17 septiembre
Añado otra disensión, menor esta, con las reflexiones de Joseph McBride sobre El hombre que mató a Liberty Valance expuestas en la entrada del 14 de este mes. Sin duda, como afirma McBride, la evolución de Hallie (Vera Miles) es la que expresa “el destino del Oeste y de la nación”, un personaje central en la película, pero la decisión clave no deja de ser la de Tom Doniphon (John Wayne) al salvar la vida de Ransom Stoddard (James Stewart) matando a Liberty Valance (Lee Marvin). Esta decisión es tan importante que Wayne se quejó de la “perversión y corrupción disfrazada de ambigüedad” de su personaje: matar a alguien escondido entre las sombras, asesinar a traición pues, a alguien a quien detestas pero que no te ha amenazado a ti. El deseo de la amada Hallie no tiene por qué implicar la acción de su enamorado, y menos aún que esta consista en el asesinato, y menos de tales características. En este aspecto, las “ideas” de Ford ganan, y necesita de ese asesinato, pese a que va totalmente en contra de la ética del personaje; pero el trenzado emocional de la película se dispara asimismo por este hecho, tanto más cuanto al final, cuando el revisor del tren pronuncia el título de la película, entendemos, por si había duda, que Hallie también conoce la historia real. ¿Y no podemos pensar que fue cuando lo supo, en ese momento, cuando amó definitivamente a Doniphon?
18 septiembre
¡Qué fácil es
cuando todo cae,
caer también!
(Isabel Escudero)
19 septiembre
“No sé si debo / hacer ver a los otros / lo que yo veo” (Isabel Escudero). Quizás la pregunta mayor que todo cineasta deba hacerse.
20 septiembre
Lejos del acartonamiento del espantoso Maigret (2022) de Patrice Leconte, pomposo ya desde el título, Maigret et le mort amoureux (Pascal Bonitzer, 2026) ejerce de película menor satisfecha de serlo, pues consciente de en lo que consiste: ambiciones modestas, letra impecable. Bonitzer ejecuta a la perfección el placer de las novelas de Maigret, radicado en la descripción de personajes y el desarrollo de diálogos, pero añade la resta del narrador omnisciente: no sabemos qué piensa Maigret, y perdemos con ello no solo aspectos clave de sus reacciones sino de la descripción de sus interlocutores, siempre relativa a las impresiones del comisario; la ausencia de estas deja abierta nuestra relación tanto con aquellos como con este. Simenon describe y explica por ejemplo el mal humor de Maigret durante toda la novela, pero Bonitzer se mantiene en una estricta y rigurosa exterioridad, que no tengo claro le funcione bien con su protagonista, pero sí con todos los demás.
Por modestia entiendo también la elegancia, es decir, la falta de jactancia, de lucimiento, de retórica y exageración, que puede apreciarse en la escena con Juliette, sumamente fiel al texto pero totalmente contrario a cargar las tintas en la movilidad y belleza del personaje: basta tener ojos para advertir las diferencias y matices.
El mayor éxito se encuentra en la fantástica interpretación de Anne Alvaro, que da ganas de vitorear. No la veía en cine desde sus estupendos trabajos ruicianos de los 80, y a la emoción del reencuentro se suma el personaje increíble que logra encarnar, una invención que trasciende la de Simenon, en extremo esquinada, capaz de variar con una ínfima inflexión gestual, y que quiero creer se haya en la raíz del cambio efectuado sobre el final de la novela, a mi juicio uno de los menos conseguidos que le haya leído a Simenon, pero tampoco muy exitoso en el guion de Bonitzer.
21 septiembre
Hay maneras, por lo visto, de reincidir en las estrategias de Kevin Williamson, el tipo que inventó el truco de explicitar tus referentes para salvarte de la acusación de plagio y ser declarado original por ese mismo movimiento. Teenage Sex and Death at Camp Miasma (Jane Schoenbrun, 2026) hace con las pelis-metáfora, las estrategias metacinematográficas, el elevated horror, el revisionismo de género, etc., lo que Williamson y Craven hacían con lo suyo en Scream y, al mismo tiempo, el resultado es: una pura y dura muestra de película-metáfora, metacinematográfica y por supuesto ultradiscursiva, eslabón que posiblemente tenga su importancia en el retorcido debate sobre las dimensiones ideológicas/culturales/etc. del cine/el cine de género/la cultura popular/etc. Por eso, lo más interesante de esta película no aparecerá sino cuando la veamos dentro de diez años. O veinte. No hay prisa.
22 septiembre
¡Y que haya que enfermar para no ir a trabajar!
23 septiembre
“Que las partes dañadas por el dolor, si pueden, muestren algo sobre él” (Marco Aurelio).
24 septiembre
Disfruto enormemente de la lectura del artículo sobre George Brassens publicado hace poco en El Salto por José João R. Rodrigues. Para empezar, Rodrigues pasa revista al reforzamiento de la impunidad policial que se está llevando a cabo en múltiples países, llegando al intento más reciente, aún en curso, nada menos que en Francia, donde el “nuevo marco legal propicia la inversión de la carga de la prueba, es decir, asume la culpabilidad de la víctima presuponiendo que cualquier intervención armada de un policía es siempre en legítima defensa”.
Rodrigues pasa a hablar de Brassens tras señalar cómo, en Francia, existe un odio a las fuerzas del orden presente incluso en la cultura más popular, y que servidor ha podido observar de sobra en el cine, sobre todo el mudo, donde la ridiculización de la policía, que recibe hostias hasta en el carnet de identidad, es encomiable, y que se refleja creo también en la defensa de la figura del desertor, verdaderamente rara de ver, y que va del Jean Gabin de Le quai des brumes a la célebre canción de Boris Vian.
