martes, 30 de junio de 2020

Aventuras del cuerpo infinito (Ballard, Cronenberg y el virus jovial)


A Alfredo Santos y Sergio Calderón, cuyo recuerdo acompañará siempre la lectura de tantas páginas

    No abundan las adaptaciones al cine de J. G. Ballard. La ingente cantidad de relatos de la que es autor parece haber sido objeto de unas cuantas para televisión, aunque una de ellas, la única que conozco, parte de su novela más exigente: Crash!, un pequeño cortometraje de la BBC entre la ficción, el documental y lo experimental realizado en 1971 por Harley Cokeliss, y que ponía en escena algunos pasajes de La exhibición de atrocidades (objeto de una versión cinematográfica completa, pero no muy inspirada, en el año 2000). El corto sigue siendo una buena introducción a su obra, si bien el privilegio dado a su dimensión ensayística la hace mucho menos perturbadora que su referente; el formato “experimental”, pleno de tics de época, tampoco ayuda, aunque puede aportar cierto encanto, sobre todo por su simpática asociación con un narrador al más puro estilo BBC y el impagable concurso ante la cámara del propio Ballard, anticipando acaso con ello el respectivo de dos años más tarde en su siguiente novela, la legendaria Crash (sin exclamación esta vez).
    La adaptación cinematográfica más sonada a un nivel mainstream es sin duda El imperio del Sol (1987), pero convendremos que no es ni de lejos una adaptación “canónica”, y sí más bien toda una lección de cómo mantenerse fiel hasta cierto punto a la letra cambiando considerablemente el espíritu. Cierto que Spielberg no lo hizo mal del todo: durante la mitad del metraje podríamos estar hablando tranquilamente de una de sus mejores películas dramáticas, hasta que con la caída del campo de concentración a manos de los aviones aliados se impone su eterna obsesión por encadenar momentos sublimes (= oscarizables), con la consiguiente vulgaridad marca de fábrica. Eso sí, me juego el cuello a que Ballard debió amar el momento en que el joven Jim contempla perplejo y fascinado nada menos que el lejano estallido, resplandor y estela de la recién lanzada bomba atómica (la cual, recordemos, el escritor siempre defendió). El momento constituye un feliz encuentro entre dos autores opuestos: Spielberg hace su escena bonita con violines, coros y efectos especiales, mientras que la belleza la aporta el exterminio de millones de personas por el estallido de la bomba, tomado por el joven como el ascenso al cielo de la deseada sra. Victor, el deseo por la cual ya habíamos descubierto tiempo atrás al calor de un bombardeo nocturno. Diría que nunca Spielberg se arriesgó a tanto (salvo mucho más tarde, en IA, y ya nunca más).
    No hace falta decir que si buscamos la adaptación canónica (y mejor) de Ballard no la encontraremos en Spielberg (ni desde luego en Wheatley, ya que estamos) sino en David Cronenberg: hablo, por supuesto, de Crash (1996), adaptación de la novela homónima (1973), la más revolucionaria y transgresora de toda su producción junto con La exhibición de atrocidades (1969). Como es sabido, Ballard fue el mayor admirador y defensor de la película, que encontraba más radical y arriesgada que su libro, manifestación brutal de lo que en aquel anidaba todavía latente al trocar el proceso de inmersión de sus protagonistas por uno que, a su juicio, arrancaba allá donde terminaba la novela. Concretamente, dirá que en aquella trataba de “aliviar al lector de su aparente lógica pesadillesca intentando persuadirle de que el personaje del narrador –que lleva mi nombre– había sido atraído pese a él al mundo de Vaughan. En la película de Cronenberg, en cambio, los personajes aceptan desde el comienzo este universo”. Desde este punto de vista, el choque de coches funcionaría más bien como si unos catecúmenos por fin accedieran a la comunión con la carne de Cristo, el sumo sacerdote Vaughan transformado en partera tardía de un nacimiento inminente mucho antes de su llegada.
    Como si reaccionase frente a la verborreica, explicativa y casi didáctica adaptación que de El almuerzo desnudo realizara unos pocos años atrás (1991), Crash opta por el viaje al corazón de la novela, la exacerbación de sus síntomas y radicalidad mediante, entre otras cosas, la renuncia a uno de sus principales elementos: el lenguaje.
    Por aquello que cuentan, es evidente que los narradores de muchas de las obras de Ballard creen tener un pie dentro y otro fuera del mundo (el nuevo mundo) que describen. Se saben fascinados por lo que sucede y saben que juguetean con ello más de lo aconsejable, pero se creen aún habitantes de la vieja normalidad, ejercitando una distancia sin duda precaria pero todavía suficiente.
    Al contrario, por el modo en que lo cuentan, es evidente que están metidos hasta el fondo y son parte activa de lo que narran. El protagonista ballardiano se cree con una aceptable separación respecto a aquello que describe, mientras que su lenguaje nos evidencia hasta qué punto está inmerso en ello. Cree pensar lo que mira, cuando no hace sino describir lo que le rodea en tanto desde hace tiempo le constituye (es frecuente que las novelas de Ballard estén contadas en flashback, de manera que habría que haberle dicho que sus propias novelas, y entre ellas Crash antes que ninguna, también empiezan después de terminar). A esto se debe en gran medida el “a pesar de” señalado por Ballard respecto a la inmersión. Hay algo que parece “tirar” al personaje hacia el nuevo universo. Ese algo es el lenguaje.
Parte importante en esto es la tan característica fusión entre descripción y reflexión, plagada además de imágenes poéticas que radicalizan la interiorización. El narrador ballardiano siempre intenta explicarse, no trata el suyo como un orden arcano o esotérico, sino como algo comprensible e incluso razonable, siempre y cuando se acepten ciertas “desviaciones” de la norma, pues el narrador también sabe que avanza en nuevos territorios (“hacia una nueva psicología”, como reza el tercer capítulo de El mundo sumergido). Por ello describe, narra, piensa, y en ese acto hace ese mundo cada vez más suyo, se identifica más y más con él, eliminando una distancia que solo ciertas ocasionales acciones quedan ya para afirmar. Y eso sucede porque este narrador no se “explica” para convencer a nadie, para comunicarnos nada, sino por su propio goce, ejerciendo la palabra como un modo más de exploración de esa realidad (en Crash la palabra es tan sexual como los actos, algo que Cronenberg supo retratar en la presencia constante de la palabra en la vida sexual de la pareja protagonista, un uso realmente poco habitual en el cine, y en el que encontramos practicantes tan heterogéneos como Gerard Damiano o Gonzalo Garciapelayo). La metáfora ballardiana surge de asociaciones y comparaciones cuya naturaleza connota con fuerza una forma de pensamiento radicalmente desplazado respecto a nuestra normalidad. Reconocemos los términos enlazados pero no el enlace mismo, aquel por el que el narrador intenta siempre procesar, entender, recomponer lo que ve y experimenta… o mejor dicho: también reconocemos el enlace, pero no la forma en que se usa, no la forma en que une cosas que jamás hubiéramos creído vinculadas. Ballard juega al “como si…” tanto como hacían los surrealistas, pero esta vez los términos son pavorosamente reconocibles, y participan de toda una narración que dota de coherencia a sus conexiones (Ballard fue una de las personas que más y mejor supo ver la potencia surrealista, en un momento en que la obsesión general era negarla o neutralizarla).
Así, la razón juega un papel importante en la poética ballardiana. Sin duda, el protagonista de las novelas de Ballard cree que su procesamiento racional le mantiene a una distancia prudencial respecto al objeto de reflexión, pero es precisamente al contrario: es mediante ese raciocinio que penetra más y más concienzudamente en el nuevo mundo. Si eres capaz de pensar (hasta el punto de verla) la relación entre los fragmentos de vidrio de un parabrisas roto, un intervalo neuronal, la proporción entre la forma de un pubis femenino desnudo y la rampa de cemento en cierta desviación de la autopista camino de la universidad de Ciencias Sociales, es evidente que estás inmerso hasta el cuello en la nueva lógica. Que hace mucho que abandonaste ese pasado de 5 minutos atrás.
Pero también lo juega la sintaxis convencional. Ciertamente, la vinculación no siempre es racional (muchas veces sí, en todo caso), pero siempre va a ser, como mínimo, sintácticamente coherente.
Patentemente influido por el Burroughs experimental de la trilogía nova, Ballard logra en La exhibición de atrocidades una construcción global heredera de los cortes, plegados y técnicas collage del americano, la escenificación de una serie de fundidos, sobreimpresiones y yuxtaposiciones que ocasionalmente generan precarias sedimentaciones a las que es posible (pero solo hasta cierto punto) llamar “personajes” o “escenarios”, instrumentos para introducir una continuidad de patente insuficiencia, el vago recuerdo de lo que alguna vez pudo ser una construcción narrativa. Tal forma global se ve replicada en la local: sus párrafos con título y en no pocas ocasiones principios y finales muy marcados (que no conclusivos), células cuya precariedad narrativa, simbólica y reflexiva repite la de cada capítulo así como cada capítulo la de la novela, células disgregadas, dislocadas, entregadas a un proceso de disolución cuyos roces, ecos y contactos con las otras darán lugar a la, insisto, precaria narración que de sus palabras puede deducirse.
