considera “el mejor cineasta español”, por la gran desigualdad de condiciones experimentadas: Buñuel no tuvo que bregar con la infame industria y condiciones políticas con las que se las tuvieron que ver Luis García Berlanga, Francisco Regueiro o Víctor Erice (mis tres candidatos a la categoría, aunque me tienta cambiar a Erice por Neville). Francia le dio a Buñuel todo lo que quiso, algo que en España solo logró con Viridiana (y ya sabemos cómo acabó la aventura), mientras que México, con todas sus exigencias y limitaciones, le permitió una capacidad de maniobra que en España no hubiera podido ni soñar.

Pero reconozco que la cuestión tiene poco vuelo, pues mi única queja se da en el marco de este tipo de competiciones, de listas. ¿Hubiera Buñuel sido superior a Berlanga de haber desarrollado toda su carrera en España? Nunca lo sabremos y ni falta que hace, pero basta considerarlo para darse cuenta de lo injusto que es valorar al aragonés en el mismo grupo que los cineastas que sí desarrollaron su carrera en el país. Si se quiere medir, lo adecuado es colocar a Buñuel entre los cineastas mexicanos y/o franceses. Si no se trata de listas ni carreras de caballos, Buñuel es, obviamente, un cineasta español: nacido, criado, y en contacto constante.

No sé lo suficiente del aspecto material de la vida literaria, pero a Bolaño le preguntaría por la misma cuestión: ¿de qué manera determina la industria editorial del país su trabajo? Asumo que es un factor aunque, allá donde el cine precisa un cierto aparato industrial y legal para realizarse, Juan Marsé, para que Si te dicen que caí viera la luz, se bastó con publicarla en México. No le hizo falta mudarse, siquiera trasladarse un par de meses. Ahora bien, si viviendo en Barcelona hubiera publicado toda su obra en México, ¿no podría considerársele un escritor mexicano? Y Wang Bin, que vive en China, y del que toda la obra está dedicada a China pero se encuentra prohibida allí, ¿es un cineasta chino? Y ya que estamos, una confesión: mi película Noviembre ha sido concebida, grabada y editada en Chile, además de “financiada” con dinero chileno, por lo que es una película 100% chilena. Mi primer largometraje chileno, de hecho, cosa que me agrada sinceramente. Sin embargo, ¿por qué me siento un poco embustero, y hasta indigno de la calificación?

15 julio

Por primera vez he leído una colección completa de artículos de Slavoj Žižek (En el claroscuro aparecen los monstruos, editado por LOM el año pasado) y me ha divertido mucho observar que no es tan distinto escribiendo a hablando. Su capacidad para dar saltos de unos temas a otros es encomiable y hace su lectura muy entretenida, entre otras cosas porque, al menos esa ha sido mi impresión, no siempre consigue hacer bien el nudo final. Pero algunos giros son muy inspirados. Mi ejemplo favorito se encuentra en medio de un artículo sobre decrecimiento en el que acaba hablando de sexo:

«Nos convertimos en humanos precisamente en el momento en que el sexo deja atrás su objetivo “natural” de procreación y se convierte en un fin en sí mismo. Y es completamente erróneo caracterizar este giro como un dejarse llevar por deseos sensuales ilimitados: el sexo intenso como un fin en sí mismo, separado de su objetivo natural, es presumiblemente, nuestra experiencia meta-física más elemental: nuestro placer sensual se “transubstancia” en una experiencia de otra dimensión, una dimensión más allá de la realidad física directa».

En la página siguiente, en todo caso, después de una inspirada crítica a la espiritualidad, plantea cómo, “a diferencia de los órdenes sociales premodernos que ofuscaban la paradoja del deseo humano y presuponían que este se estructura de manera teleológica (los humanos aspiramos a algún objetivo último, ya sea la felicidad u otra forma de realización material o espiritual, buscando encontrar paz y satisfacción en su consecución), el capitalismo es el primer y único orden social que incorpora en su funcionamiento la paradoja fundamental del deseo humano”.

El capitalismo y la “naturaleza humana” encajan, según el siempre lacaniano Žižek. Pero cabe pensar si ese encaje no se debe al psicoanálisis mismo, base de unos mass media centrales para la manufacturación de la psique que el sistema de producción capitalista necesitaba. En unas divertidas declaraciones, Vladimir Nabokov se cagaba en Freud diciendo que qué demonios iba a saber un señor austriaco de su psique (“yo nunca he soñado con paraguas”). El psicoanálisis y el chamanismo coincidirían en producir las curaciones acordes a sus sistemas socioeconómicos, por la vía de adaptar a estos las psiques de sus habitantes. Žižek recuerda el verso de Wagner, “la herida solo puede ser sanada por la lanza que la infligió”, pero tiendo a pensar que el psicoanálisis sería el tipo de lanza que solo te ofrece tiritas para el desastre causado.

Bienvenidas en todo caso, oigan.

16 julio

Al mundo de lo íntimo se le llama intimidad.

Pero al de lo público no se le llama publicidad. 

¿No? 

17 julio

“Perdona virgencita por esto / pero me tiene chato tanto perdón”. Aleluya al poema de Erick Pohlhammer dedicado a la “Virgen de Llolleo”. “El gasfíter rompió la cañería del baño / Pidió perdón y jamás la arregló”. Arréglala, cabrón, de qué nos sirve el perdón. “No tiene perdón el abuso fraudulento del perdón, es muy fácil / andar acelerado desconectado de la armonía cósmica del Tao / pisoteando flores bonitas de jardines ajenos / entero enajenao pidiendo perdón”. Amén. Vaya sobre todo en recuerdo de esos millones de enamoradas y enamorados que han tenido que comerse a parejas desbocadas soltando espumarajos injustos por la boca porque, oigan, es importante expresar tus sentimientos y no quedarse uno con esas cosas dentro así que tírale toda la mierda al que más te quiera y luego ya si eso, cuando te sientas liberado y relajada y tu cáncer crezca satisfecho pero en el cuerpo de enfrente, ya entonces si eso le pides perdón.

Bocazas del mundo: aprended a cultivar vuestros propios tumores y no los propaguéis por el universo. El express yourself quedáoslo, eso, en yourself.

18 julio

“Una manera de detectar las malas novelas históricas es que sus personajes saben que están viviendo un momento histórico. Todos cumplen su estereotipo como si fuera una asignatura en la que pretendan sacar una buena nota”. Totalmente de acuerdo con estas palabras de Gonzalo Torné, pero, al mismo tiempo, creo que del 68 en adelante cualquier novela histórica debería tener en cuenta precisamente eso: la autoconciencia histórica de los protagonistas de los acontecimientos históricos, hasta tal punto que hoy en día cualquier cosa ínfima es susceptible de ser considerada como tal. ¿Cómo contar la historia del 15M, de Podemos, del estallido, sin mostrar la autoproyección histórica, ideal, de sus agentes? ¿que esos acontecimientos eran ya en sí mismos representaciones aun en sus dimensiones más íntimas, y que sus protagonistas se medían con la historia (incluso futura) más que con el presente?

19 julio

«Los representantes de Más Madrid, Movimiento Sumar, los ‘Comuns’ e Izquierda Unida van conversando de manera fluida e incrementando la confianza. Incluso se permiten reírse de sí mismos: en la búsquedas de marcas, algunos se autodenominan los ‘UPA dance’, por el grupo musical surgido del programa de TV llamado ‘Un paso adelante’». La anécdota, reflejando el humor propio de la dimensión intrahistórica, no puede reflejar mejor en lo que ha quedado la histórica. Sobre todo por nuestro lado. Según Daniel Galvalizi, "ya está en marcha el análisis de diferentes marcas electorales para el Sumar 2.0 que se presentará en las próximas elecciones generales. También se ha encargado hacer testeos a especialistas de comunicación política y analistas de encuestas cuál de esas nuevas marcas puede funcionar mejor." Mal haríamos limitando a Sumar la tendencia. Si, en efecto, Internet se ha robado toda humanidad, entre nuestros deberes políticos está el de recuperarla de su secuestro, lo cual solo puede hacerse buscándola en su exterior, es decir: donde siempre estuvo. No otra cosa hizo el primer Podemos, el único que puede declararse exitoso en algún grado. 

Es momento de asumir que hemos sido derrotados (aunque mal hago incluyéndome) y que en consecuencia nuestro trabajo es de resistencia. No debió haberlo sido en los 80, pero Internet es un fin de partida real, definitivo, que obliga a afrontar una lucha en las catacumbas que forzosamente habrá de ser lenta y aparentemente imposible (como tantas veces acostumbra a parecer la resistencia). Esas catacumbas están formadas por esas calles y esos cuerpos de los que todo el mundo habla en Internet. No tienen la vistosa pinta de las películas de Hollywood que ante sus carteles emulan los jóvenes en las plazas. Porque "la revolución no será televisada" no es una afirmación, no dice lo que es: es un lema, es un dictum, es un deber. Porque ninguna cámara puede, ni sobre todo debe, registrar cómo cambia el mundo.

viernes, 11 de abril de 2025

Dietario (3)

21 enero

Al morir Lynch, pienso en el sonido. Seguro que no soy el único. 

Fui por primera vez consciente del sonido cinematográfico cuando, en un capítulo de Twin Peaks, escuché algo que nunca había oído antes. En cierto momento, alguien tomaba un paquete en la mano, pero al hacerlo pude escuchar la textura y densidad y grosor del papel, el modo en que se plegaba en torno a la forma del objeto que contenía, el aire en su interior, el vacío de dentro. Fue la primera vez en mi vida en que asistí a la creación de un objeto en una pantalla a través del modo en que sonaba.  

Pero pienso sobre todo en un aspecto que, al advertirlo, me pareció la clave de la diferencia de Lynch respecto al cine independiente o experimental de su tiempo. Lo entendí no hace tanto al ver un documental sobre Eraserhead: con Alan Splet, Lynch habría fabricado mantas insonorizantes para eliminar el eco de los espacios donde rodaban (doy el dato, pero en inglés porque no me atrevo a traducir algo tan técnico: las mantas eran “burlap around fiberglass and then grommeted along the edge, and so the grommets, you could hang them on nails at the top of the set walls. And then the sound blankets would drape down, you could move around them real nice, they were light”). Y esa es la clave. Nadie más habría cuidado eso. ¿Cuántas películas hemos visto donde la atmósfera aportada por la imagen se rompe cada vez que alguien abre la boca? Si el sonido de los diálogos de Eraserhead se hubiera tomado sin mayor precaución, la materialidad del espacio real registrado con micrófonos habría saltado a la cara de todos los espectadores, y Jack Nance no habría sido el Jack de ese mundo extraño, sino un simple actor con un peinado raro en un set de rodaje. 

Obviamente, no es menor el cuidadísimo detalle en la luz (la cabeza de la mujer en la cama vista desde lo que parecieran millas de distancia gracias a la iluminación de los pliegues de la manta, siempre me ha parecido uno de los mejores planos de toda la obra lynchiana), el tiempo, los años puestos en cada imagen y cada elemento, pero todo ese cuidado se habría ido al garete si Lynch no se hubiera tomado todas las molestias en eliminar el eco de las habitaciones. Con él, la ilusión no habría sido perfecta. Y Lynch quería ilusiones perfectas (por algo llegó a Hollywood). No tenía ni un 1% de interés en que un mundo pareciera irreal, fabricado; ni un 1% de interés en distancias, distanciamientos, ironías, juegos de representación (le gustaban Tati y Fellini, cineastas donde el artificio no distancia sino refuerza un universo diferente pero verosímil en su carácter manufacturado). Lynch creaba mundos habitados por personajes, y debían tener su propia vida. Toda la técnica debe ser puesta en juego para lograr esa ilusión perfecta. Y Lynch sabía que te puedes jugar la realidad de tu mundo en la imagen. Pero nunca en el sonido. 


22 enero

El 11 de febrero de 2015, en la primera reunión del Eurogrupo a que asistió Yanis Varoufakis, el ministro de finanzas alemán Wolfgang Schäuble dijo: “Unas elecciones no pueden cambiar la política económica”. 

Me viene esto a la mente, ante el saludo nazi de Elon Musk en la investidura como presidente de Donald Trump. Por lo que sea.


23 enero

La muerte de Lynch me pilla metido a fondo en la redacción de un artículo sobre Bergman. Curiosamente, los dos fueron cineastas seminales en mi formación. Twin Peaks fue una iluminación mayor a mis 11 años, cuando TeleCinco llegó a Santander a tiempo para ver su segunda temporada. Pocos años después, la serie completa fue repuesta de madrugada, y yo la seguí religiosamente semana a semana. Cuando terminó, yo tenía 14 años y pude empezar a ver lo que La 2 emitía a la misma hora: un ciclo de Ingmar Bergman. Lo pillé con Fresas salvajes, y desde ese momento se convirtió en mi director favorito.