Lo que enriquece el instructivo viaje de Rodrigues por la obra anti-policial de Brassens es, no obstante, que “al lado del odio al orden y a la policía hay en Brassens un inmenso amor a la humanidad, un profundo respeto por la dignidad del otro, que me permito calificar como uno de los sentimientos más nobles que hay, imprescindible a la transformación social.” Teniendo en cuenta que en las redes sociales y la cultura popular actual, en general nada es más común que la misantropía en todas sus formas, de la amarga a la simpática, no es menor recordar que sin esa dignidad a ningún buen lugar vamos, y que “en el fondo deploramos el triste fin de un hombre, sea quien sea, pues quizá este era demasiado tonto para ser otra cosa que un gendarme y, en consecuencia, no era responsable de su tontería”.
Charles Bukowski señalaba que, al ponerse su uniforme, el policía se convertía voluntariamente en enemigo y no merecía por tanto piedad. Estoy de acuerdo. Pero el logro del artículo de Rodrigues es hacer entender que es posible conciliar la piedad, la comprensión, hacia quien acabó policía, y la inmisericordia hacia el terrible papel que cumple.
25 septiembre
Comencé a leer En la orilla, y me topé estas palabras:
“Quizá más que en la mayoría de las profesiones, la carpintería es la prolongación de la naturaleza: un hombre se adentra en el bosque armado con un hacha, y con ayuda de sus manos y su instrumental transforma naturaleza en civilizado bien de uso”.
Creo que Rafael Chirbes podría haber apoyado mejor su idea, pero lo que me viene de inmediato a la cabeza son estos dos párrafos del chileno Marcelo Mellado:
Otra de mis actividades doméstico-productivas son la elaboración de bastones que extraigo del corte de árboles, sobre todo de aromos, que había muertos en mi casa. Los reparto entre mis hermanos y hermanas, y amistades. También los saco del bosque esclerófilo e incluso del bosque chilote. Los bastones salen directo del árbol, yo los descubro en el árbol y los corto, sin dañar la especie, es casi una poda de mantenimiento.
Yo observo el árbol y busco aquellas ramas que se me ofertan, es decir, aquellas que exhiben un giro, un doblez, una deformidad que pueda transformarse en esa herramienta para desarrollar una peatonalidad que necesita de recursos para una mejor movilidad, además que puede transformarse en un arma defensiva contra delincuentes y perros callejeros. Surgen distintos diseños, algunos doblados o de una rectitud defectuosa, con nudos diversos que le dan una dimensión estética innegable.
Mellado, a quien desconocía por completo, es un escritor con buen fondo, diría yo, pero muy latero, pelma perforante según feliz expresión leída a Carlos León (quien al parecer la tomaba de Huxley), pues página tras página reincide sin parar en las mismas ideas y quejas, de cuyo resultado asfixiante no se libra reconociendo, como hace, su carácter resentido. No basta. Los párrafos citados suponen un raro ejemplo de escrito constructivo en Prosa doméstica, libro recién salido del horno que ganaría mucho quitándose su constante pedantería y amor a la queja y la auto-reivindicación en favor de una exposición real, detenida y a ser posible amante (los párrafos citados son buen ejemplo) de las labores domésticas que, con voluntad digna de mejor puntería, el autor quiere defender y reivindicar frente a diversas vacuidades que denuncia, de nuevo, con buena puntería, pero malas municiones. Barrunto si un orden cronológico hubiera dado más firmeza a los textos, pero no pienso hacer una relectura para confirmarlo. De todos modos, lo que más lamento es que no se incluyan fotos de los bastones, que me han generado gran curiosidad.
27 septiembre
La infancia del arte. Así llamaron Godard y Mieville a un cortometraje que no he visto, pero no dejo de pensar en la expresión viendo Edad difícil (Leopoldo Torres Ríos, 1956). Impresión poderosa, intransigente, de que todo el cine está aquí. En esta luz, en estos niños e imágenes precarias. Las actuaciones voluntariosas ¿por qué cobran, debido a ello, mayor verdad? Hay algo que se apoya en la sencillez del drama, de las situaciones, su negativa a los añadidos y las digresiones pero también a ahondar en la historia, a hacerla más grande de lo que es, a hacer que los dos niños que se buscan sean algo más que eso. Ni siquiera una imagen de la madre muerta. Qué película tan económica y, sin embargo, cuánto tiempo se la pasa jugando, mirando, soñando.
Nos equivocamos si identificamos la magia del amateurismo con la evidencia de la actuación. Sí, está ahí, pero esa doblez es anulada por la presencia de la luz. El amateurismo hace que las presencias de los seres sean de un grado mayor al de los cuerpos profesionalizados. La doblez no introduce fingimiento: lo anula. Esto funciona particularmente bien con los niños, los más jóvenes, quienes, por su desarrollo aún incompleto, son por sí todavía actores pobres, malos intérpretes de sí mismos. El niño enamorado cree ocultar lo evidente, pero también cree expresarse cuando la expresividad de su rostro aún no se ha desarrollado del todo. Solo las emociones sencillas son legibles; las demás aún no se han procesado, ni por el alma, ni menos aún por el cuerpo, por los músculos faciales.
Me acuerdo, viendo Edad difícil, de una película mediocre, El hechizo del trigal (Eugenio de Liguoro, 1939), y la emoción que siempre me ha producido la bisoñez de sus intérpretes, perfectamente a tono con lo básico de su drama, sus tipos, su universo. Otros intérpretes, una ejecución más profesional, harían a la película mucho más pueril, algo incluso más necio y nocivo de lo que es este juego que, en buen sentido, cabe llamar infantil. Es ahí que el cine se hace presente como un arte de jugar a entre las cosas, sumadas estas a nuestro baile de apariencias, que si no inocente acaso en origen, sí en resultado, sí en luz.
