jueves, 25 de marzo de 2010

Rubén dice:


¡Ved!:

Objetivo 40º (Javier Aguirre)
Uts cero (J. Aguirre)
Teniente corrupto (Werner Herzog)
Grizzly man (W. Herzog)
José Luis (Paulino Viota)
LOS (James Benning)
China 9, Liberty 37 (Monte Hellman)
Romamor (Joseph Morder)
The IT crowd (Graham Linehan)
Contactos (P. Viota)
Window water baby moving (Stan Brakhage)
Los caníbales (Manoel de Oliveira)
The act of seeing with one´s own eyes (S. Brakhage)
The Office (Ricky Gervais, Stephen Merchant)
Videogramas de una revolución (Harun Farocki, Andrei Ujica)

¡Leed!:

Jonas Mekas- Ningún lugar adonde ir (Caja Negra)

¡Escuchad!:

Siouxsie and the Banshees- Peepshow
Them Crooked Vultures
Stuart A. Staples- Leaving songs
Stuart A. Staples- Lucky Dog Recordings 03-04

lunes, 4 de enero de 2010

Apuntes con motivo de un ciclo de Jonas Mekas


(a finales de mayo del año pasado tuvo lugar en La Casa Encendida, en Madrid, un pequeño ciclo dedicado a Jonas Mekas. Comencé un pequeño texto sobre una escena de Lost, lost, lost, pero se me fue complicando y resultó lo que aquí sigue: varias notas tomadas en los meses posteriores al ciclo, en el poco tiempo de que he podido disponer, y con largas interrupciones en la escritura, por no hablar de las inacabables correcciones. Harto ya, las publico en este blog, a pesar de la certeza de que puede decirse mucho más y mucho mejor, y de que quedan algunas notas sin desarrollar, que van derechas a la papelera. Quede como constancia de mis pensamientos en torno a Mekas en este preciso momento, que es en definitiva el objetivo primero de este blog de ambición vitalicia. El 11 de enero debo dar una conferencia sobre él, y será ahí donde trataré de organizar y completar los diversos pensamientos en busca de un discurso más unificado y completo, con la intención de tal vez escribir un artículo de forma convencional al respecto, que pueda ser publicado en algún sitio distinto a este que nadie conoce)

(las notas 4, 5 y 7 presentan parciales reescrituras del texto sobre Mekas publicado hace unos años en este mismo blog)


1. Lost, lost, lost

Jonas Mekas, Ken y Barbara Jacobs y otras personas cuyos nombres no recuerdo, se dirigen a un festival o convención que ostenta el nombre de Flaherty, con las películas Flaming creatures y Blonde cobra. Por alguna razón que Mekas no cuenta, no son admitidos y tienen que dormir a la intemperie.

Amanece en medio de un hermoso campo neblinoso filmado en blanco y negro. Una casa amplia de persianas y ventanas cerradas y, al pie, una furgoneta, en cuya parte trasera se encuentra Mekas tapado con una manta. Los documentalistas y cineastas, nos cuenta, dormían, mientras afuera ellos se despertaban en la mañana fría y contemplaban los árboles, la hierba y las flores, la niebla. “Monjes de la orden del cine”, dice: ataviado con una túnica, extrae de ella su cámara, manejándola como si de un artilugio religioso se tratase, ejecutando una burlona coreografía filmando las flores del prado. Los documentalistas y cineastas se encuentran en el interior de la casa, durmiendo tras sus persianas cerradas, mientras Mekas y sus amigos celebran la mañana que se habrían perdido de ser admitidos por aquellos. Juegan (el fingido despertar de Mekas que repite varias veces con ademanes de buen histrión levantándose con las manos alzadas saludando al mundo que amanece, la imitación sacerdotal, la “danza del cameraman”, como la llamaría yo…), filman, observan el hermoso paisaje que los rodea, los árboles medio hundidos en la niebla, las variadas gradaciones de gris, las flores como puntuales destellos negros entre las hierbas. Los documentalistas y cineastas se pierden todo eso mientras duermen, Mekas no: he ahí la esencia del cine-diario, de este al menos. Mekas no se lo pierde porque no deja de rodar un solo segundo. Los documentalistas filman ocasionalmente, en función de algún proyecto, idea, intención. Ídem respecto a los cineastas, entre los que aquellos se cuentan, por supuesto. Duermen, y solo ocasionalmente se despiertan para filmar. Mekas en cambio lleva su cámara a todas partes, vive con el cine si bien no a través de él (su interés frente a los mitólogos, que colonizan la vida no digo ya por el cine, sino por determinadas mitologías que con éste o a su través se han establecido), filma de todo en todas partes, nunca descansa porque nunca deja de vivir (la ventaja del cine diario frente al diario escrito es que no hace falta pararse para contar lo que le ha sucedido a uno, sino que en el mismo movimiento de la vida ésta puede contarse, puede filmarse algo mientras está sucediendo, y no hace falta esperar a que pase, a que acabe, para reconstruirlo en unas palabras).