Lynch me ha acompañado toda la vida. Recuerdo la frustración de no poder ir al cine a ver Corazón salvaje, demasiado joven todavía. Recuerdo El hombre elefante, vista por primera vez en La 2, de nuevo, nada menos que una Nochevieja, en la época en que tras las celebraciones familiares me iba a casa y me pasaba la noche viendo películas (y los especiales de Playboy de TeleCinco). Carretera perdida fue, podría decirse, la película de mi adolescencia, la que parecía resumirla entera. No entendí por qué la gente decía que The Straight Story no parecía una película de Lynch, igual que por qué tanto zote insistía en llamarla “fordiana” (con tanta música y helicópteros no puedes ser fordiano, y punto). Me mantuve informado puntualmente sobre lo que pasaba con esa nueva serie en la que estaba trabajando, mientras por fin aparecía una copia en vídeo de Eraserhead que fui corriendo a ver a casa de Alfredo Santos porque no estaban sus padres aquella tarde, y Canal Plus empezaba a emitir Twin Peaks: Fire walk with me, la película maldita, nunca estrenada, que demuestra para quien lo dude la mala ostia que podía llegar a gastar este hombre. Asistí perplejo al preestreno de Mulholland Drive un jueves por la noche en una sala pequeña de los cines Bahía de Santander, llena hasta la bandera de gente que no paraba de reírse, de desgañitarse y llorar literalmente de risa, y más y más cada vez, y cuando Rebekah del Río cae al suelo ellos es que se agarraban la barriga porque no podían más y casi se caían de las butacas, y con los enanitos ya ni os digo, el despiporre mayor al que haya asistido un servidor en una sala de cine. Asistí, en fin, decía, con emoción a las primeras emisiones de DumbLand y Rabbits con que tan rápidamente había reaccionado a Internet, ese nuevo juguete, y más aún a la noticia de que llevaba años trabajando en un filme digital, del que acerté varias cosas años antes de verlo: el uso de una cámara normalita tirando a mala, la presencia de desenfoques y diversos defectos del formato (en suma, que Lynch iba a ser receptivo a las debilidades del medio, que no dejaban de ser lo más específico que poseía), la existencia de vínculos con lo que había hecho antes en la web. Me vi cinco veces en el cine Inland Empire, y no fueron más porque la quitaron; llegué a hacer incluso visitas guiadas, y a ella dediqué las primeras entradas de Marginalia. La tercera temporada de Twin Peaks me acompañó durante uno de los peores veranos de mi vida sin hacer que fuera mucho mejor, eso sí, porque había pasajes demasiado malos y el planteamiento general me parecía y sigue pareciendo muy pobre, para colmo Lynch se ponía a imitar a Kubrick y se marcaba los peores momentos de toda su obra, pero igualmente había otros memorables, y entretanto acabé acumulando unas cuarenta páginas de apuntes que nunca conseguí ordenar. 

Bergman no jugó papel alguno en mi vida posterior. Tal como vino, se fue. De cuando en cuando caía alguna película nunca vista, como Persona o la divertida Escenas de un matrimonio. Durante la universidad volví a ver Fresas salvajes y descubrí que no era tan deprimente como la recordaba. Para mí Bergman había sido, veo ahora, el cineasta de mi depresión adolescente, el que certificaba que la vida era una mierda y mucho mejor sería estar muerto. En la búsqueda de estímulos que agravaran mi radical tristeza, se me escapó toda la ansiosa búsqueda de elementos positivos que caracteriza a Bergman tanto como sus explosiones de rabia y odio. Mi último encuentro con Fresas salvajes, una de las películas de mi vida, la mantuvo en un lugar aún digno, pero la revisión hace poco más de un año de Los comulgantes fue demoledora: habiendo sido mi Bergman favorito por muchísimos años, lo encontré inaceptable en casi todos los órdenes, y bien revelador que muchos de sus movimientos de cámara, puesta en escena y encuadres los reprodujera punto por punto Spielberg. Pero no es tan raro, Bergman es el Spielberg del cine de autor europeo. Como Cassavettes o cierto Fassbinder, “autores” que todo el mundo suele conocer porque son puro cine espectáculo, fiestas de desafuero y despendole emocional, montañas rusas o “westerns de emociones”, como diría Garci. «Es la imagen del gran cineasta destinado a los americanos y a una parte de los espectadores franceses que aspira a una actitud cultural respecto al cine y que pretende hacer creer que le gusta el cine como le gustan la literatura, las “cosas bonitas”, las obras de arte. No pasan de ahí, de Bergman» (Duras, claro).

¿Puedo unir a Bergman y Lynch? Sí. Son cineastas de oposiciones simples. La oscuridad y la luz, la esperanza y la desesperanza, la inocencia y la corrupción, el amor y la crueldad… Esas cosas que hacen tan célebre el vulgar, zafio, pueril inicio de Blue Velvet. 

Pero esta batalla que me acabo de inventar la gana Lynch. En Bergman, como cantaba Makinavaja, “la Esperanza es esa puta vestida de verde”: acude al final del todo, por falta de cojones para asumir la que se ha liado. En Lynch la oscuridad siempre gana, pero por irrelevancia radical de la esperanza: la relación luz/oscuridad es estructural y el tiempo, en consecuencia, irrelevante. Por eso Lynch empieza a ser bueno de verdad a partir de Twin Peaks: Fire walk with me, cuando la narración empieza a verse afectada por el universo que ya no retrata sino del que forma parte, y en consecuencia los símbolos, metáforas, etc., se disuelven en el conjunto de la obra y no hacen falta escarabajos bajo el Sol (que es que manda cojones, de verdad) sino que la luz tiemble, la oscuridad crepite (¡esa negritud móvil, rebullente, de Lost Highway!).

Hay que decir, en todo caso, que si al morir Lynch pensé de inmediato en el sonido, también se debe a que el de las películas de Bergman es una de las cosas que más estoy disfrutando de este monográfico. El placer acústico de Escenas de un matrimonio o Gritos y susurros, ambas obras altamente irregulares, es inmenso, y en el segundo caso podría ser lo mejor de la función, junto a la actuación de Harriet Andersson. Véase (mi momento favorito de la serie) en el amanecer del tercer capítulo, cómo suena ese dormitorio, esa cama, ese silencio previo al despertar de él, el abrazo de los dos. Si Bergman y Nykvist consiguieron en Persona que el rostro de Liv Ullmann se iluminara desde dentro, aquí Bergman y Svensson logran que el espacio suene como la mirada entre los dos en esa primera mañana del resto de sus vidas. Y véase, en fin, en cualquier diálogo cómo hay, más aún que el sonido de las palabras, el de las letras, el de la saliva y la lengua, el de la respiración, hay de verdad un sonido del cuerpo, que es un hallazgo. 

El responsable en esta, como en Gritos y susurros, se llamaba Owe Svensson, que había empezado encargado de proveer a Bergman de sus galletas favoritas y bailando con la muerte en El séptimo sello, pero acabó siendo su sonidista habitual desde el exitoso largometraje del 72.


25 enero

No descarto que sea porque estoy borracho, pero he encontrado emocionantes las palabras de Ingmar Bergman al señalar, primero, que la iluminación mínima suficiente para las cámaras digitales le parece “un poco triste: la anticuada iluminación cinematográfica era realmente maravillosa. Era ligeramente erótico tener ese círculo de luz; tenía cierta magia”. 

Segundo: “Harriet Andersson dice que las nuevas cámaras no son divertidas porque no se puede oír cómo funcionan. Le encantaba oír las cámaras cuando empezaban a rodar”.

La emoción no solo viene del hecho de imaginar a la maravillosa Harriet Andersson viva todavía en el siglo XXI, sino de que al hacer estos comentarios Bergman aún no había empezado a rodar Saraband, en la que su mayor problema fue que las nuevas cámaras… ¡hacían mucho ruido! Los componentes electrónicos necesitaban ventiladores, como todo usuario de un ordenador sabe, y Saraband estaba pensada para tres cámaras, y nunca más de dos actores. Pura película “de cámara”, las cámaras hacían más ruido que los actores.

Me inclino a pensar que dos son las debilidades del filme. Una procede del guion: una vez decidido que dos de los personajes son los Marianne y Johan de Escenas de un matrimonio, no puede ser que el grueso de la película se la lleve la historia de Henrik y el hijo, que las escenas entre Ullman y Josephson sean tan escasas e irrelevantes, y que sobre todo el personaje de ella no tenga entidad, densidad alguna. La otra creo que viene de pasar de tres cámaras a una. Bergman debía pensar en una para cada intérprete y otra para tomas conjuntas o planos generales. No sé cómo habría resultado, pero me parece evidente que este último largometraje no se encuentra entre sus más interesantes a nivel de planificación o puesta en escena. A quien responda refiriendo lo frontal e inmediato de la relación cámara/actor en la película, me bastará responderle con los tres fundidos encadenados del monólogo final de Liv Ullman. ¿Ni capaces fueron de hacerla de un tirón? Venga, Bergman…


27 enero

Asisto el sábado a la sesión de cine con el título más prometedor imaginable: “Porno heterotraidor”. ¿Quién no iría a algo así? Sin embargo, la traición no aparece por ninguna parte, y el cine tampoco. Al final, todo se reducía a esta pregunta: “¿Qué pasa cuando estas películas están pensadas, producidas y dirigidas por mujeres?”. Obviamente, nada. Idolatry y Undressed son dos videoclips sin arte alguno, y Fuck first un simple gag igualmente videoclipero aunque beneficiado por su corta duración. Paint me like a french boy, la mejor de la sesión, se beneficiaba de su mínima escenificación, la simpatía de los actores y el mayor cuidado en luz y posiciones de cámara. Pero ni esta, ni Safeworld 8 ni 2 bang Bunny BBW guardaban diferencia alguna con cualquier escena porno heterosexual al uso, más allá de su carácter algo más amateur, del que extraen parte de su gracia. 

Que el porno mainstream está dominado por hombres, es un hecho. Que este hecho es lamentable, también. Pero que de aquí se siga el carácter revulsivo o “traidor” de un porno hetero hecho por mujeres es otra cuestión, en tanto la agencia sexual de las mujeres ante la cámara en las películas porno mainstream es no solo habitual sino común, generalizada y dominante. Parece que siempre olvidamos que el cine porno es el único género cinematográfico donde las mujeres no son castigadas por el libre ejercicio de su deseo sexual, además del único donde una mujer que no posea las dimensiones de una top model puede tener sexo como cualquier otra. Hay que conceder que no abundan en el mainstream mujeres como Bunny BBW, pero sí hay muchas como Angela White o Payton Preslee, por ejemplo, y diría que es la única industria de entretenimiento donde una mujer no perderá trabajo por engordar, pudiendo hasta ganar fans haciéndolo. En el cine convencional, una mujer con un cuerpo como el de las citadas solo podría tener sexo en tanto elemento cómico, sórdido o discursivo (= defender que puede tenerlo). En el porno mainstream no hace falta defender nada, pues el sexo es bueno por definición y no vales tanto por lo que “eres” como por lo que sabes hacer (dicho de otro modo, no eres “percha” como una modelo de alta costura, sino cuerpo vivo y activo…y he ahí la superioridad moral de la pornografía). Solo los ignorantes hablan del porno como si en él solo actuaran mujeres a lo Jenna Jameson. El porno es el único cine donde la gente común también folla, y si hay una tendencia negativa al respecto en el presente siglo, es la progresiva desaparición no de las mujeres sino de los hombres “comunes”: eliminación de los Harry Reems, Randy Spears, Ron Jeremy, etc. 

Lo que no se termina de entender, pues, es que:

1/ en el porno mainstream el dominio de hombres no afecta a la agencia femenina en las películas, sino fuera de ellas, es decir, que lo limitado es el acceso de mujeres a posiciones de poder como la producción, la distribución y la dirección,

2/ que el acceso de mujeres (sobre todo si también son heterosexuales) a dichas posiciones no tiene necesariamente que comportar ninguna diferencia o novedad en las películas resultantes, y

3/ que al hombre hetero que hace porno la agencia femenina le encanta, que, de hecho, la agencia femenina es el gran atractivo del porno para muchísimos hombres. En suma, 

4/ lo que no se entiende es que las películas del porno mainstream hetero no son el problema. 


28 enero

Vuelvo sobre lo de ayer, para decir algo de las películas y de paso hablar de lo de siempre: el cine, y la verdad.