    Hasta aquí, la continuidad con Burroughs es manifiesta, pues Ballard habría hallado un modo de introducir cierto conato de continuidad en la desarticulación de la racionalidad y el lenguaje del americano, manteniendo similares efectos. Sin embargo, lo que Ballard habrá de explotar con inusitada potencia será no solo la enumeración tan propia de las Atrocidades, sino sobre todo la frase de sintaxis coherente y asociaciones sorprendentes que alcanza allí un punto álgido de su desarrollo (en puridad, ya se la encuentra en El mundo sumergido, e incluso ocasionalmente en El viento de ninguna parte) y desarrollará a pleno pulmón en la posterior Crash. La frase ballardiana logrará vincular en una misma continuidad las heterogeneidades que Burroughs necesitaba cortes, suturas y mutilaciones de todo tipo para aproximar. La tijera de Burroughs es visible, y así debe ser dado el objetivo de destruir el pensamiento racional, violentar el lenguaje articulado para acceder a los universos que la necesidad del enlace gramatical y la sintaxis coherente hacían imposibles. Burroughs había experimentado el lenguaje como un obstáculo tal, que la liberación figurativa y narrativa de Naked Lunch no le había bastado: la frase era también un enemigo. Como con los surrealistas, hay en Burroughs una oposición entre el pensamiento racional y la forma lingüística por un lado, y la irracionalidad y el libre flujo del deseo por el otro, en el que Ballard no cree. Pues esos universos desarticulados, que el corte vincula podríamos decir mediante magnetismo (el corte aproxima pero no liga, creando algo que me parece apropiado calificar como “espacio magnético”, que por cierto considero muy característico del cine), van a ser poderosamente rearticulados por la frase y, posteriormente, la narración ballardianas, reconfigurados en un continuo coherente, gramatical y lógicamente consistente. En las frases de Ballard, los labios vaginales de una mujer y el líquido de frenos de un automóvil norteamericano no necesitan para unirse de ningún corte, de ningún collage. Su unidad surge natural por la fuerza tanto de una percepción que unifica lo orgánico y lo inorgánico, lo natural y lo tecnológico (y que transgrede en consecuencia las barreras entre lo vivo y lo muerto: hay quienes encuentran cierto misticismo en Crash), como de una racionalidad sin miedo a las vinculaciones antaño delirantes (más adelante, Preciado se apoyará en esta frase, esta conquista ballardiana, para su personal filosofía-Sci-fi: Testo yonqui tiene una deuda mucho mayor con Crash que con Teoría King-kong). Ballard supone un mazazo contundente a la tradición irracionalista que cree viajar a otros mundos cuando en el fondo no lo hacen sino a los estratos más profundos del existente; al devolverle a este campo la sintaxis, la estructura sujeto-verbo-predicado, Ballard imposibilita el mirar a otro lado tanto del racionalista que discrimina campos “ilógicos” como del irracionalista que postula una imaginación independiente al campo social que habita, es decir: independiente a sus restricciones y censura. Ballard se da cuenta muy tempranamente de que no hay oposición entre eros y civilización, que la civilización siempre es una forma específica de vehicular un eros (…y subrayo, por supuesto, “vehicular”), que no hay civilización que no construya una forma específica de placer y de displacer y, sobre todo, una relación necesaria entre ambos: no se constituye una civilización, una sociedad, un mundo, hasta que sus coerciones específicas no generan algún grado de satisfacción a sus habitantes. Hasta que el dolor que nos procura no nos da algo de gusto.
Burroughs abrió el campo como nadie. Mostró la dimensión política que los surrealistas intuyeron sin encontrar el modo de hacerla funcionar (normal: querían salvar el mundo, mientras que Burroughs y Ballard nunca tuvieron miedo de destruirlo). Pero nunca la articuló porque la desarticulación le importaba en el fondo más que el campo. Pienso que su proyecto era otro, y su re-conquista de la continuidad se hará de otros modos, en otras direcciones. La re-articulación es clave sin embargo en Ballard (siquiera sea porque el camino que va de 1964 a 1973 es biográficamente el de un duelo). La construcción global de las Atrocidades, su comprensión de la novela como un campo de relaciones precedente a personajes y narración, su uso tan sadeano de la enumeración (las Jornadas son el más profundo antecedente de las Atrocidades), es un primer paso en la construcción de una voz narrativa que a continuación necesitará someterse a la linealidad de un argumento para alcanzar su plenitud (utilizo este término solo en tanto será con Crash que Ballard conquiste la voz que será ya la propia durante el resto de su carrera; en otros sentidos, por supuesto, las Atrocidades pueden considerarse tan o tanto más plenas). En Crash, Ballard logrará crear personajes coherentes que no dejan con ello de ser resultado de un collage de imágenes, objetos y obsesiones, y un mundo a cuya materia plegarse: en la adaptación a la “literatura convencional” Ballard encuentra la vía para sincronizarse con el “futuro” que busca dar a ver, una articulación libidinal inédita, insospechada pero en el fondo por todos conocida, una psicología nueva, un nuevo hombre gestado al calor de una tecnología benévola que permite, en su cobijo, la gestación de nuevas perversiones estructurantes a su vez de una nueva realidad (¿es el capitalismo, por cierto, una perversión sexual? El neoliberalismo seguro que sí). La continuidad lineal de la autopista, de la carretera, se conviene con (corre a la par que) la de la narración lineal, y permite al escritor desarrollar la de la frase extendiéndola a una dramaturgia completa en cuyo desarrollo los automóviles, el sexo, el asfalto, Elizabeth Taylor, el cemento, el semen, la gasolina y tantas cosas más son fusionados en una misma, única e imparable necesidad.
Los escenarios de la exhibición, la consulta médica o el despacho académico, los catálogos y las conferencias, permitían que los solapamientos figurativos, las sobreimpresiones, fundidos, etc., hicieran realidad la fusión de universos heterogéneos en un escenario unificador. Son los espacios los que generan una fusión que hasta cierto punto basta al escritor con describir. La carretera y el choque de coches permiten en cambio que la fusión no sea solo de imágenes sino de las más diversas materias orgánicas e inorgánicas, que sea real, material, vital, peligrosa y además móvil, procesual… narrativa. La estructura de la frase se puede extender al párrafo y del párrafo al libro, investir personajes y escenarios persistentes. Uniendo la ambición de sus frases a la linealidad de un argumento y un narrador único, alguien que hace del espacio y el pensamiento, de la mirada y la escritura, un único movimiento, Ballard logra concentrar su intensidad, hacer que en lo literario se sienta la marca del espacio/universo descrito, y además elevar a la novela por encima del síntoma, aquello a lo que nadie se entregó con tanta pasión como él en las Atrocidades. Si Ballard puede afirmar una dimensión política en Crash y obras posteriores, es a mi juicio por esta conquista de la narración desde las posiciones previamente aseguradas en la descripción intensiva de las interioridades del síntoma. La unión entre observación, reflexión y narración efectuada por el narrador ballardiano permite el doble pie que reintroduce la posibilidad del diagnóstico (y que ya no es aquel, ilusorio, que creía poseer el protagonista). Pero un diagnóstico que nunca elimina lo perturbador de la enfermedad: daliniano en esto hasta la médula, Ballard no cree que el buen diagnóstico sea el que cure sino, bien al contrario, el que mejor ayuda a explorar, vivir y ser vivido por la enfermedad (lo que se dice un buen enfermo).
    En su adaptación, Cronenberg apuesta por el silencio. Cierto que se habla, pero mucho menos de lo normal en sus otras películas (basta ver las cuatro anteriores, donde todo es verbalizado), y sobre todo en comparación con la importancia del lenguaje en la novela. Aunque sí nos encontramos episódicamente intentos de pensar lo que sucede, o compartirlo, esto suele corresponder a diálogos fruto de encuentros primerizos (entre Ballard y Remington, por ejemplo) o, más sofisticadamente, en un juego bastante autoconsciente del cineasta con su audiencia, en el planteamiento de pistas falsas o ideas crípticas propio de Vaughan (aunque sí hay un momento en que este se explica de forma clara; uno solo). El caso más importante, sin duda, es el de los diálogos entre Ballard y su esposa, donde se concentra más intensamente el lenguaje explícito de la novela, su sensualidad, su función libidinal y creadora. Hay lenguaje, por tanto, pero en una forma excepcionalmente reducida: no se habla en la escena nuclear del lavado de coches, por ejemplo, y la posterior es la primera vez en que no hay palabras entre el matrimonio en su intimidad: en cierto modo, las palabras se ven sustituidas por las marcas de las manos de Vaughan en el cuerpo de Catherine.