Si un impulso melancólico o nostálgico dirige esta acción, no es importante (no es justo reducir un movimiento a aquello que lo pone en marcha): lo ejemplifica el desarrollo de Lost, lost, lost, su avance desde el registro de ambición memorística por parte de un exiliado que no quiere perder su vida del modo como siente haber perdido su niñez, al cineasta que no quiere perder detalle de una vida que percibe al modo de una intensidad inextinguible, no menos bella en sus ocasos que en sus esplendores. Mekas inicia esta película filmando el presente de personas que viven aún en su pasado: la comunidad de exiliados lituanos en Nueva York. Esta presencia del exilio es constante en la película en tanto no es nunca negada, pero el desarrollo lleva al descubrimiento de una patria nueva, el cine, como si el exiliado asumiese una condición que le es bien propia, el movimiento, y cayese en la cuenta de que el cine le permitirá habitarlo (de manera que en Birth of a nation podemos pasar, en cuestión de fotogramas, de unos continentes, tiempos o ciudades a otros; la nación, dice Mekas, es la del cine independiente, con sus Jacobs, Smith, Brakhage, Kubelka…). Así como suele decirse que la patria de un escritor es su lengua, la del cineasta es el movimiento. Cine y vida son en al menos un sentido lo mismo, movimiento incesante, y Mekas, habitante de ambas tierras, su vida y el cine, una vez las dos están hechas de la misma materia, no puede cesar de hacer cine al contrario que esos otros cineastas y documentalistas que duermen, lejos del aire frío de la mañana, de su niebla y de sus árboles, de la simple presencia de una vida que excede ideas o narraciones, acaso incluso significados. Por ello, digo, esa evolución, del registro memorístico de las primeras bobinas a esa presencia del cine casi como celebración del presente (“I´m only celebrating what I see”, dice en Walden) que se da en las siguientes, con las filmaciones de poetas beat, de manifestaciones callejeras, de la Cooperativa de Cineastas.

El salto, eso sí, se da en el momento en que Mekas decide abandonar a sus compatriotas y mudarse a Manhattan. Es entonces que inicia- o culmina, no lo sé- el proceso de dejar de vivir en un país abandonado y lejano y afianzarse en una nueva tierra, esa que sentirá tan cercana a través de autores como Thoreau, Ginsberg o Brakhage, y a cuyo arte alaba como nadie en sus Diarios de cine. El nuevo arte americano. La herencia está ahí, y Mekas es un exiliado, pero en determinado momento se arranca de ello. Una cosa es tener una herencia, y otra muy distinta vivir solo en ella, ser solo ella. Hay que arrancarse al pasado.

¿En qué tiempo entramos, entonces, al liberarnos de la esclavitud a los orígenes? Hablaba antes de celebración del presente, pero decía Deleuze que el cine no está en presente, y acaso los últimos rollos de esta película le den la razón: en esa celebración, las imágenes tienen la presencia bastante constante- más desde luego que en la muy desnuda Walden- de la voz de Mekas, un Mekas que recuerda, que reflexiona, que poetiza, un Mekas que ve la filmación de un presente que tuvo lugar en un pasado, mientras prepara una obra para el futuro. Así es el cine y así es la vida: algo más que presente: movimiento.

2. Arrebato: la cinefilia

Vuelvo a Arrebato: qué quiere eliminar Pedro de su cine sino la vida, su propia vida, para que no quede otra más que la del cine. Hace unos meses leí a Jean Renoir decir: “las jóvenes actrices de cine rubias y perfumadas tienen muy poco que ver con las chicas de la calle. Para obedecer al cliché les colocan pelucas rubias y ensortijadas. Me gustaría creer que esta utilización del cliché no engaña a nadie. Pero no, alimentado de mentiras, el público tiene interés por sus hábitos y se complace en la falsedad de un mundo que le han fabricado”. El cine ha comportado en gran medida un movimiento de negación hacia la vida ordinaria, con la forma del colonialismo más furibundo- y esto va más lejos que señalar el papel colonizador del cine norteamericano, porque abarca a todas las cinematografías-, donde la vida es movida hacia su semejanza con el cine, merced a las nuevas mitologías (decía Raúl Ruiz: tras Marlon Brando, ¿quién imita a quién, Brando al americano medio o el americano medio a Brando?). La vieja cinefilia no canta sino eso: la superioridad del cine sobre la vida. Fuera llueve y hace frío, dentro hace sol, y si es de noche al menos la oscuridad está poblada de mujeres hermosas y hombres apuestos, no menos interesantes por más mortíferos. La del cine sería una suerte de mirada superior y displicente sobre el mundo, que no se enfanga en él más que imitando su forma, algo necesario para el movimiento de atracción (como bien saben los vampiros, que necesitan ser carne en cierta medida para poder tomar la sangre de la de los humanos), así la cámara de Pedro termina filmando por decisión propia y arrebatando la vida de este, hasta hacer que transcurra en un fotograma. Pero, claro está, solo uno. Ese tipo de triunfo del cine solo puede comportar la negación del movimiento, su congelación, su detención, como la idolatría por John Wayne o Marilyn Monroe suele serlo por cierta imagen de ellos, por una fotografía más que por otra cosa, tal y como supo ver Warhol, que no por ello dejó de ponerlo tal vez peor.