Cine. En Safeworld 8 (Carré Rose, 2020) pasamos yo no sé cuántos minutos en los que la mujer masturba a un hombre de rodillas con el pecho recostado sobre un sofá mientras le mete un pulgar en el culo. El problema no son los minutos, sino que Rose no tiene ni idea de qué hacer con ellos y, sobre todo y más gravemente, con esa posición, que deja al pene casi escondido y a la mujer en una postura más bien incómoda. Es una posición difícil de filmar que precisa imaginación cinematográfica para hacerla interesante, pero Rose no tiene ni un 1% de eso. Por su parte, 2 bang Bunny BBW (Hardwerk, 2024) está grabada de cualquier manera, como tantos gonzos al uso, aunque ocasionalmente la realización intenta buscar posiciones y posturas que aprovechen la corporalidad de su protagonista, mucho menos que muchos gonzos desde luego, pero cierto es que hay un interés real por mostrar la interacción entre los actores. Así, ambas son gonzos comunes, y mucho peores que la media en el primer caso. Dirija quien dirija, pues, hay que saber dirigir, te tiene que importar el cine. El gran problema del porno, insisto una vez más, es la puesta en escena.

Verdad. La propuesta “heterotraidora” se pretende una dominada por el placer de las actrices. Dejando a un lado que esto supone afirmar que las actrices del porno mainstream no sienten placer (lo que será el caso de algunas, pero no de otras), sobre todo supone la insistente manía de situar a la “verdad” en el centro de una operación que no tiene ninguna necesidad de ella. Ya he hablado de esto, así que lo resumiré así: el único placer que importa en el cine porno es el que crea el cine. En la famosa felación de Garganta profunda, el orgasmo es un acontecimiento cinematográfico creado por la interacción entre encuadres, actuación y montaje. En Historia de Joanna hay una escena sexual formada casi íntegramente por planos detalle que dejan en pañales al videocliperismo de cuarta de Undressed (Inka Winter, 2020) y, sobre todo, Idolatry (Four Chambers, 2017), fundamentalmente porque Gerard Damiano pensó sus planos y se preocupó por la forma (no solo la “estética”) del conjunto. Cine. 

Y por último: si pensamos en la agencia femenina, ¿hay tanta diferencia? En 2 bang Bunny BBW los dos compañeros de trabajo de Bunny tiran bolígrafos al suelo para que ella se agache a devolvérselos, hasta que al final pasa lo que pasa; las prácticas no se diferencian en nada de un porno mainstream normal y corriente, la pegan nalgadas a aburrir, se follan su boca como si no hubiera mañana, se corren sobre su cara y sus tetas, y aquí paz y en el cielo gloria. Safeworld 8 es un caso más gracioso aún, pues la mujer está completamente al servicio del placer del hombre, en su primer ejercicio de BDSM sabor vainilla. 

Habría que hacer algo a la altura de una categoría tan estupenda como “porno heterotraidor”, pero ninguna de las películas programadas da pistas de qué podría ser.


29 enero

Mejor chiste escuchado la semana pasada: “Sigmund Freud´s mom must´ve been so fucking hot”. 

El segundo está en el mismo especial (Anthony Jeselnik, Bones and all): “I feel like the trans community are the new pregnant women. Just in that it is never polite to guess.”


30 enero

A día de hoy, 50 años después de su muerte, Francisco Franco Bahamonde conserva todos los honores del Ayuntamiento de Santander, del que sigue siendo Alcalde Honorario y retiene, además, la Medalla de Oro, las Llaves de la ciudad y la concesión de una Placa de Oro y Brillantes al Mérito en la Reconstrucción. 

Santander, siempre mirando al infinito. Y más allá: al futuro.


1 febrero

Tristes del mundo, comprad condones con vuestros antidepresivos. 

    Procédase en este orden: primero, entregar la receta de los antidepresivos; esperar que los traigan; solo después, y a ser posible interrumpiendo el momento en que el farmacéutico os pregunta si pagáis en tarjeta o efectivo, mirarle a los ojos y, del modo más educado posible, decirle: “y preservativos, por favor”. 

    Si se desea disfrutar más la situación, esperar a que traiga lo solicitado y, entonces, puntualizar: “no, los grandes, por favor”. Da igual la realidad, se trata de diversión. Si eres mujer, obviamente se puede hacer también, y creo que hasta la diversión será mayor. 


2 febrero

Los Reyes Magos no son los padres. Son los abuelos.


3 febrero

Sorpresas. Siempre supuse que “facha” venía de la castellanización de fascio, y supongo que así es, pero hete aquí que en la primerísima página de El corazón de las tinieblas descubro que “ponerse en facha” es “término marinero que significa bracear las velas unas en contra de otras para que el barco permanezca inmóvil”. Obviamente, el subrayado es mío. 


4 febrero

Recientemente, en Sting, peli simpática pero desaprovechada, entre otras razones por la manía de centrarse en los personajes menos interesantes de todo el conjunto (es decir: una, otra, maldita familia con conflictos de cuarta), el padrastro le dice a la hija: “eres mi héroe”. No diré que la niña no mole, pero, ¿a qué nivel de mierda humana debe estar un ser humano para decirle eso a un vástago? La semana anterior Bill Maher trataba esa misma frase en su último especial, con tanto horror como yo. 


6 febrero

He visto casi todas las películas de Jean-Luc Godard, pero nunca le he conocido. He visto todas las de Robert Bresson o Francisco Regueiro. Me he hinchado a ver películas de John Ford, Howard Hawks, Yasujiro Ozu, Ernst Lubitsch, Hong Sangsoo. Pero nunca he conocido a ninguno de ellos. No sé cómo son. He leído sobre ellos, claro, anécdotas, ideas, de todo, pero al final, qué sabe uno. Incluso he visto todas las películas de Paulino Viota, Gonzalo García Pelayo y Adolfo Arrieta y también los he conocido, y al primero le he estudiado en profundidad, le veo a menudo, soy amigo suyo. En última instancia, los tres me son un misterio. Sé cosas, sí. Chismes. De poco sirven, más a menudo equivocan. No solo porque las películas sean otra cosa, sino porque uno mismo es más bien distinto de sus chismes. 

Veo todas las películas de Godard, pero no puedo decir que le conozca. Puedo decirlo, claro: mentiría. 

Dicho de otro modo: no se trata de si se puede separar la obra del artista. Obra y artista vienen separados de fábrica. La pregunta es si se les puede unir. 


6 febrero (bis)

“Que nadie busque en un análisis de este género la última palabra del sentido objetivo de ninguna filosofía. Porque cualquiera que sean las motivaciones internas, conscientes o más bien inconscientes de todo filósofo, su filosofía escrita es una realidad objetiva, pasa por ella enteramente, y sus efectos o no sobre el mundo son efectos objetivos que, a la postre, ya no tienen ninguna relación con este interior del que hablo. ¡Gracias a Dios!”. Louis Althusser, leído poco después de escribir la anterior nota.


7 febrero

Anneke Necro: “Las trabajadoras sexuales y en este caso también las personas que trabajan en la industria del porno dirigiendo y produciendo, somos el canario que baja a la mina, cuando nos veas caer, empieza a plantearte cuánto van a tardar en venir a por ti. No hay posibilidad de distinguir quién es una puta de quien no lo es, a ojos del censor, cualquier comportamiento sospechoso de ser una transgresión al orden natural de las cosas es suficiente motivo para sospechar. Esto implica ser borradas de internet, hacer saltar las alarmas en la recepción de un hotel o ser deportadas en un control de fronteras. Si eres alguien susceptible de parecer una puta, como una mujer viajando sola, una mujer vestida de “x” forma, una mujer trans, una mujer migrante, una mujer pobre, te va a caer todo el estigma puta encima y se aplicará la ley anti trabajo sexual vigente en el territorio donde te encuentres. De este modo, solo una mujer blanca, cis, heterosexual acompañada de su pareja masculina cis, blanca, hetero, puede moverse tranquilamente en este mundo.”


13 febrero

Me impresiona, y hace mucho sentido, algo que dice Rafael Chirbes en muchas entrevistas: que la novela, o la literatura en general, pone en movimiento, lleva a la vida, al presente, cualquier suceso, pensamiento, personaje, sea del tiempo que sea. Lees a Cervantes, y don Quijote y Sancho están vivos, ahí, delante de ti, y con ellos todo su mundo, lenguaje del escritor incluido. Están vivos, presentes, aquí, en el tiempo en que vivo yo ahora, en que viva cada cual mientras lo lee.

Me hace sentido, por dos cosas: primero, por la enorme emoción experimentada tantas veces durante la lectura de Jaime Hernández ante un aspecto específico: el poder del comic de viajar en el tiempo. Hernández no necesita, como en el cine, efectos especiales, maquillaje, cambios de actores, para hacer que Maggie, Ray o Hopey vuelvan a tener quince, seis, o treinta años. Cuando, en Chapuzas de amor por ejemplo, volvemos a la adolescencia de Maggie, vuelve a ser la Maggie de los inicios de Love and Rockets, no hay truco, solo los cambios en el estilo del dibujante, pero es ella, es su rostro, sus mismos rasgos, sus proporciones de entonces, todo tal como era. Allí está, de verdad, sin trampa ni cartón. Poder del dibujo, como de la palabra, para llevar al presente toda forma, todo tiempo. 

Segundo, la famosa afirmación straubiana de que el cine está siempre en presente. Esta cuestión, la verdad, siempre me la ha traído un poco al pairo, pero la afirmación de Chirbes, la evidencia del poder que manifiesta, y que también es extensivo al comic, hace necesario observar que no existe poder más lejano al cine. Y podríamos enunciar el problema así: puesto que toda imagen fotográfica existe en presente, necesariamente envejece. El presente permanece presente, sí, pero, ay amigos, eso es imposible. La momificación del cambio es eso: convertir al cambio en una momia. Ese presente es un presente pasado, un presente de otro tiempo, que mantiene las formas de un presente que ya fue, luego inevitablemente, al estar visto desde un presente distinto, será visto como pasado. Quien ama un Sjöström del 13, un Chaplin del 27, un Hawks del 33, un Ozu del 47, un Truffaut del 59… ama algo que habita otro tiempo, pese a poder mostrarse al nuestro. Mira desde hoy el misterio de un presente que tiene pese a serlo todas las características del pasado, pues no deja de caer sobre esa imagen todo el peso de su futuro, el tiempo transcurrido entre ella y yo.

Muchos cinéfilos se llevan las manos a la cabeza: qué pasa con estos jóvenes que no ven el viejo cine. Pero no es difícil de entender. Mis compañeros de colegio se burlaban de las películas en blanco y negro, tanto como es común para la juventud burlarse de todo lo viejo (y por eso yo odiaba a los jóvenes ya incluso cuando yo mismo lo era). Cuando un joven de hoy, criado con móviles y pantallas enormes a todo color en sus propias casas, ve un Lubitsch o un Ford de los 30 (y no digo ya un Griffith del 14), ve la antigualla más antigualla concebible. Una momia egipcia no es tan primitiva como un Lumière: la primera sigue viajando en el tiempo de la materia, el segundo solo nos dice en presente que todo en él es pasado. Contradicción, en efecto, imposible: solo unos ojos que ya acepten tamaña locura pueden hacer lo propio con ese viaje en el tiempo que en un cómic de Hernández o Chris Ware, una novela de Chirbes o Marsé, se hace sin trauma.

El cine está en presente, sí. Pero el presente de otro tiempo que solo un elaboradísimo proceso ha conseguido hacer vivir en nuestro tiempo… en tanto presente pasado. 

Quizá por eso, conservador, progresista o revolucionario, todo cinéfilo sea un melancólico.


17 febrero

Dirigir al público. Esa es en efecto, tal como señala Viota, la misión en común de Eisenstein y Hitchcock. Dominar el universo, como dirá, de otro modo, Godard. Quizá ellos dos fueron más lejos que nadie en ese respecto. Y lo explicaron como nadie, también. 

Luego están los cineastas, claro, para los que se trata de no dirigir al público. Pero, ¿de verdad existe alguno de esos? Paulino nombra a Tarkovski, pero en tanto metafísico de cuarta con mogollón de cosas superimportantes que decir, sí necesita dirigir al suyo, si bien de otro modo, con maneras más educadas, con otro manejo de los sentidos acorde a otros mensajes, pero siempre al fin y al cabo a través de una puesta en escena discursiva, demostrativa.   

Dirigir al público. Tarkovski también lo dirige, pero no como Eisenstein, no como Hitchcock. La distinción no está en dirigir o no, está en el modo: Eisenstein era el cine-puño, y por eso su arte “pavloviano”. Hitchcock no era un puño pues ejecutaba un auténtico cine-atracción (inaugurado por Griffith), dirige como un fabricante de montañas rusas, y de ahí su insistencia a Truffaut de que puedes amenazar al público, puedes sacudirle, pero siempre deberá acabar cayendo sobre un colchón de plumas (véase la lamentación por el asesinato del niño en Sabotage).

Lubitsch dirige a su público haciéndole pensar. La cabeza del espectador echa humo con un Lubitsch. Constante ejercicio del pensamiento, las inferencias, las deducciones, las anticipaciones… 

Difícil pensar que un cineasta que haga películas narrativas no dirija al público de una manera u otra. ¡Pero no voy a dedicar el día a darle vueltas al tema!

