
World War Z no es una película de zombis al uso, por su obvio intento de incluir en sus redes al público más menor dejando en riguroso off toda violencia, aunque tampoco una película de James Bond, que es a lo que recuerda el periplo viajero del personaje de Brad Pitt, y desde luego no es un film de ciencia-ficción teórica, realista, científica o como quieran llamarla, al modo de La amenaza de Andrómeda o la sección central (la investigación sobre el vampirismo) del Soy leyenda de Richard Matheson. Es simplemente otra peli mediocre de manual, variante blockbuster, manejada por una mano histérica y sin carácter en su guión, sus imágenes, su narración o su montaje. Pero, eso sí, me hizo gracia su final.
WWZ es una de esas películas que carecen de clímax final y no se han dado cuenta, pero no me refiero a eso. Para ciertas concepciones cinematográficas, hay una década maldita y otra bendita. La maldita es, evidentemente, la de los 70 (en Europa sobre todo) y la bendita, la de los 50 (principalmente en Hollywood). Los 70 fueron la década de la experimentación, del riesgo como norma, y los 50 la de la estabilidad de una creatividad que parecía a prueba de bombas, cristalizando en la última gran manifestación de los géneros clásicos: negro, western, melodrama, comedia… Es la época también de lo camp y lo kitsch, del rock & roll… y la previa a que todo cambiase, en lo político, estético, industrial…. Los 70 comparecen poco en el cine de hoy día, aunque comparecen. Los 50 en cambio se cuelan por cualquier rendija: su presencia es constante y hasta obsesiva.
Me vinieron a la cabeza los 50 al ver el
final de World War Z. Uno de esos
finales discursivos donde se reúnen la última escena y una recapitulación de,
en este caso, lo que viene después y ya no veremos, por supuesto a través de
una voz en off, uno de los recursos estrella del último Hollywood en cualquiera
de sus géneros, en este caso de Brad Pitt. ¿Y qué nos dice Pitt? Que eso que
vemos, que hemos visto, no fue el final, ni siquiera el principio. Que lo
conseguido es un camuflaje, no una cura, y por tanto lo que hemos visto no es
sino el comienzo de la “guerra”. Y en consecuencia nos da un mensaje. Nos lo da
como si la cosa fuese real, como si los zombis o infectados o lo que sean
estuviesen allí de verdad y Pitt no fuese Pitt sino su personaje y todos
nosotros, estimado público, estuviésemos metidos en el mismo lío:
“luchad”.
Recordé, ya un poco antes pero sobre todo al
llegar esa frase, el cine de terror y ciencia-ficción de los 50, concretamente
debido a una de sus misivas clásicas, generalmente enunciada por el héroe de la
película o algún científico (los dos tipos rara vez coincidían en el mismo
individuo) en su última escena: “vigilad los cielos”. Había que vigilarlos
porque, en aquella época, llegaban todo tipo de cosas del espacio: podían venir
en cualquier forma, en cualquier lugar o momento, incluso podían haber venido
ya mucho antes de que existiese el hombre (enterrados bajo capas y capas de
hielo, por ejemplo), o a veces llegaban en sueños, aunque al despertar
resultaba que aquel solo avisaba de lo que se venía encima, y al horror del
visitante se sumaba el de la repetición. Había que vigilar, sin duda. Estar
atentos, localizar la amenaza, neutralizarla, seguir vigilando. Por supuesto, en
EEUU sobraban razones para ello: Joe Dante, a principios de los 90, en Matinee (que, junto a la anterior Gremlins 2, conformaría la que yo
llamaría su “etapa heroica”), teorizaba sobre lo que fue aquel cine de aquella
década recurriendo a la figura de William Castle, aunque en el fondo Hitchcock (que
recordemos tomó a Castle como modelo para la promoción de Psicosis) y sus clarividentes declaraciones a François Truffaut
sobre la naturaleza de su trabajo estaban allí: el espectáculo (the show, ese que siempre debe
continuar) responde a una pura necesidad fisiológica, sirve para liberar la
tensión acumulada por una vida en la que, sin duda, no faltan; se trata de
movilizar todas esas tensiones, bien metaforizándolas o incluso refiriéndolas
directamente, llamar a los miedos que todos tenemos dentro, acallados,
reprimidos, contenidos, y llevarnos a un punto en que estos puedan gritar,
explotar, manifestarse, llevarnos al punto en que, por fin, nos dejemos dominar
por ellos. Y entonces, justo entonces, cuando estamos ciegos gritando, abandonados
al horror, casi tan solo un segundo después, cortar el grifo. Cerrar la espita
y devolvernos a la calma de nuestros hogares, nuestras familias, novios,
novias, compañeros de colegio o de trabajo… devolvernos a las butacas del cine
donde las bombas nucleares aún no han estallado y donde no existen hormigas
gigantes ni larvas clonadoras ni extraterrestres ávidos de convertirnos en
sociedades comunistas (no me reprimo por cierto el recomendar mi parábola
política favorita de la sci-fi cincuentera: Red
Planet Mars, Harry Horner, 1952). Es un trabajo simple, como rebajar la
presión de una caldera o masturbarte si tienes 13 años y… existes. El
espectáculo (aquí hablamos propiamente del terror y el suspense, pero lo dicho
se aplica igualmente a todo el cine espectáculo, sobre todo al que acaba
llevando a la actual moda del blockbuster) libera tensiones, no evadiéndonos de
ellas sino haciéndose cargo, tomándolas en sus manos, llevándolas al estado de
ignición, haciéndolas explotar y mostrándonos, justo después, que era todo
mentira, que solo era un espectáculo, una ficción, que todo son trucos. Lo
inteligente de Dante fue utilizar a Castle, por su costumbre de llevar el
espectáculo de la pantalla a la sala, incluyendo máquinas de dar calambres en
los asientos o actores vestidos como el monstruo de la película asustando a los
espectadores en la sala en el momento en que hace lo mismo en la pantalla. Castle
intentó estirar todo lo que pudo el modo en que el espectáculo debía afectar a
los espectadores. Intentó llegar a sus cuerpos por vía directa. La tensión era
mayor, el estallido era mayor, la paz era mayor. El espectáculo revuelve,
sacude la vida, es la idea de Castle en esta película, pero para hacer que
luego siga tal cual, y con todos un poco más tranquilos. La del espectáculo
sería una tensión pacificadora.