No hace falta que Cronenberg lo diga, es evidente que su película traduce el lenguaje a textura, reencontrando la voz de la novela en el silencio de la más estricta materialidad fílmica, en la cuidada construcción de una música visual hecha de resonancias, ecos, ritmos y armonías entre los diversos objetos, escenarios, tiempos y materias que recorren la superficie de la imagen. Crash-film funciona como un vaciado de lo más importante para la conquista ballardiana, las palabras, eliminando la ilusoria distancia del narrador pues el triunfo de la inmersión se ha trasladado al travelling de Cronenberg y a su fusión en el continuo del plano (y por supuesto el montaje entre los mismos) de piel y metal, texturas, volúmenes y formas que no se funden mediante efectos especiales sino por la fuerza de la forma cinematográfica. La gravedad del cambio Ballard la vio de inmediato: si él debió con palabras crear procesos, mundos y percepciones, mediante su puesta en escena Cronenberg unió todo en una sola y pura percepción, la fusión última, prístina y perfecta entre paisaje exterior e interior, reflexión y descripción. El proceso a mostrar ya no es el de la inmersión, sino que, sumergidos ya desde el principio, todo el filme es el futuro mismo trabajando. Si uno pudiera pensar que la adaptación de Crash era imposible por lo introspectivo de su lenguaje, Cronenberg supo ver que, al contrario, nada como el cine para mostrar su lección más radical: que la interioridad de los personajes no es que esté constituida por, investida por, determinada por, su exterior (coches, autopistas, metal, cemento…), sino que ambos son lo mismo.
Y así, Cronenberg logró su película más arquitectónica, más escultural y quizá por ello la más llena de movimiento y, curiosamente, de exteriores, esos que en su obra casi siempre parecen interiores. Hay una psicología ya activa que el accidente concreta y destila casi como si de un salto evolutivo se tratase, paso que precisará darse asimismo en su esposa. Un salto en todo caso casi redundante, un proceso mínimo, muy distinto a los del Bill Lee de Naked Lunch, o el Brundle(fly) de La mosca. No tanto un proceso como movimientos dentro de un campo. Narrar es moverse en ese universo, mirar, escuchar su movimiento.
Sin embargo, Cronenberg es el cineasta por excelencia del proceso por  excelencia: la enfermedad. Y algo de ello queda en su Crash: se ve en la reacción de la doctora Remington cuando el vídeo de choques se detiene y sobre todo en la mirada de respuesta de Gabrielle, así como en la insistencia en el “proceso” de Catherine, que en el fondo, como salta a la vista, está tan entregada como los demás al nuevo universo, si no más. Le falta el choque, sí, pero es una creyente entregada. El cineasta pareciera no querer admitir que Catherine esté tan metida como en el fondo está: pese a lo que diga Ballard, Cronenberg no es tan “optimista” como él, y algunas lágrimas por el viejo mundo se imponen en su visión. Aunque quizás (quizás) haríamos mal viendo un prurito moral en la citada escena, que pudiera tan solo ser consecuencia de la inevitable tendencia del cineasta a convertirlo todo en una forma de enfermedad… y claro, el enfermo inevitablemente va a lamentar en cierto grado estarlo. Pero la peculiaridad de Cronenberg es que al mismo tiempo (y no tanto en un mismo movimiento, pero casi) va a abrazar la enfermedad; abrazar, por así decir, su felicidad.
Al hablar de enfermedades, contagios o incluso pandemias (ejem) es inevitable pensar en Cronenberg, por la simple razón de que nadie como él ha sabido defenderlas: meterse en su interior, entenderlas como transformación del cuerpo, un paso al frente de la materia viva que nos constituye… y sobre todo, mostrar esto considerando el punto de vista del proceso, incluso el de su agente. Las enfermedades cronenbergianas adquieren frecuentemente los inquietantes contornos de un ser vivo, lo que no puede decirse que falte a la verdad. El Jan Hartog de The brood, por ejemplo, describía su cáncer del sistema linfático en los términos de una revolución contra el cuerpo a manos de una de sus partes, la enfermedad como una declaración de independencia de elementos hasta entonces reducidos a una cómoda e inadvertida funcionalidad orgánica. Si vivimos edificados sobre dos unicidades, la del cuerpo y la de la conciencia, la enfermedad puede romper con facilidad la primera (de repente tu riñón o tus pulmones dejan de ser tus amigos) y, en algunos casos, incluso la segunda, como sucederá al inolvidable Seth Brundle, que al final de La mosca afirmará ser un insecto que soñó ser un hombre (vale que en el final-final pide la muerte, pero convendremos que no es lo mismo fusionarse con una mosca que con una cápsula de teletransporte). En esta película, una de las más contundentes a este respecto, Brundle no solo sufre sino que reflexiona en todo momento sobre el proceso que experimenta, consiguiendo dar a ver la singularidad de un proceso, mirar (y admirar) sin juicio una metamorfosis, la conversión de un cuerpo en otro, de una conciencia en otra. Sin obviar los sufrimientos que comporta, pero tampoco lo apasionante del acontecimiento. De hecho, pareciera que todos los procesos centrales del cine de Cronenberg son subsumibles bajo el modelo de la enfermedad, toda vez que esta se presenta como el paso a la existencia de aquello cuya vida ni considerábamos, el encuentro con una otredad insospechada de tal potencia que va a exigir una recomposición radical por parte del cuerpo confrontado: el nuestro.
Por esta comprensión de la enfermedad como encuentro conflictivo entre dos seres vivos (pero ojo, conflicto que surge principalmente por la reacción de uno de ellos), pero sobre todo entre dos cuerpos, por la naturaleza material, carnal, del proceso, toda enfermedad va a parecer siempre venérea. Sin necesidad incluso de entrar en las dimensiones explícitamente sexuales de filmes como Videodrome o La mosca, su labor exhaustiva, la manera en que compromete el cuerpo en todos sus niveles, en que se manifiesta como algo vivo, real, un agente en verdad activo en una lucha cuerpo a cuerpo que genera hartos riesgos pero asimismo ciertos placeres, y cuya labor siempre es vista en un alto grado como fascinante (el entusiasmo y pasión de Brundle en este sentido son paradigmáticos), la evocación del contagio, y más concretamente del sexual, parece inevitable. Cronenberg se niega a ver lo que nos contagia, lo que nos afecta, incluso lo que nos mata, como simplemente negativo, y como mínimo siempre lo va a considerar apasionante.
    Acaso el mejor ejemplo lo ofrezca una de sus primeras y más esenciales películas, que por añadidura resulta ser, curiosamente, una involuntaria adaptación ballardiana. Cuando pensamos en pandemias, la película cronenbergiana de referencia es, evidentemente, Rabia. En ella, la víctima femenina de un accidente de moto (nada más y nada menos que Marilyn Chambers) es tratada con una técnica experimental en una clínica dermatológica que le lleva a generar un órgano nuevo situado debajo del sobaco consistente en una especie de vagina de la que emerge una suerte de pene afilado que bebe la sangre de sus víctimas al tiempo que les inocula una contagiosa rabia que derivará en devastadora pandemia canadiense (lo he puesto en una sola frase adrede). Rabia es una película excelente, además de la primera entre las suyas dotada de cierta sensibilidad melodramática (su clave es la articulación paralela del drama colectivo y el individual, donde de manera inusual es el primero causa del segundo), pero su pandemia, pese al insólito origen, presenta una clásica y nada ambigua violencia, se manifiesta como una fuerza puramente destructiva, y en ese aspecto hay que reconocer que su fuerza raya algo por debajo de otros filmes pandémicos de la época, como The crazies, de George A. Romero, o su antecedente más obvio, La noche de los muertos vivientes.
A mi juicio, la referencia obligada sería más bien su película anterior, Shivers, de 1975, el año de la publicación de Rascacielos, una de las novelas más importantes de Ballard (objeto de una mediocre adaptación reciente a cargo de Ben Wheatley), con la que ocupa gran familiaridad. En ambas, el interior de un gran edificio, más modesto en la película pero con idéntica vocación autosuficiente, se ve sacudido por una escalada de comportamientos transgresores (como poco) por parte de sus habitantes. En Ballard por supuesto el continente es la clave, mientras en el canadiense la motivación será más propia de la ciencia-ficción en variante terrorífica, unos parásitos creados por una especie de científico loco dedicado a la investigación en afrodisíacos (su propósito expreso debe sonarnos: “exterminar todo pensamiento racional”) y que, pese a su más que desagradable aspecto, transmiten a sus anfitriones un incremento salvaje de la libido, una absoluta desaparición de todo tipo de restricción, convirtiendo la relación sexual (en su acepción más expansiva) en medida de toda relación social. Las diferencias entre clases sociales no juegan el papel clave que ostentan en la novela, pero no por ello puede decirse que Cronenberg no acote socialmente su universo, formado por miembros de una clase media tirando a alta que permite por un lado una cierta posibilidad de identificación para los espectadores (el protagonista además es médico), pero por el otro una mayor conciencia de las normas sociales, que favorecerá la violencia del quiebre posterior. Además, la propuesta también bloquea lecturas ingenuas y superficiales (la lectura digamos “jipi”, que connotaría positivamente sin más matices la “liberación” libidinal) haciendo que la pasión de los contagiados no excluya la violencia: en la persecución de sus pasiones, pueden violar y matar; su liberación incluye (como sucede al virus activo) el no reconocimiento de la voluntad ajena. Como en Ballard, no se trata de una oposición simple entre eros y civilización, entre libido y represión, orden y liberación.
