
Creo que no suelo hablar mucho de mi
vida en este blog, pero en esta ocasión dos acontecimientos han coincidido que,
qué demonios, merecen nombrarse: hace un mes (27 de febrero) Marginalia cumplió diez años de edad, y
hace dos semanas (15 de marzo) fui nombrado doctor, tras la defensa de mi tesis, dedicada a la obra de Paulino Viota.
Esta tesis ha sido, claro
está, la principal (aunque no única) razón del gran abandono del blog en los
últimos años. Los lectores veteranos ya saben que ningún periodo de inactividad
debe ser tomado como definitivo y que las actualizaciones nunca han sido
numerosas, pero cierto es que en 2016, balances aparte, solo escribí una
entrada. No son maneras. Este año, contando la presente de momento ya van tres,
así que espero mantener el ritmo. Veremos.
Curiosamente, haciendo
cálculos, creo que fue el mismo año en que comencé este blog cuando conocí a
Paulino Viota, o acaso el siguiente. Santanderinos ambos, sabía de él pero
nunca le había podido ver en acción. Animado por el vicedecano de la Facultad
de Filosofía de la UCM, Juan Antonio Valor, a hacer un ciclo sobre cine, invité
a Viota, Santos Zunzunegui y Manuel Delgado, a tres sesiones donde darían una
conferencia acompañada de una película (esquema que no se cumplió con Delgado,
aunque sí nos puso entera Regen de
Ivens). Me decidió el haber leído el libro de Viota sobre Godard y, más
recientemente, un magnífico artículo sobre Dreyer, pero el tema de su ponencia
fue Eisenstein y la película, Octubre.
Fue un desastre de
ponencia, pero por mi culpa, porque Viota estuvo increíble y dejó a la audiencia patidifusa.
Digamos que todo lo que pudo fallar en la organización, lo hizo. Pero Viota,
que detesta la incompetencia, está también muy habituado a lidiar con ella, y
pudo con todo. Fue una jornada memorable, y todos quedamos con ganas de más.
Eso sí, a mi desastrosa organización se sumó el equivocarme de calles al
llevarle al hotel, dando una vuelta tremenda y absurda hasta aquel.
Sinceramente, ignoro cómo me pudo seguir hablando después de aquello. Nada más
conocerme, me había invitado a sus famosas reuniones de los sábados noche,
donde con varios amigos se cena y ve una película, charlando después sobre ella
hasta que el cuerpo aguante (casi todo el grupo sale en una foto de Oscar
Orengo, incluida en el libreto de la edición de dvds en Intermedio). La primera
noche, al ser el recién llegado, Viota me dio a elegir película, y así vi por
fin Diario de un cura rural. Pese a
mis pésimas dotes organizativas, me siguieron invitando y ya soy uno de los
“amigos de los sábados”. Privilegios.
Antes de conocerle en
persona yo había podido ver en la sala 2 de la Filmoteca Española Con uñas y dientes, en una versión que
por cierto años después descubriría no era la oficial sino el primer montaje,
más extenso, con una distribución distinta de los flashbacks y la voz real de
Santiago Ramos, doblado por otro actor en la versión definitiva. La leyenda de Contactos, creo recordar, no había
llegado aún a mis oídos. Viota era un estudioso del cine que en el pasado había
hecho películas. Creo que todos comenzamos conociendo a Viota así, ese profesor
apasionado y legendario. Ahora creo que es posible otro tipo de contacto, sobre
todo con la existencia de su obra completa en dvd, y la edición hace dos años
del volumen Paulino Viota. El orden del laberinto, que coordiné yo mismo para la editorial Shangrila. Pero hace
años las películas de Viota eran invisibles, y apenas nada existía escrito
sobre ellas. Un monográfico en Ajoblanco, otro más tarde en Contrapicado. Ambos
excelentes, por cierto.