Edad difícil no necesita redención alguna. Es perfecta porque la forma de su drama y de su tiempo están perfectamente sincronizadas con la expresividad infantil de sus intérpretes y la modestia de sus medios. Y también es perfecta porque han pasado setenta años desde su estreno (el 27 de julio de 1956, parece ser) y ahí está, capturada para nosotros, la luz de su año, de su negativo y sus técnicas de revelado, los acentos de sus voces, sus costumbres y expresiones locales y sus niños de 1956, aún no enseñados a llorar como Dakota Fanning y Chloë Grace Moretz, aún no convertidos en monstruos, aún viva la posibilidad de la emoción. Infancia del arte, infancia, quizá, de la vida.
29 septiembre
¿Por qué hablar de pequeña muerte para el orgasmo? Malditos franceses: ¿qué puede haber más ajeno a la muerte que el orgasmo, explosión de vida, de vida extrema, de vida intensa, de vida que es que no se puede ser más vida?
No. La pequeña muerte es buena expresión para la enfermedad. Ahí sí, el cuerpo decrece en su potencia de obrar, que diría Spinoza, se entristece, se acerca a la experiencia de su propia falta, su futuro deceso, su impotencia definitiva. Tener 39 de fiebre, acercarte a los 40, es pasar una muerte chiquitita, y no creo que nadie pueda discutir esto. Incluso puedes llegar a ver luces, puertas, desaparecidos seres queridos, y lo que quieras. La enfermedad de hecho puede llegar a matarte por un rato, llevarte al coma, pararte el corazón de veras, muerte cerebral, tenerte fuera unos instantes. Correrte, como mucho, te va a dar sueño, y solo si eres hombre (por lo que me han contado).
Por favor, dejemos de perpetuar tan estúpida expresión, y dirijámosla donde se merece. La pequeña muerte: ¡la gripe! ¡el resfriado! ¡la gastroenteritis!
30 septiembre
Mientras hay muerte hay esperanza. Pues no hay mayor esperanza que el seguro cese de la vida, mal mayor del mundo.
1 octubre
“La gente se cansará de las máquinas y buscará cosas con fallos, y yo fallando soy una máquina” (variación de Antonio Luque).
5 octubre
“Como historiador, considero que, más que formular un discurso sobre la memoria, es preferible, directamente, hacer historia. (…) Creo que la verdadera escuela de ciudadanía no es la recitación conmemorativa, que llega a ser una especie de versión degenerada de la religión –una religión, además, mecánica y bastante aburrida–; no, la verdadera escuela de ciudadanía está en el cuestionamiento activo, vivo, del pasado. Esto es, en hacer historia” (Johann Chapoutot).
6 octubre
¿Habrá mayor fantasía cinematográfica que Las aventuras del príncipe Achmed (Lotte Reiniger, 1926)? Difícil pensar no ya que la acción real o el CGI, sino cualquier variante de stop motion, puedan igualar el encanto de esta película sorprendente. Digo encanto como diría ilusión, y diría ilusión en vez de magia tal como el gran Juan Tamariz prefería a este el término ilusionismo. Si Las aventuras del príncipe Achmed llega donde llega es gracias a su técnica, la vida obtenida de unas siluetas, de unas meras sombras, y si esta quizás sea la mejor película de animación concebible es quizás por la adecuación entre la fantasía de su historia, de su universo, y la inherente a la técnica empleada. Pues ¿no es enemiga la fantasía de toda ilusión de realidad? ¿No resulta por ello siempre un poco pueril en acción real, y tramposos los trucos digitales? En la pobreza de los Simbad y tantos otros seres míticos que aún pervivían en los años 70, sobrevivían como llama solitaria de lo verdaderamente fantástico los alucinantes seres de Ray Harryhausen, y ello porque la fantasía visual necesita, para existir, de la evidencia de imágenes imposibles. Como afirmaba Tamariz, no se trata de hacer magia, sino de crear su ilusión: es necesario, pues, que el virtuosismo del truco no excluya su evidencia (por eso es tan coherente que Tamariz estuviera siempre dispuesto a revelar sus trucos). En el cine, esto implica la fantasía como manufactura: no hay otro imposible que el hecho a mano. El hallazgo de Reiniger es evitar el dibujo, haciendo cine con su base más esencial: sombras, siluetas, manchas de luz, y de esos elementales elementos hacer surgir elementales mundos capaces de todo. En esa esencialidad, todo acontecimiento surge con sencillez, con la inocencia de la fantasía más pura, la que permite que Ahmed se encuentre con Aladino o la Bruja del Fuego exactamente en el momento en que lo necesita, que la necesidad empape toda casualidad o digresión. La fantasía toma la forma del instante mismo de su imaginación, la luz como la llama de cada idea, cada forma, cada loca idea y asociación, el cine se torna de veras el instante mismo del sueño (el sueño con ojos abiertos, claro está), de la idea vaporosa, de la evocación de un imposible tanto más imposible cuanto se le impide adquirir todo relleno real, verosímil, mimético. Luz, sombra, color, movimiento, y líneas, líneas, líneas, para dar ese contorno mínimo al sueño que permita articularlo como historia, como objeto, como sueño de todos.
7 octubre
Me entero por Nicole Brenez, en el número de este mes de la revista Caimán, de que la Declaración Universal de los Derechos de los Animales se promulgó en 1978, el año que nací yo.
No es que me importe. Lo que me interesa es el artículo de la misma que Brenez recoge, y que reza así: “Las escenas de violencia contra los animales deben ser prohibidas en el cine y la televisión, salvo si tienen por objeto demostrar una violación de los derechos del animal”.
