miércoles, 5 de agosto de 2026

Informe semanal (9): Una pena


Return of the living dead III (Brian Yuzna, 1993)

After The thin man (W. S. Van Dyke, 1936)

Supergirl (Craig Gillespie, 2026)

Spider-Man: No Way Home (Jon Watts, 2021)

Spider-Man: Brand New Day (Destin Daniel Cretton, 2026)

Brian Yuzna quería tener a un monstruo femenino como protagonista y dedicarle más tiempo del que había podido darle en Bride of Re-Animator (1990), pero lo cierto es que Return of the Living Dead III no cumple del todo ese deseo. El personaje femenino es el central, sin duda, pero su apariencia definitiva solo se luce en una secuencia, supongo que por las dificultades del impresionante maquillaje (una obra maestra del género). Pero debe añadirse que Yuzna tampoco le saca mucho partido al hecho de que Julie necesite el dolor para calmar el hambre (es decir, para calmar “el dolor de estar muerto”, como expresaba en una secuencia inolvidable uno de los zombis del Return of the Living Dead original de Dan O ́Bannon), y menos aún a lo difícil del amor cuando uno de los enamorados “pincha y corta”. Es una pena.

En Europa, Return of the Living Dead III se tituló Mortal Zombie, pero podría haber sido El amor en los tiempos del zombi, y hay que conceder que, pese a todas las torpezas propias de Yuzna y estupideces varias del argumento, esta película se gana un hueco en el corazón, pues donde no comete un error es en la relación central. Ella, amante de las emociones fuertes, acaba víctima no de estas (ni una condena de Yuzna al respecto: ¡bien!) sino de la confluencia entre la maquinaria militar y el amor inmenso de su chico, que no acepta su muerte, y pasa lo que pasa. La zombificación de Julie, que no deja de hacerse eco con la de la legendaria Linnea Quigley ya saben dónde, supone una bajada a tierra del hambre por el morbo de la chica, pero el descubrimiento de las bondades del dolor físico para detener el hambre de cerebros no deja de devolverla a su carácter extremo original, de lo que da fe el cambio de su gestualidad en la transformación definitiva, demasiado pasada de vueltas a mi juicio, demasiado artificiosa, demasiado deudora de una Elsa Lanchester ultra-erotizada que no viene a cuento para nada (la impericia de la actriz Mindy Clarke, que cumple pero nunca llega a dar plena entidad a su personaje, tampoco ayuda). Mientras tanto, a Curt no le gusta que le hablen de muertos mientras folla, pero quitando esos detallitos adora a Julie y la sigue adonde haga falta, de modo que todo en él se juega en ese espacio en que el amor te enfrenta a lo inesperado, lanzándote a lo que nunca te lanzarías por ti mismo. El romanticismo de la película se encuentra no ya en la oposición amor/ejército, sino en la ausencia de juicio hacia los pasos, inseguridades, cobardías y excesos de sus protagonistas, cuyo amor lo guía todo. Si Julie lleva a Curt a meterse en los laboratorios del ejército a ver muertos vivientes, este la seguirá, pero pondrá el límite en cierto punto que ella aceptará, y cuando la zombi sea ella él deberá vérselas con la nueva situación, pero nunca abandonándola. Cuando al final lo haga será por haber llegado al extremo de comerse a un buen hombre que les ayudó en todo momento, pero no por ello seguirá viéndose a sí mismo como un traidor destruido por su renuncia, lo que comprobará por la vía de advertir cómo su traición aporta nuevos elementos a la maquinaria militar, y sufrimiento al ser amado. A partir de ahí, no hay duda de qué hacer y será él quien ahora proponga el paso, definitivo, al más allá.

Graciosamente, pues fue sin querer, la semana pasada casi solo vi secuelas (lo que nunca es buena señal de bienestar psicológico): aparte de la citada, tres de superhéroes, mi placer culpable por excelencia (por favor, que nadie me diga que Supergirl no es secuela), y la segunda parte de The thin man (W. S. Van Dyke, 1934). Como es obvio viendo el plantel, gana Van Dyke por goleada, pero no nos equivoquemos. Las secuelas ya eran secuelas en los años treinta, y del conjunto solo Yuzna rompe con las reglas, el tono y estilo de sus películas precedentes, como ya había hecho, con superiores resultados, en Silent Night, Deadly Night 4: Initiation (1990).