Por ejemplo, aunque quizá sea una locura, diría que se trata de no dirigir al público en Godard. Y no me refiero ya al Godard del Grupo Vertov, sino a todo Godard, sobre todo de ahí en adelante. No podemos identificar el no dirigir con los planos largos, obviamente (tácitamente es lo que hace Viota siguiendo a Tarkovski). Godard distribuye sus piezas, incluye la emoción y el placer entre ellas, pero no lleva de la mano a nadie, no conduce, muestra, plantea, moviliza, desmoviliza, nos da a ver y escuchar, pero no nos dirige. A veces no se preocupa ni de que le comprendamos. 

Pero hay otra opción, una tercera, que me obsesiona:

“Realizador o director. No se trata de dirigir a alguien, sino de dirigirse uno mismo”. 

Desde que leí este pensamiento (el quinto del libro, encima), me pregunto qué quiere decir. Siempre consideré Notas sobre el cinematógrafo el contrario natural de El cine según Hitchcock, Bresson un opuesto puro al plan de dirigir al público. Pero, ¿en qué sentido? Pues el no dirigir, como sabiamente advierte Viota, no equivale al tan famoso y malinterpretado distanciamiento. 

Mientras rodaba Morir en Santander, la frase de Bresson me venía una y otra vez. Dirigirte a ti mismo. Dirigir una película es lo más difícil que he hecho en mi vida, con mucha diferencia. El grado de exigencia no tiene parangón con nada. Y en cierto modo, como para el corredor neófito, cuyo principal enemigo no es su resistencia física sino psicológica, realizar una película es de una gran exigencia mental, tanto, que acaba deviniendo física. 

Pero sigo no sabiendo qué quería decir Bresson. Ni siquiera estoy seguro de qué quiere decir para mí, y obviamente de ahí la obsesión. Solo puedo pensar en lo equivocadas de mis primeras impresiones ante su cine: lo pensé del control total, de tan perfecto y preciso como encontraba cada plano. Y sin embargo, sus equipos acababan odiándole por la evidencia de que no sabía qué buscaba. Cineasta de la duda, como también defiende Pedro Costa: frente a la alabanza tan común del director que “sabe perfectamente lo que quiere”, que “tiene la película completamente en su cabeza”, valor de su completo contrario: el inundado por la duda de no saber hacia dónde se va (aunque, quizá, estos cineastas tengan como característica que lo que sí saben, sobre todo, es lo que no quieren). 

Quizás Godard entra también aquí (aunque Godard es el único cineasta que entra donde le da la gana, en eso sí es como el Dios de “cada uno en su casa y Dios en la de todos”). Y lo digo porque pareciera que estos cineastas generan formas altamente personales de rodaje. Dirigirse a sí mismo sería tal vez indagar la propia forma de trabajar, entender que la imagen final empieza antes de comenzar a rodar, en el modo en que organizo el presupuesto, los planes de rodaje, el equipo, o quizá incluso antes de pensar en hacer una película. 

Me pregunto a veces por la tensión imposible, y por ello la tenacidad, la furia casi maníaca, que debía tener Bresson para afrontar esos rodajes ante tantas miradas escépticas. Hacer repetir una y otra y otra vez el mismo gesto, la misma frase, y otra y otra vez gastándote un pastizal, sin que nadie alrededor te entienda y hasta tu magnífico director de fotografía, que hasta ese momento te admiraba y se moría por trabajar contigo, acabe mirándote peor que con desprecio, con decepción. 

Dirigirte a ti mismo. Qué misterio. Y sin embargo, siento que es el lema que supera, o acaso sería mejor decir sobrevuela, a todos los demás.

asín de grande

19 febrero

“Ese rastro lo conducía hasta Santiago, porque seguía enamorado de él, si por amor se entiende que tenía ganas de seguir haciéndose daño” (Rafael Chirbes, En la lucha final).


20 febrero

Lo único bueno que tiene la vida es su capacidad de ser testigo del mundo, verlo, mirarlo, admirarlo, incluso disfrutarlo. El problema es que todo lo demás se dedica a convertirlo en un infierno.


22 febrero

Esta noche me despierta una injusticia. Camino por un lugar mezcla de parque, zona residencial y, quizás, campus universitario. A veces paso por interiores, apartamentos, otras por jardines, corredores imprecisos. Esta zona en particular, algo entre jardín, museo y vestíbulo hotelero, está formada por pasillos separados por pequeñas plataformas de baja altura, como hacia la rodilla. En cierto momento advierto que por la leve pendiente del pasillo a mi derecha asciende un pequeño grupo de gente, acompañado por una guía. Por lo que sea, decido pasar a él para avanzar más rápido. Al sumarme, mis pasos se aceleran y oteo apenas de pasada unos expositores situados en mesas a la altura común, pero no me interesan y apenas advierto qué contienen. De pronto, al terminar el pasillo todos salen de uno en uno y la guía toma de una máquina un pequeño ticket que entrega a cada visitante con el precio a pagar, y resulta que me da uno a mí. Recuerdo la cantidad: 48 céntimos (ignoro de qué moneda). Zozobro unos instantes porque al fin y al cabo el pago es ínfimo y puedo ahorrarme el problema, pero finalmente protesto: a mí no me corresponde pagar eso, yo no hacía tour alguno, nada avisaba que avanzar por ese pasillo implicaba sumarse al tour, pagar, etc. La guía insiste. Yo insisto. Para colmo, para pagar hay que pasar por una puerta de cristal que lleva en una dirección contraria a la mía. Enfadado, acabo lanzando el ticket al aire y me largo, pero un guarda de seguridad acude. Discutimos. Me dice que tengo que pagar. Llega otro. Entre los tres, lo mismo. Como bloqueamos el paso, nos desplazamos hacia un lado. Gestos de incordio de los seguratas. Al final, el primero me pregunta que dónde tengo el ticket. Le digo que lo tiré. “Ah, así que lo tiró”. “Pues sí”. El hombre va a buscarlo. Me despierto poco a poco, porque hay un sonido que va siendo cada vez más molesto. Parece una voz humana que se repitiera, pero poco a poco me voy dando cuenta de que es un perro que no deja de ladrar, a intervalos casi exactos y ladridos prácticamente idénticos. Entiendo que es un perro, pero la verdad es que suena como un humano que emitiera voces altas, pero como en bucle. Pienso si no será el ordenador, ¿me lo habré dejado abierto? ¿habrá pasado algo con el vlc? ¿con internet? Pero no, ya he observado antes que saliendo del sueño los sonidos son distintos. Mientras pienso en que el segurata parecía estar dispuesto a dejarme marchar, y que en la fusión perro/humano está el ejemplo claro de filtrado de estímulos sensoriales por la mente en sueños, acabo finalmente de despertarme.

Interpretaciones personales aparte, diría que el sueño está en parte motivado por la lectura del artículo “La máquina de los asesinatos en masa: Silicon Valley abraza la guerra”, donde Pablo Elorduy explica cómo, en vez de seguir dándole vueltas a las posibilidades apocalípticas futuras de la IA y la actual tecnología (o, como yo diría, fantasear con cuánto tardaremos en encontrarnos en el ansiado escenario real de alguna novela o película de ciencia-ficción), más nos valdría ver lo que se está haciendo ya, en estos precisos momentos, con ella: «No se trata, por tanto, de si las máquinas se levantarán un día para poner su bota encima de la cara de la humanidad, sino de cómo se usan ya para librar guerras, violar libertades civiles y acallar a las poblaciones disidentes. Su uso extensivo por parte de las FDI israelí, que ya desde hace años alude a la IA como un "multiplicador de fuerza”, lanza un mensaje nítido al mundo: la máquina de los asesinatos en masa no es una hipótesis, sino una realidad capaz de cambiar la guerra y de acelerar el genocidio.» 

Algo que me jode pensando en el sueño es que me querían cobrar no por haber hecho un tour, sino porque crucé una célula fotosensible que automáticamente emitía un ticket y eso ya de por sí implicaba pagar, pese a que pasaras accidentalmente como era mi caso. Pero más grave aún es que los humanos iban adelante con ese criterio, pese a saber que yo no había estado en el tour. Hay ticket, ergo pagas: en esta acción, es el humano quien se convierte en la extensión de la máquina, quien decide anular la capacidad de su cerebro en favor de la resolución del más simple comando.

“En gran medida, la IA actual no piensa. No es, por tanto, inteligente, sino que predice y crea modelos a partir de estadísticas e información ya codificada.” La Inteligencia Artificial es una inteligencia de mierda, como ya le he tenido que decir a muchos alumnos. Como recién le leí a Noam Chomsky, la IA no tiene inteligencia, no piensa; solo es, lisa y llanamente, una máquina de combinar plagios de tal modo que sean indetectables. “Pere Brunet, catedrático de Lenguajes y Sistemas Informáticos de la Universidad Politécnica de Catalunya” afirma que “la inteligencia artificial en la actualidad está en una fase preliminar y no ha resuelto tres problemas determinantes y sin solución ni a corto ni a medio plazo”: la inexactitud, los sesgos, y la huella ecológica sería el cuarto, pero el que más me impresiona es el tercero: “la no explicabilidad de los procesos por los que la IA propone una solución. (…) Los sistemas no están diseñados para explicar los pasos tomados en su propuesta de decisiones.” Carente de inteligencia real, no sabe, pues, explicar su proceso. En el ámbito militar, son obvias las implicaciones, pero no son menores en el resto: la asunción por parte de muchos de que la inteligencia, y por extensión la mente humana, no es otra cosa que combinar datos preexistentes en base a programaciones determinadas. Además, el sesgo de automatización, nombre que recibe “la tendencia a dar por buena la recomendación de la máquina, especialmente en situaciones de estrés y con limitaciones de tiempo” implica la asunción, en verdad automática, de que una máquina hará mejor lo que nosotros hacemos, y nuestra consecuente imitación de sus procesos. Si se sube mejor el agua de un pozo con una polea, si se cosecha mejor con un tractor, si se hace más rápido las cuentas con una calculadora, también se tomarán mejores decisiones con un ordenador. Así pues, el humano comenzará a identificar su mente con la mera combinatoria. Y en fin, ¿a cuántos, por cuántas décadas, llevamos escuchando decir que “toda creación es plagio/copia/sampler/etc.”? La IA culmina un proceso que lleva en marcha desde aquel momento en que se decidió que lo nuevo se había acabado y empezaba la era del collage y la simple, infinita reconfiguración de lo ya existente. 

Pero en el fondo, ¿qué más da esto? Imaginemos que la IA sí fuera de verdad inteligencia, sí que de verdad pensara. ¿Por qué asumir que pensará mejor que nosotros, por qué obedecerla, por qué aceptar sus criterios, sus decisiones? Si es de verdad una inteligencia podrá explicar sus decisiones, y por tanto podremos discutir con ella, con lo que estamos en una relación normal y corriente con cualquiera. 


24 febrero

La conversión de la educación en negocio implica el traslado del profesor del campo educativo al del entertainment, siempre en expansión. El estudiantado debe ser entretenido durante el tiempo que pague por obtener ese título que obtendrá sí o sí y le permitirá acceder a ciertos beneficios a los que, quien no pudo ni pagar la matrícula ni disponer del tiempo suficiente, no. 

Segundo: si debo entregar con todo detalle mis formas de evaluación y los contenidos de todas y cada una de las sesiones de mi curso y, si de remate, los alumnos pueden puntuarme, calificarme y valorarme anónimamente, ¿cómo podría darse el raro milagro de la libertad de cátedra? 


25 febrero

Tres narradores parece tener The bad and the beautiful (Vincente Minnelli, 1952), pero no hace falta mucho cuidado para advertir que cada flashback va más allá de lo que a cada uno de ellos le era posible conocer. Esto no es tan raro, pero aquí la trampa es muy relevante, pues ese “más allá” de lo conocido por cada supuesto narrador siempre implica lo que hace o dice, a sus espaldas, el personaje de Kirk Douglas. El caso más revelador es aquel en que habla con Walter Pidgeon sabiendo que Lana Turner está escuchando desde el otro teléfono, y cuando ella al fin cuelga, pronuncia la frase clave: “ahora sé cómo manejarla”. Este pasaje no solo explica el extraordinario cierre de la película, sino la clave de la narración entera, basada en el autoengaño: incluso en ese último plano, el director, la actriz y el escritor van a seguir creyendo que son los narradores de su historia. Pero no es así. En sus vidas, y en The bad and the beautiful, no hay otro narrador que el productor Jonathan Shields.


26 febrero

La afición de los gobiernos chilenos a los estados de excepción.


