Pride and prejudice (Joe Wright, 2005)
The bride (Maggie Gyllenhaal, 2026)
Veneno para las hadas (Carlos Enrique Taboada, 1986)
Essene (Frederick Wiseman, 1972)
Meat (Frederick Wiseman, 1976)
Fahrenheit 11/9 (Michael Moore, 2018)
1. Soy el tipo de persona que, por mucho que le disguste, siempre termina una película, pero confieso que últimamente vengo incumpliendo esta norma más de lo que me gustaría. Las razones son más personales que otra cosa (“no eres tú, soy yo”), pero ello no quita para que me parezca bastante justificado haberme quedado a la mitad de The bride y no haber podido pasar de la primera secuencia de Orgullo y prejuicio. Recientemente he leído por primera vez a Jane Austen, con el agrado que ya me suponía, pero también la sorpresa de descubrir no solo lo poco románticas que son estas novelas, sino lo difíciles de adaptar. ¿Cómo filmar novelas donde no existen ni el paisaje ni el espacio, pues signos todos ellos de relaciones sociales? Pienso en Ozu, Rohmer o incluso John Ford como cineastas cualificados para un reto así, explorar las emociones subyacentes a sociedades rígidamente organizadas, crear (y ahí Rohmer sería perfecto) narraciones finamente vinculadas a desarrollos intelectuales encarnados en seres inteligentes y sensibles. Francamente, nada más alejado de la joven que lee caminando y no usa el marcapáginas para marcar el cierre del libro, o el plano que recorre toda la casa en sintonía con el barullo de las chicas imbéciles con las que Austen se niega, precisamente, toda sintonía. Hasta ahí llegué.
El caso de The bride es distinto. Película diría que con no malos materiales, se ven desperdiciados por una cineasta que no está a la altura del nivel de delirio propuesto. The bride se niega a toda verosimilitud haciendo más que suyo el descoyuntado cuerpo y persona de una disparadísima, espectacular en el mejor sentido, Jessie Buckley. En ese cuerpo, en esa actriz, todo funciona, pero fuera de él me temo que Maggie Gyllenhaal carece de los recursos para solucionar los problemas en que se mete, y que diría ha resuelto al modo de filmar como sea y que el montador lo arregle como pueda. El método que en cierto modo encierra la actuación de Buckley está ausente en el de la construcción fílmica de la cineasta. Una pena. Pero conste en acta esta afirmación, que hago muy en serio: el maquillaje de the bride, toda ella, me parece el mejor maquillaje y caracterización que haya visto en mi vida. Logré aguantar media película por el goce inmenso de verlo, tan bien encarnado además, y sé que la terminaré por lo mismo. Algún día.
La que sí terminé fue Veneno para las hadas, simpática película que como Mr. Blandings builds his dream house, de la que hablé en el anterior informe, conocí por mis alumnos de taller de tesis, pero se trata de otra obra que se queda a medias, sobre todo por la falta de imaginación del director, y un guion que siento hubiera necesitado una mayor riqueza, aunque no me cabe duda que con alguien más inspirado a los mandos el que aquí tenemos hubiera podido alcanzar un alto nivel de sugestión. Tristemente, la saturación de grandes angulares o el buen criterio para elegir los rostros adultos no bastan.
2. Prosigo con mi ciclo Wiseman. Essene es buena muestra no solo de la estructura organizada en torno a un aspecto de la “institución” elegido como protagónico sino, sobre todo, la voluntad del cineasta de no escoger el obvio. En esta comunidad religiosa, lo primero domina sobre lo segundo: los problemas de convivencia, las necesidades y disensos, amistades y riñas, ocupan mucho más que las conversaciones sobre religión, que además suelen aparecer vinculadas al tema comunitario de nuevo, puesto que es la común entrega a Dios la que les vincula.
Essene es también una película particularmente hermética, en concordancia con su sujeto (si bien el contexto se cuela de modo ejemplar –y bien izquierdista– en los rezos de los monjes). No hay explicaciones sobre el tipo de comunidad en la que estamos, sus relaciones con la ciudad o pueblo donde sea que estén más allá de una salida a comprar un pelador de patatas (acaso la mejor escena de la película, y desde luego la más divertida), quedan sin explicaciones algunos peculiares planos exteriores como el hombre segando en bañador, y se trata de una obra con pocas escenas, casi todas muy extensas. E intensas. Obra menor, pero atractiva, que probablemente vuelva a revisar.