Pero volvamos al tema: en los 50, entonces,
teníamos unos Estados Unidos aparentemente muy bien montados, muy estables. Se
supone que había algo bueno y se trataba de protegerlo. Estaba el miedo a las
bombas nucleares, y a los comunistas. La paranoia, aunque ésta es consustancial
a todo régimen. Y en fin, había que vigilar. Era un mensaje razonable para dar
al final de la película, imagino. El científico o el militar decían “vigilad
los cielos” y, aunque no sirviese para nada (como agacharse en el suelo si
viene la lava del volcán, en un memorable capítulo de South Park), todos sabían lo que podía venir de allí: el
extraterrestre en las películas, y las bombas o la aviación enemiga
(preferentemente soviética, en fin) en la realidad. Hoy, Brad Pitt dice
“luchad”, y el caso es que no está muy claro contra qué, porque los zombis ¿a
qué refieren? Si los extraterrestres podían leerse como una metáfora de los
comunistas, que podían llegar del cielo en forma de bombas o aviones, los
zombis ¿quiénes son, exactamente?, ¿a qué equivalen?, esto es: ¿contra quién
hay que luchar? La peculiaridad del zombi como figura es que es una metáfora
clara, pero clara en la evidencia de que es una metáfora, no en de qué lo sea. Hoy,
frente a los 50, el mundo entero está en crisis, una tan grande que ni nos
ponemos de acuerdo al precisar de qué es, o incluso si de verdad existe. Y se
trata de no perecer, no arruinarte, no dejar que te pisen, que te quiten la
casa, el trabajo o, también, no dejar que la chusma se crea que está a tu
altura, te quiten los privilegios, te reduzcan tus ganancias o tu derecho a
echar a quien quieras de tu empresa sin pagarle un céntimo. Sea quien sea y
donde sea, hay que luchar. Ahora: ¿contra quién? Frente a la concreción
ideológica de los 50, este mandato semeja otro de esos huecos mensajes de
regeneración a los que tan aficionados se han hecho los medios en los últimos
años. ¿Regenerar qué y cómo? ¿Luchar contra qué y cómo?

Llega World
War Z, que a pesar de la Z es la
primera zombie movie mainstream, para todos los públicos (la saga de Resident Evil no es una A comparable a
esta: ¡el protagonista es Brad Pitt!). Así, por ejemplo, evita la sangre de
modo que son los movimientos de Brad Pitt los que nos permiten entender que su
palanca de metal se ha quedado enganchada en el interior de la cabeza de un
zombi, y no la visión directa de la cabeza con la palanca dentro. Los mordiscos
no acarrean la pérdida de inverosímiles cantidades de carne y sangre. El
argumento, por su parte, se parece más bien a la película de epidemias de
Soderbergh Contagio, donde se trata
de buscar el origen de la enfermedad: una investigación, no una huida. Gracias
al gran presupuesto, WWZ puede evitar
la situación de asedio típica para entrar en un periplo viajero inaccesible
para la serie B que modeló el género. Incluso se diría que, conscientes de
ello, los realizadores han ideado una primera parte típica del género, para
luego dar la impresión de que no solo el helicóptero salva a Pitt y su familia,
sino que la película salva al espectador de la repetición del film de asedio
zombi de siempre. Ridley Scott contaba que los productores de Alien protestaron por el decorado tan
grande y caro que pedía para la escena en que John Hurt, Veronica Cartwright y
Tom Skerrit encontraban el cadáver casi fosilizado de un alienígena gigantesco
en la desconocida nave abandonada en aquel planeta inhóspito. Su respuesta: ese
decorado, y el movimiento ascendente de la cámara que lo acabará mostrando
completamente, es lo que hará que todo el público sepa que esa es una
producción cara, que no es la típica película barata de alienígenas malvados.