27 febrero

Internet, o La tierra de los muertos vivientes. A los robots (o como se diga) de las redes sociales, sumar las cuentas de los amigos y conocidos muertos. Hoy Facebook me comunica el cumpleaños de Carmen Barroso, la tercera esposa de Gonzalo García Pelayo, a la que conocí en la casa madrileña de este, preparando su retorno al cine, esa Pepa que acabaría siendo Alegrías de Cádiz, pero a la que conocí mejor en varios almuerzos posteriores, menos frecuentados, y siempre espectaculares: Carmen llenaba la enorme mesa del comedor de platos de todo tipo, aperitivos, ensaladas, entremeses, de todo, y eso sin contar los platos de fondo. Más aún, siempre me acuerdo de Carmen porque en una de esas jornadas me descubrió las fresas con leche; me volvieron loco, me explicó cómo hacerlas y a día de hoy son mi postre favorito, así que siempre la tengo presente y cuando un invitado me pregunta por ellas, les digo que fue Carmen quien me las descubrió. Le decía que era un privilegio ser invitado a su mesa, y aunque es cierto que me gusta ser cumplidor y bien educado, siempre lo dije con absoluta sinceridad, Carmen era un modelo de anfitriona. Luego la perdí de vista tras su separación de Gonzalo, y años después supe por este de su fallecimiento. 

Pero Facebook me dice que hoy, 27 de febrero, es su cumpleaños. Veo que, como sé que sucede normalmente, hay gente que sigue dejando sus felicitaciones en su muro, como quien acudiera a misa a rezar por su alma. Veo a personas conocidas dejar sus respetos en años previos: Javier García Pelayo, o Teresa Alvarado, primera esposa de Gonzalo (Teresa, Carmen y otras mujeres hacían el “catering” de Niñas, un rodaje para enmarcarlo). Pero, bajando, me encuentro un momento conmovedor: el día 7 de junio de 2022 una tal Mary Feu escribe en el muro de Carmen: “Querida prima, solo para darte la triste noticia de que mi cuñada Salome murió el domingo tras una operación que se complicó mucho. Alfonso está inconsolable, como te imaginas, toda una vida juntos. Besos”. Mary recibe la noticia en los comentarios: “Querida prima Leo esto y me, asombró pues creía que sabías que Cariño murió hace 26 días de pronto. Dale un fuerte abrazo a, Alfonso de mi parte. Un beso muy grande a todas yo estoy un poco desolada a todos los niveles”. El resto de comentarios me permiten enterarme de que Carmen murió del corazón en un espacio de tan solo tres horas desde que empezó a encontrarse mal.  

  “Mi cuñada Salomé”. Aún recuerdo el impacto la primera vez que entré en contacto con este mundo de muertos vivientes. Fue un día de 2015, en Praga. Al abrir Facebook, me encuentro con el aviso del cumpleaños de Salomé Ramírez, fallecida apenas medio año atrás. Me quedé petrificado, helado en mi silla. Jamás podré describir aquel vértigo. No quiero ni intentarlo. Por suerte, parece que esta es una de esas cosas que nunca vuelven a ser como la primera vez.

Compruebo, pues nunca recuerdo estas fechas, que el cumpleaños es el 27 de junio. Facebook sigue avisando. En 2024 aún siete personas la felicitaron. Ocho en 2023. Algunos lo hacen como si no supieran que ha muerto. Uno le desea un gran año, lo que me hace sospechar que, ocho después, aún no se enteró de su muerte. Amigos de Facebook.  

Hablando de robots, al entrar en el muro de Salomé compruebo también que había olvidado su foto de perfil: la replicante Rachael, de Blade Runner.


1 marzo

Se puede decir que lo mejor de Cónclave (Edward Berger, 2024), una película no muy brillante que digamos, está en sus actores. Y no hablo precisamente de Ralph Fiennes, cuyo personaje es tan simple y funcional que su principal trabajo consiste en mantenerlo humano. Más bien me refiero a actores como Stanley Tucci, Lucian Msamati y mi siempre bienamado John Lithgow. La secuencia entre Fiennes y Msamati es modélica en el modo en que los actores van modulando sus caracteres en el transcurso de la conversación. Sobre todo, por el lento hundimiento del segundo, muy bien escrito sin duda (empieza por la realidad del qué pasó para asestar su golpe final en la realidad de lo que va a pasar, sea el pasado como fuera) pero que no hubiera sido tan potente sin la convicción del actor al exponer la sinceridad de un sufrimiento fruto no tanto de su conducta como de una encerrona impecable. Msamati interpreta en ese momento a un hombre al que se le acaba de caer todo su mundo, que estaba a punto de ser Papa y entiende que lo que va a suceder es todo lo contrario. Y lo interpreta a pleno pulmón: la arrogancia, el poder, la hipocresía, todo desaparece, solo queda el fracaso, el dolor del hundimiento.

En el caso de Lithgow, el patetismo con que encarna a su cardenal en el momento de ser descubierto, el modo en que defiende ante todos hasta el último momento que no fue idea suya traer a la monja africana, es tan visceral, su sufrimiento y desesperación son tan absolutos, tan carentes de un mínimo asomo de rabia, de mentira, de hipocresía, de cálculo, que personalmente quedé convencido de que la película se guardaba un as en la manga con lo de la monja (la compra de votos sí era evidente). Pero no. Cónclave sería mucho peor si en el momento de la caída Msamati y Lithgow no hubiesen afrontado a sus personajes desde la vergüenza y el fracaso en vez de desde la hipocresía, el cinismo o la maldad. Este juego actoral da todo el peso al personaje de Stanley Tucci, que pasa de ser modélico a cínico, para acabar abandonando el egoísmo en favor del pragmatismo eclesiástico (el bien de la Iglesia, consistente en evitar que el papado recaiga en un cardenal ultraderechista) y el voto por Lawrence. ¿Quién es este hombre? Al terminar la película es difícil decirlo, y en este caso ello es una virtud del trabajo de Tucci y Berger. Y cito a Berger porque esta constante actoral es lo suficientemente llamativa para no ser obra suya. En una película claramente pro-eclesiástica como esta, es relevante que, en el momento de la caída, toda maldad se esfume de los pecadores y solo quede la contrición, el dolor ante el pecado.

No puedo, finalmente, no rendir homenaje a Isabella Rossellini. Frente a catástrofes como Nicole Kidman, que envejecieron en consonancia con la mierda de actrices que siempre fueron, Rossellini ha sabido ser vieja tanto o mejor como supo ser bella, y frente a actrices demostrativas como Meryl Streep sabe ahora más que nunca que su trabajo no es decir sino saber ser y estar. Por eso, pese a ser el personaje más desaprovechado de la película, destinado a una función meramente discursiva y con escenas en consecuencia meramente retóricas, es suyo el mejor plano de la película, el único en que es tema quién sea ella: el primer plano en que decide si darle a Lawrence lo que pide o no. En ese plano, véase una actriz. 


2 marzo

A veces no me gusta cuando Paulino Viota tiende a resolver las cosas demasiado rápido, pero otras, ¡qué gusto! Así, tras tanta gente santiguándose ante la sola mención del realismo socialista, como monjas ante la mención del maligno, de pronto, en El genio de Eisenstein: «El cine americano se podría llamar perfectamente “realismo capitalista”. Los héroes, los pioneros, los creadores del país quedan muy bien y las películas se tienen que entender y ser muy emocionantes y atractivas». Pues eso.


3 marzo

Es divertido dedicar un ciclo a un actor por la variedad que siempre vas a encontrar, aunque cierto es que mi monográfico dedicado a Gene Hackman este fin de semana no lo ha sido tanto. No vi Otra mujer ni The Royal Tenenbaums porque las tenía muy recientes, Eureka me da pereza y no está entre mis Roeg favoritos, nunca he sido fan de La conversación, y Unforgiven, que adoro, me la sé de memoria, así que las elegidas fueron:

French connection (William Friedkin, 1971): la tercera vez que la veo y la primera que me gusta. Pero el guion está tan poco trabajado como el de El exorcista, conste. ¿Por qué carajo intentar matar a Popeye? Respuesta: porque no se les ocurrió otro modo de evitar que se les acabase la película. Ahora bien, solución: que esa tontería sea una escena de antología. Multiplicar la acción para que nadie piense lo ilógico de lo que sucede no fue un invento de los 90. 

Night moves (Arthur Penn, 1975): la tercera vez que la veo y cada vez me parece mejor. Ideal como homenaje a Hackman, pues él es la película, un noir (me niego a ponerle el “neo”) prácticamente sin argumento y apenas investigación, hecho de atmósfera (pero no evidente, es como una niebla de la que no te das cuenta mientras poco a poco se impone), observación, sugerencia. Por cierto:

- Debiera haber una ley contra…

- La hay.

¡Qué memorable diálogo!

The quick and the dead (Sam Raimi, 1995): yo diría que el mejor pastiche de spaguetti western hecho en los USA. Irreal, descabellada, excesiva, y solo estropeada por una pésima Sharon Stone (pero pésima de verdad, oigan, ni sus diálogos o su ropa son buenos). El villano de Hackman, al contrario, es de antología y da gusto verlo: cruel y maligno hasta lo paródico, siempre sin embargo real y matizado. Robert Rodríguez podría haber aprendido algo. 

French connection II (John Frankenheimer, 1975): más allá de que da gusto ver a Hackman en acción, la película no tiene nada que ofrecer, salvo dos cosas extraordinarias: la contundencia del cierre, y la espectacular secuencia en la celda. Realmente, lo mejor es el valor de Frankenheimer al partir la película en dos de un modo tan brutal, nada en ella importaría lo más mínimo si no se le hubiera dedicado todo ese tiempo a ese impasse. Pero es que además ese Popeye devastado hablando sin parar ante ese policía que no le tiene ningún respeto pero tampoco le considera merecedor de tamaño castigo, es un tour de force de los que no se ven todos los días, y Hackman, para quien lo dudara, se gana el título de grande entre los grandes gracias a lo que hace allí. De remate, cuentan por ahí que hizo carcajearse a Mickey Mantle.

Crimson tide (Tony Scott, 1995): como todo en la película está en piloto automático, Hackman también; pero como la peli es de Tony Scott, Hackman es lo mejor que tiene. 

5 marzo

Leyendo los paseos de Lol V. Stein por S. Tahla, evidencia de que habito en una ciudad donde no se puede pasear por la noche. 

Valparaíso, ciudad de rodillas. Ciudad de ascensores muertos. 

Nadie mata a Valparaíso, si acaso le niegan la ayuda, la asistencia, los cuidados paliativos. Valparaíso muere de su propia muerte, muere por haber nacido. 

“El mar es la mentira de Valparaíso”. ¿Será siempre, la mar, mentira?


7 marzo

Leyendo sobre el estreno de Twin Peaks en España. Primer capítulo: 15 de noviembre de 1990 (algunas fuentes dicen 16). Emitía Telecinco, el segundo canal privado llegado al país, por entonces accesible solo en Madrid, Barcelona, Valencia y Sevilla. Matiz: había olvidado que en 1990 se escribía Tele 5 (pasó al actual nombre en 1997, nadie diga que conmigo no se aprende). El canal solo llevaba ocho meses transmitiendo oficialmente. Sorpresa: a veces la gente es más tonta de lo que te podrías nunca esperar: muchos se quejaron del final de la primera temporada porque no resolvía nada. ¿No sabían lo que era un cliffhanger? Créanme los jóvenes: los cliffhangers llevan mucho tiempo inventados. En noviembre de 1990 yo tenía 12 años y ya sabía de ellos, aunque no conociera su nombre, pues cualquiera que viera series de televisión sabía que así acababa cada temporada (recuerdo en especial una temporada de Falcon Crest que terminaba con el coche de Chase Gioberti hundido en el agua… por cierto, cómo me gustaba ese nombre, nunca lo he olvidado: Chase Gioberti. Pronúncienlo, verán: Chase Gioberti). Sin embargo, Antonio Mercero dijo: “Yo no sé si Telecinco lo cortó o es así, pero me siento frustrado, engañado”. Era, claro, Antonio Mercero. Pilar Miró fue más justa: “Empecé viendo la serie como un thriller serio, hasta que me di cuenta de que era una tomadura de pelo, y estaré encantada de que el señor Lynch me vuelva a tomar el pelo al final”. En todo caso, cuentan que la centralita de la cadena se colapsó con llamadas de gente protestando que no les podían dejar así. Quizá el fichaje de Jesús Gil fue para despistar.

La segunda temporada comienza a emitirse el 28 de febrero de 1991. Jueves. Tele 5 ya se emite en toda España, y toda España sabe que hay una tal Laura Palmer que ha sido asesinada, aunque no hayan visto la serie. Recuerdo a Emilio Aragón gritando: “¡yo maté a Laura Palmer!”. Tele 5 emite un resumen de la primera temporada, de dos horas y media creo recordar. ¿Será eso lo que se emitió ese 28 de febrero? No logro averiguarlo. Tampoco encuentro datos precisos de las emisiones. Recuerdo que la segunda temporada se dividió en dos partes, de modo que durante bastantes años yo viví en la idea de que Twin Peaks había tenido tres temporadas (no lo descubrí hasta la lectura de la magnífica monografía de Andrés Hispano). Tele 5 hizo el primer parón tras el capítulo décimo de la temporada, convirtiendo en cliffhanger la desaparición del mayor Briggs mientras Cooper mea en un árbol (y celebra el placer de mear en un árbol). Sí recuerdo que al menos una revista de televisión, que mi madre compraba todas las semanas, informó de quién era el asesino semanas antes de que el capítulo clave se emitiera. Pero claro, en el fondo Twin Peaks es la serie anti-spoiler por excelencia. 