La elección del “protagonista” es clave en Meat, una de mis candidatas a mejor película de su director. La carne es protagonista solo como sujeto a seguir: de los bisontes pastando libres a la carne envasada saliendo en camiones (vehículo que puntúa toda la obra hasta el magnífico plano final, que preludia el aún superior de Sinai Field Mission) a su reparto. Pero, pese al título, el protagonismo reside en el trabajo o, mejor dicho, su organización. Wiseman no está ni ahí con la poesía de la muerte, de la carne, el despiece o lo que sea, y por supuesto de Baudelaire ni hablamos (la poesía no obstante llega sola, y a raudales; diría incluso que la música, y hasta la danza); lo que aquí importa es la organización racional de una industria dedicada a criar y matar animales para vender su carne. El minucioso seguimiento del proceso no tiene parangón en nada que haya visto antes, tal vez solo con algunas películas de Farocki, cineasta que más de una vez acude a la mente, en su producción más objetivista, viendo las películas de Wiseman. Los pasajes del procesamiento de los animales son un prodigio de descripción altamente didáctica (contra lo que es habitual en su cine) de un trabajo en cadena, donde la cámara tiene la capacidad de mostrar lo que pasa con la carne de las vacas así como las de los hombres, ambos unidos en esa optimización de posiciones, acciones, movimientos que los emparejan a esas máquinas, rieles, ganchos, plataformas y cadenas de “desmontaje” que reglan el ritmo de producción. No por otra razón Wiseman presenta esas ínfimas “escapadas” de segundos apenas en la que un trabajador lee fugazmente un periódico antes de retomar los cuchillos y otro lanza miradas al partido de fútbol de un televisor próximo entre víscera y víscera. Y no por otra sobre todo coloca al final una negociación sindical donde se pelea la exigencia de la empresa de duplicar las labores de un trabajador, modo de reducir la gran cantidad de trabajadores que hemos observado, con la inevitable reducción de ganancias que eso supone (tema tratado con anterioridad) y la necesidad consecuente de reducir plantilla y acelerar los tiempos. Si alguien quiere entender qué es el capitalismo, el fordismo, el porqué de las máquinas, las bases del desarrollo industrial de las últimas décadas, y cómo es que los empresarios no crean trabajo sino, precisamente, lo eliminan, bástele ver Meat. Pero, le interese o no esto, estamos ante un documental mayor, una gran obra maestra.
3. A Wiseman no le gustaba el cine de Michael Moore. Recuerdo, in ille tempore, escuchar a José Luis Guerín criticándolo. Y muchos otros. A Thom Andersen le gusta, dice que el cineasta es mucho mejor que el personaje, declarando injusta su confusión. No estoy muy de acuerdo con ninguno, aunque creo que Andersen tiene razón a veces (en Bowling for Columbine hay momentos en que Moore-persona queda mal, pero Moore-cineasta bien). Moore hace documentales expositivos y activistas tratando de explicar situaciones y plantear posibles soluciones, todo ello con cierto gracejo amable: equivalentes audiovisuales del artículo de divulgación en medios escritos independientes. No tengo problema con Michael Moore, entre otras cosas porque no tengo ningún problema con este formato, y porque en ocasiones concuerdo con lo que dice.
Fahrenheit 11/9 nos recuerda que Moore fue uno de los primeros que, desde la izquierda, avisó que Trump iba a ganar, y uno de los primeros momentos cómicos de la película es aquel en que se descubre citado por ello nada menos que en la Fox. Dedicada no tanto a Donald Trump como a explicar las causas que le permitieron ser presidente, la película es un recorrido impecable sobre la razón última de este triunfo: la sistemática traición del Partido Demócrata a su pueblo, que le ha dejado definitivamente indefenso ante las élites. En este ámbito, Moore logra uno de los mejores “análisis de caso” de su carrera con, una vez más, su ciudad natal, Flint, que comienza como muestra de las estrategias más corruptas y destructivas de la derecha y termina como sangrante ejemplo del colaboracionismo del Partido Demócrata, o como podríamos decir en este caso, “la traición de Obama”, con quien el realizador es inclemente. Resulta en este sentido esclarecedor, si pensamos en el título del filme, que el engaño electoral de Fahrenheit 9/11 era el de Bush mientras que, en Fahrenheit 11/9, es el de las élites del PD que convirtieron a Hillary Clinton en candidata presidencial cuando el ganador rotundo de las primarias había sido Bernie Sanders. Por ello, aunque Moore no incida demasiado en ello, se hace evidente el placer de ver a Trump saltarse todas las reglas de las grandes figuras y los grandes medios que hasta el momento habían sido agentes y encubridores de todas las infamias. Y en consecuencia, allá donde el Moore de Capitalismo: una historia de amor (2009) colocaba a Obama como solución, este atiende al ciclo de movilizaciones que ocupó los primeros años de la presidencia de Trump, insistiendo en la necesidad de acción popular y rebeldía contra los aparatos oficiales (los sindicatos y el Partido Demócrata) con el objeto de obligarles a que cumplan sus funciones.
Fahrenheit 9/11 estaba dirigida a evitar la reelección de Bush, mientras Fahrenheit 11/9 tiene en mente las elecciones del midterm de 2018. Pensando en las esperanzas que todos ponen en las midterms de este año, y todo lo sucedido desde los históricos resultados de aquellas, diría que Fahrenheit 11/9 es más pertinente quizá ahora que entonces.


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