Recuerdo nítidamente a José Luis Guarner, en
Días de Cine, defendiendo Demolition Man,
para mi escándalo (de entonces: hoy le doy la razón), y terminando con un aviso
para navegantes, que es el que propiamente se mantiene vivo en mi mente: que
aprovechásemos la película, porque se avecinaba una ola de insufrible cine
familiar.
No puede decirse que Guarner fuese profético,
porque esa ola ya estaba en marcha, pero sí acertado en ver que el género de
acción que dominó el cine-espectáculo de los 80 tocaba a muerto, que la época
de los padres duros cambiaba por la de las familias felices. Se avecinaba la
peculiar impostura demócrata (del partido demócrata, quiero decir, lo que aquí
vendría a ser el PSOE: recordemos que EE.UU. viene de un largo dominio
republicano que terminará momentáneamente en 1993, año de la producción de Demolition Man, con la victoria de Bill
Clinton), donde todos unidos y felices nos debatimos con nuestros pequeños
problemas, esos que como mucho ponen a prueba nuestra honestidad, o donde, caso
de haber lucha, es del tipo de la que nos une a todos en un frente común, el de
la defensa de los inalienables derechos humanos ganados por nuestras queridas
democracias y estados de derecho. Los años 80 habían estado dominados por los
padres (metafóricos sobre todo, pero no siempre) en el cine de acción, y por los adolescentes en la comedia. En los 90,
esta última entra en una durísima decadencia, invadida o por niños (recordemos Solo en casa) o por personas maduras y
familias. El cine de acción, a su vez, primero se vuelve irónico (El último boy scout y El último gran héroe, con su sintomática
recurrencia de “el último”), e incluso, en efecto, familiar (Terminator 2, o incluso la saga de Arma letal, la más importante para mi en
la historia del cine de acción) y después es sustituida por el retorno del cine
de catástrofe (recordemos el revival de los 70 en todos los órdenes que se
vivió en los 90) y el espectáculo como género en sí mismo, aunque muy a menudo
caracterizado como ciencia-ficción: Parque
Jurásico, Independence Day, Twister y tantas otras. Guarner ve algo
evidente, y es que el cine de acción tal como era en los 80, tal como se
producía en los USA republicanos, se acababa. Demolition Man ya trata la década pasada como un enternecedor recuerdo de un
pasado lejanísimo, ese tipo de pasado que nos sonroja ligeramente y nos produce
risitas cómplices. La idea que una vez expuso Leopoldo Mª Panero según la cual
todo género alcanza su perfección en el momento de su muerte, pareciera
realizarse aquí (haciendo, como siempre, la conveniente poda a que tanto
acostumbro), con estas tres películas, que parecen exhalar el último hálito de lucha en una batalla por
el momento perdida. Demolition Man hace
sus bromas con el viejo cine, pero sobre todo “actualiza” el futuro a la medida
de aquel pasado. El último gran héroe,
a pesar de que aparente querer dejar al espectáculo de acción y sus
inverosimilitudes en la pantalla, contrapuesto a la siempre más desagradable
realidad, muestra un cierto ánimo de querer que ésta se parezca a esa soñada
ficción perfecta, donde los muertos solo le importan a otro y el que lo merece
sale indemne (quizás algo magullado), es decir, que su reconocimiento de la
ficcionalidad, del espectáculo, está más cerca de su reivindicación que de su
análisis, cuestionamiento o, por supuesto, crítica. El último boy scout es por otro lado un perfecto ejemplo de fin de
época: la hipertrofia de todos los caracteres de los protagonistas, su dureza,
su indiferencia por lo que sucede, su cualidad casi super-heroica, su paródico
empleo de tacos, insultos y demás, convierte a los protagonistas en tipos
declarados, donde ya no se trata de seguir una historia a través de los ojos de
un género determinado, sino que lo que se observa es a un género poniéndose en
escena a sí mismo, y haciéndolo además como un canto a sus gestas.
Todos son signos de algo que se acaba.
Schwarzenegger regresa a la película que le hizo famoso, pero ahora como robot
benigno que se convierte, en cierto modo, en padre de familia, padre ahora
bondadoso que, lejos de perder su humanidad en la lucha siempre necesaria, la
gana. Al mismo tiempo, Spielberg decide utilizar una isla llena de dinosaurios
para convencer a Sam Neill de que los niños molan. Un final, un principio.
Síntesis ejemplar del nuevo periodo: Independence
Day muestra a USA como una gran familia unida en contra del enemigo
exterior. Ya no hay terribles padres solitarios que nos defienden contra la
amenaza: ahora la comunidad se defiende a la vez, unida (por supuesto, siempre
con alguien capaz dirigiendo).

(un pregunta a modo de paréntesis: todo esto,
¿no lo era ya Peckinpah?)
Ayer vi A
good day to die hard, 5ª entrega de La
jungla de cristal. Un buen ejemplo de cómo el cine de acción y el familiar
han unido sus caminos. El padre justiciero busca al hijo, al que sospecha
metido en temas criminales, descubriendo que, bien al contrario (jjj), trabaja
de espía para la CIA. Juntos matarán a los malos y estrecharán lazos por la
pura labor de matarlos juntos. El padre levanta al hijo, el hijo actualiza al
padre. Perfecto ejemplo de fusión, A good
day to die hard da el paso que media entre la camaradería y la relación
familiar. Y, como siempre, este paso nos fuerza a redescubrirlo atrás: en Mentiras arriesgadas, por ejemplo, donde
los protagonistas eran marido y mujer. Pero la recuerdo mal, me temo, y me inclino de todos modos a pensar que lo de ahora presenta rasgos de tendencia, de escuela. La familia
es el gran tema del cine americano, así que no es extraño que los ejemplos
abunden en todos los períodos. Pero hablamos del retorno de un género muy
concreto, el cine de los padres terribles. Que han vuelto, y ahora pelean mano
a mano con sus hijos. Que ya no están solos, que son ahora apoyados por sus familias,
o parte de ellas.
De todos modos, hay algo mucho más grave en A good day to die hard: que los chistes
de Bruce Willis se reduzcan a repetir una y otra vez que está de vacaciones, y
a enunciar diversas variantes de “let´s kill some motherfuckers”. Una película puede
ser reaccionaria, pero lo que no puede es ser así de zopenca. Tengamos los
principios claros.