Supongo, o mejor dicho espero, que los autores tenían en mente los daños reales sufridos por los animales reales en dichas escenas, pero, aparte que no lo tengo yo tan claro, es evidente que la redacción deja el campo abierto a la prohibición de representaciones tanto verdaderas como falsas, lo que me resuena con varios gritos en el cielo que de cuando en cuando me toca leer por ahí en alineamiento claro y rotundo con una prohibición total. La censura tiene caminos que la razón ignora, no en vano suele funcionar igual que la estupidez.
Y hablando de estupidez, y de animales, todo esto me recuerda un artículo delirante leído en El Salto hace tiempo, relativo a la reciente Evil Dead Burn, donde el autor (o autora, ya no sé) se subía por las paredes debido al asesinato de un perro. Venga, lo busco: “Lo que no esperaba era ir al cine para ver cómo apuñalaban repetidamente a un pobre perro en la cabeza y también dudo que el resto de espectadores lo esperase.” Yo esperaba sangría, lo que incluye perros, gatos, ratas y pelícanos si hace falta. Prefiero humanos, claro, pero la sangría perruna no sorprende, pues actualmente un film gore puede aprovecharse de matar a algún cuadrúpedo para hacer saltar al gran número de imbéciles que se sentirán sacudidos/conmovidos/ofendidos por ello.
Que la autora (comprobado) se cuenta entre dichos imbéciles se verifica leyendo el artículo, que considera a la película próxima al Nuevo Extremismo Francés (que ya es viejo, por cierto), básicamente porque el cineasta es francés (Sébastien Vaniček) y porque se supone que la película es de un chungo que asusta, cuando las otras pelis son simpaticonas, y no hay derecho a hacerle a uno esto. Evil Dead Burn sería una película “hostil a la audiencia original”, aunque a mi juicio solo lo es por mala. La sangría es la de siempre, y el humor, sí, un poco más bajo, pero no menos que el Evil Dead original, que su gracejo tenía, pero en general poseía una agresividad, un nivel de brutalidad, nunca antes visto. Si Elika Imanaga (así se llama la idiota) se ríe viéndola yo me alegro por ella sinceramente, pero yo, la primera vez, la vi abrazado a la lámpara. La del techo.
Imanaga dice que «los blockbusters veraniegos han pasado de ser películas de “explosiones y tetas” como Transformers a cine de autor lento, como Dune». Esta afirmación me lo pone complicado, porque detesto ambas películas. Me alegro, nuevamente, de que la autora prefiera Van Halen a Nirvana, pero Poison es mucho mejor que Transformers, y Dune no le llega a los talones a Alice in Chains.
Otra más: ahora las pelis de superhéroes recurren a cineastas como “Destin Daniel Cretton [que] aporta a Shang-Chi y la leyenda de los Diez Anillos prestigio”. Esta me sacó una carcajada que quizá la hayan escuchado en Tegucigalpa. ¡Y es que esto es una mina! Lean ustedes conmigo estos dos párrafos que yo creo que están plagiados del Apocalipsis:
Echemos un vistazo a hasta qué punto la cartelera en un cine comercial cerca de mí está sobredeterminada [lo sobredeterminado, más bien, es el uso aquí de la sobredeterminación]. En él se proyectan las siguientes películas: La Odisea, una adaptación de tres horas para mayores de dieciocho años de un relato épico griego. Filmada exclusivamente en IMAX, por lo que, si no puedes permitirte pagar una entrada cuyo precio está inflado, no puedes ver la película en su totalidad. En la reventa, las entradas para un pase en IMAX 70 mm alcanzan los mil dólares. Obsession, una película de terror de autor indie en la que todo el mundo pierde y también hay un comentario feminista [terrible]. Backrooms, una película de terror surrealista [no] de YouTube convertida en un largometraje con un elenco de actores nominados a los Oscar [alerta de prestigio]. Vaiana, Toy Story 5, Minions y Monstruos, S.A., Mandalorian y Grogu, explotaciones de varias propiedades intelectuales, seguras, regurgitadas. Si algo hace dinero, ¿por qué no seguir exprimiéndolo? Supergirl, una película accesible y un fracaso de taquilla catastrófico [inaceptable]. La invitación, un drama repleto de estrellas sobre la no monogamia ética [¿dónde está mi dios?].
Compárese con la cartelera del mismo cine en julio de 2016: Mascotas, Cazafantasmas, Buscando a Dory, Mi amigo el gigante, producciones para toda la familia basadas en la propiedad intelectual [“como debe de ser”, que dirían Académica Palanca]. Mike y Dave buscan rollo serio, Un espía y medio, comedia de mala calidad con atractivo para un público adulto amplio. La leyenda de Tarzán, Independence Day: Contraataque, cine de aventuras y de acción para toda la familia [ains]. Election: La noche de las bestias, Expediente Warren: El caso Enfield, Infierno azul, películas de terror que puedes ver con tus amigos. Infiltrado, Ahora me ves 2, Un traidor entre nosotros, thrillers para adultos. Los hombres libres de Jones, una película para una ceremonia de premios, con rectitud, sin polémicas. Swiss Army Man, la única película de bajo mainstream y de nicho de toda la lista.