Igualmente, esa citada despreocupación por la voluntad ajena no puede considerarse falta de conciencia. Si bien la gravedad de los asesinatos es indudable, ¿quién puede negar que acaso en el ánimo invasivo de los “enfermos” no esté el contagiar de algo que se considera enteramente benigno, algo cuya supuesta nocividad no es tan fácil de defender como lo era la neutralización emocional de los Body snatchers de Siegel, por ejemplo? Al fin y al cabo, el protagonista, último “superviviente” por supuesto, es contagiado por su joven y bella amante mediante un beso, y el síntoma del contagio será… responderlo. En este sentido, quizás nada sea tan perturbador en Shivers como su final, donde vemos a los “locos” en calma, conduciendo sus coches al exterior, fuera del edificio, sin nada que permita distinguirlos, en aspecto o conducta, de la gente “normal”. Lo perturbador no es ya que extenderán el contagio, sino el descubrimiento de que son capaces de normalidad, y por lo tanto de táctica (esa apariencia les facilitará extender el contagio), y con ello de racionalidad. No son, como los zombis o locos de Romero, seres enteramente desbocados, no están follando o matando todo el rato, son capaces al contrario de calmarse por un momento, vestirse correctamente, subirse a un coche, conducirlo mediante movimientos coordinados y salir a ver mundo, aunque sea para expandirse. No son, pues, seres puramente irracionales, tampoco la dualidad racional/irracional juega aquí. De hecho, hay que recordar que a los personajes de Cronenberg, como a su autor, les suele gustar explicarse, y aunque Shivers sea una película poco prolija en este sentido (quizás por eso algunos la evocaron a raíz de Crash) ofrece un célebre momento de explicación, de “fundamento” por así decir de la enfermedad, el famoso parlamento que la enfermera-amante recita al médico y con el que nos damos cuenta de que ha sido contagiada (es decir, y esto es importante: descubrimos que está contagiada por lo que dice antes de por lo que hace):

“Anoche tuve un sueño muy perturbador. En él me encontraba haciendo el amor con un extraño, pero me resultaba difícil, ¿sabes? Porque está viejo y moribundo, huele mal y le encuentro repulsivo. Pero entonces me dice que todo es erótico. Que todo es sexual, ¿entiendes? Me dice que incluso la carne vieja es carne erótica. Que la enfermedad es el amor entre dos tipos de criaturas extrañas la una a la otra. Que incluso morir es un acto erótico. Que hablar es sexual. Que respirar es sexual. Que incluso la existencia física es sexual. Y yo le creo. Y hacemos el amor maravillosamente”.

Cronenberg dirá que su intención en Shivers no era otra que mostrar la enfermedad desde el punto de vista del virus. Un acontecimiento comprensiblemente feliz. Para el virus, el contagio es vida. Es su cuerpo cobrando vida en el encuentro con otro. Es la creación de un nuevo cuerpo por el contacto de dos. Es un proceso sexual, del cual nuestra carne es protagonista. Doble visión cronenbergiana: ver el horror de quien se contagia, pero ver la felicidad de la enfermedad trabajando. No obliterar el ángulo humano, pero no dejar que lo domine todo.
Se diría así que Cronenberg encuentra en el cuerpo, en la materia misma, el horror cósmico que propugnaba Lovecraft. Un horror biológico, como a veces se dice. Si para Lovecraft aquel suponía confrontar al ser humano a la amenaza del infinito, unas inmensidades para las cuales todo nuestro mundo, nuestra historia y civilizaciones eran menos que nada, Cronenberg encuentra esta indiferencia absoluta en el propio cuerpo, la materia carnal que nos constituye pero para la que nuestra conciencia es mero accidente, uno que puede ser además alterado, transformado y hasta eliminado con la mayor facilidad, mediante procesos que no son siquiera conscientes de nuestra existencia. El horror de lo cósmico no se encuentra en las criaturas que acechan en sus espacios infinitos, sino en lo absoluto de su indiferencia ante todo lo que para nosotros es todo, la indiferencia del infinito. Pero lo cierto es que tampoco somos nada para un virus, una bacteria, un parásito, solamente un mero vehículo de su promiscua voluptuosidad. La gripe, el SIDA, la sífilis, el COVID-19, la candidiasis, el cáncer… son tan cósmicamente indiferentes a nuestra civilización y conciencia como Nyarlathotep o Yog-Sothot… de hecho, sabemos todos bien hasta qué punto eran la materia y el cuerpo, propio y ajeno, lo que más horrorizaba a Lovecraft, y cómo trataba de sublimarlo mediante el tranquilizador recurso a esas profundidades cósmicas en el fondo tan reconocibles y poco perturbadoras (también civilizaciones, también legalidades… En las montañas de la locura es sobre todo un libro de historia).
Qué magnífica antropomorfización no deja entonces de ser la que emprende Shivers. Hasta qué punto no deja de mostrar la ambivalencia entre horror y fascinación, pues eso que nos destruye tal como éramos es visto como feliz, como triunfo del eros al que, en tanto ausente de conciencia, es igualmente ajeno. Hasta qué punto no deja de mostrarnos ese inexorable movimiento del protagonista ballardiano que camina irremisible hacia lo que le devora mientras reflexiona sobre ello y expone sus peligros, sin dejar por ello, más bien lográndolo, de hundirse más profundamente en el nuevo cuerpo, la nueva carne. Hasta qué punto no deja de mostrar cómo el propio displacer, la propia desaparición, deviene absoluto júbilo, de mostrar el profundo hambre de apocalipsis que anida en las capas más profundas del cultivo de lo fantástico, un deseo larvado de desaparición, de hundimiento en la inexistencia. La felicidad del virus es en el fondo la del individuo y la sociedad que sueñan su destrucción: el apocalipsis, fin último de toda fantasía, pero quién sabe si inicio indispensable de toda vida.
Al mismo tiempo, cómo no preguntarse sobre el sentido del “horror biológico”. Pues, ¿es en verdad en el cuerpo donde subyace el horror? ¿Es el cuerpo su fuente? Cronenberg, se diría, asocia vida y enfermedad, vida y muerte, y de ahí a que la vida mata, el aire mata, el hombre es un ser para la muerte y demás, hay un paso. Paso trivial que no da, al reconocer la alegría de la enfermedad, la felicidad del contagio, la aventura del cuerpo que cambia. Autor metafórico hasta la médula (aunque a mi me resulta más interesante en lo literal, es decir, entendiendo que La mosca no trata sobre la vejez sino sobre un tipo que se transforma en mosca), Cronenberg encuentra una enorme potencia en la reflexión sobre la enfermedad y la perturbación, esto es: en el contagio por lo otro y la conversión en otro, en la ruptura de todo aquello que consideramos nos configura, la identidad, la integridad de nuestros mundos y costumbres. Son así sus películas “psicológicas” (Dead ringers, Naked Lunch o M. Butterfly, por ejemplo) las que esclarecen más bien a la conciencia como origen del horror, tanto por sus ilusiones de unicidad e independencia como por su poder para crear su propia realidad. El cine de Cronenberg muestra que no hay mayor poder que el de la conciencia… hasta que aparece un bicho lo suficientemente fuerte para perturbar su orden. Nunca son la carne, ni la mujer, ni el otro los que acarrean los horrores de su cine, sino una reacción moral e identitaria que teme esa perturbación, que teme la transgresión y el cambio, y que se deja por ello regular por la rabia, el miedo o los códigos sociales. Es en la respuesta, no en el cuerpo, donde está el problema. Si la televisión puede ser la retina del ojo de la mente no es (solo) por un superpoder de la televisión, sino porque siempre vamos a estar conformados por mucho más que nuestro cuerpo (y no digamos nuestra mente), siempre vamos a ser un compuesto de materias y cuerpos diversos, nunca vamos a ser solo uno, nunca vamos a poder evitar esa enfermedad que es el más allá del sueño que somos.
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Para descargar el pdf: aquí. Un detallado y documentadísimo análisis del Crash! de Cokeliss a cargo de Simon Sellars, incluyendo link a la película, puede leerse en la imprescindible web Ballardian. Las declaraciones de J. G. Ballard sobre Cronenberg pueden encontrarse en el n° 504 de Cahiers du Cinéma, junto a una excelente entrevista con el cineasta (agradezco a José Luis Torrelavega el proporcionarme estos y otros materiales, de tanta utilidad, así como a Enrique Zapata). Pueden encontrarse declaraciones de Ballard a favor de la bomba atómica en varios lugares, pero en estos momentos solo logro recordar Guía del usuario para el nuevo milenio, donde también creo que habla sobre la película de Spielberg, si bien acaso a ese respecto lo mejor sea leer el capítulo respectivo de la memorable La bondad de las mujeres. He citado de memoria algunas declaraciones procedentes de Cronenberg por Cronenberg, libro de conversaciones con Chris Rodley que fue editado, eones ha y a desmesurado precio (que pagué de todas maneras), por Akal. Sobre la relación entre literatura y forma cinematográfica, recomiendo los audiocomentarios a Naked Lunch y Crash (sobre todo esta segunda, en la primera no sé qué pasó que se tira la mitad callado y no dice ni adiós). Las ideas de Lovecraft sobre el horror cósmico se expresan en el célebre El horror sobrenatural en la literatura, del que hay edición reciente en Valdemar. 

domingo, 31 de mayo de 2020

Que me importa un eje

    Entre las infinitas reglas absurdas que pueblan nuestra vida, ninguna como la prohibición del salto de eje. En una escena, se crea una línea imaginaria entre dos términos (en caso de que haya un diálogo entre varios, el eje se irá moviendo, o no, según la relación entre los diversos términos, mediante elaboradas maniobras que no pienso perder un segundo en explicar aquí), que no puede ser atravesada so pena de crear confusión: si dos personas hablan y me salto el eje, el mismo individuo aparecerá hablando ahora a la izquierda y luego a la derecha, o los dos al mismo lado. Confusión. La regla, pieza básica del montaje continuo, desarrollado en los EEUU a lo largo de los años 10 y exportado al resto del mundo hasta convertirse en el sistema que rige el 99% de la producción cinematográfica mundial, ha servido para que piaras y piaras de “expertos” se dediquen a desdeñar esta película o esta otra porque en tal momento “se salta el eje”. Afirman que no puedes saltártelo porque, si lo haces, los planos montan mal, se produce una falla entre las tomas, un quiebre, una discontinuidad, se pierde fluidez, “salta”. Que solamente los entrenados para detectar tal salto sean capaces de percibirlo, es decir, que haya que recibir entrenamiento para verlo, no parece decir nada a esta gente acerca de lo forzado y arbitrario de la regla. El salto de eje es el gran secreto a la vista del técnico cualificado, es esa obviedad que solo el artesano conoce, el secreto mínimo para habilitarte en una técnica. O dicho también de otro modo: el precio a pagar para incorporarte a una profesión, la estupidez a la que no puedes no someterte si quieres ser considerado como un igual por los miembros del campo al que quieres incorporarte, en este caso: el de los cineastas profesionales (entendiendo por “cineasta” en este caso cualquier profesión cinematográfica).
    Mikio Naruse, Japón, 1935. En la última secuencia de Tsuma yo bara no yo ni (¡Esposa! ¡Sé como una rosa! si traducimos el título internacional), el tío de Kimiko llega a la casa donde viven esta y su madre, la poetisa Etsuko. Su incorporación es a mitad de secuencia, pero es lo que la dirigirá a su conclusión definitiva. El padre de Kimiko, y marido de Etsuko, acaba de anunciar su voluntad de irse en ese momento de la casa, para volver al pueblo con Oyuki, la pareja con la que lleva años viviendo tras abandonar a su esposa, y con la que cría a dos hijos, otra familia pues. Por petición de su futuro suegro, el novio de Kimiko ha ido a buscar un taxi, que será justo con el que ha llegado Shingo, el tío.
Shingo entra en el salón, mostrado en plano general (Posición A). Cierra la puerta y se dirige al otro lado del encuadre, mientras se apercibe de algo inusual: Shunsaku, el padre, está vestido de calle (no lo ha hecho para salir, en realidad acaba de volver, pero ha querido irse de inmediato para aprovechar el último tren) y Kimiko, en primer término, está haciendo una maleta. Shingo pregunta a Shunsaku si sale. Shunsaku agacha la cabeza y no responde, así que lo hace Kimiko en toma propia: no sale, se va (Posición B).
    Shingo, en plano medio ligeramente contrapicado correspondiendo al punto de vista de su sobrina (Posición C), da un respingo sorprendido, que aún mantiene un poco de la comicidad que Naruse le había otorgado gracias a una desopilante escena que al inicio de la película le mostraba cantando de desastrosa manera. Mira al padre, su nuero, y le pregunta si eso es cierto. Shunsaku, en contraplano en eje (D: uno mira a la derecha y otro a la izquierda, como corresponde al estar frente a frente), responde que sí, y discretamente justifica su decisión afirmando que tiene trabajo por terminar (aunque el caso es que es un buscador de oro que lleva años fracasando sistemáticamente).
Shunsaku se sienta y, volviendo al plano general del que partimos (A), si bien algo corregido al asentar ya las posiciones que regirán esta parte de la escena, también lo hace Shingo, sin dejar de encarar a su nuero. La tormenta que a continuación dejará caer sobre él será brutal. Y aquí empiezan los saltos de eje.
Si la línea está trazada entre los dos extremos formados por Kimiko y su tío, o su tío y su padre, da igual, todos están unidos por la misma como puede verse en el plano master (A). Si seguimos la regla de los 180°, denominada así porque “el eje de acción determina un semicírculo, o un área de 180°, donde se puede emplazar la cámara para presentar la acción”, todos los planos, si nadie varía su posición, deben tomarse desde esa área. Sin embargo, el siguiente plano, que muestra a Shingo hablando a Shunsaku (E), lo hace desde la espalda del segundo, y el contraplano que muestra la reacción de este se salta nuevamente el eje, al colocarse tras el hombro del primero (F). La consecuencia es que, si comparamos A y E, Shingo mira en uno a la izquierda y en otro a la derecha sin haber cambiado de posición, y si comparamos E y F, vemos que los dos hombres, pese a estar frente a frente, miran hacia el mismo lado, la derecha, ocupado asimismo por el hombro del interlocutor.
El siguiente plano es también de escucha, y retorna a Kimiko igual que en B, pero ahora encuadrada de forma más cercana (B2, pues). Vemos a Kimiko dar otro respingo cuando Shingo pregunta a Shunsaku si tiene algo en contra de su esposa y su hija. Pero esta reacción (todavía silenciosa), se da entre dos posiciones (F-B2) en eje: en F no vemos al tío, pero indudablemente mira a la izquierda, donde están Shinsaku y Kimiko, y en B2 esta mira a la derecha, luego sus miradas se responden. La continuación del parlamento de Shingo no obstante da el salto de nuevo volviendo a E (B2-E no están en eje, pese a estar frente a frente los dos miran a la derecha), donde vemos al tío inquirir a Shunsaku si piensa permitir que Oyuki le arruine. El montaje retorna entonces a B2, saltándose el eje de nuevo, para mostrar a Kimiko, que esta vez no puede evitar una exclamación (“¡Tío!”) que no bastará para interrumpir la escandalosa e injusta aseveración, que escandaliza a la joven que al comienzo de la película compartía los prejuicios de su tío hacia la antigua geisha con la que se había ido su padre.
El montaje retorna a E (nuevo salto), pero de ahí, por alusiones (Shingo afirma que pocas mujeres habrían esperado a Shinsaku tras su abandono, como sin embargo sí ha hecho Etsuko, tema principal de cuya poesía es precisamente la soledad fruto del abandono), Naruse interrumpe el diálogo por un desolado plano medio de Etsuko, de perfil, arrodillada y cabizbaja, que por panorámica pasa a un más lejano Shinsaku en la misma posición, movimiento que es continuado por la entrada de Seiji, el novio de Kimiko, que penetra en el espacio con su desparpajo habitual (son una pareja vital y divertida que se hacen querer de inmediato) pero rápidamente se apercibe de la tensa atmósfera y sale de campo por la izquierda, movimiento a su vez continuado por Shingo, que también fuera de campo se ha levantado, caminando hacia la posición abandonada por Seiji y volviendo a salir por la derecha.
    Si das una patada a una piedra aparecerán millones de realizadores que respetan el eje, pero no sé si hoy encontraríamos a muchos capaces de hacer un plano como este. Sólo lo sólido se desvanece en el aire.
En todo caso, entramos en la recta final. Volvemos a E, pero ahora con Shingo de pie, mirando hacia abajo (E2, pues) y dejando caer sus palabras más duras sobre Shinsaku, ahora tomado en ¾ en un encuadre más cerrado (F2), permitiendo ver mejor el modo en que se perturba su rostro cuando escucha a Shingo acusarle de no escribir y, sobre todo, de no viajar, no tomar siquiera el tren para visitar a su familia, teniendo dinero. El silencio de tantos años de Shinsaku se vuelve contra él, así como los prejuicios sociales: para defenderse (cosa que en todo caso tiene difícil puesto que, en efecto, no mantuvo contacto alguno con su familia en años), debiera informar a su cuñado de que en realidad es absolutamente pobre, que todo su poco dinero procede de Oyuki, geisha antaño pero desde hace tiempo dueña de una modesta peluquería rural con la que todo este tiempo ha mantenido a una familia de cuatro ante el constante fracaso en la búsqueda de oro del padre y, pese a la escasez, incluso ha mandado dinero todos los meses (durante años) a la familia de aquel (y en su nombre y a sus espaldas), posibilitando con ello los estudios de Kimiko, a costa incluso de los de su propia hija, Shizuko. Shinsaku debiera, para defenderse, admitir su silencio y confesar su fracaso y pobreza a Shingo, además de que el dinero que mandaba Oyuki a nombre de él era enviado de hecho a sus espaldas, es decir, que en el fondo él ha atendido a su familia menos incluso de lo que Shingo cree (para más oprobio: el dinero con el que ha hecho el presente viaje, y comprado el regalo de boda a Kimiko, es el que Oyuki tenía ahorrado para el ajuar de Shizuko...).
    Kimiko lo sabe todo. Y quiere a su padre y, casi más aún, quiere a Oyuki, a la que considera más modelo de esposa que a Etsuko, y quien le confesó que poco la importaba la pobreza si podía seguir viviendo como hacía con el hombre y los hijos que amaba. Por ello, esta vez sí salta de verdad. E2 se desplaza por panorámica de la posición inicial a la joven, ahora con su pareja detrás en calidad de testigo mudo. Y empieza a decir algo. Quiere decir que los billetes de tren los pagó Oyuki, y posiblemente también que fue Oyuki quien pagó este último y quien casi obligó a Shinsaku a acompañar a Kimiko pese al riesgo de que le convencieran para quedarse en Tokyo, es decir a riesgo de su propia felicidad.
Pero no lo dice. Porque le corta su padre, que le impide seguir. En salto de eje, por supuesto (de hecho una posición nueva: G). El contraplano de Kimiko, asumiendo el silencio, también es una posición inédita, y esta vez en eje (H). Kimiko agacha la cabeza… pero luego la levanta. El desenlace comienza con este gesto capital. O no tan rápido. Primero la levanta, sí, pero para pedir disculpas a su padre. Y afirma, dando la razón a aquel, que debería callar. Pero inmediatamente, en un plano general (I) que reúne a todas las figuras pero en posición opuesta a A, la levanta de nuevo y pide a su tío que no detenga a su padre.
Aquí no hay respingos. El tío se gira hacia ella dando la espalda a la cámara y responde escandalizado si la felicidad no consiste en tener a la familia reunida. No hay rostro del tío porque ha dejado de importar, ha dejado de ser el centro de la escena, que vuelve su rostro hacia el de Kimiko. Vuelta a H: es la felicidad de más personas la que está en juego (es decir, pero no lo dice porque su padre no la deja: tienes razón, pero es que es la felicidad de otra familia la que me preocupa, la de esta ya se ha evidenciado imposible). Esto lo dice mirando al tío. En eje. Y luego mira a su padre. Y agachando de nuevo la cabeza, afirma creer que es mejor que se marche.
El contraplano retorna a G, con menos aire por arriba. El padre, inmóvil y cabizbajo con el sombrero en la mano. El tío ya es solo una intrascendente expresión de fastidio. Y entonces llega el contraplano.
    En el contraplano tenemos la posición H, más cerrada. Es casi un primer plano, pero no llega a serlo, y esto es importante, porque Naruse sabe que este es el momento central de la película, que todo lo que hemos visto se dirige a este momento trascendental, pero que el primer plano es otra cosa, aún hay que dar un paso más para él.
    Y en este plano tiene la mirada ya levantada. Y dice, con una sonrisa de una levedad indescriptible: “papá, por favor, vete”. Y agacha la mirada con discreción, como pidiendo perdón por el atrevimiento (es una chica moderna pero respetuosa de las costumbres y, por supuesto, prejuicios, tradicionales), también en asunción de lo que significa tal petición, pero sabiendo además lo que acaba de hacer, sus consecuencias.
     En efecto, esto permite que el padre (retorno a G) pueda levantar su acobardada cabeza y, ante el permiso filial, tome la voluntad final para marcharse. En el mismo plano, el tío se da cuenta de que ha llegado el momento, que de verdad se va. Ambos empiezan a levantarse. Shingo irá a buscar a Etsuko, pero esta le dirá que cada corazón tiene su verdad, y que hay que respetarla, no forzarlo. Shingo alucina.
    Y ahora llega el final. Porque “papá, por favor, vete” es el lugar al que se dirigía toda la narración. Pero una película no es lo mismo que una narración. Todo en esta segunda lleva a “papá, por favor, vete”, pero todo en la primera lleva al momento que sucederá a continuación.
Entrada de la casa. Shinsaku se sienta para ponerse los zapatos. Kimiko lo mira y, precedida por un travelling de retroceso, camina hacia el salón llamando con exclamaciones a su madre. En plano aparte, el inenarrable padre le dice que no se moleste, se levanta y le pide a su futuro yerno (una de las razones de su viaje era que el padre de Seiji pedía conocer al de la novia) que cuide bien de Kimiko. “Seiji, cuida bien de Kimiko”. Seiji sonríe tímido, y asiente. Los dos entonces se vuelven a un punto a la derecha, a ella, fuera de campo, y Shinsaku dice: “Kimiko, cuida bien de tu madre”.
    El contraplano nos muestra a Kimiko (Sachiko Chiba) sola. En primer plano, ahora sí. Pero no, tampoco, no todavía. Medio cuadro está vacío, muestra el interior de la casa, y ella ocupa la mitad izquierda. Pero es evidente que algo pasa. El final de la frase suena sobre su rostro. Que se queda inmóvil, y en silencio. Pero no es solo eso: todo está en silencio. De repente, tras el diálogo constante e intenso, hay silencio, e inmovilidad, y medio encuadre vacío. Y esto se extiende un poco. No mucho, pero un poco, suficiente, y consigue que de golpe, toda la película se concentre en ese rostro. Y entonces, ella da un paso hacia delante, colocándose, ahora sí, en primerísimo plano, el que Naruse se había guardado hasta ahora. No es un avance cualquiera. Se hace sobre el mismo silencio, y sin que apenas el rostro de ella cambie, aunque es posible percibir los movimientos leves, ver los sentimientos moverse bajo su piel en variaciones casi imperceptibles de su superficie. Como es también posible advertir que el cuerpo avanza antes que el rostro, primero se mueven los pies y luego los hombros y finalmente es la cabeza la última en aceptar el movimiento que acontece, que ella ha puesto en marcha pero que pese a todo le supera. Y sobre esto, ahora sí, suena el timbre de la puerta de la casa, que se abre y se cierra dejando marchar al padre que se va con otra familia, una mucho más feliz que la que abandona.
    Este plano, por cierto, también se ha saltado el eje.

2.
Yasujiro Ozu, Japón, 1962. En Sanma no aji (Tarde de otoño en inglés, El sabor del sake en España, y literalmente “el sabor del sanma” o algo así como “el sabor del pescado de otoño”), Shuhei y su hijo, Koichi, hablan sentados a la mesa del salón del primero. El plano reúne a ambos hombres en una toma conjunta, Koichi de espaldas y a la derecha Shuhei, casi de perfil a la izquierda (X). El espacio entra a secas, de golpe. Solo un “pillow shot” lo precede y ha sido del escenario anterior, un restaurante donde ha tenido lugar la escena que dirige a esta. Eso, que una escena dirija a la siguiente, no es tan habitual, o cuando menos tan directo, en esta película. Por un lado, Ozu ha dado a conocer lo suficiente el lugar; por otro, es momento de precipitar los acontecimientos, tras tardar Shuhei más de la mitad de la película en decidirse a casar a su hija, Michiko.
Shuhei se lamenta. Se culpa, debido a todo el tiempo que tardó en decidirse. Koichi ha descubierto que su amigo Miura, en el que la joven parece estar interesada, acaba de comprometerse. Más aún, ha descubierto que Miura siempre estuvo interesado en Michiko, que llegó a preguntarle al respecto tiempo atrás y no se encontró más que con negativas (es esto lo que sucedió en el restaurante anterior). No había intención de casar a la chica, que parecía destinada, y decidida, a cuidar al padre viudo, y la consecuencia es que no podrá ahora hacerlo con quien desea.
El contraplano es un salto de eje como una casa. Ozu se pasa al otro lado de la mesa y toma a Koichi de frente.
Pero no solo eso. El contraplano del padre se vuelve a saltar el eje y así va a ser todo el diálogo. La escala de los planos no va a variar (es decir, no va a tomar por ejemplo a Shuhei en primer plano, como hacía Naruse con Kimiko). Las dos figuras se encuentran en el centro del encuadre, en posiciones parecidas, inclinados levemente a la derecha (de forma más patente en el caso del hijo) pero, sobre todo, mirando al frente. Cada uno se inclina hacia el otro, sí, pero hablan hacia el frente, es decir, hacia la cámara, no hacia donde se encuentra de verdad su interlocutor. La relación espacial entre ellos está clara gracias al plano general, pero Ozu solo la sostiene manteniendo el espacio y las posiciones. El resto lo violenta. Cuando Koichi dice que no debieran ocultarle la mala noticia a Michiko,  Shuhei mira hacia la cámara y responde “¿y si se lo explicas tú?”. Ozu, en suma, no solo se salta el eje, sino el emparejamiento de miradas.  
En Bulevar de los recuerdos, el reciente libro-entrevista realizado por Asier Aranzubia, Manuel Vidal Estévez nos recuerda que la frontalidad recurrente en Ozu era prácticamente única, extraña al clasicismo, y solo más tarde asimilada. Pero casos como este son particularmente enrevesados, pues aunque la toma de conjunto nos dé las relaciones espaciales, y los planos individuales las mantengan, todo lo demás las viola al transgredir las reglas tanto de los 180° como del emparejamiento de miradas.
Más usual en el director es la planificación, sobre el eje, del diálogo con Michiko. Tras el intercambio entre los dos hombres, finalizado con el fastidio de Shuhei ante el hecho de darle a Michiko una noticia tan mala, y de la que se siente culpable, volvemos a un plano general, pero que se salta de nuevo el eje (la toma última era la del padre) y toma el salón desde el ángulo opuesto al inicial (Y).
Y es un ángulo que ha sido repetido muchas veces en la película. De hecho es el que más, dado que incluye la entrada y el pasillo (un rasgo de interés adicional del inicio de la secuencia, por tanto, es que X era una posición inédita hasta el momento). Es entonces el que aquí permite reintroducir la normalidad, mostrando la entrada de Michiko, ajena a lo que sucede pese a lo mucho que la implica. Pero tal normalidad e inocencia va a ser interrumpida de nuevo (ya lo fue la anterior vez que estuvimos en este salón, cuando Shuhei pilló desprevenida a Michiko urgiéndola a casarse) por un arranque de decisión del padre.
Shuhei hace sentarse a Michiko y, con decisión, apaga el cigarrillo disponiéndose a la difícil tarea (Ozu incluso incluye el sonido del apagado en la banda de sonido). Cualquier habituado a Ozu reconoce la singular planificación: ambos interlocutores se encuadran frontalmente y hablan a cámara, situada en un punto medio entre ellos, y por tanto sobre el eje. Dado que Shuhei está en ¾ el habitual efecto espejo propio de esta planificación no aparece aquí, pero la composición del cuadro, la ubicación centrada y frontal de la figura, es la misma.
Sentada la joven, Shuhei le comunica que Koichi ha hablado con Miura. Michiko gira la cabeza sin mover ni un músculo de la cara. Es el opuesto de la intensidad interior de la protagonista del film de Naruse, sutil pero intensa. Aquí, la actriz mantiene una impertérrita máscara neutra, construyendo la escena solo mediante ritmos y movimientos mínimos. Aquí, el giro lento, silencioso y expectante. El contraplano de Koichi, en eje, da la respuesta. La cámara está en una suerte de triángulo, y no va a irse a ningún lado: la tensión se ha concentrado en este momento que acaso sea el más trascendental de toda la vida de Michiko, aquel que la cambiará para siempre. Ozu guiará la escena mediante las miradas de la joven, girando entre los interlocutores en función de las nuevas noticias.
Tras recibir la información de que Miura ya está comprometido, Michiko, con el mismo ritmo, y la misma inmovilidad facial, gira la cabeza hacia su padre. Contraplano. Shuhei pide perdón por no haber pensado en ello antes. Retorno a Michiko. Ahora no mira a su padre ni a su hermano. No tiene a quien mirar. El hombre en quien se permitía soñar nunca será suyo. La cabeza, muy lentamente, se inclina hacia abajo.
El trato aquí de Ozu con Michiko podría tildarse de bressoniano (podría, aunque Ozu llegó antes). Es evidente que la actriz (Shima Iwashita) ha recibido instrucciones muy precisas, y que sus sentimientos se crean mediante el contacto de un rostro neutro y unos gestos precisos con las informaciones de sus familiares. El descenso del rostro parece un signo de impotencia: ella no puede salir corriendo, llorando, pero tampoco puede decir nada. Ozu salta ahora a un nuevo plano conjunto, que de hecho ocupa una tercera posición inédita, ahora una toma desde el mismo lado que la inicial pero distinta, más alejada, lo suficiente para incluir a los tres personajes (Z). La función es unir en el mismo cuadro la patente tristeza, gesto y silencio de Michiko con el impacto que genera sobre sus familiares. Primero, Koichi se inclina hacia ella y pide disculpas. Después, Shuhei reitera las suyas, en un tono más culpabilizado aún. Se sienten pues, y con justicia, responsables del sufrimiento de la joven, que saben seguro.
Para lo siguiente no hay captura posible. Michiko levanta la cabeza y con leve sonrisa su mirada se mueve ahora con presteza si bien idéntica levedad, y tranquiliza a sus familiares. Vuelven los anteriores contraplanos: Shuhei sonríe aliviado, pero, ahora sin pasar por un plano de Michiko, vemos a Koichi, que lanza la pregunta definitiva: ¿por qué no aprovecha y conoce al hombre que propone su padre?
Todo en El sabor del sake empieza por la propuesta de matrimonio que llega a través de un amigo de Shuhei. Fue ante la negativa de Michiko que las pesquisas familiares llevaron a Miura, a quien se indagó por considerar que lo ideal era casarla con quien ella desease. Pero, ahora que Miura no... ¿por qué no probar?
Evidentemente, un nuevo giro de cabeza creepy se impone. Pero Ozu invierte la planificación previa. Ahora, al pasar a ella el corte descubre a Michiko con la mirada ya vuelta hacia Koichi. Ozu no la ha mostrado girando la cabeza. Hasta ahora, cada hombre aparecía vinculado a las miradas de la hija. Shuhei hablaba, la hija miraba a Koichi, Koichi hablaba, la hija miraba a Shuhei, Shuhei hablaba, la hija mira al suelo. En toma general, los dos hombres hablan. Michiko levanta la cabeza, habla. Y aquí Ozu rompe el ritmo: habla Shuhei, pero sin pasar por Michiko vamos a Koichi, con su rompedora propuesta. Y en el retorno a Michiko, ella ya ha girado la cabeza hacia él. Hasta qué punto esto es gráfico respecto a lo que tiene lugar en el diálogo, no hará falta explicitarlo. La propuesta deja a la joven en barrena. No dice nada, de nuevo. Y gira la cabeza hacia el padre, aunque esta vez es difícil saber si lo mira o simplemente aparta la mirada. Mostrar por primera vez no un giro de cabeza que llama a un contraplano sino un giro que sigue a un plano, a una grave propuesta, genera una importante sensación de rechazo, como si volviera la cara. Y sobre esta, ahora sin cortar al hablante (tercera diferencia respecto a la parte anterior del diálogo), suena la misma pregunta, hecha ahora por su padre. En un lado y otro, la misma pregunta. Y del mismo rostro que se enmascara en una tenue sonrisa, surge un sonido:
“Eh”. Es decir, “sí” (según mis informantes, “eh” es un “sí” más coloquial que “hai”).
Hay que ver la escena (y tener algo de sangre en las venas) para saber lo que es ese “eh”, ese sonido mínimo y breve expelido por una figura inmóvil y tensa. Esta brevedad precipita los veloces segundos siguientes: a ese “eh” sigue el plano del padre, que encantado pregunta si de verdad quiere, un plano muy breve inmediatamente seguido por otro de Michiko, que hace tres cosas, de nuevo muy rápidamente: dice “eh” de nuevo, mira a padre y hermano, les dice que deja todo en sus manos, y se levanta (vale, son cuatro). Toda su vida acaba de cambiar, en apenas un minuto. Diez más tarde, la veremos vestida de novia, y otros quince después, el padre la llorará a solas, en la primera noche del resto de su vida.
El remate es puro humor à la Ozu: Michiko sale en plano general (esta vez, el mismo ángulo con el que entró). La tensión ha sido notable, visible en la rigidez física y verbal de esta chica hasta ahora jovial y moderadamente retadora (las tres mujeres de Sanma no aji son muy críticas hacia sus respectivos partenaires masculinos). Cuando se levanta y sale, lo hace apresuradamente y no nos cabe ninguna duda de lo que hará fuera de campo. Pero Koichi y Shuhei se miran satisfechos y dicen “no ha ido mal”, “temía que iba a ponerse a llorar”, “no se lo ha tomado mal”, etc. Por supuesto, enseguida aparece el otro hijo de Shuhei, menor, y pregunta por qué Michiko está llorando. Los mayores se ven sinceramente sorprendidos.

3.
La única voz que conozco que haya manifestado un rechazo frontal (nunca mejor dicho) hacia la ley del eje es la de Ozu. Según él, fue Thomas Kurihara, que había estudiado en EEUU, quien al volver a Japón llevó consigo la buena nueva de la gramática cinematográfica, que, siempre según Ozu, él y todos aceptaron como normas indudables (ignoro si esto es cierto, sobre todo pienso en que, antes que Kurihara, a Japón habrían llegado las películas estadounidenses de los 20, hechas todas según las reglas del montaje continuo). En los años 30, el aún joven cineasta se decide por fin a violar la regla del eje, y descubre que no pasa nada: “Mis amigos (...) dicen que mis películas no resultan ágiles a la vista. (...) Pero cuando les pregunto si esa sensación dura toda la película me responden que no, que se siente al principio y luego el espectador se habitúa. Si al principio se muestra claramente la situación de A y B con un plano largo, luego se puede filmar como uno quiera, desde cualquier ángulo” (76). ¿Lanzaron los japoneses Pearl Harbour para librarse de la extraña invasión de la regla de los 180°? ¡La invasión del eje! Bonito sería, pero en todo caso sabemos que fracasaron.