3. Walden (1)

Walden (Diaries, notes and sketches) es una experiencia límite, tal vez la película de entre las que yo conozco que más furibundamente se han lanzado al intento de hacer cine sin noción alguna de distancia. La distancia que se supone posibilita toda reflexión y toda mirada es negada por Mekas merced a su movimiento incesante y casi siempre violento, como si su cámara fuese zarandeada por el viento de los tiempos y materias varias que recorre. Las imágenes de Walden no reflexionan nunca sobre lo que ocurre, no reconstruyen nada de lo que filman para que nos hagamos una composición de lugar. Mekas monta directamente en cámara, tal y como le viene en el momento. Evidentemente, podemos decir que siempre hay distancia, aunque sea la de la cámara misma a lo filmado, pero pocas veces alguien la ha negado o hecho como que no existe o no importa con la pasión de Mekas en este film. La imagen llega al extremo de ser indescifrable en muchos momentos, debido a los zarandeos, los saltos de tiempo, los repetidos cortes… Walden es por ello una película con muy pocas ideas, pero con mucha experiencia. Las ideas de Mekas llevan a una película así, frenética, vital y confusa, donde solo la voz del propio autor aporta algo de pensamiento y, podríamos decir, de distancia. Podríamos decir “distancia” porque lo que afirma Mekas es la distancia no de la cámara o de la creación, sino la del espectador frente a la película, que recoge acontecimientos de los que nada sabe, nada se le dice. Walden ofrece una experiencia pura, por así decirlo, pura porque aquello de lo que es experiencia nosotros no lo experimentamos: no lo ubicamos, no lo reconstruimos, no lo conocemos, no sabemos nada de nada, solo tenemos el modo en que Mekas nos lo da, que es el modo en que lo experimentó con su cámara. Solo tenemos la experiencia del movimiento de su vida que nos da las imágenes y los sonidos que recoge para nosotros. Y esa experiencia es como estar envuelto con las cosas, estar rodando por una pendiente envuelto en las personas, las flores, los árboles, las bodas, los gatos, las músicas, etc., que Mekas recoge. Lo que uno diga sobre Walden será menos reconstruir lo que esta película piensa que intentar descubrir el pensamiento que motiva o implica su forma y la experiencia que ofrece. Dije más abajo, sobre Empire, la película de Warhol, que no es una reflexión sobre la alteración cinematográfica del tiempo, sino una experiencia de esta alteración. Algo parecido cabe decir de Walden.

4. Walden (2)

Walden incluye entre su metraje algunos cortometrajes ya exhibidos previamente, entre ellos uno llamado Cassis. En él, un día transcurre en unos pocos minutos de forma atropellada, mediante una filmación fotograma a fotograma muy distinta a las clásicas tomas de flores que crecen o nubes que pasan: frente a ese tipo de filmaciones, que suelen producir, como en Arrebato, una imagen inhumana, lejana al modo de visión humano, debido a la inmovilidad acompañada de un registro de intervalos constantes, aquí esa uniformidad rítmica no existe, al ser los intervalos entre fotograma y fotograma perceptiblemente desiguales, y al desplazarse la cámara de un lado a otro, haciéndose la mano presente en esos movimientos y temblores varios de la imagen.

Mekas funciona por cortes, parpadeos. Hay tiempo, pero está hecho de momentos. Hay un rollo de película, un continuo, pero está hecho de fotogramas. Mekas se queda con el todo, pero sus partes son reconocidas- es decir, mostradas- como tales. En el cine es posible mostrar la parte, si se hace sensible la separación entre fotograma y fotograma. Dice Mekas: “el cine es fotogramas”. Pero seguidamente a esto, y siempre en Walden, afirma que el cine está “entre los fotogramas”. Ello se debe a la cercanía cine-vida a que antes aludía. Entre los fotogramas hay alguien, el hombre o mujer que rueda, filma, produce el paso de un instante, de un fotograma, a otro. El cine es fotogramas, un contenido, algo que se retrata, o mejor dicho, algo que se muestra, que se hace visible, pero es también lo que lleva a esa visibilidad, el movimiento de su producción, el individuo o individuos que filman, montan, producen. En el cine-diario, esto alcanza una presencia fundamental. Están las imágenes que produce un hombre con su cámara, pero también el movimiento de ese registro, del montaje, de la reflexión posterior, las palabras de ese Mekas que vuelve a ver esas imágenes de su pasado.

Pero entre los fotogramas siempre hay algo más que un hombre. Hay un hombre... y una máquina. Dos cuerpos colaboran en la producción de un film (a la gestión de esa colaboración la llamamos “técnica”). Esos cuerpos son el de la persona que filma y el de su cámara. Los dos cuerpos que el cine necesita mínimamente para tener lugar (se entiende, así, la radicalidad de lo que sucede en Arrebato: que el cine llegue a no necesitar el cuerpo humano para ponerse en marcha, que la culminación del trabajo del cineasta, del “hombre de cine”, no sea dominar la técnica cinematográfica para hacer grandes obras artísticas, sino ser absorbido materialmente por el cine, ser, él mismo, criatura cinematográfica y ya nunca más humana). Es desde aquí que debe pensarse el papel de la cámara en mano en los diarios filmados de Mekas. Si filmo con la cámara en mi mano mientras camino, el resultado no se parece en absoluto al modo en que ven mis ojos. Mi mirada carece de los saltos y brusquedades de la imagen de la cámara: en ella no se traslucen los pasos, la respiración; en la de la cámara, sí. La cámara ve con una mirada distinta a la de los ojos, no reproduce la mirada del que filma. Consiste, antes bien, en una suma: la de la mirada de la cámara y la mirada del cuerpo: el pulso. La mirada del hombre-Mekas está presente en su montaje, sus comentarios (hablados, sonoros, musicales...), pero la imagen de cada fotograma tiene como constitutiva esa mirada extraña hasta para el propio individuo que la produce (siempre en parte, claro está: Mekas sabe dónde apunta y además conoce bien su herramienta de trabajo).