Rematando el cabreo, la autora afirma: “La vida moderna misma se construye sobre la facilidad y la conveniencia, por lo que la dificultad se convierte en estatus. Tal y como las líneas de bronceado denotaban en el pasado pobreza en vez de tiempo de ocio, el gusto se aleja de cualquier cosa a la que las masas puedan acceder.” Imanaga, como pueden ver, pasa completamente del hecho de que la vida moderna, de facilidad, tiene más bien poquito, pero me alegro de que a ella le vaya bien; asimismo, pasa de que las masas acceden en masa (je) a Obsession, Dune, Backrooms, etc. También, entiendo que considera a estas películas como de una dificultad que no veo por ninguna parte. Y no queda claro si el problema es usar superestrellas para hablar de la monogamia ética, hacer pelis de terror con comentario feminista, no hacer más pelis para toda la familia, o no hacer más pelis malas, que yo diría es lo que aquí se defiende y el resumen que hay que sacar.
“Posesión infernal se entrega al gore psicótico del Nuevo Extremismo. Y yo pregunto de nuevo: ¿Para quién coño es esto?”. Y mientras yo me pregunto una vez más de dónde habrá salido esta subnormal y qué pinta en El Salto (el artículo viene de un blog, así que alguien ha decidido que valía la pena traducirlo, ¡y con la etiqueta de “Análisis”!), veo claro que, al fin y al cabo, lo que pide es que Evil Dead sea tratada como una explotación de una propiedad intelectual, segura, regurgitada y sin sorpresas desagradables. En suma, ¿qué pinta en El Salto un artículo de una fan más que solo quiere que le coman el culo?
9 octubre
Como el Resident Evil de Cregger, Hope tiene un curioso problema de exceso de humor, aunque algo más de agradecer pues al fin y al cabo Na Hong-jin tiene poco que ofrecer y el cachondeo ayuda a dar ligereza al conjunto, incluso en términos de duración. Pero ambas son películas con un curioso temor a que sus películas saquen los dientes, como si la sencillez narrativa que plantean buscara cobijarse en la comicidad, es decir, como si tuvieran un poco de complejo de culpa ante lo modélicamente básico de su planteamiento.
Frente a Cregger, lo que sí se le agradece al coreano es la ausencia de imbéciles conflictos personales para arropar de forma por entero innecesaria la narración, máxime considerando que ese ropaje participa de la perenne campaña antiabortista que pareciera caracterizar la totalidad del cine comercial contemporáneo. ¿O se me ha escapado alguna peli donde alguien decida que no, que mejor no tener el puto niño? Este año ha sido para volverse loco, alcanzando toda una cumbre con una nulidad llamada Exit 8 (Genki Kawamura, 2025) en la que todo, literalmente todo, está dirigido a una lección fundamental: “no abortes”. Para cagarse. ¡Qué grande era Jean Renoir! En Le crime de Monsieur Lange (1936), una chica se queda embarazada tras tener relaciones con el miserable Batala (interpretado de manera alucinantemente encantadora por Jules Berry). El novio de la chica lo acepta, y acepta también al futuro niño como suyo. Todo bien. Pero poco después la chica tiene un aborto espontáneo, y… ¡mucho mejor! Todos en el patio, la joven pareja incluida, están contentos y felices. Si el niño hubiese nacido no habría habido ningún problema, ambos lo hubieran querido y criado con amor, pero oye, si no nace… ¡pues perfecto! ¿Tan difícil sería hacer películas donde la interrupción de un embarazo no sea una tragedia? Si estamos a favor del aborto (y se supone que lo estamos), ¿no debiera notarse un poco en las películas que hacemos?
Volviendo a nuestros blockbusters de partida, ambas películas muestran un encomiable gusto por la acción, en el sentido más puro del hacer, de la mecánica narrativa en tanto resolución constante de problemas y situaciones críticas. El coreano se las arregla alternando personajes y dilatando situaciones, especialidad de la casa, pero que le sale fatal en la persecución final, mientras que Eggers vuelve a demostrar una estupenda y muy lúdica imaginación en el modo en que paso a paso la va liando parda; la acción de la película avanza sin trucos y con una fluidez que uno no ve todos los días. Y, por cierto: termina. Subrayo esto: termina. Lo subrayo porque Hope no lo hace. Cuando niño, vi El señor de los anillos de Ralph Bakshi y quedé extrañado (y muy frustrado): ¿por qué esta película no tiene final? Con los años supe que el dinero se había acabado y no hubo modo de conseguir más, pero Bakshi estrenó lo que había, que era bastante. Bien por él, la peli es estupenda. Tiempo más tarde, vi El señor de los anillos de Peter Jackson y, una vez más, me pregunté: ¿dónde está el final? Obviamente todos sabíamos que venían dos partes más, pero oigan, se entiende que un final abierto es algo que, después del final, plantea, al modo de una coda, una posibilidad de cierre o, simplemente, deja algún hilo suelto que es posible retomar, o plantea una imposibilidad misma de cierre, lo que está fuera de cuestión aquí (la tercera parte del horror de Jackson bate el récord de finales que es posible tener dentro de una película). Pues no: pese a no haber tenido problemas económicos, La comunidad de los anillos no tiene final. Ya me había ofendido esto un poco en El Imperio contraataca, pero hoy es norma. ¿Cuántas pelis sin final nos hemos comido? ¿Cuántas pelis que funcionan como el capítulo de una serie, pues de eso, obviamente, se trata? Hope es la peor película de su director, pero, sobre todo, es una ofensa más en esta nueva fase de la conversión del cine en televisión que llevamos todo este horrible siglo padeciendo.
10 octubre
“Pues lo que importa no es la luz que encendemos día a día,
sino la que alguna vez apagamos
para guardar la memoria secreta de la luz.
Lo que importa no es la casa de todos los días
sino aquella oculta en un recodo de los sueños.
Lo que importa no es el carruaje
sino sus huellas descubiertas por azar en el barro.
