martes, 14 de abril de 2026

Informe semanal (7)

Species (Roger Donaldson, 1995)

Project Hail Mary (Phil Lord, Christopher Miller, 2026)

Mr. Blandings builds his dream house (H. C. Potter, 1948)

The Store (Frederick Wiseman, 1983)

National Gallery (Frederick Wiseman, 2014)

City Hall (Frederick Wiseman, 2020)


No veía Species desde su estreno en cines, compruebo que con buen criterio. Como tantas películas realizadas en Hollywood de mediados de los 70 en adelante, y quizás más aún debido a sus elementos sexuales (aunque cierto es que se realiza en la década de Instinto básico), Species es una película de serie B inflada a base de dólares que permiten variedad de escenarios, ambientaciones más realistas y, presuntamente, mejores efectos especiales, pero también reprimen excentricidad, libertad, virulencia y aristas incómodas. Hay excepciones por supuesto, como Gremlins 2 o Indiana Jones y el Templo Maldito (no en vano criticada por su director), pero Species es buen ejemplo de la tendencia, dados los citados elementos sexuales, tan determinantes como apla(ta)nados. SIL, que no puede estar más buena, parece tener problemas para encontrar un hombre en Los Angeles, y cuando se transforma en una versión femenina del alien de H. R. Giger diseñada por Giger himself, puede estrangularte con tentáculos salidos de sus pezones si le da por ahí, y si eres capaz de verlo, puesto que Roger Donaldson, junto a su montador y su DP (siglas también aplicables a “doble penetración”), a los que prefiero no mentar, pierden todo entre luces y cortes histéricos donde poco hay para ver. Pero el criterio no es malo, pues estamos en los 90, década de los peores efectos especiales de la historia del cine, de lo que esta película es excelente muestra. Basta ver el rostro de una jovencísima Michelle Williams atravesado por tentáculos para volver a preguntarse, como debiéramos hacer todos, por qué lo llaman “efectos especiales” cuando quieren decir “dibujos animados”. Ridley Scott ocultaba su bichejo con criterios de atmósfera, de tensión, de sugerencia, incrementando la potencia sugestiva e incluso semántica si me perdonan lo estupendo, pero Donaldson tiene en el fondo las mismas motivaciones de cualquier serie B por mucho que los efectos se lleven la mayor parte del presupuesto: está todo tan mal hecho que mejor que no se vea. Ahora bien, todos estos problemas serían menores si se hubiera dedicado un poco de trabajo al “factor humano”. Con un extraño casting fruto de la reducción presupuestaria pero colmado de intérpretes capaces (e incluyo a Natasha Henstridge, a la que su cariño guardo por su participación en Adrenalin de Albert Pyun y Fantasmas de Marte de Carpenter), es evidente que Donaldson no le dedica ni un segundo a desarrollar matices o enriquecer mínimamente a sus personajes (el de Ben Kingsley, sobremanera, es un enigma, y no en el buen sentido). Una pena.

 No tan desastre es Project Hail Mary, pero tampoco da para ponerse estupendos. Viniendo de los guionistas de cierta horrenda peli animada de Spiderman, era lógico esperar algo malo, y pocas sorpresas nos va a dar el Hollywood del siglo XXI. Con una de las más espantosas y hasta sonrojantes bandas sonoras que servidor ha escuchado en mucho tiempo, Project Hail Mary hace buena a Species por dos razones: está hecha para niños, lo que en el siglo presente quiere decir para imbéciles, y, como suele ser común últimamente, le sobra una hora, aunque veo poca mejora en quitar el material sobrante, o incluso determinar cuál sería. Mediocridad sin solución, se deja ver por la profusión de colorines, Ryan Gosling y la gracia de toparse a Sandra Hüller (lo mejor de la función) metida en semejante embrollo.

Si pocas sorpresas nos da el Hollywood del siglo XXI, el de la primera mitad del pasado no escasea en ellas. Si se aburren ustedes y quieren ver algo “que no haga pensar”, ¿por qué acudir a un blockbuster actual en vez de regalarse una peli cualquiera hecha en Hollywood antes de 1960? Difícilmente dejará de cumplir la función buscada, y el espectador no saldrá más tonto de como entró. Aun tratándose de una película mediana, con un guion que no rebosa de imaginación, y hasta con alguna línea narrativa muy malamente desarrollada (esos celos que hubieran necesitado de más madera y efectos más precisos y prolijos, habida cuenta que la relación de confianza entre Mirna Loy y Melvyn Douglas llama la atención ya desde la planificación de su primer encuentro, y para más inri habrá otros personajes que se harán la misma idea que el marido), Mr. Blandings builds his dream house es una delicia de ejecución, gracias a unos intérpretes superlativos (destacando a un Cary Grant en estado de gracia) y un director que va más allá de la competencia profesional, del que solo cabe quejarse no se mantenga a la altura de sus impresionantes secuencias iniciales. La de apertura, con el despertar de la familia Blandings, partiendo de un encantador gag con despertador y un inteligente uso de las camas separadas preceptivas según el código Hays para los matrimonios (¿Y para los no-matrimonios? Para esos no hay cama), pero siguiendo a Grant por la casa de tal modo que acabemos dando un giro de 180° hasta verle volver esquivando hijas por el mismo pasillo al dormitorio, es un prodigio de gracia y sencillez que le debe mucho al arte del actor, pero sobre todo al de H. C. Potter para describir el espacio y las acciones al tiempo y ritmo precisos. La secuencia siguiente, dedicada al desayuno, no muestra una gracia menor, destacando dos fantásticas niñas una de las cuales recita un anuncio de venta de una casa como si fuera el más triste de los poemas sobre la decadencia de occidente, y enuncia brutales críticas contra los publicistas, oficio que, por supuesto, es el de su padre. Muy recomendada, quizás hasta en doble sesión con la también memorable The money pit (Esta casa es una ruina, en España), remake de esta o nueva adaptación del libro, como prefieran, con incremento de salvajismo por supuesto, y mejor desarrollo tanto del personaje femenino como del tema de la infidelidad. 