Este profundo anclaje en la materialidad de los cuerpos, por la cual un diario filmado es sobre todo el diario de un cuerpo, conlleva un alto grado de opacidad comunicativa. La comunicación es siempre un proceso entre conciencias y miradas. Recordemos que en Eisenstein, por ejemplo, por el montaje “el espectador ve no sólo los elementos representativos de la obra ya terminada, sino que vive también el proceso dinámico de la aparición y composición de la imagen justamente como fue vivido por el autor” (El sentido del cine, pag. 32). El montaje de Mekas no está, claramente, orientado en ese sentido, y tampoco su filmación (de hecho, ambos actos coinciden, se hacen a la vez). Pero incluso en el plano de lo filmado, de lo que ocurre, de lo que vemos, se ejerce esta apuesta por lo incomunicable: en cierto momento Mekas dice algo así como que la película que vemos es para él mismo y unos pocos más (los que podrán poner lo que falta en esas imágenes, supongo, es decir, los que las vivieron), que nosotros solo podemos mirar (“Just watch this images”). Aisladas las imágenes de la vivencia, separadas del lugar y tiempo donde acontecieron, poco se puede decir sobre ellas, y aquella se torna imposible para la interpretación. Es como si Walden fuese un vaciado, donde de la vida solo se ha dejado las imágenes. Lost, lost, lost es otra cosa, pero aquí Mekas no cuenta nada sobre nada. Solo unas pocas reflexiones generales al final. Pero nada sobre la interioridad del que cuenta. Walden es película entregada a lo exterior.

5. Walden (3)

Mekas parece decir: me ves, pero no me vives, ves la vida del cine. “Diarios, notas y esbozos”: se sigue la vida diaria, pero no se la muestra entera. Se toman notas, es decir, partes, y con el montaje se crean los esbozos de una vida. “Sketches” vale tanto por “fragmentos”como por “esbozos”: las notas son comentarios, observaciones, intuiciones; el término “sketch” delata que todo es fragmento de algo. El resultado sí es una vida: Walden, momentos que duran más que otros, figuras, colores y formas que quedan en la retina más que otras y, hacia la última mitad, una creciente auto-conciencia: Mekas habla más, cuenta alguna historia, teoriza, da algunas claves (las que yo sigo aquí, por ejemplo). La vida también es eso, pensamiento. Pero es también que la vida transcurre en plano secuencia, y no así el cine: algo efectúa ese paso: pensar el cine, pensar la vida. Pensar las herramientas que se usa: 16mm, rollos (continuos) divididos en fotogramas, imágenes singulares que se suceden a una enorme velocidad. Mekas respeta esta profunda diferencia que se abre entre cine y vida. Más tarde, cuando use vídeo, medio consistente en una cinta continua sin división alguna, tomará planos de larga duración, y al tener las cámaras micrófono incorporado, usará sonido directo. Lo filmado cobrará un peso y una fluidez más parecida a la que experimentamos en nuestra vida cotidiana (por lo menos, a la que yo experimento).

Mekas está muy pegado a lo que el cine es, o mejor dicho, al modo en que funcionan las herramientas que utiliza. Esto le aleja de la dramaturgia. Los que dicen “esto no es cine”, lo que buscan en realidad es el drama; el cine, propiamente dicho, es otra cosa.

Suspense, drama, etc., suponen que se puede conocer la experiencia del otro. Pero en cine, para ello, hay un recorte- cuyas reglas en parte las da la dramaturgia- que tiene necesariamente que cercenar esa experiencia y dirigirla hacia determinados puntos por unos determinados caminos (lo que quiere decir que esa experiencia no se puede conocer sino de forma incompleta, imperfecta). Mekas, al montar, corta de un modo que solo atiende al momento- a su momento- y fiel siempre a la naturaleza de los dispositivos que maneja: el cine, 24 fotogramas por segundo, dicta velocidad, discontinuidad; el vídeo, cinta sin divisiones, continuidad y lentitud, calma. En el caso de Walden o Birth of a nation, por poner dos ejemplos, está siempre atento a la división en fotogramas en vez de al corte dramatúrgicamente necesario. Lo digo de otro modo: la fundamentación del corte no es de orden dramatúrgico. Mekas se constituye en crítico de la dramaturgia tal como se presenta en el montaje, de la exposición “ordenada” de una vida, de una experiencia, es decir ordenada en atención a hacer comunicable al espectador la experiencia del autor, tal como expresaba Eisenstein. Se percibe esto perfectamente en Lost, lost, lost, donde todo el inicio constituye este tipo de exposición, para dejar progresivamente paso a la otra. El inicio constituye un extraordinario documental sobre la vida de los exiliados lituanos en EE.UU., contada y filmada por uno de ellos, para pasar después a la liberación de aquello (tal como he explicado más arriba). La liberación del pasado lo será también de esa exposición ordenada propia del documental organizado mediante reglas dramatúrgicas, y dará comienzo entonces a una forma más cercana a la presente en Walden.

6. Narración

Tal vez el retorno al hogar natal y la consiguiente realización de Reminiscences of a journey to Lithuania trae al cine de Mekas la narración. Narración de la propia vida, pero narración al fin y al cabo. En Walden hay bosques, flores, árboles; frente a esas formas sin historia, aquí Mekas nos muestra unos árboles mientras nos cuenta que él y su hermano los plantaron poco antes de tener que huir. Las formas tienen un pasado. Lost, lost, lost ya será por tanto una película con argumento, uno muy escueto, pero entendido al modo clásico, paso de una posición A a una B, ya descritos en mi nota 1: del documentalista exiliado absorbido por su pasado al cineasta que adopta una nueva patria, a la vez esos EE.UU. tan efervescentes y el cine como tierra del movimiento perpetuo y celebración de las formas vivas y móviles del mundo. El tipo de cambio mínimo exigido por la dramaturgia clásica. Sin embargo, no puede decirse, matizando lo dicho más arriba, que el montaje tenga aquí un fundamento dramatúrgico, pues éste es siempre realizado en el propio momento de la filmación, salvo eliminaciones posteriores. Mekas llega a la narración sin querer, gracias a la puesta en relación de dos tiempos, donde su voz une las imágenes dándolas un sentido como referencia a la experiencia de su vida. Diferencial entre dos tiempos en el marco de un espacio: una vida, una película; he ahí el comienzo de una narración. Lost, lost, lost presenta dos tiempos distintos de la vida del cineasta, desde otro posterior a ellos. La narración se hace evidente por no otra herramienta que la voz, que cuenta la historia y muestra ese interior que en Walden quedaba siempre más allá de las imágenes. La vida muestra aquí otra de sus dimensiones: el desarrollo.