Creo que vi Contactos como todos: una deficiente
copia (en dvd, eso sí: el vhs ya iba quedando atrás) de la versión que Viota había subtitulado al francés
para su proyección en el Festival de Toulon en 1972 (la misma por cierto que
pude examinar en moviola en la Filmoteca Española a finales de 2014, gracias a
José Manuel Martín Sánchez y Ramón Rubio). El propio director me la facilitó y
la visioné en casa. Una jornada inolvidable: nunca había visto nada así, y no
supe qué pensar. Sí recuerdo una idea, propia del bressoniano obseso que yo era
por aquellos días: “¡esto parece Bresson en plano general!”. Bresson no se
suele citar al hablar de Contactos y
me parece que su influencia es tan patente como la de Ozu, por ejemplo. Como
mínimo, me consta que Viota en 1966 ya había visto varias veces El proceso de Juana de Arco. Sea como
sea, es solo lo que pensé aquel día, y ha llovido desde entonces, aunque la
verdad es que Bresson sí sale bastante citado en mi tesis.
Contactos fue fascinándome poco a poco, ni mucho menos fue lo
nuestro un amor a primera vista. Tiempo después vi los cortometrajes, en una
copia de pésima calidad, muy distinta a la que es posible ver hoy, y me dejaron impresionado. Considero José Luis, junto a Contactos y Duración, la
gran obra de Viota. Al retorno de Chile, en 2011, escribí un pequeño texto
sobre Las ferias para Blogs&Docs
(el primero desde 1966), y entrevisté a Viota sobre aquel periodo, además de a
su primo, Javier Vega, a quien pude interceptar en una de sus breves visitas
veraniegas a Santander (vive en Washington DC). Apasionado por José Luis, me encontré con Vega, su
creador e intérprete, como quien lo hace con un ser legendario. Su amabilidad,
sencillez e inteligencia le hacen merecedor de la categoría. Es triste saber
que, por su formato, José Luis nunca
obtendrá el reconocimiento que merece. En tanto obra amateur, y de metraje
corto para más inri, no se la considera siquiera digna de competir con los
prestigios profesionales. En mi opinión, bate a todas las obras de corte
similar de la época y confirma que Viota es más grande en los momentos en que
más se suelta el pelo. José Luis y Contactos son sus películas hechas
contra todo, sin asumir deberes comunicativos, discursivos o formales. En Tiempo de busca trata de ser profesional,
“clásico”, y en Fin de un invierno
busca ser “moderno”. En Con uñas y
dientes repite en parte la ambición de Tiempo
de busca y además quiere expresar un discurso y que llegue sin ambages a su
audiencia. Con el discurso en segundo plano, y los actores en primero, en Cuerpo a cuerpo vuelve al placer de José Luis pero con el deber de que la
forma sea convencional.
Debe decirse que pese a que
use el adjetivo “convencional”, que Viota lo sea en ocasiones no es lo mismo que decir que sea malo o mediocre, y tampoco quita que mejore a todos
los otros “convencionales” de la época, que su puesta en forma siempre tenga un
rigor del que adolecen sus contemporáneos. Baste comparar Con uñas y dientes no con las muy mediocres películas de la época
de Juan Antonio Bardem (y sí, incluyo El
puente) sino con las excelentes de Eloy de la Iglesia, y Cuerpo a cuerpo con las más notables
manifestaciones de la comedia madrileña, como las películas de Colomo o la más
singular y audaz Sus años dorados, de
Martínez Lázaro, que al igual que la también destacable El hombre de moda, pierde no poco interés a manos de su torpe
articulación formal. Pero aún así, nada iguala la fuerza de las películas donde
Viota decide no mirar a su alrededor y avanzar hacia delante caiga quien caiga.
Hay una furia juvenil enorme en esas obras (realizadas, recordemos, con 18 y 22
años respectivamente), aunque manifestada de dos modos: en José Luis, la que parece descubrir el mundo y llevárselo en
volandas; en Contactos, la que ahora reacciona
con odio al mundo y se encierra en una habitación (o una casa) para construir
uno propio, tan alejado de aquel como, en realidad, hecho en reacción a él. José Luis es, también, una película muy
feliz que muestra un mundo terrible; Contactos
es una película terrible sobre un mundo igualmente terrible, pero que a mi me
hace muy feliz, no solo por ser tan extrema y cruel (las dos cosas, esa maldad,
esa saña, son cosas que en arte me agradan y regocijan), sino porque está
increíblemente bien hecha, y en una relación muy íntima con sus limitaciones,
apoyándose a fondo en ellas, lo que supone una lección de cine y vida, un punto
de acuerdo con mi propio trabajo (pienso en Improvisación nº 1 o Valparaíso, 2011. Observaciones de un turista) y genera la única felicidad que en arte importa: la de la forma.