Yo empecé a ver Twin Peaks, entonces, con 12 años, no 11, y debí terminarla con 13, porque imagino que el final se emitiría en otoño. ¿Cuándo sería la reposición? Yo juraría que en 1992, pero de pronto ya no estoy tan seguro. 

¿Qué recuerdo, aparte del sonido del paquete ya comentado? La lentitud de quien años después sabría que era nada menos que Hank Worden en su último papel. La lentitud. Mi amor por los ancianos, en aquel viejísimo conserje. Mi amor por Cooper y su exquisita educación. Ya en Tiburón me habían encantado los buenos modales de Richard Dreyfuss, Cooper asentó el gusto. El goce de una ficción que podía incluirlo todo, de la comedia al terror, el drama, el misterio, lo sobrenatural, el sexo. Las máquinas de los créditos me fascinaban. El grito de mi hermana cuando Leland se convierte en Bob ante el espejo durante un segundo. El espanto ante el final de la serie. ¿Bob en Cooper? Inaceptable. Todo lo que era inaceptable en la vida se resumía ahí. 

¿Qué pienso de la segunda temporada? Que siempre me ha ofendido escuchar a Lynch hablar tan mal de ella, pues nunca le he visto culparse a sí mismo. ¿Qué puedes esperar del desarrollo de una serie cuando sus dos showrunners se ausentan? A mi juicio, bastante bien lo hicieron los que quedaron a cargo durante el abandono de los responsables. Lynch no tiene derecho a quejarse de nada: él accedió a desvelar el asesino de Laura, él se largó de la serie. Él es el principal responsable de lo que pasó. Es inaceptable, despreciable, que siempre hablara de esos errores en tercera del plural.

¿Qué más recuerdo? Que me gustaban los problemas de Lucy y Andy. Me gustaba la comedia tonta. Me encantaba Windom Earle. David Warner, qué tío (hay rostros que uno ama). La segunda temporada evidenciaba que la serie podía ir a cualquier sitio, ser lo que quisiera. Al revisarla, no cambio mucho de idea, aunque sí pienso que acusa un problema grave: está llena de ideas, de líneas argumentales, que se resuelven en uno o dos capítulos. Es evidente que no tiene rumbo, que están perdidos. Reitero: faltaban los dos timoneles. Y se notaba.

¿Qué pensé? Que el final de la serie era una muestra de rabia por parte de Lynch ante la cancelación de la serie. Ahora supongo que simplemente era el cliffhanger previsto, claro, pero en aquel momento, sabiendo de la cancelación, pensé que Lynch había ideado el final más cabrón posible para dejar al mundo lo más jodido posible ante esa imposibilidad de seguir. Cooper como Bob fue su venganza, su grito de rabia.

Twin Peaks: Fire walk with me no hizo sino confirmarme en esa idea. Si alguna vez se hizo una película contra su público, era esa. En consecuencia, no tuvo. Y fue odiada.

Aún hoy, pese a lo mucho que me gusta esa película, pienso a quién cojones le importan los siete últimos días de Laura Palmer. Ya sé que todo empezó con Marilyn Monroe, pero… Twin Peaks no va de Laura Palmer. De pronto, se me ocurre que el final de la tercera temporada podría leerse no ya como un castigo al pecado de hybris de Cooper, sino al de seguir creyendo que esto va de Laura.

¿Qué recuerdo? Que, en los 90, Twin Peaks era motivo de risa. No era cool. Estaba a años-luz de lo cool. Una compañera de instituto riéndose de Sergio y de mí por compartir “la musiquilla” de la serie.  

Hay éxitos que generan un repentino sentimiento de culpa en sus audiencias. Es como si las masas de pronto se dieran cuenta de haber pasado un estado de hipnosis en que hicieron cosas ridículas, inapropiadas, y viraran a un estado no ya de rechazo sino de negación, no, aquello nunca pasó, no, mejor no hablemos, nunca hablemos de eso, ¿qué era eso? ah no, no me acuerdo, ¿qué haces con eso? eso es de otro tiempo, qué me cuentas, eso pasó, ni siquiera pasó, no fue, no fue nada, leyendas de otro tiempo.

Me recuerdo en el verano de 1992, 13 años, mi último verano en la playa, escuchando la cassette en los cascos (mi último año usando walkman en exteriores), tumbado boca arriba sobre la toalla, ojos cerrados hacia el cielo, el Sol y el azul imprimiéndose en el dorso de mis ojos, el calor envolviéndome y el sonido de “Into the night”. Amaba esa canción.

Años después, adoración por Floating into the night, el disco de Julee Cruise, Badalamenti y Lynch. 

¿Qué pienso? Que después de tanto piar contra la segunda temporada, resulta llamativo que la tercera, la de 2017, se parezca más a ella que a la primera. Que se nota que se hizo a todo correr. Que demuestra cómo el misterio puede ser una estrategia acomodaticia. Que fue tan frustrante que prefiero no escribir de ella.


11 marzo

Mick Harris, nuestro faro para mejor perdernos en la niebla.


17 marzo

Me gusta preguntar, cada año, a los nuevos estudiantes por sus películas preferidas: 

Este 2025, por primera vez, me han nombrado títulos de Gregg Araki. Nunca he visto nada de él, así que nada que opinar. 

Varios Wes Anderson, como siempre. Isla de perros nunca falta, pero nadie nombra mi favorita, Moonrise Kingdom. Creo que nadie la ha nombrado nunca, ¿hará falta ser un poco mayor, un poco viejo? Me extraña siempre la buena consideración de The Grand Budapest Hotel, obra apreciablemente menor. ¿Será por sus pasajes de acción? Soy injusto en todo caso: adoro su cierre y, sobre todo, su plano final. Y fue la responsable de que me reinteresara por Anderson. Mejor me callo.

Alguien nombra Frances Ha, pero no recuerda el nombre del director, y graciosamente dice: “la pareja de Greta Gerwig”. 

Pocas películas chilenas, como siempre. Los hiperbóreos (muy inesperada) y Machuca un alumno, Largo viaje otra. Mucho anime, por suerte ningún Ghost in the Shell. ¿Qué le puede ver la gente a esa nadería? Eso no impide que algunos sí nombren Blade Runner 2049. La primera vez que me pasó, hace dos años, me pilló tan de sorpresa que pregunté para asegurarme:

- ¿Blade Runner de los ochenta o Blade Runner 2049?

- No, no, 2049, 2049. 

Nolan nunca falta. Obviamente nadie nombra mi favorita, Tenet, pero no me reprimo de decir que es mi favorita. Grietas por donde dejar que supure la vanidad. Otro que nunca falta es Kubrick: El resplandor y La naranja mecánica son las premiadas este año. Aprovecho para explicar el problema de las dos versiones de El resplandor, e informarles de que están viendo la mala.

Sorpresas: Braindead, de la buena época de Peter Jackson, de quien siempre alguien nombra El señor de los anillos. Holocausto caníbal, que debe ser lo más inesperado que nadie me haya nombrado nunca. Killer klowns from outer space (no la recuerdo, habrá que volverla a ver un día de estos). Scorpio rising (la chica añadió que Kenneth Anger es su cineasta preferido, lo cual, convendremos, no es algo que se escuche todos los días). El espíritu de la colmena (los directores españoles nombrados siempre son Almodóvar, Amenábar o Bayona). High and low de Kurosawa. Tetsuo: Iron Man. 

También es una sorpresa que este año nadie me haya dicho Nightmare before Christmas, aunque sí han aparecido otras de Burton, que nunca falta, lamentablemente. 

Batallitas: Holocausto caníbal vista por primera vez en un VHS de quincuagésima generación, prestado quizá por Jaime Imperfectus, mi principal traficante de gore. Largo viaje, una copia digital en no mucho mejor estado. La naranja mecánica vista en partes y a escondidas porque los padres de Pellón no le dejaban verla, años después de, todavía niño, ver con horror de veras insoportable El resplandor, al lado de mi abuelo aunque no logro ni recordarle, y años, muchos años antes, de volver a verla proyectada en 35 mm en la Filmoteca Española y tener casi un ataque de la risa porque no me puedo creer lo malo que es Jack Nicholson. Madrugadas de viernes adolescentes y alucinadas ante Tetsuo y su secuela, perfectamente alquilables en videoclub, como Braindead, gracias a Manga Video; yo, hablándole a la gente, quisiera o no escucharme, de la Nueva Carne, el cyberpunk, Ballard y Cronenberg y, pese a todo, acabar follando. Varias amigas en shock por hacer caso a mi entusiasta recomendación de La Casa Lobo (una de ellas, Isabel, reincidía: había acabado igual de mal con Contactos). Yo grabando, en mi móvil y el de Joaquín, los anuncios previos a Los hiperbóreos en su estreno en el Insomnia, para al final no usar ni uno solo de los planos en Noviembre. Insistencia a David Pellón para que viniera al cine a ver El retorno del Rey, pese a que no había visto las dos anteriores; acabó accediendo y pasamos el mayor ataque de risa histérica y WTF de nuestra vida (Pellón aún me lo agradece de vez en cuando). Felicito a Víctor Erice por Cerrar los ojos, que todavía no me gusta tanto como llegará a gustarme cuando la vea por segunda vez. Le digo que me ha emocionado particularmente la escena en cuesta Moyano. Me responde: “hay mucho ahí, hay mucho ahí”. Décadas atrás, en un curso de cine en el Modesto Tapia, uno de los profesores dice que El sol del membrillo fue votada mejor película internacional de los 90; la mujer sentada a mi lado suspira: “ay, por dios”.

18 marzo

Me entero de que la calle Velintonia de Madrid, es decir la calle en cuyo número 3 se encontraba la famosa casa de Vicente Aleixandre, fue renombrada hace mucho como “calle Vicente Aleixandre”. Qué duda cabe de que el homenaje es justo y requetejusto, pero que genera un regusto amargo, pues me parece que velintonia es una palabra bellísima. Leyendo sobre el documental que han dedicado al poeta y su casa, me entero de que el mismo Aleixandre la incorporó a la RAE, de modo que también él debía amarla, así como de su significado: “especie de secuoya, propia de la Sierra Nevada de California, en los Estados Unidos de América, de hojas escamiformes. Pasa por ser el árbol de mayor talla en el mundo”. ¿Qué sentiría al ver palabra tan excelsa sustituida por su nombre en agasajo? Convengamos al menos que las dos palabras empiezan por uve, así que no todo está perdido.


23 marzo

Observando una biblioteca razonable y variadamente nutrida, resulta que de la visión general de la misma solo se extraía un nombre: Pinochet. Esto se debía al lomo de una gruesa biografía dedicada al dictador, que convertía al apellido en la única palabra visible, muy visible, a distancia. 

Esto me hace pensar en el peligro de los lomos. Creo que la primera vez que lo observé fue con el del Bronwyn de Cirlot, en Siruela, que compré tan pronto salió, y tan feliz como era de tener al fin aquel libro soñado, incómodo estaba de verlo en mi biblioteca: un lomo feo con horrendos caracteres, y, para empeorarlo todo, foto del autor. Una buena foto, sí, pero a uno le gustaría ser libre de escoger los rostros humanos que le contemplan en su propio espacio privado. En estos momentos, a mi izquierda, mientras escribo esto, me contemplan juntitos, el uno al lado del otro, los de Franz Kafka y Aleister Crowley, mirando al frente por supuesto, ambos (y ambos cortesía de Valdemar). ¿A quién coño se le ocurre poner en los lomos fotos de gente mirando al frente, siguiéndote con la mirada allá donde vas? (y, para colmo, en muchos casos con cara de “aún no me has leído”). 

¿Contra las fotos en los lomos? No tanto: en el gigantesco y maravilloso Dreamory, Eugene Chadbourne coloca una imagen suya, pero mirando para otro lado. Gracias, Doc. 


24 marzo

Cabe considerar que la gran aportación de Mon Laferte a la política nacional haya sido la de lograr que por fin en la izquierda alguien diga: “no me cuentes tu puta vida”.