7. Mientras

En As I was moving ahead I ocasionally saw brief glimpses of beauty, sin ser Walden, la narración desaparece de nuevo, aunque hay “truco”. Dividida en seis partes, Mekas habla como mínimo al comienzo de cada una. Entre lo primero que dice: asumiendo que hay imágenes que no sabe a qué tiempo pertenecen, ha preferido ir montándolas tal como las encuentra, saltando de unas épocas a otras sin ton ni son, y a veces hasta sin saberlo. Ahora, meses después, tengo dudas de esto: hace poco, durante la estancia de Mekas en Madrid, éste afirmó que sabía identificar perfectamente los momentos y circunstancias de cada una de sus imágenes; sea como sea, esto convertiría lo dicho en esta película en una impostura, casi una excusa argumental para lo que luego sucede, esto es, la coexistencia a-cronológica de tiempos diversos en la película, sin que estén ya sujetos a un desarrollo narrativo y unívoco, la mezcla de muchos tiempos en una suerte de película-espacio.

Mekas ve estas imágenes a la vez que nosotros y nos habla, reflexiona sobre lo que ve, recuerda escenas, rememora, y hasta nos da consejos para enfrentarnos a lo que vemos, que como reconoce en nada nos atañe. Pocas veces, por no decir ninguna, se podrá tener hasta tal punto la sensación de que la película se está haciendo delante nuestro, en directo, y que el director la ve con nosotros, descubriéndola al mismo tiempo si bien con más datos para reaccionar ante los distintos acontecimientos retratados.

Al igual que Mekas dice no ser un filmmaker, sino un filmer – no un cineasta, “hacedor de films”, sino un “filmador”- habría que decir que tampoco es un narrador o un documentalista, sino un “vividor”, si se me acepta este uso no muy julioiglesiano de la palabra. En esta obra, la película casi se diría equivale al espacio que ocupa una vida, si esta ocupase alguno. Y en este espacio, esta vida, se dan pensamiento, narración, divagación, canciones, poemas, movimientos y detenciones, calmas y frenesís, un sinfín de cosas. Mekas nos muestra sus imágenes como si él las viese con nosotros, para hacer más presente que nunca esa dimensión libre y divagatoria que para él tiene la vida- y, con ella, el cine.

Por lo demás, no debe minimizarse que pocos cineastas como este han hablado tanto en 2ª persona. Mekas habla muy frecuentemente al público, sabiendo de su presencia frente a la pantalla, reconociendo su posición en la obra, casi solidarizándose con ella y su dificultad. En el espacio entre los fotogramas está la cámara, está el que filma, y también está el público. Si éste no sabe lo que hay entre los fotogramas de Walden, pondrá algo de su parte, como lo que pongo yo, por ejemplo, y que vosotros ya habréis leído. Se trata de esto y no de ser misterioso, y creo que por esto Mekas no acostumbra a ser mudo en sus películas, que en conjunto presentan una cierta pedagogía de su propia visión (nuclearmente recogida en el último rollo de Walden, pero muy presente también en esta otra obra). El pensamiento de Mekas es aquí uno que nos habla, dirigiéndose a nosotros directamente, de su vida, del cine, de la propia película que vemos, mientras esta pasa. Pensamiento posterior a la filmación, que sin embargo se presenta como un pensamiento-mientras.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Rubén dice:
¡Escuchad!:

Henry Cow- Unrest
Henry Cow- In praise of learning
Iron Maiden- Brave new world
La Humera- Raï
W.A.S.P.- The crimson idol
Kyuss- Welcome to Sky Valley
Zu + Eugene Chadbourne- Motherhellington
Black Engine- Ku Klux Klowns
Buena Vista Social Club
Jello Biafra and The Melvins- Never breathe what you can´t see

¡Ved!:

Où gît votre sourire enfoui? (Pedro Costa)
El río (Jean Renoir)
Todos a casa (Luigi Comencini)
Alien: Invasión (Albert Pyun)
Le caporal epinglé (J. Renoir)
A nuestros amores (Maurice Pialat)
Cuatro noches de un soñador (Robert Bresson)
Todo va bien (Jean-Luc Godard, Jean Pierre Gorin)
La muñeca (Ernst Lubitsch)
Walden (Diaries, notes & sketches) (Jonas Mekas)
Singularidades de una chica rubia (Manoel de Oliveira)
El circo (Charles Chaplin)

¡Leed!:

Carmen Martín Gaite- Entre visillos (Destino)
Chester Brown- Nunca me has gustado (Astiberri)
Roland Barthes- La cámara lúcida (Paidós)

lunes, 23 de noviembre de 2009

Acerca de OBJETIVO 40º, de Javier Aguirre (fondo y figura, 1)

“Demostrar que el cine objetivo no existe es una de las cosas que nos hemos propuesto aquí. Por mucho que limitemos hasta el extremo nuestra función de autor, siempre existirá una participación, por mínima que sea, subjetivadora y condicionante. Nos hemos propuesto la no-intervención, o la intervención reducida al mínimo. Hemos colocado la cámara en la calle y hemos apretado el botón hasta que el celuloide se termine. Ningún movimiento, ningún cambio de plano, ninguna rectificación, ninguna manipulación en el montaje. Y la elección de una óptica- el objetivo 40º- que es la que más se acerca al ojo humano. El sonido directo y sincrónico colocando el micrófono debajo del trípode, casi a la altura del objetivo. La tan cacareada realidad se nos muestra aquí en sí misma, sola, desnuda, sin manipulaciones. ¿Cabe mayor objetividad? Sin embargo, nosotros sabemos que no somos objetivos y que, además, no podemos serlo.” (los subrayados son del autor).