Van Dyke se ve en la obligación de mantener el tono de la muy exitosa The thin man, pero también de repetir gracias del perro (cuya perra le pone los cuernos con un negro, así como suena) y gags como el encierro puntual de Myrna Loy, en el que William Powell reincide con su savoir faire acostumbrado. Sin embargo, el problema no es este, sino el que Van Dyke parezca desaparecido. Si alguien tiene alguna duda de que The thin man es una fantástica película por algo más que por el arte de Powell y Loy por un lado, y del matrimonio real formado por los guionistas Albert Hackett y Frances Goodrich por otro, basta ver esta secuela donde no queda ni rastro de las fantásticas tomas largas dedicadas no solo a las riquísimas e hilarantes dinámicas entre los dos intérpretes, sino entre estos y el resto de los convocados, que pueden llegar a ser muchísimos, como da fe la impagable fiesta donde conocemos al singular matrimonio, el más divertido y gozosamente alcohólico que jamás haya visto una pantalla. After the Thin Man mantiene la exigencia de llenar espacios con un montón de personajes pero, al contrario, parece tenerle alergia al plano general y vivir una pasión de verano con el plano-contraplano, digna de mejor causa. En muchos países latinos The thin man se tituló La cena de los acusados, cena responsable de que la película no fuera tan grande como debiera haber sido (no me sorprendió comprobar que fue la más incómoda de rodar); sin embargo, la secuela pareciera tomar la torpeza de esa secuencia como modelo. After the Thin Man es en suma una agradable y divertida película, pero a años luz de su antecesora, el intento de repetir una fórmula como quien trata de volver a un sueño interrumpido. No hay color.

Es una pena, pero con todo y eso sigue siendo una buena muestra de que el buen cine comercial hollywoodiense queda en el pasado, y ahí sigue aguantando como un jabato. Más aún: la celebración del alcoholismo de estas dos películas choca por comparación con esa Supergirl que una vez más confunde “encontrarme a mí misma” con “dejar el bebercio”. ¡No son incompatibles, amiga! Pero no podía esperarse menos de una peli de superhéroes y, sobre todo, una producción de James Gunn, quien estoy seguro es la personalidad secreta de Donald Trump (o de Elon Musk, aún estoy por aclarar ese irrelevante punto, pero si desaparezco de pronto después de escribir esto ya saben que acerté la mayor). En todo caso, y pese al desperdicio de posibilidades (entre ellas, las de la actriz) no me parece que la película merezca la recepción que ha tenido, no porque sea buena, sino teniendo en cuenta que está al nivel de mediocridad acostumbrado (y que Spiderman tampoco folla; hasta donde sabemos, en el MCU solo Visión y Wanda han follado, y ya saben cómo acabó la cosa). En este sentido, mi perplejidad mayor es ante las voces que acusan la creciente mediocridad de las películas superheroicas, puesto que eso supone que en algún momento las hubo buenas. ¿De verdad Supergirl es peor que aberraciones como Iron Man (2008) y sus secuelas, Thor (2011) o The Avengers (2012), películas por cierto inferiores a los dos spidermans que me casqué la semana pasada, que no son para tirar cohetes precisamente? Si acaso, la evolución de este no sé si género, subgénero o enfermedad acusa el cansancio inevitable, pero también sorprendente pues ha tardado más de veinte años en aparecer, ante esta ristra de películas miméticas, y quizás de forma más interesante, muestra la auténtica pandemIA de psicologías de baratillo que ha llevado a que películas como Thunderbolts (2025) o este último Spiderman tengan como clímax sendos cursillos de autoayuda, bien largos por cierto pese al diminutivo (y me permito añadir, ya de paso, la incapacidad para el raciocinio y el diálogo: todo Brand New Day se habría evitado si una hubiera dedicado cinco segundos a decir “estos criminales han secuestrado a mi hermana” o el otro hubiese preguntado “¿y esto por qué lo haces?”). 