Dicho esto, nada hacía
prever que acabaría escribiendo una tesis sobre Paulino Viota, pero cuando una
amiga recién doctorada, Beatriz Blanco, me sugirió cambiar mi tema inicial
(Jean-Luc Godard como síntoma de e interventor en las transformaciones
intelectuales y políticas occidentales desde los 50 hasta la actualidad, con
principal énfasis en el auge del marxismo y su posterior paso al posmodernismo
y pensamiento de la diferencia entre los años 60 y 80, mi periodo preferido del
siglo pasado), de los tres alternativos aparecidos (Raúl Ruiz, cine pornográfico,
Contactos), el tercero fue el que de
inmediato encendió una lucecita en mi cabeza. Ruiz me sobrepasa(ba) y ¿quién
quiere pasarse cuatro años viendo porno? Contactos,
sin embargo, era una película desconocida, hasta cierto punto manejable (en
comparación con Ruiz, claro está), y con grandes posibilidades en sus
ramificaciones estéticas, políticas, históricas, etc. Y permitía mantenerme en
el periodo histórico que me interesaba, aunque centrado en España, algo que de
nuevo también me atraía. Cada vez más, me había ido haciendo consciente de
la gran laguna historiográfica existente sobre cine español, y sobremanera el
independiente. Denominado en aquel mismo año, 2011, como “cineasta
sub-underground” por Manuel Asín (término que hice mío, aunque hoy prefiero
hablar de “cineasta aficionado”), es un mundo que considero el mío, y mi tendencia
a conocer y trabajar los espacios donde parece que nadie mira, simpatizaron
además enseguida con ese campo.
Asier Aranzubía Cob, que
enseguida se convirtió en director de la tesis, me sugirió repetidas veces que la dedicara a la obra completa de Viota, pero la decisión no la tomé de
verdad hasta que entré en contacto con sus archivos, primorosamente ordenados, y
que permitían que el trabajo historiográfico, en el que era neófito, se
redujera notablemente. Me consta que a Paulino y Guadalupe les resultaba algo
tenso el tenerme abriendo cajas y rebuscando en sus memorias, pero accedieron y
nunca les estaré lo suficientemente agradecido por ello. Espero que mis visitas a su
trastero acabaran para ellos pasando de molestia a simple rutina
(para mi, fueron jornadas emocionantes que no olvidaré nunca), en cualquier caso no dejaron de
tener su utilidad cuando el proyecto de editar su obra completa se hizo
realidad con la llegada de Manuel Asín a Intermedio, o yo mismo emprendí la
coordinación del libro para Shangrila. Espero que lo tenga cuando logremos
poner en marcha la edición de sus escritos, si alguna vez lo conseguimos.
Ya soy doctor, y Marginalia
ya cumplió su primera década. Quién sabe cuántas alcanzaremos. En el camino
desde que este blog se creó, me licencié en una carrera extraña, me doctoré en
otra más familiar, hice mis mejores películas, viví en al menos diez casas
distintas y me enamoré al menos un par de veces (no descarto que sean más). Joder,
hasta me hice guía turístico en Praga, trabajo en el que mucho me temo me veré
obligado a reincidir este verano (así que ya saben qué hacer si pasan por allí).
Ya entro en la fase en la que puedo pronunciar sin falsedad las primeras frases
de la Divina Comedia, pero no
encuentro cosas tan luminosas a mis espaldas como las que podría encontrar
Dante. Podría ser mejor, sí, pero no puedo no aprovechar la ocasión para dar
las gracias a los que han llegado hasta aquí, me leen, ven (alguna de) mis
películas o me regalan con el privilegio de su amistad. Una sola de estas cosas
basta para decir sinceramente “gracias”. Sigamos.