Así se explicaba Javier Aguirre sobre su cortometraje Objetivo 40º, allá por 1972, en su librito Anti-cine. Con su descripción, puede imaginarse el resultado: un plano fijo, en Madrid, en la plaza del Sol, y la gente que pasa, unos más rápidos, otros más lentos, y algunos que no, que se lo piensan, se quedan quietos...

Para empezar, el experimento no es completo: no cumple con todas las condiciones que serían necesarias para demostrar su tesis (que, por lo demás, es demostrable sin necesidad de experimento alguno; de hecho, es lo que hace Aguirre en su libro). La intervención, por utilizar el término del propio Aguirre, ha sido reducida al mínimo, lo cual se supondría condición de objetividad, pero intervención sigue habiendo, por muy mínima que sea, luego la no objetividad queda probada. Basta poco, por tanto, pero la intervención podría haber sido más mínima aún: estando la cámara oculta, porque su presencia es evidente en los rostros de todos los transeúntes.

Aguirre ha procurado también que toda la puesta en escena reproduzca lo más cercanamente posible unas condiciones perceptivas más o menos humanas, es decir, que el aparato técnico interfiera lo menos posible en la percepción. Pero olvida camuflar la cámara, esto es, hacer que pase desapercibida, tal como yo o cualquiera que no sea Jesse Jane pasaría al quedarse parado mirando a la gente. La imagen resultante no es parecida en absoluto a lo que yo recogería con mis ojos de pararme en el mismo sitio en aquel mismo momento, y esto porque, a mí, apenas nadie me miraría (ahora: acaso Jesse Jane sí vea el mundo así).

Pero, precisamente, lo más fascinante de la película reside en la absoluta conciencia que hay en ella de la existencia de una cámara, y la depuración con que se ofrece el resultado de esta experiencia. Aguirre no comenta nada al respecto en su texto, por lo demás muy interesante, pero creo que es en ello que radica su interés y su genialidad como película, así como sus intuiciones más importantes. Más claro: lo interesante de Objetivo 40º no es cómo demuestra que la objetividad en cine es imposible, sino cómo muestra un caso particular de intervención cinematográfica en el mundo, cómo produce una cierta quiebra visible entre la gente, y ello con unos elementos reducidísimos, realmente, esto sí, mínimos.

Tenemos un mundo: la plaza del Sol. En él, escogemos un lugar y, con las especificaciones descritas por Aguirre, colocamos la cámara. Por lo visto, además, Aguirre y sus colaboradores se echaron a un aparte y la dejaron sola. La gente que pasa por allí, entonces, se encuentra con esa cámara solitaria en medio de la calle. ¿Y nosotros que vemos? El experimento que en realidad ha llevado a cabo Aguirre: la transformación que en primer grado puede realizar el cine sobre la realidad. En primer grado, esto es: con su sola presencia, sin movimiento, “sin manos”, sin nada más que su posicionamiento físico en un punto cualquiera del mundo.

El cine, como todo arte, como toda acción humana, consiste en una articulación, una alteración o transformación de un elemento en otro mediante una acción. Objetivo 40º es un ejercicio de articulación mínima: trata de realizar la mínima intervención en la realidad que filma. Hagamos un ejercicio: en cualquier lugar, tomemos un fragmento de espacio, encuadrado por una cámara. Un bosque, por ejemplo. Tenemos una especie de magma, lleno de formas, que en cierto modo es un espacio de libertad, puede ser cualquier cosa, dependiendo de la luz, el viento, el sonido, en suma, de una cierta cantidad de variables. Lo que es casi seguro es que esa imagen, por sí sola, solo resultará enigmática en la medida en que nos preguntemos por ella, por su intención, las razones de su producción, o su posible ubicación dentro de una construcción fílmica más amplia (o en el contexto de nuestra propia vida; realmente, no de otro sitio parte Barthes en La cámara lúcida). Por sí misma, fuera de películas, sin más imágenes alrededor, sin ningún elemento, además, que introduzca alguna extrañeza en ella, la imagen resultará, por así decirlo, a-significante: no querrá decir nada, más allá de la sola afirmación de su presencia y de aquello que ella muestra. Será una imagen de un fragmento de un bosque, y punto. Todo intento de hacerla significar comportará tener que salir en cierta medida de ella (y ojito con las susceptibilidades: a mi juicio, no solo no hay nada de malo en salir, sino que no hay análisis completo sin esa salida).