Lo que importa no es la lluvia
sino sus recuerdos tras los ventanales del pleno verano”
(Jorge Teillier)
11 octubre
Leo en la web Le Grimh diversas noticias sobre la presentación del cinematógrafo Lumière en Valparaíso, en proyección privada a las ocho de la noche del 10 de diciembre de 1896, en calle Condell 185. Cito la crónica publicada al día siguiente en La Unión:
Se apagó la luz de los glóbulos de Edison e inmediatamente apareció en la tela un cuadro admirablemente realista: contra las rompientes de playa estrellábanse las olas del mar, estallando en blancas espumas: el vaivén del agua, su chorrear por los blancos de las negras rocas al quedar éstas en descubierto, la furia creciente que parecía dominar a las ondas, todo era la imagen viva de la realidad. Solo le faltaba el colorido: el azul del cielo, la luz dorada del sol, el verde glauco transparente de la masa líquida que avanza. Presenciamos en seguida, sucesivamente, la desesperación de un fotógrafo al aire libre que no conseguía que su cliente se estuviese quieto; el nervioso ir y venir en una avenida de una ciudad populosa; dos gallardos desfiles de caballería; la salida de una fábrica, suponemos que en los Estados Unidos, en que aparecen una multitud de apuestos obreros y obreras, bien vestidos y hasta con flor en el hojal aquellos, marchando apresuradamente con la maleta en la mano, como si temiesen perder el tren; una riña mujeril bastante convencional, a juzgar por la lentitud de los movimientos y que termina con la intervención de dos individuos; una encantadora escena familiar, donde se ve a dos esposos sentados a la mesa y ocupados en dar de comer a una graciosa guagüita; una lucha a brazo partido y a puñetazos entre dos jóvenes que se enfadaban con motivo de la lectura no sabemos de qué diario, etc. etc.
La concurrencia gozó de veras con el bonito y novedoso espectáculo, riendo y aplaudiendo de buena gana al contemplar varios de los cuadros exhibidos.
El único defecto que se notó, pero que suponemos que podrá ser corregido, es cierta trepidación en la imagen que fatiga un tanto la vista.
La observación que me hace más gracia no es tanto la asunción de que la fábrica es de Estados Unidos, tratándose obviamente de la de los hermanos Lumière, filmada en la celebérrima Obreros saliendo de la fábrica, sino la relativa a la ropa de los obreros, en la que no había reparado. Siempre insisto en mis clases en el hecho evidente de que la salida no puede ser natural, pues parece obvio que está dispuesta de modo que todos puedan llegar a salir en el minuto que dura la película, disposición a la que me gusta llamar “encuadre temporal”, una clave del arte de los Lumière. Pero no había pensado que quizás incluso los trabajadores mejoraran sus vestimentas para lucir mejor ante la cámara.
Otra observación interesante es la de El Mercurio, donde vieron claro el negocio desde el día uno: “Tan curioso aparato no tendrá tal vez por ahora una aplicación práctica como tantos otros descubrimientos científicos de los últimos años: pero más tarde, cuando se haya conseguido perfeccionarlo en ciertos detalles como la molesta titilación que a veces se nota en la imagen, habrá de tener útil aplicación, sobre todo si se logra amalgamarlo, si es posible decirlo así, con otros inventos, por ejemplo, el fonógrafo, la fotografía de colores, etc.”. Acertaron hasta en el orden.
Busco Santander en la web, donde el cinematógrafo llega en julio del 96 (aunque las reseñas hablan del cinematógrafo de Edison), y me sale una sonrisa porque, obviamente, varias sesiones se suspendieron por lluvia.
13 octubre
La muerte de R. J. Mitte me lleva a evocar el peculiar papel que cumplía su personaje en Breaking Bad: ninguno. Su parálisis cerebral invitaba a pensar que dicha condición tendría una relevancia no menor en el desarrollo de la serie, y sin embargo no fue así; lo mismo sucede con la cleptomanía de la cuñada, condición que comparece en dos capítulos, sin que tengan relevancia alguna en la trama.
Lo nombro porque lo sorprendente de aquella serie era su rigurosa concentración en las peripecias de sus dos personajes protagonistas, sin que trama paralela alguna distrajera nunca de esa línea central (solo Gus Fringe lo consiguió, parcialmente). Sin embargo, las series suelen hacer todo lo contrario, multiplicando personajes y líneas narrativas, con la consecuencia de que luego apenas hay tiempo para desarrollarlas bien. Muchas series, más que desarrollos extensos, parecen ensamblados de cortometrajes. No Breaking bad: cada situación, como dejaban claro los primeros capítulos, se exploraba hasta sus últimas consecuencias, subrayando esto segundo: problemas llevan a decisiones que llevan a acciones que llevan a nuevos problemas.
La parálisis cerebral del hijo de Walter White, en el primer capítulo, podía servir para incrementar lo problemático de la situación social y laboral del padre, profesor, empleado de gasolinera y ex flamante científico con brillante futuro, pero entrados ya en materia perdía toda importancia, y menos que nada narrativa, ausente de toda red causal; la clave del personaje no se encontraba en su condición, sino en la admiración profesada hacia su padre y sus consecuentes reacciones a lo largo de la serie ante la ruptura familiar, o el descubrimiento criminal, por poner los dos principales ejemplos. El momento más desolador de la serie siempre fue, para un servidor, aquel en que Walter contempla a distancia a Walter Jr., con sus muletas, entrando a la casa. Puede decirse que las muletas, allí, reafirman la vulnerabilidad del personaje y la familia, tan evidentes en ese momento, donde el protagonista ya ha adquirido dolorosa conciencia no solo de lo que ha perdido, sino del daño irreparable que ha causado a los suyos.