La doble sesión que jamás recomendaría es una de Frederick Wiseman, al que últimamente visito con asiduidad, a ritmo de dos o tres veces por semana, lo que puede resultar agotador aun viendo las películas en días separados, como es mi caso. The Store cayó después de Mr. Blandings, y no es mala dupla; primero, por lo diferentes que son; segundo, por la importancia del marketing en el documental, dedicado a la temporada navideña en los grandes almacenes Neiman-Marcus en su sede de Dallas (Wiseman tiene la puñetera manía de nunca precisar las fechas de rodaje, así que mi impresión es que se trata de las semanas previas a la Navidad). Primera película en color del realizador, y segunda si no me equivoco con el fantástico John Davey a la cámara, que ya no lo abandonará hasta el final, The Store mantiene la atención a la alta sociedad de la estupenda Model (1981), al punto que hay más pases de modelos aquí que en aquella, a los que hay que sumar escenas de venta de visones de decenas de miles de dólares y joyas de miles de diamantes. No parece que los almacenes sean exclusivos de la alta sociedad, pero sí queda claro tanto que ese carácter elitista es definitorio de la empresa, como que ese es el foco de la atención de Wiseman. No obstante, el vínculo con Model puede llevarse más lejos, por la importancia concedida a un mundo cuyo sentido es la venta y, más aún, el venderse. El discurso inicial, que parece escrito para el cineasta, por el cual se habla de Neiman-Marcus como de una institución dedicada a la venta, y que para funcionar todos deben vivir y hasta dormir pensando en ser mejores en lo suyo, así como la divertida escena siguiente, donde un grupo de trabajadoras hacen ejercicios de calentamiento de dedos (para resistir el uso constante de la caja registradora) y de sonrisas, son preclaros al respecto. Model era una película muy centrada en la puesta en escena, el trabajo de directores, cámaras, maquilladores, al punto de cobrar una potente dimensión autorreflexiva, pero The Store hace lo propio en el plano de la atención al modo en que hablan y actúan los vendedores, a las reuniones sobre la construcción y personalidad del espacio, cómo deben ser las comidas del restaurante, los productos a la venta en la sección de repostería, las técnicas de venta, etc. Quizás, en ese sentido, ninguna escena resulta más impresionante que la de la entrevista de trabajo, donde una joven negra, y bellísima, se explaya respecto a su experiencia laboral, su gusto por el trabajo y su deseo de trabajar en la tienda. Después de todo lo visto (estamos ya en el último tercio), es impresionante entender, solo viendo y escuchando, la perfecta puesta en escena de la joven: su impecable dicción, la seguridad en su actitud y sus frases precisas y certeras, la medida actitud dignamente zalamera perfectamente equilibrada con la alta autovaloración de las capacidades propias, la impecable presentación personal en maquillaje y ropa, postura, etc., con incluso un notable plano de perfil diría motivado por la perfecta curvatura de sus pestañas. Eso sí, me llamó la atención cómo, pese a las extensas escenas dando cuenta de la riqueza de tejidos, diseños, colores, brillos, texturas, etc., la fotografía es ajena a todo ello. No hay preciosismo alguno que nos permita valorar aquello que valoran los sujetos filmados, más allá de cómo le pueda sentar a alguien algo. Cabe considerar que ello se deba a la copia digital, pero por si acaso lo constato.