Ahora, introduzcamos en esta imagen algo más: un hombre, por ejemplo, o una mujer. Introducimos con ello algo diferente. La intervención (el encuadre) ha supuesto bien poco, pero esto ya introduce algo más potente: una diferencia en la imagen, un movimiento diferencial, una pregunta, un enigma, el comienzo de algo (que no tiene por qué ser continuado, claro está). Pero el bosque ya es el lugar donde algo sucede: un elemento se ha destacado. Las ramas y hojas se moverán alrededor, pero será inevitable seguir la figura extraña que recorre el encuadre (imaginen, encima, si la figura, en vez de continuar su camino y salir del plano, se quedara quieta en medio de él, sin dar mayor explicación). Hemos encuadrado un fragmento del bosque, y después le hemos introducido un elemento ajeno. Tenemos con ello dos movimientos mínimos: encuadrar un espacio y filmarlo durante un tiempo determinado (a esto lo llamaré “intervención mínima”: supone la forma mínima en que el cine puede intervenir sobre la realidad, o sobre el mundo, o sobre los objetos, o como prefieran ustedes decir, lo externo a sí, etc.: una modificación, pero una que solo altera la imagen de lo filmado), y el de una narración, consistente en iniciar un movimiento, un enigma, una diferencia: un fondo, una figura (a esto lo llamaré “articulación narrativa mínima”, pues todo es articulación, desde el poner la cámara a decidir el encuadre, la luz o la duración, de suerte que la intervención mínima es de hecho también la articulación mínima; esta otra es el paso siguiente, por así decirlo: la articulación que se necesita mínimamente para poner en marcha una narración).

Pues bien, Objetivo 40º es una intervención mínima, o se plantea así con la intención de evitar toda articulación y aproximarse a lo que serían las condiciones ideales de una supuesta objetividad cinematográfica. Al tiempo, supone una articulación narrativa mínima de un tipo enormemente heterodoxo: por un lado, no presenta la introducción diferencial de la figura antes descrita: tiene la apariencia, al describirla, de una intervención mínima sin más; por otro, se lo puede ver como un ejercicio de conversión del fondo en figura o de la figura en fondo.

Comienzo explicándome respecto a lo segundo, menos importante. En mi “ejercicio” previo, el fondo es un bosque, algo un tanto indeterminado, pues en un plano general es difícil que las hojas o las ramas adquieran un grado suficiente de importancia. Más bien tendríamos el sonido y el movimiento, sin más. En Objetivo 40º ese movimiento lo realizan, de hecho, figuras. El supuesto fondo, la calle, asfalto, coches, etc., no tiene una entidad suficiente para entrar en una relación, digamos, dialéctica, del tipo que planteo, pero la gente misma, que no cesa de pasar, se convierte en el fondo que yo antes caractericé como “magmático”, ese fondo algo indiferenciado, que atrae nuestra atención como totalidad. Las figuras conforman, por tanto, el todo. Lo que sucede es que, al mismo tiempo, no pueden evitar el ser figuras, esto es, formas con cierta potencia para destacarse, de modo que ocasionalmente lo hacen respecto a las demás, dependiendo de muchos factores (entre los cuales no es menor, claro está, el interés del espectador).

Pero no insisto con esto, porque no tiene importancia: no está aquí el interés de la película, porque además lo cierto es que sí hay una figura, una principal y omnipresente durante todo el metraje. Javier Aguirre ha realizado una articulación narrativa en grado mínimo, aunque- y aquí empieza lo realmente interesante y en lo que radica el comienzo de la excepcionalidad del film- de forma diferente a la que yo he expuesto más arriba: no introduciendo una figura que se destaca frente a un fondo, sino haciendo que la figura sea la misma productora de la imagen; esto es: la figura, y comienzo por tanto de la narración es, aquí, la cámara.

Ya me diréis que vaya cosa, que he descubierto Roma, pero no: el que ha descubierto Roma es Aguirre. Objetivo 40º es un plano fijo de 10 minutos, donde casi todo el mundo que pasa frente a la cámara se la queda mirando fijamente. Por tanto, es como si todo el mundo mirase al espectador, ese que, como yo, les observa casi 40 años más tarde. Imposible no sentir la presencia física y material de la cámara, a pesar de que no se la vea, de que no se mueva. La articulación existe, pero no es un corte de montaje a otro plano, un movimiento de cámara o una figura humana que de repente se detiene haciendo que nos preguntemos por qué o que introduce una tensión nueva en el plano. Lo que introduce Aguirre es, precisamente, la cámara. La cámara, no el encuadre. El encuadre es una presencia en todo plano, pero no así la cámara. Y así, lo dicho: 10 minutos de una calle donde todos los que pasan frente a la cámara se dan cuenta de que está ahí, y la miran, y se ve cómo la miran. La cámara como personaje, como narradora, de hecho, inmóvil: las acciones de sus protagonistas consisten en parte en reacciones a su presencia.