Por lo demás, creo que Millie Alcock se defiende en lo suyo mucho mejor que el mediocre Tom Holland, quien, en el encuentro final con MJ de No Way Home protagoniza el pasaje actoral más vergonzoso que intérprete alguno del personaje nos haya ofrecido, y eso pese a que esta película supone en sí una culminación del género “vergüenza ajena” desde el momento en que los tres Spiderman comparten pantalla (hasta ese momento me parece obra digna, y Marisa Tomei se muere deliciosamente, máxime confrontada a inútiles del calibre de Holland y, ay dios, Jon Favreau). Es una pena, porque supone una pésima culminación de una simpática trilogía. No puedo evitar mi admiración por un argumento donde todo se lía por un gag digno de Saturday Night Fever: Peter Parker pide a Doctor Extraño que haga olvidar a todos que él es Spiderman, pero en pleno conjuro se da cuenta de que quiere que su novia lo sepa; luego cae en lo mismo con su mejor amigo, y después se acuerda de su tía... la escena podría tener más gracia, pero que todo el problema parta de ahí me parece hilarante. Tristemente, el sentido del humor no es el rasgo más sobresaliente del MCU. Más tristemente, las tres películas suponen la pérdida para el mundo de Jon Watts, autor de las estupendas y originales Clown (2014) y Cop Car (2015). No se sobrevive al paso por los blockbusters, amigos. Peter Jackson, perdido para siempre con El señor de los anillos, es el ejemplo más claro, y Jon Watts, que tras No way home realizó la mediocre Wolfs (2024), es el nuevo. No se preocupen: habrá más.

Pero estos dos Spidermans me hacen, como siempre, pensar en el triste destino de estas películas obligadas a contar siempre lo mismo del mismo modo. ¿Por qué no hacer una pequeña sitcom dedicada a la convivencia de los tres Spiderman, pasando el rato, cocinando, dando un paseo, haciendo tiempo sin supervillanos? Sus escenas juntos en No way home se quedan en una vergonzante lamida de culo al fandom (fan service me parece conceptualmente impreciso e injustamente educado) y algunos chistes fáciles, cuando la situación es en sí interesante. ¿Por qué no una película sobre esa MJ poseída por Jean Grey, que da lugar a la mejor escena de Brand new day? (además, Zendaya sí es buena actriz). Igualmente, ya había sido una pena la nula atención a esos cinco años en que la mitad de la población del universo había desaparecido por obra de Thanos, de donde salieron los únicos minutos soportables de Avengers: Endgame (2019). ¡Es una situación fantástica para una película, o una serie! Me hace pensar en la gran tristeza de que la quinta película dedicada a Indiana Jones estuviera obligada a seguir siendo de acción. ¿Por qué no cambiar de género de acuerdo con la edad del protagonista? ¿Por qué no pasar al melodrama, o la comedia de costumbres, o a una más simple película de suspense? Al fin y al cabo, ¿no era lo mejor de WandaVision (2021) el uso del formato sitcom, y lo peor su tópica resolución, su retorno a los modos habituales, la negativa a cerrarla de modo más acorde al formato inicial? Añadamos a ello que es precisamente la acción el apartado más mediocre del conjunto, entendida como mera saturación de velocidad y efectos sonoros sin noción alguna de puesta en escena. No es que me emocione la influencia hongkonesa en el cine hollywoodiense, pero basta ver una pelea de Police story (Jackie Chan, 1985), o de cualquier película de Chang Cheh, King Hu, Wang Yu (o el Jackson pre-anillos, ya que estamos) para entender que estas cosas se pueden hacer bien. ¿Cuánto mejor sería la pelea entre Spiderman y Hulk de pensar con dedicación los planos, los gestos, las acciones? La velocidad maniaca y la planificación confusa funcionan bien para la pelea con Doctor Extraño en la dimensión espejo, pero el resto solo acaba siendo el triste espectáculo de la triste evidencia de una inmensa cantidad de posibilidades tristemente desaprovechadas.

Una pena.

¿Solución? Con presupuesto igualmente inflado, rigurosa carta blanca y final cut, un Ghost Rider para Aki Kaurismäki, una Captain Marvel para Radu Jude, un Blade para Takashi Miike, un Daredevil para Kelly Reichardt, un Guardians of the Galaxy para Shu Leah Cheang, un Batman para Lisandro Alonso, un Captain America para Pablo Llorca, un Doctor Extraño para Damon Packard, un Swamp Thing para Apichatpong Weerasethakul, unos Eternals para Panos Cosmatos, una Wonder Woman para Lucrecia Martel, unos X-Men para John Waters, un Shang-Chi para Wang Bin, unos Cuatro Fantásticos para Albert Serra, un Aquaman para Bruce LaBruce, un Superman para Fred Olen Ray, unos Avengers para Jorge Núñez. ¡Hagan fila!