Que esa película es distinta a las otras. Porque pocas veces se ha hablado de
la asfixia que a veces hace sentir la serie B, esa que se origina en la escasez
de dinero que te impide salir de una casa pequeña, un decorado modesto, una
nave espacial de cartón piedra, 5 ó 6 actores… La gran baza del mainstream
cuando se acerca a estos géneros propios del B es el aire que aportan, la
libertad de movimientos; el gran problema, que las máquinas de humo no suelen
llegarles para tanto aire, que la atmósfera se tiende a diluir, o incluso a
desaparecer. Es lo que sucede en WWZ.
Con todo el planeta como escenario, Marc Foster no logra hacer sentir cómo éste
se ha perdido del modo en que sí lo conseguía Romero en cualquiera de sus films
del género (particularmente Dawn of the
dead).
WWZ
empieza y termina, por cierto, con múltiples voces de informativos, como las
que usaba The purge en su conclusión.
En la última versión cinematográfica de Soy
leyenda, modélica en su comienzo (de en lo que acaba convirtiéndose, mejor
no hablar), se mostraba un único telediario donde se anunciaba la cura del
cáncer. El siguiente plano mostraba Nueva York destruida. Los millones de
dólares no van en contra de las buenas soluciones cinematográficas, porque
contar una historia no tiene nada que ver con el dinero. Me llama la atención (en
The purge sí era coherente y hasta
necesario) que se necesiten tantas voces de informativos, y la simpleza del
razonamiento alarma: si la epidemia afecta a mucha gente, pues muchos
telediarios. ¿Cuánto mejor hubiera sido una sola, narrando algo concreto? Es
solo un signo: en World War Z no
existe el horror de ser mordido, de ser despedazado o comido, del dolor de ser
desgarrado, ni de convertirse en otro, otro terrible, o ver cómo tus seres
queridos, convertidos en esos otros indefinibles, tratan de devorarte. Si en Cloverfield se era incapaz de mostrar la
dimensión colectiva de la catástrofe, aquí la que no existe es la individual: el horror de un solo cuerpo.
Aquella excelente primera mitad de Soy
leyenda, con los dos primeros planos de Will Smith y su perro conduciendo
por la desolada Nueva York, o aquel Smith al borde del derrumbamiento
hablándole al maniquí de una tienda, muestran que el problema no son los
millones sino, como siempre, los cineastas (y los guionistas, porque tener a
inútiles como Lindelof escribiendo, desde luego, es hacerte la peor cama
posible). El dinero destruyó a Peter Jackson, cierto, pero permitió a Dante
hacer una de las películas más locas de la historia, Gremlins 2, la que de verdad tantos deberían estar viendo ahora, o
a Carpenter hacer La cosa. Claro que
lo que en última instancia me hizo sentir el “luchad” final de WWZ fue que lo que hoy llamamos
blockbuster se ha convertido en algo similar a lo que eran las películas de los
autocines de los 50. Uno va a ver blockbusters porque son blockbusters, muchas
veces independientemente de sus temas, universos o, por supuesto, directores
(aunque siempre habrá patanes que vayan a ver Pacific rim porque la hace del Toro, El hobbit porque la hace Jackson, Man of steel porque la hace… ¡Zach Snyder!). Esto ya lo han dicho
muchos antes que yo, pero esto es un blog, mi blog, y lo digo porque, el otro
día, por primera vez lo sentí. Un aroma de época, del cine (popular) de una
época. Somos muchos los que vamos a ver blockbusters y ni sabemos por qué: es
un mundo en sí mismo, que nos atrae a pesar de lo mucho que nos gusta el cine y
lo mucho que éste es maltratado allí. Porque todo depende de los cineastas,
pero en pocos sitios lo tendrán más difícil que en un blockbuster, donde da
igual si defines bien las relaciones espaciales en una pelea, o lo filmas todo
en primeros planos, o los personajes son previsibles hasta lo inverosímil… A mi
el blockbuster sí me hace pensar que vivimos en tiempos peores, porque los 50
están llenos de joyas (aunque para muchos estas se llaman La mosca o Ultimatum a la
tierra y, para mi, Robot Monster),
cuando hoy las supuestas joyas son mediocridades como Skyfall o los Batman de Nolan, y se llegan a levantar capillas para
basuras como Los vengadores. El
“luchad” de WWZ es enternecedor porque
nada hay más alejado de una lucha que un blockbuster. Verlos es como dormir, es
como ver una película mientras sueñas con otra, una en la que igual también hay
robots y monstruos gigantes que luchan entre ellos, pero donde igual los
personajes no son unos subnormales con traumas clonados de 100000 películas
previas, o donde no hay una voz en off que te explica todo lo que debes saber
en los 5 primeros minutos, o no hay una música atronadora intentando producirte
la tensión que el director y su montador son incapaces de conseguir. Yo veo Pacific rim como la gran metáfora del
blockbuster: gilipollas flipados manejando grandes máquinas, hermosas en su
enormidad, bellas por su exceso. El arte del imperio, cuyo poder nos aterra sin
dejar nunca, por ello también, de fascinarnos.