14 octubre
Leo una anécdota que me trae a la mente el artículo de la Declaración Universal de los Derechos de los Animales citada hace unos días. Según Demián Rugna, el dueño de la cabra ejecutada en Cuando acecha la maldad iba a matarla antes del rodaje, pero esperaron hasta entonces; sin embargo, al parecer, debido al rodaje y a la fama que cobró la escena, el dueño conservó el animal y un año después le envió a Rugna una foto de la cabra con sus crías.
Encuentro la anécdota un poco improbable (implica que el dueño le dio más tiempo de vida a la cabra porque sí, pues hasta ver la película, y su fama, pasó lo suyo), pero me hace gracia pensar que, en este caso, el asesinato de un animal en una película de ficción acaba siendo responsable de la salvación de la vida de ese mismo animal en la realidad. Y con ello, supondría por cierto un ejemplo inesperado entre las películas que ofician un cambio en el mundo (modesto, aunque no para la cabra), de las que hablaba John Gianvito en el artículo que cité el 12 de mayo.
15 octubre
“Encargado de búsquedas para el Museo del Hombre. ¿Existe acaso una definición mejor del cineasta?” (Godard).
16 octubre
“Pero no hay que confundir el enemigo. No es el sufrimiento lo que se debe eliminar, sino el placer. Después de eso, viene la libertad” (Georges Franju).
17 octubre
Volví a ver, por segunda vez, Los ojos sin rostro hace unos meses, después de haberla visto hace al menos dos décadas en la Filmoteca Española. En aquel momento no me dejó ninguna impresión comparable a la producida por Thérèse Desqueyroux (mi primer Franju), La cabeza contra la pared o La première nuit, y la olvidé casi por completo, salvo, curiosamente, un plano intrascendente, pero que me había llamado la atención, sin saber bien por qué, pero de tal manera que allí se quedó.
Me llevo, esta mañana, la sorpresa de leer a Alain Resnais hablando exactamente del mismo: “¿No es acaso el plano más bello de Los ojos sin rostro aquel que muestra el DS negro que llega al patio de la morgue y del que sale Brasseur, negro también? Vuelvo a encontrar la tradición de Feuillade en la magia de esa imagen. Otro realizador habría hecho de ella un simple plano de transición. Encuadrada por Franju, suscita un terror intenso”. No puedo hablar de terror en mi caso, pero siempre impresiona el que sea otro, inesperadamente y sin querer, el que te explique el porqué de tu memoria y fascinación.
18 octubre
La semanita de los “pactos” que nos hemos comido en España deja como mínimo confirmado, para quien aún no se hubiera apercibido, el hecho de que estamos ante la generación peor preparada de la historia de España. Como mínimo, la peor generación de políticos de la historia democrática española.
19 octubre
La campaña ya empezó, y basta ver El Tablero de hoy, donde Tito Morano y Raúl Sánchez Cedillo ya se lanzaron al mitin descarado, ejerciendo de desmemoriados cantores de la pureza podemita (escuchándoles, nadie diría que fueron ellos los que abrieron la veda de los gobiernos de coalición con el PSOE) y, en el caso del segundo, lanzándose al acostumbrado delirio paranoide donde todo gira en torno a la destrucción de Podemos y fuera de ellos no hay vida. Que ellos hayan quemado todo el bosque parece no tener mayor importancia.
El caso es que lo que me ha generado más inquietud en todo el proceso de pactos y repactos es el papel de los medios, y no me refiero a los de siempre sino a los nuestros. Uno cuenta con que El País y no digamos todos los demás se froten las manos desmenuzando cada nueva trama, subtrama y zancadilla, pero el seguimiento diario y casi minuto a minuto de la prensa alternativa, intentando sacarle todo el oro posible a la montaña de mierda, se me antoja más inesperadamente inmoral. Una cosa es que estos partidos no sean capaces de hablar de otro modo que a gritos, y otra la multiplicación a que hemos asistido de aparatos de escucha para difundir hasta las psicofonías, y la avalancha de quinielas, hipótesis, vaticinios y comentarios cien por cien estériles, que dan buena razón a Norm MacDonald cuando afirmaba no tener interés por la política porque no era más que cotilleos. Mezcla de prensa rosa con deportiva, matizaría yo.
Una conversación con un amigo me hace caer en algo que no había considerado: en esa prensa también hay mucha gente que se formó en el ciclo político iniciado en 2011, que se metió más o menos en política, y que también tiene sus espinas clavadas y sus cuentas que ajustar. Mejor me lo pones.
Pero en lo que he caído hoy, fundamentalmente, es en que la razón mayor que al menos un servidor tenía para desear la unidad, una única candidatura de izquierdas (excluyo de la categoría obviamente al PSOE, partido de centro derecha, como no debiera hacer ya falta recordar, carajo) era que no nos viéramos en el brete, como nos vemos ahora, de escoger a qué grupo de inútiles y sinvergüenzas votamos. Si todos estuvieran en una sola lista, la pinza en la nariz habría que ponérsela igual, pero el voto sería evidente; ahora, sin embargo, escoger al incompetente va a ser tarea ardua, pues por mucho que haga falta votar no hay modo de que uno no se sienta sucio teniendo que elegir entre gente sucia.
20 octubre
Ya dije que Thérèse Desqueyroux fue mi primer Franju, visto en un ciclo dedicado a la nouvelle vague (a la que el cineasta no pertenecía, pero no seré yo quien se queje), en la Fundación Marcelino Botín de Santander. Es curioso, pero me doy cuenta de que, como en el caso de Los ojos sin rostro, lo único que retuve fueron los planos de los árboles del bosque, hasta el punto de que creía que toda la película estaba ocupada por el encierro y no, como pude comprobar hace unos días, por los flashbacks que cuentan la historia que lleva a aquel.