Mi mayor problema con Wiseman se encuentra en su modo de planificar las películas por escenas, unidas por diversos planos misceláneos que siempre son dos cosas: excelentes, y brevísimos. Es habitual que sean exteriores, pero en instituciones como las de The store o National Gallery (filmada en la Galería Nacional de Londres) son rigurosamente interiores. Ahora bien, Wiseman siempre tiene ejes de interés a la hora de relacionarse con sus espacios, aspectos principales y secundarios a la hora de estructurar su recorrido. En The store vemos a las personas que trabajan empaquetando las compras, o a los agentes de seguridad, por ejemplo, pero solo en una escena para cada actividad, y claramente secundaria respecto al núcleo, que se encuentra en los puntos ya citados. En National gallery, como en casi todas las películas de Wiseman, vemos a los limpiadores y muchas cosas más, además de asistir a reuniones sobre presupuesto o relaciones públicas, pero el núcleo se encuentra en el arte. Esto puede parecer obvio, pero no lo es: en Ex Libris (2017), sobre la Biblioteca Pública de Nueva York, los libros son un elemento secundario frente a las funciones sociales de la institución; National gallery, por el contrario, está llena de todo tipo de discursos, presentaciones, clases, conferencias y debates sobre arte y todo lo a él vinculado, desde la historia a la restauración, a la que se dedican largos y apasionantes pasajes. Pero, además, la pintura es muchísimo más atendida que la escultura, y no puedo evitar pensar que por su carácter bidimensional, también propio del cine y que permite una interesante interactuación con otro eje de la película: los observadores. En National gallery hay mucha gente hablando, pero más aún mirando, y ello cobra doble interés en tanto, a la hora de filmar las pinturas, Wiseman privilegia los retratos, donde los personajes también miran, y sus ojos son centrales. Aquí, la velocidad de los planos cobra más interés que en otras obras, pues aquellos, pese a su brevedad, poseen una intensidad enorme que los hace muy visibles, obligando a una mayor intensidad en nuestra atención a las filmaciones de los visitantes. National gallery incluye extraordinarios pasajes construidos mediante alternancia de estos y las pinturas, todos ellos observadores en gran medida, que se encuentran entre lo más refinado de la obra de Wiseman, y pueden considerarse una de las mejores muestras de su extraordinario arte como montador (me permito añadir la gran Boxing gym).   

Por su título, uno esperaría que City Hall también fuera una película de interiores, pero el eje de Wiseman aquí no sigue el criterio ni de las dos películas nombradas ni de State legislature (2006), por poner otro ejemplo de película “política”, pareciéndose más al de Ex Libris, donde se entiende la institución no solo en lo atingente a su espacio sino a sus ramificaciones, a su acción. En ese sentido, la más evidente demostración del aprecio de Wiseman por la labor del demócrata Marty Walsh al frente de la alcaldía de Boston (la película se rueda durante otoño de 2018 e invierno de 2019 durante su segunda legislatura, coincidente por cierto con la primera de Donald Trump, fueracampo omnipresente durante todo el metraje), como ya lo había sido de la Biblioteca Pública de Nueva York, es que esta institución no está mostrada como una donde la gente acude (véase Welfare) sino una que acude a la gente. En su extenso metraje (con 4 horas 32, creo que es la segunda más larga de su filmografía, después de Near death), la película atiende a las diversas actividades realizadas en el interior del ayuntamiento de Boston, pero enseguida se hace evidente que la ambición es en este caso hacer una película sobre la ciudad, tomando las distintas labores, funciones y políticas del ayuntamiento como guía. 

Pero la singularidad de esta obra creo se sitúa más bien en el protagonismo de Walsh, mayor todavía que el de Deborah Meier en la extraordinaria High School II. Wiseman no deja de ser estratega en esto: Walsh es protagonista rotundo durante casi medio metraje, para desaparecer después y reaparecer en el último tercio. Cuando se encuentra presente, no por ello anula la atención a cada lugar y actividad (entre mis preferidas, la extensa secuencia de los veteranos de guerra, representaciones pictóricas de la historia de Boston incluidas), pero su protagonismo es evidente. Aunque un poco latero contando su vida a veces, el tipo habla muy bien y sus ideas son estupendas, pero es aquí donde encuentro alguno de mis otros problemas con Wiseman, la inevitable superficialidad que en ocasiones como esta pueden aquejar sus retratos. Pues al cabo, ¿qué nos permite saber City Hall de la política de Walsh, salvo lo que dice hacer? Quizás, esta película de principios (en cierto modo no deja de mostrar lo mínimo que un ayuntamiento debiera hacer en relación a sus ciudadanos) sea el mejor ejemplo de la política de mínimos del Partido Demócrata donde, por lo que se puede entender entre las líneas de algunas aisladas escenas, nada en los términos de la propiedad privada o protagonismo de las grandes empresas (las grandes constructoras por ejemplo) parece estar siendo cambiado. Puede que sea así o no; la película no permite decirlo y eso no constituye fracaso pues no lo intenta porque no es así como funciona Wiseman, y hay que aceptarlo pero no por ello deja de resultarme un problema en un caso como este, de tono claramente hagiográfico sin que en el fondo se hayan dado razones que no sean estrictamente superficiales e inconcluyentes. Al mismo tiempo, lo bueno es que Wiseman es ante todo un observador paciente, y que incluso en este caso muestra tantas cosas, con tanta atención y cuidado, con tanto gusto por el hablar de cada persona, tan poco interés por los planos cerrados (el 16:9 del digital casa a las mil maravillas con los modos de Wiseman y Davey, les permite tan bien el incluir más personas, más espacio en sus planos, parecer más neutros todavía), que aún en su película de discurso más definido, el gozo y curiosidad ante un mundo permanecen vivos escena a escena. Si los estupendos planos de las calles duraran un poco más, por mi parte no diría ni pío.


No hay comentarios: