miércoles, 31 de diciembre de 2025

Informe semanal (6)

Balearic (Ion de Sosa, 2025)

Flores para Antonio (Elena Molina, Isaki Lacuesta, 2025)

Juror #2 (Clint Eastwood, 2024)

Skinamarink (Kyle Edward Ball, 2022)

Noche transfigurada (Julius Richard, 2025)

Perpendicular (J. Richard, 2025)

Sinister (Scott Derrickson, 2012)

Sinister 2 (Ciaran Foy, 2015)

Misery (Rob Reiner, 1990)

Anaconda (Luis Llosa, 1997)

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La primera parte de mis vacaciones de verano consiste no solo en cambiar de país, ciudad y estación (heme aquí, en mi segundo invierno del año), volver a ver a familia y amigos, atiborrarme de rabas, chocolate con churros, cecina, caracoles y otras delicias culinarias, sino también de, como buen cinéfilo, aprovechar la posibilidad de acceder a una cartelera diferente. Y es que Santander sigue teniendo una vida cinematográfica interesante. Si en Valparaíso solo tengo a mano el Insomnia y los Cineplanet (es decir, el Insomnia), más el Cine-Arte y los Cinemark de Viña, en Santander tengo las tres cadenas de multisalas de las afueras más, en el interior: Los Angeles, Bonifaz (aka Filmoteca) y las tres salas de Embajadores, otrora Groucho, a las que hay que añadir la programación de Cineinfinito en la pequeña sala de Madrazo, donde en la semana de mi llegada se proyectaron dos pelis de Michael Snow (Wavelength y La région centrale) y otras dos de Paul Sharits (Ray gun virus y la extraordinaria 3d degree, lo más obra maestra que he visto en los últimos meses, y quizás en todo el año). En lo que respecta a la semana siguiente, objeto de este informe, han caído dos en Embajadores, dos en Bonifaz, y lo que he podido en casa. Los entusiasmos, empero, han sido pocos.

Cayeron, en los nuevos Embajadores, ahora tres salas en vez de dos después de que el cenizo propietario de los Groucho decidiera quitarse felizmente de en medio, dos recientísimos títulos españoles: Balearic y Flores para Antonio. Tenía mucha curiosidad por la de Ion de Sosa, y mereció la pena, aunque no sea para tirar cohetes. En cierto modo, ni sé ante qué estamos. Yo diría que ante una película del Carlos Saura de finales de los 60/inicios de los 70 trasladada a la actualidad. Supongo que muchos citarán a Buñuel viendo Balearic, pero sería un error: si lo ven, es porque aquel Saura quería ser Buñuel, del mismo modo que aquí de Sosa quiere ser Saura; es, pues, un Buñuel filtrado, trasplantado en segundo grado, por el trasplante, en primero, de Saura. Y a los hechos me remito: discurso antiburgués más moral que otra cosa, con mucha metáfora obvia y tono entre naturalista e irreal reforzando el tono de parábola, película a interpretar donde sin embargo todo el discurso es evidente, la crítica transparente, e incluso vulgar.

Balearic resulta así una película cuyo demodismo (creo que me inventado el palabro, pero a saber) reforzaría la parábola, pues la situación social que plasma no ha cambiado un ápice y hasta las referencias apocalípticas y genéricas del Saura de antaño (la ciencia-ficción en La caza, por ejemplo) están más al día hoy que entonces, lo que no quita que todo esto haga de la película algo realmente pobre. Sin embargo, hay una dimensión lúdica en esta narrativa deslavazada, llena de ocurrencias, observaciones, notas y gags a cargo de un plantel de intérpretes magnífico de verdad, que la película mantiene un tono tenso, intrigante y cómico a la vez al que viene a sumarse la espléndida fotografía en 16mm, cuyo empleo tantos hoy acusan de fetichista pero cuyos resultados evidencian que la clave de la fealdad de gran parte del cine actual está en sus herramientas.  

Este cronista, no obstante, debe poner en primer plano del goce que le ofreció Balearic en los intérpretes. Ion de Sosa ya había mostrado buena mano para el uso de actores no profesionales en Sueñan los androides (2014), pero esta película juega en otra liga, dando espacio a todo: mucha extrañeza por supuesto (extrañamiento sería quizás mejor palabra), cinismo, ternura, frescura, envaramiento, naturalismo, parodia, todo tiene cabida aquí. Balearic da envidia por el gusto de disfrutar de buenas actuaciones en una película española, país cuya cinematografía padece el lastre inexplicable de los peores actores del planeta. ¿Dónde ver unos adolescentes como los de Balearic? (a la que no perdono no dedicarles más tiempo, cuando no la película entera). Y la clave no son ellos, pues es fácil imaginarlos odiosos en una serie española de sobremesa. La verdad es que no sé cuál es la clave, diría que el gusto de de Sosa por una forma de hablar y moverse, de ser, a la que se ha encontrado una forma de expresión adecuada. Como si el envaramiento actoral hispano procediera ante todo, o también, de un envaramiento narrativo y de puesta en escena. Pero no puedo ser tajante. No puedo explicarlo, pero entre la luz y los intérpretes, Balearic se redime parcialmente de, y hasta se las arregla para integrar, la pobreza de su fondo, su mediocre forma global.

Ni un solo elemento redentor encuentro en Flores para Antonio, película que me tienta calificar de odiosa. Realizada más a la gloria de la hija de Antonio Flores que del cantante, se trata aquí de la escenificación de un trauma, de un dolor, de secretos y cosas calladas y revelaciones que se escenifican sin llegar nunca a suceder (véase el vergonzoso encuadre de la hija de espaldas con sus dos tías flanqueándola), incluso de una superación (cantar) que cuando llega, lo hace del modo más rutinario e irrelevante posible. No faltan por demás las animaciones para distraer y entretener, los rostros graves incapaces de aportar gravedad a nada, y archivos que aportan lo mejor de la función (el padre y la niña cantando) pero son despiezados tan a fondo que no permiten ni conocer una experiencia, ni valorar las canciones, y ni expandir siquiera una emoción. Un trabajo pésimo, que si acaso sirve para evidenciar que quien necesita un documental riguroso, y a ser posible de archivos íntegros, es Lola Flores, quien aporta el mejor momento de toda la película: la intervención televisiva donde explica con la mayor normalidad que ha tirado de contactos para suavizar la mili de su hijo. Una gigante. Espero que sea otro equipo el que haga ese docu.


Por parte del Bonifaz, cayeron Juror #2 y Skinamarink. No había visto la de Eastwood, y como suele pasar no decepcionó, pero, como suele pasar, tampoco entusiasma. Hecha con el tono preciso, casi menor, de obras como Sully (2016), pero también la intensidad de Richard Jewell (2019), Juror #2 mantiene de forma implacable un pulso que es moral a la par que narrativo: parte del desarrollo depende de elementos ajenos al protagonista (las reglas del jurado, las posiciones de otros), pero la capital recae sobre su sentido ético y su respuesta al mismo (y la clave de la obra es que ambas cosas son diferentes). Que este desarrollo sea tan logrado depende del enigma que en último término supone el protagonista para el espectador, y de ahí que la jugada más arriesgada de la función sea la elipsis en que se decide el veredicto. Hemos seguido paso a paso el tortuoso camino del prota, pero lo único que nos es dado saber es su modo de intentar resolver el problema, residiendo buena parte de la intriga en averiguar hasta dónde estará dispuesto a llegar, además de si habrá alguna nueva revelación sobre el crimen que salve al individuo al que Eastwood se ha asegurado no le deseemos ningún mal. Que el momento en que este decide condenar al inocente, tras que dicha revelación nos lo verifique como tal, quede en elipsis, figura que hasta el momento no había jugado papel alguno en la narración, es por ello la jugada más radical de la película. Es en ese momento en que Eastwood nos resta la presencia misma del protagonista, que entendemos hasta qué punto no le conocíamos, y se desvela el carácter estratégico del monocorde rostro de Nicholas Hoult (en una excelente interpretación, muy fácil de infravalorar). 

Hay algo del Fritz Lang americano en este Juror #2, de Solo se vive una vez (1937), Deseos humanos (1954), Más allá de la duda (1956). Se ve en cómo ese último prurito de conciencia, que empuja al falsario a acudir al establecimiento de la pena del hombre al que él ha condenado, acaba condenándole. Y yo solo lamento que no haya más Lang, por ejemplo: imagínense lo genial que habría sido que el jurado confiese y acabe en la cárcel, el otro acabe en consecuencia libre, pero en el último momento una repentina revelación (un recuerdo por ejemplo, en dirección contraria al utilizado aquí) confirmara que Hoult es inocente. Ah, ¡qué genial hubiera sido!

Lamento esa falta de mordiente en Eastwood, aunque también entiendo que en cierto modo es la clave de esta etapa final de su ya larga obra. Pero en este caso creo que afecta al cierre, pues, volviendo a la elipsis, lo que patina en ella es la escasa definición del personaje de la esposa, que merecía un tratamiento más detenido, al modo del de la Bridget Fonda de Un plan sencillo (Sam Raimi, 1998), con el que guarda bastantes puntos en común, como su importancia para las decisiones del protagonista. 

Donde sí la encontramos es en ese estupendo remake de Doce hombres sin piedad en que de pronto se convierte la película, un remake muy superior por supuesto, lleno de retranca, ironía, humor y toda la precisión narrativa y moral del film en versión condensada, sin una pizca del psicologismo barato de aquella horrenda cosa de Sidney Lumet.

De Skinamarink sí que no puedo decir nada bueno. Sobre el papel, está hecha para mí: una película experimentosa de terror, con niños encerrados en una casa, planos generalmente inmóviles de pasillos oscuros apenas iluminados por luz de televisión, narración incomprensible, imagen en vídeo con un grano que es para llevárselo a casa. Todo esto, orquestado con un rigor inexistente, efectismos y trucos baratos carentes de imaginación. No merece la pena dedicarle un segundo más. Solo me sirvió para que me entraran ganas de revisar las películas del gran Jorge Núñez, como Night Terrors 1: Temple Of Doom (2019) o Marrón de momia (2012), que barren el suelo con esta.

Hablando de Núñez, dos cortometrajes recientísimos de su buen amigo Julius Richard cayeron, ambos excelentes y vinculados a la naturaleza viajera de este cineasta tan desconocido como fundamental. En Noche transfigurada se trata de la Astorga de los Panero, con citas explícitas de El desencanto y uno de los mejores trabajos de su autor con las superposiciones, aquí una enorme cantidad de capas, por añadidura inmóviles (si no recuerdo mal, solo hay un movimiento). Perpendicular, por su parte, parece tratarse de un festival de techno campestre, y aquí se trata del Richard más poético, más asociativo y también elemental, con quizá los mejores trabajos sobre elementos vegetales que haya realizado desde su lejano Tríptico del amor supremo (2013), combinando el uso de imágenes fuera de foco, superposiciones y movimientos de cámara. Dos preciosidades que recomiendo a todos, y pueden verse en el Vimeo del autor.


Ambas marcan el punto álgido de la semana, así que volvamos cuesta abajo, con dos películas que vi en homenaje a dos recién caídos. En Sinister se trata de James Ransone, que se suicidó hace poco, y al que recordaba como estupendo en esta simpática, pero en último término mediocrísima, película, cuyo éxito motivó una secuela donde Ransone regresaría muy merecidamente como protagonista. Revisando su filmografía, recuerdo por supuesto la segunda temporada de The wire, donde creía haberle visto por primera vez, pero resulta que sale en Ken Park, que vi en cine cuando su estreno (sé que me encantó, pero nunca la he vuelto a ver). Más me sorprende comprobar que aparece en la segunda parte de It, pero tampoco tanto, porque he olvidado casi todo de ese horrible engendro. Mala era In the valley of violence, de Ti West, pero me sonreí de inmediato al recordar su papel allí. Me sorprendió comprobar que salió en otras dos series de Simon, Generation Kill y Tremé, donde no guardo recuerdo alguno de su participación. Respecto a Black phone, sé que la he visto, pero la borré de mi memoria más que It incluso, y eso que sé que no me espantó.  

En fin. La cuestión es que no me extraña tenerle tan identificado con Sinister, pues sus escasas apariciones son lo mejor de la función, y un ejemplo sobre cómo integrar con gusto la tan molesta figura del secundario cómico. En la presente semana vi Sinister 2, también pobre (una pena su pésimo clímax y perezoso cierre), pero superior, entre otras razones por el protagonismo de Ransone y el desarrollo de su estupendo personaje. En la primera parte, el diálogo donde Ethan Hawke se sincera ante él, y en la segunda, la secuencia donde planta cara a la policía y, sobre todo, la manera en que se desinfla cuando se van, son una joya que muestran bien la excelencia del actor (y los guionistas, pues el personaje está muy bien escrito): comicidad basada en una cobardía nunca disimulada, dignidad por esta sinceridad además de la intuición (y a veces, evidencia) de unas capacidades superiores a lo aparente. Actores que saben ser vulnerables, cómicos y dignos a la vez, actores (y personajes) raros de ver.


Curiosamente, los secundarios son lo mejor de la también pobretona y sobrevalorada Misery, del finado (literalmente) Rob Reiner, quien se dedica a desaprovechar sistemáticamente todas las posibilidades del guion (tengo muy lejana la lectura de la novela, así que de la adaptación solo recuerdo que era bastante fiel, y que aligeraba la violencia) mediante un nulo sentido del espacio (¿a qué carajo viene el plano de Annie viendo la tele en su cuarto?), y un pésimo sentido del gusto, con esos horribles travellings a primerísimo primer plano de Kathy Bates cada vez que se le va la olla. Una vergüenza. Un poco inspirado James Caan pone el colofón, pero en todo caso la peli se ve con agrado, la historia es buena, Bates está estupenda (Annie Wilkes se merecería una serie para ella sola, por cierto, sin crímenes, solo su vida cotidiana en el pueblo, podría incluso ser una sitcom) y sobre todo, sobre todo, la película tiene el gusto de aderezar el metraje con las magníficas apariciones de un Richard Farnsworth de antología, que no solo no tiene una frase mal puesta, sino que las suelta con una eficacia que tumba de espaldas. Añadamos a ello el personaje de su esposa, la también extraordinaria Frances Sternhagen, y literalmente tenemos que lo mejor de la película está en sus escenas juntos: chequeen el plano-secuencia fijo en la comisaría y lo verán. Sin embargo, en la del coche, Reiner tiene, nuevamente, el pésimo gusto de insertar un plano detalle de la mano de ella sobre la pierna de él, rompiendo el ritmo impecable de los dos actores, y perdiendo la comicidad que hubiera aportado el juego con el fuera de campo. Una pena. 

Rematemos con otro secundario de antología: ¿qué le pasó a Jon Voight en Anaconda? Alguna referencia tenía de su trabajo aquí, pero es que Voight pareciera estar ensayando para su papel en Zoolander, o un hipotético villano de una hipotética cuarta parte de The naked gun. He aquí una interpretación que se basta por sí sola para convertir al personaje en uno de los villanos más hilarantes de la historia del cine… y menos mal, porque Anaconda solo merece la pena por él, además de por los horribles efectos digitales, típicos de esa década espantosa cuya mayor aportación fue la de los peores efectos especiales nunca vistos en la historia del cine. 

Aunque, ya que estamos, hay otra cosa interesante en esta peli: advertir que no hay ni un solo plano del culo de Jennifer López. Anaconda tiene el interés propio de una evidencia arqueológica: la posibilidad de ver a la actriz un año antes de que su carrera musical inaugurara la era de los SuperCulos, en que hoy habitamos. 


martes, 16 de diciembre de 2025

Ná que ver #7 – La vivienda en España, con Mario Espinoza

Empiezan las vacaciones. Como en mi caso suelen comenzar por Madrid, he aprovechado para grabar un nuevo programa de NÁ QUE VER: PODCAST DE CINE Y LO QUE TERCIE, conversando sobre la situación actual de la vivienda en España, sus causas y posibles situaciones, con Mario Espinoza, persona docta en la materia, y sin embargo amigo. Especialmente recomendado para citar en las mesas navideñas. Se agradece compartir.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Ná que ver #6: Letras Atmosféricas, con Felipe Aburto

No he dejado constancia de ello por aquí (al fin y al cabo este blog, se supone, debía escribirse en los márgenes de otras actividades), pero el caso es que desde hace dos meses he puesto en marcha un podcast llamado NÁ QUE VER: PODCAST DE CINE Y LO QUE TERCIE, donde me dedicaré a hablar de eso mismo, cine y lo que tercie,  con quien tenga a bien ponerse a tiro. De momento se encuentra alojado en Ivoox, y comparto aquí el sexto programa, donde converso con Felipe Aburto sobre los libros publicados por Atmosféricas, editorial afincada en Valparaíso que en su aún corta existencia ha llevado a las librerías estupendos títulos de Pablo de Rokha, Benjamín Subercaseaux, Juvencio Valle, José Carlos Agüero, José Carlos Mariátegui, Nicomedes Guzmán y otros, de los que hablamos largo y tendido en este primer programa del podcast dedicado a literatura. 


Y ya que estamos aquí, aprovecho para compartir los restantes programas publicados.
El 9 de octubre aparece el primer programa, conversando con Jaime Córdova sobre el Festival de Cine Recobrado de Valparaíso, que recién se había celebrado la semana anterior, y The scarlet drop, el filme de John Ford de 1918 que Jaime encontró hace dos años, y al que ya dediqué un artículo publicado en Transit el año pasado, con motivo de su (re)streno.


Seguidamente, una conversación con el artista chileno Jorge Olave sobre sus trabajos visuales y sonoros, motivada por una residencia y exposición en Valparaíso. El título se debe a la centralidad que en su obra y su vida ocupa el trabajo sobre el territorio de Wallmapu y la cultura e historia mapuches. Un programa en el que aprendí muchísimo.


En este tercer episodio, Jaime Córdova regresa para hablar de cine de terror, conversación motivada por la entonces inminente celebración de Halloween. Historia, definiciones, autores, estilos, filias, fobias, recuerdos personales y mucho más (loas a Terence Fisher, por ejemplo).


"Balance trimestral" pretende ser una sección fija, a tener lugar como es obvio cada tres meses, donde junto a mis buenos amigos Lucho Meneses y Héctor Oyarzún, pasar revista a las actualidades, pero también intereses, inquietudes y descubrimientos personales del trimestre. Una charla de cine con los amigos, en suma. 
 

Finalmente, el programa número 5 se ocupó con la visita al 37 Festival Internacional de Viña del Mar del veterano crítico peruano Isaac León Frías, fundador y director de la legendaria revista Hablemos de Cine. Estupendo conversador, quise tener una charla con él sobre su paso por los festivales de cine latinoamericano que en esta ciudad tuvieron lugar en los años 1967 y 1969, que tanta importancia tuvieron para los nuevos cines de la región, y el chileno en particular. 


Y estos son todos los programas publicados hasta el día de hoy, en que sale el sexto, y último del año registrado en Chile, pues un servidor se va de vacaciones. Desde ahora, me haré eco de cada nuevo episodio en este blog, pero en todo caso aconsejo suscribirse al canal y, ya que estamos, compartir si es que les gusta. Espero que sí. 

jueves, 4 de diciembre de 2025

FICViña 2025: observaciones

 


Dos notas personales


1. Por alguna razón me he pasado toda la semana dormido. Nunca me duermo en el cine, pero todos los días he estado a punto en la sesión de las cinco. Ninguna de las películas exhibidas en ese horario me entusiasmó, cierto, pero no se las debe culpar. 

2. Comencé el festival terminando la edición de mi largometraje Noviembre. O eso espero. El caso es que gracias a ello me perdí la presentación, donde por problemas técnicos no se pudo ver la película. Es decir, solo tuvo lugar lo peor de la presentación, que es: la presentación. Y es que en todo festival solo hay dos fechas que uno siempre debe evitar: presentaciones y clausuras. 


Cuatro clásicos


3. Algo que alabar, en todo caso: un festival que, para la inauguración, escoge una película de 1925: El húsar de la muerte (Pedro Sienna). 

4. Otro clásico, aunque es posible que haya quien no lo considere así, por pertenecer a este siglo: Días de campo (Raúl Ruiz, 2004), la gran obra del retorno ruiciano a Chile junto a Cofralandes (2001), adaptación sorprendentemente fiel de la obra de Federico Gana incluso en los momentos que la impugna. Valeria Sarmiento comenta que, tras mucho tiempo sin verla, le impacta lo melancólica que llega a ser. Y sí, a mí también me tienta decir que es la obra más melancólica de Ruiz. Acaso, por la unidad entre los procedimientos formales (incluyo entre estos, como debiera ser, y sobre todo en el caso ruiciano, los narrativos) y el universo tratado, tan identificable con las raíces del Chile poscolonial, de la literatura criolla, pero también de la literatura chilena en general y aun del mundo bohemio, por la poderosa coexistencia entre el universo rural de la obra de Federico Gana, los campos, casonas, huertos y cerros, con ese bar único donde todo Chile pareciera habitar, muerto. Todo lo que fue y lo que no, queda reunido en esa final caja de madera y la lectura del “Cuando seamos viejos” de Romeo Murga, cierre de la obra, constituye así la más demoledora lectura de un poema que posiblemente podamos encontrar en la historia del cine, y uno de los cierres más secos, inclementes y oscuros de la obra ruiciana.

5. Al día siguiente del término del festival, leyendo a Benjamín Subercaseaux, me topo con esta cita de Alain Gerbault: “hay una falta de sabiduría en considerar el trabajo y a la conquista del dinero como el fin principal de la existencia. He creído ver en esto la razón principal de la extinción de las razas primitivas en su contacto con la civilización blanca”. Estas palabras me evocan los pasajes centrales de Descomedidos y chascones (1973), célebre y sobrevalorado largometraje de Carlos Flores, en cuyo estirado metraje se encuentra un excelente film-debate sobre la polémica entre la juventud hippie y los jóvenes militantes de izquierda. De gran interés histórico, dicha polémica mantiene alta relevancia en lo relativo al culto al trabajo de los militantes y su negativa al uso de drogas, alcohol, y por supuesto determinadas músicas y modos foráneos. La exigencia de estos jóvenes de entrega a la productividad, al progreso económico, la dedicación plena de las energías al trabajo y la lucha social evidencia hoy más que ayer muchos de los errores del obrerismo y la militancia en general que consideraba el entretenimiento, el juego y la fiesta, como contrarios y enemigos. Hoy, tiempo en que se evidencia que el paradigma del desarrollo industrial y tecnológico va de la mano del expolio de recursos y la civilización misma, esta autosatisfacción del militante que trabaja 8 horas diarias y luego se pone a estudiar y no solo no se queja sino que exige que los demás hagan lo mismo, cobra matices oscuros. Al mismo tiempo, para el que en consecuencia alabe la fiesta hippie, los análisis sobre su extracción de clase y las conversaciones con algunos dejarán asimismo claro su esterilidad, sobremanera cuando su defensa del no meterse en política cobra inquietantes resonancias con el derechismo actual. Si Flores es evidentemente irónico respecto a los militantes, su equidistancia (replicada en la estructura reversible del filme) es palmaria y loable. El resto carece de interés alguno, y solo puedo decir que con 30 minutos bastaba.     

6. Otro clásico: A la sombra del Sol (Silvio Caiozzi, Pablo Perelman, 1974). Oportunidad de ver restaurada esta original película, de la que solo diré que es un estupendo tratado de composición que demuestra cineastas bien estudiosos del mejor western. Una lección de manejo de los problemas centrales del género: la relación entre figura y paisaje, las líneas del horizonte, el uso de la arena, la tierra, la roca, por supuesto el Sol, que cabe emparentar con los westerns contemporáneos de Monte Hellman. 


Tres observaciones negativas


7. ¿De veras solo tengo eso que decir? Sí, porque no la vi. Y no la vi porque fue proyectada en la gran lacra de este festival: el Teatro Municipal de Viña del Mar, al que me tienta calificar como sala con el peor sonido del planeta Tierra. Tras librarnos de la espantosa sala del palacio Rioja a la que infamemente se puso el nombre de Aldo Francia, la entrada en escena de esta otra, preciosa sin duda, pero que impide escuchar en condiciones mínimamente aceptables las películas que se proyectan, se ha convertido en su nueva maldición. Allí se proyectó Días de campo, de la que nadie con quien haya hablado entendió los diálogos, como no entendieron, por supuesto, los de A la sombra del Sol. Acudí a esta sesión haciendo de tripas corazón, debido a mis ganas de verla al fin en pantalla grande y con buena calidad de imagen, pero no aguanté ni diez minutos, y hui espantado. Nunca volveré y nadie debería hacerlo, para que los responsables tomen cartas en el asunto. O se instala un buen sonido, o que se tire el teatro. 

8. Lo señalado en la nota 1 está ahí porque este cronista no puede descartar que ello haya sido determinante en el balance a la baja que le han merecido las películas que llegó a ver (no tantas como hubiera querido, por las mismas razones). Constato, eso sí, dos aspectos recurrentes a denunciar.

Primero: observada en algunos títulos la tendencia a emular, simular, fingir, engañar, filmaciones en fotoquímico. No soy del todo capaz de argumentar mi rechazo a este proceder. Creo que como mínimo puedo denunciar la falta de imaginación que delata, por la incapacidad de resolver de otro modo la imposibilidad (supongo) de permitirse la filmación parcial en Super8, 16mm u otros formatos. Pero, ¿por qué no recurrir a cámaras digitales “antiguas”, o analógicas? Que alguien recurra a falsear las texturas de un celuloide gastado queda fuera de mi comprensión. Basta utilizar una Hi-8, una miniDV, etc. Acaso el culto a la belleza (“preciosismo visual”, si quieren), junto a un extraño fetichismo técnico, son los que resultan, por su conjunción, en esta impostura. Pero, ¿solo ellos? 

9.  Segundo, o “Hang the sound designer”: observada en algunos títulos la tendencia a llenarlo todo de sonido: paisajes sonoros, en el fondo efectos, efectismos mejor dicho, útiles para declarar que uno no está usando música de John Williams al tiempo que se porta como si lo hiciera. Omnipresencia del comentario sonoro, del dictado emocional, trivialización de todo el universo atendido, y antes que nada del sonido mismo. David Lynch y Werner Herzog hicieron mucho daño.



Tres títulos


10. De astronautas y fantasmas (Luis R. Vera, 2025). Coproducción chileno-paraguaya de este veterano cineasta chileno, cabe empezar por sus principales defectos: primero, la mala resolución de los pasajes en que el profesor de historia moribundo habla con los fantasmas de diversos antepasados, históricos o personales (la película, interesantemente, aúna ambos). Este modo de manejar la voluntad didáctica del filme le da cierto interés y hasta gracia y vuelo delirante (sobre todo cuando los otros personajes empiezan también a escuchar las voces), pero lo envarado y discursivo de los diálogos resulta el gran hándicap, casi amenaza de muerte, del filme, rematado por un trabajo de cámara demasiado impreciso en dichos pasajes. Segundo: el imperdonable uso de la IA, que hunde al filme en el ridículo cada vez que aparece, por fortuna ni dos segundos cada vez (pero entonces, ¿para qué?).

Pese a esto, Vera se las arregla gracias a la coherencia espacial del filme, clave de la buena entente entre sus modestos medios, la sencillez de la puesta en escena y su planteamiento narrativo: tres personajes, una casa, un encierro. El interior se potencia por el uso de las entradas de luz exterior, culminando en la estupenda escena de la pareja en el angosto patio, donde destaca la mayor valía de la película, sus estupendos actores, sobre todo Sofía Netto Barrios, columna vertebral del edificio entero en tanto clave de la verdad que mantiene viva su dignidad incluso en los momentos más delicados.

11. LS83 (Herman Szwarcbart, 2025). Los recuerdos del escritor Martin Kohan se entrelazan con los brutos de cámara de los diversos reportajes de un canal televisivo argentino, entre los años 1973 y 1983. Historia e intrahistoria se mezclan en un interesante tejido de autos, niños, parques, colegios, calles y jardines, pero también inauguraciones de fábricas y discursos de Videla. El gran problema, a mi juicio, reside en la monotonía del dispositivo, que hubiera necesitado algún quiebre o variación, siquiera mínima. Pero me remito a mis problemas de somnolencia para poner entre paréntesis esta observación, hasta una segunda ocasión de revisar la cinta, cosa que me encantaría hacer pronto.

12. La corazonada (Diego Soto, 2025) mantiene el interés por la naturaleza y el uso de una obra literaria como agente provocador, ya presentes en Muertes y maravillas (2023), largometraje anterior de este equipo arrojado a la realización de obras muy modestas en el plano de producción y enormemente ambiciosas en todo lo demás. Centrados ahora en una historia pequeña, casi mínima, y de amor en edad madura para más inri, Soto se niega a dar un solo paso tópico y acomodaticio sin ser por ello provocador o irreverente (al contrario: se trata de una comedia romántica con todas las letras, y feliz para más inri), e incluso se las arregla para extraer savia nueva al recurso metafílmico, de importancia creciente según avanza el metraje. 

Particularmente dotado para el plano largo, hay algunos que son toda una lección (uso la palabra con toda conciencia, pues encuentro una poderosa dimensión didáctica en La corazonada, como si la película fuese una escuela de cine de bolsillo) de aprovechamiento de locaciones y luz natural, de  las posibilidades de los actores no profesionales, práctica a la que parece mentira que Soto pueda sacarle el rédito (casi discursivo) que le saca. Película sobre el amor y el secreto que anida al fondo de cada rostro, La corazonada anuda estos temas a la exploración de las posibilidades de la puesta en escena para ahondar en dichos secretos, y aún de la ficción, el fingimiento, no ya para explorar, sino producir nuevas verdades. La del amor, quizás. Una cumbre del cine chileno, y una cumbre a secas. Solo por dar la oportunidad de verla, y en la gloriosa sala 7 del Cinemark, ya el FICViña 2025 mereció sobradamente la pena.