26 marzo

Más sobre lomos: al llegar a Chile, enseguida descubrí atónito, en todas las librerías, muchos libros sin él. Solo se veía, en su lugar, los pliegos pegados y cosidos, los hilos, la trama, en fin, que sostiene al libro. No me gustó ni un pelo, como no me han gustado nunca los libros que no tienen los datos en el lomo, obligándote a sacarlos de la estantería para enterarte de qué son. ¿Con qué derecho interrumpir el siempre delicioso baile de los ojos sobre títulos, autores, colores, texturas, grosores y alturas, caracteres, emblemas editoriales?

Y como no queda otra que sacarlos para ver qué son y a qué dedican su tiempo libre, con el primero de ellos descubrí que los editaba la Universidad de Valparaíso, mi universidad de acogida. Uno o dos años después, conocí a su maquetador (diagramador, se dice aquí), Gonzalo Catalán, que me regaló uno de ellos: Prosas desde Valparaíso, de Carlos León. Mi segundo libro de León, pero el primero que leí. Su colofón dice:


Este libro ha sido publicado por la Editorial UV de la Universidad de Valparaíso. Fue impreso en Ograma. En el interior se utilizó la fuente Crimson –en sus variantes regular, bold e italic– sobre papel bond ahuesado 80 gramos. La portada fue impresa en papel Nettuno hilado de 215 gramos. La encuadernación usada es costura a la vista y se utilizó hilo de color azul. El grabado de la última página fue realizado por Cristián Olivos. Acabóse de imprimir el día 12 de abril de dos mil dieciséis. El reloj de bolsillo –aquí reproducido– perteneció a Carlos León.


¡Qué bonitos son los colofones! ¡Habría que hacer un libro lleno de ellos!

Desde entonces no admito que nadie critique estos maravillosos, soberbios objetos. No se trataba solo de la excelencia de las crónicas del gran León. Descubrí con aquel libro cosido, de tapas duras y lomo ausente que, sin este último, el volumen baila en torno a los hilos, creando cierta impresión de fragilidad reforzada por el contraste entre la ligereza de las páginas y la dureza de las cubiertas. La impresión sin embargo es enteramente falsa: el libro está de veras cosido, el cosido es sólido y el libro fuerte, resistente, pero al tomarlo entre las manos y recorrer las líneas y pasar página tras página se siente como si bailara entre las manos, debido a la falta de unión entre las tapas fruto de la falta de lomo; y ahí fue que advertí esa función hasta entonces inopinada: la necesidad unificadora, estructural del lomo, en la que nunca había parado mientes. Lo descubrí cuando faltó, en un libro que hacía de esa falta su virtud.

Doble virtud, por cierto, en este caso. Pues pienso en este objeto como la materialización ideal de la escritura de León, leve, elíptica, vaporosa, pero también contundente, sólida, ambiciosa en la radicalidad de su modestia.


27 marzo

Y más David Lynch: esta mañana, Facebook me recuerda una publicación propia con los que un tanto abusivamente calificaba como “plagios” de nuestro simpático cineasta. 

Uno. El admirador de Corazón salvaje (1990) se llevará una sorpresa al ver nada más y nada menos que El destripador de Nueva York (1982), del gran Lucio Fulci, cuando se tope con la escena más famosa del filme del americano, ya saben: say fuck me. Aquí es una mujer y dos hombres, en una mesa, pero el parecido es enorme. Nunca he visto que nadie lo señale, pero es tan evidente que no puedo ser el único en haberme dado cuenta.

Dos. Nada me había preparado para encontrarme uno de los planos más icónicos del piloto de Twin Peaks en una de las más desconocidas obras maestras de John Ford, Gideon´s day (1958). La famosa cabeza de ciervo sobre la mesa de la policía ya estaba en el Scotland Yard del filme fordiano, y con tan poco problema ni escándalo en uno como en otro. 

Estoy dispuesto a calificar este segundo caso como casualidad; además, si la memoria no me miente, creo que está documentado que Lynch improvisó la escena. Pero lo de Corazón salvaje es demasiado.

Nadie considere estas palabras como acusatorias. Un cruce de caminos entre Lynch, Ford ¡y Fulci! ¿Quién da más? 


28 marzo

Resulta fascinante leer a Maquiavelo que “un pueblo es más prudente, más estable y tiene mejor juicio que un príncipe”, que “la opinión pública consigue maravillosos aciertos en sus pronósticos, hasta el punto de que parece tener una virtud oculta que le previene de su mal y de su bien. En cuanto a juzgar las cosas, muy pocas veces sucede que cuando el pueblo escucha a dos oradores que intentan persuadirlo de tesis contrarias y que son igualmente virtuosos no escoja la mejor opinión y no llegue a comprender la verdad cuando la oye”. Fascinante porque dudo que, desde el siglo XX, pueda decirse lo mismo, y ello en cuanto, desde el nacimiento de los medios de comunicación de masas, es dudoso que el pueblo, en tanto lo pensaba Maquiavelo, exista. Y es que Maquiavelo puede hablar de una diferencia neta entre pueblo y príncipes, gobernantes y gobernados, poderosos y sometidos, y hasta el siglo XX las voces de los poderosos podían perderse en el aire, e incluso en edad tan oscura como la Media, dominada por el infame dios católico y sus esbirros, con una mayoría de población analfabeta rendida a la beatería, los reyes y los nobles y los sacerdotes tenían sus límites, no estaban en las casas o en los árboles o en las tabernas, y una revuelta era algo de lo que cuidarse porque de veras el pueblo podía rebelarse y no bailaban batucadas o pintaban las paredes sino que mataban gobernantes y tumbaban gobiernos, y Maquiavelo tiene que dar reglas para manejar esas situaciones porque, en efecto, se daban, y había que cuidarse mucho de ellas. Y se daban porque había un pueblo que tenía su poder, sus reglas, su vida propia, tenía su trabajo pero también su ocio: sus canciones, su teatro, sus espacios de embriaguez de la taberna al aquelarre, de baile, de vida aparte de la regla, regla que no lo alcanza todo, a la que es materialmente imposible hacerse uno con cada individuo, con su pueblo.

Nunca más. Pues tras la aparición de los periódicos, de la radio, y sobre todo de la televisión después, e Internet con su definitiva identificación de emisor y receptor, el ocio del pueblo es el ocio del Amo, es la voz del Príncipe en cada casa, la voz que ya no se pierde en las distancias de los campos o las ciudades sino que es repetida y multiplicada hasta confundirse con cada individuo y es algo mucho mayor que una creencia religiosa, es ahora los afectos mismos, es la pasión y la voluntad, el miedo y la esperanza, la percepción, la imaginación y los sueños. Cuando se dice que “no hay afuera” no es que no haya afuera del capitalismo, es que no hay afuera de una humanidad absolutamente identificada con la voluntad de sus Amos, es que no hay un afuera de mí mismo y la corrupción es la de nuestras almas. 

Es curioso que la noción de inconsciente colectivo haya aparecido justo en el siglo en que la existencia de algo tal se hizo imposible o, visto de otro modo, devino la principal manufactura de nuestro tiempo. Qué tan absurdo analizar ese Zeitgeist que emana no de un tiempo sino de una industria, no de un pueblo sino de quienes manufacturan su inconsciente. La nueva política quedará como aquella primera vez en que una política opositora confundió al pueblo con aquello en que el Amo había convertido su voz: el espectáculo del testimonio, de la pataleta, de Twitter et al. 

Podemos decir, con más fuerza que Nietzsche, que habrá guerras, pero también totalitarismos, como nunca los ha habido. Que la fuerza del pueblo ya nunca podrá tumbar al Amo porque nunca este tuvo medios de represión como los que tiene pero, sobre todo, porque nunca como ahora el pueblo fue más uno con la voz de su enemigo.

O, como dijo Eugene Chadbourne: “Mao Tse Tung Did Not Have to Deal With People Who Were Watching Seven Hours of Television Every Day”.


29 marzo

Roger Ebert afirmó que The changeling es técnicamente impecable pero George C. Scott es tan racional y controlado que nunca temes con/por él. Yo voy al revés: Peter Medak hace tan condenadamente mal su trabajo y el guion es tan malo, que lo mejor de la función consiste en ver hasta qué punto es imposible asustar a George C. Scott. ¿En cuántas películas de terror te es imposible creer que alguien de verdad suba las escaleras, atraviese las telarañas, se meta en la habitación amenazante…? Si contratas a George C. Scott, problema resuelto. ¿Quién podría asustar a este tío? Ver la calma con la que asume que su casa tiene fantasma, que es un niño ahogado, que hay que hablar con una señora y decirle que hay que cavar un pozo bajo la habitación de su hija, meterse en el pozo a solas in the middle of the night, etc… es el único placer que aporta esta película tan indigna de su fama.


1 abril

En el prólogo a la primera edición norteamericana de Praxis del cine (retitulada Theory of film practice, con el mismo mal gusto que ya había convertido la politique des auteurs en auteur theory), Nöel Burch hace todo lo posible para convencer a los lectores de que su libro es una mierda. No sé si lo conseguiría, pero debo decir que, sin pretenderlo, Guillermo Cabrera Infante casi lo logra mediante la insoportable introducción que dedicó a su mítico El oficio del siglo XX. Y digo “su”, pese a que las críticas sean de G. Caín, y solo el prólogo (e intermedio, y epílogo, ay) de Cabrera Infante. Son la misma persona, sí, pero no por ello el segundo deja de querer hacerse ver hasta la sobreactuación, agravada por el hecho de que, si bien el crítico escribe excelentemente, el famoso escritor se dedica a ensuciar decenas de páginas con la mayor y más vacua y pedante exhibición del peor talento para los chistes y juegos de palabras que la humanidad haya conocido. Aconsejo al lector, pues, que se salte todas las páginas de este infame emborronapapeles y vaya derecho a las críticas.

Having said that, a veces hay sorpresas. O en fin, solo una, este párrafo que encuentro admirable:


Es muy probable —yo me atrevo a decir que es seguro— que nuestros hechos históricos se confundan en la disposición minuciosa pero falible del historiador futuro, como se confunden ante el arqueólogo moderno la multitud de hechos telescopiados en la prehistoria. ¿Sabemos algo hoy de la Edad de Madera que debió existir antes de la Edad de Piedra, nuestro tope para la nada histórica? En 25.000 años será muy difícil probar que James Joyce no escribió La odisea; ni Homero, Ulises; o que Virgilio Piñera fue el autor de La eneida, mientras Virgilio Marón escribió Electra Garrigó, tragedia romana; Edgar Kennedy, el cómico de Hal Roach, será inseparable de Jack, su hermano presidencial; Igor Stavisky podrá llamarse genio de la música y de la estafa; Abelardo Barroso es el amante de Heloísa; Offenbach compuso El arte de la fuga parisiense; Fernando G. Campoamor escribirá Las doloras; William Shakespeare fue un guionista de cine, Ricardo Strauss inventó el vals, a lo que respondió Manuel de Falla con otro ritmo de moda, el mambo; Sofonisba Angusciola pintaba con el pseudónimo de Amelia Peláez; Kafka, el soñador de pesadillas, Koffka, el psicólogo-sociólogo y Kupka, el pintor no-objetivo, serán una sola e indivisible persona: la blasfema Trinidad; Miguel Ángel Antonioni pintó un fresco (del que no se conservan hoy dolorosamente más que referencias) en la capilla Cinecittà, llamado L’Avventura, que mostraba a Adán buscando a Eva con auxilio de la serpiente por todas las ramas del árbol de la ciencia; John Milton Proust compuso un vasto poema en siete tomos titulado En busca del paraíso perdido: no poseemos hoy, lamentablemente, siquiera un fragmento de uno de los siete libros. Y así, en una quejumbrosa Arcadia, quedará encerrada toda nuestra historia pasada, presente y futura y lo que tú y yo (perdóname este último arrebato de cortesía: debí haber dicho como siempre yo y tú) lamentaremos más: toda la literatura que conocemos escrita pasará, en un acto de justa vindicación, de nuevo al folklore de que salió un día.


¿Qué me gusta del pasaje? Aparte de la imaginación, creo que me gusta que estoy de acuerdo. Creo que el tiempo no pone en su sitio a nadie, antes bien demuestra lo profundamente vinculados (identificados, me tienta decir) que están el azar y la justicia (no digamos la poética). Me gusta porque pienso que todas las periodizaciones desde hace más de un siglo son payasadas que por fortuna desaparecerán cuando el tiempo, en efecto, haga que los años 10 y los 90 no estén tan lejos, sea porque ambos pertenecen al siglo XX, sea porque ochenta años no son nada. Y, ya que estamos, que dividir la historia del cine en clásico y moderno es hacer el imbécil de una manera casi admirable, si no fuera tan tristemente común la manía. 

¿Un buen párrafo de Guillermo Cabrera Infante en este libro que hace odiarle tanto (mientras se ama a G. Caín)? Pues no tanto: aunque en el prólogo, resulta que el texto sería una carta de Caín a su ufano prologuista. No pienso leer nunca a este, pero nunca despreciaré ni una línea de nuestro Caín favorito.