Vidal Estévez subraya sobre todo el carácter distanciador de las elecciones de Ozu, pero este en el fondo afirma que ese distanciamiento, si de verdad sucede, lo hace solo al principio de las películas, por la falta de costumbre. Ozu afirmaba que, si se había dado un plano master que mostrara las relaciones espaciales entre los personajes, el espectador retenía tales relaciones y en consecuencia esos saltos no generaban problema. Implica pues que la atención siempre recae en el diálogo o los elementos narrativos, siendo por tanto las coordenadas espaciales datos relativamente sencillos de suministrar y que, en todo caso, la centralidad de lo narrativo genera que las relaciones en verdad importantes, relevantes dramáticamente, sean establecidas por los propios diálogos. Si A y B miran en la misma dirección pese a estar frente a frente es algo totalmente secundario para la percepción del espectador en comparación con la naturaleza de su relación o con el hecho mismo de esta, es decir, si A pregunta y B responde es obvio que están frente a frente, da igual dónde esté la cámara.
Es evidente que Naruse se salta el eje a conciencia y a sabiendas, pero también que para sostenerlo utiliza, como Ozu, planos generales. En ambos casos, incluso en el de Naruse, donde las posiciones y ángulos son muy variados, está claro, es evidente, a quién se dirige cada frase. Naruse, al contrario que el temerario Ozu, incluso gusta de incluir el cuerpo del interlocutor en cuadro, y variar esa presencia haciendo que ahora aparezca un hombro, luego un codo, etc. Si alguien se pierde, es porque no está siguiendo la historia; si a alguien le salta algo, es porque está entrenado para que le salte.
Al contrario, la regla de 180° facilita el prescindir del famoso plano master. Por ejemplo, en El proceso de Juana de Arco Bresson construye mediante emparejamientos de miradas el tribunal donde Juana es juzgada, y así operará durante toda su carrera. Como bien sabemos, sin embargo es norma habitual utilizarlo: la regla de 180° no existe por gramática, sino por miedo. No creo que sea por miedo que Ozu y Naruse utilizan sus planos generales, sino por interés genuino hacia el espacio, particularmente patente en Ozu. Este explica que cuando por primera vez decidió saltarse la regla fue al tener que planificar una escena en la que el espacio era capital, pero la combinación de la acción sumamente ritualizada que tenía lugar con una regla que limitaba sumamente sus posiciones le impedía sacarle al escenario todo el partido necesario. El establecimiento de una regla no de 180°, sino de 360°, permite disponer del espacio en toda su extensión, y usar todos los fondos posibles con entera libertad, solo con las reglas que uno mismo quiera establecer y no por mor de una gramática ilusoria. Todo el espacio está activo, incluso podríamos decir que, en la regla de los 360° (es decir, en el fondo la inexistencia de una regla), el espacio se siente con un intensidad mayor que en el resto del cine. Por mucho que los personajes y sus diálogos sean la guía de las dos secuencias descritas, la impresión del espacio, de su insistencia, es innegable. Esto no se va a deber a la ejecución de un “dispositivo” que privilegie al espacio frente a sus habitantes (lo que podríamos entender como el modo occidental inicial de integrar las enseñanzas orientales, véase por ejemplo Contactos), sino a que la escena ha sido construida en atención exclusiva a sus propios núcleos de interés, sin organizarlos en atención a la existencia en ella de un espectador materialmente situado. El espacio se ha independizado, pero no de la escena sino del espectador inexistente postulado por el montaje continuo. La forma cinematográfica ha asumido, ha entendido, que el espectador no está en la escena, sino ante la pantalla.
A mi juicio, lo central que dejan traslucir las palabras de Ozu es que si en verdad el salto de eje no choca, es porque tácitamente la percepción cinematográfica ha asumido (ya lo había hecho en los años 30, así que no veo por qué hoy no) que la ubicuidad de la cámara es omnipotente y el espacio cinematográfico es en esencia discontinuo, es decir íntegramente relacional.
Esto no es nuevo, ya; lo sabemos todos, ya; pero no se obra en consecuencia.
El sistema continuo se desarrolla centralmente en EEUU en los años 10 y su primer año de esplendor parece haber sido 1917 (sigo en esto a Bordwell y Thompson). Como es sabido, el sistema previo era el estilo tableau, donde la escena equivale al proscenio teatral y, por tanto, el espectador mantiene respecto a la pantalla la misma relación que respecto al escenario del teatro: ambos están frente a frente, la pantalla equivaliendo a la cuarta pared.
Cuando las películas empiezan a ser más largas, el sistema narrativo comienza a organizarse de forma más precisa en torno a un conflicto central, tomándolo como centro para establecer la planificación, de modo que el montaje pasa a ser más preciso, cortando la escena en planos de escalas crecientemente diversas según la importancia de los elementos. Con ello, el espacio presentado en la pantalla se aleja cada vez más del teatral, donde solo existe un ángulo de visión posible, frente a la escena, mientras que el cine puede multiplicar los ángulos de vista, como si el espectador se convirtiese en un ectoplasma o entidad inmaterial capaz de ubicarse allá donde más le interese, ahora dentro de la escena.
Pero el sistema está todavía generándose, la relación espectador-pantalla aún mantiene la inercia del tableau y por tanto se siente que el riesgo es que el primero se pierda entre las piezas. Será para evitarlo que se intente mantener no solo la continuidad del espacio (para eso, basta con respetar las leyes de la física), sino, de manera fundamental, su continuidad respecto al espectador. Es decir: así como en el tableau la escena se construye como un escenario situado ante aquel, en el montaje continuo será ahora cada una de las diversas relaciones constitutivas de la escena (el diálogo por ejemplo de A con B, luego de A con C, después de C con E, etc...) la que será editada como si el espectador estuviese frente a ella, o cuando menos en una posición constante, de tal modo que se mantenga uniforme, a no ser que alguno de los personajes modifique la suya. La idea es que ahora estamos más próximos a la acción, podemos mirarla de cerca, luego el montaje representa algo parecido a los movimientos de la cabeza. Los planos se atan unos a otros gracias a atarse previamente a la mirada de un observador ideal situado en el interior del espacio, frente a la escena (cada una de las escenas).
El eje se evidencia aquí como la traducción del proscenio teatral al montaje, la línea imaginaria del eje como versión portátil de un proscenio que se replicara con total ubicuidad dentro del espacio propuesto. La existencia de esa línea mantiene viva la idea del espectador sentado frente a una acción determinada, ambos existentes en un mismo universo compartido en calidad de ficción (narración) y realidad (espectador).
Que se creara la regla del eje tiene todo el sentido y razón del mundo. Permite pasar del tableau al sistema continuo de forma no traumática. Permite mantener la continuidad del espacio afirmada por el tableau a la vez que se ejerce su esencial discontinuidad mediante la ubicuidad de la cámara. Pero que la regla siga viva en la actualidad, que su ejercicio no sea optativo sino considerado obligatorio hoy en día, es más difícilmente justificable. La regla de los 180° es el último remanente del proscenio teatral aún vivo en la técnica cinematográfica, como órgano que en un cuerpo permaneciera de una especie evolutivamente anterior. Ejercita todavía la idea de que el espectador tiene una presencia física en la escena y por tanto se verá violentado si tal posición se transgrede. Que esto es un absurdo lo evidencia la capacidad que desde hace décadas tiene la forma cinematográfica para pasar sin problemas de unas lentes a otras, de primeros planos a planos generales, de tomas en tierra a tomas aéreas y un casi infinito etcétera que cualquiera sabrá identificar. Todo espectador sabe que el espacio cinematográfico no es un espacio físico, sabe que su relación no es con un espacio sino con una pantalla, sabe (y “saber” aquí quiere decir “percibe”, sabe percibir, es decir percibe sin problemas) que el espacio se construye mediante relaciones. La regla de los 180° evidencia una profesión mucho más atrasada que aquellos que consumen sus productos. 
Solo la libertad nos permitirá descubrir las cadenas que nos son de verdad indispensables.
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La cita sobre el eje procede de Bordwell y Thompson, El arte cinematográfico, Paidós, p. 262. Las declaraciones de Ozu, de La poética de lo cotidiano. Escritos sobre cine, editado por Gallo Nero (gracias a José Luis Torrelavega por proporcionarme fotografías de las páginas y hacer con ello menos duro el estar lejos de mis libros). Las referencias de Vidal Estévez proceden del magnífico nº 5 de la revista Materiales por derribo, Bulevar de los recuerdos. Una conversación con Manuel Vidal Estévez, páginas 117-118 y 156. Sobre el año 1917, ver por ejemplo http://www.davidbordwell.net/blog/2007/12/.