Lo que me llama la atención de este recuerdo es que, teniendo el bosque una importancia innegable en la narración, la ambición de Thérèse es huir de él, cambiarlo, como dice al final, por el anhelado bosque de la metrópoli parisina, y sin embargo, pese a la evidente simpatía del cineasta hacia su protagonista, este muestra un interés por el bosque tal, que es su imagen la que cierra la película, y no la de las calles de París. Creo que, con lo que Franju no puede simpatizar, es con el aprecio a París, o a las imágenes de su centro por lo menos, ese centro carente por completo de la poesía y la magia de los alrededores, las fronteras de la ciudad que tan alucinantemente filmó en Le sang des bêtes. Es curioso, así, que el final de Thérèse Desqueyroux, ese final tan curioso en clave menor, cierre con lo que pareciera una nostalgia del bosque completamente ajeno a su protagonista.
21 octubre
El mundo digital está lleno de herramientas supuestamente útiles que siempre funcionan mal. Una de mis favoritas es la alarma de Google Academics. La idea es buena: pides al sistema que te avise cada vez que aparezca un artículo, paper o libro relacionado con un tema de tu interés. Pero el problema, en este mundo donde el sistema inventado para eliminar el spam fue multiplicar el spam, es obvio: recibes un montón de avisos cargados de textos que nada tienen que ver con lo que buscas.
Hay que decir que las alarmas son lateras, pero tienen su gracia. La que puse para Paulino Viota no da apenas un saludo al trimestre (y por lo general nada tiene que ver con él), pero la de Raúl Ruiz se ha convertido en el pan mío de cada día, con mails diarios cargados de referencias de todo tipo. Un día decidí dejar de cabrearme y empezar a recoger algunos de los títulos, porque, bien visto, y tratándose encima de Ruiz, me parece que la cosa tiene su gracia. Vayan algunos de los últimos meses:
Long-Term Visual Survivability Outcomes of Pediatric Keratoprosthesis: A Single-Center Study.
Las casas de la provincia de Granada en el Catastro de Ensenada. Agrón, Cijuela, Puerto Lope, Purchil, Alamedilla, Rubite.
Prevalence and Risk Factors of Computer Vision Syndrome among Medical Students.
Listado de pteridofitas del estado Lara, Venezuela.
Variability and population structure of watermelon mosaic virus in zucchini crops in Poland.
Benito Arias Montano, Benet Girgós, and the poem De sacrarum litterarum studio.
El juego como dispositivo de investigación en imaginarios sociales urbanos.
The Angevins in Hungary 1301–1395.
Victims and Gods: An Interdisciplinary Study of Human Sacrifice at Tenochtitlan.
Longe do gabinete: viagens científicas á América portuguesa e espanhola (1777-1792) e representação da natureza.
Ecological Competition Between Fin Whales, Blue Whales, and Their Hybrids.
Pintura mural bajo iniciativa vecinal en el Callao: los retratos de personajes históricos de la salsa.
Diseño De Una Máquina Peladora Y Deshuesadora De Aguacate.
Diseño e implementación de un sistema de previsión de la demanda en una empresa fabricante y distribuidora de aceitunas.
Portilla, Dostoyevski y el nuevo ateísmo.
Análisis numérico, geométrico y algebraico de los códigos contenidos en la Piedra del Sol.
Alimentación y comercio vegetal en Ceuta: Aproximación carpológica desde la dominación romana a la portuguesa (s. III d.C.-s. XV.).
«Y me hallé aquí con barriles vacíos». Jesuitas, redes comerciales y vino en el Paraguay colonial.
Síntesis de nanotubos de carbono multipared a partir de precursores naturales mediante nebulización pirolítica modificada.
Conocimientos, actitudes y experiencias de estudiantes, padres y docentes sobre métodos anticonceptivos y educación sexual en un colegio femenino.
Bernardino within and beyond the Franciscan Tradition: Theology, Exegesis, and Spirituality.
¿Quién es más agresivo? Un análisis de la hostilidad en estudiantes de medicina y su expresión por género.
Por la Nación contra el caos.
Como el Uruguay no hay: la excepcionalidad del quiebre democrático (1967-1973).
Administración romana y lucha contra la piratería: del hostis humani generis a la jurisdicción universal contemporánea.
Angioembolización esplénica profiláctica versus vigilancia en lesión esplénica cerrada de alto grado en adultos.
Risk factors for romantic breakup in emerging adulthood: a systematic review.
Matadoras de homens: O mito das amazonas no imaginário da América Ibérica quinhentista/seiscentista.
Servir y ser servida. El servicio doméstico en el arranque de la modernidad.
El discurrir de las familias en el Antiguo Régimen: el caso de Esquedas (Huesca) (1753-1785).
De sedas y paños. Importaciones, tejidos y colores en la corte de la Monarquía Hispánica (1621-1698).
Practical recommendations for exercise and nutrition in patients with lung cancer.
Efecto de la combinación de sorafenib, ácido valproico y metformina en un xenotransplante de hepatocarcinoma humano.
Espejo para príncipes: Una guía de comunicación política para asesores, candidatos y votantes.
The Authenticity Paradox: Faking the Other in Latin America.
Sex Differences in Substrate Oxidation During Incremental Exercise: An Exploratory Study on the Role of Body Composition.
La restitución de los estándares europeos de secreto comercial mediante mecanismos correctores en litigios transfronterizos.
Factores de riesgo asociados a la insuficiencia venosa crónica.
Subverting colonization resistance: Salmonella pathogenesis at the interface of microbiota, metabolism and inflammasome.
El papel de la diplomacia en la negociación de convenios y resolución de conflictos de la Corona de Aragón con la suscripción de los tratados de 1148, 1230 y 1357.





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