2 abril

Decía Cirlot que la pérdida de la amada es tema que expresa la incompletud, la falta consustancial al alma humana. 

Leyendo las novelas de Chirbes o Marsé, me pregunto si la larga noche del franquismo, y el invierno subsiguiente, no es sino tema que expresa el esencial proceso de demolición en que consistiría toda vida humana. No es que no hablen de lo que hablan, pero sus historias aproximan hasta la identificación la vida del país con el envejecimiento (y pareja decepción, sentido del fracaso incluso en los triunfadores) de sus personajes, hasta el punto que es lícito preguntarse si no hubieran podido contarse bastante parecidamente en otro siglo, otro país, otros años.

Por un lado, problema que es el de la misma dictadura española, tan larga que dio de mamar a varias generaciones, que dio tiempo a envejecer a los jóvenes, morir a los maduros, madurar a los gestantes. Y por ello sí se parecen estas novelas a los relatos de la dictadura china, de las largas ocupaciones, etc. Totalitarismos con la suficiente longevidad como para bautizar y enterrar a todos sus vasallos, ¿o habría que decir vástagos? 

Por el otro: ¿es posible que un autor español, cuente lo que cuente, hable de otra cosa que la muerte?


5 abril

Mucho hablar de memoria, pero ¿cuántos nos sabemos entero un solo poema? ¿Una película? ¿El nombre de todos los reyes o presidentes del país que sea? 

Un día le escuché a Pere Gimferrer decir que a Rubén Darío, más que releerlo, lo recuerdo. Se sabía de memoria, creo, casi el 90% de su obra. En otra ocasión, creo haber leído que una vez Raúl Ruiz se enfadó con los asistentes a un almuerzo (quizás fue otro el contexto) porque no se sabían de memoria las Coplas de Jorge Manrique.

Se separa demasiado el problema de la memoria como problema político, del de la memoria como problema educativo, cuando, ya en mi época, la memorización era popularmente desestimada como antigualla inútil, solo defendida por mis profesores franquistas. Pero el caso es que, hoy, envidio las canciones, poemas y otras listas “inútiles” que muchos de mis mayores conservan en su cabeza, aunque, sobre todo, a quienes envidio es a esos artistas cuya buena memoria es determinante de su estética. ¿Cómo concebir por ejemplo el cine ruiciano sin la capacidad de tener en la cabeza todos los datos, ideas y conceptos de la multitud de intereses varios que sostenía Ruiz, es decir tenerlos presentes, al alcance de la mano, de tal modo que fuera posible combinarlos, mezclarlos, confundirlos, del modo en que lo hacía? No es lo mismo tener que ir de libro a libro que de recuerdo a recuerdo. 

En este sentido, por hacer referencia a una entrada anterior, el recuerdo es, indudablemente, algo que se tiene. Se tiene como la madera un carpintero, como los diversos recortes y materiales el artista de collage o chantajista aficionado a los anónimos. La memoria no es sino el método que permite dotar de materiales siempre disponibles a nuestro pensamiento. Con todo en la cabeza, las conexiones se pueden hacer de inmediato, siempre y cuando por supuesto la imaginación sea facultad también ejercitada. Memoria e imaginación trabajan juntas, son colaboradoras fundamentales; no tiene sentido convertirlas en enemigas y una buena educación debiera trabajar por llevarlas a las dos a su máxima fortaleza.  


6 abril

Leo que, un año después del suicidio de Kurt Cobain, le preguntaron al respecto a Dave Mustaine en un programa de la televisión italiana. 

A Dave Mustaine.

Este respondió: “tenía buena puntería”.

Que cada cual piense lo que quiera, pero yo le doy gracias a la vida por el humor negro e inconveniente. 


7 abril

Releyendo la nota del 28 de marzo: 

Todo esto, tal vez, solo para decir que, tal vez, solo existe pueblo cuando ejercita su libertad, en defensa y desarrollo de la misma.


8 abril

Para mí, Val Kilmer solo existía por The Doors, la mejor película de Oliver Stone, el mejor biopic musical de la historia del cine si no me falla la memoria (aunque es un poco temerario tildarlo de tal), y una interpretación portentosa de verdad, tanto que es factible afirmar que Kilmer nunca se recuperó de no haber sido siquiera nominado al Oscar por ella (lo ganó Anthony Hopkins por su patética interpretación de Hannibal Lecter en yasabendónde).

Al dedicarle el correspondiente miniciclo, me encuentro un actor limitado, nada extraordinario, pero agradablemente sobrio. La verdad es que me sigue pareciendo un actor irrelevante, pero le he disfrutado, más o menos, en estas películas:

Batman Forever (Joel Schumacher, 1995): Kilmer es mucho mejor que el estreñido Michael Keaton, aunque es lo único en que Schumacher gana a Tim Burton (el de Batman Rerturns, la única película buena de verdad sobre el personaje). La sobriedad de Kilmer raya en lo irreal, permitiéndole ser antipático, cómico o melancólico sin variar apenas la posición de una ceja, mientras los dos villanos parecen competir en unas olimpiadas de histrionismo que convertirían al Nicholson de Batman en un actor bressoniano, si no fuese porque Nicholson, amigos, estaba por aquel entonces en su peor época de histérico mediocre inflado. Por lo demás: no veía esto desde su estreno y me ha resultado, para mi sorpresa, muy disfrutable. Aunque todo parece ser hecho contra Burton, Schumacher mantiene la negativa al realismo, el culto del absurdo, lo kitsch, lo delirante, etc. Una gozada, pues, poder asistir a un film de superhéroes que asume lo insostenible de sus premisas y desarrolla todos y cada uno de sus elementos de acuerdo a ello. Batman Forever no será una gran película, le faltará un buen cineasta y un buen guion, pero es mejor que todos los filmes de superhéroes de este siglo. 

Mindhunters (Renny Harlin, 2004): Kilmer resulta ser un secundario apenas presente en este bodrio rutinario con un guion más que tonto, protagonizado por los agentes del FBI más inútiles jamás filmados (no me vengan con que son estudiantes, por favor). No llega a “tan mala que es buena”. 

Kiss Kiss Bang Bang (Shane Black, 2005): peli simpática aunque muy sobreactuada por su guionista, y también director, Shane Black, mucho más inspirado cuando escribió Depredador o, ya que estamos, The last boy scout. Es la única película donde me quedo tonto mirando a Michelle Monaghan, y Val Kilmer hace de un detective gay muy entero y bien plantado. ¿Se nota que la película no me importa nada?

Spartan (David Mamet, 2004): un thriller nada enrevesado para lo que sería esperable en su autor, que en todo caso empezaba a volar bajo por esta época. William H. Macy está extrañamente desaprovechado, pero que me aspen si Kilmer no hace uno de sus mejores trabajos. Hace pensar en un Kurt Russell sin glamour, sin encanto, no cool sino abiertamente frío, de una impenetrabilidad nada sexy, nada atractiva, reticente a sugerir hasta el momento mismo de la puesta en acción. Haría buena doble sesión con Hunted (2003), una de las mejores pelis de William Friedkin. 

Twixt (Francis Ford Coppola, 2011): lo peor que se me ocurre decir de ella es que nunca llega a ser tan loca como podría haberlo sido, pero lo bueno es que, lo que es ser loca, lo es. Lo mismo podemos decir de Megalopolis, claro, e incluso en ambas sucede que se terminan de repente, pero allá donde en esta el final es rendición a lo fácil, en Twixt duplica el delirio, o el WTF, si quieren. Prácticamente ni una línea narrativa resuelta, ni una idea cerrada, lo abierto y deshilachado apenas hilvanado de alguna manera suficiente, pero creo que merece mucho la pena ver este Coppola digital, de apariencia casi Z y materiales tópicos en extremo pero mezclados con algo que no sé definir, pero me encanta. Quizás, como en Megalopolis de nuevo, se trata de su obviedad casi zafia, que sin embargo en lo desacomplejado de su articulación resulta formal, y narrativamente, atrevida. Los actores sostienen bien el edificio, sobre todo un Bruce Dern ido de olla, una hermosa Elle Fanning y un impecable Val Kilmer, lanzado a todo, y que además tiene una memorable escena de Skype con su ex, Joanne Whalley-Kilmer. Igualmente, no puedo no confesar mi admiración, mi devoción, mi amor a una imagen inolvidable: los brackets de la vampira adolescente, deformándose y saliendo disparados ante el crecimiento de sus colmillos. Glorioso.

No me apeteció ver The Doors de nuevo, pero reitero la alta consideración en que la tengo. Una buena opción hubiera sido Thunderheart (Michael Apted, 1992), que recuerdo con cierto interés. Obviamente, no pienso volver a ver Top Gun en mi vida, y no haré el intento con su secuela mientras tenga cordura. Finalmente, no recomiendo a nadie que vea el documental Val (Ting Poo, Leo Scott, 2021), pues su único efecto será alegrarse de la muerte de su protagonista. 

9 abril

Leo que los marinos del Juan Sebastián Elcano, a los que no sé por qué alguien debe haber preguntado, encontraron que “Valparaíso pudo haber sido una joya, pero hoy luce sucia, maloliente y peligrosa. Una ciudad donde el deterioro avanza sin freno: calles con olores ácidos [quieren decir a orina], fachadas históricas cubiertas de grafitis, estructuras derruidas y una economía local visiblemente afectada [no estuvieron aquí hace dos años]”.

La caracterización resulta evocadora. Chequeando el Memorial de Valparaíso, vemos que Vicente Pérez Rosales ya hablaba del “hediondo” ambiente del “desgreñado Valparaíso” de 1814 (gran adjetivo), y, en 1825, Gilbert Farquhar Mathison hacía lo propio sobre un “puerto de mar desaseado” con una población formada “por gentes de clase inferior y de las últimas del pueblo”, y del que se preguntaba «cómo un nombre, que traducido literalmente, significa “Valle del Paraíso”, pudo aplicársele», aventurando que lo debió hacer alguien que entró por tierra y no por mar. A finales de esa década, Eduardo Poeppig afirmó que “de ninguna manera Valparaíso corresponde a las expectativas que se podrían cifrar en atención a lo que parece prometer su bello nombre”: “Entre los numerosos forasteros que tocan anualmente Valparaíso, no habrá uno solo (…) que olvide más adelante, por mucho que se acostumbre a los alrededores del puerto, la impresión desfavorable que recibió de ellos al contemplarlos por primera vez. La sensación de la esperanza amargamente engañada que tuvo en aquel momento, no la volverá a olvidar más. Por otra parte, es difícil que ello no ocurra así.” Invito a leer la descripción de Poeppig, que no desmerece de las actuales; el lector se llevará incluso la sorpresa de comprobar que ya entonces las pulgas eran habituales y, más aún, “la mala costumbre de los chilenos de rodearse siempre con verdaderos rebaños de perros inútiles”. Añado la interesante observación de que “el sitio mismo es el menos adecuado para construir una ciudad destinada a concentrar el comercio marítimo de un gran país”, pero sobre todo destaco esta profética afirmación: “si fuera posible encontrar en las provincias centrales de la República un puerto mejor, es probable que Valparaíso volvería a descender a su insignificancia anónima de tiempos antiguos”. Profeta.

Sobre el Valparaíso de 1828, Jacques Antoine Moerenhout señala que “la primera impresión que produce esta ciudad, al penetrar en la bahía, no es favorable” y que “las cabañas muestran las lacras de la miseria, lo que afecta de una manera penosa la sensibilidad del viajero que viene de Europa y le angustia el corazón”. Por su parte, William Ruschenberger es casi cómico hablando del de 1831: «Aquellos que durante el viaje al “Valle del Paraíso”, habían formado sus conceptos de antemano y creado en la imaginación un retrato del lugar por descripción escrita, sintieron a primera vista hundírseles el corazón de desengaño. (…) “no tengo la menor gana de bajar a tierra en un sitio de un tal aspecto. Más bien parece un ladrillal que una población”». Ambos autores, eso sí, coinciden en apuntar que esta mala impresión va mejorando; para el primero, cambia según se va conociendo la geografía del lugar, el segundo sitúa la causa en los “placeres sociales”, “independientes de la localidad y del paisaje”.

Creo que no tiene sentido insistir más. Habría, evidentemente, que observar qué se dice de la vida dentro del puerto, cómo van variando las percepciones según avanza el tiempo, etc. Pero no creo aventurarme mucho sugiriendo que las impresiones desfavorables de la ciudad ganan sobre las favorables, salvo en el periodo en que fue la ciudad más rica y de apariencia más extranjera, época más bien breve. O podemos decirlo de otra manera: el esplendor de Valparaíso fue poco duradero, y su carácter pobre, decadente e incluso malsano, el dominante en sus distintas épocas. La caída de Valparaíso es retorno a su origen. Ciudad delirante y absurda, solo el capitalismo pudo crearla, será el capitalismo quien la destruirá.