Objetivo 40º es, así, un documental, en tanto retrata, registra, una parcela de realidad durante un tiempo determinado y en un grado de intervención, además, realmente mínimo (aunque, insisto, habría sido más mínimo si la cámara estuviese oculta, claro que el resultado no hubiese sido tan interesante). Pero también es una narración en un ínfimo grado, pues, por su puesta en escena, convierte a la cámara en un personaje del propio film, al insertarla en un contexto que es claramente violentado por su presencia. Para el que no haya visto esta película, hay que hacer notar que es absolutamente imposible no darse cuenta de la presencia de la cámara: durante todo el rato, casi todas las personas que cruzan el encuadre nos miran fijamente y, para más inri, casi siempre ceñudas, como si mirasen a un ser indeseable que se cuela sin avisar en sus vidas. Recuerdo haber pensado, mientras veía la película, incluso en la presencia de un monstruo, algún lisiado o ser deforme, que es mirado con sospecha, sorpresa, desagrado, por todos. Aguirre no demuestra la imposibilidad de la objetividad cinematográfica: muestra la acción de una cámara como violenta, como elemento cuasi-fantástico, extraño al mundo, observada por todos como algo sospechoso, curioso, atrayente, enigmático. La cámara es una excepción, no se la encuentra uno en la calle todos los días, menos aún a finales de los 60, y sola, sin nadie a la vista filmando. Aguirre creó un poco (pero solo un poco: solo, como en un experimento, dispuso unos elementos y se apartó algo, a ver qué pasaba, y la película es justo eso que pasó) la ficción de la cámara como ser autónomo, un ser extraño ajeno a la vida orgánica, que se planta quieto en un sitio y filma, ¿o no?, ¿cómo saberlo? Todos miran a algo que es un objeto pero que aún así es posible que les esté mirando- ellos no lo saben seguro, pero saben que es posible- y que, además, se lleve sus imágenes para hacerlas aparecer en a saber dónde. Repito que los ceños fruncidos abundan, casi todo el mundo repite esa expresión. La película no es una reflexión sobre la extrañeza que produce una cámara que filma solitaria en medio de Sol, es la muestra de las gentes que se encontraron en esa situación, el registro de sus reacciones. No reflexión, sino experiencia (y esto lo dije ya, más abajo, acerca de Warhol): experiencia de algo invisible pero protagonista, algo invisible pero que produce la imagen que vemos, invisible pero solo para nosotros, no para la gente que está ahora en la pantalla. Lo que pasa es que yo, aquí, lo que hago es escribir, por lo tanto digo, y por lo tanto digo otra cosa. Que pocas veces en el cine se ha ofrecido experiencia tan depurada y perfecta de la cámara como excepcionalidad, elemento extraño al mundo, de la cámara como transformadora del mundo en ficción, agente provocador, productora de extrañamiento. Sería interesante también proyectarla sin que nadie sepa lo que la rodea, sin su historia y sin sus créditos: ¿a qué se pensaría que mira la gente? Es posible que muchos opinaran que el punto de vista es un plano subjetivo de un ser vivo, cuya ausencia de movimiento constituiría uno de los muchos enigmas del film.

Me llama realmente mucho la atención que ni Aguirre ni las varias personas que hablan de la película en el libro Anti-cine llamen la atención sobre esto: es imposible escapar, una vez iniciada la proyección, a las miradas de las gentes que cruzan frente a la cámara y la miran (así: nos miran) fijamente. No sé cómo puede obviarse esto a la hora de hablar de la película, pero en el libro esto se hace del todo. Es, por ejemplo, en la forma en que todos miran a la cámara, mayoritariamente con cierta hostilidad, que podría encontrarse parte de la desolación y el vacío señalados por Eusebio Sempere, que también trata el tema de la mirada trascendida, señalado previamente con tino por Aguirre, pero del que no diré nada: lo que considero más interesante ya lo he dicho. Dice Alfonso Sastre: “este parón de la cámara en un lugar cualquiera, qué mundo nos descubre. Un mundo que- ay, hélas- ¡no se deja leer, no se deja leer...!”. Juan Hidalgo dice que le gusta la película porque le gusta la gente. Me gustan las dos referencias porque Objetivo 40º no es su intención ni su planteamiento, sino su experiencia. Y no en vano es por esta vía que Aguirre distingue su film de los similares de Warhol y Boisonnas: los casos individuales de aquellos son aquí acción colectiva (precisamente lo que más emociona a Sastre), y por tanto suponen experiencias de cosas distintas. Y eso es mucho, amigos. Yo añadiría que son también experiencias con formas distintas: en los filmes más similares de Warhol (desconozco a Boisonnas) se da una manipulación del tiempo cinematográfico que no existe aquí. Realmente, si no fuese por la presencia de la cámara, Objetivo 40º sería la pieza cinematográfica más objetiva del mundo, aunque sin serlo del todo. Gracias a tan proverbial despiste teórico, yo pude deleitarme al menos dos veces- y espero que lleguen muchas más- experimentando la inquietud que en ocasiones puede causar el cine al mundo.

domingo, 31 de mayo de 2009

Rubén dice:
¡Ved!:

Arrebato (Iván Zulueta)
Labios rojos (Jesús Franco)
Memories within Miss Aggie (Gerard Damiano)
L´inmortelle (Alain Robbe-Grillet)
Deslizamientos progresivos del placer (A. Robbe-Grillet)
Walden (Diaries, notes and sketches) (Jonas Mekas)
Cuentos de Tokio (Yasujiro Ozu)
Primavera tardía (Y. Ozu)
La masajista (Paul Thomas)
Vals con Bashir (Ari Folman)
Mulholland Drive (D. Lynch)
La noche y la ciudad (Jules Dassin)
Depravity (Hideki Araki)
El globo rojo (Albert Lamorisse)
Salmo rojo (Miklós Jancsó)
Lost, lost, lost (J. Mekas)
No tiene sentido… estar haciendo así, todo el rato, sin sentido (Alejandra Molina)

¡Escuchad!:

Gracious- Gracious
Chase- Chase
Colonel Les Claypool´s Fearless Flying Frog Brigade- Live frogs- set 1
El Columpio Asesino- La gallina
El Columpio Asesino- El Columpio Asesino
Edwin Starr- War and peace
Lard- Power of Lard
Faith No More- Angel dust
Melvins- The maggot
Mr. Bungle- Mr. Bungle

¡Leed!:

J. G. Ballard- Milagros de vida (Minotauro)
Alan Moore / J. H. Williams III- Promethea (Norma)

sábado, 2 de mayo de 2009

Diario (II)


El inefable RGL se divierte en navidad (Santander, diciembre del 2008, en la habitación de mi hermana).